viernes, 2 de enero de 2009
Pío Baroja. Biografía.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Copla de pie quebrado
martes, 16 de diciembre de 2008
Pessoa. Libro del desasosiego
Fragmentos texto
"Pertenezco, sin embargo, a aquel género de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no viendo sólo la multitud de la que son parte, sino también los grandes espacios que hay al lado" pag.15
“No tenemos, es cierto, un concepto de valor para aplicar a la obra que producimos. La producimos, es cierto, para distraernos, pero no como el preso que trenza la paja para distraerse del Destino, sino como la joven que borda almohadas para distraerse, sin más.” Pag.17
martes, 28 de octubre de 2008
Kjell Askildsen
Ultimas Notas de Thomas F. para la humanidad y
Un repentino pensamiento liberador
El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. “Sigues vivo”, dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. “La vida es dura –dijo-, no hay quien la aguante”. Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se había quedado mirándome directamente, pero sin duda la había desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el año, sobre todo el amor físico, me pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía Ens. Derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar un partida de ajedrez. “Eso lleva mucho tiempo –dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes”. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. “No lleva más de una hora”, dije. “La partida sí –contestó-, pero a eso había que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo”. No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: “De modo que tienes miedo de morir. Vaya, vaya”. “Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida” Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. “Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos”, dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. “No ha sido mi intención herirte”, dijo. “¿Herirme?”, contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. “Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito”. Me puse de pie y le solté un discurso: “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene vida. Mientras la gente siga leyendo, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo”. Y añadí, un poco vagamente, lo confieso : “Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez”. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo “Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos.
lunes, 20 de octubre de 2008
Iréne Nemirovsky
sábado, 11 de octubre de 2008
Necronomicon
lunes, 6 de octubre de 2008
A. Bierce. Un cuento de
F.Nietzsche. Así habló Zaratustra
martes, 16 de septiembre de 2008
Martín Amis
En busca de la racionalidad perdida
por Martin Amis
Después de un par de horas sentados a sus escritorios el 12 de septiembre de
2001, todos los escritores de la Tierra pensaron, con disgusto, en cambiar
de ocupación. Recuerdo que yo me sentía como Josefina la ratona-cantante de
la historia de Kafka. ¿Cantar? "Ella no puede ni chillar."
Se considera amablemente que una novela es un producto de la imaginación. Y
la imaginación, aquel día, estuvo íntegramente dirigida, y sin ningún
objetivo. Cada vez que esa sensación de pesada incredulidad parece
disiparse, todavía encuentro algún detalle que la reinstala: la "bruma rosa"
en el aire, causada por la explosión de los cuerpos que caían; el hecho de
que el segundo avión, en el momento del impacto, estaba viajando a casi 600
mph, una velocidad que estaba a punto de llevarlo a la desintegración (¿Cómo
habrá sido ser pasajero de ese avión? ¿Cómo habrá sido verlo venir?).
Muchos novelistas decidieron escribir periodismo acerca del 11 de
septiembre -como muchos periodistas señalaron con mayor o menor tolerancia-.
Yo puedo decir qué estaban haciendo esos escritores: estaban ganando tiempo.
Lo que habían estado produciendo se redujo, de pronto, a patéticas tonterías
escritas con tinta azul. Y también todo había sido infectado por una
futilidad semejante a la gangrena. Esa página con la leyenda "por el autor
de" -que, en el pasado, podía ser consultada como una biografía- ahora debía
ser dejada de lado con un suspiro y una sacudida de cabeza. Mi propia
página, para agregarme pequeñez, terminaba con un libro llamado La guerra
contra el cliché. Pensé: en realidad, podemos vivir con lugares comunes como
"amargo frío" o "calor apabullante" y todos los demás. Podemos vivir con el
cliché. Lo que tenemos que hacer ahora es vivir con la guerra.
La edad de la razón
Se entiende la escritura imaginativa como algo sutilmente misterioso. De
hecho es muy misteriosa. Gran parte del trabajo se hace por debajo de la
ciudadela de la conciencia, sin intervención de la razón. Cuando los
novelistas fueron a los diarios para escribir sobre el 11 de septiembre,
hubo un rumor que indicaba que se veían obligados a despertar de sus sueños
solipsísticos: tenían que ocuparse, lo mejor que pudieran, de la vida real.
La política -alguna vez definida como "lo que está pasando"- de pronto
llenaba el cielo. Es verdad: los novelistas no suelen escribir sobre lo que
está pasando; escriben sobre lo que no está pasando. Pero los mundos de la
imaginación aspiran a dar forma, marcar y apuntar moralmente el reino de
este mundo. Una novela es una tarea racional; es la razón jugando, quizá,
pero aun así es razón.
El 11 de septiembre fue el día del re-Iluminismo. La política se reveló como
una verdadera noche de Walpurgis de lo irracional. Y cosas tan, tan viejas.
Los conflictos a los que ahora nos enfrentamos o en los que tememos quedar
envueltos, oponen arenas geográficas, pero también oponen siglos y hasta
milenios. Es un paisaje de feroces anacronismos: jihad nuclear en la India;
agonía medieval del Islam; los gruñidos de la Edad de Bronce en Medio
Oriente. Recordamos que Ronald Reagan habitualmente anatemizaba a la Unión
Soviética como "atea". Este epíteto no puede ser aplicado a Osama bin Laden.
Entonces Bush, que es religioso, y Blair, que también es religioso,
ofrecieron la patente falsedad de que la guerra contra el terrorismo no es
"sobre religión". Irak es ateo también, pero esta característica hoy puede
ser convertida en otra buena razón para invadirlo.
El siglo XX, con sus conteos de millones de muertos, ha sido llamado "la era
de la ideología". Y la era de la ideología, claramente, ha sido un mero
hiato en la era de la religión, que no parece pronta a expirar. Como ya no
es permisible subestimar ninguna fe o credo, empecemos por subestimarlos a
todos. Para ser claro: una ideología es un sistema decreencias inadecuado a
la realidad; una religión es un sistema de creencias sin base alguna en la
realidad. La creencia religiosa no tiene razón ni dignidad, y sus resultados
son casi universalmente espantosos. Es elemental (y no se preocupen por
plagas y hambrunas): si Dios existiera, y si a Él le preocupara la
humanidad, nunca nos habría dado la religión.
Cómo se hace un agnóstico
Cuando tenía seis o siete años, estaba llenando un registro escolar y me
encontré con una pregunta inquietante. Corrí al hall y grité por la
escalera: "¡Mamá! ¿Cuál es mi religión?". Hubo un largo silencio y después:
"Uh... la Iglesia de Inglaterra". Sí, gracias a Dios por la Iglesia de
Inglaterra: no exigía compromisos. La verdad es que lo de la Iglesia de
Inglaterra era mentira. No pertenecíamos a ella. Aun así, sentía una
incómoda distancia respecto de las familias de mis amigos que iban a la
iglesia (esto era el Sur de Gales, en los '50). También desarrollé una
oscura pasión por mi religiosa institutriz: era muy agradable, pero parecía
una bruja de mis libros de cuentos, que en ese momento estaba abandonando.
No iba a la iglesia pero visitaba una capilla (que era una suerte de fiesta
infantil con alguna que otra parábola); y me convertí en un decidido
coleccionista de Biblias. Lo que conseguía era una comunidad y un lenguaje.
Mi apostasía, a los nueve años de edad, fue vehemente. Claramente, no
deseaba las palabras compartidas y la identidad común. Abjuré de la capilla
y aquellas Biblias fueron mamarracheadas o profanadas. Dos o tres de ellas
fueron llevadas al patio de atrás para alimentar una silenciosa hoguera.
Más tarde -entonces estábamos en Cambridge- di un discurso en la escuela en
el que rechazaba toda creencia por considerarla una afrenta al sentido
común. Era ateo y tenía doce años: parecía algo cerrado. No me daba por
enterado de que el alma podía tener necesidades legítimas. Hace poco me
re-clasifiqué como un agnóstico. El ateísmo resultó muy poco racional
también. El más simple acercamiento a la cosmología les puede decir que el
universo no es, todavía, comprensible para los seres humanos. También les
dirá que el universo es mucho más bizarro, prodigioso o grandioso que
cualquier doctrina, y que las necesidades espirituales se pueden encontrar
en su contemplación. La creencia es ociosa: la realidad es suficientemente
maravillosa tal como es. De hecho, nuestro aislamiento en la fría inmensidad
para demandar algún contrapeso humanístico, una aserción de orgullo mortal.
Una manifestación de esta necesidad se puede ver en nuestra intensificada
reverencia por el planeta (Gaia de James Lovelock y otros benignos
animismos). Una estrategia de larga historia se centra en la reverencia
intensificada por el arte: o, en la fórmula de Matthew Arnold, por "lo que
mejor se ha pensado y dicho".
La literatura como culto
La literatura -la palabra- ha sido siempre la más persistente candidata para
tal culto, en parte porque incluye la Biblia y todo el resto de los textos
sagrados. Aventaja a la fe convencional en que, después de todo, hay algo
tangible para venerar -algo limitado, bello y divinamente brillante. Pero,
por supuesto, hay una razón excelente para que los desconocidos legisladores
de la humanidad estén condenados a permanecer como tales: desconocidos, sin
seguidores, sin creyentes. La literatura forma un cuerpo único de
conocimiento, pero sus voces son intransigentes e individuales. Y la voz de
la religión, para reubicar la frase del reverendo Northrop Frye, es "la voz
de la multitud solitaria". Es un monólogo que busca la validación de un
coro.
En mi vida asistí a dos intentos de ideologizar y poner "en capilla" la
literatura. El primero fue encarado por F. R. Leavis. Arnold quería que la
literatura ocupara los espacios vacantes por el debilitamiento de la fe y
los estragos de la revolución industrial. En su pico más alto (los años
'30), Leavis clamó por la formación de una elite académica que se opusieraa
los vulgarismos de la comunicación de masas. Sus ideas fueron después
sistematizadas así: la literatura sólo sobrevive si hay alguien que pueda
evaluarla; los juicios que formulan los críticos literarios son juicios de
vida; cada juicio es, entonces, un acto de responsabilidad moral en un
continuum esencial. Para decirlo de otra manera, a ninguna buena persona
podría gustarle la literatura que disgustaba al Dr. Leavis. Podría objetarse
que los juicios de valor son productos de la emoción, y no se puede llegar a
ellos por caminos racionales. Pero vemos cómo semejante aproximación
magnifica maravillosamente el rol nacional del don inglés.
El canon de Leavis, nunca extensivo, fue ferozmente defendido y regularmente
purgado. En la Universidad uno podía identificar a los seguidores de Leavis
por la triste dilapidación que hacían de sus bibliotecas. Conrad, James,
George Eliot, algo de Austen, un Dickens (Hard Times), Yeats, T. S. Eliot,
Hopkins, y un par de desconocidos como L. H. Myers y Ronald Bottrall. Por su
cuenta, el leavisismo pudo haber terminado con un solo texto; y ese libro
sagrado hubiera sido las obras completas de un sociópata solitario: D. H.
Lawrence. Todo había salido mal: ellos debían juzgar la literatura, pero la
literatura los estaba juzgando a ellos, y exponiendo que eran provincianos y
que carecían de sentido del humor. Cuando Leavis murió, en 1978, su clero
colapsó en un Jonestown de odio teológico. No dejó nada atrás.
El leavisismo funcionaba piramidalmente, de arriba hacia abajo, y le debía
todo su carisma a su profeta. La actual ideología, que conocemos sólo por
sus iniciales, es de abajo hacia arriba, trabaja a través de la masa y no
lejos de ella. Hay una vaga sensación de que lo políticamente correcto, PC,
que logró ganancias con su restricción de lo que se permite decir, está
ahora en modesto retiro. Y es verdad que la fase expansionista, con sus
denuncias, sus vigilancias, sus execraciones organizadas, parece seguir su
curso. Por otro lado, lo PC ocupa ahora el territorio preferido de todas las
ideologías: está entre los niños en edad escolar. El lenguaje y la
literatura en nuestros exámenes nacionales se están convirtiendo en
invitaciones implícitas a la conformidad ideológica, y todos saben que hay
poco puntaje por ser duro con, por ejemplo, Maya Angelou. Los alumnos más
débiles tendrán el falso consuelo de pertenecer al consenso: los más fuertes
simplemente recibirán entrenamiento temprano en la hipocresía piadosa.
La autocomplacencia antiintelectual
Reconocemos esta atmósfera mental, y su nombre es el antiintelectualismo. Es
notable también el resurgimiento del sentimiento como el principal de los
instrumentos críticos. Los críticos no responden a la novela, sino a su
persona, de quién hay que preocuparse, en qué quieren creer. Comentarios
como "no me gustaron los personajes" son ahora pensados como capaces de
destrozar un trabajo de ficción. Una aproximación crítica de esta naturaleza
eventualmente conseguirá lo que merece: una literatura complaciente. Y
llegaremos al destino que Alexis de Tocqueville predijo para la democracia
norteamericana: un tonto estupor de autocomplacencia. La simultánea
consolidación de la idiotez no es un accidente. Lo políticamente correcto es
bajo, es el menor denominador común.
Y ahora volvemos al estudio del escritor, a mediados de septiembre de 2001.
La televisión, cuando uno se atrevía a encenderla, mostraba a
norteamericanos haciendo cola para escapar de una amenaza de ántrax, o los
bigotes del Pakistán, profetizando la guerra civil y otras innombrables
secuelas. Recuerdo la sensación pesadillesca, y la imposibilidad de mirar
con placer a mis hijos. Afuera, la ciudad parecía admitir que su estrategia
de racionalidad había explotado. Hasta la lógica de los semáforos parecía
obsoleta. ¿Por qué manejar a la izquierda? ¿Por qué a la derecha? Los
campeones del Islam militante son, por supuesto, misóginos y odian a las
mujeres; también son misologistas -odian a la razón-. Su doctrina es poco
más que un código penal caótico subvaluado por sueños impotentes de
genocidio. Y, como todas las religiones, es una masiva aglutinación de
respuestas obvias, de clichés, de formulaciones no examinadas y heredadas.
Este es el tema de la más grande novela jamás escrita, Ulyses, en la que
Joyce identifica al catolicismo romano, y al antisemitismo, como
fosilizaciones de prosa muerta y pensamiento muerto.
Después del 11 de septiembre, entonces, los escritores enfrentan un cambio
cuantitativo, pero no cualitativo. En los siguientes días y semanas, las
voces que salían de sus habitaciones era muy bajas; pero aun así eran voces
individuales, y juguetonamente racionales, todas abrazando la ideología de
la no ideología. Se enfrentaban en eterna oposición a la voz de la multitud
solitaria que, con su deseo de poder y destrucción, es el sonido más
desolado que podrían escuchar alguna vez. "Desolado": "que da impresión de
vacío vertiginoso y triste"; del latín desolare, abandonar; de solus, "solo"
domingo, 14 de septiembre de 2008
Amos Oz. II
Amoz Oz. Entrevista
martes, 9 de septiembre de 2008
Citas dispersas
lunes, 8 de septiembre de 2008
Consecuencias de la soledad
domingo, 7 de septiembre de 2008
Almafuerte
Amos Oz
Historia Natural del Cristianismo. Cap. 3.LAS PRIMERAS HEREJÍAS. I.
ÍNDICE 0. Palabras iniciales 1. ¿Cuando aparecen? 2. Qué tenían en común los gnósticos 3. Marción 3.1. Su importancia 3.2. Su historia ...
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FRASES COMUNES EN LATÍN, con su traducción Abi in malam crucem (insulto) Vete a una mala cruz, ¡que te cuelguen! -equivalente a enviar al...
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TOTALMENTE DE ACUERDO CONTIGO, lo de menos es la solucion, lo importante es la dinamica que se establece. Yo lo utilizo muy a menudo con c...
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Traducción del texto "THE BATTLE FOR YOUR MIND", de Dick Sutphen "Persuasion & Brainwashing Techniques Being Used On The ...