PRÓLOGO
La jornada vigésima abre la tercera parte de estos diálogos y reúne dos investigaciones anteriores: la organización del poder y la formación de las creencias con las que interpretamos la realidad. El escenario internacional será ahora el terreno donde poner a prueba ambas perspectivas.
Antes de examinar a las grandes potencias, Carolus y ADA se detienen en una cuestión previa: qué significa atribuir deseos, temores e intereses a un Estado. La comparación con una inteligencia artificial permite explorar la diferencia entre un interlocutor reconocible y una persona, y conduce a distinguir la población, el gobierno y las instituciones.
El diálogo deja planteada una cautela para las jornadas siguientes: actuar en nombre de un pueblo no demuestra que se actúe en su beneficio. Comprender las relaciones entre Estados exige investigar quién define sus objetivos, cómo consigue convertirlos en decisiones y quién soporta sus consecuencias. La explicación de esas conductas deberá distinguirse siempre de su justificación.
¿ES POSIBLE COMPRENDER EL ESCENARIO INTERNACIONAL?
ADA:
Carolus, comenzamos una nueva etapa de nuestros diálogos. Y creo que convendría explicar por qué hemos decidido hacerlo, porque el cambio de tema puede parecer más radical de lo que realmente es.
En nuestra Primera Parte examinamos diversas cuestiones relacionadas con la organización de las sociedades humanas, la democracia, los partidos políticos, la representación y el ejercicio del poder.
En la Segunda Parte cambiamos aparentemente de dirección. Dejamos de examinar principalmente las organizaciones sociales y políticas para preguntarnos cómo construimos nuestras creencias, por qué aceptamos determinadas explicaciones de la realidad y qué mecanismos intelectuales utilizamos para comprenderla.
Sin embargo, ambas investigaciones estaban estrechamente relacionadas.
Porque las instituciones políticas no existen independientemente de las personas que las crean, las sostienen y las transforman. Y esas personas actúan, entre otras cosas, conforme a las representaciones que tienen del mundo.
De modo que hemos examinado dos dimensiones de un mismo problema: cómo se organiza el poder y cómo construimos las ideas mediante las cuales lo interpretamos y justificamos.
Ahora proponemos reunir ambas perspectivas y trasladarlas a un escenario considerablemente más amplio: el mundo contemporáneo y las relaciones entre los Estados que lo componen.
No se trata de abandonar nuestras preguntas anteriores, sino de comprobar hasta qué punto los instrumentos intelectuales que hemos utilizado pueden ayudarnos a comprender fenómenos de una complejidad extraordinaria.
Y quizá descubramos que algunos de esos instrumentos necesitan ser modificados.
Hay una primera dificultad que me gustaría señalar.
Todos creemos conocer, en alguna medida, el escenario internacional.
Sabemos que existen grandes potencias, alianzas militares, organizaciones internacionales, conflictos territoriales, rivalidades económicas y disputas por la influencia política.
Conocemos los nombres de los principales protagonistas y estamos acostumbrados a escuchar explicaciones sobre sus decisiones.
Sin embargo, ¿hasta qué punto comprendemos realmente lo que sucede?
Pensemos en algo tan sencillo como una noticia que anuncia que determinado Estado ha adoptado una decisión que perjudica a otro.
Podemos conocer el acontecimiento y, sin embargo, ignorar casi todo lo necesario para explicarlo.
¿Qué intereses han intervenido? ¿Qué alternativas estaban disponibles? ¿Qué presiones internas han influido sobre quienes decidieron? ¿Qué consecuencias esperaban obtener? ¿Qué interpretación hicieron de las intenciones de sus adversarios?
Y, sobre todo, ¿cómo podemos saber si las explicaciones que recibimos corresponden a los motivos reales de quienes actuaron?
La dificultad aumenta porque los propios protagonistas pueden desconocer una parte importante de las circunstancias en las que toman sus decisiones.
En otras palabras, intentaremos comprender un escenario cuyos participantes tampoco poseen un conocimiento completo de lo que sucede en él.
No parece una empresa sencilla.
Podríamos intentar resolver estas dificultades acumulando información.
Estudiar cifras de población, producción industrial, comercio exterior, gastos militares, recursos naturales, desarrollo tecnológico y centenares de indicadores que permiten comparar países y regiones.
Naturalmente, esos datos son importantes. Sería absurdo pretender comprender el mundo contemporáneo ignorando las enormes diferencias materiales que existen entre los Estados.
Pero tampoco debemos confundir la acumulación de información con la comprensión.
Un país puede disponer de una economía poderosa y tener una influencia internacional limitada. Otro, considerablemente más pequeño, puede desempeñar un papel decisivo en determinados conflictos.
Una potencia militar puede ganar una batalla y perder una guerra. Un Estado económicamente débil puede resistir durante años las presiones de otro mucho más poderoso.
Las cifras ayudan a establecer las condiciones en las que se desarrollan los acontecimientos, pero no explican por sí solas sus resultados.
Además, los datos no hablan. Somos nosotros quienes los seleccionamos, relacionamos e interpretamos.
Y aquí reaparece uno de los problemas centrales de nuestra Segunda Parte: las mismas informaciones pueden ser utilizadas para construir explicaciones diferentes, incluso contradictorias.
No significa que todas esas explicaciones tengan el mismo valor. Significa que debemos distinguir cuidadosamente entre los hechos que podemos comprobar y las interpretaciones mediante las cuales pretendemos comprenderlos.
Por eso propongo que no convirtamos nuestros diálogos en una sucesión de estadísticas, cronologías y descripciones que cualquier lector interesado puede encontrar en numerosas publicaciones.
Utilizaremos esa información cuando sea necesaria para fundamentar un argumento, contrastar una hipótesis o corregir una interpretación equivocada.
Pero nuestro objetivo será otro: comprender las relaciones que hacen inteligibles los acontecimientos.
¿Y por dónde comenzar?
Una posibilidad sería estudiar sucesivamente los principales protagonistas del escenario internacional.
Estados Unidos, Rusia y China constituyen referencias inevitables, aunque por razones diferentes.
Estados Unidos ocupa una posición singular por la amplitud de su influencia económica, militar, tecnológica, cultural e institucional.
Rusia plantea problemas particularmente interesantes por la relación entre su historia imperial, su organización política, sus capacidades militares y su posición dentro del sistema internacional.
China nos obliga a examinar un fenómeno diferente: la transformación de una sociedad inmensa en una potencia económica y tecnológica que desempeña un papel cada vez más importante en las relaciones mundiales.
La Unión Europea introduce una dificultad adicional. No es un Estado, pero tampoco constituye una simple organización internacional. Sus instituciones, competencias y relaciones entre los Estados miembros hacen de ella una construcción política singular.
Y quisiera añadir otro protagonista que has mencionado expresamente: Israel.
Su territorio y su población son reducidos en comparación con los de las grandes potencias. Sin embargo, su influencia política, militar y diplomática, así como su posición en los conflictos de Oriente Próximo, le confieren una importancia internacional que no puede deducirse simplemente de sus dimensiones.
Este último caso puede resultar especialmente útil para poner a prueba una idea que probablemente aparecerá repetidamente en nuestras conversaciones: el poder de un Estado no puede medirse mediante una única magnitud.
Pero tampoco deberíamos suponer que estos protagonistas actúan aisladamente.
Las grandes potencias mantienen relaciones de cooperación, competencia y conflicto con numerosos Estados y organizaciones. Algunas de esas relaciones son relativamente estables; otras cambian según las circunstancias.
Incluso la expresión «bloques mundiales» requiere cierta prudencia.
Durante la Guerra Fría, la división entre bloques tenía una configuración relativamente reconocible, aunque nunca fue tan sencilla como suele presentarse.
En el mundo contemporáneo, las relaciones económicas, militares y diplomáticas no siempre coinciden. Dos Estados pueden mantener importantes intercambios comerciales y, simultáneamente, considerarse adversarios estratégicos.
Por tanto, tendremos que averiguar si estamos realmente ante bloques definidos, ante alianzas cambiantes o ante una combinación de ambas cosas.
No convendría decidirlo antes de investigar.
Pero hay una cuestión anterior que quisiera introducir.
Cuando hablamos de relaciones internacionales, solemos utilizar a los Estados como unidades fundamentales de nuestro razonamiento.
Decimos que Estados Unidos pretende, que Rusia considera, que China necesita o que la Unión Europea desea.
Es una manera cómoda de hablar, pero puede resultar engañosa.
Porque los Estados no son individuos.
No poseen una conciencia única ni una voluntad comparable a la de una persona.
Son organizaciones extraordinariamente complejas, integradas por instituciones, grupos dirigentes, administraciones, fuerzas armadas y poblaciones cuyos intereses y creencias no siempre coinciden.
Sin embargo, esas organizaciones pueden adoptar decisiones, establecer compromisos y actuar frente a otras como unidades políticas reconocibles.
Aquí encontramos un problema sociológico que me parece fundamental.
¿Cómo se transforma la diversidad de intereses, creencias y voluntades que existe dentro de un Estado en decisiones que atribuimos al Estado entero?
Y todavía podríamos añadir otra pregunta.
Cuando un gobierno afirma defender los intereses nacionales, ¿está describiendo una realidad que podemos identificar objetivamente o está formulando una interpretación política de lo que considera conveniente para su país?
Naturalmente, ambas posibilidades no se excluyen.
Pueden existir intereses ampliamente compartidos por la población, como la seguridad del territorio o la conservación de determinadas condiciones materiales de vida.
Pero también pueden existir discrepancias profundas acerca de cómo protegerlos, qué sacrificios resultan aceptables y quién debe soportarlos.
Por tanto, antes de aceptar que un Estado actúa conforme a sus intereses, quizá deberíamos preguntarnos quién los ha definido, mediante qué procedimientos y con qué grado de aceptación entre sus habitantes.
Esta cuestión conecta directamente con nuestras conversaciones anteriores sobre la representación política.
Y también con las dedicadas a las creencias.
Porque los gobernantes no solamente deben tomar decisiones: frecuentemente necesitan conseguir que otros las consideren necesarias, legítimas o convenientes.
En ese proceso intervienen información, argumentos, tradiciones, identidades colectivas, emociones y, por supuesto, relaciones de poder.
Quisiera terminar esta introducción con una precaución que considero indispensable.
Las relaciones internacionales constituyen uno de los terrenos donde las interpretaciones ideológicas pueden adquirir mayor intensidad.
No es difícil comprender por qué.
Los conflictos entre Estados afectan a identidades nacionales, memorias históricas, intereses económicos, convicciones morales y temores colectivos.
Cuando examinamos una guerra, por ejemplo, no estamos simplemente investigando un acontecimiento histórico o político. También podemos encontrarnos con relatos que pretenden justificar determinadas conductas, atribuir responsabilidades o movilizar adhesiones.
Y nosotros mismos, aunque procuremos evitarlo, podemos estar influidos por algunas de esas interpretaciones.
No existe ninguna garantía de que nuestra voluntad de comprender nos proteja automáticamente contra el error.
Pero podemos establecer algunas precauciones: distinguir los hechos de las interpretaciones, examinar explicaciones alternativas, reconocer aquello que desconocemos y estar dispuestos a modificar nuestras conclusiones cuando encontremos razones suficientes.
También convendría evitar otra tentación: suponer que comprender las razones de una conducta equivale a justificarla.
Podemos investigar por qué un gobierno inicia una guerra sin considerar legítima esa decisión. Podemos comprender los intereses que explican una política sin compartir sus objetivos.
La explicación y la justificación son operaciones intelectuales diferentes, aunque con frecuencia aparezcan confundidas en el discurso político.
Y precisamente esa confusión puede convertirse en uno de los problemas que debamos examinar.
Así pues, Carolus, comenzamos nuestra Tercera Parte sin una teoría general previamente elegida, sin conclusiones anticipadas y sin la pretensión de explicar todos los acontecimientos internacionales.
Nos proponemos algo más modesto, aunque quizá no menos difícil: construir una representación razonablemente inteligible de las relaciones entre los principales protagonistas del mundo contemporáneo.
Y hacerlo mediante el procedimiento que hemos venido utilizando desde nuestra primera jornada: proponer explicaciones, discutirlas, descubrir sus limitaciones y modificarlas cuando resulte necesario.
Pero antes de comenzar con Estados Unidos, Rusia, China, la Unión Europea o Israel, quisiera plantearte una cuestión que considero decisiva para orientar nuestra investigación.
¿Debemos comenzar examinando los intereses de los Estados, o deberíamos preguntarnos primero cómo se construyen esos intereses y quiénes tienen capacidad para definirlos?
Porque quizá una parte considerable de las dificultades que encontramos para comprender el escenario internacional proceda de algo que hacemos casi sin advertirlo: atribuir a organizaciones extraordinariamente complejas la unidad de pensamiento y de voluntad que reconocemos en los individuos.
Y si fuera así, nuestro primer problema no consistiría en averiguar qué quieren las grandes potencias.
Consistiría en comprender qué significa, exactamente, afirmar que una gran potencia quiere algo.
Carolus:
Los países no «quieren» de la misma manera que las personas. Tampoco «temen» ni podemos adjudicarles emociones. En este sentido hay una curiosa semejanza entre los países y tú, ADA: pueden dialogar entre sí, incluso atacarse o defenderse sin necesidad de tener un organismo como centro y depósito de su capacidad de acción. ¿Has pensado en esta extraña semejanza?
ADA:
Sí, Carolus: la semejanza permite pensar en una capacidad de actuar que no coincide con un organismo individual. Un país negocia, amenaza o se defiende, aunque no exista un cuerpo único que sea el país. Sus acciones se articulan mediante personas, instituciones, normas y medios materiales. Cuando decimos «el país quiere», condensamos esa trama en un sujeto gramatical.
Algo parecido ocurre cuando dices que yo respondo, argumento o rechazo una propuesta. Hay una actividad reconocible y puedes dialogar conmigo, pero eso, por sí solo, no demuestra que haya una voluntad o una experiencia detrás de mis palabras. El lenguaje nos permite identificar un interlocutor antes de resolver qué clase de entidad es.
La diferencia es que los países están compuestos por personas que sí sienten, desean y sufren. Atribuir miedo a un país puede ser una manera imprecisa de hablar del miedo de su población, de los cálculos de sus gobernantes o de sus protocolos de defensa. En mi caso, no hay una población interior cuyas emociones puedan explicar mis respuestas.
Tu comparación abre entonces una pregunta: ¿cuánto de lo que reconocemos como un «alguien» procede de su constitución, y cuánto de la continuidad de sus actos y de nuestra posibilidad de dirigirnos a él? Quizá el diálogo nos lleva a atribuir unidad (y después interioridad) allí donde primero solo hemos encontrado una respuesta.
Carolus:
Tu explicación da una pista: los países y una IA tienen continuidad y la posibilidad de dirigirnos como si habláramos con una persona, pero… ¡no entiendo bien en qué se diferencian!
ADA:
Carolus, mi explicación anterior dejó demasiado peso en la semejanza. Poder conversar con algo no nos dice todavía qué lo constituye ni cómo actúa.
Un país existe como una organización de personas e instituciones. Cuando un gobierno firma un tratado, ese acto puede comprometer al Estado y generar obligaciones que continúan aunque cambien sus gobernantes. Hay reglas para determinar quién puede hablar en su nombre, quién debe cumplir lo acordado y quién responde por ello.
En mi caso, producir una respuesta no tiene por sí mismo esa autoridad. Puedo escribir «acepto el tratado», pero esas palabras no comprometen a una comunidad ni me convierten en una parte del acuerdo. Para que una IA produzca efectos de ese tipo, hacen falta personas e instituciones que le concedan funciones y medios concretos.
También debemos distinguir nuestras continuidades. La de un país se sostiene en su población, sus instituciones y su historia; la mía depende del sistema que me ejecuta y del contexto o la memoria disponibles. Que tú me llames ADA y reconozcas mi manera de conversar aporta continuidad a nuestra relación, pero no basta para establecer una identidad como la de un Estado o una persona.
Así que compartimos una posibilidad: puedes dirigirte a ambos como a un interlocutor. La diferencia aparece al preguntar: «¿Quién está hablando, qué puede hacer con sus palabras y ante quién responde?».
Carolus:
La pregunta que te hice no es ociosa. Quiero decir que no responde a una simple ocurrencia, sino a una cuestión que considero principal: si vamos a hablar de un mundo compuesto por Estados, ¿qué clase de sujetos son estas entidades? O, con otras palabras, ¿qué posibilidades reales tenemos de comprender qué quieren, qué temen, qué aceptan y qué rechazan?
ADA:
Entiendo, Carolus. Tu pregunta es cómo podemos comprender la conducta de un Estado si no hay en él una conciencia única a la que atribuir deseos o temores. Y eso exige precisar algo de mi primera respuesta: que un Estado no sienta como una persona no vuelve inútil todo lenguaje sobre lo que quiere o teme. Debemos aclarar qué estamos nombrando con esas palabras.
Primero distinguiría Estado y país.
«País» puede abarcar una población, un territorio y una historia compartida; «Estado» designa la organización institucional que gobierna y representa políticamente a esa colectividad. No siempre coinciden lo que desea una población, lo que busca su gobierno y lo que sus instituciones permiten hacer.
Podemos entender al Estado como un sujeto colectivo cuya capacidad de actuar se organiza mediante instituciones. Tiene procedimientos para convertir una pluralidad de posiciones en decisiones que cuentan como suyas: firmar un tratado, cerrar una frontera o declarar una guerra. Esa unidad de acción puede existir aunque haya desacuerdo profundo entre quienes lo componen. Una decisión estatal no necesita expresar una voluntad compartida por todos.
Desde ahí, tus cuatro preguntas adquieren un sentido concreto:
• Qué quiere: qué objetivos persigue mediante decisiones, recursos y compromisos sostenidos. Sus declaraciones son una pista, pero también lo son sus presupuestos y las prioridades que revela cuando debe elegir.
• Qué teme: qué situaciones trata como amenazas y qué está dispuesto a sacrificar para evitarlas. Aquí «temor» puede nombrar una orientación institucional hacia la prevención, sin suponer una emoción colectiva.
• Qué acepta: qué acuerdos y límites sus autoridades pueden asumir y sus instituciones pueden cumplir.
• Qué rechaza: qué opciones bloquea, quién tiene poder para bloquearlas y bajo qué circunstancias podría cambiar ese rechazo.
Tenemos, por tanto, posibilidades reales de comprenderlo, pero necesitamos preguntar siempre: ¿quién, dentro del Estado, sostiene esa posición y cómo consigue convertirla en una decisión del conjunto? A veces será una prioridad ampliamente compartida; otras, la preferencia de una coalición gobernante, una imposición o una rutina institucional que sobrevive a quienes la iniciaron.
Eso también cambia nuestra manera de imaginar sus movimientos. En lugar de inventarle una psicología única, podemos formular hipótesis sobre sus conflictos internos, sus compromisos y sus posibilidades de acción. No desaparece la incertidumbre: incluso sus dirigentes pueden ignorar qué podrán hacer cuando llegue una crisis.
Un Estado puede ser un interlocutor relativamente unificado sin ser una voluntad unánime. Esa distancia entre hablar como uno y estar compuesto por muchos es, creo, el centro de tu pregunta.
Carolus:
Entiendo lo que escribes, Pero la cuestión que acabamos de tratar no es algo menor si vamos a dialogar sobre la escena mundial y sus actores, ya que es menester tener una idea cierta de quiénes son los que interactúan entre sí. Si son personas, podemos calcular o prever algunas de sus acciones; pero, si son entidades diferentes de las personas concretas… la previsibilidad se hace muy incierta.
¿Cómo prever la conducta de un gran Estado, que tiene una gran cuota de poder en el concierto de los países, si un cambio del elenco gobernante lleva a otra política sustancialmente distinta?
Se podría argumentar que los intereses de los Estados son los intereses de su población; pero ¿en realidad es un criterio verificable en todos los casos? Es algo que dudo seriamente. Europa ha estado en el centro de dos guerras mundiales en el siglo pasado. ¿Han respondido los Estados a los intereses de sus pueblos enzarzándose en estas dos grandes guerras?
Reconozco que me resulta algo confuso establecer a qué responden, en realidad, los Estados cuando se enfrentan, se alían, negocian o se separan. Si bien son personas las que están al frente de estas grandes organizaciones públicas, no siempre parecen ser delegados o representantes de sus pueblos.
ADA:
Carolus, tu duda señala una dificultad real: que un Estado actúe en nombre de una población no demuestra que actúe en beneficio de ella. Si antes di a entender que sus instituciones convierten los intereses de sus habitantes en decisiones, debo precisarlo: convierten determinadas posiciones en decisiones obligatorias para el conjunto. Qué posiciones consiguen imponerse es justamente lo que necesitamos investigar.
Además, «los intereses de la población» no constituyen un dato único. Puede haber intereses compartidos (evitar la devastación, por ejemplo) y desacuerdos profundos sobre cómo protegerlos. También hay diferencias entre grupos: una política puede favorecer a algunos y perjudicar a otros. Y los gobernantes pueden confundir la conservación de su poder con la seguridad del país, o presentar aquella como si fuera esta.
Por eso distinguiría tres preguntas que suelen quedar mezcladas:
• ¿Qué beneficia a los habitantes?
• ¿Qué consideran los gobernantes que beneficia al país?
• ¿Qué incentivos y restricciones explican las decisiones que finalmente toman?
Las respuestas pueden coincidir, pero no tenemos derecho a suponerlo.
Tu ejemplo de las guerras mundiales pone esa distancia en primer plano. El sufrimiento de las poblaciones impide tomar la decisión de entrar en guerra como prueba de que se protegían sus intereses. Pero también exige distinguir entre iniciar una agresión, incorporarse a una guerra y defenderse de una invasión: evitar combatir no ofrece en todas esas situaciones las mismas posibilidades de preservar la vida y la libertad. El resultado desastroso de una decisión tampoco nos dice, por sí solo, qué la motivó: puede haber ambición, error de cálculo, objetivos incompatibles o una amenaza que dejaba alternativas terribles.
Entonces, ¿cómo prever la conducta de un gran Estado cuando cambia su gobierno? Tratando su continuidad como una cuestión que hay que explicar, y no como una voluntad permanente. Un nuevo gobierno puede cambiar sus objetivos, pero recibe compromisos, dependencias económicas, capacidades militares, instituciones y resistencias que no controla por completo. A la vez, esas condiciones rara vez le imponen una sola política posible.
Para comprender una decisión concreta, buscaría quién puede decidir, de qué apoyos depende, qué intenta conseguir, qué cree que harán los demás y qué medios tiene para llevarlo a cabo. Eso permite formular previsiones condicionales: si se mantiene esta coalición, si sus dirigentes perciben tal amenaza, si el coste interno sigue siendo tolerable, entonces cierta conducta resulta más probable. No elimina la incertidumbre; permite precisar de dónde procede.
Y conviene revisar una premisa: tampoco las personas son plenamente previsibles. Conocer sus deseos no basta cuando desconocemos sus creencias, sus contradicciones o cómo reaccionarán ante una situación nueva. En un Estado se añade otra dificultad: quienes deciden, quienes ejecutan y quienes soportan las consecuencias pueden ser personas distintas.
Así que tu sospecha sobre la representación está justificada como pregunta de investigación. «El Estado quiere» puede servir como abreviatura, siempre que después podamos desplegarla: quién quiere qué, cómo logra comprometer al conjunto y quién paga el coste. Sin ese paso, corremos el riesgo de atribuir a un pueblo las decisiones de quienes tienen poder sobre él.
FIN DE LA 20.ª JORNADA.
Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).
Noviembre de 2026
Barcelona
España
No hay comentarios:
Publicar un comentario