ÍNDICE
- ¿Son necesarios textos sagrados?
2. Cuando la memoria falla
3. La Parusía
4. Construcción del relato evangélico
5. Los evangelios “apócrifos”
5.1. Evangelio de Tomás
5.2. Evangelio de Pedro
5.3. Protoevangelio de Santiago
6. Nuevo testamento, pero ¿y la Biblia?
7. ¿Que hay dentro?
8. Un Nuevo Testamento completado
9. Su valor actual
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- ¿Son necesarios textos sagrados?
¿Son necesarios los textos sagrados?
Damos por sentado que las grandes religiones poseen sus propios “Evangelios”, es decir, textos considerados sagrados que son leídos regularmente por los fieles, ya sea en ceremonias públicas, en la enseñanza o en la devoción privada. Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntar por qué resultan necesarios. ¿Por qué una religión necesita fijar ciertos escritos como privilegiados? ¿Por qué no utilizar simplemente una diversidad indefinida de relatos, enseñanzas o tradiciones según las circunstancias?
La pregunta no es inútil. Comprender la función que cumplen los textos sagrados quizá permita entender por qué terminan apareciendo casi inevitablemente en las religiones duraderas. Y si esa función efectivamente existe, entonces también puede comprenderse por qué, tarde o temprano, las comunidades creyentes sienten la necesidad de crear escritos capaces de cumplirla.
Imaginemos por un momento un cristianismo sin Evangelios, sin Nuevo Testamento y sin textos oficialmente reconocidos. ¿En qué modificaría eso la vida religiosa? ¿Desaparecería la fe? ¿O simplemente cambiaría la forma en que se transmite, se conserva y se organiza?
En principio, los textos escritos no parecieron necesarios durante los primeros años del cristianismo. Tras la crucifixión de Jesús, el movimiento funcionó principalmente mediante la predicación oral. Los apóstoles hablaban, discutían, viajaban y convencían utilizando únicamente la palabra y el ejemplo personal. Todo indica que eso bastaba.
Pablo de Tarso constituye un caso particularmente interesante. Recorrió enormes distancias fundando comunidades sin apoyarse, al menos que sepamos, en ningún “Evangelio” escrito sobre la vida de Jesús. Su autoridad provenía de su predicación, de su carisma y de la convicción con la que anunciaba el mensaje.
Incluso en sus cartas —los documentos cristianos más antiguos que conservamos— apenas aparecen referencias a relatos escritos sobre Jesús. Pablo no cita Evangelios ni parece considerar necesaria una biografía sagrada formalizada. Escribe a partir de tradiciones orales, recuerdos compartidos, interpretaciones teológicas y problemas concretos surgidos dentro de las comunidades.
Entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿en qué momento comenzaron a aparecer las primeras escrituras cristianas? ¿Qué cambió para que la palabra oral dejara de ser suficiente?
2. Cuando la memoria falla
Partamos de una hipótesis y observemos hasta qué punto los hechos parecen confirmarla: “toda comunidad necesita estabilizar su memoria, preservar su identidad y limitar la diversidad interna cuando ésta amenaza su coherencia.” Aplicaremos esta idea al cristianismo primitivo.
Mientras un grupo humano permanece reducido y cercano a su líder carismático, la transmisión oral suele bastar. Pero la situación cambia cuando:
* los primeros testigos envejecen y comienzan a morir;
* el grupo se expande y aparecen nuevas comunidades;
* surgen interpretaciones rivales de las palabras del fundador;
* aparecen disputas doctrinales difíciles de resolver;
* las comunidades se dispersan geográficamente.
En tales circunstancias la oralidad empieza a mostrar sus límites. Es entonces cuando el texto escrito adquiere funciones decisivas: conserva la memoria del grupo, ayuda a mantener unidas comunidades lejanas, legitima nuevas autoridades y fija determinadas interpretaciones consideradas más correctas o fiables.
Muchos cristianos del siglo XXI imaginan los orígenes de su religión siguiendo una secuencia sencilla:
Jesús predica.
Se escriben los Evangelios.
Nace la Iglesia.
Sin embargo, el orden histórico más plausible parece haber sido otro:
1. Jesús predica y su mensaje circula oralmente.
2. Se forma un núcleo inicial de discípulos.
3. Tras la muerte de Jesús comienzan a surgir comunidades en distintos lugares.
4. Predicadores itinerantes expanden el movimiento más allá de Palestina.
5. Las interpretaciones empiezan a divergir.
6. Aparecen conflictos doctrinales y tensiones entre comunidades.
7. Comienzan entonces a circular escritos: primero cartas ocasionales —como las de Pablo— y posteriormente relatos más extensos destinados a fijar recuerdos, enseñanzas y tradiciones.
En otras palabras: los Evangelios no crean las comunidades cristianas; surgen dentro de ellas.
En el caso del cristianismo primitivo existió además otro factor que probablemente retrasó la aparición de textos escritos: la expectativa de la Parusía.
3. La Parusía
La palabra “Parusía” proviene del griego y significa “venida” o “presencia”. Los primeros cristianos la utilizaron para referirse al retorno glorioso de Jesús y al inminente fin de los tiempos: la resurrección de los muertos, el juicio final y la instauración definitiva del Reino de Dios.
Con el paso de los siglos esta expectativa se fue atenuando, pero para muchas comunidades cristianas del siglo I la segunda venida de Cristo parecía inminente. Había que permanecer atentos, pues podía producirse en cualquier momento.
En ese contexto resulta comprensible que durante décadas predominara la transmisión oral. No parecía urgente fijar por escrito aquello que todavía conservaban los discípulos y predicadores vivos.
La situación cambió progresivamente. Los apóstoles comenzaron a morir, Jerusalén fue destruida por las tropas romanas en el año 70, las comunidades se dispersaron y el movimiento cristiano empezó a incorporar cada vez más gentiles alejados culturalmente del mundo judío original.
Fue entonces cuando el tiempo y la distancia comenzaron a convertirse en un problema.
Cuando desaparecen los testigos directos, las sociedades que poseen un cierto desarrollo cultural y técnico tienden a valorar cada vez más la necesidad de conservar textos escritos. La escritura permite estabilizar la memoria colectiva allí donde la oralidad ya no resulta suficiente.
Además, los textos terminan adquiriendo progresivamente un carácter sagrado, pues pasan a concentrar la autoridad simbólica del fundador y de sus primeros discípulos.
En el cristianismo este proceso fue lento. Primero circularon tradiciones orales y cartas ocasionales. Más tarde aparecieron los relatos evangélicos. El primero de los Evangelios narrativos conservados, el de Marcos, suele fecharse alrededor del año 70. En las décadas posteriores surgieron Mateo, Lucas y Juan.
Pero estos no fueron los únicos. Durante los siglos II y III continuaron apareciendo otros evangelios y escritos cristianos que ampliaban, reinterpretan o desarrollaban distintos aspectos de la figura de Jesús y de sus enseñanzas.
4. Construcción del relato evangélico
Michel de Certeau formuló una idea particularmente sugerente para el tema que aquí tratamos: la historia no es simplemente el pasado; es también una reconstrucción realizada desde el presente.
Ello no implica negar la posibilidad del conocimiento histórico. Significa más bien que el pasado nunca “habla solo”: siempre existe una operación intelectual que organiza, selecciona e interpreta los acontecimientos.
Aplicada a los Evangelios, esta perspectiva permite entenderlos no solo como relatos sobre Jesús, sino también como reorganizaciones de su recuerdo destinadas a responder a las necesidades de comunidades concretas.
Todo relato histórico organiza identidad y autoridad.
De Certeau sostenía además que escribir historia implica rescatar ciertas posibilidades del pasado y dejar otras en la sombra. Todo relato conserva, pero también excluye.
Así, cuando determinadas comunidades comenzaron a considerar normativos los Evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, otras interpretaciones cristianas fueron quedando progresivamente marginadas: grupos judeocristianos, gnósticos, marcionitas, docetas y muchas otras corrientes perdieron legitimidad a medida que se consolidaba una tradición considerada “ortodoxa”.
El canon no solo preserva recuerdos; también establece límites.
En una línea semejante, Maurice Halbwachs desarrolló el concepto de “memoria colectiva”. Según esta idea, los grupos humanos no recuerdan el pasado de manera pasiva: lo reorganizan continuamente desde las necesidades del presente.
Esta hipótesis resulta especialmente útil para comprender la formación de los Evangelios y del futuro canon cristiano. Las comunidades no solo conservaron recuerdos sobre Jesús; también los seleccionaron, reinterpretaron y adaptaron según sus propios problemas doctrinales, litúrgicos y organizativos.
La memoria colectiva conserva, pero también transforma.
Halbwachs dedicó buena parte de su obra a estudiar cómo las sociedades construyen y preservan sus recuerdos comunes. En un final profundamente trágico, terminó muriendo en el campo de concentración de Buchenwald en 1945, víctima de uno de los sistemas políticos más obsesionados precisamente con controlar la memoria, reescribir el pasado y destruir identidades colectivas.
5. Los Evangelios “apócrifos”
Se denomina “apócrifos” a aquellos evangelios y escritos cristianos que quedaron fuera del Nuevo Testamento y no fueron aceptados dentro del canon oficial.
Ireneo de Lyon fue uno de los primeros autores cristianos en defender explícitamente la autoridad exclusiva de cuatro Evangelios, contribuyendo decisivamente a la consolidación del futuro canon.
Sin embargo, durante los siglos II y III circularon numerosos textos alternativos. Su número exacto es difícil de determinar y depende de la clasificación utilizada, pero supera ampliamente varias decenas de obras conservadas de forma parcial o completa.
De entre ellas seleccionaremos solamente tres ejemplos especialmente representativos.
5.1. Evangelio de Tomás
El Evangelio de Tomás consiste principalmente en una colección de dichos atribuidos a Jesús. A diferencia de los Evangelios canónicos, no desarrolla un relato continuo sobre su vida, milagros, pasión o resurrección.
El texto parece haber circulado ampliamente en ciertos ambientes cristianos orientales y presenta afinidades con corrientes posteriores calificadas como gnósticas. Precisamente por ello algunos Padres de la Iglesia desconfiaron de varias de sus interpretaciones.
5.2. Evangelio de Pedro
El Evangelio de Pedro contiene un relato detallado de la pasión y resurrección de Jesús. Muchos estudiosos consideran que refleja tendencias docetas.
El docetismo —del griego dokein, “parecer”— sostenía que la humanidad de Cristo era solo aparente y que su naturaleza divina impedía un sufrimiento verdaderamente humano.
Desde la perspectiva de la futura ortodoxia cristiana, esta doctrina debilitaba el sentido salvífico de la pasión y de la muerte de Cristo. Por ello el docetismo fue considerado herético y los textos asociados a él terminaron siendo rechazados.
5.3. Protoevangelio de Santiago
El Protoevangelio de Santiago —también conocido como Evangelio de la Infancia— se centra especialmente en María y en la infancia de Jesús.
El texto ejerció una enorme influencia sobre el desarrollo posterior del culto mariano y sobre numerosas tradiciones cristianas relativas a la virginidad de María.
No fue excluido del canon por razones doctrinales graves, sino principalmente porque se consideraba tardío y dependiente de materiales ya presentes en Mateo y Lucas. Además, su atribución a Santiago, hermano de Jesús, resultaba históricamente poco verosímil para muchos autores antiguos.
El estudio detallado de los numerosos evangelios apócrifos excede los objetivos de este trabajo. Sin embargo, su mera existencia permite comprender hasta qué punto el cristianismo primitivo fue mucho más diverso de lo que las reconstrucciones posteriores suelen admitir.
Leyendo estos textos queda la impresión de que el cristianismo pudo haber evolucionado de maneras muy distintas en cuestiones fundamentales: la naturaleza de Jesús, el papel de la mujer, la autoridad religiosa, la relación con el judaísmo o incluso la estructura misma de la Iglesia.
6. Nuevo Testamento… pero ¿y la Biblia?
Por fin aparece el Nuevo Testamento. Pero antes conviene despejar una confusión lingüística.
La Real Academia Española define “testamento” como la declaración de última voluntad mediante la cual una persona dispone de sus bienes para después de su muerte. Sin embargo, éste no es el significado original del término en sentido religioso.
La ambigüedad proviene de la traducción del griego diathēkē, palabra que significa “alianza” o “pacto”. La expresión kainē diathēkē significa, por tanto, “nueva alianza”.
Cuando la Biblia hebrea fue traducida al griego en la llamada Septuaginta, y posteriormente al latín, se eligió el término testamentum, que podía significar tanto “alianza” como “testamento” en sentido jurídico. De allí deriva el uso cristiano posterior.
Por eso “Nuevo Testamento” no significa originalmente “últimas voluntades” sino “nueva alianza”: una relación renovada entre Dios y su pueblo fundada, según la interpretación cristiana, en la figura y muerte de Jesús. Así aparece, por ejemplo, en 1 Corintios 11, cuando Jesús identifica la copa con “la nueva alianza en mi sangre”.
Con el tiempo, la expresión dejó de designar solamente esa nueva alianza teológica y pasó también a nombrar el conjunto de escritos que daban testimonio de ella: Evangelios, cartas apostólicas, Hechos y Apocalipsis.
Por contraste, las Escrituras judías comenzaron a ser llamadas por los cristianos “Antiguo Testamento”, es decir, la antigua alianza, mientras que los textos cristianos pasaron a constituir el “Nuevo Testamento”, la nueva alianza consumada en Cristo.
Y aquí aparece una cuestión histórica extremadamente delicada.
Desde la perspectiva cristiana, esta operación resultaba perfectamente lógica: Jesús no abolía las antiguas Escrituras sino que las cumplía. Pero desde la perspectiva judía el asunto podía verse de manera muy distinta.
El cristianismo naciente no solo reinterpretaba la Biblia hebrea; también la incorporaba dentro de un nuevo esquema teológico donde las antiguas promesas quedaban subordinadas a la figura de Jesús. De algún modo, el inmenso edificio religioso construido durante siglos por el judaísmo pasaba a convertirse en simple antesala de una revelación posterior.
La operación era extraordinaria: fusionar en un único conjunto sagrado libros profundamente heterogéneos. En unos se proclamaba la fe en un nuevo mesías; en otros se conservaba la memoria histórica y religiosa del pueblo judío a lo largo de casi mil años.”
No resulta extraño, por ello, que muchos judíos rechazaran la expresión “Antiguo Testamento”. El término parecía insinuar que la alianza establecida con Moisés había quedado superada o incompleta frente a la nueva alianza proclamada por los cristianos.
Vista desde fuera, la operación era extraordinariamente audaz: una pequeña secta surgida dentro del judaísmo afirmaba poseer la interpretación definitiva de las antiguas Escrituras y releía toda la historia sagrada de Israel a la luz de su nuevo Mesías.
Sin embargo, la historia siguió su curso. Lo que en sus comienzos pudo parecer una apropiación improbable terminó convirtiéndose, con la expansión del cristianismo, en una de las reinterpretaciones religiosas más influyentes de toda la historia humana.
7. ¿Qué hay dentro?
El Nuevo Testamento no cayó del cielo, aunque durante siglos pareciera inspirado directamente por él. Ya mencionamos a Ireneo de Lyon en el capítulo 5 de este estudio y allí describimos quién fue y cuál resultó ser su importancia. Pero, para evitar que el lector tenga que retroceder páginas, reproduciremos aquí un fragmento directamente relacionado con lo que ahora desarrollaremos:
“… Irineo defendió asimismo la continuidad entre la Biblia hebrea y el Nuevo Testamento, algo que muchas corrientes gnósticas tendían a reinterpretar radicalmente o a considerar inferior frente a revelaciones espirituales superiores. Del mismo modo sostuvo la autoridad exclusiva de cuatro evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan— negando legitimidad a muchos otros textos cristianos que circulaban en aquella época y que más tarde recibirían el nombre peyorativo de ‘apócrifos’…”
Se podría decir que Irineo fue uno de los principales arquitectos del formato que terminaría adoptando el cristianismo posterior. No creó los evangelios, por supuesto, pero sí fue el primer gran teólogo que defendió de manera explícita y sistemática la existencia de cuatro evangelios legítimos —y solo cuatro— dentro de la enorme diversidad de textos cristianos que circulaban entre las distintas comunidades del Imperio romano.
La razón de por qué debían ser exactamente cuatro y no más resulta particularmente reveladora. Irineo no apeló a criterios históricos modernos ni a métodos filológicos, sino a argumentos simbólicos y cosmológicos. Según explicó, así como existen cuatro puntos cardinales y cuatro vientos principales que abarcan el mundo, también debían existir cuatro evangelios destinados a sostener la Iglesia universal.
Hoy semejante razonamiento puede parecer extraño o incluso arbitrario, pero refleja muy bien la mentalidad religiosa de la época, donde los símbolos, las analogías y las correspondencias cósmicas eran considerados pruebas legítimas de verdad.
A partir de entonces, la idea de los cuatro evangelios fue ganando autoridad progresivamente dentro del cristianismo proto-ortodoxo hasta terminar convirtiéndose en la base del futuro Canon del Nuevo Testamento.”
Y así fue como quedaron estos cuatro evangelios dentro del Nuevo Testamento, pero parecía muy poco sobre todo comparando con el gran formato de la Biblia judía que también se había incorporado al nuevo texto fundamental, y aquí quedaba un espacio vacío que era menester rellenar incluyendo temas que no habían sido tratados en los documentos anteriores.
8. Un Nuevo Testamento completado
Irineo no actuó, como suele decir motu proprio, es decir por iniciativa propia, libre y voluntariamente, sin que nadie se lo haya pedido ni obligado, ya que un factor decisivo para articular los evangelios y las cartas de Pablo en un mismo canon fue la aparición de cánones alternativos, en particular el de Marción.
Marción, personaje ya comentado en nuestro estudio en el capítulo 3, sección 3ª, propuso un canon propio compuesto por un solo evangelio, Lucas, en una versión por él depurada, y diez cartas paulinas, tambien purificadas de elementos que consideró judaizantes. Su proyecto hizo visible la posibilidad de formar “Biblias cristianas” combinando algunos de los evangelios circulantes más las cartas apropiadas de quien podría ser considerado con la misma función divulgadora de un evangelista.
Por lo tanto la respuesta de la Iglesia oficial, los proto-ortodoxos no consistió en inventar desde la nada la posibilidad de juntar evangelios y epístolas sino seleccionar los evangelios más aporpiados y las cartas paulinas, y otras cartas apostólicas que formaran un libro digno de su nombre.
Podríamos, entonces, concluir que entre finales del siglo II y el IV se fueron consolidando las distintas partes del nuevo texto que acompañaría a la vieja Biblia de los judíos.
Este texto unificado consistió en un Evangelio, en cuatro versiones, Marcos, Mateo, Lucas y Juan; más un libro histórico de enlace: “Hechos de los Apóstoles” que vincula la misión de Pedro y Pablo. Más un corpus paulino, que ya tenía una larga tradición de lectura en las comunidades cristianas, más un grupo de “epístolas católicas”, Santiago, Pedro, Juan y Judas, que representan otras voces apostólicas, dando así un formato más plural al conjunto. Finalmente se aceptó El Apocalipsis de Juan, cuya recepción en el canon tuvo más vicisitudes pero al final también fue incluido.
El proceso de consenso definitivo fue mucho más largo de lo que un cristiano de nuestra época puede imaginar. La ratificación oficial del Nuevo Testamento con todos sus libros incluídos no llegará hasta el Concilio de Trento, en el siglo XVI, aunque de hecho ya existió un consenso práctico de siglos. Lo cual no eliminó diferencias regionales que aún subsisten. Algunas Iglesias de Oriente no-calcedonianas o de tradición siríaca (por ejemplo, la Iglesia Asiria de Oriente con la Peshitta) han usado cánones de Nuevo Testamento algo más breves, excluyendo algunos escritos como 2 Pedro, 2–3 Juan, Judas o Apocalipsis.
9. Su valor actual
Una vez considerada la forma en que apareció esta nueva Biblia cristiana —su creación, desarrollo y enlace con la vieja Biblia de los judíos— resulta legítimo preguntarse si una “historia natural” del cristianismo debe detenerse en un análisis detallado del contenido doctrinal del Nuevo Testamento.
He llegado a la conclusión de que dicho análisis posee una importancia relativamente secundaria para los objetivos de este estudio. No porque esos textos carezcan de interés religioso, literario o cultural —algo evidente para creyentes, teólogos e historiadores de las ideas— sino porque explican menos el desarrollo histórico posterior del cristianismo que los mecanismos sociales, políticos e institucionales que permitieron su expansión.
Imaginemos, por ejemplo, que estudiamos el surgimiento y difusión del budismo. ¿Es indispensable analizar en profundidad cada sutra para comprender cómo esa religión logró extenderse por Asia y consolidar comunidades durante siglos? O, en un campo completamente distinto, pensemos en Napoleón: conocer el contenido exacto de sus proclamas militares puede resultar interesante para estudiar su estilo propagandístico o su capacidad de movilización emocional; pero ello explica mucho menos su ascenso político que el funcionamiento del ejército revolucionario francés, las crisis europeas de su tiempo o la estructura de poder que consiguió construir.
Algo semejante ocurre con el cristianismo primitivo. Desde una perspectiva “natural”, es decir histórica y no confesional, el contenido preciso de los textos resulta menos relevante que las redes humanas, las instituciones, los conflictos doctrinales, las estrategias de legitimación y las condiciones sociales que hicieron posible su extraordinaria expansión.
Esto no significa que el Nuevo Testamento carezca de importancia. Por el contrario: fue el principal instrumento literario y simbólico de la nueva religión. Sus escritos estaban orientados claramente a suscitar adhesión, fortalecer la fe de las comunidades y convencer a sus lectores de la naturaleza divina de Jesús, de la verdad de su mensaje, de sus milagros y, sobre todo, de su resurrección; acontecimiento que para los creyentes anticipaba su futura y definitiva vuelta al mundo.
Pero una historia natural del cristianismo no necesita discutir si tales afirmaciones eran verdaderas desde el punto de vista religioso. Le basta con constatar que millones de personas terminaron creyéndolas y que esa creencia transformó profundamente la historia del mundo antiguo y de los siglos posteriores.
Por lo tanto, en el próximo capítulo pasaremos a estudiar la figura que probablemente represente mejor que ninguna otra la consolidación intelectual del cristianismo ya convertido en gran religión imperial: Agustín de Hipona.
Carolus Brigantinus Barbatus
Junio 2026
Addenda
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