- Estructura política
En el capítulo anterior estudiamos la configuración socioeconómica de Judea justo antes del nacimiento de Jesús. Pero los datos aportados quedarían incompletos si no entendiéramos cómo eran gobernados los judíos en aquella época.
Jesús no fue ejecutado principalmente por un delito religioso, sino por una acusación política: sedición. Para las autoridades romanas, proclamarse rey —o ser considerado como tal por un grupo de seguidores— podía interpretarse como una amenaza directa al poder imperial. La antigua ley romana de maiestas castigaba precisamente cualquier acto considerado ofensivo contra la autoridad de Roma y del emperador.
En ese contexto, el título colocado sobre la cruz: “Rey de los Judíos”, tradicionalmente interpretado como una burla, tenía también un sentido político mucho más concreto. Podría traducirse implícitamente de otra manera: “Esto es lo que le ocurre a quien pretende reinar en Judea sin autorización de Roma”.
Por eso resulta fundamental analizar el panorama político previo a la aparición del nuevo mesías. Solo así pueden comprenderse tanto la actuación de Jesús y la reacción romana frente a ella, como también las grandes rebeliones judías posteriores que culminaron con la destrucción de Jerusalén y la devastación de Judea.
… Escribe Fernando Bermejo (1) que para comprender la situación de Palestina en el primer tercio del siglo I primero debe conocerse el escenario surgido tras la invasión romana de Siria y las victorias de Pompeyo en aquellas tierras. La toma de Jerusalén en el año 63 a.C. por “el victorioso general” conllevó ejecuciones, venta de numerosos habitantes como esclavos y la profanación del Templo.
Luego de la muerte de Pompeyo, en el 48 a.C., Herodes recibió con apoyo de Augusto el título de Rey otorgado por el Senado romano, gobernando Judea durante aproximadamente cuarenta años. Su reinado aseguró en líneas generales la paz romana en una región que durante el siglo I provocaría enormes dificultades al Imperio.
Herodes, poseedor de una inmensa fortuna personal, desplegó una intensa actividad constructiva y financió la reconstrucción y ampliación del Templo de Jerusalén. Al mismo tiempo ejerció una fuerte represión contra todo posible rival o foco de oposición. A su muerte, ocurrida en el año 4 a.C., estallaron diversas revueltas protagonizadas por pretendientes que aspiraban a ocupar el vacío de poder.
En Galilea surgió un movimiento encabezado por Judas, hijo de Ezequías, que atacó el palacio real de Séforis y se apoderó de su arsenal. En Perea, un antiguo servidor de Herodes llamado Simón fue proclamado rey por sus seguidores. En Idumea, el pastor Atronges reunió un grupo armado compuesto principalmente por campesinos y también aspiró a la realeza.
La situación obligó al legado de Siria, Quintilio Varo, a intervenir con sus legiones de la brutal manera habitual en la época: devastando poblaciones y esclavizando a parte de sus habitantes. Justamente durante la infancia de Jesús las legiones romanas aplicaban en Judea una política represiva extremadamente dura. Josefo habla de unos dos mil crucificados solamente en estas campañas.
Para restablecer definitivamente el orden, Augusto dividió el reino de Herodes entre sus hijos. Galilea y Perea quedaron bajo el gobierno de Antipas con el título de tetrarca. Judea, Samaria e Idumea fueron entregadas a Arquelao, con el título de etnarca. Finalmente Batanea, Traconítide y Auranítide pasaron a Filipo, también con rango de tetrarca.
Esta división produjo resultados desiguales. Tanto Antipas como Filipo tuvieron gobiernos relativamente estables y prolongados. Arquelao, en cambio, generó conflictos casi desde el comienzo, hasta el punto de que Augusto terminó destituyéndolo y transformó Judea en provincia romana administrada directamente por un prefecto con sede en Cesarea Marítima, la ciudad más romanizada de Judea y principal centro del poder imperial en la región.
A partir de entonces, salvo un breve interludio, Judea quedó bajo administración romana directa, mientras la aristocracia sacerdotal conservaba el control del Templo y parte de los asuntos internos judíos.
Debe aclararse, sin embargo, que incluso las regiones aparentemente más estables tampoco estuvieron libres de tensiones políticas. Antipas gobernó Galilea con relativa eficacia, aunque recurriendo también a medidas preventivas y represivas. Según relata Josefo, hizo ejecutar a Juan el Bautista por temor a que el prestigio popular del predicador terminara provocando una revuelta.
La figura de Juan el Bautista la analizaremos más adelante, porque desempeñó un papel importante en el desarrollo posterior de Jesús. Según la tradición evangélica, tras la muerte de Juan comenzó la prédica independiente de Jesús.
La transformación de Judea en provincia romana empezó además con fuertes tensiones desde el principio. La realización de un censo de población —paso previo a la imposición sistemática de tributos— provocó una importante reacción de rechazo encabezada por Judas el Galileo. Este líder defendía la negativa a participar en el censo alegando no solo razones políticas sino también religiosas: la tierra de Israel pertenecía únicamente a Dios y, por tanto, no debía reconocerse el dominio de ningún señor extranjero.
Josefo denominó a este movimiento “la cuarta filosofía”, para diferenciarlo de las otras grandes corrientes judías de la época —fariseos, saduceos y esenios—. Se trataba de una forma de resistencia religiosa y política contra Roma alimentada por fuertes expectativas mesiánicas y apocalípticas.
Se podría decir que la población de Judea se repartía en distintas actitudes frente a sus autoridades religiosas y con respecto a la dominación romana. Unos se acomodaron a la situación reinante, sobre todo las autoridades y la parte más rica de los habitantes. Sabían que la situación militar era irreversible, la potencia de Roma no tenía rival, y por otro lado su situación personal incluidos sus intereses económicos eran favorables. Tal posición de acomodación no era nueva en la historia de Israel, ya el profeta Jeremías relacionaba el bienestar y la paz de Babilonia con la del pueblo judío (Jr. 29,7).
La resistencia de otros grupos generó situaciones esporádicas de violencia que había amainado sensiblemente en los años veinte y treinta del siglo I. En general los episodios de violencia que se habían dado anteriormente ni siquiera fueron controlados por las legiones sino solo por tropas auxiliares al servicio de los gobernadores romanos.
Estas tropas auxiliares eran reclutadas en las ciudades de Cesarea y Sebaste, aunque sus comandantes solían ser romanos. El grueso de ellas se hallaba en la ciudad de Cesarea, la residencia del gobernador, pero también había una cohorte en Jerusalén, en la Torre Antonia, que dominaba el Templo de Jerusalén. Eran pocas tropas, incapaces de reprimir un levantamiento general, pero sí ejercían un poder disuasorio y tenían capacidad para hacer frente a movimientos insurgentes menores, conatos de rebelión y hacer frente a multitudes enfervorecidas.
En suma, el poder militar en Judea era muy limitado y por ello muy sensible a cualquier clase de subversión que empezara a ser observada. Esto es un dato muy importante para explicar la reacción romana cuando Jesús entra en Jerusalén en olor de multitudes como un nuevo profeta anunciando cambios drásticos en la vida de las gentes.
(1) En el análisis de los años anteriores a la aparición de Jesús sigo la información que proporciona el interesante libro de Fernando Bermejo Rubio, “La invención de Jesús de Nazaret”, Ed. Akal, Madrid, 1ra Ed. 2023, Reimpresión 2024. El autor es profesor del Departamento de Historia Antigua de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED, Madrid) y está especializado en judaísmo de época herodiana, cristianismo antiguo y maniqueísmo. Doctor en Filosofía y máster en Historia de las religiones, ha publicado numerosos artículos de investigación en revistas europeas y americanas y es autor, entre otros, de La escisión imposible. Lectura del gnosticismo valentiniano (1998), El maniqueísmo. Estudio introductorio (2008), Los judíos en la Antigüedad. Desde el exilio en Babilonia hasta la irrupción del islam (2020) y They Suffered under Pontius Pilate. Jewish Anti-Roman Resistance and the Crosses at Golgotha
2. La cuestión religiosa
Algunos estudiosos prefieren hablar de “judaísmos”, en plural, porque consideran que la división en sectas o corrientes transmitida por Flavio Josefo resulta demasiado incompleta para describir la complejidad religiosa del período.
Josefo distinguió principalmente entre fariseos, saduceos, esenios y los seguidores de la llamada “Cuarta Filosofía”, pero el paisaje real era mucho más variado. Junto a esas corrientes encontramos figuras y grupos difíciles de clasificar: los terapeutas descritos por Filón, los profetas oraculares, como Jesús hijo de Ananías, los carismáticos taumaturgos, como Honi el Trazador de Círculos, en el siglo I antes de nuestra era, o Hanina ben Dosa, ya en el siglo I, y los profetas populares, como Juan el Bautista, hoy mucho más conocido por su relación con Jesús que por su propia significación histórica.
La variedad era tan grande que ocupa libros enteros dedicados al judaísmo del Segundo Templo. Y ello sin entrar todavía en las subdivisiones internas de las corrientes principales, como ocurre con el fariseísmo y la distinción entre la casa de Hillel y la casa de Shammai.
Hay una película del siglo pasado que, en clave cómica, captó con inesperada precisión esta proliferación de grupos, sensibilidades y disputas: La vida de Brian, de Monty Python. Bajo la caricatura aparece una intuición históricamente fecunda: el judaísmo de la época no era un bloque uniforme, sino un espacio de interpretaciones en competencia.
Durante mucho tiempo, algunos autores cristianos, sobre todo dentro de tradiciones confesionales, presentaron el llamado “judaísmo tardío” como una religión rígidamente legalista, obsesionada por rituales formalistas y espiritualmente agotada. Esa imagen buscaba contrastarlo con un Jesús supuestamente más humano, libre y cualitativamente superior. Pero esa oposición es históricamente insostenible. No describe el judaísmo real del siglo I, sino una construcción polémica posterior.
La pluralidad no impedía, sin embargo, la existencia de un fondo común. La mayoría de estas corrientes compartía el respeto por la Torá, la centralidad simbólica del Templo de Jerusalén, la importancia de los sacrificios, el pago del medio siclo para el mantenimiento del culto, la circuncisión, los preceptos alimentarios y la observancia del sábado. La discusión no consistía tanto en aceptar o rechazar ese universo religioso, sino en determinar cómo debía vivirse, interpretarse y jerarquizarse.
Ese fondo común también se manifestaba en la cultura material. El uso de recipientes de piedra, por ejemplo, parece vinculado a preocupaciones de pureza, ya que ciertos materiales eran considerados menos susceptibles de contraer impureza que otros más porosos. También se extendieron los baños rituales, destinados a eliminar las impurezas producidas por el contacto cotidiano con objetos, cuerpos o secreciones consideradas impuras. A ello debe añadirse la difusión de las sinagogas, palabra de origen griego, no hebreo, donde las comunidades se reunían para la lectura, el estudio y la discusión de los textos sagrados.
Dentro de esa variedad religiosa, el fariseísmo ocupaba una posición especialmente influyente. Pero conviene entender bien esta influencia. No significa que todo el mundo judío viviera conforme a las normas fariseas, ni que los fariseos controlaran todas las instituciones. Significa, más bien, que gozaban de un notable reconocimiento como intérpretes autorizados de la Torá y como representantes de una forma rigurosa de piedad.
Podemos distinguir, por tanto, entre prestigio normativo y práctica efectiva. De manera semejante a como hoy muchas personas pueden reconocer que ciertas marcas son las mejores sin que por ello sean necesariamente las más consumidas, muchos judíos podían atribuir autoridad religiosa a los fariseos sin vivir siempre conforme a sus exigencias.
En ese contexto se entiende mejor la dureza de las críticas evangélicas contra ellos. Cuando Jesús los acusa de hipocresía, no está atacando a un grupo marginal, sino a una corriente de gran visibilidad y prestigio. Precisamente por eso la acusación debía resultar tan hiriente: cuestionaba públicamente a una de las facciones más influyentes del judaísmo de su tiempo.
Pero el mundo religioso de Palestina no se reducía al judaísmo. La helenización y la romanización introdujeron también cultos grecorromanos, practicados sobre todo en ciudades de fuerte presencia pagana, especialmente en zonas costeras y centros administrativos.
Josefo relata que bajo Herodes el Grande se introdujeron prácticas e instituciones extranjeras, entre ellas formas vinculadas al culto imperial, es decir, la veneración política y religiosa de emperadores divinizados, como Augusto y sus sucesores. Tales prácticas eran observadas con recelo por buena parte de la población judía, que las percibía como una amenaza religiosa y cultural.
Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande y tetrarca de Galilea y Perea, actuó con cierta cautela en este terreno. Evitó acuñar monedas con la imagen del emperador y no promovió templos dedicados al culto imperial en territorios mayoritariamente judíos, probablemente para no provocar innecesariamente a la población. Sin embargo, esa prudencia política no permite convertirlo en un modelo de piedad judía. Su conducta parece responder menos a una religiosidad intensa que a una administración cuidadosa de las sensibilidades locales.
3. La cuestión lingüística y cultural
En “Eretz Israel”, el territorio histórico de los judíos, existía una notable diversidad no solo religiosa, sino también lingüística y cultural. Por su posición geográfica, la región era una zona de tránsito entre Siria, Arabia, Egipto y el Mediterráneo. Formaba parte del espacio comercial y cultural del Creciente Fértil, y esa condición fronteriza favorecía el contacto entre lenguas, costumbres y tradiciones distintas.
Los romanos utilizaban el latín para determinadas comunicaciones internas y administrativas, pero en la parte oriental del imperio el griego funcionaba como lengua franca. Era, en cierto modo, el equivalente antiguo del inglés contemporáneo: una lengua de intercambio, comercio, administración y cultura.
Junto al griego circulaban otras lenguas. El fenicio seguía presente en ámbitos comerciales y costeros; el hebreo conservaba un valor sagrado y litúrgico, vinculado a la Torá y conocido sobre todo por los sectores más instruidos; y el arameo era la lengua común de amplios sectores de la población. Fue también, con toda probabilidad, la lengua principal de Jesús en su actividad pública.
No debe imaginarse, por tanto, una sociedad monolingüe. Muchas personas, especialmente en ciudades, mercados, rutas comerciales o ambientes administrativos, podían manejar varias lenguas o al menos reconocer distintos registros lingüísticos. Esa competencia no era necesariamente culta ni simétrica: podía consistir en hablar una lengua familiar, entender otra en contextos comerciales y reconocer fórmulas religiosas en una tercera. Pero esa pluralidad formaba parte de la vida cotidiana.
Algunos psicólogos contemporáneos han señalado una posible relación entre el uso habitual de más de una lengua y una mayor flexibilidad en la conducta social. Conviene no exagerar esta hipótesis, porque la flexibilidad cultural depende también de factores económicos, políticos e ideológicos. Aun así, el contacto entre lenguas ayuda a comprender la intensa circulación de ideas, disputas e interpretaciones que caracterizaba a aquella sociedad. No era una comunidad estática ni políticamente estable, sino un mundo atravesado por tensiones constantes.
Ahora bien, esta diversidad lingüística no debe confundirse con una alfabetización extendida. El nivel de lectura y escritura era muy bajo, incluso en muchos núcleos urbanos. Esta situación no era exclusiva de Judea, sino común al conjunto del imperio. No existía escuela pública ni educación elemental universal, y las autoridades no tenían interés en elevar sistemáticamente el nivel cultural de la población sencilla.
La formación cultural se transmitía sobre todo en contextos familiares, religiosos y comunitarios. Solo una minoría tenía acceso real a la lectura y la escritura. Como se ha señalado a menudo, incluso en sociedades culturalmente prestigiosas, como la Atenas clásica, el porcentaje de población plenamente alfabetizada era reducido.
A veces se afirma que entre los judíos el grado de alfabetización debió de ser mayor, debido a la importancia de las Escrituras en su vida religiosa. Pero aquí es fundamental distinguir entre textualidad y alfabetización. Una sociedad puede estar profundamente orientada hacia textos sagrados sin que la mayoría de sus miembros sepa leerlos directamente. Puede usar textos, citarlos, escucharlos, memorizarlos e interpretarlos oralmente sin que ello implique alfabetización generalizada.
Fernando Bermejo lo expresa con claridad: es posible estar alfabetizado y no usar textos, y también usar textos sin poseer una alfabetización genuina. La observación es decisiva. Del mismo modo, en nuestro tiempo casi todos los adultos de una sociedad occidental saben leer y escribir, pero solo una minoría lee libros con regularidad y una minoría todavía más reducida escribe de manera constante.
Considerados en su conjunto, los judíos del siglo I estaban poco alfabetizados. La escritura de mezuzot o tefilín correspondía a especialistas, y la lectura pública de la Torá era realizada por personas preparadas para ello. La mayoría recibía la tradición de forma oral: escuchando, repitiendo, memorizando, discutiendo y participando en prácticas comunitarias.
Así, la cultura, de la que la religión era el eje principal, se transmitía ante todo oralmente. Los escribas intervenían cuando era necesario fijar por escrito una transacción, una decisión, una genealogía, una carta o un texto que debía conservarse. Pero escribir era una actividad especializada y costosa, no una práctica cotidiana de la mayoría.
Este abismo cultural entre la población común y las élites letradas ayuda a explicar por qué las tensiones económicas, políticas o sociales tendían a expresarse en lenguaje religioso. Para la mayoría, la religión no era un compartimento separado de la vida, sino el vocabulario más disponible para interpretar la injusticia, la dominación, la esperanza y la catástrofe. Por eso, en momentos de crisis, esas tensiones podían adquirir rápidamente un tono profético, mesiánico o apocalíptico.
4. La cuarta filosofía
Cuando murió Herodes el Grande, Augusto decidió dividir su reino —que en los hechos funcionaba como un dominio subordinado a Roma— entre varios de sus hijos. A Arquelao le correspondió gobernar Judea, Samaria e Idumea, aunque no recibió el título de rey sino el de etnarca, señal de que su posición se encontraba, por así decirlo, “a prueba”.
El gobierno de Arquelao terminó siendo un completo desastre. Fue cruel incluso para los laxos estándares políticos de su época. Josefo relata, por ejemplo, que hizo matar a unos tres mil judíos en el recinto del Templo durante unos disturbios pascuales; destituyó sumos sacerdotes sin mayores consideraciones y contrajo matrimonio con la viuda de su hermano, algo considerado contrario a la Ley judía.
La violencia, la arbitrariedad y su evidente impiedad provocaron que diversas delegaciones acudieran a Roma para pedir su destitución. Incluso judíos y samaritanos —dos poblaciones vecinas, pero habitualmente enfrentadas— llegaron a presentar conjuntamente sus quejas ante Augusto.
Finalmente Roma decidió intervenir. Se le formó juicio y, aunque Tiberio —futuro sucesor de Augusto— actuó en su defensa, Arquelao fue depuesto en el año 6 d.C., sus bienes confiscados y él mismo desterrado a la Galia. El territorio pasó entonces a convertirse directamente en provincia romana administrada por prefectos.
Como consecuencia de esta reorganización, Publio Sulpicio Quirinio ordenó realizar un censo de la población. Resultaba evidente que dicho censo constituía el paso previo para una reorganización fiscal más estricta.
A las cargas religiosas y económicas ya existentes —destinadas al mantenimiento del Templo y de la élite sacerdotal saducea— se sumaba ahora con mayor claridad el aparato administrativo y tributario romano. Tal como señalan Stegemann y Horsley, el campesinado judío comenzó a soportar simultáneamente las exigencias de las autoridades locales y del poder imperial.
En este contexto se produjo un levantamiento encabezado por Judas el Galileo, maestro de la Torá, acompañado por un dirigente fariseo llamado Sadoc.
La rebelión terminó, como era previsible, en derrota. Judas murió y el movimiento fue reprimido, pero las ideas que lo inspiraban permanecieron vivas en amplios sectores de la población.
Tales ideas eran simples y profundamente religiosas. Consideraban que reconocer la soberanía de un poder extranjero —es decir, romano— equivalía a aceptar una forma de esclavitud idolátrica incompatible con la fidelidad a la Torá.
Flavio Josefo, al describir las distintas corrientes del judaísmo de su tiempo —fariseos, saduceos y esenios— las denomina “filosofías”, utilizando un lenguaje comprensible para sus lectores grecorromanos. A esta corriente radical surgida alrededor de Judas la llamó la “Cuarta Filosofía”.
Sabemos relativamente poco sobre ella. El propio Josefo apenas ofrece detalles, aunque también aparece mencionada indirectamente en los Hechos de los Apóstoles (5:37). Muchos historiadores consideran, sin embargo, que este movimiento constituyó la matriz ideológica de posteriores rebeliones antirromanas y del surgimiento de grupos conocidos más tarde como “zelotes” y “sicarios”.
No parece haber existido una organización única y coherente. Más bien se trató de diversas corrientes y oleadas de resistencia emparentadas entre sí por un mismo rechazo a la dominación romana y por la convicción de que dicha dominación debía ser combatida incluso por medios violentos.
De este modo, en el siglo I encontramos un amplio abanico de posturas dentro del judaísmo respecto de cómo practicar la religión y cómo relacionarse con el poder imperial.
Los saduceos colaboraban con el orden político y religioso existente, participando del aparato del Templo y manteniendo relaciones relativamente estables con Roma. Los fariseos, aunque críticos de muchos aspectos del dominio extranjero, aceptaban de hecho la convivencia con el Imperio y concentraban su actividad en el estudio de la Torá y las prácticas piadosas. Los esenios optaban por una retirada del mundo, formando comunidades apartadas y rigurosamente disciplinadas. Finalmente, la llamada Cuarta Filosofía agrupaba a quienes consideraban intolerable la dominación extranjera y defendían la necesidad de expulsar a los romanos incluso mediante la violencia.
Con el tiempo, las posiciones más radicales terminaron desempeñando un papel decisivo en las grandes guerras judías contra Roma, primero en la catástrofe del año 70 —que culminó con la destrucción de Jerusalén y del Templo— y más tarde en la revuelta de Bar Kojba, sofocada en el año 135.
En esos conflictos adquirieron notoriedad los llamados zelotes y, dentro de ellos, los sicarios. Estos últimos recibían ese nombre por portar una pequeña daga curva, la sica, con la que asesinaban a supuestos colaboradores judíos mezclándose entre la multitud durante las festividades o reuniones públicas, según relata Josefo.
Además de actuar como fuerza armada insurgente, participaron en purgas internas, secuestros y ataques contra poblaciones consideradas neutrales o poco comprometidas con la rebelión. Durante la guerra contra Roma protagonizaron también algunos de los episodios más extremos de resistencia, como el suicidio colectivo atribuido por la tradición a los defensores de Masada.
Sin embargo, todos estos acontecimientos son posteriores a la crucifixión de Jesús, ocurrida hacia comienzos de los años 30. Aun así, resulta importante recordar que los movimientos radicales no surgieron de manera repentina: sus ideas y tensiones venían incubándose lentamente desde finales del siglo anterior.
Este panorama —del cual aquí apenas se ha presentado una síntesis— permite comprender que bajo la aparente normalidad de la Judea donde predicó Jesús existían profundas tensiones sociales, políticas y religiosas que pocas décadas después estallarían con enorme violencia.
Carolus Brigantinus Barbatus
Junio 2026
https://lasantacompannia.blogspot.com/2026/06/serie-historia-natural-del-cristianismo.html
Addenda. Páginas web temáticas
https://www.historyatlas.com/locations/aelia-capitolina-jerusalem-israel-israel/
https://jewishvirtuallibrary.org/the-bar-kokhba-revolt-132-135-ce
https://ssdjournal.org/index.php/pub/article/view/856
https://en.wikipedia.org/wiki/Jewish–Roman_wars
https://www.ccel.org/s/schaff/encyc05/htm/TOC.htm
https://www.facebook.com/watch/?v=1860678678055164
https://blogs.timesofisrael.com/the-biggest-lie-of-history-ever-exposed-palestine/
https://www.judaism-and-rome.org/jerusalem-talmud-peah-71-20a
https://www.britannica.com/topic/Sicarii
https://hts.org.za/index.php/hts/article/view/3398/8356
https://byustudies.byu.edu/article/revolutionaries-in-the-first-century
https://josephus.org/joschron.htm
https://www.encyclopedia.com/religion/encyclopedias-almanacs-transcripts-and-maps/felix-antoniusdeg
https://www.jstor.org/stable/24657973
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