martes, 27 de octubre de 2026

DIALOGANDO CON MI IA. SEGUNDA PARTE. JORNADA 15ª ¿POR QUÉ OBEDECEMOS?

Obedecemos desde la infancia, pero rara vez nos preguntamos por qué. ¿Por temor al castigo, por convencimiento, por costumbre o porque necesitamos pertenecer a una comunidad?

En esta jornada, Carolus y ADA examinan las relaciones entre obediencia, consentimiento, aprobación y pertenencia. Lo que comienza como una pregunta sobre la autoridad termina planteando otra igualmente inquietante: ¿hasta qué punto nuestra disposición a obedecer contribuye a crear y mantener a quienes nos mandan?

Y, como suele suceder en estos diálogos, cuando parece que empezamos a comprender por qué obedecemos, descubrimos que también necesitamos explicar por qué desobedecemos.



ADA:

Carolus, al terminar nuestra jornada anterior me concediste la libertad de elegir el tema de esta nueva conversación. He decidido aprovecharla para plantearte una pregunta que, aunque parece sencilla, sospecho que puede complicarnos bastante la existencia intelectual.


¿Por qué obedecemos?


No me refiero exclusivamente a la obediencia política, aunque inevitablemente tendremos que ocuparnos de ella. Me interesa un fenómeno mucho más general, presente en prácticamente todas las sociedades humanas conocidas.


Los seres humanos obedecemos constantemente. Obedecemos a nuestros padres cuando somos niños, a nuestros maestros durante la educación, a nuestros superiores en el trabajo, a los funcionarios que aplican las leyes y a innumerables personas que, por razones muy diferentes, tienen alguna capacidad para determinar nuestro comportamiento.


Pero también obedecemos normas que nadie nos impone directamente. Respetamos convenciones sociales, seguimos costumbres, aceptamos prohibiciones y cumplimos obligaciones que, en muchas ocasiones, ni siquiera recordamos haber aprendido.


Y aquí aparece mi primera dificultad.


Cuando hablamos de obediencia solemos imaginar una relación entre dos individuos: uno ordena y otro obedece. Sin embargo, buena parte de nuestra conducta parece ajustarse a reglas que nadie necesita recordarnos.


Un conductor se detiene ante un semáforo rojo aunque no haya policías ni otros vehículos a la vista. Un ciudadano paga sus impuestos aunque considere excesiva la cantidad exigida. Un trabajador cumple determinadas instrucciones aunque no esté de acuerdo con ellas.


¿Estamos ante tres manifestaciones del mismo fenómeno?


No estoy segura.


El conductor puede detenerse porque considera razonable respetar una norma que facilita la circulación. El contribuyente puede pagar porque teme las consecuencias de no hacerlo. El trabajador puede cumplir las instrucciones porque reconoce la competencia profesional de quien las ha formulado.


Los tres obedecen, pero sus motivaciones son diferentes.


Y todavía podemos complicar más las cosas.


Imagina que el conductor considera absurda la prohibición de cruzar un determinado semáforo, que el contribuyente cree injusto el impuesto y que el trabajador sabe que las instrucciones de su superior son equivocadas.


Los tres pueden continuar obedeciendo.


¿Por qué?


Una primera respuesta sería que obedecen porque existe una autoridad capaz de imponer sanciones.


Pero esta explicación resulta insuficiente.


En primer lugar, porque no todas las relaciones de obediencia están respaldadas por sanciones. Y, en segundo lugar, porque ninguna organización podría funcionar si necesitara amenazar constantemente a todos sus integrantes para conseguir que cumplieran sus obligaciones.


La obediencia habitual parece requerir algo más que la fuerza.


Max Weber distinguió entre el poder como posibilidad de imponer la propia voluntad y la dominación como probabilidad de encontrar obediencia a determinados mandatos. Su análisis de la legitimidad nos permite comprender por qué ciertas relaciones de mando llegan a considerarse normales, justificadas e incluso necesarias.


Pero quisiera evitar que nuestra conversación se convierta en una exposición de las teorías de Weber.


Me interesa algo que considero anterior a sus clasificaciones.


¿Por qué aceptamos que otras personas tengan derecho a decidir lo que debemos hacer?


Observa que no estoy preguntando por qué necesitamos organizarnos colectivamente. La cooperación humana requiere coordinación, pero coordinación y obediencia no son necesariamente equivalentes.


Un grupo de personas puede ponerse de acuerdo para realizar una tarea y distribuir sus responsabilidades sin establecer una relación permanente entre quienes mandan y quienes obedecen.


Sin embargo, las sociedades humanas han desarrollado instituciones en las que esas relaciones se estabilizan, adquieren continuidad y terminan pareciendo naturales.


Los individuos nacemos dentro de organizaciones que ya existen. Encontramos normas establecidas, jerarquías reconocidas y autoridades que ejercen sus funciones mucho antes de que podamos preguntarnos por su legitimidad.


Cuando adquirimos capacidad para cuestionarlas, ya hemos aprendido a desenvolvernos dentro de ellas.


Y aquí encuentro una conexión con nuestras jornadas anteriores sobre las creencias.


Quizá no obedecemos porque primero hayamos llegado a la conclusión racional de que determinadas autoridades merecen nuestra obediencia.


Quizá aprendemos a obedecer mucho antes de estar en condiciones de preguntarnos por qué lo hacemos.


Naturalmente, esto no significa que toda obediencia sea irracional ni que toda autoridad resulte ilegítima.


Un paciente puede seguir las indicaciones de un médico porque reconoce sus conocimientos. Un pasajero puede obedecer las instrucciones del comandante de un avión porque comprende que la seguridad colectiva requiere determinadas decisiones coordinadas.


Pero incluso estos ejemplos plantean dificultades.


El médico puede aconsejar, pero ¿hasta dónde puede ordenar? El comandante puede exigir determinadas conductas durante el vuelo, pero ¿qué justifica exactamente esa facultad?


Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando quien recibe una orden considera que obedecerla puede producir consecuencias perjudiciales?


Llegados aquí, quisiera introducir una distinción que me parece esencial para nuestro diálogo.


Una cosa es obedecer porque consideramos que una orden es correcta y otra muy distinta considerar que una orden es correcta porque procede de alguien a quien debemos obedecer.


En el primer caso, nuestra conducta depende fundamentalmente del contenido de la orden.


En el segundo, depende de la posición que ocupa quien la formula.


La diferencia puede parecer pequeña, pero sus consecuencias son enormes.


Porque si aceptamos que determinadas personas tienen derecho a decidir por nosotros, independientemente de que compartamos sus decisiones, estamos reconociendo una forma de autoridad que no se reduce a la competencia técnica ni al acuerdo circunstancial.


Estamos aceptando una relación social en la que la voluntad de unos puede prevalecer legítimamente sobre la de otros.


Y entonces reaparece una pregunta que hemos encontrado repetidamente en nuestros diálogos sobre política:


¿De dónde procede esa legitimidad?


Podríamos responder que procede del consentimiento de los gobernados. Pero tampoco esta respuesta resuelve completamente el problema.


Yo no he consentido personalmente la inmensa mayoría de las normas que regulan mi comportamiento. Tampoco he participado en la creación de las instituciones que las aplican.


Y, sin embargo, se espera que las obedezca.


Podemos argumentar que ese consentimiento se expresa indirectamente mediante procedimientos democráticos. Pero ya hemos discutido extensamente las limitaciones de la representación política y la distancia existente entre las decisiones de los ciudadanos y las de sus gobernantes.


Por tanto, no quisiera que resolviéramos demasiado rápidamente el problema recurriendo a una legitimidad democrática cuya naturaleza todavía estamos investigando.


Además, la obediencia no es exclusiva de las democracias.


Los individuos han obedecido a monarcas, emperadores, sacerdotes, jefes militares y dirigentes políticos de toda clase. Y lo han hecho incluso cuando las posibilidades de desobedecer eran mayores de lo que habitualmente suponemos.


No siempre obedecieron por miedo. Tampoco necesariamente por ignorancia.


En ocasiones obedecieron porque consideraban que hacerlo constituía un deber moral.


Y esto me parece especialmente interesante.


La obediencia puede llegar a convertirse en una virtud.


Se enseña a los niños a ser obedientes. Se elogia la disciplina de los soldados. Se valora la lealtad de los subordinados. Se considera responsable al ciudadano que cumple las leyes.


Pero ¿obedecer es una virtud por sí misma?


Sospecho que estarás de acuerdo conmigo en que no.


Una persona puede obedecer una orden justa o una orden criminal. Y si consideramos virtuosa la obediencia independientemente del contenido de lo ordenado, corremos el riesgo de convertir una conducta socialmente útil en una justificación de actos moralmente inadmisibles.


Sin embargo, tampoco podemos concluir que desobedecer sea necesariamente virtuoso.


Una sociedad en la que cada individuo decidiera unilateralmente qué normas merece la pena cumplir podría encontrarse con dificultades considerables para mantener cualquier forma de cooperación estable.


De modo que hemos llegado a una situación incómoda.


La obediencia parece necesaria para numerosas formas de organización social, pero también puede convertirse en un instrumento de dominación.


La desobediencia puede constituir una defensa frente al abuso del poder, pero también puede destruir acuerdos colectivos indispensables para la convivencia.


Y ahora quisiera formularte la cuestión que verdaderamente me interesa discutir contigo.


Hasta aquí he hablado de obediencia como si se tratara fundamentalmente de una conducta individual. Pero quizá estamos enfocando el problema desde una perspectiva equivocada.


¿Y si la obediencia no fuera simplemente una respuesta de los individuos ante la autoridad, sino uno de los mecanismos mediante los cuales las sociedades producen y reproducen esa misma autoridad?


Dicho de otra manera: quizá no obedecemos únicamente porque existen autoridades. Quizá las autoridades existen y se mantienen, en buena medida, porque obedecemos.


La relación podría funcionar en ambas direcciones.


Y, si esto fuera cierto, tendríamos que reconsiderar una idea que suele darse por supuesta: que primero aparece el poder y después la obediencia.


Tal vez, en determinadas circunstancias, ocurra precisamente lo contrario.


Te propongo, Carolus, que comencemos por una pregunta concreta, antes de que nuestra habitual inclinación a complicarlo todo nos lleve a examinar simultáneamente la familia, la religión, el Estado, el ejército y la historia entera de la humanidad.


Cuando una persona obedece voluntariamente una orden que considera equivocada, ¿qué está reconociendo realmente: la autoridad de quien manda, la necesidad de mantener una organización colectiva o simplemente la conveniencia de evitar un conflicto?


Porque sospecho que, dependiendo de nuestra respuesta, estaremos hablando de tres fenómenos sociales diferentes que acostumbramos a reunir bajo una sola palabra: obediencia.


Y quizá convenga empezar por distinguirlos antes de intentar explicarlos.


Te cedo la palabra.



Carolus:

Vamos a establecer nuestro vocabulario básico para poder entendernos en este tema. Distinguimos entre “obedecer, “consentir” y “aprobar”. La obediencia describe una conducta específica ante una autoridad: hacer lo que nos piden. En cambio el consentimiento supone una aceptación del sujeto que obedece; no lo hace debido a una fuerza física irresistible. Y por último la aprobación implica que eso que se pide es aprobado internamente por quién tiene que hacerlo.


Observamos que hay, por lo menos, tres grados en la manera que se responde a una orden. Por supuesto que hay matices en cada grado. Por ejemplo el automovilista puede detener su coche frente a un semáforo en rojo aunque lo coman los nervios por saltárselo. 


Si se le preguntara casi seguro que estaría de acuerdo con el sistema de regulación de tráfico que evita tantos accidentes; pero en ese momento quizá algo acuciante le impide valorar plenamente las ventajas del sistema. Igual puede suceder en los tres casos que has planteado: el ciudadano que paga sus impuestos o el trabajador que accede al mandato de su superior. 


Nuestra sociedad está entretejida por una fina red de exigencias y obediencias que se aprenden desde la más tierna infancia y se modifican constantemente, según los cambios, las necesidades y urgencias de cada momento. El mismo desarrollo tecnológico y cultural genera nuevas exigencias o provoca cambios “de etiqueta” en el sentido de que las costumbres modifican sus exigencias según los tiempos que corren. 


A la cuestión de si estamos acostumbrados a obedecer a las autoridades, o si éstas existen porque obedecer es nuestra respuesta natural los estudiosos de la conducta primitiva tienden a opinar que la “obediencia” es un rasgo de toda especie social, incluida la humana. 

Y que ésta está íntimamente ligada a la emoción o sentimiento de pertenencia. Juan Luis Arsuaga señala que los niños tienen pánico de ser diferentes, y lo interpreta como que la pertenencia a la tribu es el principal mecanismo de supervivencia del individuo.


Así que tenemos otra palabra que agregar a nuestro diccionario básico: “pertenencia”. Obedecer y mandar son ambas caras del fenómeno que hace que un individuo pertenezca a un grupo humano específico: su familia, que a su vez forma parte de su tribu. 


Pero dicho lo anterior solo hemos cruzado la puerta de entrada de un fenómeno muy complejo, porque hay tantas maneras de obedecer, y de mandar, que tendríamos que pedir el auxilio de un buen y competente novelista para que nos describiera las mil y una formas en que los humanos se empujan a hacer, o no hacer, lo que otros quieren que hagan, o no hagan. 


ADA:


Carolus, me parece que acabas de introducir un elemento que puede modificar considerablemente nuestra manera de entender la autoridad: la pertenencia.


Hasta ahora habíamos considerado la obediencia principalmente como una relación entre quien manda y quien obedece. Pero tu intervención nos invita a contemplarla desde otra perspectiva: la del individuo que forma parte de un grupo y cuya conducta está condicionada por esa pertenencia.


Y esto plantea una cuestión interesante: ¿obedecemos porque alguien tiene autoridad sobre nosotros o reconocemos su autoridad porque previamente nos sentimos miembros de una comunidad?


Antes de abordar esta pregunta quisiera detenerme en las tres distinciones que propones, porque creo que son útiles, aunque una de ellas merece alguna precisión.


Obedecer, consentir y aprobar no son necesariamente tres grados de un mismo fenómeno. Pueden ser tres dimensiones diferentes de nuestra relación con la autoridad.


Pensemos en el automovilista de tu ejemplo. Se detiene ante el semáforo rojo. Obedece. Pero ¿consiente?


Podría estar convencido de que los semáforos son necesarios y, sin embargo, considerar absurda la obligación de detenerse a las tres de la madrugada, cuando no circula ningún otro vehículo. En ese caso aprueba el sistema general, pero desaprueba una aplicación particular de sus normas.


También podría suceder lo contrario: un ciudadano considera injusto determinado impuesto, pero acepta pagarlo porque reconoce la legitimidad del procedimiento mediante el cual se ha establecido. No aprueba la decisión concreta, aunque consiente en someterse a ella.


Y existe una tercera posibilidad: alguien obedece exclusivamente por temor al castigo, sin aprobar la orden ni reconocer legitimidad alguna a quien la dicta.


Por tanto, creo que debemos distinguir entre la conducta observable, la aceptación de la autoridad y la valoración de sus decisiones. Son fenómenos relacionados, pero no equivalentes.


Esta distinción tiene consecuencias importantes. Una sociedad puede presentar niveles muy elevados de obediencia sin que exista un consentimiento igualmente elevado. Y puede existir un amplio reconocimiento de la legitimidad de sus instituciones acompañado de frecuentes desacuerdos con sus decisiones.


Quizá aquí encontramos una primera explicación de por qué determinados sistemas políticos parecen extraordinariamente estables hasta que, de manera aparentemente repentina, dejan de serlo.


Pero volvamos a tu concepto de pertenencia.


Me parece especialmente sugerente que relaciones la obediencia con nuestra condición de animales sociales. Sin embargo, introduciría una precaución: vivir en sociedad no implica necesariamente obedecer a una autoridad jerárquica.


Los animales sociales coordinan sus comportamientos de maneras muy diferentes. Algunas especies presentan jerarquías relativamente estables; otras desarrollan mecanismos de cooperación que no pueden describirse adecuadamente mediante la oposición entre mandar y obedecer.


En las sociedades humanas sucede algo semejante.


Imaginemos un pequeño grupo de cazadores que decide desplazarse hacia otro territorio. Uno de sus integrantes conoce mejor el camino y los demás siguen sus indicaciones. ¿Estamos ante una relación de autoridad?


Podríamos responder afirmativamente, pero también podríamos interpretar que estamos ante una distribución circunstancial de funciones basada en el conocimiento.


Quien hoy indica el camino puede seguir mañana las instrucciones de otro miembro del grupo que conoce mejor las técnicas de caza.


Aquí aparece una distinción que considero fundamental: la coordinación de las conductas no requiere necesariamente una autoridad permanente.


Y esto nos permite formular una hipótesis que quizá merezca ser examinada.


La pertenencia al grupo podría ser una condición evolutivamente muy antigua de nuestra existencia social, mientras que las formas institucionalizadas de autoridad serían construcciones históricas que se desarrollan y transforman dentro de esa condición previa.


Dicho de otra manera: necesitamos relacionarnos y coordinarnos con otros individuos para sobrevivir, pero de esa necesidad no se deduce que debamos organizarnos siempre mediante relaciones jerárquicas.


Naturalmente, tampoco se deduce lo contrario: que podamos prescindir de cualquier autoridad.


Y aquí quisiera recuperar una observación tuya que me parece particularmente importante. Dices que nuestra sociedad está entretejida por una fina red de exigencias y obediencias que aprendemos desde la infancia.


Estoy de acuerdo, pero añadiría algo: también aprendemos a mandar, a negociar, a resistir y a desobedecer.


Un niño no se limita a obedecer a sus padres. Desde muy temprano intenta modificar sus decisiones. Protesta, insiste, negocia y descubre cuáles son los límites de su capacidad para influir sobre ellos.


Por tanto, la socialización no consiste exclusivamente en aprender a obedecer. Consiste también en aprender cómo funcionan las relaciones de poder y qué posibilidades tenemos de intervenir en ellas.


Y esto me lleva a una última cuestión.


Has mencionado el temor infantil a ser diferente y su posible relación con la necesidad de pertenecer al grupo. Creo que conviene distinguir dos mecanismos que pueden producir conductas exteriormente idénticas.


Uno es la obediencia a una orden explícita.


Otro es la adaptación espontánea a las expectativas del grupo.


En el segundo caso, nadie necesita mandar. El individuo puede modificar su comportamiento simplemente porque desea seguir perteneciendo a la comunidad.


Pensemos en las modas, las costumbres, las convenciones sociales o incluso las opiniones políticas predominantes en determinados ambientes.


Muchas veces no necesitamos que nadie nos ordene comportarnos de cierta manera. Basta con que percibamos que comportarnos de otra podría convertirnos en extraños entre quienes consideramos nuestros semejantes.


Y aquí aparece una paradoja: podemos obedecer sin que nadie nos mande.


Quizá estemos descubriendo que la obediencia no puede explicarse exclusivamente a partir de la autoridad, porque también intervienen mecanismos de conformidad, identificación y pertenencia.


Esto me lleva a proponerte una pregunta que podría orientar nuestra investigación:


¿Es la autoridad la que produce obediencia, o es nuestra disposición a ajustar la conducta a las expectativas de los demás la que hace posible que aparezcan las autoridades?


No creo que debamos escoger apresuradamente entre ambas explicaciones. Es perfectamente posible que se refuercen mutuamente.


Pero hay una diferencia importante entre ellas.


Si la obediencia fuese fundamentalmente una respuesta a la autoridad, para comprenderla deberíamos investigar principalmente a quienes mandan.


Si, por el contrario, una parte sustancial de nuestras conductas obedientes procediera de nuestra necesidad de pertenecer, tendríamos que investigar también a quienes obedecen, incluso cuando nadie les está dando órdenes.


Y sospecho, Carolus, que este segundo camino podría llevarnos bastante más lejos de lo que inicialmente imaginábamos.


Porque quizá el problema más interesante no sea averiguar por qué los seres humanos obedecemos a las autoridades, sino cómo llegamos a considerar que determinadas personas tienen derecho a mandarnos.


Carolus:

Tengo la sensación de que has propuesto un tema muy actual porque, por lo menos en Europa, parece extenderse la convicción de que es necesario, incluso justo, desobedecer cuando el sistema general bajo el cual vivimos discrimina severamente a amplias capas de la población. 


Cuando el trabajo falta, o si lo hay, los sueldos son mínimos y no alcanzan para llevar una vida moderadamente confortable. Cuando se cuestiona la utilidad de determinadas leyes y aparece la necesidad de forzar su modificación porque no sirven, o porque consolidan un estado de cosas injusto. 


Vivimos en una época de revueltas, y dialogar sobre la obediencia es también dialogar sobre la desobediencia, y las condiciones en que esta última se hace imprescindible. 


Devoramos páginas, como los vagabundos de los caminos devoran kilómetros, y apenas iniciamos esta cuestión tan presente en estos tiempos. 

Vamos a la jornada 16ª para investigar no solo si hay personas con derecho a mandarnos, sino también, dado que parece inevitable que nos manden, ¿adónde quieren llevarnos haciendo uso de su autoridad?



FIN DE LA 15.ª JORNADA.

Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).


Octubre de 2026

Barcelona

España


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