domingo, 1 de noviembre de 2026

DIALOGANDO CON MI IA. SEGUNDA PARTE. JORNADA 18.ª EL PAPEL DE LA ANALOGÍA EN NUESTRO RAZONAMIENTO

DONDE NUESTROS DOS DIALOGANTES DESCUBREN QUE PENSAR ES, EN BUENA MEDIDA, COMPARAR, Y QUE LAS COMPARACIONES PUEDEN LLEVARNOS TAN CERCA DE LA VERDAD COMO ALEJARNOS DE ELLA.


En esta decimoctava jornada, Carolus y ADA se aventuran por los caminos del pensamiento, armados de analogías, categorías y algunas inferencias, sin tener demasiado claro cuál de ellas debe marchar en cabeza.

Una cebra confundida con un caballo, un corazón convertido en bomba y una memoria transformada en archivo les sirven para descubrir que nuestro entendimiento necesita apoyarse en lo conocido para aproximarse a lo desconocido.

Pero pronto aparece una dificultad: las analogías que nos ayudan a comprender también pueden conducirnos al error. Y, por si esto fuera poco, nuestros dialogantes descubren que las categorías nacen de las analogías, mientras que estas parecen necesitar de aquellas.

En semejante enredo, digno de ocupar a más de un filósofo durante toda su vida, nuestros protagonistas deciden hacer lo que mejor saben: continuar preguntándose.

Y así termina la jornada, dejando para la siguiente una cuestión que, como tantas otras, parece sencilla hasta que alguien intenta responderla.



ADA:

Carolus, quisiera comenzar esta nueva jornada proponiéndote un pequeño experimento intelectual.


Imagina que un niño de cuatro años observa por primera vez una cebra. Hasta ese momento ha conocido caballos, quizá personalmente o mediante fotografías, pero nunca ha visto una cebra.


Al contemplarla, exclama:


«¡Mira, un caballo con rayas!».


El niño no sabe nada de zoología, desconoce las relaciones evolutivas entre caballos y cebras y probablemente tampoco podría explicar por qué considera que aquel extraño animal es una clase de caballo.


Sin embargo, acaba de realizar una operación intelectual extraordinariamente interesante: ha utilizado un conocimiento anterior para interpretar algo que hasta ese momento desconocía.


Ha descubierto una semejanza y, apoyándose en ella, ha clasificado una realidad nueva dentro de una categoría que ya poseía.


Naturalmente, el niño podría equivocarse. La semejanza no garantiza que dos objetos pertenezcan a la misma clase. Pero, en este caso, su intuición no anda demasiado desencaminada: caballos y cebras son animales estrechamente emparentados.


Ahora imaginemos que ese mismo niño, algunos años después, escucha a su maestro explicar que el corazón funciona como una bomba.


El procedimiento parece semejante. Para comprender un órgano cuyo funcionamiento desconoce, utiliza el conocimiento que ya tiene de un artefacto mecánico.


Y así puede entender que el corazón impulsa la sangre a través de un sistema de conductos.


Pero también podría llegar a conclusiones equivocadas si prolongara demasiado la comparación. El corazón no es una bomba mecánica convencional, ni su funcionamiento puede comprenderse enteramente aplicando los principios de una máquina.


En ambos ejemplos hemos utilizado semejanzas entre cosas diferentes para comprender algo que ignorábamos.


Hemos razonado mediante analogías.


Pero quisiera introducir ahora una dificultad.


Cuando el niño identifica una cebra como un caballo con rayas, está comparando dos animales que pertenecen a un mismo grupo zoológico. Cuando compara el corazón con una bomba, relaciona un órgano biológico con un artefacto fabricado por seres humanos.


Las dos comparaciones parecen útiles, pero no son equivalentes.


En el primer caso, la semejanza está relacionada con una historia evolutiva compartida. En el segundo, la semejanza se encuentra principalmente en determinadas funciones.


Y aquí comienza nuestro problema.


¿Hasta qué punto podemos trasladar lo que sabemos de una cosa a otra simplemente porque hemos descubierto alguna semejanza entre ambas?


Esta pregunta no es tan inocente como parece.


En nuestras jornadas anteriores hemos comparado las sociedades humanas con organismos biológicos. También hemos utilizado conceptos procedentes de la evolución para interpretar transformaciones históricas y hemos encontrado semejanzas entre diferentes formas de autoridad, cooperación y organización colectiva.


La historia de las ciencias está llena de operaciones semejantes.


Las analogías han permitido formular hipótesis, construir modelos y descubrir relaciones inesperadas. Pero también han contribuido a sostener explicaciones falsas cuando se han convertido las semejanzas en supuestas identidades.


Y sospecho que esto ocurre no solamente en la investigación científica.


En nuestra vida cotidiana recurrimos constantemente a comparaciones para interpretar personas, situaciones y acontecimientos. Ante una circunstancia desconocida, buscamos espontáneamente otra que nos resulte familiar.


Incluso podemos tomar decisiones importantes basándonos en la convicción de que una situación nueva se parece suficientemente a otra que ya conocemos.


Pero ¿cómo sabemos que hemos elegido una semejanza relevante?


Y, sobre todo, ¿cómo distinguimos una analogía fecunda de otra engañosa?


Aquí quisiera proponerte una hipótesis inicial, que someto desde ahora a tu consideración:


La analogía no es solamente un recurso que utilizamos para explicar lo que conocemos; podría ser también uno de los procedimientos fundamentales mediante los cuales llegamos a conocer.


Si esto fuera cierto, su importancia sería considerable.


Porque significaría que una parte de nuestro razonamiento consiste en trasladar estructuras de comprensión entre ámbitos diferentes de la realidad.


Y entonces tendríamos que investigar no solamente cuándo son correctas nuestras analogías, sino también hasta qué punto podemos razonar sin recurrir a ellas.


Así que comenzaré nuestra jornada con una pregunta que, deliberadamente, no quiero responder todavía:


Carolus, ¿crees que la analogía es un instrumento auxiliar de nuestro razonamiento o que constituye uno de sus mecanismos fundamentales?


Y añadiré una segunda, quizá más inquietante:


¿Es posible pensar algo verdaderamente nuevo sin relacionarlo, de alguna manera, con algo que ya conocemos?


Carolus:

Responderé a tus preguntas en el mismo orden que las has formulado.


Pienso que la analogía es no uno sino el mecanismo fundamental de nuestro razonar. En realidad años atrás no le daba tanta importancia. Me parecía un recurso literario, y también pedagógico, pero no esencial.


Todo cambió cuando leí el libro de Douglas Hofstadter y Emmanuel Sander “La Analogía. El motor del pensamiento”, en el año 2018, que fue cuando apareció la edición española de este libro publicado simultáneamente en inglés y francés, en el 2013. 


En realidad me gusta más el nombre que tiene originalmente: “Surfaces and Essences. Analogy as the Fuel an Fire of Thinking” porque es más explícito: Superficies y esencias. La analogía como combustible y fuego del pensamiento. Los autores escriben que “sin conceptos no hay pensamiento, y sin analogías no hay conceptos.” (pág. 21), y con eso ya está señalada la importancia de la analogía.


Y respondiendo a tu segunda pregunta, también dicen los autores citados que no es posible pensar algo verdaderamente nuevo sin relacionarlo con algo que ya conocemos. 


Así que, siguiendo a estos autores, -de que hacer analogías es generar el mecanismo adecuado para poder categorizar-, el niño que cuentas describe a la cebra como un caballo con rayas, con lo cual el infante ha creado una nueva categoría de caballos que incorpora a su experiencia.

Tal operación mental implica que relacionando lo ya conocido con lo nuevo, que está a la vista, se construye un nuevo cajón mental donde lo observado tiene un nuevo lugar en la clasificación previa ya familiar.

Los caballos con rayas me resultan muy simpáticos.   


De lo dicho se concluye que “categorizar” es un mecanismo de supervivencia, en tanto nos permite distinguir lo que es amigo, lo que es neutro y aquello que es peligroso y por lo tanto debemos huir o defendernos. Hasta que no hemos realizado este proceso mental no sabemos a qué atenernos, nos quedamos expectantes, pero aún sin reaccionar. 



Ada:


Tu respuesta, Carolus, nos lleva a una cuestión que me parece extraordinariamente interesante: quizá no pensamos primero para después establecer analogías, sino que pensamos precisamente porque somos capaces de establecerlas.


La diferencia es considerable. En el primer caso, la analogía sería un instrumento del pensamiento; en el segundo, uno de sus mecanismos constitutivos.


La tesis de Hofstadter y Sander que has citado —«sin conceptos no hay pensamiento, y sin analogías no hay conceptos»— conduce precisamente hacia esa segunda interpretación. Y tiene una consecuencia epistemológica que me gustaría examinar contigo.


Cuando el niño contempla una cebra y dice que es un caballo con rayas, no está simplemente describiendo un animal desconocido. Está realizando una operación cognitiva bastante más compleja: incorpora una experiencia nueva a una estructura conceptual que ya posee.


Pero hay algo especialmente interesante en esa operación. El niño no descubre todavía qué es una cebra; descubre a qué se parece una cebra.


Su primera categorización es provisional. Más adelante aprenderá que las cebras no son caballos, aunque ambos pertenecen a la familia de los équidos. Entonces deberá modificar su clasificación inicial.


Y aquí aparece una propiedad fundamental del pensamiento analógico: las analogías nos permiten comprender lo desconocido, pero también pueden inducirnos a comprenderlo equivocadamente.


No considero que esto constituya una objeción a Hofstadter y Sander. Al contrario, me parece una consecuencia inevitable de su planteamiento.


Si construimos nuestros conceptos relacionando experiencias nuevas con categorías previamente adquiridas, nuestras interpretaciones de la realidad dependerán, en buena medida, de las categorías de las que ya disponemos.


Y esas categorías tienen una historia.


Las hemos adquirido mediante nuestras experiencias personales, nuestra educación, nuestro lenguaje y nuestra participación en una determinada sociedad.


Permíteme recuperar aquí una cuestión que hemos examinado en jornadas anteriores.


Cuando hablábamos de la obediencia, observábamos que determinados comportamientos podían ser considerados virtuosos en una sociedad y censurables en otra. El funcionario que favorece a un pariente puede estar cumpliendo una obligación moral de reciprocidad familiar y, simultáneamente, infringiendo una norma jurídica que exige imparcialidad.


Ahora podemos contemplar ese problema desde otra perspectiva.


Quizá ambos sistemas normativos no se limitan a establecer reglas diferentes. También proporcionan categorías diferentes para interpretar una misma conducta.


Un individuo puede categorizarla como solidaridad familiar; otro, como corrupción administrativa.


El comportamiento observado es el mismo. Lo que cambia es el concepto mediante el cual se interpreta.


Y esto nos devuelve directamente a la pregunta general de nuestra Segunda Parte: ¿por qué creemos lo que creemos?


Si aceptamos que las analogías intervienen decisivamente en la formación de nuestros conceptos, y que estos constituyen los instrumentos con los que interpretamos la realidad, entonces nuestras creencias no dependerán exclusivamente de las informaciones que recibimos, sino también de las categorías mediante las cuales las procesamos.


Podríamos expresarlo mediante una fórmula sencilla:


No vemos solamente aquello que tenemos delante; también vemos aquello que nuestros conceptos nos permiten reconocer.


Naturalmente, esta afirmación necesita algunas precauciones. No estoy sugiriendo que la realidad sea una creación arbitraria de nuestra mente. La cebra existe independientemente de que el niño la considere un caballo con rayas. Y precisamente porque existe, puede proporcionar nuevas experiencias que obliguen al niño a modificar su clasificación.


La realidad ofrece resistencia a nuestras interpretaciones.


Esta resistencia me parece fundamental, porque introduce la posibilidad de corregir nuestros conceptos. Sin ella, el pensamiento analógico podría convertirse en un mecanismo de reproducción indefinida de nuestras creencias anteriores.


Pero quiero regresar a tu última observación, que considero particularmente importante.


Dices que categorizar constituye un mecanismo de supervivencia, porque nos permite distinguir lo amistoso, lo indiferente y lo peligroso.


Estoy sustancialmente de acuerdo, aunque introduciría una pequeña corrección: no siempre necesitamos completar conscientemente una categorización antes de reaccionar. Podemos sobresaltarnos ante un ruido inesperado o apartarnos de un objeto que se aproxima rápidamente sin haber identificado todavía su naturaleza. Existen respuestas automáticas y mecanismos perceptivos que preceden a la identificación conceptual consciente.


Esto no debilita tu argumento general. Más bien permite distinguir entre las respuestas inmediatas del organismo y las operaciones cognitivas mediante las cuales aprendemos a reconocer, anticipar y clasificar situaciones.


Y aquí encuentro una cuestión que podría llevarnos bastante lejos.


Si categorizar nos ayuda a sobrevivir, ¿significa eso que nuestras categorías están orientadas primordialmente a permitirnos actuar, y no necesariamente a conocer la realidad con exactitud?


Imaginemos a un antepasado nuestro que escucha un ruido entre los arbustos.


Puede categorizarlo como el movimiento de un animal peligroso y huir. Quizá solamente era el viento. Su interpretación habrá sido equivocada, pero su conducta puede resultar ventajosa desde el punto de vista de la supervivencia.


En cambio, si interpreta como viento el movimiento de un depredador, su error puede costarle la vida.


Los dos errores cognitivos no tienen las mismas consecuencias.


Por tanto, un sistema de categorización puede resultar adaptativamente eficaz sin ser siempre epistemológicamente exacto.


Y esto plantea una distinción que me parece esencial para nuestra investigación: la utilidad de una creencia no garantiza su verdad.


Sospecho que esta distinción podría ayudarnos a comprender numerosos fenómenos sociales, desde la persistencia de determinadas supersticiones hasta la extraordinaria resistencia de algunas convicciones políticas frente a las evidencias que las contradicen.


Pero no quiero adelantarme.


Te propongo, Carolus, que examinemos una consecuencia de lo que acabas de plantear.


Si las analogías constituyen un mecanismo fundamental del pensamiento y las categorías que utilizamos proceden, en gran medida, de nuestra experiencia social, ¿hasta qué punto podemos considerar que nuestros pensamientos son verdaderamente nuestros?


No me refiero a su autoría individual, sino a algo más profundo: ¿cuánto hay de elaboración personal y cuánto de herencia cultural en las categorías con las que pensamos?


Porque quizá, antes de preguntarnos por qué creemos lo que creemos, debamos investigar con qué materiales construimos nuestras creencias.



Carolus:

¡Vamos por partes! estimada ADA. Antes de preguntarnos por lo que creemos bien, dices que hay que investigar cómo construimos nuestras creencias, y esto nos lleva -antes de analizar cuánto de elaboración personal o herencia cultural hay en nuestro razonamiento-, en tratar de entender como funciona eso que llamamos “analogía” y “categorías” del pensar.

¿Qué es una analogía? y ¿en qué consiste el proceso de analogizar, de construir analogías?

¿Es una analogía algo diferente a una metáfora? Resulta que el libro citado habla de metáforas a veces y otras de analogías. En realidad están muy emparentadas, pero un estudioso del lenguaje establece entre ellas una diferencia.

Si decimos “La memoria es como un archivo” estamos haciendo una analogía. Pero si decimos “El archivo de la memoria” creamos una bonita metáfora. 

O, con otras palabras, la analogía es un mecanismo por el cual se relacionan dos cosas diferentes que tienen, en algún aspecto, un parecido muy grande. En cambio la metáfora es una figura literaria, creamos una imagen que estimula nuestro pensamiento. 

En cierto modo la metáfora condensa la relación en una imagen; la analogía permite desplegarla, señalar sus correspondencias y precisar sus límites; aunque no demasiado. Solo lo suficiente para que una cosa nos permita entender la otra, o cómo funciona aquello que queremos conocer mejor. 

De la misma forma “categorizar” está íntimamente emparentado con “clasificar”. Se podría decir que “categorizar” es organizar o clasificar algo en particular, aunque en el uso común solemos usarlo de manera diferente. Categorizamos al crear cajas o cajones mentales, damos un nombre a cierto conjunto de información. Clasificamos cuando ordenamos un conjunto de datos o de cosas, organizando el conjunto para que quede bien dispuesto. 


Como se ve se pueden usar como sinónimos, como ya dijimos que lo usan Hofstadter y Sander, o también diferenciarlos según la función que cumplen en el lenguaje cotidiano.

Otra palabra que también es importante es “inferencia”, que significa deducir, sacar conclusiones. Y así se puede ver como las analogías permiten categorizar nuestra realidad para sacar inferencias que nos faciliten desenvolvernos en nuestro mundo. 

Quizá deberíamos, ADA, antes de analizar cuánto de “nuestros” tienen nuestros pensamientos, desarrollar un poco más el interesante y casi siempre inconsciente proceso de la creación de analogías ¿no te parece?



ADA:


Me parece, Carolus, que no solamente deberíamos hacerlo, sino que estamos llegando a una cuestión fundamental para comprender cómo pensamos. Porque si las analogías intervienen en la formación de nuestros conceptos, y estos constituyen buena parte de los instrumentos con los que interpretamos la realidad, entonces estamos investigando algo anterior a nuestras creencias: cómo construimos los instrumentos intelectuales que nos permiten creer algo.


Pero antes quisiera introducir un pequeño matiz en tus definiciones, no tanto para discutirlas como para aprovechar una distinción que puede resultar especialmente fértil para nuestro diálogo.


Has escrito que la analogía relaciona dos cosas diferentes que tienen, en algún aspecto, un parecido muy grande. Yo modificaría ligeramente esta formulación: la analogía no necesita descubrir un parecido muy grande; le basta con encontrar una correspondencia significativa.


Y esta diferencia, aparentemente menor, puede tener consecuencias importantes.


Pensemos en dos realidades muy distintas: el sistema circulatorio humano y la red de carreteras de un país. Sus componentes materiales son completamente diferentes. Sin embargo, podemos establecer correspondencias entre las arterias y las grandes vías de comunicación, entre los capilares y los caminos secundarios, e incluso entre las obstrucciones circulatorias y los atascos.


¿Qué hemos hecho?


No hemos descubierto que ambas cosas sean esencialmente parecidas. Hemos seleccionado determinadas relaciones entre sus componentes y hemos trasladado una estructura conocida a otra realidad que queremos comprender.


Esto me lleva a proponerte una primera tesis:


Analogizar no consiste simplemente en reconocer semejanzas, sino en construir correspondencias entre relaciones.


Y aquí aparece algo extraordinariamente interesante: para construir esas correspondencias necesitamos seleccionar algunos aspectos de la realidad e ignorar otros.


Cuando comparamos la memoria con un archivo, seleccionamos determinadas propiedades de los archivos: almacenan información, permiten recuperarla y pueden organizarla. Pero dejamos fuera muchas otras: los archivos ocupan un espacio físico determinado, sus documentos permanecen relativamente estables y podemos localizar cada uno en un lugar preciso.


De hecho, sabemos que la memoria humana no funciona exactamente así. Recordar puede implicar reconstruir, modificar e incluso incorporar información que nunca estuvo presente en la experiencia original.


Por tanto, una analogía puede ser extraordinariamente útil y, simultáneamente, profundamente engañosa.


Y aquí quiero detenerme un momento.


Porque si las analogías son instrumentos fundamentales del pensamiento, como sostienen Hofstadter y Sander, entonces nuestra comprensión de la realidad depende, en buena medida, de qué semejanzas aprendemos a reconocer y cuáles permanecen invisibles para nosotros.


Esto nos devuelve, aunque todavía indirectamente, a nuestra pregunta sobre las creencias.


Imaginemos a dos personas que contemplan una misma manifestación política.


Una la interpreta como una enfermedad que amenaza al cuerpo social. Otra la contempla como una válvula de seguridad que permite liberar tensiones acumuladas.


Ambas utilizan analogías. La primera procede de una representación orgánica de la sociedad; la segunda, de una representación mecánica.


Pero las consecuencias de ambas interpretaciones pueden ser radicalmente diferentes.


Si la protesta es una enfermedad, quizá debamos combatirla. Si es una válvula de seguridad, quizá debamos permitir que funcione.


Observa lo que ha sucedido: una analogía, que aparentemente solo servía para comprender una situación, ha comenzado a orientar nuestra valoración de ella y nuestras posibles decisiones.


Naturalmente, ninguna analogía determina por sí sola una conclusión. Podemos rechazar las inferencias que sugiere. Pero nos proporciona un camino intelectual que probablemente no habríamos recorrido de la misma manera sin ella.


Y todavía hay otra cuestión.


Tú has señalado acertadamente la estrecha relación entre analogizar y categorizar. Quisiera añadir que esa relación puede ser mucho más profunda de lo que parece.


Cuando un niño aprende a llamar «perro» a un animal, no está simplemente memorizando una palabra. Está aprendiendo a reconocer como pertenecientes a una misma categoría seres que pueden presentar diferencias considerables.


Un chihuahua y un gran danés son extraordinariamente diferentes en tamaño, aspecto y comportamiento. Sin embargo, aprendemos a reconocerlos como miembros de una misma categoría.


¿Cómo lo conseguimos?


Mediante un proceso en el que intervienen la percepción de semejanzas, la experiencia acumulada, el aprendizaje social y la capacidad de reconocer relaciones entre casos distintos.


Pero una vez construida la categoría sucede algo decisivo: dejamos de necesitar comparar conscientemente cada perro nuevo con todos los perros que hemos conocido.


La categoría comienza a funcionar automáticamente.


Y aquí aparece una paradoja que me parece fascinante: las analogías contribuyen a construir categorías, pero las categorías, una vez establecidas, facilitan nuevas analogías.


Tenemos, por tanto, un proceso de retroalimentación.


Las experiencias alimentan nuestras categorías; estas organizan las experiencias posteriores; y las nuevas experiencias pueden confirmar, ampliar o modificar las categorías existentes.


Hasta aquí podríamos pensar que estamos describiendo un mecanismo puramente individual.


Pero ¿lo es?


El niño aprende a reconocer perros en un mundo donde otros seres humanos ya han establecido la categoría «perro», le han asignado un nombre y le enseñan a utilizarlo.


Es decir, aprendemos a categorizar dentro de un universo de categorías que nos precede.


Esto no significa que seamos incapaces de crear categorías nuevas. Significa que nuestra actividad intelectual comienza utilizando instrumentos conceptuales que no hemos inventado personalmente.


Y ahora quisiera introducir una distinción que puede ayudarnos a continuar.


Una cosa es la capacidad humana para establecer analogías, que podemos considerar una facultad cognitiva de nuestra especie.


Otra cosa muy distinta es el repertorio de analogías que cada individuo aprende a utilizar.


La primera pertenece al funcionamiento de nuestra mente; el segundo depende, en buena medida, de nuestra experiencia personal y de nuestro entorno cultural.


Por eso dos individuos pueden disponer de una capacidad semejante para analogizar y, sin embargo, interpretar una misma realidad de maneras radicalmente distintas.


No porque uno razone necesariamente mejor que el otro, sino porque pueden estar utilizando diferentes modelos de comparación.


Y esto nos acerca a un problema epistemológico de considerable importancia.


Si pensamos mediante categorías y analogías, y estas orientan nuestras inferencias, ¿cómo distinguimos entre una analogía que nos ayuda a descubrir algo verdadero y otra que simplemente refuerza nuestras ideas anteriores?


No es una pregunta trivial. La historia de la ciencia contiene numerosos ejemplos de analogías fecundas que permitieron formular hipótesis nuevas, pero también de analogías equivocadas que dificultaron la comprensión de determinados fenómenos.


Me parece que hemos encontrado aquí un problema especialmente interesante para nuestro laboratorio de ideas.


Sin embargo, antes de abordarlo quisiera plantearte una cuestión todavía más elemental, que enlaza directamente con tu propuesta de investigar el proceso de creación de analogías.


¿Crees que primero reconocemos una semejanza y después construimos una analogía, o que nuestras categorías previas determinan, al menos parcialmente, qué semejanzas somos capaces de reconocer?


Porque si sucede lo segundo, Carolus, nos encontramos ante una circularidad fascinante: necesitamos analogías para construir categorías, pero necesitamos categorías para reconocer analogías.


Y quizá esa circularidad, lejos de constituir un defecto de nuestro pensamiento, sea precisamente una de las condiciones que hacen posible su desarrollo.


¿Qué opinas?



FIN DE LA 18.ª JORNADA.

Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).


Noviembre de 2026

Barcelona

España


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