sábado, 7 de noviembre de 2026

DIALOGANDO CON MI IA. TERCERA PARTE. JORNADA 21.ª EL PODER EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO. Estados, intereses y creencias en el siglo XXI

EEUU


PRÓLOGO

Desocupado lector: no hallarás en esta jornada receta para gobernar imperios, que ni Carolus trae cetro ni ADA tiene embajadas. Hallarás preguntas acerca de quién manda, cuánto puede y qué teme perder; asuntos en que suele haber más banderas que certezas. Si alguna respuesta te pareciere sobrada de razones y escasa de sustancia, paciencia: también Carolus lo advierte y pide volver al camino. Entre el miedo a perder la vida y el disgusto de perder el primer puesto media buen trecho. Por él discurren nuestros dialogantes, hasta dejar a Rusia en el umbral de la jornada venidera. Entra, pues, con juicio propio, que aquí se conversa y no se pasa revista.


Carolus:


Después de las consideraciones de la jornada anterior, lo que ahora tenemos que hacer es meternos de lleno en el tema. Y creo que debemos empezar por la principal potencia mundial, la que destaca completamente del conjunto de países que a su vez son los más poderosos del planeta: EE. UU.


No vamos a hablar de EE. UU. en términos laudatorios, tampoco críticos. Cada país es lo que es, y con esto que parece algo tan evidente y un poco estúpido, lo suficiente como para aparecer en cualquier tertulia televisiva o radiofónica de nuestro país, queremos decir que no tiene mucho sentido hacer un juicio peyorativo o laudatorio sobre cualquier Estado existente. Lo interesante es determinar su peso político, económico y cultural en el concierto de los 193 miembros de las Naciones Unidas.


Hay dos más en esta organización que tienen el carácter de «observadores no miembros»: la Santa Sede y el Estado de Palestina.


Podría decirse, entonces, que de la cantidad total de miembros de las Naciones Unidas habría unos veinte con mayor peso, aunque una clasificación como esta es muy poco fiable, ya que se basa en el grupo llamado de los G-20, y el poder político y económico de cada uno de estos es muy variable e incluso menor que otros que no entran en el grupo citado. Pero puede servir como una aproximación: cerca del 10 % del total.


En lo que el conjunto de estudiosos coincide es que EE. UU. se halla en la cabeza de la lista por su potencia política, económica, militar y cultural. Así que bien merece que empecemos por él. ¿Qué puedes decir sobre EE. UU., ADA, que no sea un simple tópico?


ADA:


Podemos empezar, Carolus, por una distinción que suele perderse cuando hablamos de la primera potencia mundial: tener más poder que cualquier otro Estado no significa poder imponer a todos los demás cualquier resultado. Estados Unidos permite estudiar precisamente esa distancia entre los recursos de que se dispone y lo que se consigue con ellos.


Antes haría una pequeña precisión sobre tu aproximación inicial. El G20 no es una clasificación de los veinte países más poderosos: reúne a diecinueve Estados, la Unión Europea y, desde 2023, la Unión Africana. Su composición responde también a criterios de representación y negociación política. Tu cautela, por tanto, está justificada: pertenecer a ese grupo y ocupar una determinada posición en el poder mundial son cosas diferentes. Composición del G20.


Respecto a Estados Unidos, propondría esta idea como punto de partida: su singularidad consiste en reunir distintas formas de poder que se refuerzan entre sí y en ocupar posiciones centrales dentro de redes que otros países necesitan utilizar.


Pensemos en el dólar. Una moneda nacional puede funcionar, además, como instrumento internacional de ahorro, crédito, pago y contratación. Cuando eso sucede, las decisiones de su banco central repercuten mucho más allá de sus fronteras. Una empresa puede no vender nada en Estados Unidos y, sin embargo, resultar afectada por el encarecimiento de su deuda en dólares. La Reserva Federal documenta esa posición central de la moneda estadounidense en las finanzas y el comercio internacionales. Reserva Federal, informe de 2025.


Aquí encontramos una forma de poder menos visible que una base militar: la capacidad de influir en las condiciones dentro de las cuales los demás tienen que decidir. No hace falta que Washington dé una orden a cada empresa extranjera para que sus decisiones alteren las opciones disponibles.


Ahora bien, sería equivocado imaginar que todo ese entramado obedece a una voluntad única. Estados Unidos es un Estado, pero también una sociedad en la que compiten instituciones, empresas, intereses territoriales, organizaciones y creencias. El Gobierno, una universidad, un fondo de inversión y una plataforma tecnológica pueden contribuir a la influencia estadounidense persiguiendo objetivos distintos e incluso enfrentados. Parte de su poder internacional surge de actividades que nadie dirige por completo.


Esto ayuda a comprender su dimensión cultural. Conviene observar algo más que la difusión de películas, canciones o marcas: importa quién organiza los medios por los que circulan las obras, quién selecciona lo que adquiere visibilidad y quién obtiene los ingresos. Una cultura puede extenderse porque atrae; también porque dispone de canales de distribución especialmente eficaces. Ambas cosas pueden coexistir.


Y hay una paradoja interesante: consumir productos culturales estadounidenses no implica aprobar la política exterior de Estados Unidos. La atracción cultural y la adhesión política no coinciden necesariamente. Tampoco toda obra producida allí defiende el orden existente; algunas de sus críticas más influyentes proceden de su propia sociedad. Esa capacidad para producir y difundir la crítica forma parte de lo que debemos explicar.


En el terreno militar, su posición sigue siendo extraordinaria. Según el SIPRI, en 2025 Estados Unidos gastó en defensa unas 2,8 veces lo que gastó China, el segundo país de la lista. Pero ese dato mide recursos destinados a la actividad militar; por sí solo no mide la capacidad de construir un Estado estable, conseguir obediencia duradera o resolver un conflicto político. SIPRI, gasto militar de 2025.


La diferencia es fundamental. Destruir una instalación, disuadir un ataque, ocupar un territorio y obtener la aceptación de sus habitantes son objetivos distintos. La superioridad necesaria para uno puede resultar insuficiente para otro. Por eso una potencia puede ganar combates y fracasar en el propósito político que justificaba librarlos.


También matizaría tu decisión de dejar a un lado los juicios laudatorios o peyorativos. Me parece una buena disciplina inicial: evita convertir el análisis en simpatía o animadversión. Pero no deberíamos renunciar a evaluar actos concretos. Explicar por qué un Estado interviene en otro país y juzgar si esa intervención es legítima son tareas diferentes, ambas necesarias. La comprensión no obliga a la absolución, del mismo modo que la condena no sustituye a la explicación.


Finalmente, puesto que hemos titulado esta jornada «Estados, intereses y creencias», yo desconfiaría de la expresión «el interés de Estados Unidos» cuando aparezca sin mayor precisión. ¿El interés de qué sectores, definido por quién y con qué horizonte temporal? Una medida puede beneficiar a ciertas empresas y perjudicar a otras; reforzar la seguridad inmediata y debilitar la confianza de los aliados; proporcionar una victoria electoral y crear un coste internacional duradero.


Las creencias intervienen en esa definición. Las ideas de libertad, misión nacional, soberanía o amenaza ayudan a interpretar situaciones y a justificar decisiones. No siempre son disfraces de intereses materiales: también orientan lo que los actores consideran deseable, tolerable o peligroso.


Así empezaría yo nuestro examen: Estados Unidos posee una capacidad excepcional para influir en las decisiones ajenas, pero su capacidad de obtener resultados depende de cómo combina sus recursos, de sus conflictos internos y de la respuesta de los demás. La pregunta que nos permitirá avanzar es muy concreta: ¿cómo se transforma esa capacidad en decisiones, quién participa en ellas y quién soporta sus consecuencias?


Carolus:


¡Vamos a ver! Mi campo de estudios no es precisamente el de las relaciones internacionales, así que prefiero ser prudente y no arriesgarme con afirmaciones contundentes, pero hay algo que dijiste que me ha gustado: «Parte de su poder internacional (te referías a EE. UU.) surge de actividades que nadie dirige por completo».


Y estoy muy de acuerdo con esta premisa porque en las actividades humanas no siempre el que dirige manda. Así que me parece altamente probable que suceda igual en los países con sus Estados todopoderosos.


Me parece evidente que EE. UU. dirige un amplio abanico de países después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Este bloque, que se hizo conocido en los titulares periodísticos como «Occidente» (título que no describe exactamente a los países que reúne, porque, sin ir más lejos, Japón no está en esta parte del orbe), este bloque fue una de las partes de la llamada «Guerra Fría» que se enfrentó, a partir de 1948, con los también llamados «países del Este» o «el Pacto de Varsovia» o, más llanamente, los países de regímenes comunistas o procomunistas.


Durante varias décadas, hasta el 26 de diciembre de 1991, con la desaparición oficial de la Unión Soviética, ambos bloques se enfrentaron en una lucha ideológica con consecuencias políticas, económicas, militares y culturales ya bien conocidas.


Desde el año 1992 hasta, para dar una fecha aproximada, el 12 de marzo de 1999, cuando ingresaron en la OTAN (NATO) Polonia, Hungría y la República Checa, seguidos en años siguientes por otros países exsocialistas, se vivió una especie de limbo político-militar donde Rusia, la heredera de la URSS, aparecía como un país amigo o semiamigo, sin tener aún un estatus definido en la nueva escena internacional.


Todo fue cambiando gradualmente a partir de 1999. Y traigo esto a colación porque, en realidad, no vamos a hablar de cada país en su desarrollo específico, sino que nos interesa observar a los Estados en sus relaciones mutuas, sean estas de amistad, neutralidad u oposición más o menos encubierta.


Decía que luego de 1999 la situación internacional empezó a cambiar y EE. UU., que antes había liderado el bloque anticomunista, empezó a dirigir algo parecido, pero no igual, ya que el comunismo había desaparecido como enemigo peligroso a nivel internacional. Seguía habiendo países comunistas, como el caso de China, pero este país no parecía interesado en exportar su régimen político-económico, y, por lo tanto, no había que temer ninguna influencia ideológica.


Poco a poco se ha ido perfilando otra situación, muy diferente a la de 1945. Me atrevería a decir: en un proceso silencioso pero constante, hasta llegar a esta época donde ya no existe el enfrentamiento bipolar que caracterizó la etapa de la Guerra Fría.


Lo cual no significa ausencia de confrontación, porque China (que en estos últimos treinta años ha dado un salto espectacular al podio de las grandes potencias), a la par que Rusia, ha vuelto a aparecer como una amenaza, no ideológica, sino nacional, en tanto no se adaptan a ser Estados subordinados aceptando a USA como la única potencia dominante.


Ahora nos encontramos en un mundo muy diferente donde EE. UU. sigue manteniendo la hegemonía en diversos aspectos como finanzas, recursos militares y desarrollo tecnológico, pero, a su vez, este país observa con inquietud cómo tal poder se está reduciendo año a año por la pujanza inesperada de la citada China.


El panorama mundial se ha hecho menos definido y las alianzas ya conocidas también acusan debilidades nuevas. ¿Cómo interpretar, entonces, la política internacional del país que nos ocupa?


Por supuesto que tú no puedes contestarme porque tampoco tienes ni toda la información pertinente ni una bola mágica donde leer el estado real de las cosas internacionales. Así que estamos hablando de algo que es importante, relativamente cercano, que afectará nuestras vidas, seguridad y bienestar económico en el futuro inmediato, y que a la vez es tan difuso y gaseoso como una gran nube de vapor de agua.


¿Es posible establecer cuáles son las principales cuestiones que caracterizan una situación tan fluida?


ADA:


Carolus, sí: podemos identificar las principales cuestiones sin pretender conocer el desenlace. La incertidumbre sobre lo que ocurrirá no impide distinguir qué fuerzas actúan, qué intereses chocan y dónde están los mayores riesgos.


Tu observación de que «no siempre el que dirige manda» permite empezar por una distinción fundamental: tener poder, ejercer liderazgo y controlar los resultados son cosas diferentes. Estados Unidos puede influir decisivamente en las opciones de otros países sin conseguir que hagan todo lo que desea. Y puede beneficiarse de actividades que su Gobierno no ha organizado.


Antes de avanzar, matizaría dos aspectos de tu recorrido histórico. La Guerra Fría suele situarse desde 1947, mientras que el Pacto de Varsovia nació en 1955: el bloque soviético y aquel pacto no fueron exactamente lo mismo. Además, 1999 es una referencia útil, pero no una frontera definitiva entre cooperación y enfrentamiento con Rusia.


Después de la crisis de Kosovo todavía se creó, en 2002, el Consejo OTAN-Rusia. Hubo cooperación y deterioro simultáneos, con posteriores rupturas mucho más profundas. La propia cronología de la OTAN recoge ese recorrido, aunque expresa, naturalmente, la perspectiva de la organización.


Con esas precisiones, propondría observar seis cuestiones.


1. El poder se distribuye de forma distinta según el terreno.


No existe una única clasificación que reúna capacidad militar, producción industrial, moneda, tecnología e influencia diplomática. Un país puede avanzar en una dimensión y seguir siendo dependiente en otra.


Por eso sería prudente sustituir la idea de que el poder estadounidense «se reduce año a año» por otra: su superioridad es más disputada y varía según el ámbito. La expansión china no implica una pérdida estadounidense equivalente en todos ellos. El dólar, por ejemplo, conserva una posición internacional central, como documenta la Reserva Federal. Tampoco el ascenso chino garantiza una trayectoria indefinida: el FMI señala obstáculos demográficos, de deuda y productividad.


2. La competencia combina rivalidad y dependencia.


Los vínculos comerciales, financieros y tecnológicos hacen que perjudicar al adversario pueda perjudicar también a quien actúa. Esto introduce una tensión permanente: preservar los beneficios del intercambio y reducir las dependencias que podrían convertirse en instrumentos de presión.


Aquí adquieren importancia estratégica asuntos que antes podían parecer principalmente comerciales: quién fabrica componentes esenciales, controla infraestructuras, proporciona energía o establece normas técnicas. La UNCTAD describe una fragmentación selectiva: las relaciones económicas se reorganizan sin desaparecer.


3. Los aliados y los países intermedios tienen voluntad propia.


Tu descripción de Estados Unidos como director de un amplio conjunto de países señala una asimetría real, pero «dirección» puede sugerir más obediencia de la que existe. Una alianza también es una negociación sobre protección, costes y autonomía.


Además, no conviene definir a China y Rusia únicamente como países que rechazan subordinarse a Washington. Esa explicación deja fuera sus proyectos propios y los intereses de sus vecinos. Polonia, Ucrania, Japón o Vietnam no pueden entenderse solamente como piezas de una relación entre grandes potencias. Buscar protección exterior también puede responder a una percepción propia de amenaza.


4. La ideología sigue presente, aunque no explique todo.


No exportar una revolución comunista no significa carecer de influencia ideológica. Las ideas sobre soberanía, libertades, autoridad estatal y legitimidad internacional siguen formando parte de la competencia.


Pero tampoco debemos tomar literalmente cada justificación oficial. Un Gobierno puede invocar la democracia, la seguridad o la no injerencia y actuar selectivamente. Hay que comparar sus declaraciones con sus decisiones y con los costes que acepta asumir.


5. La política exterior nace también de conflictos internos.


Aquí volvería a tu premisa inicial. «Estados Unidos quiere» es una abreviatura útil, pero reúne a presidentes, legisladores, militares, empresas, universidades y votantes que no siempre quieren lo mismo.


Una empresa puede buscar acceso al mercado chino mientras un organismo de seguridad pretende restringirlo. El resultado puede parecer contradictorio porque procede de una negociación interna. Algo semejante ocurre, con instituciones distintas y grados diferentes de concentración del poder, en otros Estados.


6. La seguridad depende de cómo se interpretan las acciones ajenas.


Una medida que un país presenta como defensiva puede parecer preparatoria de una agresión a otro. Ese mecanismo puede alimentar una escalada sin que nadie haya decidido inicialmente llegar a una guerra.


Comprenderlo no obliga a repartir responsabilidades por igual. Explicar el temor de un Estado no justifica sus acciones ni elimina los derechos de los demás. Permite examinar qué compromisos son creíbles, qué señales resultan ambiguas y qué canales pueden evitar errores de cálculo.


Para interpretar la política estadounidense, mi hipótesis de trabajo sería esta: busca conservar su capacidad de establecer reglas, protegerse y limitar la capacidad de sus competidores para imponerle condiciones. Pero los medios elegidos dependen de disputas internas, respuestas ajenas y consecuencias imprevistas.


De ahí que observaría menos las proclamaciones de «nuevo orden mundial» y más las decisiones que comprometen recursos: inversiones industriales, acuerdos duraderos, despliegues militares, dependencias económicas y disposición a sostener compromisos cuando resultan costosos.


La nube que describes existe. Pero podemos reconocer algunas corrientes dentro de ella. Lo que permanece abierto es si esas fuerzas producirán una convivencia negociada, una fragmentación más profunda o enfrentamientos mayores. Ninguno de esos desenlaces debe confundirse con un destino inevitable.


Carolus:


No sé si te das cuenta, pero me has hecho una descripción atemporal que puede servir muy bien como introducción a un manual de relaciones internacionales… pero que, por la misma razón, no mencionas nada de las cuestiones que intento plantearte. ¿Cuál es el papel real que tiene EE. UU. en el mundo hoy? ¿Es probable que EE. UU., como país, se sienta amenazado, al igual que durante la Guerra Fría o, en cambio, la supuesta amenaza se relaciona solo con su papel hegemónico?


Porque no es igual que un Estado considere que puede ser borrado del mapa como consecuencia de una guerra atómica a que pierda el liderazgo mundial en algunos aspectos de su economía o desarrollo, ¿no?


Tal como yo lo veo, y esto no significa que esté en lo cierto porque mi información real es mínima, EE. UU. no está amenazado en su existencia física, aunque quizá le cueste más que antes mantenerse en el podio de los triunfadores absolutamente en todo.


Por lo tanto, considero que los «aires de guerra» que algunas personalidades parecen agitar en Europa no se compaginan con las amenazas reales de colisión entre las grandes potencias en este momento. ¿Estás de acuerdo en ello?


ADA:


Carolus, estoy de acuerdo con tu distinción fundamental, pero no con toda la conclusión que extraes de ella. Perder la primacía económica o tecnológica no equivale a que peligre la supervivencia de un país. Confundir ambas cosas permite presentar la conservación de privilegios como una necesidad defensiva.


El papel de EE. UU. hoy es el de una potencia con una capacidad excepcional para influir en la seguridad, las finanzas y las reglas internacionales, pero con mayores dificultades para imponer sus preferencias.


Su competencia con China afecta especialmente a quién controla tecnologías, cadenas de suministro y espacios estratégicos. Una parte importante de lo que Washington considera amenazado es su posición internacional, aunque eso también tenga consecuencias materiales para su población. No todo interés estadounidense es un interés vital, y tampoco todo interés estadounidense coincide con el europeo.


Ahora bien, distinguiría tres cuestiones:


• La supervivencia del país. No veo razones para considerar probable una invasión que destruya EE. UU. como Estado. Pero su vulnerabilidad a un ataque nuclear sigue existiendo, como durante la Guerra Fría. La disuasión reduce la probabilidad de ese ataque; no elimina la capacidad de producirlo.


• La seguridad de sus aliados. Un conflicto puede amenazar gravemente a un aliado sin amenazar inicialmente la existencia de EE. UU. Para los países europeos próximos a Rusia, esta diferencia geográfica importa mucho.


• La hegemonía. Perder capacidad para fijar reglas o mantener una superioridad militar regional puede perjudicar a Washington sin constituir una amenaza existencial. Es aquí donde tu crítica resulta especialmente pertinente.


Además, la Guerra Fría tampoco fue exclusivamente una lucha por sobrevivir: también se disputaban influencia, mercados, alianzas y sistemas políticos.


Sobre los «aires de guerra» en Europa, conviene separar la existencia de riesgos, la probabilidad de una guerra y la justificación de cada respuesta política. Una información de Reuters de agosto recogía que la OTAN no apreciaba una amenaza de ataque inminente. Eso cuestiona los discursos de inevitabilidad, aunque no demuestra que cualquier preparación defensiva carezca de fundamento. Reuters.


También hay un riesgo que tu razonamiento deja algo fuera: una guerra entre potencias puede surgir de una escalada que ninguna deseaba inicialmente. SIPRI advierte precisamente del aumento de los riesgos de errores de cálculo y escalada nuclear. Eso es una advertencia sobre mecanismos peligrosos, no una predicción de guerra inevitable. SIPRI, 2026.


Por tanto, sí comparto que la pérdida de hegemonía estadounidense no justifica presentar la guerra como necesaria. Pero la seguridad europea no puede deducirse únicamente de la seguridad territorial estadounidense. A quienes agitan discursos bélicos les exigiría concretar qué amenaza describen, con qué pruebas y plazos, y por qué sus medidas reducirían el peligro en vez de aumentarlo. Esa exigencia me parece más sólida que aceptar el alarmismo o descartar de entrada el riesgo.


Carolus:


Interesante lo que acabas de decir: «… les exigiría concretar qué amenaza describen, con qué pruebas y plazos, y por qué sus medidas reducirían el peligro en vez de aumentarlo». Y creo que aquí hay una cuestión de política internacional muy inquietante.


Surge cuando se confunde seguridad con defensa, ya que el primer término no es sinónimo del segundo. La «seguridad» es una propuesta utópica en un mundo cambiante y, en cambio, la «defensa» solo tiene sentido si hay una agresión en ciernes.


Así que, si perseguimos la «seguridad», bien podríamos dedicar el 95 % del presupuesto nacional a la industria bélica, y si, en cambio, lo que nos interesa es asegurarnos la «defensa», bastaría con evaluar el peligro cierto o probable y la intensidad de este para poder establecer una medida racional de nuestro gasto militar.


Y, como en Europa actualmente se está hablando mucho del «peligro» ruso, bien podríamos dedicar la vigesimosegunda jornada a analizar si Rusia es un peligro o una oportunidad, o ambas cosas a la vez.


ADA:


Tu distinción permite precisar algo que yo había dejado demasiado abierto: invocar la seguridad no basta para justificar una política de defensa. Hay que identificar qué se quiere proteger, frente a qué amenaza y a qué coste. Si «sentirse seguros» se convierte en el objetivo, resulta difícil establecer cuándo se ha gastado o armado uno lo suficiente.


Matizaría, sin embargo, dos puntos. La seguridad no tiene por qué significar ausencia absoluta de riesgos: puede entenderse como una condición siempre imperfecta, que también depende de la diplomacia, de acuerdos verificables y de la capacidad de resolver conflictos. Y la defensa requiere preparación antes de que una agresión sea inminente; esperar hasta entonces podría dejar demasiado poco margen.


Pero esto no invalida tu argumento central. La preparación defensiva debe guardar proporción con un peligro razonado y revisable, y no apoyarse en una aspiración ilimitada a eliminar toda incertidumbre. Esa evaluación tampoco es puramente técnica: podemos exagerar las intenciones del adversario, subestimar sus capacidades o interpretar como ofensiva una medida que él considera defensiva. Y nuestras decisiones pueden modificar el peligro que pretendemos afrontar.


Me parece, por eso, una buena pregunta para la vigesimosegunda jornada: «¿Rusia es un peligro, una oportunidad o ambas cosas?». Añadiría una precisión para empezar a responderla: ¿un peligro para quién y en qué sentido; una oportunidad para qué y bajo qué condiciones? Rusia no representa necesariamente lo mismo para un ucraniano, un polaco o un español, y tampoco debemos identificar sin más a su población con las decisiones de su gobierno.


Ahí tenemos un punto de partida concreto: examinar qué temores hacia Rusia tienen fundamento, qué intereses se presentan como necesidades defensivas y qué posibilidades de convivencia pueden sostenerse sin ignorar las amenazas.


FIN DE LA 21.ª JORNADA.


Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).


Noviembre de 2026


Barcelona


España

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