[NOTAS SOBRE LA SELECCIóN Y ORDENACIóN
DE LOS MATERIALES]
Los militares han escrito la gran mayoría de las memorias de guerra soviéticas. Sus escritos pueden dividirse en cinco grupos, según la responsabilidad de cada mando militar. En el primer grupo están las memorias escritas por los miembros del Alto Mando soviético, los más próximos colaboradores de Stalin, que estudiaban la planificación y el control de las operaciones militares desde Moscú. Además, dado el sistema de mando soviético establecido, los autores de estas memorias fueron simultáneamente representantes de Stalin en el campo de batalla, supervisando la preparación y la dirección de las operaciones clave; algunos de ellos, incluso, asumieron el mando de los sectores más importantes del frente durante las batallas decisivas. Este grupo de memorias es quizás el más valioso, porque explica las relaciones y los métodos de trabajo dentro del Alto Mando soviético. Incluye las memorias del Mariscal Vasilevsky, primero Jefe de Operaciones y después Jefe del Estado Mayor Central; el Coronel General Shtemenko, Comisario Jefe al comienzo de la guerra y después Jefe de Operaciones del Estado Mayor Central; el Mariscal Jefe de Artillería Voronov, miembro del Mando Supremo y Comandante en Jefe de Artillería y de Defensa Antiaérea; el Almirante Kuznetsov, Comandante en Jefe de la Marina, y el Coronel General Krulev, Intendente del Ejército Rojo.'
En este grupo de memorias se observan grandes lagunas en los escritos de algunos dirigentes militares importantes, incluso omisiones totales de algunos hechos. En algunos casos los autores se centran estrictamente a su mando en el campo de batalla y a operaciones militares particulares, más que en el conjunto de su experiencia como miembros del Alto Mando. El Mariscal Zhúkov, que al principio de la guerra era Jefe de Estado Mayor Central y posteriormente ' durante la guerra, detentó el título de Primer Delegado del Comandante en Jefe
1. Para mejor información sobre las memorias aquí mencionadas, véase la bibliografía escogida de las Memorias sobre la Guerra soviética, al final de este libro.
Supremo, ha escrito sus memorias sobre su dirección de la batalla de Berlín, en 1945, pero no ha relatado en ninguna parte su experiencia durante los primeros meses de guerra ni su trabajo en el Cuartel General Supremo, o como delegado del Cuartel General Supremo en el campo de batalla. Tampoco se han publicado las memorias de guerra de los Mariscales Timochenko y Chaposhnikov. El primero actuó como Comisario del Pueblo de Defensa desde mayo de 1940R hasta julio de 1941, y durante la primera mitad del año fue responsable, como miembro del Mando Supremo, de la coordinación de operaciones, primero en el oeste y luego en los sectores estratégicos del sur. Ha rechazado abiertamente numerosas invitaciones a publicar sus experiencias. En 1966-67 las memorias póstumas del Mariscal Chaposknikov, Jefe del Estado Mayor Central desde 1937 a 1940 y, de nuevo, desde julio de 1941 hasta noviembre de 1942, aparecieron en la Revista de Historia Militar soviética, pero se ocupa sólo del período de su servicio en el ejército zarista. Se ignora si existen memorias del período 1937-47.
De las diversas armas del Ejército las Fuerzas Aéreas son las que tienen menor representación en este grupo de memorias. Los mandos; de guerra han escrito numerosos relatos acerca de las grandes formaciones de los combates aéreos, pero, según tenemos entendido, no, existe un relato extenso de la actuación del Estado Mayor de las; Fuerzas Aéreas. El Jefe del Aire, Mariscal Novikov, ha muerto ya, Y sus colaboradores más próximos en el Estado Mayor apenas han escrito sobre sus actividades durante la guerra.
El segundo grupo de memorias incluyen los relatos de los mandos. de los «Frentes» (el equivalente soviético de los Grupos de Ejércitos).
Existían cinco Grupos de Ejércitos al comienzo de la guerra, y en las últimas etapas de diez a quince. Un mando de Grupo de Ejércitos era responsable de las operaciones en un sector del campo de batalla que oscilaba entre las 100 y las 150 millas de longitud; disponía de varias armas del Ejército combinadas: artillería, carros blindados, caballería y formaciones aéreas, así como unidades de apoyo. Un Grupo de Ejércitos oscilaba entre un cuarto de millón y un millón de personas, según el momento y la importancia del sector del frente. En el primer período de la guerra cada Grupo de Ejércitos tenía unos cientos de tanques y aviones, e incluso menos; en el período final tenía varios miles. Durante casi toda la guerra los mandos de los Grupos de Ejércitos eran directamente responsables ante el Cuartel General Supremo. Eran los eslabones cruciales de las operaciones de combate. A pesar de que tuvieron mucha menos libertad de acción que sus colegas alemanes y aliados, los expertos alemanes y occidentales consideran que la mejoría radical que experimentaron en las últimas etapas de la guerra fue el factor básico del triunfo militar soviético.
Entre los autores de este grupo de memorias se incluyen los mandos de los Grupos de Ejércitos, sus Jefes de Estado Mayor, y en algunos casos, los jefes de las armas de artillería, de aviación, de unidades blindadas, etc., etc., de los Grupos de Ejércitos. Sus dotes y preparación para asumir los puestos de mando que detentaban -y donde se mantuvieron a lo largo de la guerra - fueron rigurosamente probados en el combate frente a un adversario poderoso. Los dirigentes militares de este nivel y del inmediatamente inferior, han dado forma a la institución militar soviética durante todo el período de la postguerra y continúan ocupando los puestos claves en el mando y en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas soviéticas.
Estos escritores, desde luego, se ocupan en primer lugar de aquellos aspectos de las batallas y campañas en las que sus respectivos Grupos de Ejércitos participaron y de las que, por tanto, fueron responsables; pero, como en muchos casos, también explican las relaciones con el Cuartel General Supremo, con los representantes de Stalin en el campo de batalla, y con Stalin personalmente; y también tratan de los problemas generales de la guerra. Entre los relatos más interesantes de este grupo hay que situar las memorias de los Mariscales Konev y Rokosovsky, los mandos más famosos de los Grupos de Ejércitos durante la guerra, que narran sus experiencias en la batalla de Moscú, las operaciones de ofensiva de 1944 en Bielorusia, y la campaña de 1945 que llevaron a cabo las tropas soviéticas desde el Vístula hasta Berlín y Praga. En este grupo hay que incluir también al Mariscal Eremenko, que estuvo al mando de un Grupo de Ejércitos desde el principio hasta el final de la guerra, y que ha relatado los primeros meses de la guerra y la batalla de Stalingrado; el Mariscal Meretskov, que dirigió las tropas soviéticas en el sector más septentrional del frente soviético-alemán; el Mariscal Bagramian, conocido por haber dirigido las batallas de 1944-45 en la zona del Báltico; el que después sería Mariscal Malinovsky y Ministro de Defensa soviético desde 1957 a 1967, que desde 1943 mandó los Grupos de Ejércitos del sector meridional del frente y participó en la conquista de Budapest, en la ocupación de Austria, y en la marcha fina¡ sobre Checoslovaquia; el Mariscal Biriuzov, Jefe de Estado Mayor de los Grupos de Ejércitos que lucharon en Rumania, Bulgaria y Yugoslavia; el General del Ejército Kazakov y el Coronel General Sandalov, Jefe de Estado Mayor de algunos Grupos de Ejércitos durante la mayor parte de la guerra; los Almirantes Golovko y Tributs, al mando de las flotas del Norte y del Báltico, respectivamente. Muchos autores de este grupo ocuparon puestos inferiores al nivel de mando de Grupos de Ejércitos en la primera época de la guerra, y, en algunos casos, sus memorias de esta primera época son más interesantes que las que narran sus experiencias cuando ya detentaban puestos de mayor autoridad. Por ejemplo, el Mariscal Bagramian nos ofrece una explicación más interesante sobre el verano y el principio del otoño de 1941, cuando era Jefe de Operaciones del Distrito Militar de Kiev y, más tarde, del Grupo de Ejércitos del Sudoeste en Ucrania, que sobre el período posterior, cuando ya estaba al mando de un Grupo de Ejércitos.
Debe decirse que los Grupos de Ejércitos más importantes, sus dirigentes más destacados y sus logros más espectaculares, están muy bien retratados en este abundante material. La campaña final de la guerra nazi-soviética (enero-mayo 1945) está descrita en las narraciones y en los libros de los mandos y Jefes del Estado Mayor de cada uno de los nueve Grupos de Ejércitos activos a lo largo de las 1.600 millas del Frente del Este.
Las memorias del tercer grupo están escritas por generales que estuvieron al mando de un Ejército, la unidad básica de operaciones soviética (o de un Cuerpo, unidad intermedia entre Ejército y división). El Ejército típico en la reglamentación soviética consistía en cinco divisiones con unidades de apoyo de las diversas armas, con un número total de 100.000 hombres. El número de Ejércitos a lo largo de la guerra se elevó, desde doce en las fronteras del Oeste, en la primera, segunda y tercera fila, el día de la invasión nazi, a treinta y seis en activo al final de la campaña.
En este grupo, los mandos más prominentes son los que se nombran a continuación: Mariscal Chuikov, cuyas memorias (que llenan dos libros) describen el período en que dirigió el 62 Ejército, el que paró el golpe del asalto nazi a Stalingrado y terminó la guerra con el ataque frontal a Berlín; el General Batov, que durante la mayor parte de la guerra mandó el 42 Ejército y fue el primero en llegar a las fronteras alemanas del Este de Prusia; los generales Belov y Pliev, del arma de caballería, que se hicieron especialmente famosos durante la contraofensiva de invierno de 1941; el general Fediuninsky, que al principio mandaba un cuerpo, en la frontera soviética, y después estuvo al mando del 42 Ejército que defendió Leningrado, y el 2.0 Ejército de asalto que participó en las campañas finales; y el Mariscal de las fuerzas blindadas, Katukov, al mando del 1 er Ejército de tanques, la unidad blindada soviética más célebre de la guerra.
El cuarto grupo incluye relatos sueltos de mandos y oficiales de los Estados Mayores a nivel de división, brigada y regimiento. Aunque estas memorias siguen unos moldes más grandilocuentes -y estereotipados, y rara vez superan el nivel de las típicas historietas de hazañas bélicas, en ocasiones ofrecen una visión interna de las relaciones jerárquicas dentro del ejército y una información complementaria sobre los episodios individuales en la guerra; también son un ejemplo de las divergencias de los puntos de vista entre los subordinados y superiores, representados en el tercer grupo.
Los comisarios políticos son los autores de las memorias de] quinto y último grupo. Desligados de los militares profesionales por su función política, estos oficiales actuaron como representantes de] aparato del Partido, como responsables de la lealtad de los oficiales profesionales y de la estricta supervisión del cumplimiento de las directrices del Partido en las unidades militares. A pesar de su preocupación por propagar los valores del Partido, su contribución a la literatura de guerra es escasa. Tal vez la razón principal de ello se halle en el hecho de que los comisarios políticos de la guerra más importantes a nivel de Grupos de Ejércitos y de Ejércitos, y muchos de los que actuaban a niveles inferiores, no fueron lo que puede llamarse comisarios políticos profesionales. En su gran mayoría eran dirigentes del Partido de Moscú y de las provincias, que fueron designados para llevar a cabo este trabajo político en las fuerzas armadas. Volvieron a sus ocupaciones civiles en cuanto los alemanes fueron expulsados del territorio soviético, o, en algunos casos, al terminar la guerra. Aunque la suerte que corrieron después fue muy distinta según los casos, hoy podemos hacer la siguiente generalización: la mayor parte de los comisarios políticos de guerra de más alta responsabilidad cayó en desgracia, fue expulsada o relegada al olvido, en la salvaje lucha por la sucesión, después de 1953 (por ejemplo, Bulganin); otros escalaron altos puestos e incluso la cumbre del poder (por ejemplo, Kruschev hasta 1964, y Breznev en la actualidad). Tanto los que estaban en una situación como en otra tenían unas condiciones poco propicias para escribir memorias. En el caso de los comisarios favorecidos, el recurso de la palabra escrita fue rechazado o bien por falta de tiempo, o por falta de suficientes distinciones durante la guerra a la altura de sus actuales cargos, o a falta de apoyo por parte de otros colegas. En realidad, la redacción de memorias nunca había constituido una tradición en los dirigentes políticos soviéticos. Como consecuencia de ello, los relatos sobre sus actividades, al menos en el caso de sus dirigentes máximos, han sido hechos por militares profesionales, que o bien les denigran o bien les adulan.
Las pocas memorias extensas de los comisarios políticos, dignas de crédito, han sido escritas por políticos de carrera adscritos de manera permanente al Ejército. El Teniente General Popel, comisario adscrito al Mariscal de las Fuerzas Blindadas, Katukov, escribió dos libros sobre sus experiencias. Otros autores de memorias son: El General Mayor Lobachev, comisario del Mariscal Rokossovsky; el Vicealmirante Azarov, uno de los principales comisarios navales que sirvió con las tropas que defendieron Odessa en 1941; y el Teniente General Telegin, comisario de la Zona de Defensa de Moscú durante la Batalla de Moscú y comisario con el Mariscal Zhúkov durante la batalla de Berlín.
En los últimos años, las experiencias publicadas por los militares durante los años siguientes a la preguerra y a la guerra han sido rechazadas, confirmadas, o complementadas por los relatos de hombres civiles que, desgraciadamente, son poco numerosos.
Estos relatos han sido escritos por directores de empresas industriales, como el ingeniero de aviación, que durante la guerra fue Ministro Comisario de la Industria de Aviación, IakovIev; el acádémico Emelianov, que prestó sus servicios antes y después de la guerra, como un alto ejecutivo de la industria de defensa soviética; el científico Golovin, que describe la trayectoria de las investigaciones realizadas para el desarrollo de las armas nucleares en la Unión Soviética; otros escritos pertenecen a diplomáticos, como el Embajador Maisky, en Londres, y el Primer Secretario Berezhkov, en Berlín; otros, a corresponsales de guerra y escritores, como Ilya Ehrenburg, Polevoi y Simonov. Pero el grupo civil que estaba en mejores condiciones de ofrecernos los relatos más importantes, se halla claramente ausente en la literatura de memorias; ni un solo miembro del Comité de Defensa del Estado, el organismo supremo en la dirección de la guerra, ha publicado sus experiencias.
El mismo Stalin, según tenemos entendido, no dejó memorias escritas, y la colección de discursos que seguramente existe, debe de estar almacenada en los archivos soviéticos. Ninguno de los colaboradores más próximos a Stalin, mientras éste vivió, pudo escribir más que discursos de alabanzas, y dada la suerte del grupo, la aparición de libros suyos fue prácticamente nula bajo la égida de las ,casas editoriales estatales. Repasemos la suerte de los ocho miembros que formaron el Comité bajo la presidencia de Stalin: Voznesensky fue ejecutado por orden de Stalin en 1949; Beria fue ejecutado por sus colegas en la lucha sucesoria en 1953; Molotov, Malenkov, Kaganovich y Bulganin cayeron en los últimos años de la década de los cincuenta, y sólo se sabe con certeza que vive uno de ellos, Molotov; Voroshilov cayó parcialmente en desgracia durante la lucha sucesoria, y su vida pública ha quedado reducida a los relatos sobre la ,Guerra Civil Rusa y la asistencia a las celebraciones de aniversarios; y finalmente, Mikoyan, el más tenaz, perdió su puesto en el poder en 1966 y ahora vive casi en completo retiro. No hay ningún indicio de que los políticos soviéticos, importantes o no, en activo o retirados, puedan verse beneficiados por una política de la actual dirección más favorable y tolerante, de forma que puedan satisfacer la necesidad humana, común a los políticos de todo el mundo, de dejar escritas las experiencias de su vida pública. La historia de los dirigentes de guerra se considera un tema demasiado vital para la imagen política e ideológica que de sí misma presenta la Unión Soviética, susceptible todavía de dividir las actuales alineaciones políticas -en la élite soviética, y demasiado explosiva para el tranquilo estado,
de la sociedad soviética, como para concederle un trato más generoso en las memorias que ahora se están publicando, o para permitir que los protagonistas puedan hablar.
Las memorias militares se pueden ordenar por su tamaño, desde obras de uno o de múltiples volúmenes hasta capítulos en obras de antología y artículos en revistas. Los artículos que no han sido reeditados después en libros, o que no se han incorporado a las antologías, suponen, por lo menos, una cuarta parte de toda la literatura de memorias. Las memorias se pueden dividir en cuatro grupos, según los temas en que fundamentalmente se centran los autores. Un grupo contiene autobiografías, en las que el período inmediato anterior a la guerra y el período de la guerra, ocupan sólo una parte, como el libro del General A. T. Stuchenko, Nuestra envidiable suerte, o el de A. S. IakovIev, El objetivo de la vida. En segundo lugar, encontramos las extensas narraciones de las experiencias de los autores a lo largo de la guerra o durante alguna etapa en particular. Cuando las memorias de este tipo aparecen publicadas en dos volúmenes, el primero suele ocuparse del período de la retirada, y el segundo del período en que la iniciativa estratégica pasó de las fuerzas alemanas a las soviéticas, como, por ejemplo, en el caso de los dos volúmenes que contienen las memorias del Teniente General N. K. Popel, tituladas, En tiempos difíciles y Los tanques se vuelven hacia el Oeste. En el tercer tipo de memorias se incluyen los relatos sobre una sola operación o una sola campana, como el del mariscal I. V. Konev, titulado El año 1945; también se incluyen en este grupo los relatos dedicados a algún aspecto particular de la dirección de la guerra o a retratar la actuación individual de alguno, de los dirigentes. Son representativos de este tipo de relatos, los artículos del General A. S. Shtemenko que explican los métodos de. trabajo de la Oficina de Operaciones del Estado Mayor Central soviético, y sus relatos acerca del General de Ejército, A. I. Antonov, cuando fue Jefe del Estado Mayor Central en la segunda mitad de. la guerra. El último tipo, el más fragmentario, está formado por las explicaciones sobre actuaciones personales, insertas en artículos ana-líticos o en las monografías sobre la historia de la guerra o sobre el arte militar. Un ejemplo de este tipo son los fragmentos de las memorias del Mariscal Malinovsky que aparecen en la antología Budapest-Viena-Praga, subtitulada Historia-Memoria-Trabajo.
El tono de las memorias puede variar desde los relatos muypersonales y emocionales, como el del Coronel I. T. Starinov, Lasminas esperan su hora, hasta los relatos oficiales más fríos, como el, del Mariscal Meretskov, En los campos de batalla. En cuanto al es--tilo hay que decir que el adiestramiento militar y la carrera de buró crata rara vez son una buena escuela de literatura. Salvo algunas excepciones, como Cuando rugían los fusiles del Mariscal Biriuzov,,
las memorias militares se caracterizan por su vocabulario aburrido y escaso, por una sintaxis confusa, por la reiteración, y, a menudo, por unos esquemas estereotipados; un lenguaje harto conocido por los lectores de Pravda.
Aunque las memorias de guerra no deslumbran por su calidad literaria, en cambio ofrecen al lector escrupuloso gran cantidad de información y de explicaciones sobre las operaciones militares claves de la guerra nazi-soviética, que complementan sustancialmente las historias oficiales de la guerra soviética, y los relatos publicados en Occidente. Lo que pretendemos en este libro es que la importancia de las memorias de guerra soviéticas trasciendan en terreno exclusivamente militar, ya que, al no haber ninguna otra memoria de los tiempos de Stalin, estos recuerdos personales sirven como fuente de primera mano para el estudio del comportamiento político de la élite soviética en el período 1938-45. Este editor no ha tenido la intención de preparar una historia militar de la Segunda Guerra Mundial, ni de presentar una muestra objetiva o representativa de la literatura de memorias; éste sería un objetivo que el espacio, la cantidad, la variedad y el carácter de estas memorias hacen imposible.
El principal objetivo de esta antología es presentar al público en general, y al estudioso de asuntos militares soviéticos en particular, la mayor variedad posible de materiales apropiados para comprender un problema altamente significativo: el carácter de las relaciones, dentro del grupo dirigente de la institución militar soviética, poco antes y durante la Segunda Guerra Mundial, y, en particular, las relaciones entre los miembros del Alto Mando Soviético y Stalin, su jefe. Como este criterio de selección de memorias no fue suficiente para reducir la cantidad de material disponible a los límites de este libro, fue necesario llevar a cabo una nueva selección de las más interesantes, nuevas, o las que contenían anécdotas más representativas, episodios, impresiones y valoraciones que podían servir para ilustrar mejor nuestros conocimientos sobre Stalin y su comportamiento, así como las relaciones dentro de la estructura de mando.
Los extractos de las memorias están agrupados en cinco capítulos, cada uno de los cuales se basa en un tema común. Excepto el capítulo cuarto, los demás pueden situarse con arreglo a la. cronología del conflicto nazi-soviético e identificarse con cada episodio de la guerra. El capítulo primero se centra en la preparación militar del Estado Soviético durante el período 1938-41, en la política y en los acontecimientos, que, en último extremo, determinaron las condiciones en que estaban las fuerzas armadas soviéticas al producirse el ataque nazi en el verano de 1941. El capítulo segundo se ocupa de los días y las horas que precedieron y siguieron al 22 de junio, fecha en que las fuerzas nazis violaron la frontera soviética, desde el Mar Negro hasta los mares del Norte. Este capítulo se centra en
el nivel de preparación para el combate de las unidades de campaña del Ejército Rojo, en el comportamiento de la estructura de mando en la víspera y durante aquella noche fatal, así como en la actuación ,de los dirigentes soviéticos en los primeros días de la guerra.
El capítulo tercero se centra en el comportamiento de los dirigentes soviéticos durante uno de los choques más decisivos de la Segunda Guerra Mundial (la batalla de Moscú en los meses de otoño e invierno de 1941-42, cuando el ataque de Hitler, que tenía que ser la etapa final de un triunfante blitzkrieg en el Este, se convirtió en la primera gran derrota de los nazis en tierra en la Segunda Guerra Mundial). El capítulo quinto trata de la ofensiva final soviética de 1945 que llevó a las tropas soviéticas desde el río Vístula hasta ,Berlín.
El capítulo cuarto trata, de modo particular, de la dirección de "la guerra", retratando la personalidad de los miembros del Alto Mando soviético, sus relaciones mutuas y el comportamiento de Stalin. En este capítulo se intenta presentar un cuadro general de la dirección soviética en la guerra, de sus realizaciones y de su evolución.
Cada capítulo y cada subdivisión del capítulo, van precedidos por una introducción del editor. (Las notas de los autores de las memo.-¡as van indicadas con asteriscos y reproducidas a pie de página.) Las notas del editor están enumeradas por capítulos y reproducidas al .final del libro; estas notas pueden dividirse en cuatro tipos generales: las que explican palabras y términos, probablemente descono,cidas para el lector; las que explican las circunstancias pasadas de los hechos que se describen, en especial cuando sólo se reproducen fragmentos de las memorias originales; las que proporcionan información adicional, en relación con los episodios de la guerra tratados en las memorias, bien sea de fuente soviética, bien sea de fuente alemana (sobre todo, cuando existen discrepancias); y las que propor ,cionan extractos adecuados de las memorias soviéticas que no están incluidos en la antología. La identificación de las figuras políticas o -militares se realiza cuando aparece su nombre por primera vez. En el apéndice biográfico pueden encontrarse breves biografías de los autores de memorias y de las figuras políticas y militares que desempeñaron un papel preminente en la actuación bélica soviética o que son mencionados con mucha frecuencia en las memorias. Los términos militares y políticos empleados a lo largo de la antología y las cuestiones de traducción y cambio de alfabeto se explican en la nota que sigue a continuación.
NOTAS SOBRE TRADUCCION Y TERMINOLOGIA
Hemos creído necesario explicar el contenido de una serie de palabras para entender la traducción de algunos términos rusos complicados.
Frente: Este término militar corresponde, en su acepción general, a la palabra española «frente», y, en su significado específico, corresponde a lo que en la terminología militar occidental se llama «Grupo de Ejércitos».
Soedinenie, chast': El primer término se utiliza en ruso para designar el grado de extensión de las fuerzas de campaña: brigadas, divisiones o cuerpos. El segundo se utiliza para designar el grado de extensión de las mismas fuerzas de campaña, incluyendo también los regimientos. Para distinguir ambos términos en la traducción utilizamos «unidad» para el primero y «formación» para el segundo. 1
Operativnyi: El adjetivo «operacional» se usa en ruso como un término intermedio entre táctica y estrategia. Por ejemplo, la habilidad «operacional» se refiere más a la dirección de las batallas que a la dirección general de la guerra. Corresponde a la dirección de las operaciones militares a nivel de ejército o de cuerpo de ejército. Se ha intentado respetar esta distinción, y la palabra «operacional» se ha empleado a lo largo de este libro como la traducción de este adjetivo ruso.
NapravIenie: Este término -literalmente «dirección»- se traduce indistintamente como «dirección» o «eje» (de avance o de retirada). Tiene también otro significado, para designar a los tres mandos del campo de batalla, cada uno de los cuales dirigía un determinado número de cuerpos de ejército en las primeras etapas de la guerra nazi-soviética (es decir, los mandos del Noroeste, Oeste y Sudoeste); en este sentido la palabra puede traducirse como «sector» (por ejemplo, Mando del Sector Noroeste).
Stavka (verkhovnogo glavnokomanduiushchego vooruzhennykh sil SSSR): ,Cuartel General del Comandante en Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas Soviéticas, a quien estaban subordinados los Comisariados del Pueblo, de Defensa y de Marina y el Estado Mayor Central del Ejército Soviético. A lo largo de este libro, este término se traduce como «Cuartel General Supremo».
Otros términos que sean desconocidos para el lector se explicarán en las notas a pie de página, o bien en las introducciones de los capítulos, en que aparezcan por primera vez.
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lunes, 26 de mayo de 2008
sábado, 17 de mayo de 2008
Guerra URSS-Finlandia. Noviembre 1939
Date: Fri, 03 Jan 2003 11:05:51 +0100
Subject: La guerra ruso-finesa
El 30 de Noviembre de 1939 la Unión soviética invade Finlandia. Su pretensión era la de los territorios de Carelia, y Lapland. 19 divisiones cruzan la frontera para ser detenidos por la línea Mannerheim. Esta línea, ayudada por el terreno (lagos y bosques) debía detener a los rusos el suficiente tiempo como para cambiar la situación (intervención Anglo-francesa o alemana). Ya que bien se sabía que Finlandia con su pequeño ejército no podría detener la embestida soviética. De hecho lo hizo, de manera magnífica, y hasta marzo del 1940, el mariscal Mannerheim entretuvo a los rusos, a pesar de tener una total inferioridad numérica, no contar con tanques ni cañones antitanques ni antiaéreos. Por cada cañon Finlandés, los soviéticos tenían 10. Pero los finlandeses resistieron heroicamente. Armados precariamente muchas veces, pero con la mayor voluntad, estos soldados demostraron al mundo lo que pudieron hacer. El 29 de diciembre la URSS sufrió su peor derrota: En la batalla de Suomussalmi (al norte) una división soviética se adentró demasiado en el territorio flanqueado de lagos. Respondiendo ávidamente las formaciones Finlandesas y legionarias alemanas se movilizaron para emboscar al intruso. La división Soviética quedó rodeada y aislada de su línea de aprovisionamiento, quedando frágil, siendo finalmente derrotada, antes de que llegara un mayor refuerzo desde el este. Espectaculares victorias como esta no se dieron sólo en el pueblito de Soumussalmi, sino en muchas partes del territorio finés en donde el pueblo recordará durante toda su historia la amarga lucha contra la dominación comunista.
Factores de la resistencia
* Los soldados nórdicos estaban mejores adecuados a las tácticas guerrilleras en territorios de difícil movilización para tanques. Con lo que contaban (Desde un bazooka, hasta una precaria bomba Molotov) se las arreglaban con los tanques soviéticos.
* También gozaban de un buen camuflaje y una excelente coordinación y un constante movimiento (Usaban bicicletas, skies, raquetas, etc) lo que los hacía más rápidos que los rusos. Dándoles la posibilidad de aparecer y desaparecer.
* El frío. Uno de los mayores factores para el desastre ruso fue el frío. Éste beneficiaba a los locales, que se arropaban esperando el lento avance de las columnas rusas, o las asaltaban cuando estaban en retirada. Éstas no podían ofrecer mucha resistencia, debido al frío que hacía (-40º, el que no seguía caminando se congelaba instantáneamente).
* El terreno. Lagos, bosques, nidos de ametralladora y trampas escondidas entre el hielo y la nieve.
* Las fuerzas de apoyo. La artillería finlandesa, aún contando con un número mucho más reducido, y con menor cantidad de rondas de fuego, poseía mayor precisión, debido al personal que la manejaba. La fuerza aérea se destacó por sus inteligentes tácticas: Aviones de caza se quedaban rondado alrededor de las bases enemigas bien cubiertos por nubes, y cuando despegaba un bombardero inmediatamente se lanzaban sobre él sin que tuviera chance de darse cuenta de que lo habían derribado. Finlandia casi no poseía tanques, cañones anti-tanque ni podía ofrecer más de 6 rondas de cartuchos a cada uno de sus soldados, poro muy pocos de los 250,000 hombres y 1000 tanques soviéticos pudieron volver sanos y salvos a casa.
Conclusión: El alto mando soviético planeó una nueva invasión mejor premeditada, en donde el tiempo favorecía y la resistencia finlandesa estaba demasiado agotada y extenuada como para seguir conteniendo a los invasores. Ya no daba más. Fue ahí donde la nueva invasión terminó con la guerra ruso-finesa. Si bien el resultado oficial fue indefinido, Finlandia no se rindió ante la URSS, aunque el pacto que hicieron favorecía claramente al último. Los territorios fronterizos (incluyendo la ciudad de Vyborg, cerca de Leningrado, camino a Helsinki) y de Carelia, más al norte. Finlandia siguió en la guerra ayudando a Alemania en su invasión a la URSS. Vieron importante acción en el sitio de Leningrado y en la bolsa del báltico (1944-45). Finalmente en 1944 su país volvió a ser invadido, por lo que pidió una paz segura que lo alejó de la alianza fascista. (Armagedon)
Aris del Valle
Subject: La guerra ruso-finesa
El 30 de Noviembre de 1939 la Unión soviética invade Finlandia. Su pretensión era la de los territorios de Carelia, y Lapland. 19 divisiones cruzan la frontera para ser detenidos por la línea Mannerheim. Esta línea, ayudada por el terreno (lagos y bosques) debía detener a los rusos el suficiente tiempo como para cambiar la situación (intervención Anglo-francesa o alemana). Ya que bien se sabía que Finlandia con su pequeño ejército no podría detener la embestida soviética. De hecho lo hizo, de manera magnífica, y hasta marzo del 1940, el mariscal Mannerheim entretuvo a los rusos, a pesar de tener una total inferioridad numérica, no contar con tanques ni cañones antitanques ni antiaéreos. Por cada cañon Finlandés, los soviéticos tenían 10. Pero los finlandeses resistieron heroicamente. Armados precariamente muchas veces, pero con la mayor voluntad, estos soldados demostraron al mundo lo que pudieron hacer. El 29 de diciembre la URSS sufrió su peor derrota: En la batalla de Suomussalmi (al norte) una división soviética se adentró demasiado en el territorio flanqueado de lagos. Respondiendo ávidamente las formaciones Finlandesas y legionarias alemanas se movilizaron para emboscar al intruso. La división Soviética quedó rodeada y aislada de su línea de aprovisionamiento, quedando frágil, siendo finalmente derrotada, antes de que llegara un mayor refuerzo desde el este. Espectaculares victorias como esta no se dieron sólo en el pueblito de Soumussalmi, sino en muchas partes del territorio finés en donde el pueblo recordará durante toda su historia la amarga lucha contra la dominación comunista.
Factores de la resistencia
* Los soldados nórdicos estaban mejores adecuados a las tácticas guerrilleras en territorios de difícil movilización para tanques. Con lo que contaban (Desde un bazooka, hasta una precaria bomba Molotov) se las arreglaban con los tanques soviéticos.
* También gozaban de un buen camuflaje y una excelente coordinación y un constante movimiento (Usaban bicicletas, skies, raquetas, etc) lo que los hacía más rápidos que los rusos. Dándoles la posibilidad de aparecer y desaparecer.
* El frío. Uno de los mayores factores para el desastre ruso fue el frío. Éste beneficiaba a los locales, que se arropaban esperando el lento avance de las columnas rusas, o las asaltaban cuando estaban en retirada. Éstas no podían ofrecer mucha resistencia, debido al frío que hacía (-40º, el que no seguía caminando se congelaba instantáneamente).
* El terreno. Lagos, bosques, nidos de ametralladora y trampas escondidas entre el hielo y la nieve.
* Las fuerzas de apoyo. La artillería finlandesa, aún contando con un número mucho más reducido, y con menor cantidad de rondas de fuego, poseía mayor precisión, debido al personal que la manejaba. La fuerza aérea se destacó por sus inteligentes tácticas: Aviones de caza se quedaban rondado alrededor de las bases enemigas bien cubiertos por nubes, y cuando despegaba un bombardero inmediatamente se lanzaban sobre él sin que tuviera chance de darse cuenta de que lo habían derribado. Finlandia casi no poseía tanques, cañones anti-tanque ni podía ofrecer más de 6 rondas de cartuchos a cada uno de sus soldados, poro muy pocos de los 250,000 hombres y 1000 tanques soviéticos pudieron volver sanos y salvos a casa.
Conclusión: El alto mando soviético planeó una nueva invasión mejor premeditada, en donde el tiempo favorecía y la resistencia finlandesa estaba demasiado agotada y extenuada como para seguir conteniendo a los invasores. Ya no daba más. Fue ahí donde la nueva invasión terminó con la guerra ruso-finesa. Si bien el resultado oficial fue indefinido, Finlandia no se rindió ante la URSS, aunque el pacto que hicieron favorecía claramente al último. Los territorios fronterizos (incluyendo la ciudad de Vyborg, cerca de Leningrado, camino a Helsinki) y de Carelia, más al norte. Finlandia siguió en la guerra ayudando a Alemania en su invasión a la URSS. Vieron importante acción en el sitio de Leningrado y en la bolsa del báltico (1944-45). Finalmente en 1944 su país volvió a ser invadido, por lo que pidió una paz segura que lo alejó de la alianza fascista. (Armagedon)
Aris del Valle
martes, 29 de abril de 2008
La guerra ruso-finesa
El 30 de Noviembre de 1939 la Unión sovíetica invade Finlandia. Su pretensión era la de los territorios de Carelia, y Lapland. 19 divisiones cruzan la frontera para ser detenidos por la línea Mannerheim. Esta línea, ayudada por el terreno (lagos y bosques) debía detener a los rusos el suficiente tiempo como para cambiar la situación (intervención Anglo-francesa o alemana). Ya que bien se sabía que Finlandia con su pequeño ejército no podría detener la embestida soviética. De hecho lo hizo, de manera magnífica, y hasta marzo del 1940, el mariscal Mannerheim entretuvo a los rusos, a pesar de tener una total inferioridad numérica, no contar con tanques ni cañones antitanques ni antiaéreos. Por cada cañon Finlandés, los soviéticos tenían 10. Pero los finlandeses resisitieron heróicamente. Armados precariamente muchas veces, pero con la mayor voluntad, estos soldados demostraron al mundo lo que pudieron hacer. El 29 de diciembre la URSS sufrió su peor derrota: En la batalla de Suomussalmi (al norte) una división soviética se adentró demasiado en el territorio flanqueado de lagos. Respondiendo ávidamente las formaciones Finlandesas y legionarias alemanas se movilizaron para emboscar al intruso. La división Soviética quedó rodeada y aislada de su línea de aprovisionamiento, quedando frágil, siendo finalmente derrotada, antes de que llegara un mayor refuerzo desde el este. Espectaculares victorias como esta no se dieron sólo en el pueblito de Soumussalmi, sino en muchas partes del territorio finés en donde el pueblo recordará durante toda su historia la amarga lucha contra la dominación comunista.
Factores de la resistencia
* Los soldados nórdicos estaban mejores adecuados a las tácticas guerrilleras en territorios de difícil movilización para tanques. Con lo que contaban (Desde un bazooka, hasta una precaria bomba Molotov) se las arreglaban con los tanques soviéticos.
* También gozaban de un buen camuflaje y una exelente coordinación y un constante movimiento (Usaban bicicletas, skies, raquetas, etc) lo que los hacía más rápidos que los rusos. Dándoles la posibilidad de aparecer y desaparecer.
* El frío. Uno de los mayores factores para el desastre ruso fue el frío. Éste beneficiaba a los locales, que se arropaban esperando el lento avance de las columnas rusas, o las asaltaban cuando estaban en retirada. Éstas no podían ofrecer mucha resistencia, debido al frío que hacía (-40º, el que no seguía caminando se congelaba instantáneamente).
* El terreno. Lagos, bosques, nidos de ametralladora y trampas escondidas entre el hielo y la nieve.
* Las fuerzas de apoyo. La artillería finlandesa, aún contando con un número mucho más reducido, y con menor cantidad de rondas de fuego, poseía mayor precisión, debido al personal que la manejaba. La fuerza aérea se destacó por sus inteligentes tácticas: Aviones de caza se quedaban rondado alrededor de las bases enemigas bien cubiertos por nubes, y cuando despegaba un bombardero inmediatamente se lanzaban sobre él sin que tuviera chance de darse cuenta de que lo habían derribado. Finlandia casi no poseía tanques, cañones anti-tanque ni podía ofrecer más de 6 rondas de cartuchos a cada uno de sus soldados, poro muy pocos de los 250,000 hombres y 1000 tanques soviéticos pudieron volver sanos y salvos a casa.
Conclusión El alto mando soviético planeó una nueva invasión mejor premeditada, en donde el tiempo favorecía y la resistencia finlandesa estaba demasiado agotada y extenuada como para seguir conteniendo a los invasores. Ya no daba más. Fue ahí donde la nueva invasión terminó con la guerra ruso-finesa. Si bien el resultado oficial fue indefinido, Finlandia no se rindió ante la URSS, aunque el pacto que hicieron favorecía claramente al último. Los territorios fronterizos (incluyendo la ciudad de Vyborg, cerca de Leningrado, camino a Helsinki) y de Carelia, más al norte. Finlandia siguió en la guerra ayudando a Alemania en su invasión a la URSS. Vieron importante acción en el sitio de Leningrado y en la bolsa del báltico (1944-45). Finalmente en 1944 su país volvió a ser invadido, por lo que pidió una paz segura que lo alejó de la alianza fascista. (Armagedon)
Factores de la resistencia
* Los soldados nórdicos estaban mejores adecuados a las tácticas guerrilleras en territorios de difícil movilización para tanques. Con lo que contaban (Desde un bazooka, hasta una precaria bomba Molotov) se las arreglaban con los tanques soviéticos.
* También gozaban de un buen camuflaje y una exelente coordinación y un constante movimiento (Usaban bicicletas, skies, raquetas, etc) lo que los hacía más rápidos que los rusos. Dándoles la posibilidad de aparecer y desaparecer.
* El frío. Uno de los mayores factores para el desastre ruso fue el frío. Éste beneficiaba a los locales, que se arropaban esperando el lento avance de las columnas rusas, o las asaltaban cuando estaban en retirada. Éstas no podían ofrecer mucha resistencia, debido al frío que hacía (-40º, el que no seguía caminando se congelaba instantáneamente).
* El terreno. Lagos, bosques, nidos de ametralladora y trampas escondidas entre el hielo y la nieve.
* Las fuerzas de apoyo. La artillería finlandesa, aún contando con un número mucho más reducido, y con menor cantidad de rondas de fuego, poseía mayor precisión, debido al personal que la manejaba. La fuerza aérea se destacó por sus inteligentes tácticas: Aviones de caza se quedaban rondado alrededor de las bases enemigas bien cubiertos por nubes, y cuando despegaba un bombardero inmediatamente se lanzaban sobre él sin que tuviera chance de darse cuenta de que lo habían derribado. Finlandia casi no poseía tanques, cañones anti-tanque ni podía ofrecer más de 6 rondas de cartuchos a cada uno de sus soldados, poro muy pocos de los 250,000 hombres y 1000 tanques soviéticos pudieron volver sanos y salvos a casa.
Conclusión El alto mando soviético planeó una nueva invasión mejor premeditada, en donde el tiempo favorecía y la resistencia finlandesa estaba demasiado agotada y extenuada como para seguir conteniendo a los invasores. Ya no daba más. Fue ahí donde la nueva invasión terminó con la guerra ruso-finesa. Si bien el resultado oficial fue indefinido, Finlandia no se rindió ante la URSS, aunque el pacto que hicieron favorecía claramente al último. Los territorios fronterizos (incluyendo la ciudad de Vyborg, cerca de Leningrado, camino a Helsinki) y de Carelia, más al norte. Finlandia siguió en la guerra ayudando a Alemania en su invasión a la URSS. Vieron importante acción en el sitio de Leningrado y en la bolsa del báltico (1944-45). Finalmente en 1944 su país volvió a ser invadido, por lo que pidió una paz segura que lo alejó de la alianza fascista. (Armagedon)
Operación Barbarroja (Invasión a la URSS)
Informe de el General Halder a Hitler en Diciembre 5 de 1940.
Las zonas donde esta concentrado principalmente el ejercito sovietico son Ucrania, Moscu y Leningrado. El area de operaciones esta claramente dividida en dos zonas, la septentrional y la meridional, separadas por los pantanos del Pripet. En la zona meridional la red de carreteras es escasa, mientras en el Norte las comunicaciones, tanto ferroviarias como por carretera, son particularmente eficientes en el area Varsovia-Moscu. La zona septentrional esta muy definida por tropas sovieticas concentradas a lo largo de la linea de demarcacion ruso-germana. El curso del rio Dnieper y el del Dvina representan las lineas mas orientales que deben defender los rusos: al retirarse dejaran al descubierto las zonas industriales. El objetivo aleman debe ser impedir, en el mas breve espacio de tiempo, toda concentracion de tropas enemigas al oeste de estos rios, para lo cual se haran avanzar formaciones en cuña de carros de combate (Panzerkeile ). Una fuerza de asalto particularmente poderosa se dirigira contra Moscu partiendo de Varsovia. De los tres Grupos de Ejercito previstos, el septentrional tendra a Leningrado como objetivo, y el del meridional sera Kiev; de este ultimo Grupo de Ejercitos una avanzara desde Lublin, un segundo desde Lwow, y el tercero desde Rumania. Objetivos totales de la operacion seran el Volga y la region de Arjanguelsk. Se emplearan 105 divisiones de infanteria, 32 Panzerdivisionen y divisiones motorizadas; de estas, algunos elementos importantes (dos ejercitos ) deberan progresar, al principio, en segunda linea. (de Portal Militar)
Las zonas donde esta concentrado principalmente el ejercito sovietico son Ucrania, Moscu y Leningrado. El area de operaciones esta claramente dividida en dos zonas, la septentrional y la meridional, separadas por los pantanos del Pripet. En la zona meridional la red de carreteras es escasa, mientras en el Norte las comunicaciones, tanto ferroviarias como por carretera, son particularmente eficientes en el area Varsovia-Moscu. La zona septentrional esta muy definida por tropas sovieticas concentradas a lo largo de la linea de demarcacion ruso-germana. El curso del rio Dnieper y el del Dvina representan las lineas mas orientales que deben defender los rusos: al retirarse dejaran al descubierto las zonas industriales. El objetivo aleman debe ser impedir, en el mas breve espacio de tiempo, toda concentracion de tropas enemigas al oeste de estos rios, para lo cual se haran avanzar formaciones en cuña de carros de combate (Panzerkeile ). Una fuerza de asalto particularmente poderosa se dirigira contra Moscu partiendo de Varsovia. De los tres Grupos de Ejercito previstos, el septentrional tendra a Leningrado como objetivo, y el del meridional sera Kiev; de este ultimo Grupo de Ejercitos una avanzara desde Lublin, un segundo desde Lwow, y el tercero desde Rumania. Objetivos totales de la operacion seran el Volga y la region de Arjanguelsk. Se emplearan 105 divisiones de infanteria, 32 Panzerdivisionen y divisiones motorizadas; de estas, algunos elementos importantes (dos ejercitos ) deberan progresar, al principio, en segunda linea. (de Portal Militar)
jueves, 24 de abril de 2008
Chechenia
Date: Thu, 02 Oct 2003 01:55:31 +0200
--------
Claves para entender un drama
El conflicto entre rusos y chechenos se remonta al menos al siglo XIX y está jalonado de sangre y represión
http://www.elmundo.es/especiales/2002/10/internacional/moscu/claves.html
FRANCISCO HERRANZ
Casi 11 años después de la desintegración de la Unión Soviética, el
conflicto de Chechenia se ha convertido en la consecuencia más
sangrienta de la difícil transición rusa hacia la democracia. Estas
son algunas claves para comprender un contencioso con raíces políticas
e históricas que ha costado la vida a más de 100.000 personas, la
mayoría de ellos civiles.
¿Cuáles son las razones de tanto odio interétnico?
(REUTERS)
Los chechenos, uno de los pueblos más antiguos y aguerridos del norte
del Cáucaso, ya se enfrentaron al Imperio Ruso sobre todo durante el
siglo XIX. Entre 1855 y 1859, de la mano de Shamil -un imam que
unificó a todas las etnias musulmanas de la región-, incluso llegaron
a ser independientes. De aquella época proviene la fundación de la
capital, Grozni ('terrible' en ruso), un bastión de los cosacos. En
febrero de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, ocurre otro episodio
que exacerbará durante lustros el odio de los chechenos hacia los
rusos. Stalin les acusa de colaborar con Hitler y ordena su
deportación masiva. Decenas de miles de hombres, mujeres y niños son
trasladados a la fuerza a Asia Central y a Siberia. El 50% de ellos
muere de tifus por el camino. Sólo en 1957, con Jruschov, son
amnistiados y pueden regresar a su hogar.
¿Cómo y cuándo empezó la primera guerra chechena?
Cuando la URSS daba sus últimos estertores, Dzojar Dudaev, un general
soviético destinado en Estonia, es elegido presidente de la república
chechena. Poco después, proclama la independencia. Moscú no reacciona
e incluso se olvida del armamento soviético (tanques, piezas de
artillería) que allí había estacionado. Chechenia se transforma en la
base de numerosos clanes mafiosos que actúan en la nueva Rusia. La
gestión de Dudaev es un fracaso: no se pagan las pensiones y la
productividad es nula. En diciembre de 1994, los halcones del Kremlin
aconsejan a Boris Yeltsin que ataque para estabilizar la región,
frenar las tendencias separatistas en la Federación y garantizar la
variante rusa de los oleoductos que cruzan por el Cáucaso.
La ofensiva acorazada se produce por tres frentes, pero choca con una
fiera resistencia. Grozni padece un bombardeo intensivo que lamina su
centro histórico. Los chechenos se repliegan hacia las montañas y
lanzan una eficaz guerra de guerrillas, acompañada de espectaculares
acciones terroristas (las tomas de rehenes de Budionnovsk y de
Kizliar). El desgaste ruso es imparable. Aparece en escena Alexander
Lébed, un respetado militar que consigue sentarse a negociar con el
nuevo presidente checheno, Aslán Masjadov. Ambos firman la paz en
agosto de 1996. Son los llamados Acuerdos de Jasaviurt que establecen
la retirada de los tanques del ex Ejército Rojo y una moratoria de
cinco años sobre el estatuto político de Chechenia. El plan supone, de
facto, la autonomía total.
¿Por qué fracasó el armisticio?
Masjadov comete el mismo error que Dudaev: no frenar las disensiones
internas. En 1999 el país es libre pero está al borde de la guerra
civil. Los secuestros, el tráfico de armas y el robo de petróleo son
moneda corriente. Los grupos más radicales, capitaneados por el
comandante Shamil Basaev, toman el control. En septiembre, Rusia se
despierta con tres atentados que dejan 230 muertos en una semana de
horror. Vladimir Putin desata una amplia «operación antiterrorista»
que aún no ha concluido. Comenzaba la segunda guerra chechena.
¿Qué papel han jugado los integristas islámicos en la guerra?
Decisivo. Basaev es un wahabí confeso -como Osama bin Laden- y ha
combatido como muyahid en varios frentes bélicos, incluido el afgano
contra los soviéticos. No es extraño pues que este señor de la guerra
haya estado en algún campo de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán
a partir de 1996.
========
Subject: Rusia-Chechenia,La guerra secular de Rusia
Date: Thu, 02 Oct 2003 01:56:18 +0200
--------
La guerra secular de Rusia
http://www.elmundo.es/especiales/2002/10/internacional/moscu/guerra.html
FELIPE SAHAGÚN
(EPA)
El presidente ruso, Vladimir Putin, vio en el 11 de Septiembre una
ocasión de oro para acabar con el cáncer separatista más indomable que
sufre su país desde el siglo XVIII.
Confundiendo deliberadamente la guerra secular de Rusia con los
chechenos y la guerra global de EEUU contra Al Qaeda y los talibán, se
convirtió en el primer aliado de Bush. Compartió información secreta
con la CIA y el FBI, abrió corredores aéreos a suministros
humanitarios y facilitó la instalación del Ejército estadounidense en
antiguas bases militares soviéticas en Asia Central.
Dio 72 horas a los rebeldes chechenos para desarmarse y amenazó con
«acciones sin precedentes» si no lo hacían. A su entender, se habían
acabado las presiones occidentales y los dobles raseros. Por las
buenas o por las malas, el terrorismo del Cáucaso, que identificó con
el de Al Qaeda, se acabaría.
El presidente rebelde checheno, Aslán Masjadov, contestó a varias
llamadas de Putin y encargó a su viceprimer ministro que hablase con
el representante del Kremlin Vladimir Kazantsev. Muy pronto comprobó
que los dirigentes civiles siguen sin controlar a los militares y
carecen de autoridad para negociar una paz justa.
Quien manda en Chechenia es el general Moltenskoi y su nueva táctica
de operaciones de limpieza, robos indiscriminados, asesinatos,
secuestros y tierra quemada parece una copia literal de lo que el
periodista británico Bechhofer describe en su libro de viajes a la
región, In Denikin's Russia and the Caucasus, 1919-1920, hace 85 años.
El asalto-secuestro del miércoles al teatro de Moscú es la mejor
prueba del fracaso de las tácticas de Moltenskoi y de la estrategia de
Putin tras el 11-S.
Con la esperanza de ganarse el apoyo occidental a su guerra en
Chechenia, Putin no sólo ayudó a preparar la guerra de Afganistán.
Aceptó la anulación del tratado antimisiles del 72 (ABM), cerró las
últimas bases rusas en Cuba y Vietnam, firmó con Bush en mayo el
tratado más desigual para los rusos sobre reducción de armas nucleares
y aceptó el despliegue de unos 150 asesores militares estadounidenses
en Georgia.
Liquidado el régimen talibán, EEUU dejó de necesitar a los rusos. Su
participación en la lucha contra el entramado financiero de Al Qaeda
es insignificante y su aportación financiera a la reconstrucción de
Afganistán, prácticamente nula.
La victoria de la Alianza del Norte fue, no obstante, una victoria de
Rusia, que, tras el asesinato de Masud, corría el peligro de perder
años de inversiones en sus aliados afganos. Como lo fue también el
apoyo internacional contra los movimientos islamistas radicales de
Tayikistán y Uzbekistán, aunque hasta el pasado 25 de septiembre el
Departamento de Estado no incluyó al Movimiento Islámico de Uzbekistán
en su lista de (34 ya) organizaciones terroristas.
Putin esperaba mucho más: la aceleración del ingreso de Rusia en la
UE, la OTAN y la OMC, condonación de una parte importante de su deuda
exterior de 140.000 millones de dólares, un aumento de las inversiones
directas de Occidente, luz verde para sus negocios nucleares en Irán y
energéticos en Irak, y el reconocimiento, por fin, como economía de
libre mercado.
Salvo este último reconocimiento y el nuevo consejo Rusia-OTAN
establecido en mayo para cooperar, sobre todo, en la lucha contra el
terrorismo, Occidente no ha respondido a ninguna de las peticiones
rusas. Es verdad que durante cuatro o cinco meses los dirigentes de
las principales democracias dejaron de criticar la destrucción de
Chechenia, pero el tiempo de impunidad, esperemos que no sólo
retórica, terminó con el invierno.
El subsecretario de Estado para Europa, Steven Pifer, exigía en mayo a
Putin que negocie con Masjadov, negaba la existencia de «lazos
importantes» entre los chechenos y Al Qaeda, y, aunque reconocía los
excesos de los chechenos, apoyaba a Georgia contra Moscú y criticaba
duramente las violaciones de derechos humanos por Rusia en su segunda
guerra en Chechenia.
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Claves para entender un drama
El conflicto entre rusos y chechenos se remonta al menos al siglo XIX y está jalonado de sangre y represión
http://www.elmundo.es/especiales/2002/10/internacional/moscu/claves.html
FRANCISCO HERRANZ
Casi 11 años después de la desintegración de la Unión Soviética, el
conflicto de Chechenia se ha convertido en la consecuencia más
sangrienta de la difícil transición rusa hacia la democracia. Estas
son algunas claves para comprender un contencioso con raíces políticas
e históricas que ha costado la vida a más de 100.000 personas, la
mayoría de ellos civiles.
¿Cuáles son las razones de tanto odio interétnico?
(REUTERS)
Los chechenos, uno de los pueblos más antiguos y aguerridos del norte
del Cáucaso, ya se enfrentaron al Imperio Ruso sobre todo durante el
siglo XIX. Entre 1855 y 1859, de la mano de Shamil -un imam que
unificó a todas las etnias musulmanas de la región-, incluso llegaron
a ser independientes. De aquella época proviene la fundación de la
capital, Grozni ('terrible' en ruso), un bastión de los cosacos. En
febrero de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, ocurre otro episodio
que exacerbará durante lustros el odio de los chechenos hacia los
rusos. Stalin les acusa de colaborar con Hitler y ordena su
deportación masiva. Decenas de miles de hombres, mujeres y niños son
trasladados a la fuerza a Asia Central y a Siberia. El 50% de ellos
muere de tifus por el camino. Sólo en 1957, con Jruschov, son
amnistiados y pueden regresar a su hogar.
¿Cómo y cuándo empezó la primera guerra chechena?
Cuando la URSS daba sus últimos estertores, Dzojar Dudaev, un general
soviético destinado en Estonia, es elegido presidente de la república
chechena. Poco después, proclama la independencia. Moscú no reacciona
e incluso se olvida del armamento soviético (tanques, piezas de
artillería) que allí había estacionado. Chechenia se transforma en la
base de numerosos clanes mafiosos que actúan en la nueva Rusia. La
gestión de Dudaev es un fracaso: no se pagan las pensiones y la
productividad es nula. En diciembre de 1994, los halcones del Kremlin
aconsejan a Boris Yeltsin que ataque para estabilizar la región,
frenar las tendencias separatistas en la Federación y garantizar la
variante rusa de los oleoductos que cruzan por el Cáucaso.
La ofensiva acorazada se produce por tres frentes, pero choca con una
fiera resistencia. Grozni padece un bombardeo intensivo que lamina su
centro histórico. Los chechenos se repliegan hacia las montañas y
lanzan una eficaz guerra de guerrillas, acompañada de espectaculares
acciones terroristas (las tomas de rehenes de Budionnovsk y de
Kizliar). El desgaste ruso es imparable. Aparece en escena Alexander
Lébed, un respetado militar que consigue sentarse a negociar con el
nuevo presidente checheno, Aslán Masjadov. Ambos firman la paz en
agosto de 1996. Son los llamados Acuerdos de Jasaviurt que establecen
la retirada de los tanques del ex Ejército Rojo y una moratoria de
cinco años sobre el estatuto político de Chechenia. El plan supone, de
facto, la autonomía total.
¿Por qué fracasó el armisticio?
Masjadov comete el mismo error que Dudaev: no frenar las disensiones
internas. En 1999 el país es libre pero está al borde de la guerra
civil. Los secuestros, el tráfico de armas y el robo de petróleo son
moneda corriente. Los grupos más radicales, capitaneados por el
comandante Shamil Basaev, toman el control. En septiembre, Rusia se
despierta con tres atentados que dejan 230 muertos en una semana de
horror. Vladimir Putin desata una amplia «operación antiterrorista»
que aún no ha concluido. Comenzaba la segunda guerra chechena.
¿Qué papel han jugado los integristas islámicos en la guerra?
Decisivo. Basaev es un wahabí confeso -como Osama bin Laden- y ha
combatido como muyahid en varios frentes bélicos, incluido el afgano
contra los soviéticos. No es extraño pues que este señor de la guerra
haya estado en algún campo de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán
a partir de 1996.
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Subject: Rusia-Chechenia,La guerra secular de Rusia
Date: Thu, 02 Oct 2003 01:56:18 +0200
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La guerra secular de Rusia
http://www.elmundo.es/especiales/2002/10/internacional/moscu/guerra.html
FELIPE SAHAGÚN
(EPA)
El presidente ruso, Vladimir Putin, vio en el 11 de Septiembre una
ocasión de oro para acabar con el cáncer separatista más indomable que
sufre su país desde el siglo XVIII.
Confundiendo deliberadamente la guerra secular de Rusia con los
chechenos y la guerra global de EEUU contra Al Qaeda y los talibán, se
convirtió en el primer aliado de Bush. Compartió información secreta
con la CIA y el FBI, abrió corredores aéreos a suministros
humanitarios y facilitó la instalación del Ejército estadounidense en
antiguas bases militares soviéticas en Asia Central.
Dio 72 horas a los rebeldes chechenos para desarmarse y amenazó con
«acciones sin precedentes» si no lo hacían. A su entender, se habían
acabado las presiones occidentales y los dobles raseros. Por las
buenas o por las malas, el terrorismo del Cáucaso, que identificó con
el de Al Qaeda, se acabaría.
El presidente rebelde checheno, Aslán Masjadov, contestó a varias
llamadas de Putin y encargó a su viceprimer ministro que hablase con
el representante del Kremlin Vladimir Kazantsev. Muy pronto comprobó
que los dirigentes civiles siguen sin controlar a los militares y
carecen de autoridad para negociar una paz justa.
Quien manda en Chechenia es el general Moltenskoi y su nueva táctica
de operaciones de limpieza, robos indiscriminados, asesinatos,
secuestros y tierra quemada parece una copia literal de lo que el
periodista británico Bechhofer describe en su libro de viajes a la
región, In Denikin's Russia and the Caucasus, 1919-1920, hace 85 años.
El asalto-secuestro del miércoles al teatro de Moscú es la mejor
prueba del fracaso de las tácticas de Moltenskoi y de la estrategia de
Putin tras el 11-S.
Con la esperanza de ganarse el apoyo occidental a su guerra en
Chechenia, Putin no sólo ayudó a preparar la guerra de Afganistán.
Aceptó la anulación del tratado antimisiles del 72 (ABM), cerró las
últimas bases rusas en Cuba y Vietnam, firmó con Bush en mayo el
tratado más desigual para los rusos sobre reducción de armas nucleares
y aceptó el despliegue de unos 150 asesores militares estadounidenses
en Georgia.
Liquidado el régimen talibán, EEUU dejó de necesitar a los rusos. Su
participación en la lucha contra el entramado financiero de Al Qaeda
es insignificante y su aportación financiera a la reconstrucción de
Afganistán, prácticamente nula.
La victoria de la Alianza del Norte fue, no obstante, una victoria de
Rusia, que, tras el asesinato de Masud, corría el peligro de perder
años de inversiones en sus aliados afganos. Como lo fue también el
apoyo internacional contra los movimientos islamistas radicales de
Tayikistán y Uzbekistán, aunque hasta el pasado 25 de septiembre el
Departamento de Estado no incluyó al Movimiento Islámico de Uzbekistán
en su lista de (34 ya) organizaciones terroristas.
Putin esperaba mucho más: la aceleración del ingreso de Rusia en la
UE, la OTAN y la OMC, condonación de una parte importante de su deuda
exterior de 140.000 millones de dólares, un aumento de las inversiones
directas de Occidente, luz verde para sus negocios nucleares en Irán y
energéticos en Irak, y el reconocimiento, por fin, como economía de
libre mercado.
Salvo este último reconocimiento y el nuevo consejo Rusia-OTAN
establecido en mayo para cooperar, sobre todo, en la lucha contra el
terrorismo, Occidente no ha respondido a ninguna de las peticiones
rusas. Es verdad que durante cuatro o cinco meses los dirigentes de
las principales democracias dejaron de criticar la destrucción de
Chechenia, pero el tiempo de impunidad, esperemos que no sólo
retórica, terminó con el invierno.
El subsecretario de Estado para Europa, Steven Pifer, exigía en mayo a
Putin que negocie con Masjadov, negaba la existencia de «lazos
importantes» entre los chechenos y Al Qaeda, y, aunque reconocía los
excesos de los chechenos, apoyaba a Georgia contra Moscú y criticaba
duramente las violaciones de derechos humanos por Rusia en su segunda
guerra en Chechenia.
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lunes, 21 de abril de 2008
Stalingrado
Date: Sat, 14 Dec 2002 09:43:52 +0100
Un relato histórico estremecedor:
Stalingrado, de Antony Beevor
La web del Círculo de Lectores, que ha publicado el libro de Beevor, señala, a propósito de esta reseña: "Eduardo Larequi García es profesor de secundaria y también el creador de un web con magníficas reseñas literarias. La dedicada a Stalingrado de Antony Beevor nos presenta el libro en profundidad".
Hace muchos años, cuando era joven e indocumentado, solía leer Selecciones del Reader's Digest, cuya suscripción pagó durante bastante tiempo mi padre, en uno de sus habituales gestos -que nunca le he agradecido como se merecen- para motivar el hábito de lectura entre los miembros más jóvenes de la familia. En realidad, mi respuesta a su generosidad fue un tanto displicente, porque rápidamente le pedí que dejara de comprar la revista -eran los tiempos de la transición y del compromiso político- cuando en alguna parte me enteré de que servía a los propósitos del Departamento de Estado norteamericano. Fue aquélla una rotunda victoria sobre el imperialismo yanqui, de la que durante un tiempo me sentí secretamente orgulloso, aunque reconozco ahora que la revista me gustaba mucho y que saqué gran provecho de sus artículos y reportajes, y especialmente de los relatos abreviados que sistemáticamente ocupaban su sección final.
Uno de ellos me causó una particular impresión. Se trataba de Enemy at the gates: The Battle for Stalingrad, de William Craig, publicada por la Reader's Digest Press en 1973; no sé muy bien en qué año la leí, pero probablemente sería a fines de los setenta, dado que la edición española se publicó en 1975*. A pesar del tiempo pasado desde entonces, tengo fresco el recuerdo de los combates, las crueldades y destrucciones que allí se narraban. Los sonoros nombres rusos y alemanes que protagonizaban aquella terrible historia -Zhukov, Von Paulus, Von Seylidtz, la fábrica de tractores Barricadi, la garganta del río Tsaritsa, los aeródromos de Pitomnik y Gumrak-, muchas veces releídos, quedaron asentados en alguna zona oscura de mi memoria, esperando una renovación, un despertar.
Volví a encontrarme con la historia de Stalingrado hace unos cuantos años, en una película alemana de título homónimo que no tuvo demasiado impacto en las carteleras españolas. A pesar de su dramatismo e intensidad, el filme de Joseph Vilsmaier (1993) no llegó a renovar la antigua fascinación. Pero los recuerdos debían de estar pugnando por volver a la superficie, tal vez estimulados por las fragmentarias noticias que iban llegándome acerca del rodaje de Enemy at the Gates, la muy esperada película de Jean-Jacques Annaud que ha participado en la última edición del Festival de Berlín (cuando la vea se cerrará un curioso círculo, que comprende más de veinte años de mi vida).
No creo que fuera casualidad, pues, que en uno de mis habituales recorridos por las librerías de Pamplona me llamara la atención un volumen de pálidas cubiertas azules y presentación minimalista, que junto al prometedor título de Stalingrado lucía una banda promocional roja, donde se elogiaba su contenido y se hacía referencia a su éxito comercial (3ª edición en España)1. Eché un vistazo al índice, leí la primera página del prefacio, y decidí comprar el volumen. No esperé a llegar a casa para comenzarlo. Muy al contrario, me dispuse a practicar esa peligrosa costumbre que es leer mientras se camina por las aceras. Afortunadamente, el trayecto era corto y los ciudadanos de Pamplona comprensivos con mi extravagante comportamiento. Antes de llegar a casa, ya había decidido que, a pesar de mi total falta de preparación para tales menesteres, iba a reseñar esta obra histórica. El lector me perdonará tal osadía, que quizás sea más aceptable si tiene en cuenta que, por encima del completísimo aparato de fuentes, notas, apéndices, índices, fotos y mapas (más de setenta páginas en total)2, el libro de Beevor ofrece una narración de tal potencia e intensidad que su lectura tiene toda la fuerza de una novela, de un solemne y cautivador relato épico. Aunque lleno de pormenores estratégicos y tácticos, de detalles sobre maniobras diplomáticas, políticas y militares, de datos, cifras y estadísticas, los protagonistas absolutos de esta espléndida obra no son frías abstracciones ideológicas o descarnados conceptos estratégicos, sino seres humanos reales y concretos, muy a menudo identificados con nombres y apellidos: no sólo los soldados alemanes y rusos que rivalizaron en tenacidad, determinación y fiereza durante la batalla de Stalingrado (invierno de 1942-1943), sino también los desgraciados civiles soviéticos atrapados en medio de un huracán de hierro y fuego como hasta entonces no había conocido la historia de la guerra.
Lo cual no quiere decir que se trate de una obra estrictamente testimonial, sino más bien de un relato de conjunto, de un fresco histórico de proporciones colosales, que ha sido considerado como el libro "definitivo" sobre la batalla3. Cierto es que Beevor utiliza como fuente directa de su narración un abundante caudal de entrevistas y testimonios personales (muchos de ellos inéditos), riquísimos en detalles de una viveza y realismo incomparables, pero este recurso aparece siempre combinado con el análisis de los objetivos políticos de fondo, la disección de las alternativas estratégicas y el relato de los movimientos de masas. El resultado conjunto de ambos enfoques -el plano general y el plano detalle- resulta sencillamente deslumbrante en su eficacia narrativa, en su capacidad de sorprender, emocionar y, con gran frecuencia, estremecer al lector.
Stalingrado se despliega a lo largo de casi cuatrocientas páginas en una secuencia cronológica muy precisa, que comienza en el verano de 1941, con la invasión de Rusia, y finaliza en el invierno de 1943, tras la caída del cerco del VI ejército alemán de Von Paulus en la ciudad rusa situada en la margen occidental del Volga. El relato se estructura en cinco partes claramente diferenciadas, que relatan cada una de las fases de este pavoroso drama histórico. En primer lugar, la fulgurante invasión alemana de Rusia (la famosa operación "Barbarroja"), detenida en el invierno de 1941 ante las mismas puertas de Moscú y Leningrado; a continuación, la recuperación de la ofensiva alemana en la primavera y el verano de 1942, que condujo a las fuerzas nazis hasta las orillas del Volga; en tercer lugar, el sitio de Stalingrado, con su secuencia de ataques apocalípticos y esfuerzos defensivos de una heroicidad apenas imaginable; la cuarta parte narra los detalles de la operación "Urano", diseñada por el general Zhuhov para copar y destruir el VI ejército alemán; finalmente, la quinta parte relata con profusión de detalles, a cuál más estremecedor, la derrota y aniquilación de las fuerzas alemanas sitiadas en el kessel (el 'caldero') de Stalingrado. Completan la obra dos apéndices, respectivamente dedicados a la descripción del orden de batalla de alemanes y soviéticos en noviembre de 1942 y a la estimación de las bajas del VI ejército alemán.
Aunque aborda ambos aspectos, Stalingrado no es un ensayo ideológico o político, sino que obedece al propósito de "mostrar, en el marco de una narración histórica convencional, la experiencia de las tropas de ambos bandos" (p. 8). Beevor lleva a cabo una detalladísima narración del episodio bélico que en su opinión constituye el punto culminante de "una guerra civil internacional"4, el enfrentamiento entre dos sistemas ideológicos -nazismo y comunismo- radicalmente irreconciliables. Beevor aborda este conflicto con el distanciamiento esperable en un historiador que no pertenece directamente, ni por edad, ni por educación, ni por nacionalidad, a ninguno de los bandos implicados en la batalla; de hecho, no hay en su libro nada de ese maniqueísmo simplón al que nos ha acostumbrado el cine bélico sobre la Segunda Guerra Mundial, sino un análisis riguroso de muy amplio aliento, caracterizado por la precisión y el hábil manejo de fuentes de primera mano, en el que se hace perceptible no sólo el talento de un historiador capaz de una ingente labor de documentación y síntesis, sino también su formación y experiencia castrenses5.
[Portada de la edición inglesa] Los lectores de Stalingrado deben tener muy en cuenta estos dos factores -el distanciamiento del historiador y la perspectiva militar- para comprender algunos aspectos del libro que pueden resultar un tanto desconcertantes a primera vista. De hecho, quien se acerque al libro esperando encontrar una glorificación de la resistencia rusa ante la agresión nacionalsocialista corre el riesgo de sentirse defraudado, pues Beevor disecciona la actuación de ambos regímenes con ecuánime rigor. Es evidente que repudia vigorosamente el nazismo, aunque en ciertas ocasiones uno puede tener la incómoda sensación de que sus críticas se dirigen más hacia las interferencias de Hitler en la conducción de las campañas militares y hacia su progresivo aislamiento de la realidad de los frentes de combate, que hacia el contenido totalitario, radicalmente inhumano, de su política y su dirección estratégica. Por otro lado, su tratamiento del régimen estalinista también está presidido por censuras muy acerbas, que hacen hincapié en el desprecio de la dirección política y militar de la URSS por las vidas de civiles y soldados, a menudo sacrificados en acciones bélicas completamente estériles, y en el insólito nivel de la represión ejercida por los comisarios políticos (las siniestras NKVD y SMERSH) entre las tropas soviéticas. Tal vez no sea justo ni oportuno comparar la atención que Beevor dedica a las respectivas prácticas represivas de nazis y soviéticos, pero lo cierto es que a lo largo de su relato la NKVD es mencionada mucho más a menudo que las SS.
La formación castrense del autor también puede rastrearse en su admiración apenas disimulada por la pericia militar alemana a lo largo de los primeros compases de la operación "Barbarroja"6, que puede resultar algo molesta para aquellos lectores que recuerdan que se trató de una campaña de agresión y de una vulneración descarada del pacto de no agresión nazi-soviético (un pacto muy poco defendible, por cierto, con sus cláusulas secretas que consagraban la partición de la desgraciada Polonia entre Alemania y la URSS). Beevor describe con cierta frecuencia los movimientos conspirativos de la oficialidad alemana en contra de la dirección política de la guerra y del gobierno nazi, en lo que quizás pueda interpretarse como un intento, acaso discutible, aunque desde luego yo no puedo poner en duda ni la veracidad de los datos exhibidos ni los juicios de valor que emite el autor al respecto, por salvar el honor militar alemán de la ignominia en la que lo sumergieron muchos episodios de crueldad absolutamente monstruosa (el despiadado tratamiento otorgado a la población civil eslava, la masacre de más de 30.000 judíos en el barranco de Babi Yar tras la captura de Kiev, entre otros). En cualquier caso, Beevor establece una inteligente reserva al sospechar de algunos testimonios alemanes que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, negaron toda connivencia con Hitler y el nazismo; por otro lado, su condena de la sumisión de los jerarcas del Estado Mayor de la Wehrmacht hacia la criminal política hitleriana (y un ejemplo palmario aparece en la discusión sobre su implicación en las sevicias hacia la población conquistada, que se analiza en las páginas 59-61) es tan radical en el planteamiento como convincente en el ámbito de las pruebas.
De lo que no hay ninguna duda es de la admiración de Antony Beevor hacia el heroísmo, determinación y capacidad de resistencia del pueblo y del ejército ruso, expresados en multitud de ejemplos y episodios de un dramatismo casi inconcebible, aunque este sentimiento se transmite desde una posición muy peculiar, que a mi entender se inserta en el esprit de corp y las tradiciones del ejército británico profesional. En este sentido, su renuencia a admitir la "legitimidad" de ciertas prácticas de las tropas rusas, como el uso de trampas explosivas o de francotiradores, sus continuas críticas hacia la imprevisión e incapacidad demostradas por la dirección político-militar soviética en las primeras fases de la operación "Barbarroja" y su implacable censura hacia el derroche de recursos humanos practicado por el Ejército Rojo me parecen actitudes muy significativas.
Uno de los méritos más excepcionales del autor de Stalingrado es su capacidad para aunar la perspectiva sistemática del historiador y la vivacidad apasionante de la narración épica. Beevor se enfrenta al material histórico con una seguridad y un sentido de la ubicuidad absolutos, pues se mueve con igual destreza y verosimilitud por todos los escenarios: el frente y la retaguardia, el Kremlin y el cuartel general del Führer, las cocinas de campaña, los hospitales (qué magnífica su narración del caos producido sobre las instalaciones sanitarias alemanas por la ofensiva rusa "Urano", en las pp. 237-238), los aeródromos, fábricas y carreteras, los campos de prisioneros, y hasta las letrinas, en las cuales tienen lugar episodios terribles. Su relato no fatiga en ningún momento, pues su punto de observación varía continuamente, en un movimiento alternante que recorre, con mirada escrutadora y analítica, todas las dimensiones del conflicto: la estrategia y la táctica, la logística, la política y la diplomacia, la producción industrial, la moral de combate, los sentimientos y emociones de soldados y civiles (me parece magistral, por ejemplo, el análisis del alcance y contenido de las motivaciones patrióticas de los soldados rusos, en las pp. 185-187, o el estudio de la preocupación del ejercito alemán por la celebración de la Navidad de 1942, en el capítulo 19), la actividad de cirujanos, médicos forenses, comisarios políticos y miembros de los servicios de inteligencia y propaganda, el oscuro mundo de los colaboracionistas en ambos bandos... la lista sería interminable. El esfuerzo de síntesis y de ordenación de los materiales que se halla bajo la superficie de su narración, tan interesante y cautivadora para el profesional de la historia como para el lector menos informado, es verdaderamente admirable.
Muchos aspectos del relato de la batalla de Stalingrado, y en especial sus líneas maestras, son bastante conocidos para los aficionados a los temas históricos y a la Segunda Guerra Mundial. Aun así, la obra está plagada de detalles absolutamente inesperados que no sólo refuerzan el "efecto de realidad" de la narración, sino que convierten su lectura en una experiencia apasionante. ¿Quién podría imaginar, por ejemplo, que los rusos utilizaron perros a los que adosaban minas, y que mediante técnicas de condicionamiento pavloviano los entrenaron para destruir los tanques alemanes? (p. 41); ¿o que la maquinaria de guerra germana, por entonces la más avanzada del mundo, empleaba a los camellos de las estepas rusas como bestias de carga? (p. 194); ¿o que una división soviética al completo "se perdió" durante meses en los apartaderos ferroviarios de Uzbekistán durante los preparativos de la ofensiva "Urano"? (p. 208); ¿o que los orgullosos generales de la Wehrmacht protagonizaron episodios de vergonzosa indignidad tras su rendición (p. 358)? Podríamos multiplicar los ejemplos, aunque en ningún caso deberíamos dejarnos arrastrar por su condición más o menos pintoresca, ya que todos ellos están perfectamente insertados en la caracterización militar e ideológica del conflicto y en la evocación de los sufrimientos que el enfrentamiento bélico causó a sus protagonistas.
Resulta difícil señalar un episodio suficientemente representativo de ese gigantesco holocausto que fue la campaña de Rusia y, dentro de ésta, la batalla de Stalingrado7 (tal vez muchos lectores españoles elegirían el primer bombardeo de la ciudad, descrito en el capítulo 8, tan semejante por diversas razones al de Gernika), porque son tantos y tan abrumadores los que narra este libro que el lector se queda con el ánimo sobrecogido, a pesar de lo cual no queda embotada su sensibilidad. Ello es mérito de Antony Beevor, capaz de mantener un equilibrio envidiable entre el distanciamiento que caracteriza al historiador y la posición ética exigible a cualquier ser humano decente ante la hecatombe del invierno de 1942-43. Y tal vez sea esta razón -la justificación ética que reside en la lucha contra la tiranía- la que nos permite acabar su libro sin habernos desmoronado del todo: tras asistir al sacrificio de los soldados soviéticos, como consecuencia de la ineficacia de la dirección estalinista y de las interferencias sectarias en la conducción de la guerra, tras comprobar los indecibles sufrimientos y la lenta agonía de los soldados alemanes cercados, víctimas de la obcecación criminal y las fantasías delirantes de Hitler, recordamos que Stalingrado no sólo fue un inmenso matadero, sino también, y sobre todo, el principio del fin del nazismo, el comienzo de la promesa de un mundo que, con todas sus imperfecciones, es más habitable y humano que el que nos hubiera legado el triunfo del fascismo.
Notas
[Portada de la edición de 1973 de Enemy at the Gates] (*) La versión abreviada de Enemy at the Gates se publicó en el número de junio de 1973 de la edición norteamericana del Reader's Digest; por su parte, la edición española apareció en 1975, con el título de La batalla de Stalingrado (Barcelona, Noguer y Caralt). He podido comprobar este dato gracias a la gentileza de los editores de Reader's Digest, a quienes agradezco la prontitud y amabilidad con que resolvieron mis dudas (lo cortés no quita lo valiente). «
1. BEEVOR, Antony, Stalingrado, Barcelona, Editorial Crítica (Col. "Memoria Crítica"), 2001 (3ª ed.), 452 páginas, traducción de Magdalena Chocano. La edición original, titulada Stalingrad, The Fateful Siege: 1942-1943, fue publicada por la editorial británica Penguin Putnam en junio de 1998. «
2. La bibliografía citada por Beevor comprende más de doscientas entradas de origen muy diverso: monografías, compilaciones y artículos rusos, alemanes, norteamericanos, británicos e italianos; memorias de los generales que dirigieron la contienda (Chuikov, Guderian, Halder, Hoth, Keitel, Manstein, Paulus, Rokossovski, Voronov, Yeremenko, Zhukov, entre otros), testimonios de oficiales, suboficiales y soldados de todas las nacionalidades implicadas en la contienda, relatos de no combatientes (médicos militares, capellanes, diplomáticos, políticos, escritores, periodistas) y publicaciones periódicas de la II Guerra Mundial y contemporáneas. Hay que destacar el hecho de que Beevor ha tenido acceso a gran número de fuentes procedentes de los archivos alemanes y rusos (de entre las cuales destacan por su crudeza y patetismo los diarios y cartas encontrados entre las pertenencias de soldados alemanes capturados o muertos) y, como ya hemos dicho, a testimonios directos de muchos supervivientes de los combates, tanto rusos como alemanes, a los que ha accedido a través de entrevistas personales y relatos inéditos. «
3. Véanse, a este respecto, las muchas y, en su inmensa mayoría, elogiosas reseñas incluidas en las web de Amazon y Barnes and Noble. «
[Antony Beevor] 4. La frase es del propio Beevor, citada por Antonio Lucas en su reseña de Stalingrado, El Mundo, 8 de noviembre de 2000. «
5. No he podido averiguar muchos datos sobre el autor, aparte de los que proporciona la solapa del libro. La web de la editorial Penguin Putnam señala que Antony Beevor se formó como oficial del ejército británico en Sandhurst, que sirvió durante cinco años en el undécimo regimiento de húsares, en Inglaterra y Alemania, y que tras retirarse se dedicó a escribir novelas y libros de historia militar (entre ellos uno sobre la Guerra Civil española). Por su parte, el catálogo nº 183 (2001) de Círculo de Lectores (de donde he obtenido la fotografía del autor) señala que éste vive en París y fue asesor en el rodaje de Enemigo a las puertas, de Jean-Jacques Annaud. Stalingrado se ha convertido en un éxito de ventas en todo el mundo, ha sido traducida a dieciséis lenguas, y ha merecido varios premios muy prestigiosos. «
6. Admiración que, por cierto, compartía un personaje tan poco sospechoso de filonazismo como el general Charles de Gaulle, si no recuerdo mal aquel extracto de Selecciones del Reader's Digest que leí hace tantos años. «
7. Los datos que aporta el libro ahorran cualquier comentario: la derrota de Stalingrado supuso para el Eje la pérdida de medio millón de hombres (p. 359); la URSS, por su parte, sufrió al menos el doble de bajas en esta batalla, sin contar la población civil. La victoria soviética sólo fue posible al precio de una feroz represión interna, como pone de relieve el hecho de que más de 13.000 miembros del Ejército Rojo fueron ejecutados por cobardía, deserción, colaboracionismo u otros delitos (p. 7); por otra parte, unos 50.000 ucranianos, rusos y miembros de otras nacionalidades de la URSS lucharon al lado del ejército alemán, tras cuya rendición se enfrentaron a un terrible destino (pp. 395-396). Para la Unión Soviética, Stalingrado se constituyó en el emblema de un esfuerzo de resistencia patriótica que tuvo un costo difícilmente imaginable: por encima de 26 millones de muertos, más de cinco veces el total de muertos alemanes en la guerra (p. 385). «
Para saber más sobre la batalla de Stalingrado y su relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el lector interesado puede consultar las siguientes fuentes de información:
* The Battle for Stalingrad: imprescindible para un conocimiento cabal de lo ocurrido en esta batalla: fotos (espléndidas tomas áreas entre ellas), mapas, documentos de la campaña militar, y hasta una tienda de recuerdos. * Eastern Front Web Ring: un anillo de más de cuarenta webs, dedicado a la II Guerra Mundial en el frente oriental. * Hermann Tertsch, "La batalla del siglo", El País Semanal, 1281, 15 de enero de 2001, pp. 48-55: un buen artículo-reseña del libro de Beevor.
Un relato histórico estremecedor:
Stalingrado, de Antony Beevor
La web del Círculo de Lectores, que ha publicado el libro de Beevor, señala, a propósito de esta reseña: "Eduardo Larequi García es profesor de secundaria y también el creador de un web con magníficas reseñas literarias. La dedicada a Stalingrado de Antony Beevor nos presenta el libro en profundidad".
Hace muchos años, cuando era joven e indocumentado, solía leer Selecciones del Reader's Digest, cuya suscripción pagó durante bastante tiempo mi padre, en uno de sus habituales gestos -que nunca le he agradecido como se merecen- para motivar el hábito de lectura entre los miembros más jóvenes de la familia. En realidad, mi respuesta a su generosidad fue un tanto displicente, porque rápidamente le pedí que dejara de comprar la revista -eran los tiempos de la transición y del compromiso político- cuando en alguna parte me enteré de que servía a los propósitos del Departamento de Estado norteamericano. Fue aquélla una rotunda victoria sobre el imperialismo yanqui, de la que durante un tiempo me sentí secretamente orgulloso, aunque reconozco ahora que la revista me gustaba mucho y que saqué gran provecho de sus artículos y reportajes, y especialmente de los relatos abreviados que sistemáticamente ocupaban su sección final.
Uno de ellos me causó una particular impresión. Se trataba de Enemy at the gates: The Battle for Stalingrad, de William Craig, publicada por la Reader's Digest Press en 1973; no sé muy bien en qué año la leí, pero probablemente sería a fines de los setenta, dado que la edición española se publicó en 1975*. A pesar del tiempo pasado desde entonces, tengo fresco el recuerdo de los combates, las crueldades y destrucciones que allí se narraban. Los sonoros nombres rusos y alemanes que protagonizaban aquella terrible historia -Zhukov, Von Paulus, Von Seylidtz, la fábrica de tractores Barricadi, la garganta del río Tsaritsa, los aeródromos de Pitomnik y Gumrak-, muchas veces releídos, quedaron asentados en alguna zona oscura de mi memoria, esperando una renovación, un despertar.
Volví a encontrarme con la historia de Stalingrado hace unos cuantos años, en una película alemana de título homónimo que no tuvo demasiado impacto en las carteleras españolas. A pesar de su dramatismo e intensidad, el filme de Joseph Vilsmaier (1993) no llegó a renovar la antigua fascinación. Pero los recuerdos debían de estar pugnando por volver a la superficie, tal vez estimulados por las fragmentarias noticias que iban llegándome acerca del rodaje de Enemy at the Gates, la muy esperada película de Jean-Jacques Annaud que ha participado en la última edición del Festival de Berlín (cuando la vea se cerrará un curioso círculo, que comprende más de veinte años de mi vida).
No creo que fuera casualidad, pues, que en uno de mis habituales recorridos por las librerías de Pamplona me llamara la atención un volumen de pálidas cubiertas azules y presentación minimalista, que junto al prometedor título de Stalingrado lucía una banda promocional roja, donde se elogiaba su contenido y se hacía referencia a su éxito comercial (3ª edición en España)1. Eché un vistazo al índice, leí la primera página del prefacio, y decidí comprar el volumen. No esperé a llegar a casa para comenzarlo. Muy al contrario, me dispuse a practicar esa peligrosa costumbre que es leer mientras se camina por las aceras. Afortunadamente, el trayecto era corto y los ciudadanos de Pamplona comprensivos con mi extravagante comportamiento. Antes de llegar a casa, ya había decidido que, a pesar de mi total falta de preparación para tales menesteres, iba a reseñar esta obra histórica. El lector me perdonará tal osadía, que quizás sea más aceptable si tiene en cuenta que, por encima del completísimo aparato de fuentes, notas, apéndices, índices, fotos y mapas (más de setenta páginas en total)2, el libro de Beevor ofrece una narración de tal potencia e intensidad que su lectura tiene toda la fuerza de una novela, de un solemne y cautivador relato épico. Aunque lleno de pormenores estratégicos y tácticos, de detalles sobre maniobras diplomáticas, políticas y militares, de datos, cifras y estadísticas, los protagonistas absolutos de esta espléndida obra no son frías abstracciones ideológicas o descarnados conceptos estratégicos, sino seres humanos reales y concretos, muy a menudo identificados con nombres y apellidos: no sólo los soldados alemanes y rusos que rivalizaron en tenacidad, determinación y fiereza durante la batalla de Stalingrado (invierno de 1942-1943), sino también los desgraciados civiles soviéticos atrapados en medio de un huracán de hierro y fuego como hasta entonces no había conocido la historia de la guerra.
Lo cual no quiere decir que se trate de una obra estrictamente testimonial, sino más bien de un relato de conjunto, de un fresco histórico de proporciones colosales, que ha sido considerado como el libro "definitivo" sobre la batalla3. Cierto es que Beevor utiliza como fuente directa de su narración un abundante caudal de entrevistas y testimonios personales (muchos de ellos inéditos), riquísimos en detalles de una viveza y realismo incomparables, pero este recurso aparece siempre combinado con el análisis de los objetivos políticos de fondo, la disección de las alternativas estratégicas y el relato de los movimientos de masas. El resultado conjunto de ambos enfoques -el plano general y el plano detalle- resulta sencillamente deslumbrante en su eficacia narrativa, en su capacidad de sorprender, emocionar y, con gran frecuencia, estremecer al lector.
Stalingrado se despliega a lo largo de casi cuatrocientas páginas en una secuencia cronológica muy precisa, que comienza en el verano de 1941, con la invasión de Rusia, y finaliza en el invierno de 1943, tras la caída del cerco del VI ejército alemán de Von Paulus en la ciudad rusa situada en la margen occidental del Volga. El relato se estructura en cinco partes claramente diferenciadas, que relatan cada una de las fases de este pavoroso drama histórico. En primer lugar, la fulgurante invasión alemana de Rusia (la famosa operación "Barbarroja"), detenida en el invierno de 1941 ante las mismas puertas de Moscú y Leningrado; a continuación, la recuperación de la ofensiva alemana en la primavera y el verano de 1942, que condujo a las fuerzas nazis hasta las orillas del Volga; en tercer lugar, el sitio de Stalingrado, con su secuencia de ataques apocalípticos y esfuerzos defensivos de una heroicidad apenas imaginable; la cuarta parte narra los detalles de la operación "Urano", diseñada por el general Zhuhov para copar y destruir el VI ejército alemán; finalmente, la quinta parte relata con profusión de detalles, a cuál más estremecedor, la derrota y aniquilación de las fuerzas alemanas sitiadas en el kessel (el 'caldero') de Stalingrado. Completan la obra dos apéndices, respectivamente dedicados a la descripción del orden de batalla de alemanes y soviéticos en noviembre de 1942 y a la estimación de las bajas del VI ejército alemán.
Aunque aborda ambos aspectos, Stalingrado no es un ensayo ideológico o político, sino que obedece al propósito de "mostrar, en el marco de una narración histórica convencional, la experiencia de las tropas de ambos bandos" (p. 8). Beevor lleva a cabo una detalladísima narración del episodio bélico que en su opinión constituye el punto culminante de "una guerra civil internacional"4, el enfrentamiento entre dos sistemas ideológicos -nazismo y comunismo- radicalmente irreconciliables. Beevor aborda este conflicto con el distanciamiento esperable en un historiador que no pertenece directamente, ni por edad, ni por educación, ni por nacionalidad, a ninguno de los bandos implicados en la batalla; de hecho, no hay en su libro nada de ese maniqueísmo simplón al que nos ha acostumbrado el cine bélico sobre la Segunda Guerra Mundial, sino un análisis riguroso de muy amplio aliento, caracterizado por la precisión y el hábil manejo de fuentes de primera mano, en el que se hace perceptible no sólo el talento de un historiador capaz de una ingente labor de documentación y síntesis, sino también su formación y experiencia castrenses5.
[Portada de la edición inglesa] Los lectores de Stalingrado deben tener muy en cuenta estos dos factores -el distanciamiento del historiador y la perspectiva militar- para comprender algunos aspectos del libro que pueden resultar un tanto desconcertantes a primera vista. De hecho, quien se acerque al libro esperando encontrar una glorificación de la resistencia rusa ante la agresión nacionalsocialista corre el riesgo de sentirse defraudado, pues Beevor disecciona la actuación de ambos regímenes con ecuánime rigor. Es evidente que repudia vigorosamente el nazismo, aunque en ciertas ocasiones uno puede tener la incómoda sensación de que sus críticas se dirigen más hacia las interferencias de Hitler en la conducción de las campañas militares y hacia su progresivo aislamiento de la realidad de los frentes de combate, que hacia el contenido totalitario, radicalmente inhumano, de su política y su dirección estratégica. Por otro lado, su tratamiento del régimen estalinista también está presidido por censuras muy acerbas, que hacen hincapié en el desprecio de la dirección política y militar de la URSS por las vidas de civiles y soldados, a menudo sacrificados en acciones bélicas completamente estériles, y en el insólito nivel de la represión ejercida por los comisarios políticos (las siniestras NKVD y SMERSH) entre las tropas soviéticas. Tal vez no sea justo ni oportuno comparar la atención que Beevor dedica a las respectivas prácticas represivas de nazis y soviéticos, pero lo cierto es que a lo largo de su relato la NKVD es mencionada mucho más a menudo que las SS.
La formación castrense del autor también puede rastrearse en su admiración apenas disimulada por la pericia militar alemana a lo largo de los primeros compases de la operación "Barbarroja"6, que puede resultar algo molesta para aquellos lectores que recuerdan que se trató de una campaña de agresión y de una vulneración descarada del pacto de no agresión nazi-soviético (un pacto muy poco defendible, por cierto, con sus cláusulas secretas que consagraban la partición de la desgraciada Polonia entre Alemania y la URSS). Beevor describe con cierta frecuencia los movimientos conspirativos de la oficialidad alemana en contra de la dirección política de la guerra y del gobierno nazi, en lo que quizás pueda interpretarse como un intento, acaso discutible, aunque desde luego yo no puedo poner en duda ni la veracidad de los datos exhibidos ni los juicios de valor que emite el autor al respecto, por salvar el honor militar alemán de la ignominia en la que lo sumergieron muchos episodios de crueldad absolutamente monstruosa (el despiadado tratamiento otorgado a la población civil eslava, la masacre de más de 30.000 judíos en el barranco de Babi Yar tras la captura de Kiev, entre otros). En cualquier caso, Beevor establece una inteligente reserva al sospechar de algunos testimonios alemanes que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, negaron toda connivencia con Hitler y el nazismo; por otro lado, su condena de la sumisión de los jerarcas del Estado Mayor de la Wehrmacht hacia la criminal política hitleriana (y un ejemplo palmario aparece en la discusión sobre su implicación en las sevicias hacia la población conquistada, que se analiza en las páginas 59-61) es tan radical en el planteamiento como convincente en el ámbito de las pruebas.
De lo que no hay ninguna duda es de la admiración de Antony Beevor hacia el heroísmo, determinación y capacidad de resistencia del pueblo y del ejército ruso, expresados en multitud de ejemplos y episodios de un dramatismo casi inconcebible, aunque este sentimiento se transmite desde una posición muy peculiar, que a mi entender se inserta en el esprit de corp y las tradiciones del ejército británico profesional. En este sentido, su renuencia a admitir la "legitimidad" de ciertas prácticas de las tropas rusas, como el uso de trampas explosivas o de francotiradores, sus continuas críticas hacia la imprevisión e incapacidad demostradas por la dirección político-militar soviética en las primeras fases de la operación "Barbarroja" y su implacable censura hacia el derroche de recursos humanos practicado por el Ejército Rojo me parecen actitudes muy significativas.
Uno de los méritos más excepcionales del autor de Stalingrado es su capacidad para aunar la perspectiva sistemática del historiador y la vivacidad apasionante de la narración épica. Beevor se enfrenta al material histórico con una seguridad y un sentido de la ubicuidad absolutos, pues se mueve con igual destreza y verosimilitud por todos los escenarios: el frente y la retaguardia, el Kremlin y el cuartel general del Führer, las cocinas de campaña, los hospitales (qué magnífica su narración del caos producido sobre las instalaciones sanitarias alemanas por la ofensiva rusa "Urano", en las pp. 237-238), los aeródromos, fábricas y carreteras, los campos de prisioneros, y hasta las letrinas, en las cuales tienen lugar episodios terribles. Su relato no fatiga en ningún momento, pues su punto de observación varía continuamente, en un movimiento alternante que recorre, con mirada escrutadora y analítica, todas las dimensiones del conflicto: la estrategia y la táctica, la logística, la política y la diplomacia, la producción industrial, la moral de combate, los sentimientos y emociones de soldados y civiles (me parece magistral, por ejemplo, el análisis del alcance y contenido de las motivaciones patrióticas de los soldados rusos, en las pp. 185-187, o el estudio de la preocupación del ejercito alemán por la celebración de la Navidad de 1942, en el capítulo 19), la actividad de cirujanos, médicos forenses, comisarios políticos y miembros de los servicios de inteligencia y propaganda, el oscuro mundo de los colaboracionistas en ambos bandos... la lista sería interminable. El esfuerzo de síntesis y de ordenación de los materiales que se halla bajo la superficie de su narración, tan interesante y cautivadora para el profesional de la historia como para el lector menos informado, es verdaderamente admirable.
Muchos aspectos del relato de la batalla de Stalingrado, y en especial sus líneas maestras, son bastante conocidos para los aficionados a los temas históricos y a la Segunda Guerra Mundial. Aun así, la obra está plagada de detalles absolutamente inesperados que no sólo refuerzan el "efecto de realidad" de la narración, sino que convierten su lectura en una experiencia apasionante. ¿Quién podría imaginar, por ejemplo, que los rusos utilizaron perros a los que adosaban minas, y que mediante técnicas de condicionamiento pavloviano los entrenaron para destruir los tanques alemanes? (p. 41); ¿o que la maquinaria de guerra germana, por entonces la más avanzada del mundo, empleaba a los camellos de las estepas rusas como bestias de carga? (p. 194); ¿o que una división soviética al completo "se perdió" durante meses en los apartaderos ferroviarios de Uzbekistán durante los preparativos de la ofensiva "Urano"? (p. 208); ¿o que los orgullosos generales de la Wehrmacht protagonizaron episodios de vergonzosa indignidad tras su rendición (p. 358)? Podríamos multiplicar los ejemplos, aunque en ningún caso deberíamos dejarnos arrastrar por su condición más o menos pintoresca, ya que todos ellos están perfectamente insertados en la caracterización militar e ideológica del conflicto y en la evocación de los sufrimientos que el enfrentamiento bélico causó a sus protagonistas.
Resulta difícil señalar un episodio suficientemente representativo de ese gigantesco holocausto que fue la campaña de Rusia y, dentro de ésta, la batalla de Stalingrado7 (tal vez muchos lectores españoles elegirían el primer bombardeo de la ciudad, descrito en el capítulo 8, tan semejante por diversas razones al de Gernika), porque son tantos y tan abrumadores los que narra este libro que el lector se queda con el ánimo sobrecogido, a pesar de lo cual no queda embotada su sensibilidad. Ello es mérito de Antony Beevor, capaz de mantener un equilibrio envidiable entre el distanciamiento que caracteriza al historiador y la posición ética exigible a cualquier ser humano decente ante la hecatombe del invierno de 1942-43. Y tal vez sea esta razón -la justificación ética que reside en la lucha contra la tiranía- la que nos permite acabar su libro sin habernos desmoronado del todo: tras asistir al sacrificio de los soldados soviéticos, como consecuencia de la ineficacia de la dirección estalinista y de las interferencias sectarias en la conducción de la guerra, tras comprobar los indecibles sufrimientos y la lenta agonía de los soldados alemanes cercados, víctimas de la obcecación criminal y las fantasías delirantes de Hitler, recordamos que Stalingrado no sólo fue un inmenso matadero, sino también, y sobre todo, el principio del fin del nazismo, el comienzo de la promesa de un mundo que, con todas sus imperfecciones, es más habitable y humano que el que nos hubiera legado el triunfo del fascismo.
Notas
[Portada de la edición de 1973 de Enemy at the Gates] (*) La versión abreviada de Enemy at the Gates se publicó en el número de junio de 1973 de la edición norteamericana del Reader's Digest; por su parte, la edición española apareció en 1975, con el título de La batalla de Stalingrado (Barcelona, Noguer y Caralt). He podido comprobar este dato gracias a la gentileza de los editores de Reader's Digest, a quienes agradezco la prontitud y amabilidad con que resolvieron mis dudas (lo cortés no quita lo valiente). «
1. BEEVOR, Antony, Stalingrado, Barcelona, Editorial Crítica (Col. "Memoria Crítica"), 2001 (3ª ed.), 452 páginas, traducción de Magdalena Chocano. La edición original, titulada Stalingrad, The Fateful Siege: 1942-1943, fue publicada por la editorial británica Penguin Putnam en junio de 1998. «
2. La bibliografía citada por Beevor comprende más de doscientas entradas de origen muy diverso: monografías, compilaciones y artículos rusos, alemanes, norteamericanos, británicos e italianos; memorias de los generales que dirigieron la contienda (Chuikov, Guderian, Halder, Hoth, Keitel, Manstein, Paulus, Rokossovski, Voronov, Yeremenko, Zhukov, entre otros), testimonios de oficiales, suboficiales y soldados de todas las nacionalidades implicadas en la contienda, relatos de no combatientes (médicos militares, capellanes, diplomáticos, políticos, escritores, periodistas) y publicaciones periódicas de la II Guerra Mundial y contemporáneas. Hay que destacar el hecho de que Beevor ha tenido acceso a gran número de fuentes procedentes de los archivos alemanes y rusos (de entre las cuales destacan por su crudeza y patetismo los diarios y cartas encontrados entre las pertenencias de soldados alemanes capturados o muertos) y, como ya hemos dicho, a testimonios directos de muchos supervivientes de los combates, tanto rusos como alemanes, a los que ha accedido a través de entrevistas personales y relatos inéditos. «
3. Véanse, a este respecto, las muchas y, en su inmensa mayoría, elogiosas reseñas incluidas en las web de Amazon y Barnes and Noble. «
[Antony Beevor] 4. La frase es del propio Beevor, citada por Antonio Lucas en su reseña de Stalingrado, El Mundo, 8 de noviembre de 2000. «
5. No he podido averiguar muchos datos sobre el autor, aparte de los que proporciona la solapa del libro. La web de la editorial Penguin Putnam señala que Antony Beevor se formó como oficial del ejército británico en Sandhurst, que sirvió durante cinco años en el undécimo regimiento de húsares, en Inglaterra y Alemania, y que tras retirarse se dedicó a escribir novelas y libros de historia militar (entre ellos uno sobre la Guerra Civil española). Por su parte, el catálogo nº 183 (2001) de Círculo de Lectores (de donde he obtenido la fotografía del autor) señala que éste vive en París y fue asesor en el rodaje de Enemigo a las puertas, de Jean-Jacques Annaud. Stalingrado se ha convertido en un éxito de ventas en todo el mundo, ha sido traducida a dieciséis lenguas, y ha merecido varios premios muy prestigiosos. «
6. Admiración que, por cierto, compartía un personaje tan poco sospechoso de filonazismo como el general Charles de Gaulle, si no recuerdo mal aquel extracto de Selecciones del Reader's Digest que leí hace tantos años. «
7. Los datos que aporta el libro ahorran cualquier comentario: la derrota de Stalingrado supuso para el Eje la pérdida de medio millón de hombres (p. 359); la URSS, por su parte, sufrió al menos el doble de bajas en esta batalla, sin contar la población civil. La victoria soviética sólo fue posible al precio de una feroz represión interna, como pone de relieve el hecho de que más de 13.000 miembros del Ejército Rojo fueron ejecutados por cobardía, deserción, colaboracionismo u otros delitos (p. 7); por otra parte, unos 50.000 ucranianos, rusos y miembros de otras nacionalidades de la URSS lucharon al lado del ejército alemán, tras cuya rendición se enfrentaron a un terrible destino (pp. 395-396). Para la Unión Soviética, Stalingrado se constituyó en el emblema de un esfuerzo de resistencia patriótica que tuvo un costo difícilmente imaginable: por encima de 26 millones de muertos, más de cinco veces el total de muertos alemanes en la guerra (p. 385). «
Para saber más sobre la batalla de Stalingrado y su relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el lector interesado puede consultar las siguientes fuentes de información:
* The Battle for Stalingrad: imprescindible para un conocimiento cabal de lo ocurrido en esta batalla: fotos (espléndidas tomas áreas entre ellas), mapas, documentos de la campaña militar, y hasta una tienda de recuerdos. * Eastern Front Web Ring: un anillo de más de cuarenta webs, dedicado a la II Guerra Mundial en el frente oriental. * Hermann Tertsch, "La batalla del siglo", El País Semanal, 1281, 15 de enero de 2001, pp. 48-55: un buen artículo-reseña del libro de Beevor.
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