Índice
- De Jerusalén a Nicea
- El mensaje de Jesús
- Arrio y el nacimiento de la ortodoxia
- Constantino, el último apostol
- Final
Addenda: páginas web
- De Jerusalén a Nicea
La palabra Concilio deriva del latín Concilium, que significa reunión, o asamblea. En el uso eclesiástico indica reunión de obispos para tratar cuestiones de doctrina o disciplina.
“Concilio Ecuménico” se refiere a las grandes asambleas de obispos de todo el orbe cristiano, y sus decretos se consideran normativos para la Iglesia entera.
Un término equivalente es sínodo, procedente del griego synodos (“camino recorrido en común”). Durante los primeros siglos ambos vocablos se utilizaron casi como sinónimos, aunque con el tiempo la Iglesia reservó el nombre de Concilio Ecuménico para las grandes asambleas de toda la Iglesia y el de sínodo para reuniones de ámbito diocesano, provincial o nacional.
Hasta ese momento los concilios habían sido reuniones convocadas por la propia Iglesia para resolver problemas internos. El primer “proto concilio”, si se nos permite llamarlo así, podría haber sido la reunión celebrada hacia el año 50 en Jerusalén, cuando Pedro, Pablo, Santiago y otros dirigentes debatieron si los gentiles no circuncidados podían ser admitidos como seguidores de Jesús. Aquella asamblea fue modesta, casi familiar, y sus participantes no disponían de otro poder que la autoridad moral que les reconocían las distintas comunidades cristianas.
Nicea representaba exactamente lo contrario. Tres siglos después ya no eran unos pocos dirigentes reunidos en una ciudad de Palestina quienes discutían una cuestión doctrinal. Centenares de obispos llegaban desde todos los rincones del Imperio convocados por el propio emperador romano, viajaban con fondos públicos y sabían que las decisiones adoptadas contarían con el respaldo del poder político.
La distancia que separa Jerusalén de Nicea no es solo de casi tres siglos: es el reflejo de la profunda transformación que había experimentado el cristianismo.
Ahora el emperador de Roma era quien convocaba a los obispos de todo el mundo cristiano para que alcanzaran una única definición de la fe. La teología dejaba de ser un asunto exclusivamente eclesiástico para convertirse también en una cuestión de Estado.
Y algo más para observar: en Jerusalén, el acuerdo del llamado “Concilio de Jerusalén” (narrado en Hechos de los Apóstoles 15) se impuso por persuasión y por el prestigio de figuras como Santiago el Justo, Pedro y Pablo de Tarso. En Nicea, en cambio, detrás de la firma de un credo estaba ya la posibilidad del destierro, como veremos más adelante.
El primer Concilio Ecuménico del cristianismo se reunió en la antigua ciudad de Nicea, actual Iznik, en Turquía. Y fue convocado por el emperador Constantino, invitando a todas las provincias del Imperio y también a los reinos vecinos donde existían comunidades cristianas.”
Su objetivo oficial era resolver la controversia arriana. En la práctica, el propósito consistía en restablecer la unidad doctrinal de una Iglesia que comenzaba a convertirse en uno de los pilares políticos del Imperio. El arrianismo se había extendido por gran parte del cuerpo de la Iglesia y amenazaba seriamente su unidad. También se incluyeron otros temas orientados a unificar las prácticas religiosas que, como la fecha en que se celebraba la Pascua, eran demasiado variadas como para no intentar una celebración común.
Centenares de obispos llegaron desde todos los rincones del Imperio, convocados por el propio emperador romano, viajaban con fondos públicos, todos los gastos corrían a cuenta del emperador, y sabían que las decisiones adoptadas contarían con el respaldo del poder político.
Respondieron masivamente: las cifras varían, entre 250 y 300 prelados; la mayor parte procedentes de Asia Menor, Egipto y Siria Palestina. Las ciudades griegas también estuvieron presentes, el obispo de Roma envió tres delegados: dos sacerdotes y el Obispo de Calabría. Armenia estuvo presente con dos obispos e incluso Persia con uno.
El Concilio se abrió con gran pompa con un discurso pronunciado por el propio emperador Constantino, con lo cual quedaba evidente hacia donde se inclinaba ahora el Imperio de manera evidente. Hasta entonces las controversias doctrinales se habían resuelto, mejor o peor, dentro de la propia Iglesia.
En Nicea aparecía un actor completamente nuevo: el emperador romano. No discutía cuestiones teológicas, pero decidía quién debía reunirse, protegía las deliberaciones y, sobre todo, garantizaba con el poder del Estado el cumplimiento de las decisiones adoptadas en tanto el emperador anunció explícitamente que aquellos obispos que no firmaran las conclusiones del Concilio… serían inmediatamente desterrados.
Solo Arrio, Teonas de Marmárica y Segundo de Ptolemaida , no lo hicieron y así fueron desterrados a Illiria, al costado de las lejanas provincias del Danubio. El emperador ya lo había avisado.
El Concilio duró poco, ya que se abrió el 20 de mayo del año 325 y se cerró el 25 de julio del 325. El cierre se hizo con un gran banquete, que coincidía con el vigésimo aniversario del reinado de Constantino, y los obispos se volvieron a sus diocesis cargados de regalos.
Aquel banquete fue mucho más que el final de un concilio. Simbolizaba el nacimiento de una nueva época. Durante casi tres siglos la Iglesia había vivido unas veces tolerada, otras perseguida y siempre separada del poder político. Desde Nicea comenzaba una historia distinta. El Imperio había descubierto la utilidad de una Iglesia unificada, y la Iglesia descubría las inmensas ventajas de contar con el respaldo del Estado. La alianza entre el trono y el altar acababa de nacer y marcaría profundamente la historia de Occidente durante más de un milenio.
2. El mensaje de Jesús
Hay un hecho que no deja de llamar la atención. En el primer gran concilio de la historia del cristianismo apenas se discutió el contenido de la predicación de Jesús. No se debatió el Reino de Dios, ni las Bienaventuranzas, ni el amor al prójimo, ni el perdón, ni el modo de vivir que proponían los evangelios. Las discusiones giraron en torno a la naturaleza de Cristo, su relación con el Padre, la unidad doctrinal de la Iglesia y la fijación de determinadas prácticas comunes.
¿Qué nos dice este cambio sobre la evolución que había experimentado el cristianismo en apenas dos siglos?
Los primeros discípulos esperaban que Dios transformara muy pronto el mundo. Los obispos reunidos en Nicea comenzaban a organizar una Iglesia destinada a vivir durante siglos dentro de él.
Si preguntáramos hoy a un cristiano corriente —que, como la mayoría de las personas, no suele estar familiarizado con la historia de la Iglesia— sobre qué trató el primer concilio ecuménico, celebrado poco después de que el cristianismo fuera legalizado en el Imperio romano, probablemente imaginaría asuntos como estos: cómo vivir el Reino de Dios, cómo anunciar el Evangelio, cómo ayudar a los pobres o cómo prepararse para la segunda venida de Cristo.
Difícilmente supondría que centenares de obispos recorrerían miles de kilómetros para debatir durante semanas si el Hijo era “engendrado, no creado”, si era “de la misma sustancia” (homoousios) que el Padre o cuál debía ser la fecha común para celebrar la Pascua.
Naturalmente, estas cuestiones no eran irrelevantes. Para aquellos obispos resultaban decisivas, porque estaban convencidos de que sólo una comprensión correcta de la naturaleza de Cristo podía garantizar la autenticidad de la fe cristiana. Antes de preguntarse cómo debía vivirse el Evangelio, creían necesario establecer quién era realmente aquel que lo había anunciado.
Y, sin embargo, el contraste con los orígenes sigue siendo llamativo.
El Jesús de los evangelios aparece recorriendo Galilea hablando del Reino de Dios, de la conversión, del juicio inminente, del perdón, de los pobres, de los últimos y del amor al prójimo. En Nicea, el centro de gravedad se ha desplazado hacia otro terreno: la naturaleza del Hijo, su relación con el Padre, la unidad de esencia, la formulación correcta de la fe.
En Jerusalén la cuestión era cómo seguir a Jesús; en Nicea la cuestión era cómo definir correctamente quién era Jesús.
Este desplazamiento no fue casual. Entre Jesús y Nicea habían transcurrido casi tres siglos durante los cuales el cristianismo había cambiado profundamente. Pablo y las primeras generaciones cristianas comenzaron ya a situar la figura de Cristo en el centro de la predicación; durante los siglos II y III, teólogos de muy diversas escuelas fueron elaborando una compleja reflexión sobre su naturaleza; y finalmente Nicea convirtió aquella discusión en doctrina oficial de una Iglesia que acababa de obtener el reconocimiento del Estado romano.
No fue Nicea quien inventó la cristología. Fue Nicea quien la fijó.
También habían cambiado las circunstancias históricas.
La pequeña secta judía perseguida de los primeros tiempos se había convertido en una religión extendida por todo el Imperio. Ya no era únicamente una comunidad que esperaba el inminente establecimiento del Reino de Dios; era también una institución que debía conservar su unidad, resolver conflictos internos y ofrecer una doctrina común a millones de fieles repartidos por provincias muy diversas.
Desde esta perspectiva se entienden mucho mejor las grandes cuestiones que ocuparon a los primeros concilios:
* Nicea (325): ¿es el Hijo plenamente Dios?
* Constantinopla (381): ¿cuál es la naturaleza del Espíritu Santo?
* Éfeso (431): ¿puede llamarse a María Madre de Dios?
* Calcedonia (451): ¿cómo se relacionan en Cristo la naturaleza humana y la divina?
En ninguno de ellos el debate principal giró en torno al Sermón de la Montaña, las parábolas, el amor a los enemigos o la llegada del Reino.
Podría resumirse esta evolución mediante cuatro etapas:
1. Jesús anuncia el Reino de Dios.
2. Pablo sitúa a Cristo en el centro del anuncio.
3. Los siglos II y III elaboran una teología sobre Cristo.
4. Nicea convierte esa teología en doctrina común de toda la Iglesia.
Quizá el cambio más profundo pueda contemplarse también desde otro ángulo.
Jesús decía:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Al que te golpee en una mejilla, preséntale también la otra.
Buscad primero el Reino de Dios y su justicia.
Son enseñanzas dirigidas ante todo a la conciencia individual. Hablan de conversión, de compasión, de confianza y de una esperanza puesta en la intervención inminente de Dios. Podría decirse que constituyen una extraordinaria psicología moral, aunque muchas de ellas planteen problemas cuando se trasladan sin matices al funcionamiento de una sociedad compleja.
“Cuando se quiere vivir según el Evangelio ¿se puede ser demasiado confiado?” (1)
Los grandes concilios, en cambio, apenas añadieron nuevas enseñanzas sobre la conducta cotidiana. Su preocupación fue otra. Buscaron definir con precisión aquello que debía creer toda la Iglesia para permanecer unida.
En cierto sentido, el eje de la reflexión había cambiado. Ya no predominaban las preguntas sobre cuándo llegaría el Reino o cómo prepararse para él, sino cuestiones acerca de quién era Cristo y cuál era su relación con el Padre. El centro de interés se desplazó de la escatología a la ontología, de la inminencia del Reino a la definición del Ser.
Al mismo tiempo, esa elaboración doctrinal resultó extraordinariamente compatible con las necesidades de un Imperio que buscaba cohesión y estabilidad. Una Iglesia universal necesitaba una doctrina universal; y un Imperio que aspiraba a la unidad encontraba en una Iglesia doctrinalmente unificada un poderoso factor de cohesión.
Quizá ahí resida el cambio histórico más profundo. El cristianismo no abandonó el mensaje moral de Jesús, pero dejó de situarlo en el centro de sus grandes debates. Mientras los primeros discípulos esperaban que Dios transformara muy pronto el mundo, la Iglesia del siglo IV comprendió que debía organizarse para vivir largo tiempo dentro de él. En ese tránsito cambiaron inevitablemente las preguntas. Jerusalén y Nicea seguían perteneciendo a la misma tradición religiosa, pero parecían ya dos universos intelectuales muy distintos.
(1) La cita es del libro “El Reino” de Emmanuel Carrère. La palabra “demasiado” en cursiva en el original
3. Arrio y el nacimiento de la ortodoxia
Arrio afirmó que Jesús fue creado por el Padre y no eterno sosteniendo que el Hijo de Dios, aunque excelso y preexistente, tuvo un principio y no existió desde siempre. Según Arrio, solo Dios Padre es eterno, infinito y sin origen; el Hijo fue creado directamente por el Padre “antes de todas las eras”, como la primera y más perfecta de sus criaturas, pero hubo un tiempo en que el Hijo no existía. Un pensamiento no carente de lógica.
Para fundamentar su postura, Arrio recurrió a pasajes bíblicos como Juan 14:28 (“el Padre es mayor que yo”) y Colosenses 1:15 (“el primogénito de toda la creación”), interpretando que Jesús fue el primer ser creado y, por tanto, no es igual ni coeterno al Padre. Podría ser un signo de la época en que se necesitase fundar el razonamiento anterior en pasajes bíblicos y no en la pura lógica derivada de la observación al alcance de cualquiera.
Arrio argumentaba que si el Padre es único, indivisible y eterno, entonces el Hijo no puede compartir esa misma eternidad ni naturaleza, pues eso implicaría dividir la unicidad de Dios. Lo cual también es fácilmente deducible del propio carácter de Dios “padre”.
La condena de Arrio suele presentarse como una victoria de la ortodoxia sobre una doctrina equivocada. Entendiendo por “error” aquello que no se ajusta al concepto previo de “trinidad”. Sin duda, esa fue la interpretación que terminó imponiéndose. Sin embargo, desde un punto de vista histórico, quizá resulte más interesante formular otra pregunta: ¿por qué aquella discusión alcanzó semejante importancia precisamente en el siglo IV y no antes?
Las ideas de Arrio no eran, en sí mismas, extravagantes. Partían de un razonamiento relativamente sencillo. Cristo era la primera y más perfecta de las criaturas, el mediador entre Dios y los hombres, pero no Dios en el mismo sentido que el Padre.
Vista con los ojos de la filosofía griega, la tesis arriana poseía una notable coherencia interna. Y, de hecho, no fueron pocos los obispos que inicialmente la consideraron una explicación muy aceptable.
Entonces, ¿por qué provocó una crisis de semejante magnitud?
La respuesta habitual es que estaba en juego la verdadera naturaleza de Cristo. Sin embargo, probablemente había otra cuestión, menos visible pero igualmente decisiva: estaba en juego “la unidad” de la Iglesia.
Mientras el cristianismo permaneció dividido en pequeñas comunidades dispersas por el Imperio, coexistieron numerosas interpretaciones sobre la figura de Jesús. Hubo judeocristianos, marcionitas, gnósticos, adopcionistas, modalistas y muchas otras corrientes que discutían apasionadamente entre sí. Aquella diversidad doctrinal constituía un problema teológico, pero todavía no amenazaba la estabilidad de ninguna gran institución.
La situación cambió radicalmente cuando el cristianismo comenzó a convertirse en una religión de alcance imperial.
Una Iglesia presente desde Britania hasta Egipto, desde Hispania hasta Mesopotamia, ya no podía permitirse que cada región enseñara una doctrina distinta sobre el fundamento mismo de su fe. La pluralidad teológica dejaba de ser únicamente un debate intelectual para convertirse en un problema de cohesión. Y por supuesto era crucial cualquier cuestión que amenazase esa unidad.
Desde esta perspectiva, la convocatoria del Concilio de Nicea adquiere un significado más amplio.
Constantino no era un teólogo, ni siquiera estaba bautizado, ni convocó el concilio para resolver una curiosidad filosófica. Lo preocupaba la profunda división que el conflicto arriano estaba provocando en las provincias orientales del Imperio. Para un gobernante acostumbrado a identificar estabilidad política con centralidad institucional, aquella disputa resultaba potencialmente peligrosa.
El objetivo del concilio no consistía únicamente en descubrir cuál era la formulación teológica más correcta. También pretendía cerrar definitivamente una controversia que amenazaba con fracturar la Iglesia precisamente cuando ésta acababa de convertirse en un elemento de cohesión del propio Imperio.
La cuestión ya no era solamente quién tenía razón.
La cuestión era que debía existir una única respuesta.
Éste constituye, probablemente, uno de los cambios más profundos de toda la historia del cristianismo.
Hasta entonces podían coexistir interpretaciones diversas acerca de la naturaleza de Cristo. Después de Nicea comenzó a consolidarse la idea de que determinadas opiniones dejaban de pertenecer al legítimo debate para convertirse en errores doctrinales incompatibles con la fe de la Iglesia.
Nacía así la ortodoxia en el sentido pleno de la palabra.
No porque antes no existieran doctrinas consideradas verdaderas o falsas, sino porque por primera vez una asamblea con pretensión universal definía oficialmente qué debía creer todo cristiano y qué quedaba definitivamente excluido.
No deja de ser significativo que el gran conflicto del siglo IV no girara en torno al amor al prójimo, al perdón, a las Bienaventuranzas o a la llegada del Reino de Dios, sino alrededor de una cuestión que Jesús nunca formuló explícitamente: cuál era exactamente su naturaleza en relación con el Padre.
Ello no significa que la Iglesia hubiera abandonado las enseñanzas morales de Jesús. Nadie reunido en Nicea las consideraba secundarias. Al contrario, todos las daban por supuestas. Pero las prioridades habían cambiado. Antes de enseñar cómo debía vivirse el Evangelio era necesario establecer quién era realmente aquel que lo había proclamado.
En este punto puede apreciarse con claridad la profunda transformación experimentada por el cristianismo durante sus tres primeros siglos.
Jesús había anunciado la llegada del Reino de Dios y había llamado a la conversión personal. Pablo desplazó progresivamente el centro de la predicación hacia la persona de Cristo, convirtiendo su muerte y resurrección en el núcleo del mensaje cristiano. Los grandes teólogos de los siglos II y III elaboraron una compleja reflexión sobre la identidad de ese Cristo, y Nicea convirtió finalmente aquella reflexión en doctrina obligatoria para toda la Iglesia.
Las preguntas habían cambiado.
Jesús preguntaba cómo debía vivir el hombre ante la inminencia del Reino.
Pablo se preguntaba qué significaba Cristo para la salvación de toda la humanidad.
Nicea se preguntaba qué debía creer exactamente un cristiano.
Las tres preguntas pertenecen a una misma tradición religiosa, pero responden a necesidades históricas profundamente distintas.
Quizá por ello pueda decirse que el paso decisivo no consistió únicamente en sustituir unas doctrinas por otras, sino en modificar el propio centro de gravedad del cristianismo.
La comunidad escatológica que esperaba una intervención inminente de Dios fue transformándose lentamente en una institución universal llamada a perdurar durante siglos. Una institución semejante necesitaba normas, autoridad y, sobre todo, una fe común cuidadosamente definida.
La condena de Arrio fue, en este sentido, mucho más que la derrota de una determinada interpretación de Cristo. Representó el momento en que la unidad doctrinal pasó a convertirse en uno de los pilares sobre los que descansaría la Iglesia durante el resto de su historia.
Se había creado, de una vez y para siempre, la ortodoxia. Y al mismo tiempo y por la misma razón había nacido lo que era ya oficialmente el error más terrible del cristianismo: la herejía.
4. Constantino, el último apóstol
Pocas paradojas ilustran mejor la transformación del cristianismo que la figura de Constantino. Jesús murió ejecutado por el poder romano; tres siglos más tarde sería precisamente un emperador romano quien decidiría buena parte del futuro de la religión nacida en torno a su memoria. Aún más sorprendente resulta que la Iglesia oriental terminara venerándolo con el título de isapóstolos, “igual a los apóstoles”, un honor reservado a quienes, sin pertenecer al grupo de los Doce, contribuyeron de manera decisiva a la expansión del cristianismo.
Nacido hacia el año 272 en Naissus (la actual Niš, en Serbia), Constantino hizo toda su carrera dentro del ejército y de la administración imperial. Tras la muerte de su padre, Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Britania en el año 306 y, después de casi dos décadas de guerras civiles, consiguió imponerse a todos sus rivales hasta convertirse, en 324, en el único dueño del Imperio romano.
La tradición cristiana sitúa el comienzo de su conversión en la batalla del Puente Milvio (312). Según Lactancio y, sobre todo, Eusebio de Cesarea, antes del combate Constantino habría contemplado en el cielo el signo de Cristo acompañado por la frase: «Con este signo vencerás». Resulta imposible saber cuánto hay de historia y cuánto de elaboración posterior en este relato, pero sí parece indudable que, desde entonces, el emperador inició una política claramente favorable a la Iglesia.
Al año siguiente, junto con Licinio, promulgó el llamado Edicto de Milán, que garantizaba la libertad de culto para todas las religiones del Imperio y ponía fin a las persecuciones contra los cristianos. Restituyó los bienes confiscados a las iglesias, concedió privilegios al clero, financió la construcción de grandes basílicas y favoreció abiertamente el desarrollo de una institución que hasta hacía muy poco había vivido en la clandestinidad.
Pero su intervención fue mucho más lejos que la simple protección.
Convencido de que la unidad religiosa favorecía la estabilidad política, Constantino decidió intervenir personalmente en las disputas doctrinales que dividían a los cristianos. En 314 convocó el concilio de Arlés para resolver el cisma donatista y, pocos años después, reunió en Nicea a obispos procedentes de todo el Imperio para afrontar la controversia arriana.
Lo verdaderamente novedoso no fue únicamente el contenido de las decisiones adoptadas en Nicea, sino el hecho mismo de que un emperador convocara, financiara, presidiera y respaldara con su autoridad las conclusiones de un concilio cristiano. Constantino no era un teólogo y probablemente nunca comprendió en toda su profundidad la compleja discusión sobre la naturaleza del Hijo. Lo que buscaba era algo mucho más práctico: poner fin a una disputa que amenazaba la cohesión del Imperio.
Sin embargo, las consecuencias fueron inmensas.
Por primera vez la definición de la ortodoxia dejaba de depender exclusivamente del consenso entre las iglesias para convertirse también en un asunto de Estado. Las decisiones conciliares ya no descansaban únicamente sobre la autoridad espiritual de los obispos; contaban además con el respaldo del poder imperial, capaz de desterrar a quienes se negaran a aceptarlas y de imponer administrativamente una determinada formulación doctrinal.
No volvería a presentarse la situación que afrontó Pablo y que motivó su epístola a los gálatas: “Estoy muy sorprendido de que tan pronto os hayáis alejado de Dios, que os llamó por el amor de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. En realidad no es que haya otro evangelio, pero sucede que algunos os están perturbando y quieren trastornar el evangelio de Cristo. Pero si alguien (sea yo mismo o un ángel del cielo) os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡caiga bajo maldición!” ( Gálatas 1,6). Nadie, luego de Nicea osaría alterar la verdadera palabra del Señor.
Ninguno de los Doce había convocado un concilio ecuménico. Ninguno había dispuesto de un ejército para hacer cumplir una decisión doctrinal. Ninguno había podido utilizar la maquinaria del Estado para difundir una interpretación concreta de la fe. Todo eso lo hizo un emperador romano.
La fundación de Constantinopla en el año 330 reforzó todavía más esta nueva alianza entre Iglesia e Imperio. La ciudad fue concebida como una nueva capital cristiana del Oriente romano y se convirtió rápidamente en uno de los principales centros políticos y religiosos del mundo mediterráneo.
Cuando Constantino murió, en el año 337, recibió el bautismo poco antes de fallecer, una práctica relativamente frecuente entre algunos cristianos de la época. Fue enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, en un mausoleo rodeado por doce cenotafios que representaban a los apóstoles. El simbolismo difícilmente podía ser más explícito: el emperador ocupaba el lugar central de aquel conjunto monumental, como si continuara la misión iniciada por ellos.
No parece que durante su vida recibiera oficialmente el título de isapóstolos, pero la tradición bizantina comenzó a atribuírselo pocas décadas después y terminó incorporándolo de forma estable a su liturgia. La Iglesia oriental lo veneró como “igual a los apóstoles” porque consideró que nadie había contribuido tanto como él a la expansión histórica del cristianismo. Algunos autores medievales fueron incluso más lejos y lo llamaron el “decimotercer apóstol”, una expresión que, aunque nunca alcanzó carácter oficial, refleja hasta qué punto su figura había adquirido una dimensión casi sagrada.
Jesús nunca buscó el apoyo del poder político; murió precisamente a manos del Estado romano. Tres siglos después, sería ese mismo Estado quien garantizaría la expansión de la religión fundada en torno a su memoria. Si Pablo había transformado el mensaje de Jesús en una religión universal, Constantino dio un paso diferente, pero igualmente decisivo: convirtió esa religión en una institución imperial. Con él comenzó una nueva etapa de la historia del cristianismo, en la que la autoridad espiritual y el poder político caminarían, durante siglos, estrechamente unidos.
Cuando se habla de los llamados «Padres de la Iglesia» se piensa, con razón, en aquellos autores que contribuyeron a definir la doctrina cristiana y a consolidar la organización de la Iglesia. Pero si ampliamos el foco y observamos la evolución del cristianismo en su conjunto, quizá pueda sostenerse que existieron tres grandes arquitectos de su historia.
Jesús, porque inició el movimiento.
Pablo, porque redefinió su alcance y su identidad.
Constantino, porque modificó definitivamente el marco político en el que ese movimiento habría de desarrollarse durante más de un milenio.
Cada uno transformó el legado recibido. Jesús anunció la inminencia del Reino de Dios. Pablo reorganizó ese anuncio para hacerlo viable en un mundo donde la Parusía comenzaba a demorarse, universalizó el mensaje, relativizó la vigencia de la Ley mosaica y abrió las puertas del cristianismo al mundo grecorromano. Constantino, por su parte, reorganizó esa religión para hacerla compatible con un Imperio que ya no esperaba el fin inmediato de la historia y que necesitaba una fuerza espiritual capaz de contribuir a su cohesión.
Sin la existencia y la incansable actividad misionera de Pablo, el movimiento iniciado por Jesús probablemente habría sobrevivido, pero difícilmente habría dejado de ser una de las muchas corrientes del judaísmo del siglo I. Sin Constantino, en cambio, el cristianismo habría seguido siendo, con toda probabilidad, una religión importante dentro del Imperio, pero una más entre otras. Fue él quien le proporcionó el respaldo político necesario para iniciar el camino que terminaría convirtiéndolo en la religión del Estado.
Pablo construyó la religión; Constantino construyó la Iglesia. Uno fue el gran arquitecto espiritual del cristianismo; el otro, su gran arquitecto político. Entre ambos transformaron el pequeño movimiento mesiánico surgido en la periferia del Imperio en una religión universal y, finalmente, en una institución estrechamente vinculada al poder imperial.
Pero la obra de Constantino aún no estaba completa. Él abrió las puertas del Estado a la Iglesia; sería Teodosio quien, pocas décadas más tarde, terminaría identificando definitivamente al Estado con la Iglesia al convertir el cristianismo niceno en la religión oficial del Imperio.
5. Final
La Segunda Parte de esta serie sobre "Historia Natural del Cristianismo Primitivo" llega aquí a su término. La razón está, en cierta medida, inscrita en el propio título: el adjetivo "primitivo" impone sus límites. Continuar el hilo más allá del Concilio de Nicea supone cruzar una frontera que me había fijado de antemano. Entiendo que lo "primitivo" abarca los siglos I al III: desde que el movimiento nació como pequeña secta —o "corriente", si se prefiere— dentro del judaísmo, hasta que en el año 325 obtuvo el rango de religión "permitida", paso previo a su conversión, pocos años después, en religión del Imperio.
Al alcanzar la legalidad, el cristianismo se diferenció radicalmente de las demás religiones, tanto por su cohesión interna como por el empuje doctrinal que lo impulsaba a proclamarse la única religión verdadera, relegando a todas las restantes bajo el peyorativo nombre de "paganas". Desde ese instante, el cristianismo vistió la púrpura imperial y con ella se convirtió en una auténtica religión de salvación: fuera de sus muros, la vida —incluida la cotidiana— comenzaba a volverse extraordinariamente difícil.
La “tercera parte” de esta serie será metodológicamente diferente. En el próximo capítulo 16, porque mantendremos la numeración para facilitar su identificación posterior, explicaremos en que consisten los cambios. Por ahora basta decir que los aspectos sociológicos que caracterizan a esta historia serán subrayados. También la frecuencia de aparición de los diferentes capítulos será distinta; más alejados entre sí. La temática abordada así lo obligará. Nos despedimos entonces de los lectores que ocasionalmente hayan compartido nuestra historia.
Solo queremos recordar la misma idea enunciada en la primera parte de esta investigación: cuanto más información uno asimila más cambios se producen en las conclusiones que se obtienen. El estudio del pasado se asemeja a navegar en un mar sin orillas, o quizá, con más precisión las orillas se desplazan cada vez que creemos haberlas alcanzado.
Carolus Brigantinus Barbatus
Julio 2026
Nota importante:
Este estudio, sobre todo en su segunda parte, se ha beneficiado del diálogo continuado con Ada, una inteligencia artificial de OpenAI, que ha colaborado en la revisión de fuentes, la discusión de hipótesis, la organización de los materiales y la corrección de estilo. Las interpretaciones y conclusiones finales son responsabilidad exclusiva del autor.
Addenda. Páginas Web
[https://en.wikipedia.org/wiki/Constantine_the_Great
https://www.ebsco.com/research-starters/history/constantine-great
https://historycooperative.org/constantine/
https://en.wikipedia.org/wiki/Historiography_of_Christianization_of_the_Roman_Empire
https://www.youtube.com/watch?v=6SKkh3VR0XM
https://en.wikipedia.org/wiki/Religious_policies_of_Constantine_the_Great
https://www.ebsco.com/research-starters/religion-and-philosophy/constantine-converts-christianity
https://www.worldhistory.org/article/1737/constantines-conversion-to-christianity/
https://courses.lumenlearning.com/atd-herkimer-westerncivilization/chapter/constantine/
https://studylib.net/doc/25299846/the-council-of-nicaea--325-ce-
https://maranathamedia.com/article/view/dark-side-of-edict-of-milan
https://bmcr.brynmawr.edu/2020/2020.10.44/
https://www.despertaferro-ediciones.com/2022/constantino-religion-cristianismo-paganismo-roma/
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