domingo, 19 de julio de 2026

Historia Natural del Cristianismo Primitivo. Segunda Parte. Capítulo 14. LAS GUERRAS JUDIAS y SUS CONSECUENCIAS

Índice:

  1. ¿Por qué?
  2. 1ra. Guerra
  3. 2da. Guerra
  4. 3ra. Guerra
  5. Las consecuencias de la derrota
  6. La Halajá

Addenda: Páginas web

  1. ¿Por qué?


Son tres guerras separadas por pocos años entre sí. Terminaron muy mal para los judíos ya que no solo perdieron el Segundo Templo sino que además su ciudad principal, Jerusalén, fue completamente destruida y reemplazada por otra de nueva planta, completamente romanizada: Aelia Capitolina. Al final, la mayoría de los judíos que sobrevivieron fueron expulsados de Judea o dispersados por diferentes regiones del Imperio, mientras que la antigua tierra de Judá acabó siendo integrada en una nueva provincia rebautizada como Siria Palestina.


Una violencia tan desafortunada requiere varias explicaciones, pero todas parecen compartir un elemento común: la creencia, muy extendida entre los sectores nacionalistas, mesiánicos y apocalípticos del judaísmo, de que la lucha contra Roma contaba con el apoyo directo de Dios. El combate se desarrollaba en la Tierra, pero su desenlace ya estaba decidido en el cielo.


Esta convicción no surgió de la nada. Se alimentaba de antiguas tradiciones bíblicas, de la memoria de las victorias de los Macabeos contra los seléucidas y de una literatura apocalíptica que anunciaba la inminente intervención divina en favor de Israel. Muchos estaban convencidos de que Roma era simplemente el último de los imperios paganos destinados a caer.


La creencia recibió además una aparente confirmación en los primeros fracasos militares romanos. El caso más célebre fue la derrota de Cesio Galo en el año 66, cuando las fuerzas romanas sufrieron una retirada desastrosa y llegaron a perder el águila de la Legión XII Fulminata. Aquello fue interpretado por numerosos judíos como una señal inequívoca de que Dios combatía a su lado.


Sin embargo, existía un problema que muchos no percibieron o prefirieron ignorar. Roma podía perder una batalla, incluso varias, pero rara vez aceptaba una derrota definitiva. El Imperio poseía recursos humanos, económicos y militares prácticamente inagotables para los estándares de la época. Allí donde surgía una rebelión, tarde o temprano llegaban más legiones.


Desde la perspectiva romana, además, Judea se había convertido en una provincia particularmente difícil de gobernar. Disturbios religiosos, agitadores mesiánicos, conflictos entre facciones locales y frecuentes estallidos de violencia hacían de aquella región una preocupación constante para los gobernadores y emperadores. El objetivo de Roma no era simplemente derrotar una insurrección concreta, sino impedir que surgiera la siguiente.


Las tres guerras judías fueron, en buena medida, el resultado del choque entre estas dos certezas incompatibles: por un lado la convicción de muchos judíos de que Dios terminaría interviniendo en su favor; por otro, la determinación romana de no tolerar ningún desafío duradero a su autoridad.


Estos levantamientos tuvieron tres etapas bien marcadas.



2. 1ra. Guerra:


La primera sucedió entre los años 66 a 73. Y fue la más importante y devastadora en sus consecuencias. Pero no comenzó en Jerusalén sino en Cesarea, la ciudad en la costa que era la sede de los prefectos romanos Allí estalló una disputa legal entre griegos y judíos, ganada por los griegos, lo cual encendió los ánimos.


Hay que considerar que la relación entre estas dos etnias, griegos y judíos, era bastante mala, no se entendían y se tenían bastante ojeriza, así que solo faltaba una chispa para que empezasen los tumultos.


La guarnición romana, de habla griega, no intervino en la disputa y se mezcló con la pésima actuación en relación con los judíos de prefecto Gesio Florio, que provenía del Asia Menor griega. En una cadena de errores imputables a dicho prefecto las tropas romanas, pero que en realidad eran griegas y sirias, saquean Jerusalen y al final la guarnición que representaba a Roma, en la ciudad, fue atacada y masacrada.


En realidad en estos momentos no habían bandos claramente definidos, sino hostilidades mutuas que no solo implicaban a griegos, judíos y romanos sino entre los propios judíos. Cuando los nacionalistas radicales se apoderan de de Jerusalén, uno de sus primeros actos fue quemar los archivos del Templo, con el propósito de destruír los registros de las deudas que muchos judíos campesinos tenían con la parte más aristocrática, lo saduceos del templo. 


En esta confusión de todos contra todos al final termina produciéndose una gran sublevación antirromana. La documentación que tenemos se debe en gran parte a Flavio Josefo, primero general de los rebeldes y cuando es tomado prisionero por los romanos se adhiere a éstos y por una suma de circunstancias logra conquistar la confianza del general Vespasiano primero, y luego, cuando éste es nombrado emperador, de su hijo Tito que fue el que lo sucedió en la represión del alzamiento judío.


Según cuenta Josefo, después de la matanza de la guarnición en Jerusalén, Cesio Galo, el procurador antijudío y legado romano en Siria, reunió una importante fuerza en Acre y marchó contra Jerusalén. Cuando llegó a las afueras de la ciudad se desalentó ante la fuerza de la resistencia judía y ordenó una retirada que se realizó de manera tan inepta que practicamente se convirtió en una fuga desordenada donde los irregulares judíos masacraron a gran parte de los legionarios quienes, en la Legión XII Fulminata,  incluso llegaron a perder el águila, la enseña máxima, en la confusión del combate. Lo cual fue terriblemente humillante para los romanos. 


Nerón reaccionó con ira y ordenó a su general más bregado, Vespasiano que marchara contra Jerusalén con cuatro legiones, esta vez sí compuesta de auténticos romanos, la V, la X, la XII y la XV, para que sitiara y tomara Jerusalén. Éste, de 57 años, era un general experimentado, metódico, que acostumbraba a marchar al frente de las columnas, a elegir sabiamente donde plantar campamento y a destrozar al enemigo con su habilidad táctica y estratégica. 


Así que en el año 67 Vespasiano desencadenó una invasión de Galilea, a gran escala, adecuadamente preparada, arrasando las ciudades y pueblos que encontraba a su paso y que se negaban a rendirse.


Una año después el ejército romano se divide para reprimir Idumea, al sur de Judea, y aborda la invasión de Judea. A comienzos de los años 70 el gobierno de Jerusalén, en manos judías, se había dividido en tres facciones. Luego se dedicaron a pelear entre sí.


Luego de un buen derramamiento de sangre las facciones se pusieron de acuerdo en reconocer como líder a Juan de Giscala, pero las luchas siguieron intermitentemente hasta que la presencia de las legiones romanas en las afueras de la ciudad acabaran finalmente provocando una unión a desgana y desconfiada contra el enemigo común. 


En el interín Vespasiano había sido finalmente nombrado emperador en Roma, luego de un año en el que habían sido en total cuatro los que habían ocupado el puesto supremo en Roma. Así que Vespasiano le entrega el mando de las tropas en Judea a su hijo, Tito, que es el encargado de terminar con la campaña que había iniciado su padre. 


Tito, al frente de una fuerza entre treinta y cuarenta mil legionarios, todos soldados experimentados, se enfrentaron a la tarea de dominar Jerusalén que no era plaza fácil de tomar por sus defensas, tanto naturales como las levantadas por los defensores de la ciudad.


La descripción de este asedio consta en muchos libros actuales y es fácil localizar, para el lector interesado, datos, cifras y una narración tan completa que, aparte de la narración de Flavio Josefo, resulta evidente que los autores modernos han puesto mucho de su imaginación para transmitir estos acontecimientos. 


Jerusalén cae en septiembre del año 70, su Templo destruído por el fuego y la ciudad arrasada hasta los cimientos. Así describe Wener Keller, en “Historia del pueblo judío”, como fueron tratados los que quedaron: 


Tito ordena que los supervivientes sean juzgados severamente. Encarga a su amigo Fronto que decida sobre su destino. Todos los que son reconocidos o delatados como luchadores activos ordena que sean crucificados. De entre los jóvenes de más bella apariencia escoge stecientos para que tomen parte en el cortejo triunfal. A todos los mayores de diecisiete años se les envía a trabajar a las canteras y minas de Egipto, condenados a trabajos forzados en beneficio de Roma para toda su vida. 


Miles de jóvenes menos de diecisiete años son enviados como regalo a las provincias donde están condenados a morir por la espada en el circo, como gladiadores o en la arena despedazados por las fieras. Los niños y las mujeres, vendidos a precios irrisorios, van a parar a manos de mercaderes de esclavos; en los mercados del Asia Anterior, debido a la abundancia de la mercancía, los esclavos judíos pasan a ser un producto muy barato. (Edición en español, editorial Omega, pág. 74).


Los zelotes que lograron huir se refugiaron en la fortaleza de Masada, un lugar a primera vista inexpugnable. Situada sobre una enorme meseta rocosa junto al mar Muerto, había sido fortificada décadas antes por Herodes el Grande y disponía de abundantes depósitos de agua y provisiones.


Durante varios años los refugiados resistieron allí sin que los romanos considerasen prioritario acabar con ellos. Pero finalmente, en el año 73, el gobernador Lucio Flavio Silva rodeó la fortaleza con una legión y varias tropas auxiliares. Los sitiadores construyeron una gigantesca rampa de tierra y piedra que les permitió acercar sus máquinas de asedio hasta las murallas.


Según relata Flavio Josefo, cuando los romanos lograron abrir una brecha descubrieron que los defensores habían preferido darse muerte entre sí antes que caer prisioneros y ser vendidos como esclavos. El episodio ha sido objeto de numerosas discusiones entre los historiadores modernos, pues Josefo es prácticamente nuestra única fuente para conocer lo sucedido. Sea cual fuere el número exacto de muertos o los detalles finales del desenlace, la caída de Masada simbolizó el final de la Primera Guerra Judía.


Roma había vencido. Jerusalén estaba destruida, el Templo reducido a cenizas y los últimos focos organizados de resistencia habían desaparecido. Sin embargo, la idea de una futura liberación de Israel estaba lejos de haber sido derrotada.


3. 2da. Guerra


Es la menos conocida, a tal punto que algunos autores ni la mencionan.

Sucedió en diferentes zonas y tomó la forma de levantamientos populares aunque causaron una gran mortandad en Egipto, Chipre, Libia y Mesopotamia.


También recibió el nombre de guerra de “Kitos” por el general romano enviado por Trajano para reprimir la sedición, Lusius Quietus. 


Entre sus causas se puede mencionar las consecuencias del levantamiento fallido de los años 66 a 73, y el mantenimiento de la agitación zelota y otros grupos extremistas contra la continuada dominación extranjera. Además el emperador Trajano había iniciado operaciones militares contra el reino Parto debilitando, en consecuencia, las guarniciones residentes en Palestina, ya que se creía, luego de la fuerte represión, que no habría lugar para más levantamientos.


La primera revuelta fue en Cirenaica, en el año 115, dirigida por un lider judío llamado Andreas, aunque algunos documentos lo denominan Lucas. Dion Casio historia sobre doscientos veinte mil muertos en Cirenaica y otros tantos en Chipre, pero estas cifras fueron, a posteriori consideradas como muy exageradas. Supongamos que lo fueron, y que los muerto no pasaron del 10 o 20% de estas cifras. Siguen siendo, a pesar de todo, muy altas para la población de la época.


Luego las revueltas se extendieron a otras zonas del Mediterráneo como la ciudad de Alejandría, y más adentro de Egipto. En Chipre se conoce el nombre del que lideró el alzamiento: Artemión. También fueron masacrados y se prohibió, bajo pena de muerte, que nuevos judíos arribaran a la isa.


También en Mesopotamia, en ciudades como Edesa y Seleucia del Tigris hubo tumultos y revueltas; reprimidas con igual dureza por las autoridades romanas. 


Lusio Quieto fue premiado por Trajano por el éxito de la represión nombrándosele gobernador de Palestina. Pero duro poco, bajo el nuevo emperador Adriano cayó en desgracia y terminó ejecutado.


Las consecuencias de estos levantamientos fueron siempre las mismas: comunidades judías en Cirenaica, destruídas. Comunidades de Alejandría, muy mermadas, hasta el punto que ya no volvieron a ser como antes en su peso demográfico e intelectual. La comunidad de Chipre eliminada también. Sin embargo, como se verá a continuación, la fe de los radicales judíos se mantuvo inalterada y provocaron la gran y final revuelta de la historia judía en esas tierras.



4. 3ra. Guerra


Las derrotas anteriores deberían haber bastado para destruir cualquier esperanza de victoria. Sin embargo ocurrió exactamente lo contrario. Muchos interpretaron los desastres del pasado no como una refutación de sus creencias, sino como pruebas enviadas por Dios antes del triunfo definitivo.


La destrucción del Templo, la caída de Jerusalén y las matanzas posteriores no acabaron con las expectativas mesiánicas. Por el contrario, las reforzaron entre los sectores más radicales. Si el Reino prometido aún no había llegado era porque la fe de Israel todavía no había sido puesta a prueba suficientemente.


Por eso, cuando apareció Simón bar Kosiba, pronto conocido como Bar Kojba, «el hijo de la estrella», miles de personas estuvieron dispuestas a creer que había llegado finalmente el libertador anunciado por las Escrituras.


Bar Kojba, fue su lider militar y carismático, aunque su nombre original era Simón bar Kosiba. Las causas que se citan son los provocativos decretos del emperador Adriano, reconocido por su acendrado helenismo, prohibiendo la circuncisión, el respeto del sabado -obligatorio para todo judío- y las leyes de pureza que abarcaban diferentes aspectos de la vida cotidiana. 


Fue una rebelión, al contrario de las anteriores, muy bien preparada, con millares de jóvenes entrenándose para la lucha, construcción de túneles para la guerra de guerrillas que se planificaba, el establecimiento de depósitos de armas en diversas cuevas del desierto, etc. etc. Se trató de no dejar cosas al azar y contando con la inestimable ayuda de Dios, el levantamiento tenía todas las de ganar. 


Estalló en el año 132 y tuvo, tal como se preveía, una rápida expansión. En los dos años siguientes se crea un Estado soberano judío, con acuñación de moneda propia. El rabino Akiva de gran popularidad reconoció públicamente a Bar Kojba como el nuevo Mesías que había llegado para restaurar el reino de Jerusalén. 


Todos los judíos se las prometían muy felices y se empezó a hablar de reconstruír el Templo, incendiado hasta sus cimientos, por Tito en el infausto año 70. Con la ayuda de Dios, sentían los judíos, nada era ya imposible. 


Lejos quedaban las conmociones de los primeros años del siglo I. Los levantamientos sofocados, los predicadores mesiánicos ejecutados por Roma y los numerosos aspirantes a libertadores que habían aparecido y desaparecido sin alterar el curso de la historia parecían ahora simples episodios preparatorios.


Entre ellos figuraba también Jesús de Nazaret, a quien los seguidores de Bar Kojba difícilmente habrían considerado el Mesías esperado. Para aquellos nacionalistas que soñaban con restaurar la independencia de Israel, el ajusticiado de los años treinta pertenecía al largo listado de pretendientes cuya misión había terminado en fracaso.


Luego había llegado el desastre del año 70: la desaparición del Templo, el arrasamiento de Jerusalén, la fundación de Aelia Capitolina sobre sus ruinas y, finalmente, la caída de Masada. Pero todo aquel siglo de derrotas parecía ahora quedar atrás. Bajo la protección del nuevo Mesías, muchos creyeron que la historia estaba a punto de corregirse definitivamente.


Pero Roma puede ser vencida, temporalmente, más su poder está en no perdonar ni resignarse a una derrota definitiva. Se reclutaron legiones de todas partes del Imperio, hasta se movilizaron unidades acantonadas en la lejana Britania, todas bajo el mando del general Julio Severo y progresivamente, en un anillo de fuego, avanzaron dejando arrasada la tierra donde pasaban hasta rodear a todos los rebeldes. 


Para el verano del 135, según Dión Casio, murieron cerca de 580 mil judíos. Asimismo fueron aniqjuiladas 50 ciudades fortificadas y 985 aldeas. Ya dijimos que las cifras de este historiador romano no son aceptadas en nuestra época. Se las considera muy exageradas. Así que podemos reducirla en una proporción que no deja, al fin de cuentas, ser tan arbitraria como las propias citas que el autor ofrece.


En cualquier caso podemos tener idea de que no se dejó piedra sobre piedra sin rastrear, y que allí donde se encontrara un judío resistente, se lo habría enviado con su creador celestial en menos que canta un gallo.


Adriano no mostró ninguna compasión con el pueblo derrotado y se empeñó en eliminar de raíz todo rastro de identidad judía: prohibió la Torá y el calendario judío, ejecutó a todo estudioso que estuviera a mano de sus tropas y eliminó cualquier rollo sagrado que oliese a judío. 


Está demás decir que hizo construír una gigantes estatua de Júpiter en Aelia Capitolina para recordar a todo el mundo quien mandaba allí.


Este gran desastre, contra todo pronóstico no eliminó a los judíos, como tampoco pudieron ser eliminados casi dos mil años después cuando un nuevo cesar, esta vez, alemán, ordenó la liquidación de todos los judíos que se encontrasen en Europa. Increíblemente la gran crisis del 135 originó un gran cambio en el judaísmo, pero, visto en perspectiva, lo mejoró casi al ciento por ciento. 



5. Las consecuencias de la derrota 


Repasemos por un momento cómo se encontraban los judíos cuando terminó el año 135 de nuestra era, es decir, tras dos guerras devastadoras que habían comenzado ya en el 70 con la destrucción del Templo.


El Segundo Templo, el lugar más sagrado del judaísmo, había desaparecido entre las llamas sesenta y cinco años antes. La ciudad santa, Jerusalén, que lo albergaba, junto con todo el culto que llevaba siglos realizándose, también había desaparecido, y solo quedaban ruinas como testimonio de un pasado prodigioso. Todo el clero sacerdotal, toda una clase social, los saduceos, que mantenía vivo el culto, había sido en su mayor parte muerto, huido o esclavizado, aunque algunas familias sacerdotales lograron sobrevivir dispersas entre las comunidades del exilio. Los otros judíos que rodeaban como anillos de fortaleza al centro del culto habían corrido igual suerte.

No quedaba casi nada en pie. Dios no se había presentado con una espada flamígera para ahuyentar a los paganos; y estos señoreaban toda Judea, que ahora recibía el nuevo nombre de Siria Palestina. Cuál sería el destino de la diáspora judía sino confundirse con los otros pueblos y unir su suerte y su espíritu a aquellos que benévolamente quisiesen acogerlos.


Sin embargo sucedió un fenómeno radicalmente diferente: el vacío dejado por el Templo fue rellenado por los rabinos, maestros e intérpretes de las Escrituras que estaban en condiciones de recordar a los demás judíos dispersos cuáles eran sus raíces y sus antiguas creencias.


El mismo Templo, con sus columnas gigantescas, se transformó en pergaminos y papiros, rollos donde se encontraban los textos sagrados, transmutando la piedra en un medio portátil que estaba al alcance de cualquier grupo que se reuniera en una sinagoga, es decir, un lugar dedicado a la lectura y al recuerdo común.


El rabino es la única autoridad religiosa que emerge con claridad de la desaparición de toda autoridad local. Tal prestigio se funda en el conocimiento de los textos bíblicos, textos sujetos a interpretación, y que como tales originan diversas escuelas de pensamiento, nuevas y sin continuidad directa con las antiguas corrientes de la época en que aún existía el añorado Templo.


Los rabinos, dispersados como sus vecinos, fueron los que poco a poco, como hormiguitas en un lugar desconocido, construyeron todo un sistema legal y doctrinal propio: la halajá, el camino del judío, que creó un microsistema paralelo al que podía imponer la burocracia y la legalidad propia del país o la región que los acogía.


El rabino acepta la dominación política romana y organiza la comunidad en la medida en que la administración dominante lo hace posible. Es realista, práctico: no tiene ejército ni policía, carece de burocracia administrativa y no posee los recursos del Estado. Pero aún quedan los lazos comunes: la lengua de los mayores, las viejas costumbres por todos conocidas, rituales que confirman con su simbolismo la pertenencia común, recursos económicos magros pero compartidos, una educación posible en las sinagogas, el matrimonio como refuerzo de los lazos emocionales. Poco a poco se genera así un capital cultural propio en una comunidad exiliada en territorio extraño.


Frente a la realidad innegable de que todo Mesías ha sido derrotado y eliminado, queda la esperanza. Y el rabino es capaz de gestionarla: sin templo, sin lugar fijo para el culto, sin aparato coercitivo propio, y contra la hostilidad de un entorno que mira con recelo una unidad cultural y religiosa que le resulta profundamente sospechosa.


Pero aún necesitamos entender un poco más el complejo proceso que permitió mantener unidos a tanta gente dispersa por el mundo; y no solo durante un tiempo, lo que ya de por sí sería toda una hazaña, sino durante siglos, por no decir milenios, que ya estamos terminando el segundo, contando desde el 135. 


Es un episodio histórico de tal magnitud que extraña que no se haya convertido en un tema estrella central en el quehacer de los estudiosos de las ciencias sociales contemporáneas. Y, justamente, el instrumento que hizo posible tal unión, que resistió el tiempo y la distancia es lo que se denominá “halajá” de lo cual daremos ahora una breve impresión.


6. La Halajá


Puede traducirse esta palabra como «camino normativo», es decir, el conjunto de leyes, costumbres, principios y valores que regulan la vida cotidiana de un judío. Tales normas se derivan fundamentalmente de la Torá, la escritura sagrada básica del judaísmo, y de todos los elementos que la tradición rabínica fue agregando y desarrollando a lo largo de los siglos.


El término procede del verbo hebreo halaj, «ir» o «caminar». De ahí que la Halajá pueda entenderse como «el camino por el que se debe andar» o, en un sentido más amplio, «la manera correcta de comportarse».


¿Qué incluye?


En primer lugar, los 613 mandamientos que la tradición extrae de la Torá. A ellos se suman la legislación rabínica posterior, las decisiones recogidas en el Talmud y las costumbres que, con el paso del tiempo, adquirieron carácter normativo. Son las normas que regulan el shabat o descanso sabático, las reglas alimentarias (kashrut), la pureza ritual, el matrimonio y el divorcio, las transacciones económicas, las festividades religiosas y, en general, cualquier circunstancia importante o trivial a la que un judío deba enfrentarse a lo largo de su vida.


Todo, o casi todo, se encuentra regulado. Y corresponde a los rabinos y a las distintas autoridades religiosas interpretar y aplicar ese vasto saber halájico.


Como no podía ser de otro modo en un pueblo disperso por continentes enteros, surgieron diferentes tradiciones. Sefardíes, ashkenazíes, yemenitas y otros grupos compartieron una misma base normativa, aunque desarrollaron matices y costumbres propias.


Los tribunales rabínicos aplicaban la Halajá y, gracias a ella, cada hogar judío podía convertirse en una especie de «pequeño santuario», sin necesidad de un centro único de culto como había sido el Segundo Templo de Jerusalén.


Ahora eran los rituales domésticos —encender las velas del shabat, recitar determinadas oraciones en momentos concretos del día, respetar las normas alimentarias y de pureza ritual— los que delimitaban el territorio mental y espiritual de cualquier judío de la diáspora. Desde cualquier hogar podía vivirse la alianza con Dios mediante el cumplimiento de los preceptos.


No resulta fácil para un no judío comprender la vida de un judío auténticamente religioso. Además, a lo largo de los siglos muchos judíos fueron simplificando o flexibilizando parte de estas prácticas. En numerosos casos, solo un observador especialmente atento podría advertir que está hablando con uno. Por su parte, los sectores más religiosos nunca dejaron de censurar o criticar a quienes se apartaban, aunque solo fuera parcialmente, de la observancia tradicional.


Quizá en esa aparente relajación de las costumbres se encuentre una enseñanza adquirida tras siglos de experiencia: los seres humanos soportan mal sistemas extremadamente rígidos cuando deben mantenerse generación tras generación. Sin embargo, no disponemos de suficiente información sociológica para determinar hasta qué punto los rabinos fomentaron, toleraron o simplemente ignoraron ese progresivo aflojamiento de las normas ancestrales.


Lo cierto es que la Halajá reorganizó la vida social del pueblo judío expulsado de su tierra y permitió la creación de un auténtico «tiempo judío», una forma particular de vivir dentro de sociedades muy diversas. Gracias a ella fue posible conservar una identidad común a través de los siglos, primero bajo el Imperio romano y después en los múltiples escenarios políticos y culturales por los que transitó la historia de Europa, Oriente Próximo y el norte de África.


Si el Templo había sido el gran centro visible del judaísmo antiguo, la Halajá se convirtió en el armazón invisible que permitió a los judíos seguir siendo judíos aun cuando Jerusalén quedaba a miles de kilómetros de distancia.


Con estas reflexiones nos hemos alejado bastante de las Guerras Judías con las que comenzó este capítulo. Sin embargo, sin aquellos acontecimientos resulta difícil imaginar el desarrollo posterior del pueblo judío. Las derrotas militares, la destrucción del Templo y la dispersión de una parte importante de la población contribuyeron a moldear muchas de las características por las que los judíos serían conocidos a lo largo de los siglos siguientes.


De aquella sucesión de catástrofes surgió, paradójicamente, una profunda transformación histórica. El antiguo judaísmo centrado en Jerusalén y en el Templo fue reemplazado por un judaísmo rabínico capaz de sobrevivir sin territorio propio y de conservar su identidad a través de generaciones dispersas por continentes enteros.


Y de ese mismo tronco común nacieron dos tradiciones religiosas de extraordinaria importancia. Una, minoritaria en número pero notable por su cohesión intelectual y religiosa, continuó desarrollándose como judaísmo. La otra, el cristianismo, se expandió mucho más allá de sus orígenes, incorporó pueblos y culturas muy diferentes y terminó convirtiéndose en una de las grandes religiones universales de la humanidad. Tan lejos llegó en ese proceso que, en ocasiones, parece haber olvidado que sus raíces más profundas se hunden precisamente en la historia del pueblo del que surgió.



Carolus Brigantinus Barbatus


Julio 2026


Nota: se aconseja leer o releer el capítulo dedicado al estado político y social de Judea: 

Índice General.html


y también hojear los índices de la primera parte y la segunda parte de esta serie “Historia Natural del Cristianismo primitivo” en: 

Ver Primera o Segunda Parte de H.N. del C.P.



Addenda: Páginas Web


https://www.abebooks.com/guerra-jud%C3%ADos-Josefo-Flavio-Gredos/32214903424/bd


https://revistas.usal.es/uno/index.php/0213-2052/article/view/31875


https://www.clcchile.com/producto/las-guerras-de-los-judios---coleccion-historia-9788482673431


https://www.cristoraul.org/ebookland/spanish/Iudaea Capta La Palestina Romana Entre Las Dos Guerras Judías 70 - 132 DC.pdf


https://dialnet.unirioja.es/servlet/tesis?codigo=64647


https://es.scribd.com/document/739633581/Lester-l-Grabbe-Una-Introduccion-Al-Judaismo-Del-Segundo-Templo


https://ca.wikipedia.org/wiki/Primera_Guerra_Judeo-romana


https://www.facebook.com/HistoriaUniversalPND/posts/la-destrucción-del-templo-de-jerusalén-en-el-año-66-d-c-los-judíos-de-judea-se-r/1375006964425259/


https://academic.oup.com/reference/62341/reference-article-abstract/554102926?redirectedFrom=fulltext&guestAccessKey=


https://www.liverpooluniversitypress.co.uk/doi/abs/10.18647/1180/JJS-1985


https://www.encyclopedia.com/environment/encyclopedias-almanacs-transcripts-and-maps/gamliel-yavneh


https://cojs.org/the_age_of_the_rabbis-_the_formative_years_-circa_70-_3rd_century_ce/


https://cojs.org/the_age_of_the_rabbis-_the_formative_years_-circa_70-_3rd_century_ce/


https://cojs.org/the_tannaitic_academies/


https://cojs.org/from_the_first_jewish_revolt_to_bar_kokhba_-66-135_ce/


https://www.posenlibrary.com/course/origins-rabbinic-judaism


https://www.academia.edu/36987693/Peter_Schäfer_Bar_Kokhba_and_the_Rabbis_in_Peter_Schäfer_ed_The_Bar_Kokhba_War_Reconsidered_New_Perspectives_on_the_Second_Jewish_Revolt_against_Rome_Tübingen_Mohr_Siebeck_2003_1_22


Historia Natural del Cristianismo Primitivo. Segunda Parte. Capítulo 14. LAS GUERRAS JUDIAS y SUS CONSECUENCIAS

Índice: ¿Por qué? 1ra. Guerra 2da. Guerra 3ra. Guerra Las consecuencias de la derrota La Halajá Addenda: Páginas web ¿Por qué? Son tre...