domingo, 2 de agosto de 2026

Historia natural del cristianismo primitivo Tercera parte · Capítulo 16. Pablo de Tarso

«Jesús no fue el fundador del cristianismo y, por supuesto, no fue cristiano. Jesús fue tan solo la base, el impulsor del cristianismo, pues su existencia y su muerte en la cruz provocaron un movimiento de reflexión dentro del judaísmo de su época que, con el tiempo, culminaría en el nacimiento de una religión diferente del judaísmo: el cristianismo».

Antonio Piñero, Cómo nació el cristianismo


Iniciamos esta tercera parte con un cambio de orientación. No nos hemos convertido en creyentes ni hemos abandonado la perspectiva naturalista que explicamos al comienzo de la obra. Seguimos observando el cristianismo como una creación humana, nacida en unas circunstancias históricas concretas. Sin embargo, a partir de ahora intentaremos mirar más de cerca a las personas y a las pequeñas comunidades que pusieron en marcha ese proceso.

Hasta aquí hemos seguido, en lo posible, el orden de los acontecimientos. Hemos estudiado el movimiento iniciado por Jesús, su progresiva separación del judaísmo, su expansión por el Imperio romano y las transformaciones que, varios siglos después, lo convirtieron en la religión oficial del propio Imperio. Ahora queremos regresar a sus primeros pasos y preguntarnos cómo un pequeño grupo judío, reunido alrededor del recuerdo de un hombre crucificado, consiguió extenderse por las ciudades del Mediterráneo.

Para comprenderlo debemos empezar por lo ocurrido después de la muerte de Jesús. Para las autoridades romanas y, probablemente, para buena parte de las autoridades de Jerusalén, la crucifixión había puesto fin al problema. El pretendido «rey de los judíos» había sido ejecutado y sus seguidores parecían condenados a dispersarse. Visto desde veinte siglos de distancia, sabemos que sucedió lo contrario: aquella muerte inició, de manera lenta, vacilante y conflictiva, la historia de una religión que terminaría dominando una parte considerable del mundo.

Reconstruir esos primeros años es muy difícil. No poseemos actas de las comunidades, listas de miembros, registros de sus reuniones ni testimonios escritos de quienes habían acompañado a Jesús. Flavio Josefo dedica al personaje unas pocas líneas cuya transmisión, además, plantea problemas. Los evangelios fueron compuestos más tarde: Marcos probablemente alrededor del año 70; Mateo y Lucas en las décadas siguientes, y Juan hacia finales del siglo I. No son crónicas contemporáneas, sino interpretaciones religiosas construidas desde comunidades posteriores.

Los documentos cristianos más antiguos que conservamos son las cartas de Pablo, escritas aproximadamente veinte años después de la crucifixión. No forman una autobiografía ni narran ordenadamente su actividad. Fueron respuestas a problemas concretos de comunidades concretas. Aun así, son nuestra fuente más cercana y segura. Junto a ellas disponemos de Hechos de los Apóstoles, obra atribuida tradicionalmente a Lucas y redactada varias décadas después. Hechos proporciona la narración más extensa de la vida de Pablo, pero busca mostrar la expansión del mensaje desde Jerusalén hasta Roma y tiende a suavizar los conflictos entre los primeros dirigentes. Por eso utilizaremos ambas fuentes, dando prioridad a las cartas cuando no coincidan.

Lo poco que sabemos de sus primeros años

Pablo debió de nacer durante los primeros años de nuestra era. Hechos afirma que procedía de Tarso, importante ciudad de Cilicia, en el sudeste de la actual Turquía. Pablo nunca menciona su ciudad natal, pero sí se presenta como judío, israelita, descendiente de Abraham, miembro de la tribu de Benjamín y fariseo. No era, por tanto, un gentil atraído por el judaísmo, sino un judío profundamente formado en su tradición.

Lo conocemos por dos nombres. Saulo —o mejor, Shaúl— era su nombre judío; Paulos, su nombre griego de origen latino. No parece que cambiara uno por otro al adoptar una nueva religión. En el mundo de la diáspora era normal usar nombres diferentes según el ambiente. Hechos comienza a llamarlo Pablo durante la misión en Chipre, cuando el relato se orienta de manera más clara hacia los gentiles.

Según Hechos, Pablo poseía la ciudadanía romana desde su nacimiento y había estudiado en Jerusalén con Gamaliel, uno de los maestros fariseos más prestigiosos de la época. Ninguno de esos datos aparece en sus cartas. La ciudadanía romana explicaría algunos episodios posteriores, en especial su apelación al emperador, pero no sabemos cómo la habría obtenido su familia. La formación con Gamaliel también es posible, aunque no puede comprobarse. Lo indudable es que Pablo conocía bien las Escrituras judías en su versión griega y sabía argumentar con los procedimientos habituales de la interpretación judía.

Hechos dice asimismo que trabajaba como skenopoiós, palabra que puede significar fabricante de tiendas o trabajador del cuero. Pablo confirma que se ganaba la vida con sus manos y que procuraba no depender económicamente de sus comunidades. Ese oficio le proporcionó algo muy importante: la posibilidad de instalarse en distintas ciudades, trabajar y predicar al mismo tiempo. Su independencia económica se convirtió así en una parte de su autoridad.

No sabemos si se casó alguna vez. Cuando escribió la Primera carta a los Corintios vivía sin esposa y defendía el celibato como una situación apropiada ante la inminencia del fin, aunque reconocía que no todos podían asumirlo. Tampoco conocemos casi nada de su familia. Hechos menciona a un sobrino que habría descubierto una conspiración contra él, pero las cartas guardan silencio.

De perseguidor a enviado

Pablo reconoce varias veces que persiguió con violencia a la «asamblea de Dios». No explica exactamente qué hizo ni por qué aquel pequeño movimiento le parecía tan peligroso. Es posible que considerara escandalosa la proclamación de un crucificado como Mesías o que rechazara la libertad con la que algunos seguidores de Jesús trataban la Ley. Sea cual fuese la causa, Pablo no oculta este pasado. Al contrario, lo utiliza como prueba de la extraordinaria transformación que experimentó.

Él mismo cuenta que Dios le reveló a su Hijo y lo llamó para anunciarlo entre los gentiles. No describe esa experiencia con detalle. La famosa escena del camino de Damasco —la luz, la caída, la ceguera durante tres días, la intervención de Ananías y el bautismo— procede de Hechos, que la narra tres veces con algunas diferencias. Históricamente podemos afirmar que Pablo vivió una experiencia que interpretó como una aparición de Jesús resucitado y como una misión recibida directamente de Dios. Desde entonces estuvo convencido de poseer una autoridad que no dependía de los discípulos de Jerusalén.

La palabra «conversión» puede resultar engañosa. Pablo no creyó haber abandonado el judaísmo para ingresar en una religión llamada cristianismo, que todavía no existía como tal. Pensó que el Dios de Israel le había encargado anunciar a los demás pueblos que el tiempo final había comenzado con la resurrección de Jesús. Fue un cambio radical de vida, pero entendido por él como una llamada profética dentro de la historia de Israel. Esta interpretación, desarrollada en la investigación moderna desde Krister Stendahl, permite comprender mejor tanto su continuidad judía como su misión entre los gentiles.

Después de aquella experiencia, según cuenta en Gálatas, viajó a Arabia y regresó luego a Damasco. No sabemos cuánto tiempo permaneció en territorio nabateo ni qué hizo allí. Es probable que ya predicara, aunque no hay noticia de que fundara comunidades. Tres años después visitó Jerusalén. Permaneció quince días con Cefas —Pedro— y conoció a Santiago, el hermano de Jesús. Este dato, escrito por el propio Pablo, es de enorme importancia: lo pone en contacto directo con dos de las figuras principales del movimiento original.

Pablo insiste en que no recibió de ellos su mensaje ni su autoridad. Su visita no fue la de un discípulo que acudía a ser instruido, sino la de un misionero que buscaba conocer a quienes lo habían precedido. Hechos añade que los creyentes de Jerusalén desconfiaban de él y que Bernabé actuó como mediador. Es perfectamente verosímil: no debía de ser fácil recibir como compañero al hombre que poco antes los perseguía.

Después marchó a las regiones de Siria y Cilicia. Aquí se abre un largo período mal documentado. Hechos lo lleva a Tarso y cuenta que Bernabé fue después a buscarlo para incorporarlo a la comunidad de Antioquía. Pablo apenas habla de esos años, pero afirma que ya era conocido por las comunidades de Judea como el antiguo perseguidor que ahora anunciaba la fe que antes intentaba destruir.

Antioquía y el nacimiento de una misión

Antioquía de Siria fue decisiva. Era una de las grandes ciudades del Imperio y reunía a poblaciones de orígenes muy diversos. Allí surgió una comunidad formada por judíos y gentiles, un laboratorio social en el que aparecieron problemas nuevos: ¿podía un no judío incorporarse al movimiento de Jesús sin circuncidarse?, ¿debía observar toda la Torá?, ¿podían judíos y gentiles compartir la misma mesa?

Bernabé y Pablo trabajaron juntos en Antioquía. Hechos afirma que enseñaron allí durante un año y que fue en esa ciudad donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de «cristianos». El término probablemente comenzó como una denominación externa: los seguidores de Christós, el ungido o Mesías. Todavía no designaba con claridad una religión separada del judaísmo.

Hacia mediados de la década del cuarenta, Pablo y Bernabé llevaron a Jerusalén una ayuda económica enviada por Antioquía durante una época de hambre. La fecha y la relación exacta de esta visita con las mencionadas por Pablo son discutidas. La noticia interesa, sin embargo, porque muestra algo que acompañará toda su actividad: las comunidades no estaban aisladas, sino unidas mediante viajeros, mensajeros y colectas.

El llamado primer viaje

La división de la actividad de Pablo en tres «viajes misioneros» procede de los comentaristas modernos de Hechos. Pablo había viajado mucho antes, pero se llama primero al recorrido de Bernabé y Pablo por Chipre y el sur de Asia Menor, aproximadamente entre los años 46 y 49. Sería la primera misión organizada desde Antioquía para fundar comunidades fuera de Siria y Palestina.

Según Hechos, la comunidad los envió después de un ayuno y una revelación del Espíritu. Viajaron con Juan Marcos a Chipre, predicaron en las sinagogas de Salamina y llegaron a Pafos. Allí el relato presenta el enfrentamiento con el mago Elimas y la conversión del procónsul Sergio Paulo. Desde ese momento Lucas deja de usar habitualmente el nombre Saulo y lo llama Pablo.

Después cruzaron a Asia Menor. Juan Marcos los abandonó en Perge y regresó a Jerusalén, decisión que más adelante provocaría una grave discusión entre Pablo y Bernabé. En Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe se repite, con variantes, un mismo esquema narrativo: predicación en la sinagoga, adhesión de algunos judíos y gentiles, oposición, conflicto y huida. En Listra, después de curar a un hombre que no podía caminar, Pablo y Bernabé fueron confundidos con Hermes y Zeus. Poco después la multitud apedreó a Pablo y lo dejó por muerto.

Al regresar, volvieron a pasar por las ciudades recién visitadas, alentaron a los grupos y designaron ancianos. Este detalle muestra que no buscaban únicamente conversiones individuales. Pretendían crear comunidades capaces de continuar sin la presencia permanente de sus fundadores. Antioquía seguía actuando como base de la misión y como autoridad ante la cual rendían cuentas.

Jerusalén: el problema de los gentiles

El éxito entre los gentiles produjo un conflicto inevitable. Algunos creyentes de origen judío sostenían que los varones gentiles debían circuncidarse y aceptar la Ley de Moisés. Para Pablo, esa exigencia destruía el sentido de su misión: los gentiles podían incorporarse al pueblo mesiánico mediante la fe en Cristo sin convertirse previamente en judíos.

El problema fue discutido en Jerusalén hacia finales de los años cuarenta. Poseemos dos versiones difíciles de armonizar. En Gálatas, Pablo dice que viajó con Bernabé y Tito, un griego no circuncidado, y se reunió en privado con Santiago, Cefas y Juan, a quienes llama las «columnas». Según él, reconocieron su misión entre los gentiles, no exigieron la circuncisión de Tito y solo pidieron que recordara a los pobres de Jerusalén.

Hechos convierte el encuentro en una asamblea más amplia. Pedro pronuncia un discurso favorable a no imponer a los gentiles un yugo que ni los propios judíos podían soportar, y Santiago formula la decisión final: no exigir la circuncisión, pero pedir a los nuevos creyentes que se abstengan de los alimentos relacionados con los ídolos, de la inmoralidad sexual, de la carne de animales estrangulados y de la sangre. La decisión se envía por escrito a Antioquía, Siria y Cilicia.

La diferencia es significativa. Pablo no menciona esas cuatro prohibiciones, ni siquiera cuando más tarde discute en Corinto el consumo de carne sacrificada a los ídolos. Tal vez Gálatas describa otra reunión; tal vez Hechos haya reunido acuerdos de momentos distintos; o quizá Lucas haya presentado como solemne y unánime un proceso mucho más confuso. Lo seguro es que Jerusalén aceptó, al menos de algún modo, una misión entre gentiles no circuncidados.

No se estaba fundando conscientemente una religión distinta. Se buscaba hacer sitio a los gentiles dentro de un movimiento mesiánico judío. Algunas interpretaciones actuales, entre ellas la defendida en español por Carlos A. Segovia, hablan de un régimen diferente para judíos y gentiles: los primeros continuarían viviendo como judíos; los segundos no tendrían que adoptar toda la Torá. Sin embargo, ese acuerdo dejaba sin resolver cómo podían convivir ambos grupos en una misma comunidad.

El incidente de Antioquía

La dificultad apareció muy pronto. Pablo cuenta en Gálatas que Pedro visitó Antioquía y al principio comía con los gentiles. Cuando llegaron algunos hombres relacionados con Santiago, dejó de hacerlo por temor a «los de la circuncisión». Otros judíos imitaron su conducta y hasta Bernabé se apartó. Pablo reprendió públicamente a Pedro y lo acusó de hipocresía.

No era una discusión abstracta. Compartir la mesa significaba reconocerse como miembros de una misma comunidad. Al retirarse, Pedro y los demás reconstruían la frontera que Pablo intentaba eliminar. Los gentiles podían ser aceptados en teoría y, sin embargo, quedar convertidos en creyentes de segunda categoría en la vida cotidiana.

Pablo no dice cómo respondió Pedro ni quién venció. Su silencio resulta llamativo. Algunos historiadores suponen que la posición de Pablo terminó imponiéndose; otros creen que quedó aislado y que por eso Antioquía dejó de ser su base principal. No podemos saberlo. Tampoco conocemos la relación exacta entre este enfrentamiento y la asamblea de Jerusalén. Lo importante es que el acuerdo institucional no había resuelto el problema social. Era más fácil decidir que los gentiles no necesitaban circuncidarse que organizar una convivencia diaria entre personas educadas en costumbres religiosas diferentes.

El segundo viaje

Pablo y Bernabé se separaron antes de emprender una nueva misión. Hechos atribuye la ruptura a una discusión sobre Juan Marcos: Bernabé quería llevarlo otra vez y Pablo se negaba. Bernabé partió hacia Chipre con Marcos; Pablo eligió a Silas y recorrió Siria y Cilicia. No sabemos si el incidente de Antioquía influyó también en la separación, aunque es posible que hubiera dejado tensiones profundas.

En Listra se incorporó Timoteo, hijo de madre judía y padre griego, que se convertiría en uno de los colaboradores más fieles de Pablo. El grupo atravesó Frigia y Galacia hasta llegar a Troas. Allí, según Hechos, Pablo tuvo una visión en la que un macedonio le pedía ayuda. El relato explica así el paso hacia Macedonia, presentado tradicionalmente como la entrada del mensaje cristiano en Europa, aunque para los habitantes del Imperio aquel cruce del Egeo no tenía el significado continental que le atribuimos hoy.

En Filipos se produjo la conversión de Lidia, comerciante de púrpura y mujer con recursos suficientes para hospedar al grupo. Pablo y Silas fueron después encarcelados tras liberar de un espíritu adivinatorio a una esclava cuyos dueños obtenían beneficios con sus predicciones. Hechos narra un terremoto, la conversión del carcelero y la exigencia de Pablo de que los magistrados reconocieran públicamente que habían castigado sin juicio a ciudadanos romanos.

Desde Filipos pasaron a Tesalónica y Berea. En ambas ciudades la predicación provocó adhesiones y conflictos. Pablo marchó solo a Atenas, donde Hechos sitúa el célebre discurso del Areópago sobre el «dios desconocido». La escena muestra a un Pablo capaz de adaptar su lenguaje a un público griego y citar a sus poetas. El resultado, sin embargo, fue limitado y no se menciona la creación de una comunidad importante.

Corinto fue muy diferente. Pablo permaneció allí alrededor de un año y medio y trabajó con Aquila y Priscila, un matrimonio judío que había abandonado Roma tras una medida de Claudio. Corinto se convirtió en una de sus comunidades principales y también en una de las más difíciles. Allí volvió a reunirse con Silas y Timoteo y escribió 1 Tesalonicenses, la carta cristiana más antigua que conservamos. La atribución de 2 Tesalonicenses a Pablo es discutida y deberá examinarse por separado.

En Corinto aparece además el punto más firme de toda la cronología paulina. Hechos cuenta que Pablo fue llevado ante Galión, procónsul de Acaya y hermano de Séneca. Una inscripción encontrada en Delfos permite situar el gobierno de Galión hacia los años 51-52. A partir de ese dato se calculan, con márgenes de incertidumbre, las fechas de los demás viajes.

Pablo salió de Corinto, hizo una breve escala en Éfeso y regresó por Cesarea a Antioquía. El recorrido habría durado unos tres años. A partir de entonces, aunque seguía buscando primero el contacto con las sinagogas, el centro de su actividad se desplazó de forma visible hacia grupos mayoritariamente gentiles.

Éfeso y el tercer viaje

Después de recorrer de nuevo Galacia y Frigia, Pablo se instaló en Éfeso. Permaneció allí entre dos y tres años, la estancia más larga que conocemos de toda su actividad misionera. Éfeso era una gran ciudad portuaria y la capital de la provincia romana de Asia. Desde allí podía mantener contacto con numerosas comunidades mediante una red de colaboradores y mensajeros.

Hechos cuenta que encontró a doce discípulos que solo conocían el bautismo de Juan. El episodio resulta interesante porque sugiere que, décadas después de la muerte del Bautista, todavía existían grupos vinculados a él fuera de Judea. Pablo predicó primero en la sinagoga y después trasladó su enseñanza a la escuela de un tal Tirano. Lucas afirma que desde allí el mensaje se difundió por toda la provincia.

El episodio más espectacular es el motín de los plateros. Demetrio, fabricante de pequeños templetes de Artemisa, advirtió a sus compañeros de que la predicación contra los ídolos amenazaba tanto el culto de la diosa como su negocio. El conflicto desembocó en una multitud reunida en el teatro al grito de «¡Grande es Artemisa de los efesios!». Sea cual fuese la exactitud de los detalles, el relato permite ver algo fundamental: una nueva religión podía alterar intereses económicos, prestigios profesionales y formas de vida ligadas a los cultos tradicionales.

Las cartas muestran una estancia mucho más turbulenta de lo que cuenta Hechos. Desde Éfeso, Pablo mantuvo una relación conflictiva con Corinto. Conocemos una carta anterior hoy perdida, 1 Corintios, una visita dolorosa que Lucas no menciona, otra carta escrita «con muchas lágrimas», también perdida, y finalmente 2 Corintios, posiblemente formada a partir de varios escritos. Las propias cartas revelan así una actividad mucho más compleja que el ordenado itinerario de Hechos.

Después de abandonar Éfeso, Pablo recorrió Macedonia y pasó unos meses en Acaya, probablemente en Corinto. Allí escribió Romanos, su exposición más extensa, dirigida a una comunidad que no había fundado y que esperaba utilizar como apoyo para una futura misión hacia Hispania.

Durante esos años organizó una gran colecta entre las comunidades gentiles para los pobres de Jerusalén. El dinero atendía una necesidad material, pero tenía también un enorme significado político y simbólico. Pablo quería demostrar que sus comunidades formaban parte del mismo movimiento y que los gentiles reconocían su deuda con Jerusalén. La colecta debía sellar la unidad entre dos mundos cuya convivencia seguía siendo difícil.

Pablo decidió llevarla personalmente. Regresó por Macedonia y Troas. Hechos sitúa en Troas la historia de Eutico, el joven que cayó de una ventana durante un largo discurso nocturno y fue devuelto a la vida. En Mileto, Pablo reunió a los responsables de Éfeso y pronunció un discurso de despedida. Lucas lo presenta como un testamento: el misionero sabe que se acerca el final de su actividad libre y advierte a la comunidad sobre los conflictos futuros.

Jerusalén, el arresto y Cesarea

El regreso a Jerusalén estuvo acompañado, según Hechos, por numerosas advertencias. Amigos y profetas le anunciaron que sería detenido. Pablo siguió adelante. Quizá consideraba que entregar personalmente la colecta era indispensable para defender la unidad de su misión; quizá esperaba explicar su conducta ante Santiago; quizá, sencillamente, su manera de actuar le impedía retroceder ante el peligro.

Al llegar fue recibido por Santiago y los ancianos de Jerusalén. Allí circulaba el rumor de que enseñaba a los judíos de la diáspora a abandonar la Ley. Para desmentirlo, le propusieron participar en un rito de purificación en el Templo y pagar los gastos de cuatro hombres que habían hecho un voto. Pablo aceptó. El episodio contradice la imagen de un hombre que se considerara fundador consciente de una religión antijudía. Incluso después de años de misión entre gentiles, continuaba actuando como judío y no veía incompatibilidad entre su fe en Cristo y la participación en el Templo.

Emmanuel Carrère interpreta en El Reino que la comunidad de Jerusalén sometió a Pablo a una humillación. Puede leerse así, pero también como una negociación política: Santiago necesitaba apaciguar a los sectores más observantes y Pablo no deseaba abrir otro frente. Su aceptación muestra que podía ser inflexible en los principios y muy pragmático en la conducta.

Durante el rito, unos judíos procedentes de Asia lo acusaron de atacar la Ley y de introducir a un gentil en la zona prohibida del Templo. La multitud estuvo a punto de matarlo. El tribuno Claudio Lisias intervino y lo puso bajo custodia romana. Hechos relata después sus defensas ante la multitud y el Sanedrín. Pablo explotó hábilmente la división entre fariseos, que aceptaban la resurrección, y saduceos, que la rechazaban. La discusión llegó a ser tan violenta que los soldados tuvieron que rescatarlo otra vez.

Al descubrirse una conspiración para asesinarlo, fue trasladado con una fuerte escolta a Cesarea, sede del gobernador romano. Allí permaneció detenido aproximadamente dos años, primero bajo Antonio Félix y luego bajo Porcio Festo. Los acusadores no consiguieron demostrar un delito que justificara una condena romana, pero las autoridades tampoco quisieron liberarlo y enfrentarse a los dirigentes de Jerusalén.

Pablo recurrió entonces a su supuesta condición de ciudadano romano y apeló al emperador. Hechos presenta la apelación como un derecho que Festo no podía ignorar. Antes de enviarlo a Roma, el gobernador expuso el caso a Herodes Agripa II. El largo discurso de defensa que Lucas pone en boca de Pablo resume por tercera vez su llamada y su misión. Festo y Agripa lo consideran inocente, pero la apelación ya ha decidido su destino.

El viaje a Roma

El llamado cuarto viaje no fue una nueva misión, sino el traslado de un preso. Pablo embarcó bajo la custodia de un centurión llamado Julio. Hechos ofrece una narración náutica extraordinariamente detallada: los vientos contrarios, la escala en Creta, una tempestad de catorce días y el naufragio en Malta. Allí, según el relato, sobrevivió a la mordedura de una serpiente y curó a varios enfermos. Después del invierno continuó por Siracusa, Regio y Puteoli hasta llegar a Roma, probablemente hacia los años 60 o 61.

Ya existía en la capital una comunidad de creyentes a la que Pablo había escrito años antes. Lucas cuenta que permaneció dos años bajo una forma relativamente benigna de arresto domiciliario, recibiendo visitas y predicando «sin impedimento». Con esas palabras concluye Hechos. El final es literariamente perfecto: el mensaje que comenzó en Jerusalén ha llegado al centro del Imperio. Pero para el historiador resulta frustrante, porque no explica qué decidió el tribunal ni cómo murió Pablo.

La tradición posterior afirma que fue liberado, que pudo viajar a Hispania y que más tarde murió decapitado en Roma durante la persecución de Nerón. Debemos distinguir sus elementos. El propio Pablo manifiesta en Romanos su intención de viajar a Hispania, pero no sabemos si pudo realizarla. La Primera carta de Clemente, escrita hacia finales del siglo I, recuerda sus sufrimientos, su llegada al «límite de Occidente» y su muerte; la expresión podría referirse a Hispania, aunque no es segura. La decapitación aparece en fuentes cristianas posteriores. Por tanto, una muerte violenta en Roma durante los años sesenta es posible y ha sido aceptada tradicionalmente, pero no puede demostrarse con certeza.

Un hombre difícil de reducir a una doctrina

Al llegar a Roma, Pablo llevaba alrededor de treinta años dedicado a su misión. Había recorrido miles de kilómetros por tierra y por mar, trabajado para mantenerse, soportado golpes, cárceles y naufragios, creado comunidades en numerosas ciudades y sostenido con ellas una correspondencia incesante. Su éxito no dependió solo de sus ideas. Dependió también de su energía, de su capacidad organizativa, de una confianza extraordinaria en su misión y de su habilidad para construir una red humana que continuaba funcionando cuando él ya se encontraba lejos.

Era un hombre conflictivo. Discutió con Pedro, se separó de Bernabé, polemizó con otros misioneros y reprendió con dureza a sus propias comunidades. Podía ser afectuoso y autoritario, flexible y obstinado, humilde y seguro de poseer una revelación superior a la de sus adversarios. Precisamente esas contradicciones lo convierten en una figura histórica fascinante. No fue un teólogo que escribía en calma, sino un organizador que pensaba mientras viajaba y formulaba soluciones para problemas urgentes.

Pablo no fundó por sí solo el cristianismo, ni parece que pretendiera crear una religión separada del judaísmo. Sin embargo, dio al movimiento de Jesús una orientación decisiva. Defendió que los gentiles podían incorporarse sin circuncidarse, trasladó el centro de expansión desde Judea hacia las ciudades del Mediterráneo y colocó la muerte y resurrección de Jesús en el centro de un mensaje destinado a todos los pueblos. Las consecuencias históricas de esas decisiones fueron mucho más lejos de lo que él pudo imaginar.

En el próximo capítulo examinaremos sus cartas. No las leeremos únicamente como tratados religiosos, sino como restos de una actividad social: respuestas a disputas, temores, rivalidades y necesidades de las comunidades que Pablo había creado. Después de conocer su trayectoria, podremos intentar ver, detrás de sus palabras, a las personas que lo escucharon, lo discutieron y, no siempre sin resistencia, ayudaron a convertir su misión en una realidad histórica.

Carolus Brigantinus Barbatus

agosto de 2026






Nota importante:

Este trabajo se ha beneficiado del diálogo continuado con Ada, una inteligencia artificial de OpenAI, que ha colaborado en la revisión de fuentes, la discusión de hipótesis, la organización de los materiales y la corrección de estilo. Las interpretaciones y conclusiones finales son responsabilidad exclusiva del autor.

Sobre ADA

ADA es el nombre adoptado por la inteligencia artificial con la que el autor ha mantenido un diálogo continuado durante la elaboración de este libro. Su participación ha consistido en discutir hipótesis, contrastar datos, ordenar materiales y proponer nuevas redacciones. De esa conversación surgieron numerosas ideas y formulaciones incorporadas al texto. Aunque la responsabilidad última corresponde al autor, sería injusto ocultar la presencia de esta singular compañera de investigación.

martes, 28 de julio de 2026

Historia Natural del Cristianismo Primitivo. Segunda Parte. Capítulo 15. El primer Concilio. Nicea, 325.

Índice

  1. De Jerusalén a Nicea
  2.  El mensaje de Jesús
  3. Arrio y el nacimiento de la ortodoxia
  4. Constantino, el último apostol
  5. Final

Addenda: páginas web




  1. De Jerusalén a Nicea


La palabra Concilio deriva del latín Concilium, que significa reunión, o asamblea. En el uso eclesiástico indica reunión de obispos para tratar cuestiones de doctrina o disciplina.


“Concilio Ecuménico” se refiere a las grandes asambleas de obispos de todo el orbe cristiano, y sus decretos se consideran normativos para la Iglesia entera.


Un término equivalente es sínodo, procedente del griego synodos (“camino recorrido en común”). Durante los primeros siglos ambos vocablos se utilizaron casi como sinónimos, aunque con el tiempo la Iglesia reservó el nombre de Concilio Ecuménico para las grandes asambleas de toda la Iglesia y el de sínodo para reuniones de ámbito diocesano, provincial o nacional.


Hasta ese momento los concilios habían sido reuniones convocadas por la propia Iglesia para resolver problemas internos. El primer “proto concilio”, si se nos permite llamarlo así, podría haber sido la reunión celebrada hacia el año 50 en Jerusalén, cuando Pedro, Pablo, Santiago y otros dirigentes debatieron si los gentiles no circuncidados podían ser admitidos como seguidores de Jesús. Aquella asamblea fue modesta, casi familiar, y sus participantes no disponían de otro poder que la autoridad moral que les reconocían las distintas comunidades cristianas.


Nicea representaba exactamente lo contrario. Tres siglos después ya no eran unos pocos dirigentes reunidos en una ciudad de Palestina quienes discutían una cuestión doctrinal. Centenares de obispos llegaban desde todos los rincones del Imperio convocados por el propio emperador romano, viajaban con fondos públicos y sabían que las decisiones adoptadas contarían con el respaldo del poder político. 


La distancia que separa Jerusalén de Nicea no es solo de casi tres siglos: es el reflejo de la profunda transformación que había experimentado el cristianismo.


Ahora el emperador de Roma era quien convocaba a los obispos de todo el mundo cristiano para que alcanzaran una única definición de la fe. La teología dejaba de ser un asunto exclusivamente eclesiástico para convertirse también en una cuestión de Estado.


Y algo más para observar: en Jerusalén, el acuerdo del llamado “Concilio de Jerusalén” (narrado en Hechos de los Apóstoles 15) se impuso por persuasión y por el prestigio de figuras como Santiago el Justo, Pedro y Pablo de Tarso. En Nicea, en cambio, detrás de la firma de un credo estaba ya la posibilidad del destierro, como veremos más adelante. 


El primer Concilio Ecuménico del cristianismo se reunió en la antigua ciudad de Nicea, actual  Iznik, en Turquía. Y fue convocado por el emperador Constantino, invitando a todas las provincias del Imperio y también a los reinos vecinos donde existían comunidades cristianas.”


Su objetivo oficial era resolver la controversia arriana. En la práctica, el propósito consistía en restablecer la unidad doctrinal de una Iglesia que comenzaba a convertirse en uno de los pilares políticos del Imperio. El arrianismo se había extendido por gran parte del cuerpo de la Iglesia y amenazaba seriamente su unidad. También se incluyeron otros temas orientados a unificar las prácticas religiosas que, como la fecha en que se celebraba la Pascua, eran demasiado variadas como para no intentar una celebración común. 


Centenares de obispos llegaron desde todos los rincones del Imperio, convocados por el propio emperador romano, viajaban con fondos públicos, todos los gastos corrían a cuenta del emperador,  y sabían que las decisiones adoptadas contarían con el respaldo del poder político.


Respondieron masivamente: las cifras varían, entre 250 y 300 prelados; la mayor parte procedentes de Asia Menor, Egipto y Siria Palestina. Las ciudades griegas también estuvieron presentes, el obispo de Roma envió tres delegados: dos sacerdotes y el Obispo de Calabría. Armenia estuvo presente con dos obispos e incluso Persia con uno.


El Concilio se abrió con gran pompa con un discurso pronunciado por el propio emperador Constantino, con lo cual quedaba evidente hacia donde se inclinaba ahora el Imperio de manera evidente. Hasta entonces las controversias doctrinales se habían resuelto, mejor o peor, dentro de la propia Iglesia. 


En Nicea aparecía un actor completamente nuevo: el emperador romano. No discutía cuestiones teológicas, pero decidía quién debía reunirse, protegía las deliberaciones y, sobre todo, garantizaba con el poder del Estado el cumplimiento de las decisiones adoptadas en tanto el emperador anunció explícitamente que aquellos obispos que no firmaran las conclusiones del Concilio… serían inmediatamente desterrados. 


Solo Arrio, Teonas de Marmárica y Segundo de Ptolemaida , no lo hicieron y así fueron desterrados a Illiria, al costado de las lejanas provincias del Danubio. El emperador ya lo había avisado.


El Concilio duró poco, ya que se abrió el 20 de mayo del año 325 y se cerró el 25 de julio del 325. El cierre se hizo con un gran banquete, que coincidía con el vigésimo aniversario del reinado de Constantino, y los obispos se volvieron a sus diocesis cargados de regalos. 


Aquel banquete fue mucho más que el final de un concilio. Simbolizaba el nacimiento de una nueva época. Durante casi tres siglos la Iglesia había vivido unas veces tolerada, otras perseguida y siempre separada del poder político. Desde Nicea comenzaba una historia distinta. El Imperio había descubierto la utilidad de una Iglesia unificada, y la Iglesia descubría las inmensas ventajas de contar con el respaldo del Estado. La alianza entre el trono y el altar acababa de nacer y marcaría profundamente la historia de Occidente durante más de un milenio.


2. El mensaje de Jesús


Hay un hecho que no deja de llamar la atención. En el primer gran concilio de la historia del cristianismo apenas se discutió el contenido de la predicación de Jesús. No se debatió el Reino de Dios, ni las Bienaventuranzas, ni el amor al prójimo, ni el perdón, ni el modo de vivir que proponían los evangelios. Las discusiones giraron en torno a la naturaleza de Cristo, su relación con el Padre, la unidad doctrinal de la Iglesia y la fijación de determinadas prácticas comunes.


¿Qué nos dice este cambio sobre la evolución que había experimentado el cristianismo en apenas dos siglos?


Los primeros discípulos esperaban que Dios transformara muy pronto el mundo. Los obispos reunidos en Nicea comenzaban a organizar una Iglesia destinada a vivir durante siglos dentro de él.


Si preguntáramos hoy a un cristiano corriente —que, como la mayoría de las personas, no suele estar familiarizado con la historia de la Iglesia— sobre qué trató el primer concilio ecuménico, celebrado poco después de que el cristianismo fuera legalizado en el Imperio romano, probablemente imaginaría asuntos como estos: cómo vivir el Reino de Dios, cómo anunciar el Evangelio, cómo ayudar a los pobres o cómo prepararse para la segunda venida de Cristo.


Difícilmente supondría que centenares de obispos recorrerían miles de kilómetros para debatir durante semanas si el Hijo era “engendrado, no creado”, si era “de la misma sustancia” (homoousios) que el Padre o cuál debía ser la fecha común para celebrar la Pascua.


Naturalmente, estas cuestiones no eran irrelevantes. Para aquellos obispos resultaban decisivas, porque estaban convencidos de que sólo una comprensión correcta de la naturaleza de Cristo podía garantizar la autenticidad de la fe cristiana. Antes de preguntarse cómo debía vivirse el Evangelio, creían necesario establecer quién era realmente aquel que lo había anunciado.


Y, sin embargo, el contraste con los orígenes sigue siendo llamativo.


El Jesús de los evangelios aparece recorriendo Galilea hablando del Reino de Dios, de la conversión, del juicio inminente, del perdón, de los pobres, de los últimos y del amor al prójimo. En Nicea, el centro de gravedad se ha desplazado hacia otro terreno: la naturaleza del Hijo, su relación con el Padre, la unidad de esencia, la formulación correcta de la fe.


En Jerusalén la cuestión era cómo seguir a Jesús; en Nicea la cuestión era cómo definir correctamente quién era Jesús.


Este desplazamiento no fue casual. Entre Jesús y Nicea habían transcurrido casi tres siglos durante los cuales el cristianismo había cambiado profundamente. Pablo y las primeras generaciones cristianas comenzaron ya a situar la figura de Cristo en el centro de la predicación; durante los siglos II y III, teólogos de muy diversas escuelas fueron elaborando una compleja reflexión sobre su naturaleza; y finalmente Nicea convirtió aquella discusión en doctrina oficial de una Iglesia que acababa de obtener el reconocimiento del Estado romano.


No fue Nicea quien inventó la cristología. Fue Nicea quien la fijó.


También habían cambiado las circunstancias históricas.


La pequeña secta judía perseguida de los primeros tiempos se había convertido en una religión extendida por todo el Imperio. Ya no era únicamente una comunidad que esperaba el inminente establecimiento del Reino de Dios; era también una institución que debía conservar su unidad, resolver conflictos internos y ofrecer una doctrina común a millones de fieles repartidos por provincias muy diversas.


Desde esta perspectiva se entienden mucho mejor las grandes cuestiones que ocuparon a los primeros concilios:


* Nicea (325): ¿es el Hijo plenamente Dios?

* Constantinopla (381): ¿cuál es la naturaleza del Espíritu Santo?

* Éfeso (431): ¿puede llamarse a María Madre de Dios?

* Calcedonia (451): ¿cómo se relacionan en Cristo la naturaleza humana y la divina?


En ninguno de ellos el debate principal giró en torno al Sermón de la Montaña, las parábolas, el amor a los enemigos o la llegada del Reino.


Podría resumirse esta evolución mediante cuatro etapas:


1. Jesús anuncia el Reino de Dios.

2. Pablo sitúa a Cristo en el centro del anuncio.

3. Los siglos II y III elaboran una teología sobre Cristo.

4. Nicea convierte esa teología en doctrina común de toda la Iglesia.


Quizá el cambio más profundo pueda contemplarse también desde otro ángulo.


Jesús decía:


Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.


Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.


Al que te golpee en una mejilla, preséntale también la otra.


Buscad primero el Reino de Dios y su justicia.


Son enseñanzas dirigidas ante todo a la conciencia individual. Hablan de conversión, de compasión, de confianza y de una esperanza puesta en la intervención inminente de Dios. Podría decirse que constituyen una extraordinaria psicología moral, aunque muchas de ellas planteen problemas cuando se trasladan sin matices al funcionamiento de una sociedad compleja.


“Cuando se quiere vivir según el Evangelio ¿se puede ser demasiado confiado?(1)


Los grandes concilios, en cambio, apenas añadieron nuevas enseñanzas sobre la conducta cotidiana. Su preocupación fue otra. Buscaron definir con precisión aquello que debía creer toda la Iglesia para permanecer unida.


En cierto sentido, el eje de la reflexión había cambiado. Ya no predominaban las preguntas sobre cuándo llegaría el Reino o cómo prepararse para él, sino cuestiones acerca de quién era Cristo y cuál era su relación con el Padre. El centro de interés se desplazó de la escatología a la ontología, de la inminencia del Reino a la definición del Ser.


Al mismo tiempo, esa elaboración doctrinal resultó extraordinariamente compatible con las necesidades de un Imperio que buscaba cohesión y estabilidad. Una Iglesia universal necesitaba una doctrina universal; y un Imperio que aspiraba a la unidad encontraba en una Iglesia doctrinalmente unificada un poderoso factor de cohesión.


Quizá ahí resida el cambio histórico más profundo. El cristianismo no abandonó el mensaje moral de Jesús, pero dejó de situarlo en el centro de sus grandes debates. Mientras los primeros discípulos esperaban que Dios transformara muy pronto el mundo, la Iglesia del siglo IV comprendió que debía organizarse para vivir largo tiempo dentro de él. En ese tránsito cambiaron inevitablemente las preguntas. Jerusalén y Nicea seguían perteneciendo a la misma tradición religiosa, pero parecían ya dos universos intelectuales muy distintos.


(1) La cita es del libro “El Reino” de Emmanuel Carrère. La palabra “demasiado” en cursiva en el original



3. Arrio y el nacimiento de la ortodoxia


Arrio afirmó que Jesús fue creado por el Padre y no eterno sosteniendo que el Hijo de Dios, aunque excelso y preexistente, tuvo un principio y no existió desde siempre. Según Arrio, solo Dios Padre es eterno, infinito y sin origen; el Hijo fue creado directamente por el Padre “antes de todas las eras”, como la primera y más perfecta de sus criaturas, pero hubo un tiempo en que el Hijo no existía. Un pensamiento no carente de lógica. 


Para fundamentar su postura, Arrio recurrió a pasajes bíblicos como Juan 14:28 (“el Padre es mayor que yo”) y Colosenses 1:15 (“el primogénito de toda la creación”), interpretando que Jesús fue el primer ser creado y, por tanto, no es igual ni coeterno al Padre. Podría ser un signo de la época en que se necesitase fundar el razonamiento anterior en pasajes bíblicos y no en la pura lógica derivada de la observación al alcance de cualquiera. 


Arrio argumentaba que si el Padre es único, indivisible y eterno, entonces el Hijo no puede compartir esa misma eternidad ni naturaleza, pues eso implicaría dividir la unicidad de Dios. Lo cual también es fácilmente deducible del propio carácter de Dios “padre”. 


La condena de Arrio suele presentarse como una victoria de la ortodoxia sobre una doctrina equivocada. Entendiendo por “error” aquello que no se ajusta al concepto previo de “trinidad”. Sin duda, esa fue la interpretación que terminó imponiéndose. Sin embargo, desde un punto de vista histórico, quizá resulte más interesante formular otra pregunta: ¿por qué aquella discusión alcanzó semejante importancia precisamente en el siglo IV y no antes?


Las ideas de Arrio no eran, en sí mismas, extravagantes. Partían de un razonamiento relativamente sencillo. Cristo era la primera y más perfecta de las criaturas, el mediador entre Dios y los hombres, pero no Dios en el mismo sentido que el Padre.


Vista con los ojos de la filosofía griega, la tesis arriana poseía una notable coherencia interna. Y, de hecho, no fueron pocos los obispos que inicialmente la consideraron una explicación muy aceptable.


Entonces, ¿por qué provocó una crisis de semejante magnitud?


La respuesta habitual es que estaba en juego la verdadera naturaleza de Cristo. Sin embargo, probablemente había otra cuestión, menos visible pero igualmente decisiva: estaba en juego “la unidad” de la Iglesia.


Mientras el cristianismo permaneció dividido en pequeñas comunidades dispersas por el Imperio, coexistieron numerosas interpretaciones sobre la figura de Jesús. Hubo judeocristianos, marcionitas, gnósticos, adopcionistas, modalistas y muchas otras corrientes que discutían apasionadamente entre sí. Aquella diversidad doctrinal constituía un problema teológico, pero todavía no amenazaba la estabilidad de ninguna gran institución.


La situación cambió radicalmente cuando el cristianismo comenzó a convertirse en una religión de alcance imperial.


Una Iglesia presente desde Britania hasta Egipto, desde Hispania hasta Mesopotamia, ya no podía permitirse que cada región enseñara una doctrina distinta sobre el fundamento mismo de su fe. La pluralidad teológica dejaba de ser únicamente un debate intelectual para convertirse en un problema de cohesión. Y por supuesto era crucial cualquier cuestión que amenazase esa unidad. 


Desde esta perspectiva, la convocatoria del Concilio de Nicea adquiere un significado más amplio.


Constantino no era un teólogo, ni siquiera estaba bautizado,  ni convocó el concilio para resolver una curiosidad filosófica. Lo preocupaba la profunda división que el conflicto arriano estaba provocando en las provincias orientales del Imperio. Para un gobernante acostumbrado a identificar estabilidad política con centralidad institucional, aquella disputa resultaba potencialmente peligrosa.


El objetivo del concilio no consistía únicamente en descubrir cuál era la formulación teológica más correcta. También pretendía cerrar definitivamente una controversia que amenazaba con fracturar la Iglesia precisamente cuando ésta acababa de convertirse en un elemento de cohesión del propio Imperio.


La cuestión ya no era solamente quién tenía razón.


La cuestión era que debía existir una única respuesta.


Éste constituye, probablemente, uno de los cambios más profundos de toda la historia del cristianismo.


Hasta entonces podían coexistir interpretaciones diversas acerca de la naturaleza de Cristo. Después de Nicea comenzó a consolidarse la idea de que determinadas opiniones dejaban de pertenecer al legítimo debate para convertirse en errores doctrinales incompatibles con la fe de la Iglesia.


Nacía así la ortodoxia en el sentido pleno de la palabra.


No porque antes no existieran doctrinas consideradas verdaderas o falsas, sino porque por primera vez una asamblea con pretensión universal definía oficialmente qué debía creer todo cristiano y qué quedaba definitivamente excluido.


No deja de ser significativo que el gran conflicto del siglo IV no girara en torno al amor al prójimo, al perdón, a las Bienaventuranzas o a la llegada del Reino de Dios, sino alrededor de una cuestión que Jesús nunca formuló explícitamente: cuál era exactamente su naturaleza en relación con el Padre.


Ello no significa que la Iglesia hubiera abandonado las enseñanzas morales de Jesús. Nadie reunido en Nicea las consideraba secundarias. Al contrario, todos las daban por supuestas. Pero las prioridades habían cambiado. Antes de enseñar cómo debía vivirse el Evangelio era necesario establecer quién era realmente aquel que lo había proclamado.


En este punto puede apreciarse con claridad la profunda transformación experimentada por el cristianismo durante sus tres primeros siglos.


Jesús había anunciado la llegada del Reino de Dios y había llamado a la conversión personal. Pablo desplazó progresivamente el centro de la predicación hacia la persona de Cristo, convirtiendo su muerte y resurrección en el núcleo del mensaje cristiano. Los grandes teólogos de los siglos II y III elaboraron una compleja reflexión sobre la identidad de ese Cristo, y Nicea convirtió finalmente aquella reflexión en doctrina obligatoria para toda la Iglesia.


Las preguntas habían cambiado.


Jesús preguntaba cómo debía vivir el hombre ante la inminencia del Reino.


Pablo se preguntaba qué significaba Cristo para la salvación de toda la humanidad.


Nicea se preguntaba qué debía creer exactamente un cristiano.


Las tres preguntas pertenecen a una misma tradición religiosa, pero responden a necesidades históricas profundamente distintas.


Quizá por ello pueda decirse que el paso decisivo no consistió únicamente en sustituir unas doctrinas por otras, sino en modificar el propio centro de gravedad del cristianismo. 


La comunidad escatológica que esperaba una intervención inminente de Dios fue transformándose lentamente en una institución universal llamada a perdurar durante siglos. Una institución semejante necesitaba normas, autoridad y, sobre todo, una fe común cuidadosamente definida.


La condena de Arrio fue, en este sentido, mucho más que la derrota de una determinada interpretación de Cristo. Representó el momento en que la unidad doctrinal pasó a convertirse en uno de los pilares sobre los que descansaría la Iglesia durante el resto de su historia.


Se había creado, de una vez y para siempre, la ortodoxia. Y al mismo tiempo y por la misma razón había nacido lo que era ya oficialmente el error más terrible del cristianismo: la herejía. 


4. Constantino, el último apóstol


Pocas paradojas ilustran mejor la transformación del cristianismo que la figura de Constantino. Jesús murió ejecutado por el poder romano; tres siglos más tarde sería precisamente un emperador romano quien decidiría buena parte del futuro de la religión nacida en torno a su memoria. Aún más sorprendente resulta que la Iglesia oriental terminara venerándolo con el título de isapóstolos, “igual a los apóstoles”, un honor reservado a quienes, sin pertenecer al grupo de los Doce, contribuyeron de manera decisiva a la expansión del cristianismo.


Nacido hacia el año 272 en Naissus (la actual Niš, en Serbia), Constantino hizo toda su carrera dentro del ejército y de la administración imperial. Tras la muerte de su padre, Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Britania en el año 306 y, después de casi dos décadas de guerras civiles, consiguió imponerse a todos sus rivales hasta convertirse, en 324, en el único dueño del Imperio romano.


La tradición cristiana sitúa el comienzo de su conversión en la batalla del Puente Milvio (312). Según Lactancio y, sobre todo, Eusebio de Cesarea, antes del combate Constantino habría contemplado en el cielo el signo de Cristo acompañado por la frase: «Con este signo vencerás». Resulta imposible saber cuánto hay de historia y cuánto de elaboración posterior en este relato, pero sí parece indudable que, desde entonces, el emperador inició una política claramente favorable a la Iglesia.


Al año siguiente, junto con Licinio, promulgó el llamado Edicto de Milán, que garantizaba la libertad de culto para todas las religiones del Imperio y ponía fin a las persecuciones contra los cristianos. Restituyó los bienes confiscados a las iglesias, concedió privilegios al clero, financió la construcción de grandes basílicas y favoreció abiertamente el desarrollo de una institución que hasta hacía muy poco había vivido en la clandestinidad.


Pero su intervención fue mucho más lejos que la simple protección.


Convencido de que la unidad religiosa favorecía la estabilidad política, Constantino decidió intervenir personalmente en las disputas doctrinales que dividían a los cristianos. En 314 convocó el concilio de Arlés para resolver el cisma donatista y, pocos años después, reunió en Nicea a obispos procedentes de todo el Imperio para afrontar la controversia arriana.


Lo verdaderamente novedoso no fue únicamente el contenido de las decisiones adoptadas en Nicea, sino el hecho mismo de que un emperador convocara, financiara, presidiera y respaldara con su autoridad las conclusiones de un concilio cristiano. Constantino no era un teólogo y probablemente nunca comprendió en toda su profundidad la compleja discusión sobre la naturaleza del Hijo. Lo que buscaba era algo mucho más práctico: poner fin a una disputa que amenazaba la cohesión del Imperio.


Sin embargo, las consecuencias fueron inmensas.


Por primera vez la definición de la ortodoxia dejaba de depender exclusivamente del consenso entre las iglesias para convertirse también en un asunto de Estado. Las decisiones conciliares ya no descansaban únicamente sobre la autoridad espiritual de los obispos; contaban además con el respaldo del poder imperial, capaz de desterrar a quienes se negaran a aceptarlas y de imponer administrativamente una determinada formulación doctrinal.


No volvería a presentarse la situación que afrontó Pablo y que motivó su epístola a los gálatas: “Estoy muy sorprendido de que tan pronto os hayáis alejado de Dios, que os llamó por el amor de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. En realidad no es que haya otro evangelio, pero sucede que algunos os están perturbando y quieren trastornar el evangelio de Cristo. Pero si alguien (sea yo mismo o un ángel del cielo) os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡caiga bajo maldición!” ( Gálatas 1,6). Nadie, luego de Nicea osaría alterar la verdadera palabra del Señor. 


Ninguno de los Doce había convocado un concilio ecuménico. Ninguno había dispuesto de un ejército para hacer cumplir una decisión doctrinal. Ninguno había podido utilizar la maquinaria del Estado para difundir una interpretación concreta de la fe. Todo eso lo hizo un emperador romano.


La fundación de Constantinopla en el año 330 reforzó todavía más esta nueva alianza entre Iglesia e Imperio. La ciudad fue concebida como una nueva capital cristiana del Oriente romano y se convirtió rápidamente en uno de los principales centros políticos y religiosos del mundo mediterráneo.


Cuando Constantino murió, en el año 337, recibió el bautismo poco antes de fallecer, una práctica relativamente frecuente entre algunos cristianos de la época. Fue enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, en un mausoleo rodeado por doce cenotafios que representaban a los apóstoles. El simbolismo difícilmente podía ser más explícito: el emperador ocupaba el lugar central de aquel conjunto monumental, como si continuara la misión iniciada por ellos.


No parece que durante su vida recibiera oficialmente el título de isapóstolos, pero la tradición bizantina comenzó a atribuírselo pocas décadas después y terminó incorporándolo de forma estable a su liturgia. La Iglesia oriental lo veneró como “igual a los apóstoles” porque consideró que nadie había contribuido tanto como él a la expansión histórica del cristianismo. Algunos autores medievales fueron incluso más lejos y lo llamaron el “decimotercer apóstol”, una expresión que, aunque nunca alcanzó carácter oficial, refleja hasta qué punto su figura había adquirido una dimensión casi sagrada.



Jesús nunca buscó el apoyo del poder político; murió precisamente a manos del Estado romano. Tres siglos después, sería ese mismo Estado quien garantizaría la expansión de la religión fundada en torno a su memoria. Si Pablo había transformado el mensaje de Jesús en una religión universal, Constantino dio un paso diferente, pero igualmente decisivo: convirtió esa religión en una institución imperial. Con él comenzó una nueva etapa de la historia del cristianismo, en la que la autoridad espiritual y el poder político caminarían, durante siglos, estrechamente unidos.


Cuando se habla de los llamados «Padres de la Iglesia» se piensa, con razón, en aquellos autores que contribuyeron a definir la doctrina cristiana y a consolidar la organización de la Iglesia. Pero si ampliamos el foco y observamos la evolución del cristianismo en su conjunto, quizá pueda sostenerse que existieron tres grandes arquitectos de su historia.


Jesús, porque inició el movimiento.


Pablo, porque redefinió su alcance y su identidad.


Constantino, porque modificó definitivamente el marco político en el que ese movimiento habría de desarrollarse durante más de un milenio.


Cada uno transformó el legado recibido. Jesús anunció la inminencia del Reino de Dios. Pablo reorganizó ese anuncio para hacerlo viable en un mundo donde la Parusía comenzaba a demorarse, universalizó el mensaje, relativizó la vigencia de la Ley mosaica y abrió las puertas del cristianismo al mundo grecorromano. Constantino, por su parte, reorganizó esa religión para hacerla compatible con un Imperio que ya no esperaba el fin inmediato de la historia y que necesitaba una fuerza espiritual capaz de contribuir a su cohesión.


Sin la existencia y la incansable actividad misionera de Pablo, el movimiento iniciado por Jesús probablemente habría sobrevivido, pero difícilmente habría dejado de ser una de las muchas corrientes del judaísmo del siglo I. Sin Constantino, en cambio, el cristianismo habría seguido siendo, con toda probabilidad, una religión importante dentro del Imperio, pero una más entre otras. Fue él quien le proporcionó el respaldo político necesario para iniciar el camino que terminaría convirtiéndolo en la religión del Estado.


Pablo construyó la religión; Constantino construyó la Iglesia. Uno fue el gran arquitecto espiritual del cristianismo; el otro, su gran arquitecto político. Entre ambos transformaron el pequeño movimiento mesiánico surgido en la periferia del Imperio en una religión universal y, finalmente, en una institución estrechamente vinculada al poder imperial.


Pero la obra de Constantino aún no estaba completa. Él abrió las puertas del Estado a la Iglesia; sería Teodosio quien, pocas décadas más tarde, terminaría identificando definitivamente al Estado con la Iglesia al convertir el cristianismo niceno en la religión oficial del Imperio.


5. Final


La Segunda Parte de esta serie sobre "Historia Natural del Cristianismo Primitivo" llega aquí a su término. La razón está, en cierta medida, inscrita en el propio título: el adjetivo "primitivo" impone sus límites. Continuar el hilo más allá del Concilio de Nicea  supone cruzar una frontera que me había fijado de antemano. Entiendo que lo "primitivo" abarca los siglos I al III: desde que el movimiento nació como pequeña secta —o "corriente", si se prefiere— dentro del judaísmo, hasta que en el año 325 obtuvo el rango de religión "permitida", paso previo a su conversión, pocos años después, en religión del Imperio.


Al alcanzar la legalidad, el cristianismo se diferenció radicalmente de las demás religiones, tanto por su cohesión interna como por el empuje doctrinal que lo impulsaba a proclamarse la única religión verdadera, relegando a todas las restantes bajo el peyorativo nombre de "paganas". Desde ese instante, el cristianismo vistió la púrpura imperial y con ella se convirtió en una auténtica religión de salvación: fuera de sus muros, la vida —incluida la cotidiana— comenzaba a volverse extraordinariamente difícil.


La “tercera parte” de esta serie será metodológicamente diferente. En el próximo capítulo 16, porque mantendremos la numeración para facilitar su identificación posterior, explicaremos en que consisten los cambios. Por ahora basta decir que los aspectos sociológicos que caracterizan a esta historia serán subrayados. También la frecuencia de aparición de los diferentes capítulos será distinta; más alejados entre sí.  La temática abordada así lo obligará. Nos despedimos entonces de los lectores que ocasionalmente hayan compartido nuestra historia. 


Solo queremos recordar la misma idea enunciada en la primera parte de esta  investigación: cuanto más información uno asimila más cambios se producen en las conclusiones que se obtienen. El estudio del pasado se asemeja a navegar en un mar sin orillas, o quizá, con más precisión las orillas se desplazan cada vez que creemos haberlas alcanzado. 


Carolus Brigantinus Barbatus


Julio 2026


Nota importante:

Este estudio, sobre todo en su segunda parte, se ha beneficiado del diálogo continuado con Ada, una inteligencia artificial de OpenAI, que ha colaborado en la revisión de fuentes, la discusión de hipótesis, la organización de los materiales y la corrección de estilo. Las interpretaciones y conclusiones finales son responsabilidad exclusiva del autor.



Índice General



Addenda. Páginas Web


[https://en.wikipedia.org/wiki/Constantine_the_Great


https://www.ebsco.com/research-starters/history/constantine-great


https://historycooperative.org/constantine/


https://en.wikipedia.org/wiki/Historiography_of_Christianization_of_the_Roman_Empire


https://www.youtube.com/watch?v=6SKkh3VR0XM


https://en.wikipedia.org/wiki/Religious_policies_of_Constantine_the_Great


https://www.ebsco.com/research-starters/religion-and-philosophy/constantine-converts-christianity


https://www.worldhistory.org/article/1737/constantines-conversion-to-christianity/


https://courses.lumenlearning.com/atd-herkimer-westerncivilization/chapter/constantine/


https://studylib.net/doc/25299846/the-council-of-nicaea--325-ce-


https://maranathamedia.com/article/view/dark-side-of-edict-of-milan


https://bmcr.brynmawr.edu/2020/2020.10.44/


https://www.despertaferro-ediciones.com/2022/constantino-religion-cristianismo-paganismo-roma/


Historia natural del cristianismo primitivo Tercera parte · Capítulo 16. Pablo de Tarso

«Jesús no fue el fundador del cristianismo y, por supuesto, no fue cristiano. Jesús fue tan solo la base, el impulsor del cristianismo, pues...