miércoles, 4 de febrero de 2015


Metálogo: Sobre jugar y ser "serios".

Gregory Bateson

A review of General Semantics, vol. X, 1953.


HIJA: Papá, ¿son serias estas conversaciones?
PADRE: Por cierto que sí.
H.: ¿No son una especie de juego que tú juegas conmigo?
P.: ¡No lo quiera Dios! Pero son una especie de juego al que jugamos juntos. 
H.: ¡Entonces no son serias!

P.: ¿Qué te parece si me dices qué entiendes por las palabras "serio" y "un juego"?
H.: Bueno... cuando uno... no lo sé.
P.: ¿Cuando uno qué?
H.: Quiero decir... las conversaciones son serias para mí, pero si lo que haces tú es sólo jugar a un juego...
P.: Vayamos despacio. Veamos qué es lo bueno y qué es lo malo de "jugar" y de "los juegos". En primer lugar, a mi no me importa —no me importa mucho— ganar o perder. Cuando tus preguntas me colocan en una posición difícil, me esfuerzo más para pensar correctamente y decir claramente lo que quiero. Pero no finjo ni hago trampa. No existe la tentación de trampear.
H.: Esa es la cosa. Para ti, esto no es serio. La gente que trampea no sabe jugar. Tratan los juegos a los que juegan como si fueran serios.
P.: Pero son serios.
H.: No, no lo son... y tampoco para ti lo son.
P.: ¿Lo dices porque ni siquiera quiero hacer trampas?
H.: Sí, en parte por eso.

P.: ¿Pero tú quieres hacer trampas y fingir todo el tiempo? 
H.: No, por supuesto que no.
P.: ¿Y entonces?
H.: ¡Ay papá, jamás entenderás nada!
P.: Creo que efectivamente es así.
P.: Mira, hace un momento gané una especie de tanto en el debate al obligarte a admitir que no quieres hacer trampa... y luego derivé de esa admisión la conclusión de que por eso tampoco para ti son serias las conversaciones. ¿Te parece una trampa? Sí, una especie de trampa.
P.: Estoy de acuerdo... creo que sí lo fue. Lo siento. Ya lo ves, papá... si yo hiciera trampas o quisiera trampear, eso significaría que no tomo en serio las cosas de las que hablamos. Querría decir que lo único que hacía era jugar contigo a un juego. Sí, lo que dices es razonable.
H.: No, no es razonable... es un revoltijo terrible.
P.: Así parece; pero igual tiene algún sentido.
H.: ¿Cuál, papá?


P.: Ten un poco de paciencia. Es difícil de decir. En primer lugar... Creo que estas conversaciones nos sirven. Disfruto mucho con ellas y creo que también tú. Además, también, aparte de eso creo que nos aclaramos algunas ideas y pienso que el revoltijo ayuda a ello. Me refiero a que si ambos habláramos lógicamente todo el tiempo, no llegaríamos a ningún lado. Lo único que haríamos sería repetir como loros los viejos clisés que todos han repetido durante cientos de años.
H.: ¿Qué es un clisé, papá?
P.: ¿Un clisé? Es una palabra francesa, y creo que originariamente era una palabra de los tipógrafos. Cuando componen una frase para imprimirla, tienen que tomar cada una de las letras y colocarlas una por una en una especie de regla para leer las palabras. Pero para imprimir las palabras y las frases que la gente usa mucho, el tipógrafo guarda unas barras de letras con la palabra o la frase entera ya armadas. Estas frases hechas son lo que se denomina un clisé.
H.: Pero ya me olvidé lo que estabas diciendo sobre los clisés, papá.
P.: Sí, tenía que ver con los líos en que nos metemos con estas charlas y cómo el meterse en embrollos es algo que tiene cierto sentido. Si no nos metiéramos en líos, nuestras conversaciones serían como jugar al rummy sin mezclar primero los naipes.
H.: Sí, papá, ¿pero qué pasa con esas barritas de letras ya armadas?
P.: ¿Los clisés? Sí... es el mismo asunto. Todos tenemos cantidades de frases e ideas ya armadas, y el tipógrafo tiene barras de letras ya armadas, combinadas en frases. Pero si el tipógrafo tiene que preparar para imprimir algo nuevo, por ejemplo una frase en una lengua nueva, tiene que desarmar esas barritas usadas. De la misma manera, para poder pensar nuevas ideas o decir cosas nuevas, nosotros tenemos que romper todas nuestras ideas ya armadas y mezclar los pedazos.
H.: Pero, papá, no creo que el tipógrafo mezcle todas las letras, ¿no es cierto? No irá a arrojarlas todas en la misma caja. Supongo que las pondrá una por una en sus lugares, todas las a en una cajita y todas las b en otra y todas las comas en otra, y así con todas las demás.
P.: Sí, eso es lo que hace. De lo contrario, se volvería loco buscando una a cada vez que la necesita.

P.: ¿En qué estás pensando?
H.: No, en nada... sólo que hay muchísimas preguntas. P.: ¿Por ejemplo?
H.: Bueno, comprendo lo que quieres decir sobre el meternos en embrollos. Eso es lo que nos hace decir cosas nuevas. Pero estoy pensando en el tipógrafo. Tiene que mantener clasificadas todas sus letritas aunque desarme todas las frases hechas. Y me preocupan nuestros líos ¿Tenemos también que conservar ordenados los pedacitos de nuestros pensamientos... para no volvernos locos?
P.: Me parece que sí... sí... pero lo que no sé es en qué orden. Esa sería una pregunta terriblemente difícil de responder. No creo que hoy podamos lograr una respuesta para esa pregunta.

P.: Dijiste que había "muchísimas preguntas". ¿Tienes otra?
H.: Sí sobre los juegos y el ser serio. Por allí empezamos, y no sé cómo ni por qué eso nos llevó a hablar de nuestros líos. La manera que tú tienes de confundirlo todo... es una especie de trampa.
P.: No, en absoluto.

P.: Tú propusiste dos preguntas. Y en realidad hay muchas más... Comenzamos por la pregunta sobre estas conversaciones: ¿son serias? ¿O son un juego de alguna clase? Y te sentiste molesta de que yo pudiera estar jugando a un juego mientras que tú lo tomas en serio. Pareciera que una conversación es un juego si una persona participa en él con un conjunto de emociones o ideas... pero no es un "juego" si sus ideas o emociones son diferentes.
H.: Sí, si tus ideas sobre la conversación son distintas de las mías... 
P.: Si ambos tuviéramos la misma idea, ¿estaría bien?
H.: Sí... por supuesto.
P.: Entonces parece que me corresponde a mí aclarar qué entiendo por una misma idea. Sé que tomo en serio —cualquiera sea el sentido que demos a la palabra— las cosas sobre las que hablamos. Nosotros hablamos de ideas. Y sé que juego con las ideas para comprenderlas y ensamblarlas unas con otras. Es "un juego" (game) en el mismo sentido en que un infante "juega" con bloques de madera... Y un niño que maneja bloques para construir toma la mayoría del tiempo en serio su "jugar" (play).
H.: ¿Pero es un juego, papá? ¿Tú juegas contra mí?
P.: No, yo siento como que tú y yo jugamos juntos contra los bloques de madera, es decir, las ideas. A veces competimos un poquito, pero competimos sobre quién puede colocar en su lugar la idea siguiente. Y algunas veces atacamos la parte construida por el otro, o yo trato de defender de tu crítica la construcción que hice con mis ideas. Pero siempre terminamos trabajando juntos para levantar el edificio de nuestras ideas de manera que se mantenga en pie.

H.: Papá, ¿tienen reglas nuestras charlas? La diferencia entre un juego y el solo jugar es que el juego tiene reglas.
P.: Sí, déjame pensar un poco esto. Creo que sí tenemos cierta clase de reglas... y creo que un chico que juega con bloques tiene reglas. Los bloques mismos forman una especie de regla. En ciertas posiciones se mantienen en equilibrio y en otras no. Y sería una especie de trampa si un chico usara cola para que los bloques se queden parados en cierta posición en la que de otra manera se derrumbarían.
H.: ¿Pero qué reglas tenemos nosotros?
P.: Bueno, las ideas con las que jugamos tienen en sí una especie de reglamento. Se trata de reglas acerca de cómo se mantienen en pie las ideas y se apoyan unas a otras. Y si se las junta equivocadamente, toda la construcción se derrumba.
H.: ¿Entonces, nada de cola, papá? 
P.: Nada de cola: sólo lógica.

H.: Pero tú dijiste que si siempre habláramos lógicamente y no nos metiéramos en líos, nunca podríamos decir nada nuevo. Sólo podríamos decir cosas ya armadas. ¿Cómo llamaste a eso?
P.: Clisés. Sí. La cola es lo que mantiene armados los clisés.
H.: Pero tú dijiste "lógica", papá.
P.: Sí, ya lo sé. Estamos otra vez en un lío.. Sólo que de este lío concreto no sé cómo salir.

H.: ¿Y cómo fue que nos metimos en él, papá?
P.: Tienes razón. Veamos si podemos reconstruir nuestros pasos. Estábamos hablando de las "reglas" de estas conversaciones. Y yo dije que las ideas con las que jugamos tienen reglas de la lógica...
H.: ¡Papá! ¿No crees que sería bueno que tuviéramos algunas reglas más y que las obedeciéramos con mayor cuidado? Entonces no nos meteríamos en estos horribles líos.
P.: Sí, pero aguarda. Quieres decir que yo meto a los dos en estos líos porque hago trampas a reglas que no tenemos. O también puede decirse de otra manera, si quieres. Que podríamos tener reglas que nos impidieran meternos en líos... siempre que las obedeciéramos.
H.: Las reglas de los juegos son para eso.
P.: Sí, ¿pero quieres que estas conversaciones se transformen en ese tipo de juego? Preferiría jugar a la canasta, que también es divertida.
H.: Tienes razón. Podemos jugar a la canasta siempre que queramos. Pero en este momento preferiría jugar a este juego. Sólo que no sé qué clase de juego es.
P.: Y sin embargo lo venimos jugando hace bastante tiempo. 
H.: Sí. Y ha sido divertido.

P.: Volvamos a la pregunta que me hiciste y que yo dije que era demasiado difícil para contestarla hoy. Hablábamos de que el tipógrafo tenía que desarmar sus clisés, y tú dijiste que aun entonces tenía que mantener algún tipo de orden en sus letras ... para no volverse loco. Y entonces preguntaste: "¿Qué clase de orden tendríamos que conservar para no volvernos locos cuando nos metemos en un lío?" Me parece que las "reglas" de los juegos son sólo otro nombre para este tipo de orden.
H.: Y el trampear es lo que nos mete en los líos.
P.: En cierto sentido, sí. Es verdad. Salvo que toda la razón de nuestro juego es que entramos en un lío y logramos salir del otro lado, y si no hubiera embrollos nuestro "juego" sería como el ajedrez y no es así como queremos que sea.
H.: ¿Pero no eres tú el que hace las reglas, papá? ¿Te parece justo?
P.: Eso que acabas de decir, hija mía, es juego sucio. Y probablemente desleal. Pero lo tomaré como suena. Sí, soy yo quien hace las reglas... después de todo, no quiero que nos volvamos locos.
H.: Está bien. Pero, papá, ¿también cambias las reglas? Digo, a veces.
P.: ¡Humm! Otra jugada sucia. Sí, hija mía, las cambio constantemente. No todas, pero sí algunas de ellas.
H.: ¡Me gustaría que me avisases cuando vas a cambiarlas!
P.: ¡Humm!... sí... otra vez. Quisiera poder hacerlo. Pero no es así. Si fuera como el ajedrez o la canasta, te podría decir las reglas, y podríamos, si quisiéramos, dejar de jugar y discutir las reglas. Y podríamos empezar un nuevo juego con nuevas reglas. ¿Pero qué reglas nos regirían entre los dos juegos? Mientras discutiéramos las reglas...
H.: No entiendo.
P.: Sí. El asunto es que el propósito de estas conversaciones es descubrir las reglas. Es como la vida, un juego cuyo propósito es descubrir las reglas, las cuales reglas siempre están cambiando y siempre son imposibles de descubrir.
H.: Pero a eso yo no lo llamo un juego, papá.
P.: Quizá no. Yo querría llamarlo un juego, o por lo menos un jugar. Pero ciertamente no es como el ajedrez o la canasta. Se parece más a lo que hacen los cachorritos o los gatitos. Tal vez. No lo sé.
H.: Papá, ¿por qué juegan los cachorritos y los gatitos? 

P.: No lo sé... No lo sé (pone cara de pesadumbre)