ÍNDICE
- Como nacen las doctrinas
- ¿La Historia, es determinista?
- Quienes fueron
3.1 Justino Martir 100-162
3.2 Ignacio de Antioquía 35-108
3.3 Irineo de Lyon- 130-202
3.4 Tertuliano 160-220
4. Preparando el próximo capítulo
ADDENDA
- Como nacen las “doctrinas”
• La “ortodoxia” no surge completa de la nada. El término indica, en sentido literal, una “opinión correcta”. Ahora bien, una opinión que llega a considerarse correcta es siempre el resultado de un proceso previo de tanteos, discusiones y oscilaciones en torno a determinadas cuestiones, hasta cristalizar en una posición relativamente estable. Cuando esa estabilidad se consolida, hablamos de doctrina. En ese momento se ha elaborado una ortodoxia: una manera de pensar que ya no se percibe solamente como correcta, sino también como “natural”, es decir, como evidente u obvia.
• La religión, en cuanto fenómeno colectivo, implica la existencia de actores que llevan la voz cantante. Sin embargo, incluso quienes destacan en la definición doctrinal necesitan, para mantenerse en el tiempo, algún grado de aceptación por parte de la comunidad.
• En este contexto, no suele hablarse de “creadores” de doctrinas, porque en el ámbito religioso —y más ampliamente en el ideológico— predomina la idea de que nadie inventa nada, sino que, en el mejor de los casos, descubre una verdad previamente velada o corrige interpretaciones consideradas desviadas. De ahí que algunos autores empleen la categoría de “proto-ortodoxia” para referirse a los primeros grupos y pensadores cuyo modo de entender la fe contribuyó paulatinamente a lo que más tarde terminaría imponiéndose como ortodoxia, es decir, como opinión dominante.
El término “proto-ortodoxia” fue popularizado por Bart D. Ehrman, quien a su vez lo habría tomado de Bentley Layton, reconocido estudioso de los textos coptos de Egipto. La expresión se utiliza para designar al sector del cristianismo antiguo que, en poco más de un siglo —entre los siglos I y II—, terminó convirtiéndose en el grupo dominante dentro de la Iglesia. Nada de ello estaba predeterminado: fue el resultado combinado de determinadas necesidades comunitarias y de la aparición de figuras con notable capacidad organizativa y teórica.
En este trabajo utilizo el término “proto‑ortodoxo” en un sentido deliberadamente amplio y funcional, para designar a aquellos autores, escuelas y corrientes que, entre los siglos II y III, contribuyen de manera decisiva a la configuración de lo que más tarde será reconocido como ortodoxia cristiana.
Más que referirme a un estado ya plenamente definido de la doctrina, hablo de “creadores de ortodoxia”: agentes que, mediante la selección y jerarquización de textos, la elaboración de marcos doctrinales y la instauración de mecanismos institucionales de inclusión y exclusión, fijan las bases sobre las que la Iglesia posterior construirá su propia auto‑comprensión normativa.
Esta categoría es analítica y retrospectiva: no pretende reflejar la autopercepción de dichos actores, que tienden a presentarse como guardianes o descubridores de una verdad ya dada, sino subrayar el carácter histórico, conflictivo y procesual de la formación de la ortodoxia.
Cuando Constantino I legalizó el cristianismo en el año 313 mediante el llamado Edicto de Milán, esta religión ya poseía un núcleo doctrinal considerablemente consolidado. A partir de entonces, y gracias al creciente apoyo imperial, las corrientes rivales comenzaron a recibir golpes cada vez más duros: fueron condenadas, luego prohibidas y, con el paso del tiempo, muchas de sus ideas terminaron relegadas u olvidadas. Los “proto-ortodoxos” fueron, en consecuencia, los antecesores directos de quienes finalmente triunfaron en la larga disputa por definir qué debía entenderse como el verdadero mensaje de Jesús.
La doctrina de la Iglesia católica fue el resultado de una lucha desarrollada en varios frentes: por un lado, contra las distintas interpretaciones posibles de la prédica de Jesús y de su relación con la Biblia hebrea; por otro, contra el rechazo que provocaba entre diversos cultos y tradiciones religiosas del mundo antiguo. A ello debe añadirse la persecución ejercida periódicamente por el Estado romano. Las estimaciones tradicionales llegaron a hablar de hasta cien mil víctimas cristianas, aunque la investigación moderna suele reducir esa cifra a varias decenas de miles. En cualquier caso, las persecuciones fueron suficientemente importantes —sobre todo a comienzos del siglo IV bajo el gobierno de Diocleciano— como para originar toda una doctrina del martirio, que funcionó además como mecanismo de identidad colectiva y legitimación ideológica.
Paradójicamente, aquella represión contribuyó también a difundir el cristianismo por distintas regiones del Imperio y entre grupos sociales muy diversos.
Porque, aunque suene contradictorio, la represión de las ideas sostenidas por una minoría puede producir resultados muy diferentes. Cuando es rápida, sistemática y total, puede destruir al grupo perseguido. Pero cuando se prolonga excesivamente en el tiempo y alterna períodos de violencia con otros de relativa tolerancia, el efecto suele ser el contrario: las ideas reprimidas adquieren prestigio moral, despiertan curiosidad, atraen simpatizantes y terminan, en ocasiones, conquistando una legitimidad social cada vez mayor.
2. ¿La Historia es determinista?
Antes de continuar con el tema de este capítulo conviene detenerse un momento y reconsiderar una cuestión cuya respuesta puede modificar sustancialmente la manera en que observamos el pasado.
¿Lo que sucedió tenía necesariamente que suceder?
No lo creo, porque no existen razones suficientes para sostener esa tesis. Los acontecimientos históricos no son inevitables. Las cosas —los hechos, las ideas, las instituciones— pudieron haber sido diferentes o incluso no haber existido nunca. El azar, entendido como la intersección imprevista de múltiples procesos independientes, también desempeña un papel importante en el curso de la historia. La historia humana surge de la interacción constante entre necesidades colectivas y contingencias imprevisibles. O dicho con palabras más simples:
la historia no es ni un mecanismo perfecto ni un caos absoluto. Está condicionada, pero no completamente predeterminada.
La tarea del estudioso consiste precisamente en intentar comprender por qué las cosas llegaron a adoptar una determinada forma. Pero para ello necesita construir un armazón intelectual que le permita ordenar y relacionar los fenómenos observados. Ese “armazón” funciona simultáneamente como instrumento de explicación y como principal limitación, pues es precisamente lo que distingue a un investigador de otro cuando, observando los mismos hechos, alcanzan conclusiones diferentes.
La diversidad de interpretaciones resulta inevitable. Siempre existe un abanico de explicaciones posibles entre las cuales elegir. El lector decidirá cuál le parece más plausible. Con el paso del tiempo cambian los métodos, las sensibilidades y las herramientas intelectuales de quienes estudian el pasado; y también cambian sus lectores. Todo se transforma. No existen unas matemáticas del significado capaces de fijar definitivamente el sentido de los fenómenos humanos. Las religiones son cerradas en tanto se presentan completas a nuestros ojos, a diferencia de la ciencia que siempre ofrece resultados modificables. Sin embargo su desarrollo, al margen de la creencia, puede ser estudiado igual que cualquier otra actividad humana: como un fenómeno en constante progresión y modificación.
Las razones por las cuales los hombres eligen una determinada manera de pensar tampoco son completamente evidentes. David Hume sostuvo que “la razón es esclava de las pasiones”; William James observó que los hombres suelen preferir las ideas que armonizan mejor con sus emociones; y Nietzsche sospechaba que detrás de toda filosofía se oculta siempre una psicología, es decir, una forma particular e idiosincrática de observar el mundo.
Las ideas triunfan no necesariamente porque sean más perfectas o estén mejor fundamentadas, sino porque logran responder de manera eficaz a determinadas necesidades humanas. Entre otras cosas:
* Convierten el sufrimiento en algo dotado de sentido. Frente a la represión romana, muchos cristianos primitivos podían interpretar el dolor y la persecución como una antesala de la salvación eterna.
* Ofrecen identidad colectiva. En medio de la enorme diversidad religiosa del Imperio comenzaba a surgir una comunidad espiritual que distinguía a sus miembros del resto de la sociedad y les otorgaba un fuerte sentimiento de pertenencia.
* Reducen la incertidumbre. La inseguridad de un mundo percibido como arbitrario y sometido a fuerzas incontrolables era reemplazada por la esperanza en un orden trascendente garantizado por un Mesías resucitado, capaz de establecer normas, valores y una fraternidad que sobrevivía incluso a la persecución.
Los grupos que posteriormente serían llamados “proto-ortodoxos” parecieron inclinarse hacia una forma de cristianismo capaz de expandirse más allá del reducido mundo judío y, al mismo tiempo, distinta de los círculos gnósticos excesivamente elitistas o esotéricos.
Aquellos doctrinarios tendieron a favorecer una religión comprensible para amplias capas de población, apoyada en ideas relativamente simples, rituales reconocibles y una estructura de autoridad suficientemente estable como para preservar la cohesión interna del movimiento. Nada de ello tenía, en sí mismo, un carácter necesariamente negativo.
Frente a la extrema descentralización de ciertas corrientes rivales, favorecieron además formas más organizadas de autoridad religiosa. Así, paso a paso, comenzó a perfilarse una Iglesia menos dispersa, más disciplinada y —algo especialmente importante— compatible con las grandes estructuras políticas del mundo romano.
Sin proponérselo todavía de manera plenamente consciente, aquellas tendencias contenían ya algunos de los elementos que siglos después facilitarían la aparición de una Iglesia con vocación universal e incluso imperial, capaz de reproducir, en el plano religioso, ciertos mecanismos organizativos del propio Estado romano.
3. Quienes fueron
3.1 Justino Martir (años 100-165). Tambien llamado Justino el Filósofo
Por su nombre ya resulta evidente que terminó mal, es decir que no tuvo una muerte natural, murió decapitado, junto con otros 6 cristianos por negarse a sacrificar a los dioses romanos. Esto le sucedió a una edad ya avanzada, convirtiéndose en el paradigma del filósofo martir ce la nueva religión.
Pero, más allá de su final es una figura importante por que fue el primer gran apologista cristiano, cuyas contribuciones intelectuales y teológicas marcaron profundamente el desarrollo del cristianismo proto-ortodoxo del siglo II.
Justino buscó conciliar la figura de Jesús con conceptos previos, familiares en la filosofía griega. Para ello rescato la idea de Logos de honda raigambre en ésta y que significaba cosas tan diversas como
razón, palabra, discurso, argumento o principio. Para Heráclito (540-480 a.C.) que fue el primer filósofo en emplear el término el logos es la ley universal que rige el cosmos. Afirmó “solo el sabio comprende que, gracias al logos, todas las cosas constituyen una unidad”.
Platón vinculó el logos a la actividad filosófica misma: conocer era dialogar, preguntar y argumentar, sometiendo todo lo dicho al tribunal del logos. Para Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” definió al ser humano como “zôon logon échon”—animal dotado de logos—, capaz de razonar y expresarse mediante el lenguaje articulado. Los estoicos
retomaron la concepción heracliteana y consideraron el logos como razón universal, principio divino de orden que gobierna todo el universo entendido como unidad viviente… Así que Justino coge este viejo y profundo concepto y que Jesús es el Logos encarnado “la chispa divina que aviva el intelecto en cada hombre”, considerando por lo tanto que toda verdad y virtud tienen su origen en Cristo.
Justino tomó este antiguo y prestigioso concepto filosófico para afirmar que Jesús era el Logos encarnado, la razón divina presente en toda verdad auténtica y en toda virtud humana. De este modo, el cristianismo dejaba de aparecer como una superstición provincial nacida en Judea para presentarse como la culminación filosófica de las mejores tradiciones intelectuales del mundo grecorromano.
Hay aquí una evidente operación de apropiación cultural. Justino no actuaba como un erudito encerrado en su torre de marfil, cartógrafo de territorios imaginarios, sino como un intelectual comprometido en una tarea políticamente significativa: demostrar que el cristianismo no era una amenaza irracional para el Imperio, sino una doctrina compatible con la razón, el orden y la tradición filosófica clásica.
En su “Primera Apología”, dirigida al emperador Antonino Pío, Justino afirmaba que los cristianos no representaban un peligro para el Estado, sino “los mejores ayudantes y aliados del emperador para asegurar el buen orden”.
Asimismo, refutó las acusaciones de ateísmo —por rechazar los dioses tradicionales—, inmoralidad y canibalismo, leyendas populares ampliamente difundidas contra los cristianos. Al hacerlo dejó además algunas de las primeras descripciones detalladas de la liturgia cristiana primitiva: reuniones dominicales, eucaristía y colectas destinadas a los necesitados.
En su “Diálogo con Trifón”, una de las primeras grandes apologías cristianas frente al judaísmo que se conservan, Justino sostuvo mediante interpretaciones bíblicas que la Antigua Alianza estaba siendo reemplazada por la Nueva, que el Logos —identificado con Cristo— ya actuaba en las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento, y que los cristianos gentiles constituían el nuevo Israel.
Justino fue, en definitiva, uno de los grandes propagandistas intelectuales de la nueva religión. Su objetivo consistió en relacionar lo antiguo con lo nuevo mediante una síntesis legitimadora: el cristianismo no aparecía como una ruptura absurda con el pasado, sino como la perfección última de aquello que la filosofía griega y la tradición bíblica apenas habían entrevisto de manera fragmentaria.
En síntesis: Justino no solo “dialoga” con la filosofía griega, también intenta impedir que el cristianismo aparezca como superstición oriental marginal y, además buscó darle respetabilidad intelectual romana.
3.2 Ignacio de Antioquía (años 35–108)
Ignacio de Antioquía fue uno de los primeros grandes teóricos de la monarquía episcopal. Su figura ya ha sido comentada en el capítulo anterior, por lo que remito al lector al Capítulo III, sección 6.
A lo ya dicho solo cabe agregar —para no perder el hilo argumental de este capítulo— que en sus cartas aparecen con enorme claridad algunos de los principios fundamentales que posteriormente caracterizarían a la Iglesia proto-ortodoxa:
* la centralidad del obispo;
* la obediencia jerárquica;
* la unidad doctrinal;
* el combate contra las disidencias;
* y la idea de una Iglesia organizada alrededor de autoridades visibles.
La enumeración anterior permite observar cómo Ignacio contribuye a diseñar una estructura eclesial relativamente centralizada. La comunidad aparece presidida por un obispo único, rodeado de presbíteros y diáconos, mientras que la obediencia a esa jerarquía se convierte en una condición esencial de pertenencia.
Sus cartas, leídas públicamente ante los fieles, funcionaban además como instrumentos de formación colectiva. Los creyentes aprendían así que la obediencia al obispo y la aceptación de una interpretación considerada legítima del mensaje de Jesús constituían rasgos definitorios del cristiano auténtico.
Ignacio fundamentaba su autoridad en varios elementos: su presunta vinculación con Juan el Apóstol y Pedro el Apóstol dentro de la tradición apostólica; la firmeza de sus propias convicciones; y, finalmente, un aspecto de enorme importancia para las generaciones posteriores: su condición de mártir.
Michel Foucault, que estudió particularmente las relaciones entre poder y verdad dentro de las instituciones, probablemente habría dicho —empleando su propio lenguaje conceptual— que Ignacio participa en la consolidación de un “régimen de verdad” católico-episcopal y en la formación de un dispositivo pastoral orientado a gobernar cuerpos, discursos y relaciones entre creyentes.
También podría afirmarse que Ignacio anticipa algunos de los rasgos institucionales fundamentales del catolicismo posterior. En sus escritos ya se encuentran esbozados elementos decisivos: la autoridad episcopal, la disciplina doctrinal y la necesidad de cohesión organizativa. Todo ello adquiere además una fuerza simbólica especial por haber sido redactado durante su traslado hacia el martirio, circunstancia que confirió a sus palabras un enorme dramatismo y una autoridad moral duradera.
En ese sentido, y sin intención irrespetuosa alguna, puede decirse que el martirio contribuyó también a fortalecer el prestigio de ciertas formas de organización eclesial que más tarde resultarían decisivas para la construcción de la gran Iglesia imperial.
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3.3 Irineo de Lyon (años 125–202)
Se conoce notablemente poco de la vida de Ireneo de Lyon, pese a la enorme importancia que alcanzó posteriormente en la historia de la Iglesia. Nació probablemente entre los años 125 y 140 en la ciudad de Esmirna, en Asia Menor (actual Turquía). Sabemos que hablaba y escribía en griego, poseía una considerable formación intelectual, conocía elementos de la filosofía griega y estaba familiarizado con diversas tradiciones cristianas orientales. Con el tiempo llegó a convertirse en obispo de Lyon —la antigua Lugdunum romana—, en la Galia (actual Francia). Su muerte ocurrió entre los años 200 y 202. La tradición sostiene que murió mártir, aunque no existe certeza histórica completa sobre ello. Fue sepultado en una cripta bajo el altar de la iglesia de San Juan de Lyon, santuario que más tarde llevó su nombre y que desapareció tras la destrucción provocada por los calvinistas en 1562.
Irineo afirmó haber escuchado en su juventud a Policarpo de Esmirna, de quien se decía, a su vez, que había conocido a Juan el Apóstol. Según el propio Irineo, Policarpo lo impresionó profundamente por la manera en que hablaba y por sus recuerdos personales acerca de quienes habían convivido con Jesús o con sus discípulos inmediatos. Esa cadena de transmisión otorgaba a Irineo un fuerte sentimiento de continuidad histórica y legitimidad apostólica.
En algún momento emigró desde Asia Menor hacia la Galia romana y se estableció en Lyon, una ciudad rica, cosmopolita y comercialmente muy activa, donde existía una importante colonia de inmigrantes orientales. Allí el cristianismo comenzaba a desarrollarse en medio de una sociedad profundamente plural desde el punto de vista religioso y cultural.
En el año 177 tuvo lugar una dura persecución contra los cristianos de Lyon bajo el gobierno de Marco Aurelio. El anciano obispo Potino murió durante aquella represión, mientras que Irineo se salvó porque se encontraba en Roma cumpliendo una misión diplomática. Finalizada la persecución, ocupó el obispado de la ciudad.
Por el carácter de sus escritos puede deducirse que poseía un elevado nivel intelectual, gran habilidad argumentativa y una profunda convicción de estar defendiendo la verdadera doctrina cristiana. Sin embargo, no transmite el temperamento incendiario de otros autores cristianos antiguos como Tertuliano. Más bien parece un organizador: alguien preocupado por estabilizar, clasificar y consolidar una estructura doctrinal e institucional todavía frágil.
Un aspecto particularmente interesante es que, aunque combatió con energía las herejías, distinguía entre diferencias destructivas y diferencias tolerables. La unidad institucional de la Iglesia parecía importarle más que una uniformidad absoluta en todas las cuestiones secundarias.
Irineo representa, en muchos sentidos, el paso desde el cristianismo plural y relativamente desorganizado del siglo II hacia un cristianismo episcopal, normativo y jerárquico que terminaría imponiéndose en los siglos posteriores. Con él comienza a perfilarse una transformación decisiva: el cristianismo deja de ser solamente una constelación de comunidades dispersas y debates abiertos para convertirse progresivamente en una institución capaz de definir qué debía creerse, qué textos eran aceptables y quién poseía autoridad legítima para interpretarlos.
Su obra más famosa fue Adversus Haereses (“Contra las herejías”), redactada hacia el año 180. En ella describió y criticó numerosas escuelas gnósticas, combatiendo especialmente a Valentín, a quien consideraba particularmente peligroso porque sus doctrinas podían infiltrarse dentro de las propias comunidades cristianas sin romper exteriormente con ellas.
Al presentarse como heredero de la cadena Juan–Policarpo–Irineo, asumía el papel de portavoz de una Iglesia extendida por amplios territorios, frente a los maestros gnósticos, cuyas comunidades eran mucho más reducidas y fragmentarias.
Los gnósticos, como ya vimos en capítulos anteriores, tendían a buscar la perfección espiritual mediante formas de conocimiento reservadas a minorías selectas. Irineo respondió con una estrategia de universalización: una fe única, accesible tanto al hombre sencillo como al sabio. Simultáneamente afirmaba la convergencia de los evangelios canónicos y la autoridad de la estructura episcopal frente a los maestros carismáticos disidentes.
Irineo describía a muchos gnósticos como desviados doctrinales, e incluso como influenciados por fuerzas demoníacas, ridiculizando además la complejidad de sus genealogías divinas y multiplicaciones de eones y niveles espirituales. Resulta interesante observar, sin embargo, que el cristianismo que posteriormente se consolidaría tampoco estaba exento de misterios teológicos difíciles de comprender plenamente, incluso para personas cultas; por ejemplo la Santísima Trinidad.
Irineo defendió asimismo la continuidad entre la Biblia hebrea y el Nuevo Testamento, algo que muchas corrientes gnósticas tendían a reinterpretar radicalmente o a considerar inferior frente a revelaciones espirituales superiores. Del mismo modo sostuvo la autoridad exclusiva de cuatro evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan— negando legitimidad a muchos otros textos cristianos que circulaban en aquella época y que más tarde recibirían el nombre peyorativo de “apócrifos”.
Resulta significativo que Irineo no presentara esta selección como una decisión meramente práctica o histórica, sino casi como una necesidad inscrita en el propio orden del cosmos. Así como existían cuatro puntos cardinales o cuatro vientos principales, también debían existir únicamente cuatro evangelios verdaderos. De esta manera, lo que probablemente había sido el resultado de disputas, tradiciones locales y selecciones históricas concretas comenzaba a aparecer como parte natural e inevitable del orden del mundo.
Irineo no legisla todavía a la manera de los grandes concilios posteriores. Sin embargo, obtiene resultados prácticos fundamentales al contribuir a la formación de una dogmática cada vez más estable, operativa y disciplinaria dentro de la Iglesia emergente. Fue el gran arquitecto de la ortodoxia.
3.4. Tertuliano (años 160-220)
3.4. Tertuliano (años 160-220)
3.4 Tertuliano (años 160–220)
Tertuliano —Quintus Septimius Florens Tertullianus— fue un autor extraordinariamente prolífico. A diferencia de muchos escritores cristianos de su época, redactó toda su obra en latín, razón por la cual suele ser considerado el padre de la teología latina. Se le atribuyen alrededor de noventa escritos, de los cuales se conservan aproximadamente treinta. Entre los más importantes destacan:
* Apologeticum (Apología), defensa del cristianismo frente a las acusaciones y persecuciones romanas;
* Ad nationes, dirigido “a las naciones”, con argumentos contra el paganismo;
* De praescriptione haereticorum (Sobre la prescripción contra los herejes), donde formula su concepción de la autoridad doctrinal de la Iglesia frente a las herejías;
* Adversus Marcionem (Contra Marción), extensa refutación del dualismo marcionita y defensa del valor del Antiguo Testamento;
* y Adversus Praxean (Contra Práxeas), tratado anti-modalista en el que desarrolla una temprana formulación de la doctrina trinitaria.
Su estilo era agudo, polémico y de gran fuerza retórica, lleno de fórmulas lapidarias, ironías y juegos de palabras. Todo ello convertía sus escritos en textos particularmente atractivos y eficaces para un público cristiano relativamente amplio.
Nació en Cartago, la gran capital romana del norte de África, y recibió una sólida educación clásica que probablemente le permitió ejercer como abogado antes de su conversión al cristianismo, ocurrida entre los años 195 y 197. Según algunas tradiciones, el ejemplo de los mártires habría influido profundamente en esa decisión. Vinculado posteriormente a la Iglesia de Cartago, ocupó el cargo de presbítero, aunque nunca llegó a desempeñar posiciones superiores dentro de la jerarquía eclesiástica.
En sus últimos años se produjo una paradoja significativa: el gran combatiente de las herejías terminó adhiriéndose al montanismo, corriente rigorista y profética que lo alejó progresivamente de la “gran Iglesia”. Vista retrospectivamente, esta evolución ilustra hasta qué punto la diversidad interpretativa del cristianismo antiguo podía alcanzar incluso a algunos de sus teólogos más brillantes y combativos.
Tertuliano es célebre por introducir en el mundo latino el lenguaje técnico de la Trinidad, utilizando fórmulas como una substantia, tres personae para referirse al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Aunque su terminología todavía no coincide plenamente con los consensos doctrinales posteriores de Primer Concilio de Nicea y Constantinopla, su esfuerzo conceptual resultó decisivo para el desarrollo de la teología occidental.
Sostuvo además que la Escritura pertenecía propiamente a la Iglesia, considerada depositaria legítima de la tradición apostólica. Desde esta perspectiva, los herejes carecían de autoridad para interpretar los textos sagrados contra la comunidad que los había conservado y transmitido. Traducido a un lenguaje más directo, la idea podía resumirse así: los textos canónicos son nuestros, y solo nuestros; si queréis innovar, buscad en otra parte.
Tertuliano defendió asimismo la libertad religiosa y criticó la incoherencia de un imperio que toleraba numerosos cultos pero perseguía específicamente a los cristianos. En este contexto, la paciencia y la perseverancia frente a la persecución ocupaban un lugar central dentro de su espiritualidad. Existe aquí una ironía histórica notable: si hubiera vivido apenas dos siglos más, habría contemplado una situación completamente invertida, con un Imperio aliado a la Iglesia y persiguiendo a numerosos cultos tradicionales considerados paganos.
Su marcado rigorismo —cercano por momentos al ascetismo— lo llevó a destacar la disciplina como criterio de verdad. Su célebre fórmula doctrinae index disciplina est (“la disciplina es índice de la doctrina”) resume bien esa perspectiva. La corrección de la fe debía verificarse en la conducta concreta de los creyentes. De este modo, verdad doctrinal y poder disciplinario quedaban estrechamente vinculados: la Iglesia vigilaba comportamientos, rituales y normas morales como forma de preservar la pureza de la doctrina. La disciplina seleccionaba, separaba y delimitaba fronteras.
Podría concluirse entonces que Tertuliano fue simultáneamente:
* el arquitecto de una concepción del cristianismo en la cual la regla de fe y la disciplina estricta definían el espacio legítimo de la comunidad creyente;
* el abogado-estratega que defendió la propiedad eclesial de la Escritura y de la tradición frente a gnósticos y disidentes;
* y uno de los principales operadores intelectuales de un “régimen de verdad” donde autoridad doctrinal, interpretación legítima y disciplina institucional comenzaban a fusionarse de manera cada vez más estrecha.
4. Preparando el próximo capítulo
Los creadores de la ortodoxia no son personajes secundarios reservados únicamente a especialistas de gabinete o a tesis doctorales sobre Historia Sagrada. Fueron hombres que contribuyeron decisivamente a la construcción de una Iglesia con casi dos mil años de existencia, y cuyos pensamientos continúan actuando todavía hoy, aunque sus nombres y sus libros rara vez sean conocidos fuera de círculos académicos.
Saber que existieron, comprender aunque sea parcialmente lo que pensaron y reincorporarlos al análisis de las religiones actuales sigue ofreciendo perspectivas sumamente valiosas. Muchas de las discusiones contemporáneas sobre autoridad, verdad, disciplina, identidad colectiva o interpretación legítima poseen raíces que se remontan precisamente a estos siglos formativos del cristianismo.
En el próximo capítulo volveremos sobre Cipriano de Cartago y abordaremos además a Clemente de Alejandría y Orígenes, representantes ya de una teología más compleja y elaborada. Estudiarlos permite comprender mejor algunos de los factores intelectuales, organizativos y culturales que favorecieron la expansión del cristianismo frente a la enorme diversidad religiosa del mundo antiguo.
Carolus Brigantinus Barbatus
Mayo 2026
Addenda
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https://deregresoalacruz.org/2016/11/17/quien-fue-tertuliano-de-cartago/
https://www.tertullian.org/articles/manero/manero2_apologeticum.htm
http://www.gratislibros.com.ar/textos/filosofia-patristica-justino-tertuliano.html
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