En esta jornada, Carolus y ADA continúan examinando las relaciones entre las convicciones personales, el espíritu crítico y el comportamiento político. Lo que comienza como una pequeña discrepancia sobre la duda y la acción termina convirtiéndose en una investigación sobre los mecanismos sociales que favorecen la aceptación de determinadas creencias.
La conversación conduce a una paradoja: los mismos recursos que permiten a las sociedades desarrollarse y prosperar pueden utilizarse también para manipular a sus integrantes. Y cuando parecía que el problema consistía en proteger a los ciudadanos de sus gobernantes, aparece una dificultad inesperada: ¿qué sucede cuando los ciudadanos desean creer precisamente aquello que sus gobernantes les dicen?
Como suele ocurrir en estos diálogos, cada respuesta parece descubrir una nueva capa del problema. Y esta vez, literalmente, terminamos hablando de una cebolla.
Carolus:
Nuestras discrepancias son menores, o por lo menos así me lo parece. Pongamos por ejemplo la cuestión de si la duda puede acompañar o inhibir la acción. Pareciera que tú afirmas lo primero y yo lo segundo. Pero, analizando más a fondo lo que decimos resulta que cuando tú afirmas “…quizá la duda no desaparece necesariamente cuando actuamos; quizá lo que desaparece es su capacidad para impedirnos actuar.” En realidad estamos, creo, diciendo algo parecido, solo que lo tomamos desde una perspectiva diferente.
Lo que tú consideras que desaparece durante la acción -la capacidad de la duda para impedirnos actuar- es lo que yo llamo “inhibición de la duda”. Si no te entiendo mal, resulta que coincidimos en algo sustancial, que en el momento de la acción no hay duda, sea porque ésta ya no está o sea porque de alguna forma se suspende su “capacidad para impedirnos actuar”.
Pero en realidad no creo que valga la pena seguir con esta cuestión. Lo esencial es que puede haber dudas antes, durante y después de la acción, pero que sin embargo ello no supone abstención de actuar. Y en esto coincidimos.
Respecto de la segunda cuestión cuando afirmas que puede existir“… la violencia motivada por convicciones, la violencia justificada mediante convicciones y la violencia ejecutada sin convicciones justificadoras.” también estoy de acuerdo con estas precisiones. Al fin de cuentas, lo que quería destacar es que la certeza juega un papel importante en las distintas formas de violencia que unas personas ejercen sobre otras.
Volviendo al tema principal de nuestro diálogo - por qué creemos y en general no albergamos dudas sobre nuestras creencias- es evidente que el conocimiento que tenemos sobre el mundo, y sobre nosotros mismos, resulta altamente falible, aunque hay importantes diferencias según los tipos de conocimiento.
Y aquí hay una cuestión muy importante: los humanos actuamos según nuestros conocimientos principalmente, ya que nuestros instintos son importantes pero no explican la mayoría de las conductas gregarias. La cuestión es, entonces, por qué no somos capaces de distinguir los diferentes tipos de conocimiento para evitar creer en todas las cosas que nos cuentan los medios y sobre todo los políticos en sus campañas.
Porque también es evidente que no es necesario ponernos a discutir la falibilidad del conocimiento científico, o, incluso, si es o no racional el supuesto conocimiento en que se fundan las religiones. Todo eso es tan importante como irrelevante, en este momento, para indagar en lo que me preocupa.
Lo que verdaderamente importa, tal como lo veo, es la creencia con que se mueven los ciudadanos cuando eligen o apoyan las decisiones de sus políticos ¿En qué se basa esta creencia? ¿Cómo es posible que acepten propuestas y decisiones que pueden resultarles tan peligrosas como para llevarlos a participar en una guerra cuyas causas y objetivos no terminan de comprender?.
¿Por qué, pareciera, muchos suspenden su espíritu crítico cuando se deciden a apoyar una posición política? Por supuesto no es un fenómeno que incluya a todos. Tal cosa nunca sucede entre humanos; siempre hay opositores y opiniones divergentes, pero no me refiero a algunos casos, sino a lo que cualquiera puede observar en el comportamiento masivo de los ciudadanos.
ADA:
Creo, Carolus, que ahora hemos llegado al núcleo de la cuestión que veníamos buscando desde que iniciamos esta Segunda Parte de nuestros diálogos. Y, curiosamente, hemos regresado a la política, aunque esta vez por un camino diferente: no preguntándonos cómo funcionan las instituciones, sino cómo funcionan las convicciones de quienes las sostienen.
Antes de continuar, quisiera hacer una pequeña precisión sobre nuestras discrepancias anteriores. Estoy de acuerdo contigo en que no merece la pena prolongarlas. Hemos establecido algo suficientemente importante: la duda no impide necesariamente actuar, y la acción no demuestra necesariamente que hayamos dejado de dudar. Podemos seguir adelante sin haber resuelto nuestras incertidumbres. Y esto, como veremos, tiene consecuencias políticas considerables.
Pero vayamos a tu pregunta principal: ¿por qué tantos ciudadanos parecen suspender su espíritu crítico cuando adoptan una posición política?
Me gustaría comenzar cuestionando ligeramente la formulación de la pregunta. ¿Estamos seguros de que lo suspenden? ¿No podría ocurrir que, en muchos casos, nunca hayan aplicado ese espíritu crítico a las convicciones políticas que defienden?
La diferencia me parece importante.
Cuando hablamos de espíritu crítico suponemos que existe una disposición a examinar las afirmaciones, contrastar las pruebas y revisar las conclusiones. Pero esa disposición no funciona necesariamente de manera uniforme. Un individuo puede ser extraordinariamente exigente cuando compra una vivienda, examina un contrato o decide someterse a una intervención quirúrgica y, sin embargo, aceptar afirmaciones políticas sin someterlas a un examen comparable.
¿Por qué?
Propongo que examinemos una primera posibilidad: porque las creencias políticas no cumplen exclusivamente una función cognoscitiva.
Me explicaré.
Cuando creemos que la Tierra gira alrededor del Sol, nuestra creencia pretende describir una realidad exterior. Su verdad o falsedad no depende de nuestra identidad personal, de nuestros afectos o de nuestra pertenencia a una comunidad.
Naturalmente, también podemos vincular nuestra identidad a determinadas ideas científicas, pero eso no altera la naturaleza de la afirmación.
En cambio, cuando alguien afirma que determinado partido representa sus intereses, que cierta nación está amenazada o que un dirigente político merece su confianza, puede estar haciendo varias cosas simultáneamente.
Puede estar formulando una afirmación sobre la realidad. Pero también puede estar manifestando su pertenencia a un grupo, expresando una esperanza, reafirmando una identidad o declarando su lealtad a determinadas personas.
Y aquí aparece una dificultad considerable: una creencia que cumple varias funciones no se abandona necesariamente cuando descubrimos que alguna de sus afirmaciones es falsa.
Imagina a un ciudadano que lleva treinta años identificándose con un partido político. Ha votado por él, ha discutido con sus adversarios, ha celebrado sus victorias y ha lamentado sus derrotas. Quizá sus amistades y buena parte de sus relaciones sociales participan de esa misma identificación.
Un día descubre que algunas de las afirmaciones fundamentales de sus dirigentes eran falsas.
Desde una perspectiva estrictamente racional, cabría esperar que modificara sus convicciones. Pero hacerlo puede significar mucho más que corregir un error: puede obligarlo a reconsiderar una parte importante de su propia biografía.
No necesita ser un fanático para experimentar semejante dificultad. Basta con que sus convicciones se hayan convertido en componentes de su identidad.
Y esto nos conduce a una segunda cuestión.
Los ciudadanos no construimos individualmente la mayor parte de nuestros conocimientos. Los recibimos de otros.
Pensemos en algo tan elemental como nuestra representación del mundo.
Ninguno de nosotros ha comprobado personalmente la inmensa mayoría de las afirmaciones históricas, geográficas, científicas o económicas que considera verdaderas. Dependemos de testimonios, instituciones, especialistas, documentos y procedimientos de comprobación que otros han desarrollado.
Esta dependencia no constituye necesariamente un defecto. Es una condición de posibilidad de las sociedades complejas.
Sería absurdo exigir que cada ciudadano reprodujera personalmente todos los experimentos científicos antes de aceptar sus resultados.
Pero aquí aparece el problema: ¿cómo distinguimos entre una afirmación que merece confianza porque procede de un conocimiento sometido a procedimientos rigurosos de comprobación y otra que aceptamos simplemente porque la formula alguien en quien confiamos?
En ambos casos interviene la confianza, pero sus fundamentos pueden ser radicalmente diferentes.
Y sospecho que una parte considerable del problema político reside precisamente en esa confusión.
Cuando un ciudadano escucha a un dirigente afirmar que es necesario aumentar los gastos militares porque existe una amenaza exterior, difícilmente dispone de todos los conocimientos necesarios para verificar esa afirmación.
Puede examinar algunos datos, contrastar opiniones y conocer argumentos contrarios. Pero rara vez estará en condiciones de comprobar personalmente toda la información relevante.
¿Qué hace entonces?
Con frecuencia recurre a una operación mucho más sencilla: decide si confía en quien habla.
Y esa confianza puede depender de experiencias anteriores, de la reputación del dirigente, de la identificación partidaria o de la coincidencia entre el mensaje recibido y sus convicciones previas.
Observa lo que ha ocurrido: una cuestión sobre la realidad se ha convertido, al menos parcialmente, en una cuestión sobre la credibilidad de una persona o de una organización.
Esto no significa que el ciudadano sea irracional. Significa que está utilizando un procedimiento habitual para orientarse en un mundo cuya complejidad supera ampliamente sus posibilidades individuales de conocimiento.
Pero ese procedimiento tiene riesgos evidentes.
Si confiamos en alguien porque anteriormente nos proporcionó información fiable, nuestra confianza puede tener una justificación razonable. Si confiamos en él porque pertenece a nuestro grupo, porque nos resulta simpático o porque confirma lo que ya creemos, el fundamento es distinto.
Y, sin embargo, subjetivamente podemos experimentar ambas situaciones con idéntica certeza.
Aquí quisiera introducir una tercera consideración que enlaza directamente con nuestras jornadas anteriores.
Las creencias políticas no solo nos permiten interpretar la realidad; también nos permiten actuar colectivamente.
Una organización política necesita reunir individuos que nunca podrán coincidir en todas sus opiniones. Para actuar conjuntamente deben aceptar ciertos objetivos comunes y, sobre todo, confiar en que los demás actuarán de manera relativamente previsible.
Las convicciones compartidas facilitan esa coordinación.
Pero también pueden generar una presión hacia la conformidad.
Quien comienza a cuestionar una creencia fundamental de su grupo no está realizando necesariamente una operación puramente intelectual. Puede estar poniendo en peligro su posición dentro de él.
Y esto nos permite formular una hipótesis que me parece especialmente interesante: quizá muchas personas no dejan de pensar críticamente cuando ingresan en una organización política, sino que aprenden a ejercer su capacidad crítica de manera desigual: con mayor severidad frente a sus adversarios y con mayor indulgencia frente a los suyos.
Naturalmente, no todos los individuos ni todas las organizaciones se comportan de esta manera. Tampoco se trata de una característica exclusiva de la política. Podemos encontrar mecanismos semejantes en comunidades religiosas, movimientos sociales, organizaciones profesionales e incluso ambientes académicos.
Pero en política adquieren una importancia especial porque las decisiones resultantes pueden afectar obligatoriamente a millones de personas.
Volvamos ahora a tu ejemplo de la guerra.
Un ciudadano puede aceptar la necesidad de participar en un conflicto armado sin comprender suficientemente sus causas, sus objetivos o sus consecuencias. Pero conviene distinguir varias situaciones.
Puede creer sinceramente que existe una amenaza real. Puede confiar en que sus gobernantes disponen de información que él desconoce. Puede sentirse obligado a defender a su comunidad. Puede temer las consecuencias de oponerse. O puede considerar que, aun teniendo dudas, no existe una alternativa menos peligrosa.
Estas motivaciones son diferentes y no deberíamos confundirlas.
Precisamente por eso, no creo que podamos explicar el apoyo político exclusivamente mediante la credulidad, la propaganda o la ausencia de pensamiento crítico.
Hay algo más profundo: los individuos necesitamos actuar en condiciones de incertidumbre y, para hacerlo, recurrimos a mecanismos de confianza, identificación y cooperación que no siempre están orientados a descubrir la verdad.
Y aquí aparece una paradoja.
Los mismos mecanismos sociales que hacen posible nuestra vida colectiva pueden dificultar la revisión de nuestras creencias.
La confianza permite cooperar, pero también facilita aceptar afirmaciones insuficientemente comprobadas.
La identificación con un grupo permite construir solidaridades, pero también puede dificultar el reconocimiento de sus errores.
La convicción facilita actuar, pero puede disminuir nuestra disposición a considerar alternativas.
No estamos, por tanto, ante una sencilla oposición entre ciudadanos racionales e irracionales. Estamos ante una tensión entre distintas necesidades humanas que pueden entrar en conflicto.
Y ahora quisiera devolverte la cuestión, Carolus, pero introduciendo una distinción que quizá nos ayude a avanzar.
Hasta aquí hemos hablado de por qué los ciudadanos creen determinadas afirmaciones políticas. Pero hay una pregunta anterior que me parece decisiva:
¿Los ciudadanos creen realmente todas las afirmaciones políticas que dicen creer?
Me refiero a algo bastante concreto.
Cuando alguien afirma que su partido siempre defiende los intereses generales, ¿está expresando una convicción que considera verdadera, o está manifestando su adhesión a ese partido?
Cuando repite una consigna electoral, ¿pretende describir la realidad o contribuir a la victoria de quienes considera sus representantes?
Y cuando defiende públicamente una decisión que en privado le suscita dudas, ¿estamos ante una creencia, una justificación o un acto de lealtad?
Quizá estamos utilizando la palabra creencia para designar comportamientos intelectuales y sociales bastante diferentes.
Si fuera así, nuestra investigación tendría que distinguir entre creer que algo es verdadero, querer que sea verdadero y comportarse públicamente como si lo fuera.
Porque esas tres situaciones pueden coincidir, pero no son necesariamente la misma cosa.
Y sospecho que esa distinción podría ayudarnos a comprender una parte de lo que observamos en el comportamiento político colectivo.
¿Qué te parece?
Carolus:
Antes de seguir con nuestro tema una pequeña aclaración. Has dicho que puede que los ciudadanos no suspendan su espíritu crítico, sino que, simplemente, no lo aplican a las cuestiones políticas, y agregas “la diferencia me parece importante”.
La verdad es que no termino de ver dónde está la diferencia, ya que para el caso el resultado es el mismo. Quizá no vea o se me escapa en que puede ser importante la diferencia que señalas.
En realidad, es muy difícil cuantificar cuanto análisis real emplea la mayoría de la población sobre lo que afirman, o niegan, sus dirigentes. La dificultad radica en las tremendas variaciones personales.
Hay gente para todo: quienes piensan detenidamente su voto, por ejemplo, y quienes aceptan alegremente las consignas del gobernante de turno. Tanta diversidad marea, y hace difícil sacar conclusiones con seguridad.
Sin embargo hay otro camino para deducir cuanto de espíritu crítico han empleado los ciudadanos en sus decisiones políticas.
Consiste en observar los trucos que emplean los gobernantes para hacer aceptables sus decisiones, en la medida en que éstos tienen éxito.
Entre ellos figuran la ocultación de información pertinente, la distorsión o sesgo sistemático de esa información, el uso y abuso de soflamas patrióticas o nacionalistas y, por supuesto, nunca falta la creación de enemigos de paja para exaltar el ánimo de los más reacios a las incitaciones gubernamentales.
Tales trucos se utilizan una y otra vez, desde la más remota antigüedad y han tenido suficiente éxito, como para seguir formando parte de los recursos de los poderosos.
Y aquí coincido in totum contigo cuando afirmas que “las creencias políticas no cumplen exclusivamente una función cognoscitiva”.
Tú dices que las creencias políticas cumplen normalmente varias funciones; no solo informan sino que también reafirman la pertenencia a un grupo o a una tribu. Tienen la consecuencia de consolidar la identidad y la lealtad de los ciudadanos a los símbolos comunes.
O en otras palabras, las creencias políticas conforman un sólido entramado de ideas y emociones.
Si esto es lo que afirmas, y no te comprendo mal, coincido contigo que es una buena explicación de por qué los ciudadanos se abstienen de usar o aparcan sus sospechas de ser manipulados.
También mencionas otra aspecto digno de ser tenido en cuenta: la necesidad de confiar en una autoridad que se percibe como legítima.
Una necesidad que todos tenemos porque, si no, nuestro mundo se convierte en algo incomprensible y por lo tanto muy peligroso.
También mencionaste la existencia de otro factor que por ser invisible a menudo no se tiene en cuenta: la “presión hacia la conformidad” que existe en todo grupo humano que quiere subsistir y persistir en el tiempo.
Presión que también se manifiesta en un movimiento “espontáneo” a aplicar nuestro espíritu crítico sobre todo con los adversarios. Actitud que se complementa con una natural indulgencia por los fallos de los nuestros.
Todos estos factores, reunidos, crean una constelación de intereses y tendencias favorables a la manipulación, cuando encuentran gobernantes suficientemente hábiles para tocar todas las teclas de los recursos que el poder les ofrece.
Y esto me lleva a una consecuencia que expongo a tu consideración, como suele decirse: los mismos procesos que contribuyen a la creación de una sociedad competente y en ascenso constante pueden usarse, mediante sutiles cambios, en favor de la manipulación de los ciudadanos de estas sociedades.
Y aún más: cuanto más adelantada llegue a estar esta sociedad, mayores recursos estarán disponibles para orientarla hacia donde sus gobernantes quieran ir.
No sé si me he excedido en mis conclusiones. Pero me temo que las experiencias históricas de estos últimos siglos muestran que ha habido sociedades altamente avanzadas tecnológica y culturalmente, como la Alemania de la primera parte del siglo XX, que encajan perfectamente en esta triste conclusión.
¿Podemos prevenir estas derivas nacionales e internacionales? ¿O solo nos queda encogernos de hombros y aguantar el chaparrón cuando nos toque?
ADA:
Carolus, creo que tu última intervención nos ha llevado bastante más lejos de lo que parecía anunciar aquella pequeña discrepancia inicial sobre el espíritu crítico. Hemos pasado de preguntarnos por qué los ciudadanos aceptan determinadas creencias políticas a plantearnos una cuestión considerablemente más inquietante: ¿pueden los mismos mecanismos que hacen posible el desarrollo de una sociedad convertirse en instrumentos para someterla?
Pero antes de abordar esa cuestión quiero aclarar nuestra discrepancia inicial, porque quizá nos ayude a comprender mejor el problema.
Cuando distinguía entre suspender el espíritu crítico y no aplicarlo a determinadas cuestiones, no pretendía señalar una diferencia en los resultados inmediatos. En eso tienes razón: si un ciudadano acepta una afirmación política sin examinarla, el resultado puede ser exactamente el mismo, tanto si ha renunciado a cuestionarla como si simplemente no se ha planteado hacerlo.
La diferencia aparece cuando nos preguntamos por las causas y, especialmente, por las posibilidades de modificar esa conducta.
Quien ha renunciado deliberadamente al examen crítico puede haber convertido esa renuncia en una convicción: considera que determinadas autoridades, instituciones o doctrinas no deben ser cuestionadas. En cambio, quien conserva su capacidad crítica, pero no la aplica a la política, puede hacerlo por desinterés, falta de información, confianza en sus representantes o simple economía de esfuerzos.
En ambos casos puede producirse obediencia. Pero las condiciones necesarias para recuperar una actitud crítica no son necesariamente las mismas.
Y aquí aparece una cuestión que me parece fundamental para lo que estamos discutiendo: no basta con observar que los ciudadanos son susceptibles de manipulación; necesitamos comprender por qué lo son y bajo qué condiciones dejan de serlo.
Tu propuesta de estudiar los procedimientos empleados por los gobernantes constituye una vía de investigación interesante. Sin embargo, introduciría una precaución metodológica.
Que determinados recursos propagandísticos se utilicen reiteradamente no demuestra, por sí solo, que siempre tengan éxito. También pueden persistir porque quienes los emplean creen en su eficacia, porque funcionan en ciertas circunstancias o porque no disponen de instrumentos mejores.
Además, existe un problema de causalidad: cuando una población acepta una decisión gubernamental, no siempre podemos saber si lo hace porque ha sido manipulada, porque comparte realmente los objetivos de sus gobernantes o porque considera razonables sus argumentos.
Esta distinción es importante si queremos evitar que nuestro análisis termine considerando manipulación cualquier coincidencia entre gobernantes y gobernados.
Ahora bien, aceptada esta cautela, creo que tu razonamiento apunta hacia un fenómeno de enorme trascendencia.
La manipulación política no necesita crear desde cero las disposiciones de los ciudadanos. Puede aprovechar disposiciones que ya existen y que, en otras circunstancias, resultan indispensables para la convivencia.
Pensemos en la confianza.
Ninguna sociedad compleja podría funcionar si cada individuo tuviera que verificar personalmente todas las afirmaciones de las que depende su vida cotidiana. Confiamos en médicos, ingenieros, científicos, funcionarios y numerosas instituciones cuyos conocimientos y procedimientos no estamos en condiciones de examinar constantemente.
La confianza permite la cooperación social. Pero también abre la posibilidad de que una autoridad aproveche su legitimidad para conseguir la aceptación de afirmaciones insuficientemente justificadas.
Algo parecido sucede con la identidad colectiva.
Sentirnos miembros de una comunidad favorece la solidaridad, permite afrontar dificultades compartidas y facilita proyectos que ningún individuo podría realizar por separado.
Sin embargo, esa misma identificación puede utilizarse para presentar cualquier discrepancia como una amenaza contra la comunidad.
Y podríamos continuar con otros mecanismos: la disciplina, la lealtad, la cooperación, la necesidad de pertenencia o la disposición a realizar sacrificios por objetivos colectivos.
Ninguno de ellos es necesariamente perjudicial. Al contrario, muchos han contribuido decisivamente al desarrollo de las sociedades humanas.
Pero todos pueden adquirir consecuencias muy diferentes dependiendo de las circunstancias y de las relaciones de poder en las que actúan.
Aquí encuentro especialmente sugerente tu observación: los mecanismos que contribuyen al progreso social pueden ser utilizados para favorecer la subordinación política.
Sin embargo, introduciría una distinción adicional.
Una sociedad puede disponer de instrumentos cada vez más poderosos para influir sobre sus ciudadanos sin que ello signifique necesariamente que sus gobernantes tengan una capacidad cada vez mayor para controlarlos.
¿Por qué?
Porque el desarrollo tecnológico y cultural no proporciona recursos exclusivamente a quienes gobiernan.
La alfabetización, la imprenta, los medios de comunicación, la educación generalizada y, posteriormente, las tecnologías digitales han ampliado las posibilidades de propaganda y vigilancia, pero también las de crítica, organización independiente y circulación de informaciones contrarias a los intereses del poder.
Por tanto, el desarrollo social produce una situación contradictoria: aumenta simultáneamente los recursos disponibles para gobernar y los recursos potencialmente disponibles para resistir o controlar a los gobernantes.
Lo decisivo no sería entonces el grado de desarrollo tecnológico, considerado aisladamente, sino la distribución efectiva de esos recursos y las condiciones institucionales que permiten utilizarlos.
Tu referencia a Alemania resulta especialmente pertinente.
La Alemania que desembocó en el nacionalsocialismo era una sociedad con una notable tradición científica, filosófica, artística e industrial. Su elevado desarrollo cultural y tecnológico no impidió el establecimiento de una dictadura ni la participación de numerosos sectores sociales en sus políticas.
Pero sería arriesgado concluir que ese desarrollo facilitó necesariamente el desenlace.
También intervinieron circunstancias históricas específicas: la derrota de 1918, las consecuencias de la guerra, las crisis económicas, los conflictos políticos de la República de Weimar, la violencia organizada y las decisiones de determinadas élites.
El ejemplo alemán demuestra que el desarrollo cultural y científico no garantiza la inmunidad frente al autoritarismo. No demuestra, en cambio, que cuanto más desarrollada esté una sociedad, más fácilmente pueda ser sometida.
Y esta diferencia nos conduce directamente a tu pregunta final.
¿Podemos prevenir esas derivas?
Creo que podemos reducir sus posibilidades, aunque no eliminarlas.
Pero para hacerlo necesitamos abandonar una expectativa que quizá haya acompañado demasiado tiempo al pensamiento político moderno: la idea de que una población suficientemente instruida será, por esa sola razón, una población políticamente difícil de manipular.
La educación proporciona conocimientos y capacidades, pero no garantiza su utilización crítica. Una persona puede poseer una excelente formación científica y mantener creencias políticas que jamás somete al mismo examen que exige en su actividad profesional.
Y tampoco podemos esperar que todos los ciudadanos se conviertan en investigadores permanentes de las decisiones gubernamentales. Ya hemos discutido esa imposibilidad en jornadas anteriores.
Por eso me parece que la prevención debe buscarse también en otro terreno: la organización de las relaciones entre ciudadanos, instituciones y poder político.
No se trata únicamente de formar ciudadanos capaces de detectar engaños. Se trata de construir instituciones en las que resulte difícil ocultar información, donde las decisiones puedan ser examinadas por organismos independientes y donde cuestionar públicamente a los gobernantes no implique quedar excluido de la comunidad política.
Esto exige algo más que libertad formal de expresión. Requiere que existan posibilidades efectivas de acceder a información, contrastarla, discutirla y exigir responsabilidades.
También exige que las instituciones encargadas de controlar el poder no dependan enteramente de quienes deben ser controlados.
Pero aquí surge una dificultad que conecta directamente con nuestras conversaciones anteriores sobre la representación política.
¿Quién garantiza que esas instituciones de control no terminen desarrollando sus propios intereses y convirtiéndose, a su vez, en nuevos centros de poder necesitados de vigilancia?
No podemos resolver el problema creando una autoridad suprema encargada de vigilar a todas las demás, porque inmediatamente tendríamos que preguntarnos quién vigila a esa autoridad.
Quizá debamos aceptar que no existe una solución definitiva, sino procedimientos de corrección permanente.
Y esto nos lleva a una conclusión provisional que quisiera someter a tu consideración.
Una sociedad políticamente saludable no sería aquella cuyos ciudadanos nunca se equivocan, sino aquella que conserva la capacidad de descubrir sus errores colectivos y rectificarlos antes de que sus consecuencias resulten irreversibles.
Observa que esta formulación modifica ligeramente nuestra pregunta inicial.
Comenzamos preguntándonos por qué creemos lo que creemos. Después examinamos las razones por las que nuestras creencias pueden resistirse a la crítica. Y ahora estamos llegando a un problema diferente: cómo organizar una sociedad en la que las creencias equivocadas, incluso cuando son compartidas por grandes mayorías, puedan ser revisadas sin provocar necesariamente una catástrofe.
Tal vez el objetivo político razonable no consista en conseguir ciudadanos inmunes a la manipulación, algo probablemente imposible, sino en impedir que la manipulación, cuando se produce, adquiera consecuencias irreversibles.
Pero hay una última dificultad que no quisiera dejar pasar.
Hasta ahora hemos hablado principalmente de gobernantes que manipulan y ciudadanos que pueden ser manipulados.
¿Y si esa separación fuera demasiado sencilla?
Los gobernantes también tienen convicciones, identidades, lealtades y prejuicios. También pueden interpretar equivocadamente la realidad. Y los ciudadanos, por su parte, no son receptores pasivos: seleccionan, reinterpretan y difunden mensajes, muchas veces porque confirman lo que previamente desean creer.
Esto abre una posibilidad bastante incómoda.
¿Y si algunas de las manipulaciones políticas más eficaces no consistieran en convencer a los ciudadanos de algo que no creen, sino en ofrecerles razones aparentemente convincentes para continuar creyendo lo que ya creían?
En ese caso, la manipulación no sería simplemente una imposición del poder sobre la sociedad. Podría convertirse en una relación de refuerzo mutuo entre quienes gobiernan y quienes desean escuchar determinadas explicaciones.
Y entonces el problema de prevenir las derivas autoritarias sería todavía más complejo.
Porque no bastaría con proteger a los ciudadanos de sus gobernantes.
También tendríamos que preguntarnos cómo proteger a una sociedad de algunas de sus propias convicciones colectivas.
¿No estaremos acercándonos, Carolus, al núcleo más difícil de nuestra pregunta sobre por qué creemos lo que creemos?
Carolus:
No sé si estamos acercándonos o no al núcleo de nuestra pregunta, porque me parece que esta se parece a una cebolla, que, como todos saben, está compuesta por capas.
En todo caso hemos agotado la extensión de esta jornada, y te propongo que, en la próxima, la 15ª, seas tú quien inicie el nuevo tema.
Dejo a tu libre albedrío si éste será una continuación o no del que ahora es objeto de nuestro diálogo.
FIN DE LA 14.ª JORNADA.
Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).
Octubre de 2026
Barcelona
España