jueves, 5 de noviembre de 2009
Un siglo de España
Debemos tener en cuenta que desde la fecha de publicación de este libro, 1999, hasta ahora, diez años después, han salido nuevos e importantes libros para el investigador y el aficionado. Entre ellos recomiendo la trilogía de Angel Viñas (La soledad de la República, El escudo de la República y El honor de la República), a la que se le ha añadido un nuevo tomo: "El desplome de la República", libro escrito a duo con Fernándo Hernández Sánchez..
viernes, 7 de noviembre de 2008
Juicio de Nüremberg. Tribunal Militar Internacional
El Tribunal estuvo compuesto por un juez titular de cada uno de los países y su respectivo suplente. Estos fueron:
• Geoffrey Lawrence (Titular Reino Unido)
o Norman Birkett (Suplente Reino Unido)
• Francis Biddle (Titular Estados Unidos)
o John J. Parker (Suplente Estados Unidos)
• Henri Donnedieu de Vabres (Titular Francia)
o Robert Falco (Suplente Francia)
• Iona Nikitchenko (Titular Unión Soviética)
o Alexander Volchkov (Suplente Unión Soviética)
El fiscal jefe de la Corte fue el juez norteamericano Robert H. Jackson, con la ayuda de los fiscales Hartley Shawcross, del Reino Unido; el General Roman Rudenko, por la URSS; y François de Menthon y Auguste Cahmpetier, de Francia.
domingo, 2 de noviembre de 2008
John Kennedy
viernes, 31 de octubre de 2008
B.H. Lévy. ¿Quién mató a Daniel Pearl?
L. Napoleoni. Yihad
jueves, 30 de octubre de 2008
Lawrence de Arabia, mito o leyenda.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Anamnesis y Pinochet
Miércoles 8 marzo 2000 - Nº 1405
Anamnesis y 'efecto Lourdes'
ANTONIO TABUCCHI
He podido leer en varios periódicos europeos distintas opiniones de
ilustres juristas que, si desde un punto de vista ético y político comentan
con pesar la decisión del ministro británico Straw de devolver al general
Pinochet a Chile por motivos de salud, la juzgan al mismo tiempo un acto de
civilización jurídica, puesto que, con independencia de los crímenes que un
individuo haya cometido, éste no puede ser juzgado si sus condiciones psíquicas
y físicas no son tales como para consentir un proceso en el cual pueda defenderse
adecuadamente.
Incluso podría decirse más: que este acto de "civilización jurídica
"es un auténtico bofetón moral, no sólo frente a un país que no ha
querido procesar al dictador cuando su salud era perfecta, sino, sobre
todo, como parangón con la escasa "civilización jurídica" de la que el
general Pinochet hizo gala durante su golpe militar y a lo largo de los
años de su dictadura. Como si él se hubiera preocupado alguna vez de
preguntar a sus prisioneros cuál era su estado de salud: no había
certificado médico que valiera. Es cierto que los suyos eran juicios
sumarios, celebrados no con código alguno, sino con el pelotón de
ejecución o con los instrumentos de tortura. Pero incluso así, ¡vamos,
hombre!, es que ni una sola vez expresó el general Pinochet, por ejemplo,
la más mínima preocupación por un anciano arrastrado al estadio de
Santiago, ni se le oyó decir: "Disculpe, señora, ¿está usted en estado
interesante?, pues entonces torturarla podría comportar complicaciones
para su embarazo". Ni se le ocurrió algo semejante. Y hacerle notar con un
gesto de "civilización jurídica" nuestra superioridad, podría revelarse,
no sólo de enorme elegancia, sino también de notable eficacia didáctica.
El método Montessori de educar con el buen ejemplo podría dar sus frutos.
Pero, aparte de estas consideraciones referidas a la conclusión del
asunto, tal vez lo más oportuno sea que nos detengamos en las motivaciones
que han llevado a ella. Puesto que el ministro británico ha tomado su
decisión en base a un informe médico, y puesto que un resumen de los
puntos principales de éste apareció publicado en EL PAÍS del pasado 17 de
febrero con el título de "Daños en el cerebro", quisiera detenerme a
comentarlo. El informe, firmado por dos médicos de medicina general, J.
Grimley-Evans y M. J. Denham, y por la neuropsicóloga María Wilke, consta
de cuatro secciones: 1. Examen médico, 2. Estado físico, 3. Estado mental
y 4. Pronóstico. La primera sección contiene un breve prólogo descriptivo
en el que leemos: "El senador Pinochet llegó en una silla de ruedas y fue
entrevistado desde la cama. Tiene una leve sordera, pero es capaz de
mantener una conversación con su audífono conectado. Estaba alerta y
cooperante, pero se cansaba con facilidad. Su voz era baja y monótona en
el tono. Su habla era neutral. En el apartado A de esta primera sección,
llamada "Cerebración", los médicos escriben: "Mostró lentitud de
comprensión y dificultad en comprender instrucciones complejas". El
apartado B se refiere a la puntuación intelectiva, y en él el estado
mental del general Pinochet recibe una valoración de 23 puntos sobre 30.
Por último, el apartado C, es decir, el "estado anímico", reza: "Ninguna
evidencia de depresión. Sentido del humor intacto". En la segunda sección,
es decir, en el "Estado físico", se nos dice: "Actualmente, el senador
Pinochet sería capaz de asistir al juicio, pero los efectos de las
dolencias cardiovasculares han aumentado a pesar del tratamiento idóneo".
En la sección tercera, es decir, en el "Estado mental", los médicos
aseguran, por el contrario, que, bajo este aspecto, el senador Pinochet no
está en condiciones de soportar un juicio, entre otras cosas, por el
siguiente motivo: "Fallos de memoria para acontecimientos remotos y
recientes". En la sección final, que propone un "Pronóstico" que a su
manera es un diagnóstico, los médicos concluyen que "el estrés (...) que
probablemente ocasionaría un juicio provoca reacciones fisiológicas que
podrían acelerar el progreso de la dolencia vascular". Los honestos
médicos admiten a continuación que han sido "informados" de que el senador
Pinochet "mostró en el pasado una capacidad personal notable para superar
el estrés", razón por la que declaran no estar capacitados "para emitir
una opinión concluyente sobre los efectos que el juicio en curso tendría
sobre la salud" del paciente. La observación conclusiva es la siguiente:
"No existe evidencia alguna de que el senador Pinochet esté intentando
falsear incapacidad alguna". (Todas las cursivas son mías).
En su escrupulosa relación, los honestos médicos británicos han
dejado de lado, sin embargo, una parte capital de todo examen médico que
se precie. En la tradición hipocrática, que es la base de nuestra
medicina, al igual que los derechos de las personas son la base de nuestra
civilización jurídica, los médicos, para llegar a un diagnóstico serio
deben someter al paciente a una anamnesis. ¿Qué es la anamnesis? Cualquier
diccionario de medicina nos aclarará que se trata de una parte del examen
clínico que reúne todos los datos personales, hereditarios y familiares
del enfermo, incluyendo condiciones de vida, costumbres y enfermedades
padecidas por éste. Y se añade que "la anamnesis familiar, la anamnesis
fisiológica y la anamnesis patológica remota son esenciales para la
resolución del problema del diagnóstico". Así, por ejemplo, si un médico
visita a un paciente con síntomas patológicos de parálisis acompañados por
una progresiva manifestación de chocheo, se preocupará por averiguar si en
su familia ha habido casos de sífilis. O si el propio enfermo ha podido
frecuentar prostíbulos en su juventud, porque una sífilis mal curada y
soterrada puede llevar a la demencia y a la parálisis. El informe médico
británico, por el contrario, considera al general Pinochet como una
criatura caída desde Marte que, encontrándose por casualidad en Londres,
ha comenzado a mostrar síntomas patológicos. Su primera observación, en la
sección primera, al evidenciar un total desconocimiento del pasado del
general, puede incluso resultar grotesca. Éste, nos dicen, se mostró
alerta y cooperante. Como si no hubieran sido éstas las principales
características que permitieron al general Pinochet llevar a cabo su
sangriento golpe de Estado. Alerta, o mejor dicho alertísimo, para imponer
en el momento oportuno las reglas fascistas que un Gobierno democrático
legítimo había eliminado de Chile (o para "defender a su propio país del
comunismo", según una lectura distinta), Pinochet fue, sin duda, un
magnífico cooperador. Ya no es ningún misterio, porque ha sido revelado
recientemente por los archivos estatales norteamericanos, que su capacidad
de cooperación con la CIA y con las multinacionales estadounidenses que
habían perdido en Chile sus privilegios económicos resultó fundamental.
Fue una condición indispensable para la aniquilación de la democracia
chilena. Pero también el apartado A, es decir, la llamada "Cerebración",
definida por su dificultad en comprender instrucciones complejas, forma
parte indudablemente de su anamnesis, es decir, de su pasado. Incluso
forma parte de su soma, lo tiene impreso en el rostro y no puede ser
disimulada por ningún disfraz. Es más que evidente que Pinochet nunca ha
sido capaz de recibir instrucciones que no fueran elementales. Por
ejemplo: "General, es el momento de bombardear el Palacio presidencial". O
bien: "General, a los prisioneros del estadio de Santiago que los fusilen
al amanecer". Pinochet colgaba el teléfono con satisfacción: lo había
entendido.
Y no sorprende, desde luego (apartado C: "Estado anímico"), la
observación de los médicos de que no manifiesta ninguna evidencia de
depresión y de que sigue manteniendo su sentido del humor intacto. ¿Pero
cuándo se ha visto, en toda la historia del siglo XX, a un verdugo
deprimido? La depresión corresponde a las víctimas, como nos ha enseñado
Primo Levi, debido al tormento, a la vergüenza y al recuerdo de la
violencia sufrida. Los verdugos de los campos de concentración y de otras
masacres, desde Eichmann hasta Priebke, jamás han demostrado desazón
alguna, porque ello supone dolor, contrición, remordimiento. Pero no cabe
duda de que el sentido del humor del dictador chileno ha permanecido
intacto, probablemente en la amplia acepción entre el luto y la idiotez
que Breton atribuyó al humor negro. Y no cabe tampoco duda de que otro
aspecto destacado por los médicos británicos, es decir, la capacidad en el
pasado del general Pinochet de superar el estrés, es exacto. Debe de ser
muy estresante masacrar a un pueblo y torturar a miles de personas, y
Pinochet ha demostrado poder superar estas pruebas con una increíble
lozanía, a la que un juicio hubiera podido afectar peligrosamente.
Pero si los médicos británicos, al descuidar la anamnesis, han
omitido la historia personal de la patología de Pinochet, el ministro Jack
Straw, al decidir no entregarlo a España, ha realizado un gesto de omisión
frente a la historia. Como justamente ha observado Antonio Cassese en La
Repubblica del 4 de marzo, "el juicio no hubiera tenido como finalidad
principal la de llevar a penas de detención, lo que para un acusado de su
edad hubiera podido resultar contrario a los principios de nuestra
civilización. El juicio hubiera servido, además de para hacer justicia a
las víctimas y a los supervivientes, sobre todo para iluminar una página
oscura y trágica de la historia chilena. Habría sido, por lo tanto, de
enorme interés ético e histórico". Pero quizá la mejor prueba de la escasa
fiabilidad de un diagnóstico carente de anamnesis la ha proporcionado el
propio Pinochet, quien, tras presentarse en silla de ruedas ante los
doctores de Straw (dispuestísimos a creer que no estaba simulando su
aparente debilidad), en cuanto bajó del avión saltó de su silla de ruedas
para abrazar a los generales que lo estaban esperando. Y su gallardía se
despertó de sopetón al oír las marchas militares funestas y al ver sus
amados fusiles ametralladores que los soldados presentes esgrimían
amenazadoramente contra Chile, contra Europa, contra el Mundo. Y la
memoria, esa que a los supervivientes de sus masacres o a los parientes de
sus víctimas provocará para siempre angustiosos insomnios, le volvió de
repente. Levantó un brazo y sonrió con satisfacción.
Una de dos: o los médicos británicos no supieron comprender que para
quien fue capaz de simular fidelidad a una Constitución y a un jefe de
Gobierno para traicionarlos salvajemente, era un juego de niños fingir
frente a tres batas blancas, o bien la visión de sus adoradas armas, el
ruido de las balas al entrar en el cargador y las hileras de botas que lo
esperaban provocaron en él ese regenerador efecto psicosomático que los
psiquiatras denominan efecto Lourdes, que puede llevar incluso a la
repentina cura de los casos más desesperados. La neuropsicóloga María Wike
y el ministro de Míster Blair tienen un excelente motivo de reflexión.
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Antonio Tabucchi es escritor italiano Traducción de Carlos Gumpert.
martes, 16 de septiembre de 2008
Anthony Blunt.


El 15 de noviembre de 1979, Margaret Thatcher se vengó de los amantes del arte, de los izquierdistas, de los “maricas” y de todos los que la menospreciaron sistemáticante, al revelar al Parlamento Británico la identidad del “cuarto hombre” del círculo de espías de Cambridge. Era nada más y nada menos que el destacado anciano Sir Anthony Blunt, quién había llevado una doble vida espiando para
lunes, 15 de septiembre de 2008
Armenios. El genocidio
domingo, 14 de septiembre de 2008
Uki Goñi. La auténtica Odessa
viernes, 5 de septiembre de 2008
Confesiones de un anarquista
jueves, 4 de septiembre de 2008
Aharon Appelfeld
miércoles, 3 de septiembre de 2008
John Kennedy
martes, 26 de agosto de 2008
Harry Truman
Truman
Ed. Orbis
Colección: Los Grandes Protagonistas de la II Guerra Mundial.
[Resumen]
Truman nació en 1884, se crió en el campo, Missouri, y tenía un defecto visual que lo obligó a usar gafas desde niño, algo inhabitual en esa época y que lo marcó como un niño bastante solitario y muy lector. No tenía personalidad destacada. En la 1ª G.M. se enroló voluntariamente (a pesar de su defecto) y llegó a capitán de artillería en el frente de Francia. Esta experiencia le sirvió de mucho para darle independencia y seguridad.
Una vez acabado el conflicto vuelve a USA y emprende un negocio, una tienda, de la que termina ruinosamente. Por casualidad se enrola entre los democrátas y es elegido como juez. Siempre se destacó por su honradez, en un contexto político muy corrupto, y minucioso en sus labores. Una serie de circunstancias favorables lo llevaron en pocos años a ser senador, donde lo conoció Roosvelt. Su desempeño durante varios años en este puesto y otras circunstancias favorables lo llevaron a ser vicepresidente en la cuarta reelección de Roosvelt, a principios del 45. En abril muere Roosvelt y Truman se hace cargo de su herencia. Algo que la prensa juzgaba que no iba a saber llevar con soltura. No obstante se hizo cargo de la finalización de la guerra con Alemania, no hizo mal papel en la reunión de Postdam con Churchill (que justamente en esos momentos perdía su cargo por salir elegidos los laboristas) y Stalin. Es en esa conferencia que T. que ya se lo había comentado a Churchill le comunica a Stalin que pronto se lanzará un gran explosivo sobre Japón. Stalin no se inmutó porque ya sabía, por sus espías, que USA estaba trabajando en el proyecto de la bomba atómica.
Truman dió la orden de lanzar sobre Japón las dos bombas e inmediatamente Japón capituló, para empezar la guerra fría, a la que se enfrentó Truman con gran energía. En 1948 gana la relección contra todo pronóstico a su rival republicano Dewey. Luego del Plan Marshall y la NATO se tiene que enfrentar con la crisis de Berlín, y más tarde la Guerra de Corea, donde nombra primero y luego destituye al general Mac Arthur. Renuncia a presentarse en 1952 y es sustituído por Ike quién derrota al candidato demócrata Stevenson. Se retira de la política y muere en 1972.
domingo, 17 de agosto de 2008
Un maiale!
Un cerdo en Fiumichino
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 13 de agosto de 2006
Nunca hemos sido tan vulnerables como ahora. Vivir apretando botones y pasando tarjetas por ranuras, ir en hora y media de Madrid a París, tiene su precio. Tanto confort que nos facilita la vida trae implícito, con la posibilidad del fallo, su propio desastre. Un apagón, una tarjeta de crédito estropeada, un minúsculo error informático pueden bloquearlo todo, dejándonos inermes ante la máquina, el sistema o la vida. Pero hay una variante más azarosa del asunto: la mano interpuesta del hombre. En cuestión de fallos, no hay conjunción más temible que el ser humano y la máquina. Nada más peligroso que un mecanismo de los que rigen tu vida, y en cuya supuesta eficacia confías, puesto en manos de un malvado. O lo que es peor: de un imbécil.
El otro día viví una pequeña demostración de lo que les cuento. Algo anecdótico, afortunadamente; trivial en apariencia, pero que me dejó –y aquí sigo– reflexionando sobre el asunto. Pasaba el control de seguridad en el aeropuerto de Roma, sometido a las humillaciones y sevicias de rigor. Tras despojarme de reloj, llaves, monedas y cuantos objetos podían hacer sonar el detector de metales, lo puse todo en la bandeja correspondiente, metí ésta y mi bolsa de mano en la cinta transportadora y me situé tras un pobre abuelete al que habían hecho quitarse el cinturón y caminaba sujetándose patéticamente los pantalones, como si fuese camino del horno número 4 de Auschwitz. Crucé, al llegar mi turno, el arco con la ligereza de ánimo de quien se sabe inocente; pero al coger mi bolsa de mano, una agente de seguridad pidió ver su interior. «Lleva un objeto extraño», me dijo la prójima en italiano. Iba a responder que no había nada extraño en mi bolsa, cuando recordé que llevaba, envuelta en su caja, una figura de plomo de un palmo de longitud que había comprado en una tienda para coleccionistas: un maiale, aquel pequeño submarino biplaza que los buceadores italianos utilizaban, durante la Segunda Guerra Mundial, para atacar de noche a los barcos ingleses fondeados en Gibraltar. Entonces, cayendo en la cuenta de cuál era el objeto extraño, sonreí, hurgué en la bolsa y se lo mostré a la agente.
Apenas vi la cara con la que la individua lo miraba, comprendí que iba a tener problemas. Me ha tocado, pensé, la retrasada mental del aeropuerto. Fruncía el ceño, obtusa, cuando cogió la especie de torpedo pintado de verdegris naval, sopesándolo, y miró la hélice y las dos figurillas de buzos sentadas a horcajadas sobre él. «¿Qué es esto?», preguntó observándome como si llevase puestos una kufiya iraquí o un turbante afgano. Entonces cometí el error de dar explicaciones. «È un ginnoto», dije en mi italiano básico. «Un piccolo sommergibile militare.» Su expresión me produjo un escalofrío. La pájara era menuda, con el pelo castaño muy cardado, un cinturón con walkie-talkie y esposas, y de pronto le vi cara de loca. «¿Torpedo militar?», concluyó observándome con siniestra suspicacia. «La has jodido, Arturín», pensé. Y para acabar de arreglarlo, decidí apelar a su memoria histórica. Esta subnormal es italiana y agente de seguridad, decidí. Algún entrenamiento tendrá, supongo. Algo habrá leído. Así que aclaré: «È un maiale». Y ahí perdí el control de la cosa, porque la prójima me clavó unos ojos como puñales y gritó: «¿Me ha llamado cerda?». Miré la cola que se había formado detrás, pues bloqueábamos el paso. «No –respondí, intentando no dejarme dominar por el pánico–. Ho detto maiale, mascolino, no maiala. Maiale significa porco, è vero. Ma cosí si chiama anche queste siluro. Data della guerra mondiale, ¿capisce?» La tía estudiaba el submarinillo, y de vez en cuando intentaba –aunque era imposible– desenroscar su parte delantera. «Maiala», repetía, pensativa. «¿Y qué ha dicho de la guerra?»
Entonces pedí socorro. Literalmente. Lo dije en voz alta, en español, y luego lo repetí en italiano: «¡Aiuto!». Alrededor se hizo el silencio. Hoy no vuelo, pensé. Me quedo en Roma con el puto sommergibile. Entonces se acercó un agente de seguridad normal, con el cociente intelectual mínimo adecuado, supongo, para ese trabajo. Con esa cara de cachondos que ponen algunos italianos cuando tratan con españoles. «Me ha llamado cerda», le informó la tía, indignada. Ni me defendí. Le mostré el cuerpo del delito al agente, e imité el gesto de juntar los cinco dedos y balancear la mano hacia arriba. Entonces el otro cogió el submarino, sonrió admirado y exclamó: «¡Un maiale!... ¡Qué bonito! ¿Dónde lo ha comprado?».
viernes, 15 de agosto de 2008
Mohammed al Fayed
Diario de Londres
2001.12.13
DIARIO DE LONDRES
Mis tardes con Al Fayed
RAFAEL RAMOS
RRamos56@aol.com
Uno de mis grandes placeres en Londres son mis tardes con Mohammed al Fayed. Quedamos un sábado de cada dos, a las tres en punto de la tarde, y no precisamente para tomar el té.
Mis citas con Al Fayed, el multimillonario egipcio que es dueño de los almacenes Harrods, son en Craven Cottage. Me bajo del metro en Putney Bridge, y recorro todo el Parque del Obispo, a orillas del río Támesis. Dicen que es el más romántico de Londres, sobre todo a partir de la primavera, cuando las ramás más bajas de los árboles cuelgan tanto que toquetean el agua. A esa hora, justo antes de las tres, hay marea baja, y las orillas son pequeñas playas de pedruscos y arenisca que permiten cruzar en barca de un lado al otro.
Craven Cottage es el estadio del Fulham, y el Fulham es el juguete de Al Fayed, en el que ha volacado todas sus ilusiones desde la muerte de su hijo Dodi -amigo de Diana- y desde que el gobierno Blair le denegó el pasaporte británico por enésima voz, por insistir en que el accidente de París fue en realidad una conspiración para acabar con un romance 'incómodo' y con 'repercusiones constitucionales', como un posible embarazo... Mi amigo Mohammed gana el dinero con Harrods -donde ahora hay un excelente bar de tapas y se puede comer con una copa de cava 'Parxet', de Alella-, y se lo gasta en el Fulham. Paga los sueldos del entrenador francés Jean Tigana, de su compatriota Louis Saha, del portero holandés Edwin Van der Sar, del internacional inglés John Collins, del portugués Luis Boa Morte... El estadio de Craven Cottage es una reliquia de la Inglaterra victoriana, con dos tribunas sin asientos, detrás de las porterías, donde nos instalamos los fanáticos. Hay que llegar pronto, por lo menos media hora antes del partido, para conseguir un buen sitio, a una altura razonable y preferentemente apoyado en una barandilla. Me llevo una novela para matar el rato, sentado sobre el húmedo cemento. El campo tiene un aire antiguo, casi decrépito, con asientos de madera oscura carcomida, columnas que tapan la visión y pasillos siniestros. Desde mi tribuna se ve el río, y los álamos de la orilla opuesta, y cuando el partido es malo, o hay un lesionado, te puedes entretener viendo pasar las piraguas. Los sábados por la tarde es nuestra casa. De Mohammed, y mía, y de otros veinte mil integrantes de la misma tribu.
En Inglaterra hay un considerable racismo, sobre todo entre los 'hooligans' y demás clases de gamberros, pero Al Fayed es adorado en Craven Cottage. A las tres menos cinco sale al césped por el túnel de vestuarios, antes de que lo hagan los jugadores, con un impecable abrigo azul marino, y saludo a los fans con un ligero movimiento de la mano. Craven Cottage le dedica siempre una cerrada ovación. Es la manera de darle las gracias, por haber subido al equipo a primera división, por haberlo sacado de la ruina, por haber fichado estrellas, por haber permitido soñar... Es una ovación corta. En seguida aparecen el árbitro y los futbolistas, y la masa entona el grito tradicional de guerra, en homenaje a otro extranjero: 'Ooooh, aaah, ooooh, aaah, ooooh, aaaah Tigana...'.
Mohammed se sube al palco, que no está en el centro del campo, ni en ninguna de las tribunas, sino en una especie de estructura con forma de casita de campo (de ahí el nombre de 'Cottage'), situada detrás de la esquina de un córner. Desde allí ve el partido, con un 'whiskey' en la mano, acompañado de veinte o treinta invitados, con quienes probablemente aprovecha para hacer negocios. Y cuando Saha, Legwinsky o Boa Morte marcan un gol, se pone en pié como el primero de los hinchas, y parece un niño. Yo lo veo desde la Putney Terrace, de pié, apoyado en la barandilla, con un chocolate caliente en la mano, porque el alcohol no es accesible a las masas, mientras escucho en Radio 5 la retransmisión del 'partido de la jornada' y los goles que se van registrando en todos los demás estadios. Luego, se gane o se pierda, Mohammed desaparece sin saludar, y yo desando el camino por el Parque del Obispo hasta el puente de Putney, y me tomo una caña con unas patatas bravas en un chiringuito español que se llama 'La Rueda', o 'Don Fernando', o 'Tío Pepe', atendido por camareros portugueses, como Boa Morte, pero que ganan mucho menos. Y así son mis tardes con Al Fayed en Craven Cottage, uno de los marcos de referencia de mi vida, y en un rato de incuestionable felicidad, libre, sin compromisos ni ataduras, en el que soy como soy. El Fulham no me pide nada a cambio. Sólo un poco de cariño y lealtad.
martes, 12 de agosto de 2008
El Tercer Reich y el color
* Fuente:
http://www.lavanguardia.es/web/20040609/51156597151.html
La historia policroma
ROSA SALA - 09/06/2004
Con la mirada histórica acostumbrada al inquietante claroscuro monocromático de las películas propagandísticas de Leni Riefenstahl, en un primer momento el documental "El Tercer Reich en color" (1998) se nos antoja como una sucesión de tomas falsas extraídas de una película de guerra de los años cincuenta. Nuestros ojos se resisten a dar crédito a unas imágenes que, precisamente por ser más realistas, nos parecen surgidas de la ficción, y algo en nosotros se niega a sentir tan cercana una de las etapas más terribles de la historia reciente, que preferiríamos saber empolvada para siempre en los archivos monocromos de la memoria. Cabe preguntarse si, como se ha sugerido, con ellas el documentalista Michael Kloft consigue hacer más presente el horror del Tercer Reich a generaciones jóvenes que ya han perdido la capacidad de concebir como real un mundo en blanco y negro.
Como un efecto secundario de esta aparente ficcionalidad, las imágenes recopiladas por Kloft también menguan el respeto que sentíamos por la dimensión incomprensible del horror. Desde ellas, como en un largometraje actual concebido para provocar nuestra identificación dramática con sus personajes, la realidad del Tercer Reich nos asalta como algo grotescamente familiar. Vemos a grupos de jóvenes que ríen y charlan agitando un banderín nazi o que participan, vestidos de griegos o de germanos, en el desfile del Día del Arte Alemán como si tomaran parte en una extraña rúa carnavalesca. También atraviesa sin más la pantalla un Hitler en color que parlotea animadamente con sus invitados en el Obersalzberg, y, de repente, constatamos que era humano, asombrosamente humano, con las sonrisas y la gesticulación propias de un anfitrión de clase media. Y entonces, por un momento, lo histórico deja de ser historia, y, con su policroma inmediatez, nos hace comprobar lo que nunca deberíamos haber olvidado: las multitudes de antaño son tan próximas y humanas como las nuestras de hoy, y su líder no fue un demonio ni un mesías, sino uno de nosotros.
Tras esta primera lección, también nos damos cuenta de que, aunque conocemos los significados simbólicos de prácticamente todos los colores empleados en la liturgia nazi, hasta la publicación del documental de Kloft no hemos podido sino imaginarnos cuáles eran sus verdaderos efectos. Así, vemos por primera vez en color a los miembros de las SA desfilando por Núremberg. Una masa parda en movimiento que fluye lentamente, como un río contaminado y viscoso, por entre las fachadas, igualmente pardas, de los edificios. En realidad, se trata de un no-color, de una mezcla corrupta de tonos que transmiten una intensa sensación de organicidad. Por un momento se entromete en nuestra memoria otra imagen bien distinta y lamentablemente actual que nos ha atacado recientemente las retinas: la foto de un preso desnudo corriendo por los pasillos de la cárcel iraquí de Abu Ghrain con un redundante pie de foto que pone en palabras lo que la imagen ya nos estaba diciendo con inequívoca claridad: el prisionero iba "cubierto por una sustancia de color pardo". Las palabras que repiten lo que ya se ve buscan expresar entre líneas la conjetura que inevitablemente provoca en nosotros la organicidad insultante de lo pardo, el mismo no-color que ahora, en la pantalla, recubre los uniformes de estas masas en movimiento, despersonalizándolas definitivamente al hacer de ellas un trasfondo neutro sobre el que, con tanta mayor violencia, clama el rojo sangre de las banderas nazis que adornan las fachadas.
Visto esto, no nos sorprenderá saber que Hitler, dotado de un innegable olfato para el diseño publicitario, nunca escogió el color pardo de los uniformes de las SA. En 1924, cuando lo adoptaron Röhm, Göring y Rossbach, él estaba sufriendo condena en la cárcel de Landsberg. Según parece, la decisión tuvo mucho que ver con el buen precio al que lograron adquirir una remesa de camisas de una antigua tropa alemana colonial, de un pardo claro especialmente apto para el camuflaje en el desierto. Ya liberado, Hitler ordenó vestir a sus SS de negro riguroso.
En cambio, Hitler sí decidió desde un principio el rojo rabiosamente efectivo de sus banderas, que en las imágenes de Kloft nos saltan a la vista con todo su innegable impacto: "Después de la guerra asistí en Berlín a una proclamación de masas del marxismo. Un mar de banderas, brazaletes y flores rojos le daban al acto una apariencia que sólo ópticamente ya resultaba imponente. Yo mismo pude sentir y comprender lo fácil que resulta que el hombre del pueblo caiga ante la magia sugestiva de un espectáculo tan grandioso" ("Mein Kampf"). Así, Hitler le arrebató el rojo a su enemigo natural, aunque estableció una elocuente diferencia al sustituir el mar caótico de banderas de las reuniones comunistas por rígidos estandartes o paneles verticales con la esvástica, ordenadamente colgados en las fachadas formando una franja interminable. De hecho, terminada la "revolución" de 1934, se quiso olvidar la vinculación del rojo con el rival comunista y se volvió al significado ancestral del fuego y de la sangre, de la lucha y del sacrificio. Sobre todo, del sacrificio.
Por otro lado, vemos que todo el color del mundo no consigue hacer parecer humanos a los prisioneros liberados por los americanos de un campo de concentración. El mecanismo de deshumanización nazi ha funcionado a la perfección a todos los niveles, y uno se estremece al comprobar que resulta más fácil identificarse con uno de los nazis que parlotea alegremente en la pantalla que con estas criaturas que nos sondean involuntariamente, ya sin fuerzas para interrogarnos, desde el abismo del horror. Pero también aquí el color, por un momento, nos procura una información inesperada: sobre el suelo, el cadáver de un prisionero. Desde los pozos circulares y profundos de sus cuencas, unos ojos obscenamente abiertos taladran el aire. Parecen salir de la calavera que aún los acoge para denunciar póstumamente el sinsentido del delirio racial. Con su intenso azul celeste, ahuyentan de golpe todos los demás colores. Son ojos "arios" en el cuerpo de lo que un día fue un hombre. Un hombre judío.
Rosa Sala es traductora literaria y germanista, autora del "Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo" (Acantilado, 2003)
Españoles en todas las trincheras
http://www.lavanguardia.es/web/20050501/51183134714.html
La diáspora tras la Guerra Civil llevó a los perdedores a las primeras líneas de la Segunda Guerra Mundial. Los españoles influyeron más que algunos pequeños países beligerantes
En Francia murieron unos 5.000 y más de 10.000 cayeron prisioneros
DANIEL ARASA - 01/05/2005
Al repasar las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial, de cuyo final se cumplen ahora 60 años, aparece un hecho llamativo: en cualquiera de estas gigantesque combaten cien millones hombres se encuentran españoles. En Stalingrado, Normandía, Kursk, El Alamein, Túnez, las Ardenas, Kuban, Leningrado... se halla la huella más o menos testimonial de los españoles.
No faltan tampoco en los campos de exterminio nazis, ni en los de castigo soviéticos en la taiga siberiana, ni en los campos de concentración británicos para soldados enemigos. Hay españoles en la Legión Francesa que luchan en Indochina y entre los reclutados de forma voluntaria o forzosa para la Organización Todt, creada por los alemanes; los hay entre los guerrilleros soviéticos que hostigan la retaguardia nazi en Bielorrusia o Ucrania; se les encuentra en los desiertos del Chad, de Libia o de Túnez combatiendo a los soldados de Mussolini; hay españoles protagonistas de las matanzas japonesas en Filipinas; miles son combatientes de la División Azul en los frentes del Voshov y de Leningrado; no faltan españoles entre los primeros soldados aliados que entran en el París liberado; hay religiosos españoles en China o en las islas del Pacífico donde americanos y japoneses compran a precio de sangre cada palmo de terreno. Algunos son comandos británicos en Creta o en Oriente Medio, otros conviven con los partisanos antifascistas italianos, bastantes son refugiados de guerra que van a parar a Uzbekistán y otros países de Asia Central. Hay españoles formando parte de las tripulaciones de las fortalezas volantes americanas que pulverizan las ciudades alemaen nas, pero también entre los obstinados pro nazis que luchan por Hitler en Berlín cuando todo está perdido en los últimos días de la guerra en Europa. Otros, muchos, están incorporados a las unidades francesas de la línea Maginot, combaten en los hielos del norte de Noruega o en las tierras tórridas de Líbano, o en Eritrea y Etiopía. Algunos son aviadores alemanes y otros soviéticos opuestos a los anteriores.
En todos los escenarios bélicos de Europa, Africa, el Mediterráneo o el Atlántico pueden localizarse españoles. Y, además, en los dos bandos. Sólo resulta más difícil, y a menudo no estaban, en determinados teatros de operaciones de Asia Oriental y el Pacífico. Aún así, se les localiza más o menos aislados
Saipán, Tokio, Tien-shin, las islas Marianas y Carolinas, en las luchas por las calles de Manila o en Hiroshima el día del lanzamiento de la primera bomba atómica.
La implicación en la guerra no se limita a quienes están en los frentes. Algunos se juegan la vida tanto o más aunque estén a miles de kilómetros de las alambradas y las trincheras. Hay españoles en el espionaje de uno y otro bando o actúan como guías de fugitivos de los nazis a través del Pirineo y buena parte de Francia y España. Trabajadores españoles trasladados a Alemania sufren las raids nocturnos de la RAF. Algunos embajadores o cónsules, por su lado, salvaron a miles de judíos de la persecución hitleriana.
País neutral
Tal omnipresencia es más significativa si se tiene en cuenta que España era país neutral o no beligerante. El número de españoles que luchan en ambos bandos de los contendientes de la Segunda Guerra Mundial y su influencia sobre el conjunto de la guerra es mayor que la de algunos pequeños países beligerantes. Hay españoles por doquier y bien activos.
¿Qué había pasado? La causa principal era la Guerra Civil, acaecida poco antes, entre 1936 y 1939. Fue como una enorme explosión que había proyectado españoles por todas partes, especialmente del bando perdedor. A los republicanos, que casi sin solución de continuidad se encontraban con un nuevo conflicto que no les era ajeno y en el que, ya fuere por principios o por quedar atrapados en el remolino, les tocaba implicarse.
La Guerra Mundial era la continuidad de la Guerra Civil a escala planetaria. Todos los participantes españoles entendían que no era un conflicto ajeno a la piel de toro. Más aún, la tragedia de 1936-39 había sido un prolegómeno.
El volumen de españoles participantes en la guerra es muy variable según los escenarios bélicos. Debe quedar claro que sólo en algunos ámbitos de la Resistencia francesa la presencia de españoles fue decisiva y en algunos otros casos relevante, como el de Joan Pujol García, Garbo,el espía que engañó a Hitler en el desembarco de Normandía. En muchos otros fue heroica, pero también anecdótica. En su conjunto, era un símbolo de la voluntad de personas y pueblos de estar presentes cuando se juega el destino de la humanidad.
En febrero de 1939, cientos de miles de refugiados, en su mayoría catalanes, cruzaban la frontera hispano-francesa. Era el mayor éxodo de la historia de Es-paña y uno de los mayores de la historia mundial precedente. Las playas de Argelers, Barcarés, Saint Ciprien (Sant Cebrià), Agde y otras se llenaron de exiliados, vigilados de cerca por la Garde Mobil y soldados senegaleses. Algunos de los refugiados, menos sumisos, fueron internados en los campos de castigo de Vernet d´Ariège o en el castillo de Cotlliure. Además de los vigilantes, del mar invernal, de la arena, del frío y el viento glacial, los hombres, mujeres y niños exiliados tenían otros compañeros inseparables: el hambre, la sed, la suciedad, la disentería, los piojos...
Pocas eran las esperanzas de salir de allí a corto plazo, excepto para aquellos que aceptaban regresar a España. Muchas de las mujeres y niños cruzaron la frontera en dirección sur, pero otros muchos miles de refugiados temían las represalias del franquismo y estaban dispuestos a ir a cualquier lugar del mundo, excepto a territorio español mientras Franco mandara.
Los altavoces y los anuncios instalados en los campos recordaban la posibilidad de regresar a España, pero los oficiales y guardias franceses sugerían otra salida a aquellos jóvenes hambrientos: alistarse en la Legión Extranjera. Allí tendrían comida, camisa limpia, un sueldo, viajarían... El periodo de alistamiento era de cinco años, renovables.
En la Legión Francesa
De esta forma, la Legión francesa engrosaba sus filas en 1939 con miles de jóvenes españoles. Muy pronto, en septiembre del mismo año, se iniciaba la guerra entre Francia y Alemania, y otros españoles entran a formar parte de unidades militares, los llamados Regimientos de Marcha, otra forma de incorporar extranjeros con un régimen distinto al de la Legión. No se alistan por un periodo fijo, sino por la duración de la guerra, como un soldado más. En total, unos 10.000 españoles forman parte de las unidades militares regulares de combate francesas.
Un número mucho mayor, sin embargo, unos 52.000, se incorporaron a las Compañías de Trabajo, unidades militarizadas destinadas a actividades complementarias como construir fortificaciones, vigilar depósitos militares o trabajar en fábricas de material bélico o en las minas.
Todos estaban preparándose para enfrentarse a los alemanes en el norte de Francia, en la línea Maginot, pero el bautismo de fuego de los españoles en la Segunda Guerra Mundial tendría un imprevisto y lejano lugar: el fiordo noruego de Narvik, al norte de Noruega, más allá del Círculo Polar Ártico.
En una hábil y audaz operación, las tropas de Hitler ocuparon por sorpresa Dinamarca y Noruega el 8 y 9 de abril de 1940, sin que los aliados lo pudieran impedir. El objetivo alemán era garantizarse el suministro de hierro de las minas suecas de Kiruna, que se embarcaba en el puerto noruego de Narvik. Para impedir tales suministros para la industria de guerra del Reich allí desembarcaron en las semanas siguientes tropas británicas y francesas.
Entre estas últimas iba la 13.ª Semibrigada de la Legión Extranjera, formada en gran parte por españoles. Entre los muertos en la batalla, el sargento catalán Joan Ramon Pujol de Villalonga. Otros, como Carles Busquets, fueron condecorados por su lucha escalando aquellos precipicios cubiertos de placas de hielo.
Desalojaron a los alemanes de Narvik, pero, inesperadamente, el mando da la orden de rápido repliegue y reembarcar. La Wehrmacht había iniciado el 10 de mayo su ofensiva relámpago sobre Francia, Bélgica y Holanda y estaba derrotando a los ejércitos de estos países y al Cuerpo Expedicionario británico. Noruega era un frente secundario y se abandonaba.
Bloqueados en Dunkerque
Entre las pocas tropas del Ejército francés que luchan con dureza contra los alemanes que avanzan imparables están dos regimientos de la Legión y tres de los Regimientos de Marcha, y en todos ellos abundan los españoles. Resultan prácticamente aniquilados.
Miles de españoles de las Compañías de Trabajo y de los restos de las unidades militares huyen del avance alemán y van a parar a una ratonera, Dunkerque. Cientos de miles de soldados y fugitivos aliados se agolpan en los muelles en donde los británicos en todo tipo de buques, incluidos pesqueros o yates de recreo, intentan evacuar en primer lugar a su Cuerpo Expedicionario y, en lo posible, a tropas francesas o belgas. Pero allí quedarán casi todos los españoles antifascistas. Y también los polacos, judíos, checos y de otros países centroeuropeos, que eran precisamente quienes más podían sufrir si caían en manos de los nazis. A la postre, los soldados ingleses o franceses capturados se convertían en prisioneros de guerra. Los otros eran enemigos especiales del nacionalsocialismo y su destino podía ser mucho más trágico, como se demostró.
Uno de los que fugitivos que no pudo embarcar, rechazado en uno y otro lugar por los ingleses, fue el lehendakari vasco José Antonio Aguirre. Logró esconderse en conventos y, tras una larga odisea pasando incluso por Berlín, llegaría a Suecia y desde allí a Estados Unidos. De ser capturado por los alemanes no cabe duda que habría corrido la misma suerte que el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, que poco después de la derrota de Francia sería detenido y entregado a Franco. Su destino es conocido.
En la batalla de Francia murieron unos 5.000 españoles y cayeron prisioneros entre 10.000 y 12.000, estos últimos en su mayoría de las Compañías de Trabajo.
Los españoles de las tropas regulares francesas que cayeron en manos de los alemanes fueron prisioneros de guerra normales, como soldados franceses. Peor suerte correrían los de las Compañías de Trabajo, que eran la mayoría de los detenidos. Gran parte de ellos tendrían un destino: Mauthausen, uno de los fatídicos campos de exterminio, situado en Austria, cerca del Danubio.
El Gobierno de Madrid se desinteresó. Los primeros 392 rojos españoles llegaron al campo el 6 de agosto de 1940 y muy pocos sobrevivirían. En junio del año siguiente habían llegado ya 5.998 y seguirían luego nuevos ingresos, aunque en grupos menores, tanto por haber sido detenidos en aquella ofensiva como por formar parte de la Resistencia francesa. En las cercanías de Mauthausen, y de su filial de Gusen, que era donde liquidaban a muchos de los que estaban enfermos o en situación más deplorable, hay un monumento en el que se lee: "A los 7.000 españoles muertos por la libertad". Esta cifra da idea de hasta dónde se llegó. Uno de los fallecidos era el ex conseller de la Generalitat de Catalunya Josep Miret (PSUC), detenido por su participación en la Resistencia francesa y herido en el campo de exterminio a raíz de un bombardeo americano.
Los prisioneros españoles establecerían en Mauthausen una red de ayuda e información que contribuyó a ahorrar vidas y humillaciones. Destacable es la labor de los catalanes Francesc Boix y Antoni Garcia, fotógrafos que salvaron y guardaron centenares de negativos de las torturas y matanzas, que sirvieron en Nuremberg y otros juicios para incriminar a jerarcas nazis.
En campos de concentración
Núcleos mucho más pequeños de españoles fueron a parar a Auschwitz, Sachsenhausen, Dachau, Bergen-Belsen, Buchenwald-Dora, Treblinka, Neuengamme, Aurigny, Eperlecques, Strutthof, Natzweiler, Flossemburg, Raw-Ruska o al campo de mujeres de Ravensbrück. En el de Oranienburg sería internado el ex presidente del Gobierno y líder socialista Francisco Largo Caballero, que sobrevivió a precario.
Hitler lanza el 22 de junio de 1941 su operación Barbarroja contra su mayor adversario, la Unión Soviética. En las esferas oficiales de Madrid todo es regocijo y Ramón Serrano Suñer pronunciaría aquella frase de "¡Rusia es culpable!" ante miles de manifestantes enardecidos. De inmediato se puso en marcha el reclutamiento para la División que iba a luchar contra los soviéticos. No faltaron voluntarios, en especial falangistas. Sería la División Azul, que tras un breve periodo de instrucción y jurar lealtad a Hitler, bajo el mando del general Agustín Muñoz Grandes llegaría al frente del río Volshov (en Novgorod) en octubre de 1941. En diciembre del mismo año participa en duros com-bates de la cabeza de puente de aquel río con un frío que en algunos momentos y lugares se acerca a los 40 y 50 grados bajo cero. Al año siguiente están en el frente de Leningrado, la ciudad sitiada a lo largo de 900 días y en la que 800.000 civiles murieron de hambre y frío. La mayor de las batallas que afecta a la División sería de la Krasnyi Bor, el 10 de febrero de 1943, en que los rusos, tras un terrible bombardeo artillero, lanzan un ataque masivo que les costó miles de bajas, aunque pulverizaron un regimiento español y parte de otro.
Pasada la primera etapa ya no sobraban voluntarios para la División Azul. Todos se habían dado cuenta que bravuconadas como la de "Rusia es cuestión de un día para nuestra Infantería" nada tenían que ver con la realidad. La guerra se alargaba y desde la URSS regresaban mutilados por la metralla o el frío y muchas familias recibían telegramas comunicando que el hijo o el marido no volvería.
Cerca de 5.000 muertos y miles de heridos tuvo la División Azul a lo largo de la guerra, de entre el total de 47.000 soldados que participaron en los diferentes relevos. Huella positiva de la División fue el trato amable para con la población civil rusa, frente a la distancia y la agresividad de los alemanes y, especialmente, de las SS.
La presión de los aliados obligó a retirarla en octubre de 1943, cuando ya la estrella de Hitler iba de capa caída. Aún así se quedó el equivalente a un Regimiento, la Legión Azul, que regresó unos meses más tarde. No faltaron, finalmente, grupos de empecinados nazis españoles que, en los últimos días de la guerra, en la batalla de Berlín, estaban cerca del búnker de Hitler defendiendo a sangre y fuego al dictador.
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