Pocas figuras históricas suscitan una cuestión tan paradójica como Pablo de Tarso. Nadie discute que fue el principal misionero del cristianismo naciente del que conservamos documentación directa, fundador de numerosas comunidades y autor de los documentos cristianos más antiguos que han llegado hasta nosotros. Pero algunos historiadores han ido mucho más lejos y han planteado una pregunta incómoda: ¿fue únicamente el gran propagador del mensaje de Jesús o fue, en algún sentido históricamente relevante, el creador del cristianismo tal como posteriormente llegó a existir?
La pregunta puede parecer exagerada, pero no lo es. Basta formularla de otra manera: si elimináramos a Pablo de la historia, ¿habría existido igualmente el cristianismo? Probablemente habría sobrevivido durante algún tiempo el movimiento iniciado por Jesús. Ya existían comunidades antes de Pablo y ya había seguidores de Jesús fuera de Palestina. Pero ¿habría llegado a convertirse aquel movimiento mesiánico judío en una religión capaz de extenderse por el Mediterráneo, incorporar masivamente a gentiles y sobrevivir finalmente fuera de la matriz social y religiosa del judaísmo?
No podemos responder con seguridad a una pregunta contrafactual de esta naturaleza. La historia solamente ocurrió una vez. Pero sí podemos comparar el movimiento que Pablo recibió con el que aparece después de su intervención y preguntarnos qué transformaciones pueden atribuirse razonablemente a su actividad.
Para hacerlo conviene evitar dos extremos. Pablo no inventó el cristianismo de la nada. Pero tampoco fue un simple mensajero que transportó intacta una doctrina previamente elaborada.
Empecemos por el primer aspecto.
Primera parte. Pablo como continuador
1. Pablo nunca creyó estar fundando una nueva religión
Este punto es fundamental.
No existe indicio alguno de que Pablo pensara: «voy a abandonar el judaísmo y fundar una religión nueva llamada cristianismo». Una formulación semejante habría resultado probablemente incomprensible para él.
Pablo era judío, pensaba mediante las Escrituras de Israel, creía en el Dios de Israel y entendía a Jesús como cumplimiento de las promesas hechas por ese mismo Dios. Su discusión no consistía en decidir si había que abandonar el judaísmo, sino en comprender qué consecuencias tenía para Israel y para las demás naciones el acontecimiento que, según él, acababa de producirse: la muerte y resurrección del Mesías.
Aquí resulta especialmente importante la interpretación de autores como Paula Fredriksen. Los gentiles incorporados por Pablo a sus comunidades no necesitan convertirse previamente en judíos. Precisamente por eso no deben circuncidarse. Permanecen siendo miembros de las naciones, pero ahora adoran al Dios de Israel y reconocen a su Mesías.
La distinción parece sutil, pero es decisiva. Pablo no imagina necesariamente una humanidad convertida étnicamente en judía. Imagina algo más próximo al horizonte de ciertos textos proféticos: Israel continúa siendo Israel y las naciones, al final de los tiempos, reconocen al verdadero Dios.
Esto permite comprender también la célebre observación de E. P. Sanders según la cual el problema que Pablo encontró en el judaísmo fue, en cierto sentido, que no era cristianismo. Pablo no habría partido de una crítica abstracta de la Ley para llegar después a Cristo; habría partido de la convicción de que Cristo había resucitado y, desde esa convicción, habría reinterpretado la Ley, Israel y la incorporación de los gentiles.
Pero aquí comienza ya la paradoja que recorrerá todo este capítulo: Pablo podía considerarse enteramente judío mientras construía las condiciones que permitirían posteriormente la aparición de una religión mayoritariamente no judía.
2. Conserva elementos esenciales del movimiento anterior
Pablo tampoco inventa los componentes fundamentales de su mensaje.
Recibe la creencia en Jesús como Mesías. Recibe la convicción de que ha resucitado. Recibe tradiciones sobre su muerte. Recibe prácticas comunitarias anteriores a él y reconoce la existencia de apóstoles y comunidades que lo preceden.
El testimonio más claro aparece en 1 Corintios 15, cuando transmite una fórmula que afirma haber «recibido»: Cristo murió, fue sepultado, resucitó y se apareció a Cefas, (más conocido por Pedro), luego posteriormente a otros seguidores. Pablo se incorpora deliberadamente al final de esa cadena.
Por tanto, la interpretación salvífica de la muerte de Jesús tampoco comienza con él. La comunidad primitiva había empezado muy pronto a reinterpretar mediante las Escrituras una ejecución que, contemplada desde fuera, parecía desmentir las esperanzas depositadas en Jesús.
Si había sido realmente el Mesías esperado, su destino debía ser la victoria y la instauración del Reino de Dios, no una muerte infamante en una cruz romana. La crucifixión planteaba así un problema decisivo: aquello que parecía demostrar el fracaso de Jesús debía ser reinterpretado como parte del designio de Dios.
Pablo recibe esa interpretación. Lo extraordinario será lo que haga con ella.
También conserva la estructura apocalíptica fundamental del movimiento de Jesús. El mundo presente se aproxima a su final, Dios intervendrá y Cristo regresará. La Primera carta a los Tesalonicenses muestra hasta qué punto esa expectativa continúa siendo inmediata y concreta.
Pero se produce un desplazamiento significativo.
El Jesús histórico había anunciado primordialmente la llegada del Reino de Dios. Pablo anuncia primordialmente al Cristo muerto y resucitado que regresará para consumar ese proceso.
Podríamos expresarlo mediante una fórmula sencilla: Jesús anuncia el Reino; Pablo anuncia a Jesús.
No significa que Pablo abandone el Reino de Dios. Significa que cambia el centro de gravedad de la proclamación.
3. Reconoce una autoridad anterior
Pablo tampoco actúa como si la historia comenzara con él.
En Gálatas 1 cuenta que visitó Jerusalén y conoció a Cefas y a Santiago, «el hermano del Señor». Más adelante vuelve a mencionar a Santiago, Cefas y Juan como las «columnas» de aquella comunidad.
La relación fue conflictiva y Pablo se esfuerza continuamente por defender su independencia. Insiste en que su evangelio procede de una revelación y no de una enseñanza recibida de Jerusalén. Incluso llega a afirmar que aquellos personajes considerados importantes «nada me añadieron».
Pero precisamente la violencia con la que reivindica su independencia demuestra la existencia de un problema de legitimidad.
Pablo necesita demostrar que su autoridad no es inferior a la de quienes habían conocido personalmente a Jesús.
El acuerdo descrito en Gálatas 2 resulta particularmente significativo. Pablo y Bernabé reciben el reconocimiento de su misión entre los gentiles mientras los dirigentes de Jerusalén continúan ocupándose principalmente de los circuncisos. No estamos ante la subordinación de Pablo a Jerusalén, pero tampoco ante dos religiones completamente independientes.
Existe todavía un movimiento común y una negociación sobre sus fronteras.
La colecta destinada a los pobres de Jerusalén adquiere, desde esta perspectiva, una dimensión que va más allá de la solidaridad económica. Vincula materialmente las comunidades gentiles de Pablo con la comunidad originaria.
Pablo quiere ser independiente, pero no quiere estar separado.
4. Su lenguaje es también lenguaje de continuidad
Pablo denomina habitualmente su mensaje «evangelio»: buena noticia.
El término posee profundas resonancias en las Escrituras judías, particularmente en Isaías, donde aparece asociado al anuncio de la intervención salvadora de Dios y a la restauración de Israel. Pablo conoce perfectamente ese trasfondo y lo utiliza expresamente.
También es cierto que el vocabulario de las «buenas noticias» circulaba en el mundo político helenístico y romano y podía emplearse para anunciar acontecimientos relacionados con el emperador. La famosa inscripción de Priene constituye un ejemplo particularmente conocido. Se ha discutido mucho si el lenguaje cristiano pretendía funcionar conscientemente como una contraproclamación frente al lenguaje imperial. Es posible, pero difícil de demostrar para Pablo, y no necesitamos suponerlo para comprender el significado que él atribuye al término.
Más importante resulta otra tensión.
Pablo puede hablar del evangelio que ha «recibido» y al mismo tiempo hablar de «mi evangelio». Puede insertarse en una tradición anterior y, simultáneamente, afirmar que su comprensión procede directamente de una revelación.
No es necesariamente una contradicción.
Probablemente recibió tradiciones fundamentales sobre Jesús y, al mismo tiempo, consideró propia y revelada la interpretación que daba a las consecuencias de aquel acontecimiento, especialmente para los gentiles.
Y precisamente en esa distancia entre lo recibido y lo interpretado aparece el Pablo que nos interesa.
Porque un continuador puede transformar profundamente aquello que pretende continuar.
Segunda parte. Pablo como constructor
Si observamos ahora no lo que Pablo creía estar haciendo, sino las consecuencias históricas de su actividad, la imagen cambia considerablemente.
1. Convirtió la incorporación de los gentiles en un principio estructural
Pablo no fue el primer seguidor de Jesús que predicó fuera de Palestina ni podemos atribuirle en exclusiva el comienzo de la misión entre los gentiles. Los helenistas y la comunidad de Antioquía lo precedieron en aspectos fundamentales.
Pero Pablo convirtió esa apertura en el centro de su misión y, sobre todo, extrajo de ella consecuencias extraordinariamente radicales. Esto es fundamental y un lector del siglo XXI difícilmente puede darse cuenta del cambio revolucionario que Pablo propone.
El Jesús histórico parece haber desarrollado su actividad fundamentalmente dentro de Israel. Los evangelios conservan incluso tradiciones en las que limita explícitamente la misión de sus discípulos a «las ovejas perdidas de la casa de Israel».
Los mismos evangelios contienen, sin embargo, mandatos universales atribuidos al Cristo resucitado: llevar el mensaje a todas las naciones.
Desde el punto de vista histórico resulta muy difícil utilizar esos últimos pasajes como prueba de que Jesús hubiera diseñado durante su vida un programa sistemático de misión gentil. El final largo de Marcos es una adición posterior al texto original; Mateo y Lucas escriben cuando la misión entre los gentiles constituye ya una realidad histórica consolidada.
La secuencia más plausible parece ser, por tanto, inversa: la apertura hacia los gentiles surgió progresivamente después de Jesús, fue objeto de conflictos y negociaciones y acabó siendo proyectada retrospectivamente sobre la autoridad del propio Cristo resucitado. Jesús habla para los judíos, esto es incontestable.
Pablo ocupa una posición decisiva dentro de ese proceso.
No inventa la apertura, pero la convierte en programa.
2. Creó un nuevo criterio de pertenencia
Aquí encontramos probablemente una de sus innovaciones históricas más importantes.
Para incorporarse a las comunidades paulinas, un gentil no necesita convertirse previamente en judío. No necesita circuncidarse ni asumir íntegramente las marcas identitarias que diferenciaban a Israel de las demás naciones.
La cuestión produjo conflictos precisamente porque no era secundaria.
Pablo no está diciendo simplemente que la circuncisión sea una ceremonia innecesaria. Está resolviendo un problema mucho mayor:
¿quién puede pertenecer al pueblo de Dios y bajo qué condiciones?
Su respuesta es revolucionaria.
El gentil puede incorporarse mediante la fe en Cristo, el bautismo y la recepción del Espíritu sin convertirse étnicamente en judío.
Eso no significa que Pablo considere abolida la elección de Israel. Romanos 9-11 demuestra exactamente lo contrario. «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables», afirma refiriéndose a Israel.
Por eso sería excesivo afirmar que Pablo «sustituyó el judaísmo por la fe».
Lo que hizo fue más complejo y, históricamente, quizá más importante: construyó una forma de pertenencia religiosa capaz de atravesar las fronteras étnicas.
Un judío podía seguir siendo judío y un griego podía seguir siendo griego, pero ambos podían formar parte de la misma ekklesia. Esta posición era el polo opuesto a lo que predicaban los doce en Jerusalén.
Desde el punto de vista sociológico, el cambio propuesto por Pablo, alteraba profundamente las posibilidades de expansión del movimiento.
3. Cambió el centro de gravedad del mensaje
Aquí aparece probablemente la diferencia más visible entre Jesús y Pablo.
En la reconstrucción histórica más plausible, Jesús anuncia primordialmente el Reino de Dios. En las cartas de Pablo, el Reino continúa existiendo, pero ocupa una posición mucho menos central.
El protagonista de la proclamación pasa a ser Cristo.
Cristo crucificado. Cristo resucitado.
Cristo que regresará. Cristo en quien se bautiza el creyente.
Cristo con quien simbólicamente muere y resucita. Cristo en quien judíos y gentiles pueden formar un único cuerpo.
Se produce así un desplazamiento extraordinario: el mensajero se convierte progresivamente en el contenido del mensaje.
El Reino no desaparece. Continúa siendo el horizonte final. Pero entre Dios y ese Reino aparece ahora como mediador indispensable el Cristo resucitado.
Esto explica también algo que sorprende cuando se leen por primera vez las cartas de Pablo después de los evangelios: Pablo muestra relativamente poco interés por narrar la vida de Jesús.
Cita muy pocos dichos atribuibles al Jesús terreno. No relata sus parábolas, apenas menciona sus milagros, no describe su predicación en Galilea y no ofrece prácticamente ninguna información biográfica sobre él.
El contraste es impresionante.
El personaje cuya vida llenará posteriormente los evangelios aparece en Pablo fundamentalmente concentrado en unos pocos acontecimientos: muerte, resurrección, exaltación y futura venida.
No significa necesariamente que Pablo desconociera las demás tradiciones. Significa algo históricamente más importante: no las necesitaba para construir el núcleo de su argumentación.
4. Convirtió la cruz en un acontecimiento universal
Pablo tampoco inventó la creencia de que la muerte de Jesús poseía un significado salvífico. La fórmula de 1 Corintios 15 demuestra que recibió esa interpretación de una tradición anterior.
Pero la llevó mucho más lejos.
La crucifixión había sido, desde la perspectiva política romana, la ejecución degradante de un condenado. Desde la perspectiva mesiánica de sus seguidores, debió constituir inicialmente una catástrofe que exigía explicación.
La creencia en la resurrección permitió invertir el significado del acontecimiento. Pablo lleva esa inversión hasta sus últimas consecuencias.
En 1 Corintios convierte aquello que parecía demostrar la debilidad y el fracaso —la cruz— en manifestación paradójica del poder y la sabiduría de Dios.
En Romanos, Pablo llega a contraponer a Adán y a Cristo como representantes de dos condiciones de la humanidad: con Adán aparecen el pecado y la muerte; con Cristo, la posibilidad de la justificación y la vida. La muerte y resurrección de Jesús dejan así de ser únicamente acontecimientos ocurridos a un individuo concreto y adquieren un significado referido al destino de toda la humanidad.»
El creyente puede, además, participar simbólicamente de ese acontecimiento: mediante el bautismo muere con Cristo a la antigua existencia para participar de una vida nueva.»
La muerte de un judío ejecutado por Roma en Judea adquiere así un significado cósmico.
Aquí encontramos una de las operaciones intelectuales más extraordinarias de Pablo: transformar el aparente fracaso del Mesías en la condición misma de su victoria.
No creó de la nada esa interpretación, pero la desarrolló con una potencia conceptual difícilmente comparable con cualquier otro autor cristiano del siglo I que podamos conocer directamente.
5. Creó una tecnología social de expansión
Pero quizá estemos concediendo demasiada importancia a las ideas.
Las religiones no sobreviven únicamente porque posean buenas ideas. Necesitan personas, prácticas, mecanismos de transmisión, autoridades, recursos y organizaciones capaces de reproducirlas.
Y aquí Pablo resulta extraordinario.
No fue solamente predicador. Fue organizador.
Fundó comunidades separadas por cientos de kilómetros y consiguió mantenerlas relacionadas consigo mismo y, hasta cierto punto, entre ellas.
Utilizó colaboradores que viajaban en su nombre. Envió cartas para intervenir en conflictos cuando él estaba ausente. Organizó colectas. Estableció mecanismos de solidaridad. Reconoció dirigentes locales. Dio instrucciones sobre sexualidad, matrimonio, comidas, reuniones, disputas internas, carismas, trabajo y relaciones entre los miembros.
Sus cartas constituyen un instrumento particularmente importante.
El carisma personal plantea siempre un problema: ¿qué ocurre cuando el líder se marcha?
Pablo encontró una solución extraordinariamente eficaz. Podía marcharse de Corinto y continuar hablando en Corinto. Podía estar en Éfeso y gobernar conflictos producidos a centenares de kilómetros.
La carta prolongaba su presencia.
Además debía ser leída públicamente ante la comunidad. Una intervención destinada inicialmente a resolver un problema concreto podía conservarse, copiarse, circular y terminar adquiriendo una autoridad que sobrevivía al propio autor.
Pablo no creó conscientemente un Nuevo Testamento. Pero contribuyó involuntariamente a crear las condiciones sociales para que pudiera existir.
Aquí puede resultar útil la sociología.
Todo movimiento carismático afronta el problema de sobrevivir a la ausencia o muerte de quienes lo iniciaron. Necesita transformar una experiencia extraordinaria en prácticas repetibles; convertir relaciones personales en estructuras; conservar una memoria; establecer criterios de pertenencia; resolver conflictos; transmitir normas.
Pablo hizo precisamente eso.
Sus comunidades todavía no poseen la jerarquía episcopal que aparecerá posteriormente. Sería anacrónico proyectarla sobre ellas. Pero encontramos ya funciones, dirigentes, colaboradores, mecanismos disciplinarios y redes de autoridad.
El carisma comienza a institucionalizarse.
6. Una transformación que Pablo no podía prever
Llegados aquí aparece la paradoja histórica. Pablo no quiso abandonar el judaísmo. No quiso fundar una religión llamada cristianismo. No quiso sustituir al Dios de Israel. No quiso eliminar a Israel. No inventó la creencia en la resurrección. No fue el primero en anunciar a Jesús fuera de Judea. No fue siquiera el primero en admitir gentiles.
Y, sin embargo, las consecuencias acumuladas de sus decisiones hicieron posible algo nuevo.
Si los gentiles podían incorporarse sin circuncidarse; si la identidad común dependía fundamentalmente de Cristo; si comunidades situadas en distintas ciudades podían considerarse integrantes de un mismo movimiento; si la muerte y resurrección del Mesías poseían significado universal; si los textos podían mantener unida una red translocal; entonces el movimiento poseía ya los instrumentos necesarios para sobrevivir fuera de su medio original.
Ésta es quizá la clave.
Pablo no creó necesariamente una nueva religión como proyecto consciente. Contribuyó decisivamente a crearla como resultado histórico.
Conclusión: ¿creador o misionero?
Podemos ahora regresar a nuestra pregunta inicial.
¿Fue Pablo simplemente el gran misionero del cristianismo?
Evidentemente no. Pero tampoco podemos llamarlo fundador del cristianismo sin introducir numerosas precisiones.
Todo depende, en última instancia, de qué entendamos por «cristianismo».
Si denominamos cristianismo al movimiento mesiánico que surge alrededor de Jesús de Nazaret, su fundador es Jesús. Pablo llegó después y encontró comunidades, creencias, dirigentes y tradiciones que no había creado.
Pero si llamamos cristianismo a la religión que terminó siendo mayoritariamente gentil, extendida por el Mediterráneo, organizada en comunidades translocales, centrada en la significación universal de la muerte y resurrección de Cristo y capaz de integrar personas independientemente de su pertenencia étnica, entonces Pablo ocupa una posición completamente diferente.
No fue su inventor único. Pero probablemente fue su principal arquitecto.
Y quizá la palabra arquitecto resulte históricamente más precisa que «creador».
El arquitecto no fabrica los materiales con los que construye. Los recibe. Tampoco necesariamente posee desde el comienzo una imagen completa del edificio que terminará existiendo. Pero selecciona materiales, modifica su disposición, establece relaciones entre ellos y produce finalmente una estructura que antes no existía de esa forma.
Eso hizo Pablo.
Recibió al Mesías, la resurrección, las Escrituras de Israel, la esperanza apocalíptica, algunas tradiciones sobre Jesús, prácticas comunitarias y una pequeña red de creyentes.
Pero reorganizó esos materiales.
Y lo verdaderamente decisivo, desde nuestra perspectiva, quizá no sea solamente su teología. Fue su modelo de reproducción histórica.
Comunidades distribuidas por el Mediterráneo, dirigentes locales, colaboradores itinerantes, correspondencia, solidaridad económica, normas compartidas, una identidad capaz de atravesar las fronteras étnicas y una interpretación común del acontecimiento que daba sentido a todo el conjunto.
Las ideas de Jesús podían haber sobrevivido, como sobrevivieron las de otros maestros judíos de la Antigüedad. Lo extraordinario es que el movimiento sobreviviera, se reprodujera y terminara independizándose de las circunstancias históricas concretas que lo habían producido.
Pablo contribuyó decisivamente a hacerlo posible.
Y aquí podemos recuperar una secuencia que hemos utilizado anteriormente y que ahora adquiere un significado más preciso:
Jesús inicia el movimiento.
Pablo lo universaliza y le proporciona una forma históricamente reproducible.
Constantino lo institucionaliza a escala imperial. No lo encumbra, pero sí lo coloca en la vía correcta para llegar a ser la religión del Imperio.
Ninguno de ellos pudo prever completamente las consecuencias de lo que estaba haciendo.
Y quizá sea precisamente eso lo que hace interesante esta historia. Porque las religiones, como las demás instituciones humanas, no son necesariamente aquello que sus fundadores quisieron crear.
Son también aquello en lo que la historia terminó convirtiéndolas.
Carolus Brigantinus Barbatus
Agosto 2926
Este trabajo se ha beneficiado del diálogo continuado con Ada, una inteligencia artificial de OpenAI, que ha colaborado en la revisión de fuentes, la discusión de hipótesis, la organización de los materiales y la corrección de estilo. Las interpretaciones y conclusiones finales son responsabilidad exclusiva del autor.
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