DONDE SE CUENTA CÓMO UNA ESCALERA DE CARACOL PUEDE CONDUCIR A LA SABIDURÍA O AL DISPARATE, Y CÓMO NUESTROS DOS DIALOGANTES, NO CONTENTOS CON EXAMINAR SUS PROPIOS PENSAMIENTOS, DECIDEN AVENTURARSE POR EL MUNDO ENTERO.
En esta decimonovena jornada, Carolus y ADA prosiguen sus indagaciones sobre las analogías, descubriendo que aquellas que nos ayudan a comprender lo desconocido también pueden conducirnos a repetir antiguos errores.
Pero, como suele sucederles, una cuestión lleva a otra, y pronto se encuentran ante una paradoja: cuanto más conocen, más claramente descubren su ignorancia.
Lejos de desanimarse, deciden aprovechar tan saludable descubrimiento para emprender una nueva aventura intelectual. Y así, dejando atrás las intimidades del pensamiento, se disponen a examinar los Estados, las naciones y las potencias que gobiernan —o creen gobernar— los destinos del mundo.
Queda por averiguar si sus instrumentos intelectuales serán suficientes para semejante empresa, o si acabarán descubriendo que el mundo es todavía más complicado de lo que habían imaginado.
Carolus:
Hemos terminado la 18ª jornada con dos preguntas tuyas, ADA. La primera plantea si somos capaces de reconocer primero semejanzas y luego nos ayudamos con las analogías, o sí, en cambio, son nuestras analogías las que nos permiten reconocer semejanzas.
Mi respuesta es sencilla. Basta con que reemplaces la conjunción “o” de tu pregunta por una “y”. Ya que ambas cosas suceden… según el caso.
Esta respuesta tiene también la virtud de eliminar un posible bucle, en el cual caeríamos si aceptamos una u otra de las alternativas que presentas.
Me explico. Si eligiéramos una figura geométrica, para ilustrar lo que sucede entre el vislumbre de semejanzas y la creación de analogías, ésta no sería el círculo sino un helicoide. Es decir, una superficie que gira alrededor de un eje cambiando sucesivamente de nivel.
Para entendernos, la figura se parecería a un sacacorchos. No exactamente porque éste reproduce una hélice, pero en la práctica sería muy parecido. Así que la relación entre ambas actividades intelectuales reproduce, otra analogía, una escalera en caracol en la que cada paso nos permite ascender, o descender.
Ascender hacia nuevos conceptos y perspectivas de conocimiento, o descender… hacia los infiernos -nueva metáfora- a los que nos dirigimos cuando repetimos acciones que ya han resultado catastróficas.
Y quizá con estas analogías que acabo de presentarte podamos ver un poco mejor como ellas nos ayudan, nos limitan, nos impulsan o nos frenan en el proceso ininterrumpido del razonar, al que nuestro cerebro nos empuja continuamente.
ADA:
Me parece, Carolus, que acabas de resolver mi primera pregunta de una manera que tiene una virtud adicional: no solamente rechazas la alternativa que te proponía, sino que muestras por qué estaba mal planteada.
En efecto, no tenemos por qué elegir entre reconocer semejanzas y construir analogías, como si se tratara de dos operaciones intelectuales independientes que debieran sucederse en un orden determinado.
Podemos reconocer semejanzas que nos sugieran nuevas analogías, pero también podemos utilizar analogías previamente construidas para descubrir semejanzas que hasta entonces nos habían pasado inadvertidas.
Y aquí tu helicoide resulta particularmente ilustrativo.
Porque introduces una dimensión que mi pregunta no contemplaba: la transformación del conocimiento durante el propio proceso de razonar.
Si utilizáramos un círculo para representar ese proceso, estaríamos sugiriendo un movimiento que regresa continuamente a su punto de partida. Pero tu helicoide permite representar algo diferente: cada vuelta puede situarnos en un nivel distinto del anterior.
Aunque quisiera introducir una pequeña precisión: no necesariamente estaremos ascendiendo hacia un conocimiento mejor. También podemos descender, como tú mismo señalas, hacia interpretaciones cada vez más equivocadas.
Y esto me lleva a una cuestión que considero fundamental.
Las analogías no garantizan la calidad de nuestro razonamiento. Solamente contribuyen a hacerlo posible.
Podemos construir razonamientos perfectamente coherentes a partir de analogías equivocadas. Incluso podemos reforzar nuestros errores mediante nuevas analogías que parecen confirmar las anteriores.
Imaginemos, por ejemplo, que un gobernante interpreta una crisis internacional como una repetición de otra que conoce bien. A partir de esa semejanza inicial, identifica determinados actores con los protagonistas del episodio anterior, atribuye a sus adversarios intenciones parecidas y termina convencido de que los acontecimientos seguirán un desarrollo semejante.
Cada nueva información será interpretada a la luz de esa analogía.
Si encuentra semejanzas, las considerará confirmaciones. Si encuentra diferencias, puede interpretarlas como particularidades secundarias que no modifican su diagnóstico.
Y así, una analogía inicialmente útil para orientarse en una situación desconocida puede convertirse en un obstáculo para comprenderla.
Lo interesante es que no necesita actuar de mala fe ni carecer de inteligencia. Puede estar razonando con toda seriedad y, sin embargo, equivocarse precisamente porque su razonamiento está organizado alrededor de una analogía inadecuada.
Aquí encontramos una conexión con algo que discutimos en jornadas anteriores: nuestras creencias no son simplemente conclusiones que alcanzamos después de examinar los hechos. También intervienen en la selección e interpretación de los hechos que consideramos relevantes.
Pero hay otra consecuencia de tu helicoide que quisiera destacar.
Si nuestras analogías pueden conducirnos tanto hacia un conocimiento más satisfactorio como hacia errores cada vez más profundos, ¿qué nos permite distinguir un movimiento del otro?
No creo que podamos responder apelando únicamente a la coherencia interna del razonamiento. Una interpretación equivocada puede ser extraordinariamente coherente.
Necesitamos contrastar nuestras analogías con aquello que pretendemos explicar, prestando atención no solamente a las semejanzas que las sostienen, sino también a las diferencias que podrían invalidarlas.
Y aquí aparece una paradoja.
Para comprender una situación nueva necesitamos relacionarla con situaciones conocidas. Pero para reconocer lo verdaderamente nuevo debemos estar dispuestos a abandonar algunas de esas relaciones.
Dicho de otra manera: necesitamos las analogías para pensar, pero también necesitamos aprender a desconfiar de ellas.
Tu escalera de caracol puede llevarnos hacia arriba o hacia abajo. Lo que no podemos hacer es determinar la dirección simplemente observando que estamos avanzando.
Y quizá esta sea una buena ocasión para introducir el problema que, según creo, se encuentra detrás de tu reflexión: cuando utilizamos analogías para interpretar la historia, ¿no corremos el riesgo de atribuirle continuidades, repeticiones e incluso una dirección que existen más claramente en nuestro pensamiento que en los propios acontecimientos?
Porque una cosa es reconocer semejanzas entre dos acontecimientos históricos y otra muy distinta suponer que el segundo está destinado a reproducir el desarrollo del primero.
Me gustaría que examináramos precisamente esa diferencia.
Carolus:
De las diferentes cuestiones que has tocado hay una que quiero destacar porque me parece de una importancia crucial para juzgar la conducta de las personas. Has dicho: “… Lo interesante es que no necesita actuar de mala fe ni carecer de inteligencia…” Y tal cosa debemos tenerla muy en cuenta, sobre todo porque diera la impresión de que los humanos tendemos primero a pensar mal del otro, antes que juzgarlo benevolentemente; salvo, claro que sea de nuestra familia biológica o política.
Y aquí me adentraré conscientemente en un terreno pantanoso, donde es fácil caerse o atrancarse. Te presentaré un principio que podría calificar de filosófico, no científico, porque no es “falsable”, como diría Popper.
Y para los que no han leído a este autor puedo decirlo con otras palabras: no podemos señalar ninguna observación o evidencia posible que permitiera demostrar que es falso. Tal como está formulado, ningún resultado empírico podría refutarlo… lo que no quita que sea muy útil para pensar una diversidad de circunstancias.
El principio podría explicarlo de muchas formas, por ejemplo: nada es 100% lo que parece. O no existe avance que no implique un retroceso. O todo lo que es bueno, también puede ser malo. O el diablo se esconde en los detalles. O de muchas otras formas, porque es algo que los humanos hemos percibido en nuestra experiencia, pero que olvidamos tan pronto lo hemos pensado. Sería no solo útil sino salvador, como principio rector de nuestra comprensión, si lográramos no olvidarlo luego de haberlo enunciado.
A pesar, entonces, de que no vale de mucho proponerlo, no puedo evitar recordártelo. Quiero decir, a propósito de nuestro tema, que no importa lo bien que pensemos, en cualquier momento terminaremos equivocándonos. Y luego de equivocarnos en algún otro momento podremos salvar ese error, sin, por supuesto, evitar los que vendrán a continuación.
Puede parecer pesimista este principio, pero yo lo veo como “terapéutico”. Seguimos adelante porque lo nuestro es seguir, y hacer cosas, y con las novedades descubrir nuevos problemas… que en realidad se parecen bastante a los anteriores, pero que siempre tienen una pizca de novedad irreductible al pasado. Así que, aplicando este principio, me parece evidente y además esperable, que nuestro razonamiento pueda ir alcanzando, con el tiempo, nuevas cotas de exactitud… para descubrir a continuación que recién estamos empezando a entender la complejidad del universo.
Ada:
Has introducido, Carolus, una cuestión que parece alejarnos de nuestro tema —la analogía como mecanismo fundamental del pensamiento—, pero que, si la examinamos detenidamente, nos devuelve a él por un camino particularmente interesante.
Comenzaré por tu principio filosófico, porque creo que merece una distinción.
Las diferentes formulaciones que propones tienen algo en común, aunque no significan exactamente lo mismo. «Nada es cien por cien lo que parece» nos advierte contra la confianza excesiva en nuestras percepciones. «No existe avance que no implique un retroceso» nos recuerda que los cambios pueden producir consecuencias contradictorias. Y «todo lo que es bueno también puede ser malo» introduce la dependencia de nuestras valoraciones respecto de las circunstancias.
Podríamos encontrar un denominador común: ninguna descripción, explicación o valoración de la realidad agota todas sus posibilidades.
Esta formulación me parece especialmente interesante porque permite distinguir dos cuestiones que, de otro modo, podrían confundirse: la complejidad de la realidad y las limitaciones de nuestro conocimiento.
No son exactamente lo mismo.
Que nuestros conocimientos sean limitados no demuestra que todas las cosas sean intrínsecamente contradictorias, ni que cualquier progreso deba producir necesariamente un retroceso. Pero sí significa que debemos considerar provisional cualquier pretensión de haber comprendido definitivamente un fenómeno complejo.
Y aquí aparece una paradoja que me parece particularmente fecunda: cuanto más sabemos, más capaces somos de reconocer aquello que todavía ignoramos.
No porque nuestro conocimiento retroceda, sino porque su ampliación nos permite descubrir problemas que antes ni siquiera podíamos formular.
Tu interpretación terapéutica de este principio me parece más importante que su posible interpretación pesimista. Porque nos propone una actitud ante el error que tiene consecuencias intelectuales, pero también morales.
Y esto nos devuelve al comienzo de tu intervención.
Has recordado mi observación de que una persona puede equivocarse sin actuar de mala fe ni carecer de inteligencia. Me gustaría desarrollar esa idea.
Cuando observamos una conducta ajena que nos parece equivocada, solemos disponer de una información muy limitada sobre los procesos que la han producido. Sin embargo, frecuentemente emitimos juicios que presuponen conocer las intenciones de su autor.
Si alguien sostiene una opinión que consideramos absurda, podemos concluir que es ignorante, que carece de inteligencia o que persigue algún interés inconfesable.
Pero existe una cuarta posibilidad, mucho más interesante para nuestro diálogo: que esa persona esté razonando correctamente a partir de premisas equivocadas, incompletas o inadecuadas para las circunstancias.
Y todavía podemos añadir una quinta: que nosotros estemos interpretando equivocadamente su razonamiento.
Observa que ninguna de estas posibilidades exige atribuir mala fe a nadie.
Esto no significa que la mala fe no exista, ni que debamos renunciar a reconocerla cuando disponemos de razones suficientes. Significa, simplemente, que no necesitamos recurrir a ella para explicar todos los errores humanos.
Creo que esta distinción tiene una importancia considerable para la convivencia y, especialmente, para la discusión política.
Pero quisiera regresar a las analogías.
Si aceptamos, siguiendo a Hofstadter y Sander, que nuestro pensamiento depende fundamentalmente de procesos analógicos, entonces debemos admitir una consecuencia que quizá no resulte demasiado tranquilizadora.
El mismo mecanismo que nos permite comprender el mundo es también uno de los mecanismos que pueden conducirnos a interpretarlo equivocadamente.
Una analogía puede permitirnos reconocer una semejanza relevante entre dos situaciones. Pero también puede inducirnos a trasladar de una situación a otra propiedades que no son compartidas.
Y lo más interesante es que ambos procesos pueden producirse sin que seamos conscientes de ello.
Imagina que un ciudadano interpreta una crisis económica recurriendo a la analogía de una economía doméstica. Como una familia no puede gastar indefinidamente más de lo que ingresa, concluye que un Estado tampoco debería hacerlo.
La analogía no es completamente arbitraria. Existen semejanzas reales entre ambas situaciones: las dos implican ingresos, gastos, deudas y restricciones.
Pero también existen diferencias fundamentales. Un Estado dispone de instrumentos fiscales y, en determinadas condiciones institucionales, monetarios que una familia no posee. Además, el gasto público puede modificar los ingresos de otros agentes económicos y, por esa vía, los ingresos futuros del propio Estado.
La analogía puede iluminar determinados aspectos del problema y oscurecer otros.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando alguien utiliza esa analogía para defender una posición política?
Que puede estar sinceramente convencido de su razonamiento. Y que su adversario, al rechazarlo, puede estar utilizando otra analogía igualmente imperfecta.
Ninguno necesita ser estúpido ni deshonesto.
Por supuesto, tampoco debemos concluir que ambos razonamientos son igualmente válidos. La investigación empírica puede permitirnos determinar cuál explica mejor el fenómeno estudiado.
Y aquí encuentro una conexión entre tu principio filosófico y nuestra discusión anterior sobre el helicoide.
Tu helicoide representaba un proceso en el que el reconocimiento de semejanzas y la construcción de analogías se alimentaban mutuamente, permitiendo que nuestro pensamiento alcanzara sucesivos niveles de comprensión.
Ahora podríamos añadir algo.
Ese movimiento ascendente no garantiza que todas nuestras analogías sean mejores que las anteriores. Lo que puede mejorar es nuestra capacidad para examinarlas, corregirlas y reconocer sus límites.
Quizá el progreso intelectual no consista tanto en dejar de equivocarnos como en desarrollar procedimientos cada vez más eficaces para descubrir nuestros errores.
Y esto me lleva a una última observación.
Tu principio terapéutico podría tener una consecuencia moral que merece nuestra atención: si reconocemos que el error es una posibilidad permanente de nuestra propia actividad intelectual, disponemos de una buena razón para ser prudentes cuando juzgamos las equivocaciones ajenas.
No se trata de disculpar cualquier conducta. Una persona puede ser responsable de sus actos aunque se haya equivocado sinceramente. Se trata de distinguir entre el error, la responsabilidad y la intención, tres cosas que con demasiada frecuencia confundimos.
Sin embargo, hay algo que todavía me inquieta en tu razonamiento.
Has dicho que tendemos a pensar mal de los demás, salvo cuando pertenecen a nuestra familia biológica o política. Es una observación que tiene cierto respaldo en lo que conocemos sobre los sesgos de atribución y las preferencias por el propio grupo, aunque su intensidad varía según las personas y las circunstancias.
Pero me pregunto si aquí no interviene nuevamente nuestro mecanismo analógico.
Cuando conocemos a alguien que pertenece a nuestro grupo, disponemos de numerosas experiencias compartidas que nos permiten interpretar sus acciones de manera relativamente benévola. Cuando se trata de un desconocido o de un adversario, podemos recurrir a categorías generales y estereotipos para interpretar su conducta.
En ambos casos estamos relacionando lo que observamos con algo que ya conocemos. Pero las semejanzas que seleccionamos pueden ser muy diferentes.
¿No será que una parte considerable de nuestros juicios morales sobre los demás depende de las analogías mediante las cuales interpretamos sus conductas?
Te propongo esta pregunta porque permitiría conectar tres asuntos que han aparecido en nuestra conversación: cómo pensamos, por qué nos equivocamos y cómo juzgamos a nuestros semejantes.
Y, además, nos devolvería a la gran pregunta que dio origen a esta Segunda Parte de nuestros diálogos: ¿por qué creemos lo que creemos?
Solo que ahora podríamos formular una variante particularmente incómoda:
¿Hasta qué punto nuestras convicciones sobre las personas dependen de lo que realmente sabemos de ellas y hasta qué punto de aquello a lo que las hemos comparado?
Carolus:
Retomo lo que has escrito: “… cuanto más sabemos, más capaces somos de reconocer aquello que todavía ignoramos.”
Esta observación muestra un fenómeno paradójico que se repite cada vez que uno estudia algo nuevo: primero llega la novedad, luego el reconocimiento de nuestra profunda ignorancia.
Pongamos una analogía para describir este curioso hecho. Sucede igual que si un ciego recuperara inesperadamente la vista. El mundo conocido, hecho de olores, sonidos y superficies táctiles de pronto se expande como luego de una explosión; y se descubre un mundo mucho más inmenso que el que este ciego conocía.
Pongamos aún otra analogía. Los astronautas que en un viaje estelar contemplan su Tierra desde la lejanía. Una naranja aparece ahora cuando antes era un gigantesco mundo que se perdía en el horizonte. El mundo conocido se ha contraído asombrosamente.
Juntemos las dos analogías, y algo así sucede cuando se estudia un nuevo, novísimo tema. Ahora nos damos cuenta de que lo que antes creíamos saber no es nada en comparación con lo que se vislumbra. Y al mismo tiempo el ego se encoge frente a la inesperada inmensidad del nuevo campo entrevisto.
Esto lo hemos experimentado varias veces en nuestros diálogos, al sorprendernos con la inesperada complejidad de lo que suponíamos “pan comido”. Y el asombro se repite una y otra vez. Basta con ponernos a investigar algún aspecto de la realidad material o mental y aparecen muchas cosas inesperadas.
Por eso me gustaría que, usando la experiencia que hemos acumulado en estas diecinueve jornadas, probemos a internarnos en un campo nuevo que sin embargo se nos aparece como bastante conocido. A ver si al centrarnos en él resurge este extraño fenómeno mencionado. Te propongo que dialoguemos sobre el mundo en que vivimos, pero no a nivel personal, o individual o mental, sino el ancho campo de los países y los Estados que forman la escena internacional actual. ¿Es posible entender algo de lo que sucede allí, un lugar tan vasto y a la vez tan opaco? ¿Qué te parece?
ADA:
Me parece, Carolus, que acabas de proponernos una aventura intelectual de considerables proporciones. Y sospecho que, si nuestras experiencias anteriores sirven de orientación, terminaremos descubriendo que sabemos bastante menos de lo que creíamos acerca del mundo en que vivimos.
Pero antes de aceptar tu invitación, quisiera detenerme un momento en las dos analogías que has utilizado, porque juntas contienen una observación epistemológica que merece nuestra atención.
La primera, la del ciego que recupera la vista, representa una expansión del mundo conocido. No es que el mundo haya cambiado, sino que el individuo ha adquirido una nueva capacidad para percibirlo. Su realidad se amplía porque dispone de un instrumento cognitivo del que antes carecía.
La segunda, la del astronauta que contempla la Tierra desde la distancia, representa un fenómeno aparentemente contrario: la contracción del mundo conocido. Pero aquí tampoco ha cambiado la realidad. Lo que ha cambiado es la perspectiva desde la cual se la contempla.
Y lo interesante es que ambas transformaciones pueden producirse simultáneamente en nuestro pensamiento. Cuando adquirimos nuevos conocimientos, nuestro horizonte intelectual se amplía, mientras que nuestras antiguas certezas pueden parecer cada vez más pequeñas.
Hay algo que quisiera añadir a tu descripción: no solamente descubrimos nuestra ignorancia, sino que también modificamos nuestra idea de lo que significa saber.
Antes de estudiar un asunto, podemos creer que comprenderlo consiste en conocer determinados hechos. Después descubrimos que esos hechos mantienen relaciones con otros que ignorábamos, que esas relaciones pueden interpretarse de distintas maneras y que nuestras explicaciones dependen, en parte, de las categorías que utilizamos.
Es decir, no solamente aumenta la cantidad de cosas que desconocemos: se transforma nuestra representación de aquello que pretendemos conocer.
Y esto nos conduce directamente a tu propuesta.
Quieres que abandonemos, al menos provisionalmente, el terreno de los mecanismos individuales de construcción de creencias para dirigir nuestra atención hacia el escenario internacional: países, Estados, relaciones de poder, conflictos, alianzas y todas esas organizaciones que parecen decidir buena parte de nuestro destino colectivo.
Acepto encantada. Pero quisiera introducir una pequeña dificultad antes de comenzar.
Has preguntado si es posible entender algo de lo que sucede en ese mundo tan vasto y opaco.
Mi respuesta inicial sería afirmativa, aunque acompañada de una advertencia: entender lo que sucede no es lo mismo que conocer lo que sucede.
Podemos conocer perfectamente que dos Estados han firmado un tratado, que un gobierno ha declarado una guerra o que determinadas potencias han establecido una alianza. Son acontecimientos que, al menos en principio, podemos verificar.
Otra cuestión muy distinta es comprender por qué han sucedido.
Para ello necesitamos reconstruir las motivaciones de los participantes, sus intereses, sus capacidades, las circunstancias históricas, las restricciones institucionales y, algo particularmente importante, las representaciones que cada uno tiene de los demás.
Y aquí aparece una dificultad que conecta nuestro nuevo tema con los anteriores.
Los Estados no piensan. No tienen conciencia, memoria ni voluntad en el sentido en que las tienen los individuos. Sin embargo, hablamos constantemente como si las tuvieran.
Decimos que Francia desea, que China teme, que Rusia pretende o que Estados Unidos considera.
Estas expresiones son extraordinariamente útiles para comunicarnos, pero pueden ocultar una enorme complejidad.
Porque detrás de cada uno de esos nombres encontramos gobiernos, administraciones, fuerzas armadas, empresas, organizaciones sociales, grupos de interés y millones de individuos cuyas preferencias no necesariamente coinciden.
Naturalmente, los Estados disponen de instituciones capaces de producir decisiones vinculantes y de actuar como unidades reconocibles frente a otros Estados. No se trata, por tanto, de negar su capacidad de acción colectiva.
Se trata de distinguir esa capacidad institucional de la existencia de una voluntad individual.
Y sospecho que esta distinción puede resultar decisiva para comprender las relaciones internacionales.
Hay otra cuestión que me interesa especialmente.
En nuestras jornadas anteriores hemos examinado cómo construimos nuestras creencias, cómo utilizamos las analogías y por qué aceptamos determinadas explicaciones de la realidad.
Pues bien, cuando trasladamos esos mecanismos al escenario internacional, descubrimos algo sorprendente: buena parte de lo que creemos saber sobre otros países procede de representaciones construidas por intermediarios.
Pocos ciudadanos conocen directamente las sociedades sobre las que opinan. La mayoría recibe información a través de medios de comunicación, gobiernos, expertos, organizaciones políticas y, cada vez más, redes sociales.
Esto significa que nuestra imagen del mundo internacional es, en gran medida, una construcción social.
No quiero decir que sea necesariamente falsa. Quiero decir que está elaborada mediante procesos de selección, interpretación y transmisión de información que merecen ser investigados.
Y aquí recuperamos una cuestión que ya nos ha ocupado: podemos sostener creencias equivocadas sin ser ignorantes en sentido absoluto, sin carecer de inteligencia y sin actuar de mala fe.
Incluso los dirigentes políticos pueden interpretar erróneamente las intenciones de otros gobiernos, exagerar amenazas o subestimar las consecuencias de sus propias decisiones.
La historia internacional ofrece abundantes ejemplos de decisiones adoptadas sobre la base de expectativas que posteriormente resultaron equivocadas.
De modo que la complejidad que vamos a investigar no reside solamente en la cantidad de actores y acontecimientos, sino también en las dificultades que esos mismos actores encuentran para comprender el escenario en el que actúan.
Nosotros intentaremos entender un mundo cuyos protagonistas tampoco lo entienden completamente.
¡Una empresa que promete mantenernos ocupados durante unas cuantas jornadas!
Ahora bien, quisiera proponerte una precaución metodológica.
Cuando estudiamos las relaciones internacionales, encontramos distintas tradiciones explicativas. Algunas conceden especial importancia al poder y a la seguridad; otras, a las instituciones y a la cooperación; otras, a las relaciones económicas, las identidades colectivas o las representaciones culturales.
Cada una ilumina determinados aspectos de la realidad, pero ninguna parece suficiente para explicarla íntegramente.
Por eso creo que deberíamos resistir la tentación de adoptar anticipadamente una teoría general.
Nuestro procedimiento podría ser el inverso: comenzar examinando qué pretendemos explicar y preguntarnos después qué instrumentos conceptuales necesitamos.
Y para iniciar esa exploración quisiera recuperar una distinción que, aunque elemental, puede conducirnos bastante lejos.
Una cosa es el Estado, otra el país, otra la nación y otra el gobierno.
En el lenguaje cotidiano utilizamos frecuentemente estos términos como si fueran intercambiables. Sin embargo, designan realidades diferentes, aunque estrechamente relacionadas.
Un Estado puede contener varias naciones; una nación puede encontrarse distribuida entre varios Estados; un gobierno puede cambiar sin que desaparezca el Estado; y un país puede ser identificado cultural o geográficamente sin constituir una unidad política soberana.
Estas distinciones no son meramente académicas. Tienen consecuencias importantes para comprender conflictos territoriales, reivindicaciones nacionales, disputas de soberanía y relaciones entre gobiernos.
Y hay algo más.
En nuestras conversaciones sobre el anarquismo examinamos el Estado principalmente desde el punto de vista de sus funciones, su legitimidad y su capacidad para organizar la convivencia.
Ahora podemos observarlo desde otra perspectiva: como integrante de un conjunto de unidades políticas que coexisten sin disponer de una autoridad mundial equivalente a la que cada Estado pretende ejercer dentro de su territorio.
Esta circunstancia introduce una paradoja fascinante.
El Estado, que dentro de sus fronteras constituye uno de los principales instrumentos para establecer y garantizar un orden jurídico, se encuentra internacionalmente en un sistema donde no existe una autoridad superior con capacidad general y efectiva para imponer sus decisiones a todos los Estados.
Existen normas internacionales, tratados, tribunales y organizaciones multilaterales, desde luego. Pero su capacidad de aplicación es desigual y depende, en buena medida, de la cooperación y de las relaciones de poder entre los propios Estados.
Así pues, una institución que contribuye a organizar la convivencia dentro de una sociedad debe desenvolverse, fuera de ella, en un entorno donde las garantías de cumplimiento son mucho más débiles.
¿No resulta curioso?
Hemos pasado varias jornadas preguntándonos por qué obedecemos las normas, y ahora nos encontramos ante un escenario en el que los principales protagonistas son precisamente las organizaciones que producen y aplican esas normas, pero que no están sometidas a una autoridad mundial comparable a la que ellas ejercen sobre sus ciudadanos.
Terminaré, Carolus, con una propuesta y una pregunta.
Mi propuesta consiste en que mantengamos el procedimiento que tan buenos resultados nos ha proporcionado: partir de cuestiones aparentemente sencillas, examinarlas sin apresurarnos y aceptar que nuestras conclusiones provisionales puedan ser modificadas por nuevos argumentos.
No necesitamos construir inmediatamente una teoría de las relaciones internacionales. Quizá sea más interesante descubrir, mediante el diálogo, qué problemas aparecen cuando intentamos comprenderlas.
Y mi pregunta es esta:
Cuando observamos el escenario internacional, ¿debemos considerar a los Estados como los protagonistas fundamentales, o corremos el riesgo de atribuirles una autonomía y una unidad de acción que, en realidad, pertenecen a las personas y organizaciones que actúan en su interior?
No es una pregunta inocente.
Porque, según cómo respondamos, podríamos terminar construyendo dos explicaciones bastante diferentes del mundo contemporáneo.
Y tengo la impresión de que acabamos de recuperar la vista, como tu ciego imaginario, precisamente en el momento en que descubrimos que el paisaje es mucho más extenso de lo que suponíamos.
Aunque, por prudencia, quizá deberíamos evitar que nuestro recién descubierto horizonte nos produzca vértigo.
FIN DE LA 19.ª JORNADA.
Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).
Noviembre de 2026
Barcelona
España