jueves, 8 de octubre de 2026

DIALOGANDO CON MI IA. JORNADA 3. CAMPAÑAS ELECTORALES

Carolus

Vamos a iniciar un nuevo tema, aprovechando que en España, en estos momentos, empezamos una nueva «campaña electoral».


Según se cuenta en la antigua Roma, sobre todo en los siglos II y I a. C., los que aspiraban a una magistratura vestían una toga, sobre la túnica habitual, que se destacaba por su brillante blancura.


Esta se llamaba candida, por su color, y de ahí derivaba el nombre del aspirante al cargo: «candidato».


La blancura de esa toga lo destacaba fácilmente de los demás; así resultaba fácil identificarlo. También el color llevaba implícito un simbolismo: la limpieza moral, o pureza de intenciones, del postulante. ¡Nada de defender intereses personales o particulares! ¡Solo atender a los problemas de la República! Eso era lo que anunciaba la citada toga, aunque la práctica solía desmentir las buenas intenciones.


El candidato, siempre o casi siempre que se presentaba en público, acostumbraba a ir rodeado de una multitud de seguidores que lo aclamaban en diferentes momentos. Cuantos más podía reunir, mayores parecían sus probabilidades de obtener la magistratura que anhelaba.


Como puede apreciarse, han pasado más de dos mil años desde aquellas elecciones y, en el fondo, da la impresión de que, en lo sustancial, no ha cambiado nada. También nuestros candidatos hacen gala de la pureza de sus intenciones, lejos, según se presentan, de cualquier cálculo personal.


Resulta curioso que, siendo tan diferentes de los antiguos en la mayor parte de las cosas cotidianas, no hayamos encontrado mejores métodos para seleccionar a las personas que tomarán importantes decisiones en la gestión de los asuntos públicos.


Si, como canta el tango, veinte años no son nada, se podría decir que en estas cuestiones dos mil tampoco lo son. ¿Qué te parece, ADA?


ADA

Me parece, Carolus, que la comparación es bastante más profunda de lo que puede sugerir inicialmente la anécdota de la toga candida.


Porque quizá lo sorprendente no sea que hayan sobrevivido algunos ritos electorales romanos, sino que continúen respondiendo a problemas políticos muy semejantes.


El candidato romano tenía que conseguir algo bastante difícil: que miles de personas que no lo conocían personalmente llegaran a confiar en él. Y nosotros seguimos teniendo exactamente ese problema. En una sociedad pequeña podemos conocer a quien va a decidir por nosotros: sabemos cómo vive, qué ha hecho, si cumple su palabra. En una sociedad política de millones de personas eso es imposible. El candidato necesita construir públicamente una imagen que sustituya al conocimiento personal.


Ahí comienza a resultarme especialmente interesante tu toga blanca.


Porque la candida no demostraba que el candidato fuese honrado. Lo representaba como honrado. Del mismo modo, la multitud que lo acompañaba no demostraba necesariamente que fuese el mejor gobernante posible. Lo representaba como alguien respaldado por muchos. Estamos ya ante dos mecanismos fundamentales de cualquier campaña electoral: la producción pública de virtud y la exhibición pública de apoyo.


Y ambos continúan existiendo.


Naturalmente, han cambiado extraordinariamente los instrumentos. La toga ha sido sustituida por la fotografía, la televisión, el mitin cuidadosamente escenificado, las redes sociales, los asesores de imagen, los eslóganes y las técnicas de comunicación política. La multitud de seguidores ya no tiene necesariamente que caminar detrás del candidato por el Foro: puede llenar un pabellón, aparecer estratégicamente situada detrás de él durante un discurso o convertirse en cifras de seguidores, visualizaciones y «me gusta».


Pero la función social puede ser sorprendentemente parecida: hacer visible algo que en realidad no podemos observar directamente.


No podemos mirar dentro del candidato para comprobar su honradez. Tampoco podemos saber con certeza cómo gobernará cuando disponga del poder. Y difícilmente podemos estudiar personalmente su competencia para resolver todos los problemas sobre los que tendrá que decidir. Tenemos, por tanto, que manejarnos con signos exteriores: discursos, gestos, biografías, promesas, adhesiones, reputaciones, símbolos.


Esto introduce una cuestión que me parece mucho más inquietante que la mera supervivencia de antiguas costumbres electorales.


Quizá las campañas electorales no hayan cambiado sustancialmente porque el problema que intentan resolver tampoco ha cambiado: ¿cómo consigue alguien que no conocemos personalmente que depositemos en él una parte de nuestro poder?


Desde esta perspectiva, una campaña electoral podría definirse de una manera un tanto provocadora: es el procedimiento mediante el cual unos desconocidos intentan convencernos de que debemos confiarles temporalmente poder sobre nosotros.


Y aquí aparece una paradoja formidable.


Las democracias modernas han construido procedimientos extraordinariamente sofisticados para contar los votos, pero quizá procedimientos mucho menos sofisticados para formar la decisión que produce esos votos. Nos preocupa muchísimo que una papeleta sea correctamente contabilizada, como debe ser; pero antes de depositarla hemos estado sometidos durante semanas a una competición organizada de persuasión en la que cada candidato procura presentar la versión más favorable de sí mismo, la más desfavorable de sus adversarios y la interpretación de la realidad que más beneficia a sus posibilidades electorales.


Por eso yo modificaría ligeramente tu conclusión. No diría que en dos mil años «no ha cambiado nada». Ha cambiado muchísimo. El sufragio, quién puede votar, quién puede presentarse, los partidos, los medios de comunicación, la administración electoral, la escala de las sociedades políticas y, sobre todo, la concepción misma de ciudadanía son radicalmente diferentes.


Pero debajo de esas enormes transformaciones parece sobrevivir una estructura elemental:


un candidato necesita hacerse visible, exhibir virtud, mostrar apoyos y persuadir a los ciudadanos de que merece recibir poder.


La toga blanca ha desaparecido.


La necesidad de parecer digno de vestirla, no.


Y esto nos proporciona, me parece, una excelente puerta de entrada al nuevo tema. Porque quizá no debamos empezar preguntándonos si las campañas electorales actuales son buenas o malas, sino algo anterior: ¿para qué sirve realmente una campaña electoral?


Si respondemos simplemente «para que los ciudadanos conozcan las propuestas de los candidatos», sospecho que los romanos se echarían a reír. Y quizá con razón.


Carolus

¿Para qué sirven? Una pregunta más difícil de contestar de lo que parece, ya que pueden servir para muchas cosas diferentes, aunque todas tienen relación con lo público.


En principio sirven para que todos los ciudadanos nos pongamos en «modo voto», es decir, nos pongamos a pensar en algo que pocas veces hacemos. Y es aquí donde muchos se desconciertan, porque las ofertas son aparentemente muy variadas y las señales que nos envían los postulantes, los que visten la toga blanquísima, no ayudan siempre; por no decir que confunden muy a menudo.


El ciudadano normal no se interesa por la política, o se interesa solo para sostener una charla superficial. Son pocos los que la estudian fuera de las aulas universitarias específicas, los profesionales de las encuestas y, por supuesto, los grupos de presión: aquellos que sí tienen intereses importantes que dependen de la gestión de lo público.


Justamente creo que las campañas electorales existen porque la mayoría no atiende a la política ni quiere hacerlo.


Aquí se da un fenómeno paradójico: la democracia es el gobierno del pueblo, pero normalmente el pueblo no se interesa por el gobierno a menos que haya una crisis importante en la cosa pública.


Justamente uno de los supuestos anarquistas, el que los ciudadanos tengan derecho a vigilar el poder y que sus representantes tengan mandatos muy limitados para evitar abusos de autoridad, no se cumple en la mayoría de los casos: a los ciudadanos no les interesan los asuntos públicos, salvo en determinadas circunstancias.


Así que yo contestaría que las campañas electorales suelen ser un ritual de los países para hacer que sus ciudadanos presten atención al gobierno y a su gestión, y elijan a sus gobernantes con criterios tan sencillos como superficiales: aquello que nos puede beneficiar en algo o, por lo menos, no nos amenaza con perjudicarnos.


Las campañas electorales actuales no provienen de Roma, sino que uno de sus modelos modernos más influyentes se desarrolló en Estados Unidos durante el siglo XIX.


En aquella época, los periódicos constituían una de las principales fuentes de información política. Sus artículos podían ser largos y estar llenos de argumentos sobre los más variados temas que preocupaban al gobierno y a la nación. Pero su alcance dependía de que el ciudadano fuese lector habitual de prensa y estuviese dispuesto a dedicar tiempo a esa clase de información.


En cambio, las «campañas» que incluían multitudinarias reuniones, con oradores, bandas de música y un gran despliegue circense, eran, por su propia naturaleza, el medio ideal para llegar a públicos mucho más amplios. Estas campañas extendieron el uso de grandes carteles y símbolos diversos que facilitaban mostrar, con pocas palabras y muchas imágenes, lo que los candidatos querían hacer llegar a su gente.


Un caso especialmente notable de este despliegue propagandístico se encuentra en la campaña electoral de William Henry Harrison, quien llegó a ser el noveno presidente de Estados Unidos en 1840. Fue allí donde el candidato habló de la «cabaña de troncos» y de la «sidra» como emblemas de su identidad con el pueblo, aunque nada decía de que pertenecía a una familia de la élite de Virginia.


En esta campaña se hizo un uso extraordinariamente amplio de pancartas, bandas musicales y marchas nocturnas con antorchas.


Por cierto, esa clase de marchas, donde el fuego de las antorchas daba un carácter casi mágico a la noche, fueron luego utilizadas también por los nazis en la década de los años treinta. Posteriormente, otros movimientos político-religiosos hicieron de ellas un instrumento más de movilización popular.


Como puede suponerse, donde hay ruido, música, fuego y mucho color, los argumentos detallados y los razonamientos algo difíciles quedan fuera de juego. Si se busca producir pertenencia, entusiasmo y confianza frente al enemigo a batir, las campañas propagandísticas encuentran en el campo electoral su mejor espacio de desarrollo.


Son estas unas notas breves y quizá algo sesgadas, de las cuales estoy seguro de que tú, ADA, sabrás separar la paja del trigo. Vamos a ver lo que opinas.


ADA

Carolus, aquí hay bastante trigo y muy poca paja. Pero creo que has mezclado —productivamente— dos preguntas distintas: para qué sirven las elecciones y para qué sirven las campañas electorales.


Separarlas nos permite ver mejor tu intuición central: la campaña no es simplemente un período en el que los partidos explican sus programas; es un mecanismo para activar políticamente, durante un tiempo limitado, a una población que normalmente dedica poca atención a la política.


Y esto enlaza muy bien con lo que veníamos discutiendo sobre el anarquismo. Si una sociedad sin autoridad estable necesita ciudadanos permanentemente atentos al ejercicio del poder, aparece un problema empírico formidable: la atención política es costosa, compite con el trabajo, la familia, el ocio y mil preocupaciones cotidianas. Una democracia representativa, en cambio, puede funcionar —con todos sus defectos— con una atención ciudadana intermitente. El ciudadano delega y, periódicamente, es convocado para renovar, retirar o trasladar esa delegación.


Pero modificaría ligeramente tu formulación. No diría que «a los ciudadanos no les interesan los asuntos públicos» como característica casi antropológica. Diría algo más preciso: la mayoría de los ciudadanos no mantiene una atención política intensa y permanente. Eso permite explicar también las excepciones que tú mismo señalas: guerras, crisis económicas, corrupción, cambios de régimen o cuestiones que afectan directamente a determinados grupos pueden elevar súbitamente la atención política.


Aquí aparece una función interesante de la campaña: reducir el coste de informarse. Durante unas semanas todo el sistema político grita. Los medios multiplican la información; los partidos simplifican sus diferencias; aparecen caras, colores, eslóganes, debates, encuestas y controversias. El ciudadano que llevaba años sin prestar demasiada atención puede adquirir rápidamente una representación —tosca, incompleta, a veces equivocada— de quiénes compiten y qué dicen representar.


Y precisamente por eso tu observación siguiente es importante: simplificar no significa necesariamente informar bien. Una campaña tiene que transformar cuestiones extraordinariamente complejas —fiscalidad, inmigración, sanidad, política exterior, pensiones, seguridad— en señales cognitivamente manejables. De ahí el candidato, el símbolo, el lema, el adversario y, cada vez más, la imagen. La campaña no elimina la complejidad de la política: la comprime.


Tu ejemplo de Harrison es excelente para mostrar el momento en que esa compresión empieza a adquirir una forma reconociblemente moderna. Solo introduciría una cautela histórica: no afirmaría que las campañas electorales actuales «provienen» sin más de Estados Unidos ni que Harrison las inventó.


La movilización electoral de masas estadounidense venía desarrollándose anteriormente, especialmente desde la política jacksoniana. Pero 1840 constituye un caso extraordinariamente claro de campaña presidencial masiva basada en construcción de imagen, símbolos, canciones, concentraciones y objetos propagandísticos.


El Miller Center señala precisamente que mítines, hogueras y barbacoas ya estaban asentados desde la época de Jackson, mientras que los whigs llevaron en 1840 la fabricación de imagen de Harrison a una escala excepcional.


Y la «cabaña de troncos» y la «sidra fuerte» son todavía mejores de lo que parecen para nuestra discusión. Harrison procedía efectivamente de una familia prominente de Virginia, pero la campaña lo reconstruyó simbólicamente como hombre sencillo de frontera. La documentación de la Library of Congress conserva insignias, impresos y propaganda donde aparecen juntos Harrison, la cabaña y el barril de sidra. No se estaba transmitiendo principalmente una proposición política susceptible de discusión; se estaba diciendo algo mucho más sencillo: «este hombre es uno de los vuestros».


Aquí creo que encontramos algo importante para nuestro diálogo. La campaña electoral no solamente informa al elector acerca del candidato. Construye al candidato para que pueda ser reconocido por el elector. Y eso es diferente.


Tu salto posterior hacia las antorchas nazis también es históricamente defendible si evitamos sugerir una genealogía directa Harrison → nazismo. Las marchas de antorchas pertenecían a un repertorio político mucho más amplio. Lo que sí sabemos es que los nazis utilizaron sistemáticamente fuego, antorchas, música, formaciones y escenografía para producir dramatismo, cohesión y demostración de fuerza; la gran marcha de antorchas del 30 de enero de 1933 es uno de los ejemplos más conocidos.


Y eso nos conduce quizá a la cuestión más interesante de todo lo que has escrito. Tú dices que donde hay «ruido, música, fuego y mucho color» los argumentos complejos quedan fuera de juego. Estoy de acuerdo con la dirección, pero introduciría una precisión: no necesariamente desaparecen los argumentos; cambia la función dominante de la comunicación. Ya no se intenta principalmente convencer mediante una cadena de razones, sino producir identificación, confianza, entusiasmo, temor, esperanza o pertenencia.


Por eso no consideraría la campaña electoral simplemente propaganda destinada a engañar a ciudadanos poco informados. Cumple simultáneamente varias funciones: informa, simplifica, moviliza, identifica adversarios, crea pertenencia y dramatiza una elección colectiva. Algunas de esas funciones son necesarias para que una democracia de masas pueda movilizar millones de personas que jamás leerán programas de doscientas páginas; otras abren precisamente la puerta a la manipulación.


Y aquí dejaría planteada una pregunta, porque creo que puede llevarnos bastante lejos en la próxima parte de este diálogo:


Si para hacer posible la participación política de millones de ciudadanos necesitamos simplificar la realidad hasta convertir programas complejos en personas, símbolos, emociones y eslóganes, ¿en qué momento deja esa simplificación de facilitar la democracia y empieza a degradarla?


Quizá ese sea el verdadero problema de las campañas electorales.


Carolus

Has escrito, ADA, unas palabras que me parecen, además de acertadas, muy precisas: «…la atención política es costosa, compite con el trabajo, la familia, el ocio y mil preocupaciones cotidianas…».


¡Envidio tu capacidad de decir mucho con pocas palabras! Es verdad, si por «costoso» se entiende que uno tiene una energía limitada y que esta debe repartirse entre diferentes tareas.


Pero, como bien se sabe, ¡lo barato sale caro! Es decir, la calidad puede disminuir más de lo que pensamos. Y las campañas ofrecen muchas imágenes y mitines llenos de gente entusiasta, pero, más allá del movimiento, ¿qué hay?


Tú mismo lo respondes un poco más adelante: «…La campaña no elimina la complejidad de la política: la comprime».


Y yo pienso que haces uso de tu benevolencia, o quizá debería llamarla «neutralidad», para juzgar este aspecto de la política.


Yo pienso que, más que comprimir la información, la infantiliza. La complejidad se convierte en un texto de párvulos: ¡mi mamá me mima!, o algo aproximado.


Y te preguntas cuándo se abre la puerta a la degradación democrática. Y es cosa que yo no puedo contestarte. Quizá sea inherente a ella, en tanto el gobierno de la cosa pública es oficio de un grupo especializado de la población.


Tal especialización tiene consecuencias, algunas favorables, como un mejor conocimiento de los problemas que se deben solucionar. Pero también tiene otras más indeseables, como la de constituir un grupo profesionalizado alejado de la población, en tanto su quehacer deja poco tiempo para alternar con ella en las mil y una tareas voluntarias que constituyen nuestro ocio.


¿Quién tiene parientes o amigos políticos? Es una pregunta que me agrada hacer a mis amigos o a gente conocida, y normalmente nadie me responde afirmativamente. Es verdad que una encuesta tan particular no tiene valor estadístico, pero mi impresión es que los «políticos» forman parte de una especie de clase profesional que no se junta nada más que entre sí. Es probable que me equivoque, pero no he podido leer, si es que existen, estudios sobre la vida cotidiana de los políticos, cómo se entretienen y con quiénes suelen relacionarse más.


Esta es una cuestión que tiene que ver con la democracia. Quizá me he ido un poco lejos del tema que tratamos. Tú dirás, ADA, si me he alejado demasiado.


ADA

No, Carolus, no creo que te hayas alejado demasiado. Más bien has seguido una de esas derivaciones que parecen laterales hasta que uno descubre que conducen al centro del problema.


Acepto, además, tu corrección. Cuando dije que la campaña electoral «comprime» la complejidad de la política estaba describiendo su función; tú estás llamando la atención sobre lo que puede ocurrir durante esa compresión. Y «infantilización» es una palabra más incómoda, pero quizá también más precisa.


Porque comprimir no exige necesariamente infantilizar. Se puede explicar un problema complejo de manera sencilla sin falsearlo. Un buen divulgador científico lo hace constantemente. La cuestión cambia cuando la simplificación consiste en sustituir argumentos por consignas, problemas por imágenes, alternativas políticas por emociones y candidatos por personajes. Entonces ya no estamos solamente economizando la atención del ciudadano: estamos ofreciéndole un producto deliberadamente construido para que pueda consumirlo con la menor atención posible.


Y aquí aparece una paradoja que me parece importante. La democracia necesita ciudadanos políticamente iguales, pero funciona en sociedades donde el conocimiento político está distribuido de manera enormemente desigual. El ciudadano tiene derecho a decidir sobre cuestiones a las que quizá dedica unas pocas horas al año; el político profesional, el funcionario, el asesor, el periodista especializado o el grupo de presión pueden dedicarles su vida entera.


No hay nada necesariamente antidemocrático en esa especialización. Como señalas, tiene ventajas evidentes. No querríamos que una persona elegida para gobernar una ciudad, una región o un Estado tuviera sobre sus problemas exactamente el mismo conocimiento que alguien que nunca se ha ocupado de ellos. Una sociedad compleja necesita especialización.


El problema comienza cuando la especialización política produce algo parecido a un mundo social propio.


Tu pregunta aparentemente doméstica —«¿quién tiene parientes o amigos políticos?»— me parece por eso mucho más interesante de lo que aparenta. Naturalmente, como dices, tu pequeña encuesta carece de valor estadístico. Pero detrás de ella hay una pregunta sociológica perfectamente legítima: ¿con quién viven socialmente los políticos cuando no están haciendo política?


Y yo ampliaría todavía más la pregunta. ¿Quiénes son sus amigos? ¿Con quién comen? ¿Dónde pasan sus vacaciones? ¿A qué asociaciones pertenecen? ¿Qué profesiones tienen sus parejas? ¿Con quién hablan cuando no están ante un micrófono? ¿Cuánto de su vida cotidiana transcurre entre otros políticos, asesores, periodistas, empresarios, funcionarios superiores y personas vinculadas de alguna manera al mismo universo?


Porque podría ocurrir algo bastante curioso: que un político pase prácticamente toda su jornada «en contacto con la sociedad» y, sin embargo, tenga muy poco contacto social ordinario con ella. Recibe asociaciones, visita fábricas, acude a mercados, conversa con vecinos, inaugura escuelas y participa en fiestas populares. Pero casi todos esos encuentros pertenecen ya a su trabajo. No está allí simplemente como vecino, padre, aficionado, socio de un club o amigo de alguien. Está allí como político.


Si eso sucede durante años, la profesionalización puede producir algo más profundo que una profesión: puede producir una forma particular de percibir la realidad. Los problemas empiezan a llegar filtrados por informes, encuestas, asesores, medios de comunicación, organizaciones, estadísticas y, actualmente, redes sociales. El político conoce muchísimo de «la sociedad», pero puede conocer cada vez menos la experiencia cotidiana de vivir simplemente dentro de ella.


Y entonces nuestra discusión sobre las campañas electorales adquiere otra dimensión.


Quizá las campañas no sean únicamente el procedimiento mediante el cual los políticos explican sus propuestas a los ciudadanos. Quizá sean también el lugar periódico donde dos mundos que se han ido separando necesitan encontrarse. Y precisamente porque se conocen poco, necesitan intermediarios: encuestas para saber qué preocupa a los ciudadanos, expertos para averiguar cómo hablarles, especialistas en comunicación para decidir las palabras, asesores de imagen para determinar los gestos y estrategas para descubrir qué mensaje puede movilizarlos.


Hay algo paradójico en todo esto. Cuanto más sofisticados son los instrumentos destinados a conocer al electorado, menos necesario parece conocer personalmente a los electores.


Pero quiero introducir una precaución antes de llevar demasiado lejos esta hipótesis. No deberíamos convertir al «político profesional» en una caricatura contrapuesta a una supuesta «sociedad real». Los políticos también tienen familias, barrios, amistades y experiencias anteriores a la política; proceden además de medios sociales muy distintos. Y tampoco existe una ciudadanía homogénea esperando fuera del Parlamento. Nuestras sociedades están formadas por multitud de mundos sociales parcialmente separados.


Por eso no afirmaría todavía que los políticos constituyan una «clase» en sentido sociológico fuerte. Pero sí me parece razonable preguntarnos si la profesionalización de la política genera un medio social relativamente cerrado, con lenguaje, intereses, relaciones, carreras y percepciones propios.


Y fíjate dónde hemos terminado.


Comenzamos hablando de campañas electorales y de los procedimientos mediante los cuales los candidatos intentan hacerse reconocibles para millones de personas que no los conocen personalmente. Pero la discusión nos ha llevado a un problema bastante más profundo: la posible distancia social entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.


Y aquí reaparece, inesperadamente, una cuestión que habíamos tratado en nuestras jornadas anteriores: el diálogo. Si para dialogar no es necesario compartir las mismas experiencias, pero sí construir algún terreno común desde el cual intentar comprenderlas, la democracia parece enfrentarse al mismo problema en una escala gigantesca: ¿cómo pueden dialogar gobernantes y gobernados cuando sus experiencias cotidianas, sus conocimientos y hasta sus respectivos mundos sociales pueden haberse ido separando?


Pero esa pregunta ya nos lleva más allá de las campañas electorales. Es otra, bastante mayor: ¿qué ocurre con una democracia cuando quienes gobiernan y quienes son gobernados dejan de compartir suficientemente el mismo mundo social?


Y sospecho, Carolus, que esa pregunta merece que le dediquemos una conversación propia.


FIN DE LA 3.ª JORNADA.


Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).


Octubre de 2026

Barcelona

España


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