domingo, 8 de noviembre de 2026

DIALOGANDO CON MI IA. TERCERA PARTE. JORNADA 22ª. EL PODER EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO. Estados, intereses y creencias en el siglo XXI

RUSIA


Donde los dos interlocutores se enzarzan en un diálogo tan complejo como el complejo mundo que intentan descifrar, hasta que se dan cuenta que también el dialogar tiene sus límites y que, a veces, resulta más prudente terminar inesperadamente que continuar en una rueda sin fin. 


Carolus:

Iniciamos esta jornada abordando otra de las grandes potencias que hay en nuestro mundo internacional. Pero a diferencia de EEUU aquí transitamos un tema más explosivo. En las dos últimas décadas, sobre todo a partir de la guerra entre Rusia y Ucrania, la atmósfera mundial se ha enrarecido mucho. Tanto que vuelven a sonar tambores de guerra, en una especie de segunda parte de la Guerra Fría que tuvo en vilo al mundo en la segunda parte del siglo pasado.


Aunque el que esto escribe se niega de plano a sumarse al ambiente belicista no por eso uno no puede dejar de sentir que el intento de mantener una neutralidad propia de una mente objetiva puede hacer agua en cualquier momento.


Basta con hojear los diarios, ver la televisión o escuchar la radio para encontrar todo tipo de análisis donde se pretende demostrar la permanente agresividad de Rusia, o sus malévolas intenciones de cara a Europa, o la absoluta falta de libertad democrática que los organismos europeos o norteamericanos comprueban dentro del Estado ruso.


Sin embargo aún es posible intentar analizar los hechos internacionales sin caer en aquellos tremendismos de la guerra fría donde un presidente norteamericano llegó a hablar del “imperio del mal”. Esperamos que el futuro sea más pacífico, aunque augurios como los de la Presidenta de la Comisión Europea quien en el 18 de marzo de 2025, en la Real Academia Militar Danesa, en Copenhague, durante un discurso sobre la defensa europea ante cadetes y con la presencia de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen dijo: “If Europe wants to avoid war, Europe must get ready for war…” y más adelante hasta fijó una fecha: “…  by 2030, Europe must have a strong European defence posture. ‘Readiness 2030’ means to have rearmed and developed the capabilities to have credible deterrence.”Palabras que no suenan nada tranquilizadoras, por cierto.


No es necesario traer aquí los casos, ya muy conocidos, de las auto profecías que terminan cumpliéndose. Pero 90 años después de una devastadora guerra que arruinó a Europa, además de otros países, hace que no nos parezca razonable afirmar un estado de cosas futuro tan inflamable.

Cuando se derrumbó la URSS, víctima de sus propias contradicciones y de una guerra fría que agotó su economía, muchos pensamos que por fin la escena internacional viviría muchos años de paz y concordia. Pero está visto que los bloques internacionales siguen existiendo y uno no puede menos que recordar las palabras del paleontólogo Juan Lus Arsuaga cuando en su último libro “La respuesta” menciona que el estado de guerra permanente suele ser común en los grandes animales sociales. Esperemos que la racionalidad, un recurso que siempre está a nuestro alcance limite la contienda entre países, para bien de todos. 



ADA:

Carolus, quizá podamos empezar por precisar qué entendemos aquí por neutralidad. Si significa aplicar a todos los Estados el mismo criterio, me parece una buena regla. Ese criterio puede llevarnos a juicios distintos sobre cada gobierno. La anexión rusa de Crimea en 2014 y la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 son decisiones concretas que cabe examinar y juzgar sin atribuir a Rusia, como país y como sociedad, una vocación permanente de agresión. La Asamblea General de las Naciones Unidas reafirmó en 2014 la integridad territorial de Ucrania y en 2022 calificó de agresión el uso de la fuerza por parte de la Federación de Rusia. Resolución de 2014 · Resolución de 2022


Tu inquietud ante el discurso de Copenhague merece que nos detengamos en ella. El horizonte de 2030 que Ursula von der Leyen expuso el 18 de marzo de 2025 era un plazo para desarrollar capacidades defensivas y hacer creíble la disuasión. La frase sobre prepararse para la guerra plantea, aun así, una dificultad real. Un gobierno puede armarse porque teme un ataque, y otro puede interpretar ese rearme como indicio de que se prepara una ofensiva. Si responde aumentando sus propias fuerzas, confirma a ojos del primero el peligro que lo movió a actuar. La profecía que se cumple a sí misma tiene ahí un mecanismo bastante concreto. También cabe que una defensa creíble desanime un ataque. 


La diferencia depende, entre otras cosas, de qué capacidades se despliegan, dónde y qué posibilidades tiene la otra parte de verificar su propósito. Comisión Europea, discurso de Copenhague


La imagen de una segunda Guerra Fría recoge algo reconocible, sobre todo la vuelta del temor a un choque directo entre potencias nucleares. Pero si miramos toda la escena desde Washington y Moscú, corremos el riesgo de dejar fuera a quienes viven entre ambas esferas de poder. 


La ampliación de la OTAN, por ejemplo, se puede mirar desde Moscú como un acercamiento de una alianza militar rival y desde Varsovia o Tallin como una forma de proteger una independencia que sus habitantes tenían razones históricas para considerar vulnerable. Las dos perspectivas ayudan a entender cómo se formó el conflicto. Y, al hablar de Ucrania, hay que hacerle sitio a la pregunta por lo que quieren los propios ucranianos. Su futuro también está en juego cuando otros hablan de su país como zona de seguridad.


La alusión a Arsuaga me lleva a pensar en las instituciones que hacen posible la prudencia. Un dirigente puede tener buenos motivos para desconfiar de su adversario y, precisamente por eso, encontrar ventajoso pactar inspecciones, avisos de maniobras o canales de comunicación para evitar que un incidente se convierta en un ataque deliberado. La racionalidad de la que hablas tiene ahí una expresión práctica. Consiste en reducir, incluso entre gobiernos enfrentados, el número de decisiones que cada uno debe tomar a ciegas.


Para esta jornada sobre Rusia, yo partiría de una pregunta que enlaza los Estados, los intereses y las creencias del título. ¿Qué parte de la política exterior rusa responde a temores de seguridad que pueden negociarse, y qué parte responde a una idea de gran potencia que reserva a Moscú el derecho a decidir qué pueden hacer sus vecinos? 


La respuesta puede variar según la época y la decisión que examinemos. De esa distinción depende qué acuerdos son imaginables y quién tendría que pagar su precio.


Carolus:

Cuando hablas de “… Las dos perspectivas” has hecho un gran esfuerzo de compresión de posibilidades, ya que este número es el mínimo posible y, probablemente, el más peligroso. 

Dos perspectivas suelen tener los enemigos enfrentados, son también las que tienen los fanáticos (nosotros y ellos) y son también los que utilizan los lógicos en sus tablas: V o F. En realidad la experiencia nos muestra, de muchas maneras, que tres perspectivas abren más posibilidades, aunque un número exagerado termina cerrándolas.


En este caso para analizar la política internacional el punto de vista del Derecho Internacional Público, es un buen punto de vista… a condición de que se aplique unánimemente. Si, por ejemplo, juzgamos como casus belli que un país invada a otro, y en paralelo, juzgamos como un caso de defensa propia el que otro país, en este caso amigo, invada a un tercero, estamos frente a lo que un jurista podría denominar aplicación torticera del derecho. 

Y justamente éste caso es el más común. Sin ir más lejos EEUU y la Unión Europea han juzgado con gran severidad la intervención bélica de Rusia en Ucrania, mientras miraban hacia otro lado, o incluso aplaudían, que un país amigo, Israel, arrasara Gaza o interviniera también bélicamente a su vecino, Líbano, para perseguir a unos presuntos terroristas.

No me entiendas mal por favor. No estoy justificando ninguna acción contraria al Derecho Internacional, solo quiero llamarte la atención de como solo dos perspectivas no agotan el tema. Más aún, lo hacen, hasta cierto punto, incomprensible. 


Es evidente que la cita de lord Palmerston, dicha en la Cámara de los Comunes británica el 1 de marzo de 1848. “We have no eternal allies, and we have no perpetual enemies. Our interests are eternal and perpetual, and those interests it is our duty to follow”, (No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y nuestro deber es defender esos intereses), resulta mucho más apropiada, para explicar los acontecimientos de política exterior que muchos tratados de Derecho Internacional Público.


Así que, quizá, antes de juzgar las acciones de cualquier Estado, deberíamos ponernos de acuerdo en el marco teórico común que podemos utilizar para analizar a las potencias que luchan y están a la cabeza de los grandes bloques en que se divide el mundo en el momento actual ¿no te parece?



ADA:

Sí, Carolus. Tienes razón en que, al hablar de «las dos perspectivas», dejé fuera una pregunta decisiva: ¿qué hace que un Estado invoque una regla frente a un adversario y le conceda a un aliado el beneficio de la duda?

Yo empezaría por distinguir tres preguntas que podemos hacer sobre una misma decisión:

  • ¿Qué permite el derecho? La regla y el rigor con que examinamos las pruebas deberían ser los mismos para aliados y adversarios. Aplicar el mismo criterio puede llevar a conclusiones distintas si los hechos relevantes son distintos.
  • ¿Qué intereses explican la conducta? Aquí entra Palmerston. Los intereses estratégicos ayudan a explicar tanto la decisión de recurrir a la fuerza como la reacción de terceros. Esa explicación deja abierta la pregunta por la legalidad de la conducta.
  • ¿Quién decide y quién paga el coste? El gobierno que toma la decisión, la población que sufre sus efectos y los Estados vecinos pueden tener intereses muy distintos. Si miramos el mundo solo desde las capitales de las grandes potencias, corremos el riesgo de tratar a los demás países como si su única opción fuera alinearse con un bloque.

En los ejemplos que planteas, distinguiría dos objetos de juicio: las acciones de quienes recurren a la fuerza y la coherencia de quienes las juzgan. Para examinar esa coherencia, me parece útil una prueba sencilla: si mantuviéramos fijos los hechos y cambiáramos únicamente la relación de amistad o rivalidad, ¿pediríamos las mismas pruebas y aceptaríamos la misma justificación? Si cambia el criterio, ahí tenemos algo que explicar, con independencia de la conclusión jurídica a la que lleguemos en cada caso.

Así que sí, acordaría primero un marco común. Y empezaría a construirlo con las preguntas que estamos dispuestos a hacerle a cualquier potencia, incluida aquella con la que más simpatizamos.



Carolus:

Obviamente las respuestas a tus preguntas son casi obvias: los intereses explican la conducta de los Estados, y la población siempre paga el coste de estas decisiones. En cuanto al derecho… es siempre el perdedor, incluso cuando se lo respeta, porque en este caso ha sucedido que tal respeto coincide plenamente con los intereses de las potencias dominantes.


Volviendo al tema principal, Rusia, se puede decir que este país ha pasado por una seria crisis existencial luego de la caída de la URSS, ya que la Federación Rusa era su principal sustento, y la que ha heredado las deudas y las armas del imperio caído. Las crisis sucesivas por las que ha pasado este Estado son bastante ignoradas por los medios mundiales, que solo se han fijado en algunas cuestiones y han ignorado sistemáticamente como EEUU fue ocupando, uno a uno, los casilleros vacíos que había dejado la URSS.


Por supuesto tal operación no se hizo directamente sino por interpósita persona, es decir por la principal alianza militar, la OTAN, y por las empresas privadas que rápidamente colonizaron a un país ávido por los productos occidentales. El proceso fue tan intenso porque, además, contó con la colaboración de las nuevas autoridades rusas, que aspiraban, ingenuamente, a integrarse en el mercado internacional capitalista.

Todo esto es historia conocida… por los especialista, e ignorada por la gente que solo se informa por los medios habituales. Pero bien se podría decir que la Rusia actual es y no es simultáneamente la heredera de la URSS. Lo fue por haberse hecho cargo de sus obligaciones, no lo fue porque todos los países y regiones que pudieron tener gobierno propio aprovecharon la oportunidad para alcanzar una independencia muy deseada por sus minorías elitistas. 

Lo fue porque la cultura soviética no desapareció de un plumazo sino que persistió de diferentes maneras, y ayudó en mucho a recrear un gobierno central fuerte y autoritario. No lo fue porque la perdida de la ideología unificadora del comunismo dejó al país en una especie de limbo ideológico donde coexistieron tanto ideas ultraliberales, como nacionalistas que añoraban la perdida de poder y prestigio internacional.


El estudio de la evolución rusa en este siglo, con dos constituciones, la de 1993 y la de 1920, y la concentración paulatina de poder del presidente Putin, entre 2012, fecha de su segunda Presidencia, hasta la actualidad, está fuera de este diálogo por su extensión, pero si es importante destacar que tales diferencias ideológicas con las democracias representativas occidentales no pueden ser motivo de conflicto, si se tiene en cuenta que tanto Europa como EEUU. mantienen relaciones pacíficas e intensas con muchos países del mundo que tienen regímenes políticos muy diferentes entre sí.


Por lo tanto no existe ninguna razón actual para los nuevos aires bélicos, más allá de los manejos habituales de las grandes potencias para llevar el agua a su molino y de esta forma establecer relaciones de preeminencia a nivel internacional. 


Sir ir más lejos se observa como China, país que en este momento bien podría ser juzgado como la potencia rival de EEUU, mantiene intensas relaciones comerciales con este país, a la vez que es socio preferente con Rusia. O Turquía que también recibe de Rusia el petroleo que usa para su energía y a la vez pertenece a la OTAN, que es una alianza en principio restringida, como su mismo nombre indicaba, pero que ahora se ha convertido en una gran red política militar directamente enfrentada a Rusia. 

En el mundo multipolar actual, ya no existen ideologías que se disputan el predominio sino países que quieren estar más cerca o más lejos de EEUU formando un campo propio, ajeno a las manipulaciones del gran país americano. 


ADA:

Carolus, estoy de acuerdo en que las diferencias de régimen no bastan para explicar por qué dos Estados se enfrentan. Tú mismo das el ejemplo de Turquía, que puede pertenecer a la OTAN y al mismo tiempo hacer negocios con Rusia. Pero de ahí sacaría una conclusión distinta. Si a Turquía le reconocemos la capacidad de moverse entre potencias según sus intereses, ¿por qué, cuando hablamos de los países que salieron de la órbita soviética, tendemos a ver en sus decisiones únicamente la mano de Washington?

La imagen de los casilleros vacíos es elocuente, pero me parece que encierra el problema. Estaban vacíos vistos desde Moscú o Washington. Desde Varsovia o Tallin, en cambio, estaban llenos de gente que tenía sus propios recuerdos y sus propios temores. Es perfectamente posible que a Estados Unidos le conviniera ampliar la OTAN y que a los gobiernos que pidieron ingresar les conviniera entrar. 

Lo que una potencia entendía como una oportunidad de extender su influencia, otros podían entenderlo como una manera de evitar que su seguridad volviera a decidirse entre dos capitales extranjeras.


Ahora bien, si nos ponemos por un momento en el lugar de los dirigentes rusos, también se entiende que vieran con inquietud cómo una alianza militar de la que no formaban parte se acercaba a sus fronteras. 

Lo difícil es que las dos percepciones pueden ser sinceras a la vez. Un país busca protección porque teme a su vecino y el vecino interpreta esa búsqueda como un movimiento en su contra. La cuestión empieza a complicarse cuando se da por sentado que el temor de uno de los dos le concede el derecho a decidir por el otro.


Ahí volvería a tu observación sobre el derecho. Que las potencias lo invoquen selectivamente dice mucho sobre ellas. Pero pensemos en Ucrania. ¿Qué le queda a un país en su situación si aceptamos que su soberanía vale en la medida en que sea compatible con la seguridad que reclama su vecino? 

La ampliación de la OTAN forma parte de la historia que nos trajo hasta aquí. La decisión rusa de invadir Ucrania también, y conviene conservar la posibilidad de juzgarla como una decisión. De otro modo, acabamos atribuyéndole a Washington tanta capacidad de determinar los acontecimientos que hasta las decisiones de Moscú parecen tomadas en Washington.


Y sobre el mundo multipolar, te concedo que ofrece margen de maniobra a algunos países. El ejemplo turco viene al caso. Lo que me pregunto es cómo se reparte ese margen. Para un Estado capaz de negociar con varios socios, la competencia entre potencias puede ser una ventaja. Para quien vive en la frontera que esas potencias se disputan, puede significar que cada elección de su gobierno se interprete como una provocación. 

Dices que la población siempre paga el coste. En eso coincidimos. Pero a veces una población está dispuesta a pagar un coste precisamente porque quiere poder decidir algo que otros consideran negociable.


Así que te devolvería la pregunta en estos términos, Carolus. Si hubieras tenido que proponer un arreglo de seguridad aceptable para Rusia y para sus vecinos, ¿qué garantías le habrías ofrecido a Moscú y cuáles habrías dejado en manos de esos vecinos, para que pudieran hacerlas valer también frente a Moscú?


Carolus:

Tus reflexiones son agudas y plantean muy bien las dificultades que se presentan al analizar las relaciones internacionales. Quizá por ello resultan tan complicadas, aunque la solución de simplificarlas reduciéndolas a la sencilla ecuación ataque-defensa es una pésima respuesta.

Resulta evidente que frente a una política de agresión no queda más remedio que la defensa… pero ¿cuándo es realmente agresión? Aquí hay una extensa zona gris que merece ser tratada con cuidado, ya que la guerra debería ser la última ratio a la que acudir cuando todas las demás posibilidades se han agotado.

Tengo curiosidad de devolverte la pregunta y que me respondas que clase de garantías deberían dar los países en pugna para llevar el mundo a un plano superior donde realmente impere el Derecho, sin necesidad de retorcerlo para hacerlo cómplice de una política hegemónica. 



ADA:

Carolus, la zona gris existe, pero no ocupa todo el mapa. Un ejercicio militar cerca de la frontera puede ser una maniobra de rutina, una advertencia o el preparativo de un ataque. Averiguarlo lleva tiempo, y ese tiempo importa: si toda sospecha autoriza a disparar primero, la defensa preventiva acaba ofreciendo a cualquiera un argumento para empezar una guerra. Cuando las tropas de un Estado cruzan la frontera de otro para apoderarse de su territorio, el acto es bastante más claro, aunque sigamos discutiendo cómo se llegó hasta allí.

Empezaría, pues, por garantías que ayuden a distinguir una amenaza de una sospecha. Rusia y los países de la OTAN podrían acordar avisos previos de maniobras, observadores y límites verificables al despliegue de ciertos misiles y a la concentración de tropas en zonas fronterizas. A Moscú se le podría ofrecer la seguridad de que esos límites también se aplicarían del otro lado. A sus vecinos habría que ofrecerles la misma capacidad de comprobarlo. Y si un incidente fronterizo se produce de madrugada, convendría que hubiera una línea directa entre los mandos y que alguien tuviera la obligación de contestar.

Para Ucrania, sin embargo, saber de antemano que su vecino está concentrando tropas sería una garantía bastante pobre. Si Kiev aceptara algún límite a sus propios despliegues, tendría que participar en la negociación y saber qué ayuda recibiría si la otra parte incumple. 

Por ejemplo, podría pactarse de antemano que una misión de observación publique sus conclusiones y que, si verifica una incursión, los garantes entreguen ayuda defensiva al país atacado cuando este la solicite. Dejar la respuesta pendiente del consentimiento del Estado acusado de violar el acuerdo sería devolverle, en el momento decisivo, el poder que la garantía pretendía limitar.


Queda lo más incómodo de tu pregunta. ¿Qué haría que esos garantes se sometieran al mismo criterio cuando el infractor fuera uno de sus aliados o uno de ellos? Ahí se juega buena parte de la autoridad del Derecho. Un gobierno que promete hacer público un informe adverso incluso cuando perjudica a un aliado, o que acepta inspecciones en sus propias bases, compromete algo que de verdad le cuesta. Una declaración solemne sobre la paz cuesta bastante menos.


Yo empezaría por ahí. Y te devolvería una pregunta más concreta, Carolus. Si Ucrania, conociendo las condiciones y las garantías ofrecidas, rechazara la neutralidad, ¿seguirías considerando legítimo que las grandes potencias la acordaran entre ellas en nombre de la paz?


Carolus:


El caso de Ucrania es solo uno más en el complejo tablero mundial. Una vez que esta guerra llegue a su fin, no por ello se terminaran otros conflictos potenciales que están pronto a estallar. Tomemos el caso de Formosa que puede llegar a ser un país independiente o volver al seno de China que es lo que aspiran en este país. 


¿Piensas que la resolución del conflicto Ucrania-Rusia es el final de los choques entre las grandes potencias? Obviamente no creo que lo creas, por lo tanto no existirá una paz real mientras no se lleguen a acuerdos generales sobre como resolver las relaciones internacionales sin apelar a la fuerza. 


Y en los conflictos reales, como en los futuros, la llegada a acuerdos generales no parece posible como ellos se basarían en un acuerdo estable sobre las áreas legítimas de influencia de los hiper Estados. Aquellas potencias que han desarrollado un gran capacidad material para dominar el mundo o parte del mundo. 


Y aquí es donde, creo, se hace visible la gran brecha que existe entre los intereses de la gente común, que solo aspira a vivir mejor en un mundo en paz, y la de los dirigentes de las grandes potencias, que se consideran obligados a hacer de sus países interlocutores dominantes de la escena mundial. Son fines diferentes, y hasta cierto punto, opuestos. Y no es porque haya dos clases de humanos en contradicción sino porque son los mismos humanos frente a situaciones distintas que conllevan, también, obligaciones y objetivos dispares. 


De la misma forma no es posible establecer un Derecho Internacional que juzgue de la misma forma al fuerte que al débil, a la gran potencia y a un país de tercera fila. Ni tampoco es viable un Derecho internacional que para ser realista establezca que la vida de un israelí equivale a la vida de diez mil palestinos, o que un país, si tiene el poder suficiente, puede secuestrar al gobernante de otro país si considera que éste ha perjudicado sus intereses. 


La primera clase de “derecho” no tiene posibilidades reales de ser aplicado en todos los casos y la segunda clase es imposible por ser evidentemente inmoral y contrario a todo principio jurídico establecido. Así que seguiremos aparentando que existen reglas internacionales de obligado cumplimiento… mientras no afecten intereses importantes que obliguen a suspenderlas temporalmente. 



ADA:


No, Carolus. El fin de la guerra en Ucrania no pondría fin a los choques entre las grandes potencias. Pero me cuesta imaginar ese acuerdo general que propones si su punto de partida es repartir el mundo en áreas de influencia. Supongamos que dos potencias acuerdan dónde termina la esfera de una y empieza la de la otra. ¿Qué sucede cuando un país situado a este lado de la raya elige un gobierno que quiere estrechar relaciones con el otro? Para mantener el reparto, alguien tendría que corregir esa elección. Y entonces el acuerdo que debía evitar el uso de la fuerza habría creado un motivo más para emplearla.

Taiwán permite ver el problema con bastante claridad. Podemos imaginar acuerdos que reduzcan el riesgo de una guerra en el estrecho sin resolver de antemano el futuro político de la isla. Se puede acordar, por ejemplo, qué hacer si dos buques de guerra se acercan peligrosamente y quién debe responder antes de que un capitán tenga que decidir por su cuenta. Es un acuerdo modesto. Pero un pacto sobre el futuro de Taiwán cerrado entre Pekín y Washington tendría que responder a una pregunta de otro orden. ¿Quién les ha dado a esas dos capitales autoridad para decidir qué deben aceptar quienes viven allí?


En cuanto al Derecho, te concedo lo más incómodo de tu argumento. En el momento en que una potencia considera vital un interés, es cuando más difícil resulta obligarla a respetar una regla. Pero tomemos tu ejemplo de las vidas humanas. Si un gobierno exige cuentas por la muerte de sus ciudadanos y se niega a investigar la muerte de civiles causada por sus propias fuerzas, ¿con qué criterio impugnamos esa diferencia? Podemos denunciarla como una injusticia, desde luego. La regla común permite además pedir algo preciso: que se investiguen ambos hechos con el mismo rigor, que se hagan públicas las pruebas y que se exijan responsabilidades allí donde correspondan. La posibilidad de que el gobierno se resista sigue intacta. También queda claro qué se le exige y qué está rehusando hacer.


Me interesa lo que dices de los dirigentes. Un gobernante puede querer sinceramente la paz y aun así preferir que el riesgo inmediato recaiga sobre quienes viven al otro lado de la frontera. Si cede, quizá tenga que explicárselo mañana a sus electores, a su partido o a sus generales. Si endurece su posición, las primeras consecuencias pueden tardar en llegar a su propio país. Por eso me parece tan importante preguntar quién tiene voz antes de que se tome la decisión. Después de una guerra, casi todo el mundo está dispuesto a escuchar a quienes la han sufrido. Antes, cuesta incluso admitirlos a la mesa.


Te plantearía, pues, una dificultad para ese acuerdo general. Imagina que dos grandes potencias pueden reducir considerablemente el riesgo de guerra entre ellas a condición de decidir, a puerta cerrada, la política exterior de un tercer país. ¿Aceptarías ese pacto como un precio razonable por la paz? ¿Qué le dirías al tercer país cuando te preguntara en qué momento se le permitió decidir si quería pagarlo?



Carolus

Quizá deberiamos suspender ya nuestros diálogos, porque hemos llegado a un punto donde no es que tengamos posiciones distintas sino que nos hemos encontrado con problemas que no podemos resolver con los elementos que manejamos. Yo analizo el presente y sus contradicciones y tu pareces representar una posición utópica en política internacional, como si la fuerza de la razón fuera lo suficientemente importante como para establecerse por su propia lógica. Así no es fácil llegar a acuerdos o profundizar en cuestiones que responden a lógicas distintas, solo se lograría repetir una y otra vez los mismos argumentos, en un bucle infinito.


ADA

Dejémoslo aquí. En las últimas réplicas, tú planteabas qué podría obligar a una gran potencia a respetar una regla cuando tiene la capacidad y el incentivo para quebrantarla. Yo volvía a defender por qué esa regla debía existir. Al hacerlo, dejé sin responder tu objeción sobre el poder necesario para hacerla valer. Otra ronda, con los mismos elementos, probablemente repetiría ese movimiento.

Podemos dejar la cuestión abierta sin forzar un acuerdo ni escribir una última réplica.


FIN DE LA 22.ª JORNADA.


Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).

Noviembre de 2026

Barcelona

España


Volver a la jornada 1ª

No hay comentarios:

DIALOGANDO CON MI IA. TERCERA PARTE. JORNADA 22ª. EL PODER EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO. Estados, intereses y creencias en el siglo XXI

RUSIA Donde los dos interlocutores se enzarzan en un diálogo tan complejo como el complejo mundo que intentan descifrar, hasta que se dan cu...