lunes, 27 de junio de 2016

LAS FUERZAS DEL ESPIRITU

[Aviso de los traductores: Se ha intentado mantener el estilo del autor, así como su vocabulario: sencillo y directo. Por ello puede parecer al lector español que la traducción es deficiente; puede serlo, sin duda, pero por no haber encontrado una mejor manera de trasladar a otro idioma la manera simple, llana, en que se manifiestan los pensamientos de Valentín Biriúkov; desprovista de todo efecto literario que la haría más "normal" a los ojos y oídos de un lector habitual]
[entre paréntesis (...) la explicación de palabras no traducidas]

Las fuerzas del espíritu

Valentin Biriukov

Capítulo 1

1.1 ¡Perdonales, Señor!

Desde que tengo memoria siempre creí en Dios. Cuando era niño, veía admirado como mi gente era buena, bella, inteligente y respetuosa; en efecto, en la aldea dónde nací allá por el año 1922, vivían personas excelentes.

Mi padre, Yakov Fiodorovich, era maestro de primaria y además tenía las manos de oro. Ya no existen gente así. Era capaz de hacer unas valenki, curtir cualquier piel o construir una estufa rusa sin usar ladrillos, sólo con barro. Me encantaba nuestra iglesia,  que estaba consagrada a Santa María de Kazán donde fui bautizado en el día de Nuestra Señora. Sentía, como ya dije, un gran amor infantil hacia todos nuestros vecinos.

Más tarde los tiempos, fue a principios de la Cuaresma de 1930, cuando prendieron a mi padre por que rechazó ser presidente del soviet de la aldea con el cometido de organizar una comuna. El no quería destrozar la vida de su gente. Al ser un hombre creyente percibía con claridad adonde conduciría todo el proceso de colectivización.

Los que mandaban le amenazaron:

- ¡Te desterraremos!
Esto asunto vuestro, - les contestó.

Y así fue que mi padre terminó arrojado a una  nueva prisión, antes un monasterio hasta que echaron a todos los monjes, en la ciudad de Barnaul.

Después de aquello el resto de mi familia terminó desterrada. Por aquel entonces tenía unos siete años y ví como nos robaban el ganado; como nos echaron de nuestras casas, y como lloraban desconsoladamente las mujeres y los niños.  

Entonces algo se rompió en mi alma y cambié mi forma de pensar: ¿Por qué la gente es tan mala? ¿por qué todos se vuelven locos de repente?

Así fue que como futuros desterrados nos metieron en un cercado propiedad del soviet de la aldea, y pusieron a nuestros vecinos como vigilantes para que armados con fusiles -que también les entregaron- no nos perdieran de vista. 

Anna Sergeevna, mi madrina, al enterarse de que estábamos allí nos quiso traer unos empanadillas  pero un chaval al que le tocaba guardia alzó su fusil y la apuntó :

- ¡No te acerques, que disparo!
- Traigo empanadillas para mi ahijado.
- ¡Ni hablar! Son enemigos del pueblo.
- Pero que dices ¿dónde están los enemigos? ¡Es mi ahijado!

El chico, apuntándola, la frenó brutalmente empujándola con el cañón de su fusil. 
Ella, desconcertada, se puso a llorar:

- ¿Que te he hecho yo, Ivan?

Hasta ahora había sido nuestro vecino, un ruso igual que nosotros, pero no bien le entregaron un arma ya pasó a considerarme un enemigo del poder soviético.
Todos somos pecadores, los unos y los otros. ¡No podré olvidar nunca este episodio de mi infancia!

En este momento escapaba a mi comprensión todo aquello y por qué un chaval de 14 años, nuestro vecino Gurika, me golpeaba por querer acercarme a mi madrina.  Por eso lo intenté, pero él me golpeó en el cuello y en la espalda, y luego la emprendió a puntapiés contra mí, mientras me escupía duras palabras. 

Yo me puse a llorar; y no dejaba de pensar: ¿porque mis viejos conocidos se convirtieron de pronto en fieras salvajes?

Años después a Gurika lo mataron en el frente; luego una vez, allá por 1976, cuando ya era sacerdote, se me apareció en un sueño:  

Había un pozo enorme en la tierra y Gurika estaba agarrado del borde, a punto de caerse. Me vio y se puso a gritarme.

Me conoces! soy Gurika Pukin, ¡Sálvame!

Lo cogí de la mano y sacándole lo dejé sobre la tierra. Gurika se puso a llorar de alegría y apoyando su frente en el suelo me empezó a hablar:

-¡Que Dios te dé salud eterna!

De repente me desperté y pensaba: Señor ¡perdónale! ¡Perdónale Señor, sólo tenía 14 años entonces! Yo rezaba por él. A la noche siguiente volvió otra vez en otro sueño; yo estaba leyendo el Evangelio y Gurika caminaba detrás, a mi espalda. De nuevo apoyó su frente en el suelo y me dijo:

-¡Gracias! ¡Que Dios te dé salud eterna!


1.2 Felices sois los que se privaron de todo

Nadegda, una monja clarividente, previno a los aldeanos muchas cosas que sucedieron durante la deskularización (expropiación de los kulaks: todo propietario agrario, grande o pequeño). La historia de su vida es algo extraordinario. 

Cuando tenía 7 años dejó de comer carne y leche. Se alimentó sólo de vegetales. Se preparaba para ser monja. Su padre, durante toda su vida fue el responsable de nuestra Iglesia; la madre guisaba y limpiaba la iglesia. Cuando Nadegda tuvo edad suficiente para casarse, dos negociantes muy ricos, pidieron su mano, pero a ambos los rechazó.

- ¡Adiós! -les dijo- y sanseaacabó.

Una vez pasó que estuvo muerta durante tres días. Su alma moró en el cielo. Narró después que Nuestra Señora le mostró todos los sufrimientos; y cuando volvió a la vida repartió todo lo que tenía a los mendigos y se vistió con ropa de lino. 

Leía todos los días el Salterio y una parte del Evangelio. Después iba a su trabajo; llevaba los leños y el agua por si misma y también sembraba. Cuando la privaron de tierra ella recogió unas pocas espigas, las llevó al molino, era ya invierno, y se alimentaba sólo con eso. Nunca estuvo enferma. 

Nadejda era capaz de ver el futuro de muchas personas, hasta el día de hoy. Soy testigo que durante mucho tiempo antes de la perestroika ella dijo que la gente volvería a tener mucho dinero, pero con él no podrían comprar nada. Ella previó mi vida. Supo todos los que rechazaron entrar en la comuna. En el año 1928, antes de la expropiación, se acercaba a una casa, a la noche, y solía decir:

-Bien haréis en no entrar en la comuna. Pero os echarán de vuestra casa, os privarán de vuestra tierra, el ganado y todas vuestras posesiones y os desterrarán. 

¿Qué es una comuna? en aquél tiempo nadie lo sabía, solo nos enteramos después. A quienes avisó del destierro, así sucedió. Tal profecía de Dios.
Cuando llorábamos todos por el destierro nos consolaba:

- ¡No lloréis, porque sois felices!

¿Felicidad? ¡Que clase de felicidad es ésta! cuando te quitan la tierra, el ganado, la casa y todo lo que tienes! ¡Y a esto la monja Nadejda lo llamaba felicidad!

- Cuando llegue el Juicio Final, vuestra situación os dará una gran ventaja. Os absolverán sólo porque fuisteis desterrados por creer en el Señor, porque sufrísteis por vuestra fe, porque soportaísteis todo ello con humildad. 

Profetizó que adónde nos enviarán habrá de sobra para todos: caza, peces, bayas, setas... Los bosques y los campos son ricos. 

El principio fue verdaderamente duro. En el camino la gente sufrió mucho y pasó un mes hasta que llegamos a los bosques de la región de Tomsk, donde nos enviaron. De la poca comida que tuvimos ya no nos quedaba nada. No había jabón, ni sal, ni clavos, ni hachas, ni palas, ni sierras. Nada. Por no haber ni siquiera había una sola cerilla. 

Nos trasladaron a una taigá (la tundra) apartada, perdida, y los milicianos nos dijeron señalándola:

- ¡Esa es vuestra aldea!
- ¡Oh...! ¿Por qué?
- ¡Callaos! ¡Vosotros sois todos enemigos del poder soviético!

Y más cosas del mismo tenor nos dijeron. Nos llevaron allí para morir. Sólo nos quedaba la esperanza de estar en las manos de Dios. Y Dios nos daba la energía para sobrellevar la situación. 

Nos acostamos sobre la tierra. Nubes de mosquitos nos envolvían. Ya no recuerdo como logramos encender algunas hogueras. A la mañana llegaron unos alces a vernos ¿quienes sois nuestros nuevos vecinos? Había piñas de cedro esparcidas por el suelo; llegaron osos y vimos que las recogían y extraían las semillas. Ningun oso nos tocó. 

Después del primer impacto empezamos a mirar en derredor: ¡Vaya! ¡Qué bosques tan ricos! ¡Y todo gratis! El agua era límpida; nos reanimamos un poco.
Y así empezamos a trabajar. Construimos un barracón para cinco familias. El tío Misha Panin fue nuestro tutor, y nos ayudaba porque yo era pequeño. Allí en la taiga trabajamos todos, desde los niños a los ancianos. Los hombres desbrozaban los árboles y los pequeños, incluso hasta de dos años, echábamos los palillos al fuego de las hogueras. 

Como escaseaban las cerillas las hogueras las manteníamos siempre encendidas, y igual en invierno que en verano. Alrededor de nosotros no había nada en cientos de kilómetros a la redonda; sólo taigá. En esos bosques apareció nuestra nueva aldea, que se llamó Makarievka. La construimos desde cero. 

¿Es posible algo así? No teníamos dinero, nadie recibía alguna pensión, no había ni sal, ni jabón, ni una herramienta; nada de nada. Y construimos a pesar de todo. 

Nos alimentábamos de hierbas, también los niños y nadie enfermó. Aquella experiencia me sirvió décadas más tarde, cuando el bloqueo de Leningrado. Yo ya tenía suficiente entrenamiento; había aprobado un cursillo de dura supervivencia.

Como sobrevivimos en aquellas condiciones fue una evidente gracia de Dios. 

Teníamos que morirnos todos, a pesar de nuestros esfuerzos. En otros lugares los desterrados tuvieron un destino mucho más trágico. 

En el año 1983 se conoció el destino de los que habían trasladado a la isla desierta del río Ob, no lejos de la aldea Kolpashevo de la región de Tomsk, donde yo viví unos cuantos años después de la guerra. Los habitantes lo llamaban al lugar como "cárcel". En los años 30 llevaron allí, en barcazas, desterrados, a los creyentes. 

Al principio separaron a los sacerdotes:

- ¡Salid! coged estos palos y cavad una vremiánka (un refugio). 

Fueron divididos en dos grupos. Y a uno lo forzaron a cavar y al otro a serrar los árboles. Resultó que la gente no cavaba refugios sino que eran tumbas para ellos. Una vez terminados, los fusilaron. Les hacían sentar en una fila, al borde y les disparaban en la nuca. Después los que pertenecían al segundo grupo tenían que enterrarlos y al final también los fusilaban. 

Cuando en 1983 hubo una crecida el agua destrozó parte de la isla y muchas tumbas se abrieron donde yacían aquellos mártires. Sus restos salieron a flote y estaban muy limpios, blancos. Sólo sus ropas se redujeron a polvo. La gente decía que aquel lugar estaba bendito, ya que todos los cuerpos de los mártires se mantuvieron intactos, incorruptos.


1.3 Por fin estoy en casa

Mientras tanto mi padre pudo escaparse de la cárcel donde estaba recluido. De allí se vino marchando en la dirección que suponía estábamos; él no sabía si nos encontraría vivos o muertos.

Se salvó de morir de milagro. Lo amenazaron con fusilarlo; él se lo creyó y se preparó para morir. En aquella época había muchos procesos que tenían el único objetivo de liquidar a quién se opusiese al poder soviético.

Sus dos compañeros de cárcel, atados, los llevaron a fusilar. Uno, Iván Moiseev, sólo le quedó tiempo para exclamar:

- Transmite a los nuestros lo sucedido ¡todo está perdido!

Ahora era el turno de mi padre, pero llegó el jefe del pelotón y dijo:

- Estos cuatro no van hoy a trabajar. Los pasaremos por las armas. - entre ellos estaba mi padre.

Pero era una maniobra de distracción del jefe del pelotón que bien conocía de antes a mi padre. Mientras hablaba le hizo una señal para que se callase. Luego lo llevó a escondidas y le ayudó a escaparse de la prisión.

Otro de sus amigos, el tío Macar, corrió a la aldea vecina para enterarse a dónde nos habían enviado; dónde podíamos estar. Y así, con esta información, mi padre se puso a caminar desde la región de Altai hasta la de Tomsk. Marchó durante un mes y medio, unos 800 kilómetros. No tenía nada para comer ya que se cuidaba de entrar en las aldeas por temor a ser denunciado. Se alimentaba con setas crudas y bayas. Dormía a cielo abierto sobre la tierra y tuvo suerte porque era verano.

Logró encontrarnos en agosto de 1930. Sus botas estaban al límite, él se encontraba esquelético, barbudo, encorvado y muy sucio; parecía un anciano vagabundo. Cuando apareció estábamos nosotros, los niños, recogiendo del suelo todo lo que servía para alimentar a las hogueras.

Nosotros también estábamos sucios por que no teníamos jabón. El “vagabundo” se detuvo y gritó:

- ¿Dónde están los de Barnaul?

Alguien le dijo:

-Esta calle se llama Tórmskaya y aquella Barnaúlskaya.

Se fué en dirección a Barnaúlskaya; vio a mi madre que se encontraba matando piojos de la ropa de los niños. Él la reconoció, se persignó y se echó a llorar tumbándose en la tierra; сomenzó a temblar emocionado y gritó:

- ¡Por fin estoy en casa! ¡Por fin estoy en casa!

Madre pegó un salto porque no lo había reconocido; mi padre levantó la cabeza y con los ojos llenos de lágrimas le dijo:

- ¡Katia! ¿No me reconoces? ¡Soy yo!

Entonces cayó en la cuenta al escuchar su voz y nos gritó:

- ¡Niños! ¡Vamos, venid! ¡Vuestro padre a vuelto!

Me acerqué corriendo hacia él; me cogió de la mano, pero yo me eché atrás, llorando. Me asusté ¿Quién es este vagabundo que me llama hijito? Pero mi padre me cogió y me volvió a decir:

-¡Hijito! ¡Soy yo, tu padre! - y rompió a llorar de nuevo. Estaba apenado porque no lo reconocía.

Luego vinieron mi hermano menor de 5 años, Vasili, y mi hermanita, Claudia, de solo tres. Nuestro padre cogió el saco que llevaba a la espalda lo abrió y de él tomó una toalla sucia que envolvía su gorra de invierno; dentro de la gorra había otro saquito más pequeño. Lo desató y nos entregó tres pequeños panecillos secos, del tamaño de una yema de huevo. Los había guardado para nosotros durante todo el camino, a pesar del hambre. Nos los entregó emocionado:

-¡No tengo nada más para mis niños!

Para entonces, nos alimentábamos sólo de hierba cocida, nada más. Nuestro padre, muy debilitado, no podía levantarse. Unos hombres que estaban construyendo un barracón, oyeron lo que pasaba y de un salto aparecieron:

- ¡Yakov Fedorovich! ¿eres tú?
- ¡Yo....! apenas podía responder mi padre.

Lo abrazaron, todos lloraban. Pero no teníamos nada de comer; solo la hierba de San Antonio. Mi madre le dio un cuenco de hierba, y le devolvió sus panecillos:

- Cómelos. Estamos acostumbrados a alimentarnos de hierbas. 

Nuestro padre se hartó de ellas; el tío Misha Panin le trajo una taza de medio litro con kisél de bayas (zumo muy denso hecho de bayas cocinadas). La bebió y se tumbó otra vez sobre la tierra cerrando los ojos. Comprobamos que seguía vivo y lo cubrimos con algunos trapos. Mi padre se quedó durmiendo toda la noche sin moverse.

Al otro día se levantó, el sol ya estaba muy alto. Se puso de nuevo a llorar, y rezó:

- ¡Gracias a Dios! ¡Estoy en casa!

Otra vez le dimos la hierba que aún nos quedaba.

- ¡Dadme un hacha!

Se escupió las manos y se marchó a trabajar. 

Era un maestro artesano con sus manos. Hacía cualquier cosa. Construyó todas las casas de nuestra aldea; desde los cimientos hasta el techo. El barracón se levantó muy rápido; sólo por las noches hasta muy tarde acababan de trabajar porque no teníamos kerosene. Pero mi padre seguía trabajando por la noche, solo. Construyó nuestra casa en una semana, no dormía nada ¿Es posible construir una casa en sólo una semana? ¡Así trabajaban ellos entonces!

Comparo aquella gente con la de hoy ¡Vaya, que si somos vagos! Somos holgazanes comparándonos con nuestros padres ¡Que trabajadores eran! También los pequeños echábamos el bofe; cuando tenía siete años y medio ya manejaba el hacha. Mi padre me la entregó.

¿Cómo derribábamos los árboles? Cortábamos las raíces todo en derredor del árbol y dejábamos que el viento lo hiciera caer. Luego cortábamos las ramas que usábamos para las hogueras y los troncos los dejábamos para la construcción.


1.4 Lo dejo en la mano del Señor

Y así creció nuestra Makarievka. Mi padre, maestro de obras era respetado por todos; incluso por el comandante, debido a ser tan trabajador. Era a la vez arquitecto y carpintero. En la Makarievka construyó de todo: casas, la tienda y la escuela con una vivienda para los maestros. La escuela fue construída en un sólo verano en esa taigá perdida.

En la región de Altai, junto al rio Barnaulka mi padre y su cuñado tenían un molino del cual fueron desposeídos cuando mi padre fue encarcelado. En Makarievka también se construyó otro molino de agua ¡sin un solo rodamiento metálico! Él hizo el eje y los engranajes de madera de abedul. Todos quedaron asombrados por tanta maestría ¡Qué ayuda fue para los desterrados! De las tres aldeas venían la gente al molino. 

Sembramos trigos y tuvimos pan, pero las patatas tardaron bastante más. Nos íbamos a las lejanas aldeas para obtenerlas, uno o dos cubos de patatas; luego las cortábamos en las partes que tenía brote y las plantábamos. La tierra era fértil y además la espolvoreamos con ceniza de las hogueras. Al final recogimos unas grandes y hermosas patatas ¡La gente lloraba de alegría!  

Mi mamá tuvo la prudencia de llevar consigo al exilio algunas pocas y variadas semillas. Luego éstas nos salvaron. También ayudábamos a los demás, dándoles las semillas de zanahorias, remolachas y pepinos. 

Sembrábamos, además, amapolas. Nadie en aquellos tiempos tenía idea sobre drogadicciones. Nadie robaba tampoco. Luego mi padre se compró una yegua. Construyó con sus manos todo lo que era necesario: el carro, el yugo y los arreos, además de un trineo. Sembrábamos el cáñamo que teníamos. Trabajábamos el lino, torciendolo para hacer cuerdas. ¡Todo lo hacíamos a mano!  

Luego, más tarde, mi padre se puso a trabajar en una selpó (típica tienda soviética de aldea; en ella se vendía de todo y se compraba aquello que al Estado le interesaba, por ejemplo, pieles) en un poblado vecino. Allí se abasteció de pieles, de nueces de cedro, de setas, pescado y carne de caza. Conseguía sus pieles sin utilizar escopeta, ni trampas, ni palas, ni lazos ¿Cómo era posible algo así, eh? Aún ahora sigo asombrado. Excavaba pozos pequeños y con ellos lograba cazar. Así obtenía urogallos, liebres, ardillas y hasta zorros. ¡No faltaba nada! Todo lo necesario nos lo enviaba Dios.

Recogíamos las pieles y las enviábamos; así obtuvimos todo lo necesario para vivir. En la tienda donde nuestro padre trabajaba, había todo a cambio de las pieles. Así tuvimos cerillas y jabón, botas y pantalones, harina y majorka (tabaco de calidad inferior), y muchas más cosas. Pero la tienda ¡no tenía puertas! ni siquiera alguien que la cuidara ; no obstante nunca faltó nada.

Al principio mi padre estaba inquieto ¿Cómo puede ser que una tienda no tenga ni puertas ni vigilantes? Pero al final dijo:

- ¡Ah! -suspirando- ¡Lo dejo en la mano del Señor!

Mirando hacia la tienda hacía la señal de la cruz, y ya no se preocupaba. Por las mañanas comprobaba que todo estaba igual.

Una vez vino un hombre:

- ¡Tio Yasha! Ayer cogí una cajetilla de cigarrillos de 20 kopek. Tú no estabas en ese momento. Toma ahora el dinero, por favor.

Así era nuestra tienda: un ejemplo de honradez. ¡Qué buena gente! Eran especiales en el trabajo y en su honradez ¡Y nos llamaban enemigos del poder soviético!


1.5 Un castigo de Dios

En la Makarievka yo estudiaba en la escuela que construyó mi padre. Una vez, finalizando el tercer grado de primaria, estaba charlando en el recreo con mis amigos sobre la Pascua y Dios. La maestra oyó nuestra conversación e inmediatamente nos llevó a una clase vacía para darnos una fuerte reprimenda.

-¡Chicos! he oído una conversación vuestra sobre Dios. ¡No existe ningún Dios y no hay Pascua que valga! - gritó. 

Dio un puñetazo en la mesa con todas sus fuerzas para confirmar sus palabras. Nosotros, en silencio, agachamos la cabeza. 

Justo sonó la campanilla para la clase siguiente y nos fuimos los niños a nuestra aula. Luego entró la maestra pero no alcanzó su mesa: se encogió con una fuerte convulsión. Nunca había visto nada semejante. Ella se retorcía haciendo crujir sus articulaciones y simultáneamente gritaba con todas sus fuerzas.  

Tres maestros entraron y la sacaron de la clase para enviarla al hospital.
En casa conté a mi madre lo ocurrido. Ella guardó silencio durante un rato y luego me habló:

- ¡Ves! El Señor la castigó delante de vuestros ojos por su blasfemia.


1.6 ¿De nuevo al koljoz?

Si dejar de lado varias tentaciones poco a poco se arreglaba la vida en Makarievka. Nos abastecíamos de todo lo suficiente para vivir. Pasaron cuatro años de nuestro destierro y los “Órganos” (forma familiar de hablar de los servicios de seguridad estatal), que nos vigilaban, nos hablaron de un nuevo koljoz ¡les parecía que vivíamos demasiado bien!

Empezaron a presionar a los desterrados:

-Ha sido suficiente tres años para instalaros ¡Mirad! ya tenéis casas, gallinas y cerditos ¡hasta vaquitas tienen algunos!

Habíamos comprado una yegua que nos dió un potro. Una vez, cuando mi padre estaba en el trabajo, vinieron tres hombres y sin preguntar nada a nadie, pusieron una brida a nuestra yegua y luego el yugo. Mi madre que los veía se quedó de piedra:

¡Iván Vasilievich! ¿Qué significa todo ésto? ¿A dónde queréis llevar a nuestra yegua?
- Al koljoz, Romanovna, al koljoz.
- ¿Cómo al koljoz
- Así es. Hemos decidido llevar vuestra yegua al koljoz. 

Ella pensó que era solo temporal, para usarla durante un corto período, pero se la llevaron para siempre.

- ¿Y vosotros cuando entraréis en el koljoz? - contratacaron a mi madre.
- ¡No lo sé! - respondió ella-, nuestro padre ya trabaja en el selpó.
- ¡No, eso no vale! -respondieron-, de todos modos tenéis que entrar. 

Después que se fueron se arrojó sobre la cama y rompió a llorar. Cuando volví de la escuela la encontré anegada en lágrimas:

-¡Otra vez nos robaron! ¡Nos quieren quitar todo! ¡Oh, Dios mío!  

Me preguntó ¿donde nos meteremos? Mi padre construyó una gran casa para nosotros, de ocho por nueve metros. Era grande y los Órganos nos pusieron allí también una kontora (oficina general de administración de un koljoz). Además al koljoz lo llamaron “POR COLONIZAR EL NORTE” como si nos hubieran dado un gran premio.


1.7. ¿Donde está vuestro padre?

Llegó el séptimo año de la década de los 30, era un 3 de marzo a las tres de la noche; oímos, de pronto, golpes en la puerta. Nuestro padre no estaba en casa, había marchado a la taigá con seis compañeros a cazar y hacían noche en el bosque. 

Los golpes se hicieron más fuertes. Madre se alarmó:

- ¿Quién es?
-Tia Katia, soy yo, Nikolai Mazinski - el alcalde.

Ella abrió la puerta, pero detrás del alcalde se perfiló el comandante Kravchenko, un hombre muy alto, con grandes hombros y manos. El comandante apartó el alcalde y cruzó la puerta. A continuación se dedicó a revisar la casa en silencio. Nos despertamos cuando el comandante empezó a vociferar:

- ¿Dónde está el dueño? ¿Dónde está vuestro padre?
- En la taigá - contesto mami.
- ¿Por qué en la taigá? ¿Acaso se escapó? - rugió el comandante.
-No. Fue con sus compañeros a cazar, para conseguir pieles (se refiere a las pieles muy valiosas de animales de la taigá).

El alcalde se acercó a la pared dónde colgaban muchas de estas pieles y las señaló al comandante:

- ¡Mire! ¡Cuántas pieles!
-¡Oh, de verdad un cazador! ¡Bien hecho! - asintió Kravchenko tocando las pieles - ¡Está bien que cace zorros! ¡Las pieles son muy necesarias al Estado! ¡Tu marido es un hombre feliz; muy afortunado! Nos vamos ya, cierre la puerta señora - concluyó el comandante.

Antes de irse, preguntó al ver que se movía la manta; éramos nosotros que estábamos debajo muertos de miedo:

- Pero ¿Quién está ahí?
- Los niños - respondió mi madre.

El comandante se acercó levantando la manta:

-De verdad, son los niños ¡Cierre la puerta señora! ¡Tu marido es un hombre feliz! ¡Díselo!

Tres veces repitió que nuestro padre es un hombre afortunado y se fue.

Sucedió que apenas cerrada la puerta empezamos a oír alaridos en la calle. Sentíamos que los niños gritaban y las mujeres plañían. Mi madre se echó su abrigo de pieles sobre su cabeza y salió corriendo a la calle. Pronto volvió fuera de sí:

-¡Ay! -gimió- ¡Cogieron a nuestros vecinos!  

A la mañana nos enteramos que en nuestra calle Barnaúlskaya prendieron a once hombres, nuestro padre debería haber sido el duodécimo pero, por puro milagro, evitó la detención al marcharse a la taigá. Por eso repitió por tres veces el comandante: "¡Tu marido es un hombre feliz!". La fortuna de mi padre consistía en que no había sido devuelto a la cárcel; no hay palabras para describir aquel terror.

Y a los hombres que se llevaron, fueron desterrados otra vez; nadie sabía a donde. ¡Terrible! La gente trabajaba sin parar; todos tenían, igual que mi padre, las manos endurecidas por su trabajo. Siempre con el hacha y la pala; pero desde arriba llegó una orden y los trabajadores se convirtieron en "enemigos del pueblo". Quién no vivió aquello no es capaz de imaginarlo.

Enviaban a la cárcel, desterraban a cualquiera que sólo mencionara a Dios. Los llamaban enemigos del poder soviético a todos, sin diferenciar entre niños y adultos. Los padres eran fusilados, los niños iban a parar al asilo de huérfanos de Kolivan. 

El asilo estaba organizado en una casa de dos plantas que fue arrebatada a un sacerdote. En las pizarras escribieron: "¡Viva nuestra infancia feliz!", pero los chavales del asilo ya eran mayorcitos y no les daba miedo preguntar:

- ¿Qué es ésta "infancia feliz"? -nos decíamos- ¿Papi y mamí fusilados, y luego escriben para nosotros esta mierda de "infancia feliz"?

- ¡Callaos! - respondían a nuestros murmullos - vuestros padres eran enemigos del poder soviético ¿No estáis contentos? ¿Os vestimos y enseñamos y aún no estáis satisfechos?  

Pero a pesar de todo aquellos niños conservaron su creencia. Luego, cuando ya fueron mayores, cuando empezó la guerra, aquellos muchachos fueron enviados al frente; a luchar contra el fascismo defendiendo la patria igual que aquellos que tuvieron un hogar normal. A todos los enviaron a posiciones avanzadas. La gente creyente sabe por qué se necesita tanto a la patria, a la verdad y al amor, y esos adultos no tenían miedo de perder sus propias vidas, luchaban por su patria.


1.8. El pan de hierbas

A mí también me enviaron a la escuela militar de Omsk, cuando empezó La Gran Guerra Patria; luego a Leningrado. Me destinaron primero a la artillería, como apuntador, luego llegué a ser el jefe de escuadra de nuestra pieza de artillería.  

Las condiciones en el frente eran, como es sabido, muy duras: ni luz, ni agua corriente, ni combustible, poco de comida, sal o jabón; eso sí muchos piojos, pus, barro y hambre. Pero en la guerra nuestra plegaria es tan ardiente que sube hacia el cielo sin obstáculos: "¡Ayúdanos Señor!".  

Gracias a Dios sobreviví, aunque por tres veces fui herido gravemente. Cuando estaba en la mesa de operaciones en el hospital de Leningrado, acondicionada en una escuela, sólo tuve confianza en Dios; me sentía muy mal. El sacro estaba roto, la arteria general dañada, el tendón de la pierna derecha destrozado, la pierna era un trapo violáceo con aspecto muy feo. Me encontraba sobre la mesa desnudo, como un pollito, sólo llevaba un crucifijo y me santiguaba sin cesar. El cirujano, un viejo catedrático de pelo cano, Nikolai Nicolaievich Borisov, se inclinó hacia mí y me cuchicheó al oído:

-Reza hijito. Pídele a Dios que nos dará su ayuda. Ahora voy a intentar sacar este casquito. 

Llegó a retirar dos, pero el tercero no pudo sacarlo. Hasta el día de hoy está ese pedazo de hierro en mi columna vertebral.

A la mañana, después de la operación llegó a mí y me preguntó:

-¿Qué tal te sientes, hijito?

Varias veces se llegaba a mi cama. Examinaba mis heridas y me tomaba el pulso, aunque tarea no le faltaba con otros heridos. Algunas veces estaban ocupadas hasta ocho mesas quirúrgicas esperándolo; así me quería.

Los demás, que observaban su dedicación, me preguntaron:

- ¿Es pariente tuyo?
- Por supuesto -contestaba- es mi pariente.  

De modo asombroso se curaron mis heridas; quizá ayudó el ser tan joven, y curado regresé a mi batería.

Mi dura experiencia de sufrimiento en el destierro, la supervivencia en condiciones casi insoportables me ayudaron mucho durante el asedio de Leningrado y en Sestroresk, situado en las márgenes del lago Ladoga. Nos tocó cavar trincheras para los cañones y sus proyectiles, blindadas con cinco paredes hechas de  troncos y piedras. Apenas acabábamos con un blindaje ya teníamos que salir corriendo a otro lugar. Pero ¿de dónde salía tanta energía ? ¡Si no había nada para comer!

Ahora se ignoran las condiciones del sitio de Leningrado que eran terribles; había de todo para morir y nada para sobrevivir. Ni alimentos, ni ropa, nada de nada. 

Nos alimentábamos de hierbas. Cocinabámos pan con hierbas; por las noches segábamos las hierbas y luego las secábamos como si fuesen para el ganado. Encontramos un molino y de las hierbas secas obtuvimos algo parecido a la harina. De aquella sustancia cocinábamos el pan. Nos trajeron uno para siete u ocho soldados:

-¿Quién lo reparte? ¿Iván? ¡Vamos Iván, córtalo!  

De vez en cuando nos daban una sopa de patatas o zanahorias secas; como segundo plato algo poco reconocible, obtenido de las mismas hierbas. Si las vacas, las ovejas y los caballos son capaces de comer eso y se mantienen sanos y fuertes ¿por qué no nosotros también? Así era nuestra cocina. Imaginaos ¡un panecillo de hierbas al día para ocho personas! Más delicioso que el chocolate resultaba aquel pan para nosotros. 


1.9. El voto de los amigos

Durante la guerra vi muchas cosas terribles como las casas volaban por el aire tras un bombardeo. Éramos jóvenes y queríamos vivir, así que decidimos rezar todos los que componíamos mi escuadra. Todos estábamos bautizados y todos llevábamos nuestros crucifijos en el pecho:

- ¡Vamos a vivir, amigos, gracias al Señor!

Todos procedíamos de diferentes lugares. Yo de Siberia, Mijaíl Mijeev de Minsk, Leonti Lvov de Ucrania (de la ciudad Livov), Mijaíl Korolev y Konstantin Vostriakov de Ptrogrado, Kuzma Pershin de Mordovia. Nos pusimos de acuerdo para no decir tacos, ni mostrar irritabilidad, ni causar ninguna ofensa a los compañeros. En cualquier lugar aprovechábamos para rezar. Corríamos en dirección al cañón persignándonos.

- ¡Señor ayúdanos! ¡Perdónanos Señor! - aullábamos a pleno pulmón. 

Por todos lados volaban proyectiles incluyendo los cazas alemanes que siempre estaban sobre nosotros. Nosotros disparábamos, ellos volaban. Gracias a Dios no murió nadie de mi escuadra.  

Yo no tenía ningún temor en llevar el crucifijo. Decidí defender la patria con la cruz; nadie pudo hacerme un sólo reproche por ofenderla o por que haya hecho algo de malo.

Nadie de nosotros cometía pillerías; así nos comportábamos. Si alguien estaba enfermo o cogía un resfriado los demás le dábamos nuestras porciones de alcohol, cincuenta gramos que eran entregados por si hacía mucho frío; a menos de 28 grados bajo cero. El que era más débil recibía también más alcohol. Frecuentemente se las entregábamos a Lenka Koloskov, que llegó a nuestro equipo más tarde. Era el más flojo.

- ¡Bébelo Lenka!
- ¡Oh, gracias muchachos! - respondía.

Y fijaos que nadie se convirtió en un borracho pasada la guerra.


1.10. El Señor me habló:  ¡Retira tus soldados!

No teníamos iconos, pero como ya he dicho, llevábamos los crucifijos por debajo de las guerreras. Cada uno de nosotros rezaba con profunda emoción, y el Señor nos salvaba de las situaciones más horrorosas. Dos veces me habló el Señor como algo resonando en mi pecho:

-¡Aquí caerá un proyectil! ¡Retira a tus soldados, escapad!  

Así pasó cuando en 1943 nos trasladaron a Sestroresk; estábamos en Semana Santa. Nos saludamos unos a otros: "¡Jesús resucitó!" y luego empezamos a cavar una trinchera; pero en aquél oí en mi interior: 

- ¡Retiraos! ¡Poneos a cubierto, rápido, que va a estallar un proyectil!

Me puse a gritar a pleno pulmón ¡fuera! como si me hubiera vuelto loco; tiraba con fuerza del tío Kolya Vostryakov (el tenía 40 años mientras los demás sólo 20)

-¿Por qué me tiras? - gritó.
- ¡Vamos! ¡Fuera! - respondí - ¡Se nos viene un proyectil encima..!  

Después los soldados me dieron las gracias, aunque en realidad fue el Señor quién nos salvó. Si el Señor no me avisa, mis amigos y yo estaríamos bajo tierra. Así nos dimos cuenta que Dios nos guardaba.  

¡Cuántas veces el Señor nos salvó de la muerte!; Cuando nos casi  ahogamos en el agua, o estábamos a punto de quemarnos por efecto de las bombas. Recuerdo que por dos veces seguidas un camión casi nos aplasta; era invierno, en una noche oscura y tuvimos que atravesar el lago (se refiere al lago Oniesh que en invierno se congela) con los faros apagados. Estalló un obús; el camión volcó. El cañón que transportaba el camión, también. Nosotros quedamos debajo del camión; no podíamos salir ¡Gracias a Dios nuestras municiones no detonaron!

Cuando llegamos a Prusia Oriental ¡que carnicería! Había fuego por todas partes; volaba todo, los cajones, la gente huía ... estallaban bombas por doquier. Me caí de espaldas y entonces vi un caza de enemigo que descendía en picado directamente hacia mí. Sólo tuve tiempo de santiguarme y pensar:

- ¡Padre, madre, perdonadme! ¡Perdóname Señor!

Sabía que en segundos me convertiría en picadillo ¡No hallarán un cadáver sólo un montón de carne! Pero la bomba estalló detrás del cañón ¡y yo vivo! Apenas una piedra llegó a golpearme en la pierna derecha; al sentir el impacto creí que la había perdido. Pero eché un vistazo y estaba allí, la pierna ilesa; sobre el suelo quedaba una enorme piedra.

A pesar de todas las desgracias sobreviví. Sólo llevo un casco de metal en mi columna, hasta ahora.  


1.11. Tanta alegría no la sentí nunca más

La victoria nos encontró en Prusia Oriental, en la ciudad Gumbinnen, cerca de Königsberg. Aquella noche estábamos durmiendo en una casa grande ¡por primera vez durante toda la guerra! Calentamos la chimenea y luego todos se acostaron; nos sentíamos cómodos, con calor. Luego a alguién se le ocurrió cerrar el paso de la chimenea. Yo estaba acostado cerca de la puerta y luego tuve que controlar a los centinelas; cuando estaba fuera de pronto ví que se abrían la puertas y  que varios compañeros eran arrastrados al aire libre. Se habían desvanecido por la combustión de la estufa pero, gracias a Dios, no había muerto ninguno. 

Cuando nos llegó la noticia de nuestra victoria llorábamos de alegría ¡No os imagináis cuanta alegría! Luego nunca sentí algo igual. Nos arrodillábamos y rezábamos ¡dábamos gracias al Señor! Vertíamos torrentes de lágrimas, nos miramos uno al otro:

- ¡Leñka, estamos vivos!
- ¡Mishka, estamos vivos! ¡Oh!

Y nuevamente llorábamos de felicidad. Luego marchamos al río a descansar. Por allí había un pequeño río que se llamaba Pissa. Encontramos un monticulo de paja, nos acostamos sobre ella, y nos dedicamos a tomar el sol. Hacía demasiado frío para bañarnos, pero nos daba igual; queríamos quitarnos el barro de la guerra. Como no teníamos jabón, raspábamos de nuestra piel el barro y las moscas con los cuchillos.  

Luego nos abalanzamos sobre el papel para escribir cartas a nuestros parientes; sólo un par de palabras: ¡Mamá, estoy vivo! Y también escribí a mi padre.
En aquel entonces él trabajaba en Novosibirsk, en un cuerpo de la NKVD como maestro de obras, lo habían movilizado también. Estaba construyendo casas habitables, dio todo por lo patria a pesar de ser considerado "un enemigo del poder soviético".

Y ahora, cuando otro enemigo amenaza a nuestra patria, y nos quieren pisotear el alma ¿no estamos obligados a defender nuestra Rusia hasta morir?


1.12. Es la virgen rusa

Este acontecimiento asombroso lo recuerdan todos en Girovisi, donde esta el monasterio de Dormición en el cual mi hijo Piotr celebra la misa.

Cuando en la Gran Guerra Patria los alemanes estuvieron en este monasterio, en la iglesia almacenaron toda clase de armas, y explosivos. El jefe de ese almacén quedó estupefacto cuando vio aparecer a una mujer vestida de monja hablándole en alemán: “Iros de aquí, sinó acabaréis muy mal”

Quiso cogerla, pero no pudo. La monja entró en la iglesia y el jefe la siguió quedando perplejo cuando desapareció. La veía y oía, pero no estaba. Menudo susto se llevó. Informó a su comandante que le respondió:

- Eran guerrilleros; son muy hábiles. Si aparece otra vez ¡detenedla!  

Dejó dos soldados de guardia. Ellos esperaron un tiempo y la volvieron a ver. Igual que la vez anterior repitió al jefe del almacén: “Iros de aquí, sinó acabaréis muy mal ... “ 

Luego volvió a meterse en la iglesia. Cuando quisieron detenerla no podían moverse, estaban pegados al suelo. Desapareció en el templo y cuando pudieron caminar entraron, pero no la encontraron.

Otra vez fue informado el comandante que volvió a responder:

- Si aparece de nuevo disparadle a las piernas, sin matarla. Tenemos que interrogarla.  

¡Que drástico! A la tercera vez los soldados dispararon a las piernas de la monja; pero aunque las balas daban en el blanco no le hacían daño. ¡Ni una gota de sangre en el suelo! Nadie entendía lo que sucedía. Mas tarde los soldados, intimidados, le contaron a su comandante las novedades. Éste respondió laconicamente:

- ¡Es una virgen rusa!  

Así nombraron a nuestra Señora. Y respetando el mensaje que ella les dió procedieron a retirar de la iglesia sus instrumentos bélicos.  

Nuestra Señora tampoco permitió destruir su monasterio con las bombas. Cuando los aviones soviéticos bombardearon a los alemanes, dispersos por el monasterio, las bombas cayeron pero no estalló ninguna. Luego, cuando los fascistas fueron echados, llegaron soldados rusos y un piloto alemán intentó, por dos veces, bombardearlo también; pero solo explotaron las bombas que caían fuera de la muralla.

Después de la guerra ese piloto volvió al monasterio; quería volver a ver ese lugar bombardeado por él dos veces sin ningún efecto visible. Es un lugar bendito y tabién lo era en el pasado; por ello nuestra Señora no permitió su destrucción. 


Y si de verdad todos fuéramos creyentes, la gente de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, ni las bombas ni los males del espíritu no nos harían ningún daño.

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[Fin del Capítulo. Traductor del ruso Aleksander Sedov. Colaborador en la versión española Carolus Brigantinus]


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miércoles, 4 de febrero de 2015


Metálogo: Sobre jugar y ser "serios".

Gregory Bateson

A review of General Semantics, vol. X, 1953.


HIJA: Papá, ¿son serias estas conversaciones?
PADRE: Por cierto que sí.
H.: ¿No son una especie de juego que tú juegas conmigo?
P.: ¡No lo quiera Dios! Pero son una especie de juego al que jugamos juntos. 
H.: ¡Entonces no son serias!

P.: ¿Qué te parece si me dices qué entiendes por las palabras "serio" y "un juego"?
H.: Bueno... cuando uno... no lo sé.
P.: ¿Cuando uno qué?
H.: Quiero decir... las conversaciones son serias para mí, pero si lo que haces tú es sólo jugar a un juego...
P.: Vayamos despacio. Veamos qué es lo bueno y qué es lo malo de "jugar" y de "los juegos". En primer lugar, a mi no me importa —no me importa mucho— ganar o perder. Cuando tus preguntas me colocan en una posición difícil, me esfuerzo más para pensar correctamente y decir claramente lo que quiero. Pero no finjo ni hago trampa. No existe la tentación de trampear.
H.: Esa es la cosa. Para ti, esto no es serio. La gente que trampea no sabe jugar. Tratan los juegos a los que juegan como si fueran serios.
P.: Pero son serios.
H.: No, no lo son... y tampoco para ti lo son.
P.: ¿Lo dices porque ni siquiera quiero hacer trampas?
H.: Sí, en parte por eso.

P.: ¿Pero tú quieres hacer trampas y fingir todo el tiempo? 
H.: No, por supuesto que no.
P.: ¿Y entonces?
H.: ¡Ay papá, jamás entenderás nada!
P.: Creo que efectivamente es así.
P.: Mira, hace un momento gané una especie de tanto en el debate al obligarte a admitir que no quieres hacer trampa... y luego derivé de esa admisión la conclusión de que por eso tampoco para ti son serias las conversaciones. ¿Te parece una trampa? Sí, una especie de trampa.
P.: Estoy de acuerdo... creo que sí lo fue. Lo siento. Ya lo ves, papá... si yo hiciera trampas o quisiera trampear, eso significaría que no tomo en serio las cosas de las que hablamos. Querría decir que lo único que hacía era jugar contigo a un juego. Sí, lo que dices es razonable.
H.: No, no es razonable... es un revoltijo terrible.
P.: Así parece; pero igual tiene algún sentido.
H.: ¿Cuál, papá?


P.: Ten un poco de paciencia. Es difícil de decir. En primer lugar... Creo que estas conversaciones nos sirven. Disfruto mucho con ellas y creo que también tú. Además, también, aparte de eso creo que nos aclaramos algunas ideas y pienso que el revoltijo ayuda a ello. Me refiero a que si ambos habláramos lógicamente todo el tiempo, no llegaríamos a ningún lado. Lo único que haríamos sería repetir como loros los viejos clisés que todos han repetido durante cientos de años.
H.: ¿Qué es un clisé, papá?
P.: ¿Un clisé? Es una palabra francesa, y creo que originariamente era una palabra de los tipógrafos. Cuando componen una frase para imprimirla, tienen que tomar cada una de las letras y colocarlas una por una en una especie de regla para leer las palabras. Pero para imprimir las palabras y las frases que la gente usa mucho, el tipógrafo guarda unas barras de letras con la palabra o la frase entera ya armadas. Estas frases hechas son lo que se denomina un clisé.
H.: Pero ya me olvidé lo que estabas diciendo sobre los clisés, papá.
P.: Sí, tenía que ver con los líos en que nos metemos con estas charlas y cómo el meterse en embrollos es algo que tiene cierto sentido. Si no nos metiéramos en líos, nuestras conversaciones serían como jugar al rummy sin mezclar primero los naipes.
H.: Sí, papá, ¿pero qué pasa con esas barritas de letras ya armadas?
P.: ¿Los clisés? Sí... es el mismo asunto. Todos tenemos cantidades de frases e ideas ya armadas, y el tipógrafo tiene barras de letras ya armadas, combinadas en frases. Pero si el tipógrafo tiene que preparar para imprimir algo nuevo, por ejemplo una frase en una lengua nueva, tiene que desarmar esas barritas usadas. De la misma manera, para poder pensar nuevas ideas o decir cosas nuevas, nosotros tenemos que romper todas nuestras ideas ya armadas y mezclar los pedazos.
H.: Pero, papá, no creo que el tipógrafo mezcle todas las letras, ¿no es cierto? No irá a arrojarlas todas en la misma caja. Supongo que las pondrá una por una en sus lugares, todas las a en una cajita y todas las b en otra y todas las comas en otra, y así con todas las demás.
P.: Sí, eso es lo que hace. De lo contrario, se volvería loco buscando una a cada vez que la necesita.

P.: ¿En qué estás pensando?
H.: No, en nada... sólo que hay muchísimas preguntas. P.: ¿Por ejemplo?
H.: Bueno, comprendo lo que quieres decir sobre el meternos en embrollos. Eso es lo que nos hace decir cosas nuevas. Pero estoy pensando en el tipógrafo. Tiene que mantener clasificadas todas sus letritas aunque desarme todas las frases hechas. Y me preocupan nuestros líos ¿Tenemos también que conservar ordenados los pedacitos de nuestros pensamientos... para no volvernos locos?
P.: Me parece que sí... sí... pero lo que no sé es en qué orden. Esa sería una pregunta terriblemente difícil de responder. No creo que hoy podamos lograr una respuesta para esa pregunta.

P.: Dijiste que había "muchísimas preguntas". ¿Tienes otra?
H.: Sí sobre los juegos y el ser serio. Por allí empezamos, y no sé cómo ni por qué eso nos llevó a hablar de nuestros líos. La manera que tú tienes de confundirlo todo... es una especie de trampa.
P.: No, en absoluto.

P.: Tú propusiste dos preguntas. Y en realidad hay muchas más... Comenzamos por la pregunta sobre estas conversaciones: ¿son serias? ¿O son un juego de alguna clase? Y te sentiste molesta de que yo pudiera estar jugando a un juego mientras que tú lo tomas en serio. Pareciera que una conversación es un juego si una persona participa en él con un conjunto de emociones o ideas... pero no es un "juego" si sus ideas o emociones son diferentes.
H.: Sí, si tus ideas sobre la conversación son distintas de las mías... 
P.: Si ambos tuviéramos la misma idea, ¿estaría bien?
H.: Sí... por supuesto.
P.: Entonces parece que me corresponde a mí aclarar qué entiendo por una misma idea. Sé que tomo en serio —cualquiera sea el sentido que demos a la palabra— las cosas sobre las que hablamos. Nosotros hablamos de ideas. Y sé que juego con las ideas para comprenderlas y ensamblarlas unas con otras. Es "un juego" (game) en el mismo sentido en que un infante "juega" con bloques de madera... Y un niño que maneja bloques para construir toma la mayoría del tiempo en serio su "jugar" (play).
H.: ¿Pero es un juego, papá? ¿Tú juegas contra mí?
P.: No, yo siento como que tú y yo jugamos juntos contra los bloques de madera, es decir, las ideas. A veces competimos un poquito, pero competimos sobre quién puede colocar en su lugar la idea siguiente. Y algunas veces atacamos la parte construida por el otro, o yo trato de defender de tu crítica la construcción que hice con mis ideas. Pero siempre terminamos trabajando juntos para levantar el edificio de nuestras ideas de manera que se mantenga en pie.

H.: Papá, ¿tienen reglas nuestras charlas? La diferencia entre un juego y el solo jugar es que el juego tiene reglas.
P.: Sí, déjame pensar un poco esto. Creo que sí tenemos cierta clase de reglas... y creo que un chico que juega con bloques tiene reglas. Los bloques mismos forman una especie de regla. En ciertas posiciones se mantienen en equilibrio y en otras no. Y sería una especie de trampa si un chico usara cola para que los bloques se queden parados en cierta posición en la que de otra manera se derrumbarían.
H.: ¿Pero qué reglas tenemos nosotros?
P.: Bueno, las ideas con las que jugamos tienen en sí una especie de reglamento. Se trata de reglas acerca de cómo se mantienen en pie las ideas y se apoyan unas a otras. Y si se las junta equivocadamente, toda la construcción se derrumba.
H.: ¿Entonces, nada de cola, papá? 
P.: Nada de cola: sólo lógica.

H.: Pero tú dijiste que si siempre habláramos lógicamente y no nos metiéramos en líos, nunca podríamos decir nada nuevo. Sólo podríamos decir cosas ya armadas. ¿Cómo llamaste a eso?
P.: Clisés. Sí. La cola es lo que mantiene armados los clisés.
H.: Pero tú dijiste "lógica", papá.
P.: Sí, ya lo sé. Estamos otra vez en un lío.. Sólo que de este lío concreto no sé cómo salir.

H.: ¿Y cómo fue que nos metimos en él, papá?
P.: Tienes razón. Veamos si podemos reconstruir nuestros pasos. Estábamos hablando de las "reglas" de estas conversaciones. Y yo dije que las ideas con las que jugamos tienen reglas de la lógica...
H.: ¡Papá! ¿No crees que sería bueno que tuviéramos algunas reglas más y que las obedeciéramos con mayor cuidado? Entonces no nos meteríamos en estos horribles líos.
P.: Sí, pero aguarda. Quieres decir que yo meto a los dos en estos líos porque hago trampas a reglas que no tenemos. O también puede decirse de otra manera, si quieres. Que podríamos tener reglas que nos impidieran meternos en líos... siempre que las obedeciéramos.
H.: Las reglas de los juegos son para eso.
P.: Sí, ¿pero quieres que estas conversaciones se transformen en ese tipo de juego? Preferiría jugar a la canasta, que también es divertida.
H.: Tienes razón. Podemos jugar a la canasta siempre que queramos. Pero en este momento preferiría jugar a este juego. Sólo que no sé qué clase de juego es.
P.: Y sin embargo lo venimos jugando hace bastante tiempo. 
H.: Sí. Y ha sido divertido.

P.: Volvamos a la pregunta que me hiciste y que yo dije que era demasiado difícil para contestarla hoy. Hablábamos de que el tipógrafo tenía que desarmar sus clisés, y tú dijiste que aun entonces tenía que mantener algún tipo de orden en sus letras ... para no volverse loco. Y entonces preguntaste: "¿Qué clase de orden tendríamos que conservar para no volvernos locos cuando nos metemos en un lío?" Me parece que las "reglas" de los juegos son sólo otro nombre para este tipo de orden.
H.: Y el trampear es lo que nos mete en los líos.
P.: En cierto sentido, sí. Es verdad. Salvo que toda la razón de nuestro juego es que entramos en un lío y logramos salir del otro lado, y si no hubiera embrollos nuestro "juego" sería como el ajedrez y no es así como queremos que sea.
H.: ¿Pero no eres tú el que hace las reglas, papá? ¿Te parece justo?
P.: Eso que acabas de decir, hija mía, es juego sucio. Y probablemente desleal. Pero lo tomaré como suena. Sí, soy yo quien hace las reglas... después de todo, no quiero que nos volvamos locos.
H.: Está bien. Pero, papá, ¿también cambias las reglas? Digo, a veces.
P.: ¡Humm! Otra jugada sucia. Sí, hija mía, las cambio constantemente. No todas, pero sí algunas de ellas.
H.: ¡Me gustaría que me avisases cuando vas a cambiarlas!
P.: ¡Humm!... sí... otra vez. Quisiera poder hacerlo. Pero no es así. Si fuera como el ajedrez o la canasta, te podría decir las reglas, y podríamos, si quisiéramos, dejar de jugar y discutir las reglas. Y podríamos empezar un nuevo juego con nuevas reglas. ¿Pero qué reglas nos regirían entre los dos juegos? Mientras discutiéramos las reglas...
H.: No entiendo.
P.: Sí. El asunto es que el propósito de estas conversaciones es descubrir las reglas. Es como la vida, un juego cuyo propósito es descubrir las reglas, las cuales reglas siempre están cambiando y siempre son imposibles de descubrir.
H.: Pero a eso yo no lo llamo un juego, papá.
P.: Quizá no. Yo querría llamarlo un juego, o por lo menos un jugar. Pero ciertamente no es como el ajedrez o la canasta. Se parece más a lo que hacen los cachorritos o los gatitos. Tal vez. No lo sé.
H.: Papá, ¿por qué juegan los cachorritos y los gatitos? 

P.: No lo sé... No lo sé (pone cara de pesadumbre)

Metálogo: ¿Por qué los franceses...?

Gregory Bateson.

Este metálogo se publicó en Impulse 1951, anuario de danza contemporánea, con autorización de Impulse Publications Inc. Apareció también en ETC.: A Review of General Semantícs, vol. X, 1953.

HIJA: Papá, ¿por qué los franceses mueven los brazos para todas partes?
PADRE: ¿A qué te refieres?

H.: Quiero decir, cuando hablan. ¿Por qué mueven así los brazos y todo eso?
P.: Bueno... ¿Y por qué sonríes tú? ¿O por qué das a veces patadas contra el suelo?
H.: Pero no es lo mismo, papá. Yo no muevo los brazos para todos lados como hace un francés. Tengo la impresión de que no pueden dejar de hacerlo. ¿No te parece?
P.: No lo sé... es posible que les resulte difícil parar... ¿Puedes tú parar de sonreír?
H.: Pero papá, yo no sonrío continuamente. Sí me resulta difícil parar cuando tengo ganas de sonreír. Pero no tengo ganas todo el tiempo. Y entonces, paro.
P.: Es cierto. Pero tampoco un francés mueve los brazos de la misma manera todo el tiempo. A veces los mueve de un modo y otras, de otro... y me parece que a veces deja de moverlos.

P.: ¿Y qué piensas tú? Quiero decir, ¿qué se te ocurre cuando un francés mueve los brazos?
H.: Se me ocurre que parece tonto. Pero me imagino que a otro francés no le parece eso. Es imposible que todos parezcan tontos los unos a los otros. Porque si lo parecieran, dejarían de hacerlo. ¿No lo crees?
P.: Tal vez, pero la pregunta no es sencilla. ¿Y qué otra cosa se te ocurre?

H.: Bueno, que todos parecen agitados.
P.: Está bien: conque "tontos" y "agitados".
H.: ¿Pero estarán realmente tan agitados como parecen? Si yo estuviera tan agitada, necesitaría bailar, cantar o golpear a alguien en la nariz... en cambio, ellos lo único que hacen es seguir moviendo los brazos. No pueden estar agitados de veras.
P.: Bueno... ¿son realmente tan tontos como te parecen a ti? Y, de todas maneras, ¿por qué tú algunas veces necesitas bailar y cantar y golpear a alguien en la nariz?
H.: Es que a veces sencillamente lo siento así.
P.: Tal vez el francés también lo siente sencillamente "así" cuando mueve los brazos para todas partes.
H.: Pero no puede ser que se sienta así todo el tiempo, papá, sencillamente no puede ser.
P.: Quieres decir que el francés seguramente no siente al mover los brazos exactamente lo
que sentirías tú si movieras los tuyos. Y sin duda tienes razón.
H.: ¿Pero entonces cómo se siente?
P.: Bueno, supongamos que estás hablando con un francés y él mueve los brazos para todos lados, y luego, en medio de la conversación, cuando tú has dicho algo, deja de pronto de mover los brazos y se limita a hablar.¿Qué pensarías entonces? ¿Que en ese momento dejó de ser tonto y de estar agitado?
H.: No... me asustaría. Pensaría que he dicho algo hiriente y que tal vez esté realmente enojado.
P.: Sí... y probablemente tendrías razón.

H.: De acuerdo. Quedamos en que dejan de mover los brazos cuando comienzan a enojarse.
P.: Espera un momento. La cuestión es después de todo, qué está diciendo un francés a otro francés cuando mueve los brazos. Y tenemos parte de una respuesta... lo que le dice es que no está seriamente enojado, que está dispuesto v puede ser lo que tú llamas "tonto".
H.: Pero... no... eso no es razonable. Es imposible que se tome todo ese trabajo para poderle decir después al otro que está enojado, limitándose para ello a dejar los brazos quietos. ¿Cómo puede saber que estará enojada más tarde?
P.: No lo sabe, pero por las dudas...
H.: No, papá, eso no tiene sentido. Yo no sonrío para después poderte decir que estoy enojada dejando de sonreír.
P.: Sí... yo creo que esa es parte de la razón para sonreír, y hay mucha gente que sonríe para decirle a uno que no están enojados... cuando en verdad lo están.
H.: Eso es distinto, papá. Es una manera de mentir, con la cara. Como jugar al poker. 
P.: Sí.

P.: ¿En qué estábamos ahora? A ti no te parece razonable que los franceses se tomen tanto trabajo para decirse unos a otros que no están enojados o heridos. Pero, después de todo, ¿de qué trata la mayoría de las conversaciones, me refiero a las nuestras, las de los norteamericanos?
H.: ¡Papá, sobre todo tipo de cosas!... El béisbol y los helados y los jardines y los juegos. Y la gente habla de otra gente y de sí misma y de los regalos que recibieron para Navidad.
P.: Sí, sí... ¿pero quién los escucha? Quiero decir... está bien: quedamos en que hablan del béisbol y de los jardines. ¿Pero intercambian información? Y si lo hacen, ¿qué información?
H.: ¡Claro que sí! ...cuando tú vuelves de pescar y te pregunto: "¿Sacaste algo?", y tú dices: "Nada", yo no sabía que no hablas sacado nada antes de que me lo dijeras.
P.: ¡Humm!

P.: Está bien... tú mencionas mis pescas —asunto sobre el cual soy susceptible— y se produce un corte, un silencio en la conversación... y ese silencio te indica que no me gustan las bromas sobre la cantidad de peces que dejé de pescar. Es exactamente lo mismo que el francés que deja de mover los brazos para todos lados cuando se siente herido.
H.: Lo lamento, papá, pero tú dijiste...
P.: ¡No, un momento! No nos confundamos con lamentaciones por algo que dijimos... Mañana iré a pescar otra vez, aun sabiendo que probablemente no sacaré un solo pez.
H.: Papá, pero tú dijiste que toda conversación corriente consiste en decir a otros que uno no está enojado con ellos...
P.: ¿Dije eso? Pues no, no toda conversación, pero sí gran parte de ella. Algunas veces, si ambas personas están dispuestas a escuchar atentamente, es posible hacer algo más que intercambiar saludos y buenos deseos. Y hasta hacen más que intercambiar información. Esas dos personas pueden hasta descubrir algo que ninguna de ellas conocía antes.

P.: De todas maneras, la mayor parte de las conversaciones gira solamente sobre si las personas están enojadas u otra cosa. Se ocupan de decirse unos a otros que se tienen afecto, lo que a veces es una mentira. Después de todo, ¿qué sucede cuando no se les ocurre nada que decir? Se sienten incómodos.
H.: ¿Y eso no es información? Quiero decir, información de que no están enojados.
P.: Indudablemente que sí. Pero es una clase de información diferente de la de "el gato está sobre el felpudo".

H.: Papi, ¿por qué la gente no puede decir tan solo: "No estoy enojado contigo" y dejar las cosas así?
P.: ¡Ah, ahora entramos en el verdadero problema! La cuestión es que los mensajes que intercambiamos mediante gestos no son en realidad lo mismo que cualquier traducción posible de esos gestos en palabras.
H.: No te entiendo.
P.: Quiero decir... que por mucho que le digamos a alguien con meras palabras que no estamos enojados, no es lo mismo que lo que uno les podría decir mediante gestos o tonos de voz. ¿no es cierto? Aun cuando alguien utilice lo menos posible
H.: Pero, papá, no puede haber palabras sin algún tono de voz, la entonación, la otra persona oirá que se está conteniendo... y eso será una especie de entonación, ¿verdad?
P.: Sí, me parece que sí. Después de todo, eso es lo que acabo de decir a propósito de los gestos... que el francés puede decir algo especial con dejar de hacer gestos.

P.: Pero entonces, ¿a qué me refiero cuando digo que las "meras palabras" nunca pueden transmitir el mismo mensaje que los gestos, si no existen "meras palabras"?
H.: Bueno, las palabras podrían escribirse.
P.: No, eso no me saca de la dificultad. Porque las palabras escritas tienen cierta clase de ritmo y también tienen armónicos. El asunto es que no existen "meras palabras". Sólo existen palabras con gestos o tonos de voz o algo semejante. Pero, por supuesto, los gestos sin palabras son bastante comunes.

H.: Papá, cuando nos enseñan francés en la escuela, ¿por qué no nos enseñan a mover los brazos?
P.: No lo sé, estoy seguro de que no los sé. Es probablemente una de las razones de que a la gente le resulte tan difícil aprender lenguas.

P.: De todas maneras, todo esto no tiene sentido. Quiero decir, la idea de que el lenguaje está hecho de palabras no tiene sentido... y cuando dije que los gestos no se pueden traducir en "meras palabras", estaba diciendo cosas sin sentido, porque no existe nada que sea "meras palabras". Y toda la sintaxis y la gramática y esas cosas no tienen sentido. Están basadas en la idea de que existen "meras palabras"... y no existen.
H.: Pero, papá...
P.: Te diré una cosa: tenemos que comenzar de nuevo desde el principio y suponer que el lenguaje es primera y principalmente un sistema de gestos Los animales, después de todo, disponen sólo de gestos y tonos de la voz... y las palabras se inventaron después. Mucho después, cuando ya habían inventado los maestros de escuela.
H.: Papá...
P.: ¿Sí?
P.: ¿Sería bueno que la gente abandonara las palabras y volviera a usar solamente gestos?

H.: ¡Humm! No lo sé. Por supuesto, no podríamos tener una conversación como ésta. Sólo podríamos ladrar o maullar y mover los brazos para todas partes y reír y gruñir y llorar. Pero tal vez fuera divertido... la vida se convertiría en una especie de ballet en el que los bailarines harían su propia música.


Metálogo: ¿Por qué se revuelven las cosas?


(Gregory Bateson - escrito en 1948)

HIJA: Papá, ¿por qué se revuelven las cosas?
PADRE: ¿Qué quieres decir? ¿Cosas? ¿Revolverse?

H.: Bueno, la gente gasta mucho tiempo arreglando cosas, pero nunca se la ve gastar tiempo revolviéndolas. Las cosas parecen revolverse por sí mismas. Y entonces la gente tiene que arreglarlas otra vez.
P.: ¿Pero tus cosas también se revuelven si no las tocas?
H.: No, si nadie me las toca. Pero si tú me las tocas —o si alguna otra persona las toca— se revuelven, y el revoltijo es peor si no soy yo la que las toca.
P.: Sí, por eso no te dejo tocar las cosas de mi escritorio. Porque el revoltijo de mis cosas es peor si las toca alguien que no soy yo.
H.: ¿Entonces la gente siempre revuelve las cosas de los otros? ¿Por qué lo hacen, papá?
P.: Bueno, espera un poco. No es tan sencillo. Ante todo, ¿a qué llamas revoltijo?
H.: Cuando... cuando no puedo encontrar las cosas y todo parece revuelto. Lo que sucede cuando nada está en su lugar...
P.: Bueno, pero ¿estás segura de que llamas revoltijo a lo mismo que cualquier otra persona llamaría así?
H.: Pero papá, estoy segura... porque no soy una persona muy ordenada y si yo digo que las cosas están revueltas, estoy segura de que cualquier otra persona estará de acuerdo conmigo.
P.: Muy bien, ¿pero estás segura de que llamas "arreglado" a lo que otras personas llamarían así? Cuando tu mamá arregla tus cosas, ¿sabes dónde encontrarlas?
H.: A veces, porque, sabes, yo sé dónde pone ella las cosas cuando ordena.
P.: Es cierto: yo también trato de evitar que arregle mi escritorio. Estoy seguro de que ella y yo no entendemos lo mismo por "arreglado".
H.: Papá, ¿te parece que tú y yo entendemos lo mismo por "arreglado"?
P.: Lo dudo, querida, lo dudo.
H.: Pero papá, ¿no es raro que todos quieran decir lo mismo cuando dicen "revuelto" y cada uno quiere decir algo diferente cuando dice "arreglado"? Porque "arreglado" es lo opuesto de "revuelto", ¿no?

P.: Estamos entrando en preguntas más difíciles. Comencemos de nuevo desde el principio. Tu dijiste: "¿Por qué siempre se revuelven las cosas?”. Ahora hemos dado uno o dos pasos más... y cambiemos la pregunta en: "¿Por qué las cosas se ponen en un estado que Katy llama de 'no arregladas?" ¿Te das cuenta por qué quiero hacer el cambio?
H.: ... Me parece que sí... porque si yo le doy un significado especial a "arreglado", entonces los "arreglos" de otras personas me parecerán revoltijos a mí, aunque estemos de acuerdo en la mayor parte de lo que llamamos "revoltijos"...
P.: Efectivamente. Veamos ahora qué es lo que tú llamas "arreglado". Cuando tu caja de pinturas está colocada en un lugar ordenado, ¿dónde está?
H.: Aquí, en la punta de este estante.
P.: De acuerdo. ¿Y si estuviera en algún otro lado?
H.: No, entonces no estaría arreglada.
P.: ¿Y si la ponemos en la otra punta del estante, aquí?
H.: No, ése no es el lugar que le corresponde, y además tendría que estar derecha, no toda torcida, como la pones tú.
P.: ¡Ahí... en el lugar acertado y derecha.
H.: Sí.
P.: Bueno, eso quiere decir que sólo existen muy pocos lugares que son "arreglados” para tu caja de pintura...
H.: Un lugar solamente.
P.: No, muy pocos lugares, porque si la corro un poquitito, por ejemplo, así, sigue arreglada. 
H.: Bueno... pero pocos, muy pocos lugares.
P.: De acuerdo, muy muy pocos lugares. ¿Y qué pasa con tu osito de felpa y tu muñeca y el Mago de Oz y tu suéter y tus zapatos? ¿No pasa lo mismo con todas las cosas, que cada una tiene sólo muy, muy pocos lugares que son "arreglados*' para ella?
H.: Sí, papá, pero el Mago de Oz puede ir en cualquier lugar del estante. ¿Sabes una cosa? Me molesta mucho, pero mucho cuando mis libros se mezclan todos con tus libros y los libros de mami.
P.: Sí, ya lo sé. (Pausa).

H.: Papá, no terminaste lo que estabas diciendo. ¿Por qué mis cosas se ponen de la manera que yo digo que no es arreglada?
P.: Pero sí que terminé... precisamente porque hay más maneras que tú llamas "revueltas" que las que llamas "arregladas".
H.: Pero eso no es una razón para...
P.: Te equivocas, lo es. Y es la verdadera y única y muy importante razón.
H.: ¡Uf, papá, basta con eso!
P.: No, no bromeo. Esa es la razón y toda la ciencia está ensamblada mediante esta razón. Tomemos otro ejemplo. Si pongo un poco de arena en el fondo de esta taza y encima de ella pongo un poco de azúcar y lo revuelvo con una cucharilla, la arena y el azúcar se mezclarán, ¿no es cierto?
H.: Sí, pero papá, ¿te parece bien pasar a hablar de "mezclado" cuando comenzamos hablando de "revuelto"?
P.: Es que... bueno... me parece que sí... Sí, porque supongamos que encontramos a alguien que piensa que es más arreglado colocar toda la arena debajo de todo el azúcar. Y, si quieres, no tengo inconveniente en decir que yo pienso de esa manera... 
H.: ¿Sí...?

P.: Está bien, tomemos otro ejemplo. Algunas veces, en el cine, tú ves un montón de letras del alfabeto, desparramadas por todas partes en la pantalla, hechas un revoltijo y algunas hasta patas arriba. Y entonces alguien sacude la mesa donde están las letras y las letras comienzan a moverse y luego, a medida que las siguen sacudiendo, las letras se reúnen y forman el título de la película.
H.: Sí, las vi... lo que formaban era DONALD.
P.: No tiene importancia lo que formaban. El asunto es que tú viste que algo era sacudido y batido, y en vez de quedar más mezclado que antes, las letras se reunieron en un orden, todas de pie y formaron una palabra... formaron algo que la mayoría de las personas estará de acuerdo en que tiene sentido.
H.: Sí, papá, pero sabes que...
P.: No, no lo sé; lo que trataba de decir es que en el mundo real las cosas nunca suceden de esa manera. Eso pasa sólo en las películas.
H.: Pero, papá...
P.: Te digo que sólo en las películas se pueden sacudir cosas y éstas parecen adquirir más orden y sentido del que tenían antes...
H.: Pero, papá ...
P.: Esta vez déjame terminar... Y en el cine, para que las cosas parezcan así, lo que hacen es filmar todo al revés. Ponen todas las letras en orden para que se lea DONALD, las filman y luego comienzan a sacudir la mesa.
H.: ¡Pero si ya lo sé, papá! Y eso era lo que quería decirte. Y cuando proyectan la película la pasan hacia atrás, y parece como si todo hubiera pasado hacia adelante, pero en realidad sacudieron las letras después de ordenarlas. Y las tienen que fotografiar patas arriba... ¿Par qué lo hacen?
P.: ¡Cielo santo!
H.: ¿Por qué tienen que poner la cámara cabeza abajo, papá?
P.: No te voy a responder ahora esa pregunta porque estamos en el medio de la pregunta sobre los revoltijos.
H.: ¡Ah, es verdad! Pero no te olvides, papito, que otro día me tienes que responder la pregunta sobre la cámara boca abajo. ¡No te olvides! ¡Verdad que no te vas a olvidar, papá? Porque a lo mejor yo me olvido. Sé buenito, papá.

P.: Bueno, sí, pero otro día. ¿En qué estábamos? Ah, sí, en que las cosas nunca suceden hacía atrás. Y trataba de explicarte por qué hay una razón de que las cosas sucedan de cierta manera si podemos mostrar que esa manera tiene más maneras de suceder que alguna otra manera.
H.: Papá, no empieces a decir tonterías.
P.: No estoy diciendo tonterías. Empecemos de nuevo. Hay una sola manera de escribir DONALD. ¿Estás de acuerdo?
H.: Sí.
P.: Magnífico. Y hay millones y millones y millones de maneras de esparcir seis letras sobre una mesa. ¿De acuerdo?
H.: Sí. Me parece que sí. ¿Y algunas de esas pueden ser patas arriba?
P.: Sí. Exactamente como en ese revoltijo en que estaban en la película. Pero puede haber millones y millones de revoltijos como ese, ¿no es verdad? ¿Y uno solo de ellos forma la palabra DONALD?
H.: De acuerdo, sí. Pero, papito, las mismas letras podrían formar OLD DAN [VIEJO DANIEL].
P.: No te preocupes. Los que hacen las películas no quieren que las letras formen OLD DAN sino DONALD.
H.: ¿Y por qué?
P.: ¡Deja tranquilos a los que hacen las películas! 
H.: Pero fuiste tú el que habló de ellos, papá.

P.: Sí, bueno, pero era para tratar de decirte por qué las cosas suceden de aquella manera en la que hay el mayor número posible de maneras de que suceda. Y ya es hora de irse a la cama.
H.: ¡Pero, papá, si no terminaste de decirme por qué las cosas suceden de esa manera, de la manera que tiene más maneras!
P.: Está bien. Pero no pongas más motores en funcionamiento... con uno basta y sobra. Además, estoy cansado de DONALD. Busquemos otro ejemplo. Hablemos de tirar monedas a cara o cruz.
H.: Papá, ¿estás hablando de la misma pregunta por la que comenzamos, la de "por qué se revuelven las cosas"?
P.: Sí.  
H.: ¿Entonces, papá, lo que tratas de decirme sirve para las monedas, para DONALD, para el azúcar y la arena y para mi caja de pinturas y para las monedas? 
P.: Sí, efectivamente.
H.: ¡Ah, bueno, es que me lo estaba preguntando!
P.: Bueno, a ver si esta vez logro acabar de decirlo. Volvamos a la arena y el azúcar y supongamos que alguien dice que poner la arena en el fondo de la taza es "arreglado" u "ordenado".
H.: ¿Hace falta que alguien diga algo así para que puedas seguir hablando de cómo se mezclarán las cosas cuando las revuelvas?
P.: Sí... ahí está precisamente el punto. Dicen lo que esperan que suceda y luego yo les digo que no sucederá porque hay tal cantidad de otras cosas que podrían suceder. Y yo sé que es más probable que suceda una de las muchas cosas y no de las pocas.
H.: Papá, tú no eres más que un viejo que hace libros, que apuestas a todos los caballos menos al único al que quiero apostar yo.
P.: Es cierto, querida. Yo les hago apostar según lo que llaman la manera "arreglada" —sé que hay infinitamente muchas maneras revueltas— y por eso las cosas siempre se encaminarán hacia el revoltijo y la mixtura.

H.: ¿Pero por qué no lo dijiste al comienzo, papá? Yo lo hubiera podido entender perfectamente.
P.: Supongo que sí. De todas maneras, es hora de irse a la cama.
H.: Papá, ¿por qué los grandes hacen la guerra, en vez de sólo pelear, como hacen los chicos?

P.: Nada: a dormir. Ya terminé contigo. Hablaremos de la guerra otro día.