domingo, 29 de marzo de 2026

Jesús, hombre

“Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe” 

Pablo de Tarso. Carta a los corintios.

Índice:

  1. Prólogo
  2. El Jesús real
  3. Los primeros trescientos años
  4. Autores que estudian a Jesús como hombre


  1. Prólogo


Los siglos que siguieron a la muerte de Jesús constituyen uno de los períodos más complejos y difíciles de interpretar de la historia religiosa del Mediterráneo antiguo. Lejos de tratarse de un proceso lineal, el surgimiento del cristianismo fue el resultado de una serie de desarrollos diversos y, en muchos casos, contradictorios. En ese contexto, la figura de Jesús de Nazaret comenzó a adquirir una relevancia creciente gracias, entre otros factores, a la actividad misionera de Pablo de Tarso, quien reinterpretó su significado en un marco que trascendía el ámbito estrictamente judío.

La expansión del mensaje no implicó, sin embargo, la aparición de una interpretación uniforme. Por el contrario, las comunidades que comenzaron a formarse en distintas regiones del Imperio romano elaboraron comprensiones diversas acerca de la figura de Jesús y de su papel dentro del plan divino. Esta pluralidad de interpretaciones constituye uno de los rasgos más característicos del cristianismo de los primeros siglos.

El mundo mediterráneo del siglo I ofrecía un marco particularmente propicio para este tipo de difusión religiosa. Aunque políticamente integrado bajo la autoridad romana, el Imperio estaba formado por una gran diversidad de pueblos, tradiciones y prácticas culturales. Las redes comerciales y las rutas de comunicación facilitaban la circulación de personas e ideas, mientras que el uso extendido del griego —y, en menor medida, del latín— permitía un cierto grado de comunicación entre regiones distantes.

No obstante, la transmisión de información dependía en gran medida de la oralidad. Los textos escritos eran relativamente escasos y costosos de producir, por lo que la difusión de tradiciones religiosas se realizaba principalmente a través de predicadores itinerantes, comerciantes y viajeros. En ese contexto, los relatos sobre figuras religiosas, milagros o acontecimientos extraordinarios podían adoptar formas diversas a medida que se transmitían entre comunidades diferentes.

Dentro de este panorama religioso plural, el judaísmo ocupaba una posición singular. A diferencia de muchos cultos del mundo grecorromano, el judaísmo se articulaba en torno a una tradición textual consolidada y a una fuerte identidad colectiva. Sus Escrituras narraban la relación de alianza entre el Dios de Israel y su pueblo, y proporcionaban un marco interpretativo para comprender la historia como parte de un designio divino.

Durante el período del Segundo Templo surgieron en el seno del judaísmo diversas corrientes que compartían la expectativa de una intervención decisiva de Dios en la historia. En ese ambiente de esperanza escatológica se desarrollaron diferentes movimientos mesiánicos y proféticos. Jesús de Nazaret parece haber sido percibido por algunos de sus seguidores dentro de ese horizonte de expectativas.

Las tradiciones conservadas en los textos cristianos más antiguos presentan a Jesús como un predicador que anunciaba la proximidad del Reino de Dios. A él se le atribuyeron también acciones extraordinarias y curaciones, interpretadas por sus seguidores como signos de la inminente transformación del mundo. Tras su ejecución por crucifixión bajo la autoridad romana, algunos de sus discípulos reinterpretaron su muerte dentro de un marco teológico que afirmaba su exaltación y su papel central en los planes de Dios.

Las noticias acerca de su vida y enseñanzas circularon inicialmente en forma de tradiciones orales. Solo con el paso del tiempo comenzaron a fijarse por escrito en textos que hoy conocemos como los evangelios y otros escritos cristianos primitivos. Estas fuentes reflejan perspectivas diferentes y, en ocasiones, divergentes sobre la figura de Jesús y sobre el significado de su misión.

Para el historiador moderno, reconstruir este proceso resulta especialmente complejo. Las fuentes disponibles fueron redactadas varias décadas después de los acontecimientos y responden a contextos teológicos específicos. Por ello, la investigación histórica debe distinguir cuidadosamente entre las tradiciones más antiguas y las interpretaciones posteriores desarrolladas por las comunidades cristianas.

Uno de los riesgos más frecuentes en la interpretación histórica consiste en proyectar sobre los orígenes del cristianismo la imagen posterior de una religión unificada y doctrinalmente definida. Sin embargo, los estudios contemporáneos han puesto de relieve que las primeras generaciones cristianas estuvieron marcadas por una notable diversidad de creencias, prácticas y formas de organización.

La difusión y consolidación de una tradición religiosa no depende únicamente de factores materiales o políticos. Las creencias religiosas operan también en el ámbito de las representaciones simbólicas y de las expectativas colectivas. Ideas como la inminente transformación del mundo o la existencia de una realidad trascendente podían ejercer una influencia profunda sobre la conducta de las comunidades que las compartían.

Desde una perspectiva histórica, las religiones pueden entenderse como sistemas de interpretación que proporcionan sentido a la experiencia humana y articulan la relación entre la comunidad, el mundo y lo divino. En el caso del judaísmo, la noción de alianza expresaba una relación particular entre el pueblo de Israel y su Dios, basada en la fidelidad mutua y en el reconocimiento de una autoridad trascendente.

El cristianismo naciente se desarrolló inicialmente dentro de ese horizonte conceptual, aunque con el tiempo fue reinterpretando sus tradiciones en contextos culturales cada vez más amplios. En última instancia, la continuidad y expansión de estas creencias dependió de la adhesión de las comunidades que las transmitieron y reformularon a lo largo de las generaciones.

Es entonces conveniente establecer, primero, aquellos supuestos básicos en que nos basaremos en el siguiente estudio. Hay mucho que decir sobre Jesús. Se calculó que fueron más de cien mil los libros publicados sobre él en el siglo XX, no obstante, a pesar de la masa ingente de estudios, todos se pueden clasificar en dos grupos: los que aceptan la fe cristiana y lo consideran un dios, y los que no lo consideran más que un hombre que se distinguió en su época pero que nunca hizo nada que justificase ser un ser más-que-humano.

Con otras palabras: en este estudio, que se encuentra en el segundo grupo, Jesús fue un hombre, no un dios. Así que no hizo milagros, ni tenía línea directa con el creador del universo, ni renació una vez que expiró en la cruz. Todo este aspecto sobrenatural fue el resultado de la fe que en él depositaron sus discípulos, la gente que creyó en él durante su breve vida y los que, ya enterrado, decidieron que había resucitado y seguido comunicándose con sus seguidores.

A pesar de la densa niebla que el primer grupo de creyentes ha ido construyendo durante dos mil años, aún se pueden discernir, con alguna probabilidad, lo que efectivamente dijo y creyó hacer en sus años de Mesías y propagador de una nueva versión de la fe judía de su tiempo. 

Los escritos siguientes van mostrando lo que pienso sobre Jesús,  mostrando una versión desacralizada del mismo. Nadie sabe quién fue Jesús, y poco se sabe de lo que hizo, un poco más sobre su muerte, y todo lo que sigue es pura leyenda. Lo interesante del caso es que décadas después de muerto su figura renace en forma de mito alrededor del cual se construye, poco a poco, en los siglos siguientes una nueva religión que se basa en su leyenda y que recoge los textos judíos, la Biblia Hebrea como antecedentes pseudo históricos del propio Jesús. 

2. El Jesús real


De Jesús no queda ningún documento directo, ningún resto arqueológico, aunque son muchas las astillas que, se asegura, pertenecieron a la cruz en que acabó sus días, también hay restos de ropa, incluso de la lanza que la leyenda cuenta con la que los soldados romanos le infligieron una herida en su costado. Pero más tarde o más temprano se descubrió que todos ellos eran falsificaciones de siglos posteriores. Solo hay noticias indirectas de personas que dicen que lo conocieron y que a posteriori dejaron testimonios escritos de él. 

Por lo tanto todo lo que se diga de este hombre o es pura leyenda o solo son fragmentos aislados sujetos a múltiples interpretaciones; de éstas me quedo con aquella menos heroica y singular; es decir la de un hombre común con algunas características excepcionales, pero que, si consideramos la ley de los grandes números, podemos suponer que ha habido un número muy considerable de personas con similares condiciones, aunque, por supuesto, cada una viviendo en su época específica.

Visto así se podría decir de Jesús que fue un hombre algo más inteligente que la media y dotado de una poderosa imaginación. Un hombre que probablemente inspirado por su primo, Juan el Bautista, decidió ponerse en la piel de un profeta y sacudir a la gente de su medio con un programa profético bastante revolucionario. Es probable que se diera cuenta que tal cosa era muy peligrosa, pero, como suele suceder, el vértigo por la aventura, el aplauso de la gente y sobre todo tener seguidores que creyeran en él, fue un vino embriagador. 

Y así de idea en idea y de acción en acción fue provocando una ola gigantesca que lo llevó al cadalso. Una vez muerto nadie daba un duro por el profeta ejecutado, pero sucedió algo inesperado, un “cisne negro” en términos actuales, que lo hizo renacer de las cenizas del olvido: un hombre, Pablo de Tarso, dotado de una energía y un fanatismo insuperable. Pablo prefirió ser el oráculo del profeta crucificado, en vez de convertirse él en otro nuevo. Estas cosas pasan, y pasan mucho más a menudo de lo que podemos suponer. Un segundo hombre que acepta el papel secundario de “seguidor” pero que se convierte gracias a su talento y su energía en el verdadero y auténtico seguidor del otro, el gran hombre al cual decide representar.

Pero vayamos paso a paso:

Juan el Bautista, el iniciador

Juan se hizo famoso en Galilea bautizando, de ahí su nombre. Aseveraba que tal acto limpiaba los pecados, restablecía, por lo tanto la pureza inicial; aunque tal cosa no parecía evidente, ya que los pecados no se muestran ni dejan constancia visual, los sujetos bautizados sentían que tal cosa funcionaba, y por lo tanto nunca le faltaban clientes. 

Cuando Juan se hizo demasiado peligroso para Herodes Antipas, el tetrarca que gobernaba Galilea por orden de Augusto, éste mandó primero encerrarlo y luego cortarle la cabeza. Jesús, luego de la muerte de su primo, decidió poner tierra por medio y desplazarse fuera del dominio de Herodes, pero siguiendo y perfeccionando su papel de nuevo profeta. Le había tomado el gusto a agitar a las gentes y sobre todo a tener seguidores que le hicieran la vida más importante y también, todo hay que decirlo, más fácil.

Y de esta forma empezó la corta aventura de Jesús, que duró entre un año y tres, según los cronistas posteriores. De alguna manera Jesús descubrió que podía sanar a los enfermos, no a todos, pero sí a los más sugestionables. Eso más algunos trucos taumatúrgicos aprendidos nadie sabe donde, empezaron a aureolarle como un profeta profesional. Luego se retiró al desierto, hasta comprobar que Herodes no la tenía tomada con él, después predicó en tierras de Galilea, eso sí, alejado de las grandes ciudades y seleccionando con cuidado las aldeas campesinas que visitaba. Poco a poco se fue labrando cierta fama. 

El ambiente estaba preparado. En esa época habían surgido muchos profetas similares y todos, en sucesivos momentos, habían sido liquidados por los romanos que no veían bien tanta agitación. Y con razón porque no faltaban tampoco levantamientos judíos de poca monta, pero que alteraban la paz de la región ora aquí ora allá, ora acullá.

El que se haya hecho con doce seguidores es materia de leyenda. Es posible que fueran menos, también algunos más. Además Jesús caía muy bien a las mujeres y varias empezaron a acompañar a la tropa que lo seguía, haciéndose cargo de la parte logística, que siempre era menester en un grupo que se desplazaba de aldea en aldea; reuniendo gente, haciendo “milagros” y convocando a la gente porque el fin del mundo estaba al caer. 

Jesús había recibido ya desde niño alguna enseñanza. Sus padres se lo podían permitir y es seguro que conocía la Biblia judía tanto o igual que la gente del pueblo. También es probable que junto a su primo recibiera información más especializada sobre los principales profetas judíos, como Isaías, y sus principales textos. Así que no le habría sido difícil generar un discurso político-religioso siguiendo tanto lo que la gente pensaba como, también, lo que los principales profetas habían lanzado como proclamas en la historia anterior. 

En algún momento, Jesús tomó la decisión de seguir a rajatabla las profecías, mientras dejaba circular, sotto voce, que también pertenecía a la casa de David, lo que le confería un lustre especial. Prueba de ese cuidado fue que hizo que le procuraran un asno presentable para entrar en Jerusalén, pidiendo a sus seguidores que arrojaran ramas al suelo para que no pisara la tierra. Una buena representación teatral siempre fue muy popular.

Pero Jesús, por sí solo, no explica nada. Antes y después de él hubo otros semejantes; por eso conviene indagar en quienes lo impulsaron a convertirse en un mesías popular y, más tarde —cuando ya hacía tiempo que había muerto—, comenzaron a divinizarlo y a tejer su leyenda. Ningún caudillo, líder o profeta existe por sí mismo: siempre hay una multitud que lo respalda y contribuye a perfeccionar el relato que lo eleva y lo mantiene en lo alto, incluso mucho después de su desaparición.


3. Los primeros trescientos años


Jesús generó una secta judía, dentro del judaísmo, pero ésta se convirtió en otra cosa cuando Pablo se lanzó a la conquista de los gentiles, los paganos incircuncisos, que, sin embargo sentían alguna clase de predilección por la leyenda del profeta crucificado y que luego revivió, reunió a sus creyentes, les encomendó la misión trascendental de que el fin del mundo estaba al caer y luego volvió al cielo junto con su padre.


Al romper el judaísmo, o al hacerlo extensivo a los gentiles, Pablo generó no ya una nueva secta judaica sino una nueva religión… aunque al principio no se notó. Y pasó desapercibido porque no existía aún un molde definido para identificar la enseñanza del nuevo mesías. Se trataba de ampliar su convocatoria a todos, y Jesús no había hecho una clara distinción entre sus seguidores, entre judíos y gentiles. 


El primer aviso, se podría llamar así para los seguidores de Jerusalén, sucedió cuando Pablo empezó a predicar entre los gentiles, y al no obligar a los varones a circuncidarse no mantenía una obligación estrictamente judía. Los jerosolimitanos nazarenos, que aún se autodenominaban así, empezaron a inquietarse. Pero Pablo siguió aunque no hay duda de que era consciente de trasgredir la tradición judía. Solo que a Pablo le interesaba, por sobre cualquier otra consideración la importancia de extender la enseñanza de Jesús, tal como él la interpretaba. 


Poco a poco las diversas comunidades fundadas por Pablo se hicieron más grandes y la comunidad de Jerusalén fue decreciendo en su importancia, aunque aún seguía liderada por la estirpe de Jesús, primero en su hermano (o pariente cercano, no se sabe bien) Sebastian el Justo y luego en su primo Simón.


Pero la incansable labor de de Pablo más los aciagos momentos que sufrió la ciudad de Jerusalén, primero a manos de Tito y luego en años sucesivos con la destrucción completa de la capital, en el 130, hizo que la rama estrictamente judía quedara arrinconada. Al final venció la propuesta paulina y los nazarenos, ya denominados cristianos volaron libres de las ataduras del judaísmo, de sus rabinos y sus reglas minuciosas, aunque sí conservaron la Biblia no como libro fundamental sino como un agregado pretérito y profético. Lo que luego se llamó el Antiguo Testamento.


Aun la nueva religión carecía de libros sagrados propios, más las comunidades ya creadas pronto se hicieron con nuevos libros generados al calor de los dichos de Jesús, trasmitidos oralmente, y en algunos escritos que ya circulaban libremente. Algunos redactores de las nuevas comunidades cristianas compilaron los dichos de Jesús y, además, los ornamentaron con relatos sobre su vida de predicador, sus anécdotas durante su prédica, y su juicio que lo llevó a la crucifixión por orden de los romanos. Otros, con un poco más de imaginación, contaron como era Jesús cuando niño y como ya demostraba, desde la más tierna infancia, que su misión era trascendental.


Así fue creciendo los relatos sobre la historia de Jesús, a los que, con el tiempo y las persecuciones, se fueron agregando nuevas historias de mártires que hacía aún más creíble la figura central inicial.  Nada hace más verosímil una narración que la muerte voluntaria de otros que la defienden. Si la gente es capaz de entregar su vida por una causa ¿cómo se puede entonces dudar de la realidad de esa causa? Y en cuanto a persecuciones a los nazarenos, luego llamados cristianos, no faltaron. Había distintas razones para convertirse en blanco del odio popular así como del rechazo de las autoridades.


¿Por qué los primeros cristianos se convirtieron en los chivos emisarios de las autoridades?


Primero, porque era gente subversiva que, de manera muy singular, adoraban a un crucificado; castigo que solo se aplicaba a los esclavos rebeldes y a los que se levantaban contra Roma. 


Segundo, porque tenían un monoteísmo acérrimo, que rechazaba todas las religiones vigentes como falsas o perversas, incluyendo el culto al emperador. Eran, en consecuencia descreídos de todos los cultos tradicionales.


Tercero, porque formaban grupos cerrados, que tendían a apoyarse los unos con los otros en caso de necesidad y que, como todo grupo con fronteras nítidas, tiende a ser rechazado por los que quedan fuera de esa red protectora. 


Y cuarto, pero no de menos importancia, porque las mismas autoridades los señalaban por su conducta atea y perversa para los valores vigentes; además de sospechosos de actos contra natura realizados en sus reuniones cerradas y clandestinas. Así que bien podían servir como válvula de escape para  las frustraciones colectivas, o como motivo de diversión en el circo romano, o para desviar la atención de cuestiones políticas reservadas.


Más la misma represión, en su propia dinámica paradójica,  aumentó el número y la extensión de mártires cristianos, en todos los ámbitos del imperio y, como una bola de nieve, contribuyó, al principio muy lentamente, y con el paso de las décadas, a mayor velocidad, a difundir la leyenda del mesías crucificado que anunciaba el fin del mundo conocido y al advenimiento de un nuevo reino mucho más justo y definitivo.

Algo brillaba en el fondo de la desgracias y frustraciones colectivas. Y era la esperanza de un cambio radical que ilusionaba a muchos desgraciados y aburridos del mundo existente hasta ese momento.


Milenios después de estos acontecimientos ya se pueden historiar muchas ilusiones políticas e ideológicas colectivas que se repiten con el mismo patrón, aunque con ideas y supuestos muy diferentes. La gente no aprende porque cada generación se cree ¡mucho más inteligente que sus antepasados!


Sin embargo el análisis de viejas ilusiones, algunas aún muy vigentes, puede aportar un grado de distanciamiento y racionalidad muy necesaria en un mundo similar en lo emocional aunque mucho más avanzado en organización y tecnología.


¿Cómo el cristianismo logró prosperar?

Desde el principio Jesús se inclinó por un eclecticismo sumamente atractivo ya que supo combinar lo viejo, lo tradicional con lo nuevo, e imprevisto.

Este aspecto de su enseñanza fue seguida, y superada, por su discípulo tardío, Pablo de Tarso. Y más aún, todo el desarrollo posterior, muy lento pero siempre creciente, fue incorporando ideas, rituales, lugares de culto y todo lo que estaba a mano, para enriquecer la nueva religión. Justino Mártir lo dijo de manera explícita y contundente: “todo lo verdadero dicho por otros, pertenece a los cristianos”.

Existió en el cristianismo de los siglos I, II, III y siguientes una asimilación “selectiva” del paganismo grecorromano: transformación de templos en iglesias, reaprovechamiento de lugares sagrados, resignificación cristiana de antiguos cultos, cristianización de fiestas y calendarios, y lo que fue no menos importante, la asimilación de filosofías anteriores a Jesús, como el platonismo de San Agustín, o el aristotelismo de Tomás de Aquino.


La operación de apropiación fue, obviamente, selectiva. El cristianismo toma, adapta y reordena utilizando su propia lógica teológica, y, además, con la voluntad de borrar la operación de sustitución de los aportes paganos. Así un santo, como por ejemplo San Jorge, asume las heroicidades de héroes antiguos como Perseo o Heracles. La vieja función es transferida a alguno De los Santos del creciente panteón cristiano. La continuidad es evidente en la religiosidad popular, aunque toma una forma mucho más sofisticada en la doctrina oficial.


Así se presenta a la Iglesia como tolerante frente a formas de religiosidad ya heredadas, como peregrinaciones, fiestas, protectores locales, más que como una sustitución programada, deliberada. Este delicado y a la vez potente mecanismo de apropiación tiene, quizá, su ejemplo más relevante en la apropiación de la antigua Biblia hebrea, convertida en el “viejo testamento” que es solo un prólogo, muy largo y extenso, deliberada “Nuevo Testamento” que es justamente el cristiano.


Por supuesto que los judíos que se mantuvieron fieles a sus antiguas creencias no aceptaron tal cambio de significación de sus textos sagrados. Pero, en esas paradojas tan comunes en la historia, el vencedor logró imponer su cosmovisión y para todo el mundo cristiano la Biblia fue y es lo que todos damos por sentado: un texto cristiano.


Pero este proceso de apropiación anteriormente descriptiva no puede dar lugar a un hecho real y permanente: el cristianismo siempre ha sido sorprendentemente exclusivista. Todo lo que no pudo asimilar y darle otra forma lo rechazó cruelmente. Ningún lugar sagrado pagano, ninguna estatua pagana, ningún culto pagano logró sobrevivir y en muy pocos siglos se borró completamente de la memoria popular y de las clases altas las creencias propias del mundo antiguo.


Ese mismo exclusivismo fanático lo hizo repelente para los habitantes ilustrados del mundo romano. Se los veía como grupos de fanáticos, ateos (para los dioses comunes), egoístas (con todos los que no compartieran sus creencias) y subversivos con el poder imperial.  Los emperadores realizaron masacres salvajes con los primeros cristianos por sus creencias exclusivistas, pero en esos “progroms” contaron siempre con un fuerte apoyo popular que también sentía un fuerte rechazo hacia los nuevos creyentes. 


Pero como ya mencionamos tal represión, continuada e interrumpida varias veces durante tres siglos, inyectó un espíritu de resistencia cada vez más poderoso, a la vez que hacía más atractivo para las elites disidentes el espíritu comunitario y la fe indomable de aquellos creyentes. El tiempo hacía posible la ilusión de estar del lado bueno de la historia. Cada década que pasaba, cada siglo que transcurría, convertía a la leyenda cristiana en un hecho verosímil y esperanzador. Un movimiento teológico, pero también político y psicológico hacía del cristianismo una esperanza realista de cambio hacia un mundo más justo. 


Solo faltaba, como al final sucedió, que un futuro emperador decidiera legalizar al cristianismo para inclinar la balanza luego de siglos de dura lucha en que se forjaron todas las instancias que estaban ya listas para alcanzar el poder. Frente a la revolución desde abajo se atajó el peligro decretando la revolución desde arriba. Todo cambiaba hacia un nuevo equilibrio que alcanzó su culmen cuando el imperio de occidente se convirtió en polvo. La historia humana es una sucesión de avances y retrocesos tan engañosos que a veces da la impresión de cambios irreversibles que suceden a repeticiones interminables. 


El singular papel de Pablo de Tarso

Muchos autores contemporáneos que se destacan por su irreligiosidad manifiesta consideran que fue Pablo y no Jesús el verdadero fundador del cristianismo tal como resultó a lo largo de los siglos. 


Hay abundantes pruebas de tal afirmación. Analizarla llenaría una biblioteca de grandes dimensiones. Fue Pablo el que difundió la idea de Jesús crucificado convertido en Señor universal, hijo de una deidad creadora de mundos y enviado a la Tierra para salvar a sus seres más inteligentes.


Dicho así no parece ser una idea muy sensata o plausible, incluso contando con la ignorancia supina de los hombres. Pero el mensaje no era racional sino emocional en grado sumo. El tremendo dolor del castigo que sufrió aquel profeta judío era su carta de presentación a la vez que el documento más realista que cualquiera es capaz de imaginar. 


Es verdad que era judío, y por lo tanto perteneciente a una etnia minoritaria que ocupaba un provincia marginal del imperio romano. Es verdad que había sido castigado por una autoridad romana con la pena infamante propia de los esclavos y los que rechazaban la civilización latina que hablaba, en sus círculos más intelectuales, en griego. Es verdad que sus seguidores estaban desilusionados, salvo un pequeño grupo de incondicionales. 


Pero todo eso era pura apariencia para Pablo. Jesús había renacido y ahora, ya muerto, exhibía su poder divino y salvífico, y era Pablo quien lo anunciaba y lo interpretaba porque por su boca hablaba el Señor nuevamente encarnado en su mensajero.


Pablo, dotado de una energía excepcional recorría los campos y las ciudades, soportaba los golpes y los encierros, no le importaba las burlas de los judíos piadosos ni la hostilidad de aquellos también seguidores de Jesús que no aceptaban las nuevas ideas que el proponía. Todos los obstáculos eran la prueba, según él, de la verdad de su causa. Cuanto más rechazo, más verdad; cuanto más represión, más certidumbre. Pablo se convirtió en el nuevo profeta reencarnando al crucificado. 


La historia sagrada elaborada por el cristianismo posterior siendo paulista hasta la médula aceptó también que el no había inventado nada. Que solo repetía y subrayaba lo que el Jesucristo había anunciado. De tal forma refirmando el papel puramente secundario, vicario, de Pablo, hacía de éste, paradójicamente, el principal valedor de la nueva religión. Pablo venía a decir, resumiendo, que “si yo creo” y tú “crees en mí”, entonces creerás que yo solo soy el portavoz del Mesías. Pablo se convirtió voluntariamente en un miembro secundario de la nueva religión. 


Muchos siglos después otro Pablo, el Subcomandante Marcos, en Chiapas, en la selva Lacandona de México, en aquel levantamiento zapatista en 1994 el citado se afirmó en su papel preeminente, al igual que Pablo muchos siglos antes, pero simultáneamente negaba su papel de mentor, afirmando en cambio la existencia de una dirección indígena colegiada de la cual él era solo temporariamente su expresión visible. 


La historia no se repite, pero rima, cita atribuida a Mark Twain aunque tal autoría se ha puesto en duda. Stalin se hizo con el poder en la revolución bolchevique ocupando un puesto secundario de pura gestión administrativa. El cargo de “Secretario General” era más sonoro que efectivo políticamente hablando. Y así podrían citarse muchos casos dónde el creador, o el principal motor, se disfraza con el modesto ropaje de un fiel servidor o un personaje de segunda fila. Pablo, al que nominalmente estaba después que Pedro en la fundación de la Iglesia cristiana, es un fiel modelo de todos los que después han imitado su modestia tan eficaz. 


El caso de los “Textos Sagrados”

Los judíos se habían encontrado con un problema similar mil años antes, cuando empezaron a abundar los relatos y creció la necesidad de agruparlos formando un todo que siglos después terminó siendo la Biblia.


Los judíos tuvieron que apelar a la interpretación de los textos, para poder así aplicarlos a circunstancias históricas y geográficas muy diferentes, como lo cuenta Yuval Noah Harari en su libro Nexús (capítulo 8). Así fueron los rabinos los que asumieron esa labor interpretativa y con ella adquirieron también la autoridad suficiente como para compilar anexos a la Biblia para especificar en que condiciones se podrían aplicar los preceptos establecidos por ésta. 


Los judíos estaban, aún, muy lejos de imaginar que su mejor libro en el que se reunía la sabiduría de siglos y el pacto de su pueblo con la divinidad, estaba condenado a convertirse en simple prólogo de la buena nueva cristiana. Sic transit gloria mundi, o para decirlo con palabras más castizas: nadie es profeta en su tierra. Los vencedores no perdonan.


De igual modo, la vasta cantidad de escritos que recogían los testimonios orales sobre la vida de Jesús —sus anécdotas, palabras y milagros— sería considerada, pocos siglos más tarde, como literatura “herética”, destinada al fuego o, peor aún, al olvido. Solo unos pocos textos escaparon a ese destino, adoptando la forma de los evangelios canónicos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, junto con algunas cartas atribuidas a Pablo y a otros autores de menor relevancia.


El cristianismo oficial convirtió en polvo o en motivo de escarnio todo aquello que no pudo aprovechar como profecía o prólogo. Y, del mismo modo que ocurrió con muchos cultos paganos, los nuevos santos sustituyeron a los antiguos dioses. La implacable apisonadora cristiana —compuesta por eruditos, obispos intelectuales y mártires— reescribió la historia borrando, sustituyendo y modelando el mundo antiguo para hacerlo acorde con la memoria de Jesús, la Virgen María y la multitud de santos y ángeles que poblaron la nueva corte celestial.


4. Autores que estudian a Jesús como hombre:


Autores que forman parte del Segundo Grupo de estudiosos (los que estudian a Jesús como hombre y no aceptan la leyenda posterior):


1. John Dominic Crossan:

Crossan es un destacado estudioso del “Jesús histórico”. En obras como The Historical Jesus: The Life of a Mediterranean Jewish Peasant, analiza a Jesús como un campesino judío en el contexto político y social del Mediterráneo del siglo I, sin recurrir a perspectivas religiosas.

2. Bart D. Ehrman:

Ehrman, en libros como How Jesus Became God y Misquoting Jesus, examina el desarrollo histórico de la figura de Jesús y cómo pasó de ser un predicador apocalíptico judío a ser considerado divino. Su análisis se basa en la crítica textual y el contexto histórico.

3. Geza Vermes:

Vermes, autor de Jesus the Jew, interpreta a Jesús desde su identidad judía y lo sitúa dentro de los movimientos mesiánicos del judaísmo del Segundo Templo, evitando las perspectivas cristológicas.

4. Maurice Casey:

Casey, en obras como Jesus of Nazareth: An Independent Historian’s Account of His Life and Teaching, utiliza métodos históricos para reconstruir la vida de Jesús como un profeta judío apocalíptico.

5. E.P. Sanders:

Sanders, conocido por Jesus and Judaism y The Historical Figure of Jesus, estudia a Jesús como una figura histórica dentro del judaísmo del siglo I, centrándose en sus enseñanzas y actividades sin influencias religiosas.


Puntos comunes entre estos autores:


Uso del método histórico-crítico para analizar los Evangelios.

Reconstrucción de la figura de Jesús dentro del contexto político, social y religioso del judaísmo del siglo I.

Rechazo de interpretaciones sobrenaturales o teológicas para centrarse en datos históricos verificables.

Todos ellos coinciden en tratar a Jesús como un personaje histórico sujeto al análisis crítico, lo que permite comprenderlo más allá de las narrativas religiosas tradicionales.

Para el estudio de los primeros trescientos años, hasta que Constantino decide legalizar al cristianismo, es importante investigar entre los textos apócrifos, posteriormente rechazados por la Iglesia -entendida como la jerarquía organizada-, y sobre todo la corriente gnóstica que parece ser fue mayoritaria entre los cristianos en el siglo II, es decir el siguiente a la muerte de Jesús.


marzo 2026. 










Jesús, hombre

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