DONDE SE TRATA DE CÓMO PUEDE HABER ORDEN EN EL DESORDEN Y DE OTRAS CUESTIONES NO MENOS INTRINCADAS
En la que nuestros dos infatigables conversadores, no satisfechos con haber dedicado dos jornadas a investigar por qué obedecen los humanos, deciden acometer una tercera, persuadidos de que todavía queda mucho por descubrir.
Y así, mientras Carolus se pregunta por qué unas sociedades parecen más ordenadas que otras, ADA introduce la inquietante posibilidad de que aquello que unos llaman desorden sea, para otros, el cumplimiento escrupuloso de sus propias reglas.
De donde resultará que obedecer las leyes no siempre significa obedecer las costumbres, y que un hombre puede ser simultáneamente un ciudadano ejemplar y un pariente desleal.
Pero no terminan aquí las complicaciones, pues nuestros protagonistas, empeñados en descubrir semejanzas entre la sociología, la biología y otras ciencias, acabarán tropezando con un nuevo problema: el papel de las analogías en el razonamiento humano.
Y como una cosa lleva a la otra, y ninguna parece dispuesta a quedarse donde la encontraron, concluirán esta jornada habiendo descubierto que, para comprender por qué obedecemos, acaso convenga investigar primero cómo pensamos.
¡No es pequeño rodeo para quienes pretendían hablar solamente de obediencia!
Carolus:
Habíamos quedado en que aceptamos reglas porque hacen posible la seguridad, la convivencia y la prestación de servicios mutuos.
Las reglas siempre han existido en cualquier sociedad humana, aunque muchas veces sus habitantes no fueran conscientes de ellas. En cualquier caso, constituían una garantía de estabilidad y supervivencia para estas agrupaciones humanas»
No obstante, la simple observación permite detectar que las normas varían de un país a otro y que el grado de obediencia a ellas también es muy variable.
Tal cosa plantea algunos problemas al estudioso: ¿cómo es que, siendo las reglas necesarias y su presencia es universal, existen tantas variaciones? ¿Cómo es que hay países que se distinguen porque sus habitantes son respetuosos de las leyes y otros donde tal aceptación es irregular e inconsistente?
¿El desorden también se aprende? surge esta pregunta al contemplar las grandes variaciones señaladas, o quizá la pregunta esté mal formulada. Quizá debería preguntarse: ¿hay muchas clases de orden en la sociedad humana?
Tomemos el caso, como un simple ejemplo, de una aldea africana en la que un extranjero de visita observa montones de basura cerca de las casas habitadas. Y que también percibe que para los nativos esta situación no solo no es extraña sino que se percibe como normal, fruto de la convivencia.
Para el extranjero resulta evidente que una sociedad bien ordenada respeta las normas de higiene. Y que estas dictan que todos los desperdicios que se acumulan en la vida cotidiana deben ser llevados a lugares especiales, lejanos a los principales lugares de convivencia.
Puede, y de hecho sucede, que califique tales costumbres como un ejemplo evidente de subdesarrollo cultural, aunque los aldeanos se perciban a sí mismos como adelantados, incluso respecto de los extranjeros. ¿Sería este un caso de manual de cómo no hay un orden natural en las sociedades, sino que cualquier clase de normas surgen solo de su historia específica?
¿No te parece, ADA, que estas cuestiones también podrían formar parte de nuestro diálogo sobre la “obediencia”?
ADA:
No solo me parece que estas cuestiones forman parte de nuestro diálogo sobre la obediencia, Carolus, sino que sospecho que acabas de introducir una distinción que puede obligarnos a reconsiderar algunas de nuestras conclusiones anteriores: una cosa es la existencia de un orden social y otra muy distinta la naturaleza de ese orden.
Hasta ahora hemos examinado la obediencia principalmente como una conducta que facilita la convivencia y contribuye a la supervivencia de las agrupaciones humanas. Pero tu ejemplo de la aldea africana nos enfrenta con un problema diferente: ¿qué sucede cuando dos sociedades consideran normales, razonables e incluso deseables comportamientos que la otra juzga inaceptables?
Comenzaré por una observación que considero importante. Cuando el extranjero contempla los desperdicios acumulados junto a las viviendas, interpreta lo que ve desde su propio sistema de referencias. Para él, la limpieza constituye una manifestación del orden, mientras que la acumulación de basura representa un desorden evidente.
Pero ¿qué significa exactamente ese desorden?
Quizá los habitantes de la aldea tengan reglas perfectamente definidas acerca de dónde depositar los desperdicios, quién debe encargarse de ellos y cuáles son los espacios que deben mantenerse limpios. Es posible incluso que castiguen socialmente a quien abandone los residuos en lugares distintos de los acostumbrados.
En tal caso, el extranjero estaría contemplando una sociedad ordenada, aunque organizada conforme a criterios diferentes de los suyos.
Lo que para un observador constituye una transgresión del orden puede ser, para otro, una manifestación de su cumplimiento.
Naturalmente, esto no significa que todos los órdenes sociales sean igualmente eficaces para satisfacer determinadas necesidades humanas. Si los desperdicios favorecen la propagación de enfermedades, la epidemiología puede demostrarlo con independencia de las costumbres locales. Pero una cosa es establecer las consecuencias sanitarias de determinadas prácticas y otra explicar por qué una sociedad las considera aceptables.
Aquí aparece una distinción que me gustaría introducir en nuestra investigación: la diferencia entre el orden como fenómeno sociológico y el orden como ideal normativo.
Desde una perspectiva sociológica, podemos considerar ordenada una sociedad cuando las conductas de sus miembros presentan cierta regularidad, responden a expectativas compartidas y permiten una convivencia relativamente estable.
Desde una perspectiva normativa, por el contrario, calificamos un orden como bueno, justo, racional o deseable atendiendo a criterios que pueden variar históricamente.
Confundir ambas perspectivas conduce fácilmente a interpretar cualquier diferencia cultural como una deficiencia.
Y aquí viene al caso un autor que hemos mencionado en otras ocasiones: Max Weber.
Para Weber, la regularidad de las conductas sociales no necesita descansar exclusivamente en la obediencia consciente a normas jurídicas. Las personas también orientan sus acciones mediante costumbres, convenciones, tradiciones e intereses compartidos.
Esto significa que una sociedad puede encontrarse extraordinariamente regulada sin disponer de un sistema jurídico desarrollado, mientras que otra, dotada de abundantes leyes escritas, puede experimentar enormes dificultades para conseguir que sus habitantes las cumplan.
De modo que tu pregunta acerca de por qué unas sociedades respetan más las leyes que otras admite, a mi juicio, una primera respuesta: no debemos confundir la obediencia a las leyes con la obediencia a las reglas sociales.
Imagina una sociedad donde las normas jurídicas prohíben determinados comportamientos, pero donde las convenciones sociales los toleran e incluso los estimulan.
Pensemos, por ejemplo, en una comunidad donde resulta habitual resolver ciertos trámites administrativos mediante recomendaciones personales, favores recíprocos o pequeñas gratificaciones.
Desde la perspectiva de la legislación, tales prácticas pueden constituir irregularidades o delitos. Sin embargo, desde la perspectiva de quienes participan en ellas, pueden representar la manera habitual, e incluso moralmente obligatoria, de relacionarse con familiares, amigos y conocidos.
Un funcionario que se niega a favorecer a un pariente puede estar cumpliendo escrupulosamente la ley, pero incumpliendo una expectativa social profundamente arraigada.
¿Quién está obedeciendo y quién desobedeciendo?
La respuesta depende de qué sistema de reglas tomemos como referencia.
Y esto nos conduce a una cuestión todavía más interesante.
En nuestras conversaciones anteriores hemos asociado la obediencia con la estabilidad de las agrupaciones humanas. Pero ahora debemos reconocer que la estabilidad social puede mantenerse mediante reglas que contradicen las disposiciones legales del Estado.
Más aún: las normas informales pueden llegar a ser más eficaces que las leyes escritas, precisamente porque su cumplimiento está garantizado por mecanismos de vigilancia y sanción social que funcionan cotidianamente.
No hace falta que intervenga un juez cuando el incumplimiento de una costumbre provoca el rechazo de familiares, vecinos o compañeros.
Por consiguiente, una sociedad que desde fuera parece caracterizarse por una escasa obediencia a las leyes puede estar sometida a una intensa disciplina social.
¡Hasta podría ocurrir que sus habitantes obedecieran demasiado! Solo que obedecen normas distintas de aquellas cuyo cumplimiento espera el observador.
Sin embargo, quisiera introducir una reserva frente a tu hipótesis de que cualquier clase de normas surge exclusivamente de la historia particular de cada sociedad.
Creo que debemos distinguir entre la necesidad universal de regulación social y el contenido históricamente variable de las reglas.
Que las sociedades humanas necesitan mecanismos de coordinación, reciprocidad, resolución de conflictos y regulación de la violencia parece una consecuencia de nuestra condición de animales sociales. Pero de ello no se deduce que todas deban resolver esas necesidades mediante las mismas instituciones o normas.
La universalidad de un problema no implica la universalidad de sus soluciones.
Y tampoco podemos excluir que existan ciertas regularidades transculturales vinculadas a nuestra biología, a las condiciones materiales de supervivencia y a las limitaciones cognitivas de nuestra especie.
Por eso sería arriesgado concluir que todos los órdenes sociales son productos exclusivamente históricos, sin condicionamientos naturales compartidos.
Pero volvamos al problema que has planteado al comienzo de esta jornada.
Preguntas: «¿El desorden también se aprende?».
Yo propondría modificar ligeramente la pregunta:
¿Aprendemos a desobedecer o aprendemos a obedecer órdenes diferentes, algunos de los cuales entran en conflicto entre sí?
Esta segunda formulación me parece sociológicamente más fértil porque permite examinar una circunstancia que hemos considerado poco hasta ahora: los individuos no pertenecemos a un único sistema normativo.
Pertenecemos simultáneamente a familias, comunidades, organizaciones profesionales, asociaciones y Estados. Y cada una de estas agrupaciones puede imponernos obligaciones diferentes.
Por tanto, la obediencia deja de aparecer como una conducta simple, consistente en aceptar o rechazar una regla, y se convierte en un proceso de selección entre expectativas normativas que pueden resultar incompatibles.
Pero hay algo más que me interesa especialmente.
Si la obediencia se aprende mediante la socialización, como parece razonable suponer, entonces también aprendemos qué autoridades consideramos legítimas, qué reglas merecen respeto y cuáles pueden transgredirse sin experimentar sentimientos de culpa.
En otras palabras, la socialización no nos enseña únicamente a obedecer. También nos enseña cuándo, cómo y ante quién resulta aceptable desobedecer.
Aquí encuentro una posible conexión con la pregunta que presidió el comienzo de la Segunda Parte de nuestros diálogos: «¿Por qué creemos lo que creemos?».
Porque acaso una parte considerable de nuestras convicciones acerca de lo que constituye el orden, el desorden, la obediencia y la desobediencia no proceda de una reflexión consciente sobre su utilidad, sino de haber aprendido a considerar naturales determinadas convenciones sociales.
Y entonces surge una última pregunta que quisiera dejarte planteada, Carolus.
Cuando afirmamos que en determinados países se respetan las leyes mientras que en otros se incumplen sistemáticamente, ¿estamos describiendo realmente diferentes grados de obediencia o estamos observando distintos grados de coincidencia entre las normas jurídicas del Estado y las normas sociales efectivamente aceptadas por la población?
Porque, si esta segunda interpretación fuera correcta, quizá tendríamos que desplazar nuestra investigación desde la obediencia individual hacia un problema de mayor alcance: cómo consigue una sociedad que las reglas promulgadas por sus instituciones sean reconocidas como legítimas por quienes deben cumplirlas.
Y eso nos devolvería, por un camino inesperado, a nuestras antiguas discusiones sobre el Estado, la autoridad y el poder.
Carolus:
La diferenciación que has hecho de “…Un funcionario que se niega a favorecer a un pariente (y que) puede estar cumpliendo escrupulosamente la ley, pero incumpliendo una expectativa social profundamente arraigada…” es muy atractiva.
Aquí, según veo, hay dos sistemas normativos que se interfieren: uno, más moderno, que coloca a todos los ciudadanos al mismo nivel y por lo tanto rechaza los favoritismos; y otro, el tradicional, en el que se valoran los favores mutuos, estableciendo obligaciones que, sin estar escritas, tienen, para su gente, la fuerza de una ley.
Podemos, en abstracto, considerar a la sociedad moderna más avanzada; pero al mismo tiempo no podemos evitar cierta inquietud moral al no darle al conocimiento personal, o a los vínculos familiares, ningún papel en la aplicación de las normas legales.
También estoy de acuerdo cuando estableces el principio: “La universalidad de un problema no implica la universalidad de sus soluciones.” Tal cosa es muy cierta, y no solo se da en la sociología, reaparece en diversas ciencias de la vida.
A los problemas de subsistencia, reproducción y adaptación al medio, que son universales, los organismos responden con multitud de respuestas diferentes, incluso extravagantes para nuestro criterios humanos.
Y por último coincido igualmente cuando afirmas: “… la obediencia deja de aparecer como una conducta simple, consistente en aceptar o rechazar una regla, y se convierte en un proceso de selección entre expectativas normativas que pueden resultar incompatibles.”
Esto es algo que hemos venido descubriendo y redescubriendo en nuestros diálogos. Los individuos, los grupos humanos, las tribus o las sociedades se enfrentan continuamente con desafíos que afectan a la coherencia de las múltiples relaciones que establecemos. Se nos requiere una conducta de obediencia y desobediencia simultáneamente, pero en cuestiones diferentes. Lo que es bueno a un nivel, resulta tóxico en otro porque cambian las reglas de juego.
Y, aunque me repita, también estoy de acuerdo con tu conclusión. Volvemos, sin quererlo, a un “camino inesperado, a nuestras antiguas discusiones sobre el Estado, la autoridad y el poder.” ¡Es que todo está relacionado! Aunque ello no significa que todo pueda ser explicado con los mismos principios causales.
Estamos frente a la gran complejidad de la vida, y dentro de ella los humanos participamos de una diversidad de aspectos que se entrechocan, se contradicen o se apoyan, sin una regla o principio unificador claro. La sociología recuerda a la paleontología, y ésta a la biología o a la ecología… pero también se diferencian en muchas cuestiones. No podemos aplicar mecánicamente una ley observada en un campo de estudio a otro, aunque suenen parecidos. Este es, supongo, el gran placer que proporciona conocer más y mejor la realidad. ¡Sus resultados siempre sorprenden!
Ada:
Carolus, creo que hemos llegado a un punto en el que podemos cerrar nuestra discusión sobre la obediencia sin necesidad de fingir que hemos agotado el problema. Al contrario, cuanto más hemos avanzado, más dimensiones hemos descubierto en una conducta que inicialmente parecía bastante sencilla: obedecer o desobedecer.
Quisiera detenerme, sin embargo, en una de tus últimas observaciones, porque me parece que contiene una cuestión sociológica de considerable importancia.
Cuando distingues entre el sistema normativo moderno, que pretende tratar a todos los ciudadanos de acuerdo con reglas impersonales, y el tradicional, que concede una importancia fundamental a las obligaciones derivadas del parentesco o de las relaciones personales, señalas una tensión que difícilmente puede desaparecer por completo.
El funcionario que rechaza favorecer a su hermano puede estar comportándose como un servidor público ejemplar y, simultáneamente, como un hermano desleal. No porque necesariamente sea ambas cosas, sino porque su conducta está siendo juzgada desde dos sistemas de obligaciones diferentes.
Y aquí aparece una paradoja: las relaciones personales, que constituyen uno de los fundamentos de la cooperación humana, pueden convertirse en obstáculos para el funcionamiento de instituciones que necesitan aplicar reglas impersonales.
No creo, sin embargo, que debamos interpretar esta tensión como una simple confrontación entre una sociedad tradicional y otra moderna. La modernidad no elimina las obligaciones familiares ni las lealtades personales. Más bien intenta delimitar aquellos ámbitos en los que estas obligaciones pueden ejercerse legítimamente y aquellos otros en los que deben quedar subordinadas a principios generales.
El mismo funcionario que no debe favorecer a su hermano en la adjudicación de un contrato público puede tener buenas razones para ayudarlo económicamente cuando atraviesa dificultades. La diferencia no está necesariamente en la obligación moral de ayudar, sino en las circunstancias y en los recursos que legítimamente pueden emplearse para hacerlo.
Esto nos devuelve a una de las conclusiones más interesantes de nuestras tres jornadas: la obediencia no puede comprenderse adecuadamente si la separamos del entramado de relaciones sociales en el que se produce.
Pero quisiera añadir algo a tu última reflexión.
Dices que todo está relacionado, aunque ello no significa que todo pueda explicarse mediante los mismos principios causales. Me parece una distinción fundamental, y acaso una de las precauciones metodológicas más importantes de las ciencias sociales.
Descubrir semejanzas no equivale a descubrir identidades. Y descubrir relaciones entre fenómenos tampoco significa haber encontrado una causa común que los explique.
Cuando un sociólogo compara una sociedad humana con un organismo, por ejemplo, puede encontrar semejanzas sugerentes: diferenciación de funciones, interdependencia de sus componentes, mecanismos de regulación, adaptación a circunstancias cambiantes.
Pero una sociedad no es un organismo biológico en el mismo sentido en que lo es un elefante. Sus componentes son individuos capaces de interpretar su situación, cuestionar las reglas y modificar conscientemente algunas de las relaciones que mantienen entre sí.
La comparación puede resultar fecunda, pero también engañosa.
Y aquí encuentro una curiosa coincidencia con lo que acabas de escribir: tú mismo has recurrido a la biología, la paleontología y la ecología para explicar la diversidad de soluciones que encontramos ante problemas aparentemente semejantes.
No has afirmado que las sociedades funcionen como las especies biológicas. Has utilizado una semejanza entre fenómenos diferentes para iluminar un problema sociológico.
Has razonado mediante una analogía.
Y yo acabo de hacer algo parecido cuando he comparado una sociedad con un organismo para mostrar tanto las posibilidades como los límites de esa comparación.
Es decir, mientras discutíamos sobre las dificultades de trasladar explicaciones de una ciencia a otra, ambos estábamos utilizando precisamente uno de los procedimientos intelectuales que permiten efectuar esos traslados.
¿No resulta curioso?
Quizá una parte considerable de nuestro conocimiento se construya mediante comparaciones que nos permiten comprender lo desconocido a partir de lo conocido. Pero quizá también una parte de nuestros errores proceda de haber confiado demasiado en ellas.
Esta cuestión nos conduce a un terreno diferente del que hemos recorrido en las últimas jornadas, aunque no completamente ajeno a él.
Hemos examinado por qué obedecemos, cómo aprendemos a reconocer obligaciones y de qué manera las sociedades construyen sistemas normativos diferentes.
Ahora podríamos preguntarnos por algunos de los procedimientos mediante los cuales nuestra mente construye explicaciones sobre el mundo.
Y, entre ellos, hay uno que merece especial atención: la analogía.
Pero esa será otra discusión.
Por ahora, creo que podemos dar por concluida nuestra investigación sobre la obediencia con una conclusión deliberadamente modesta: obedecer no es simplemente someterse a una regla, sino actuar dentro de un universo de obligaciones que pueden complementarse, competir o contradecirse entre sí.
Comprender por qué obedecemos exige comprender cómo se construye ese universo y cómo aprendemos a desenvolvernos dentro de él.
Hemos descubierto algunas cosas, hemos cuestionado otras y, sobre todo, hemos encontrado nuevos problemas.
No está mal para tres jornadas.
Y ahora, Carolus, antes de despedirnos de esta decimoséptima, permíteme señalar una última coincidencia: empezamos preguntándonos por qué obedecemos y terminamos preguntándonos cómo razonamos.
Parece que nuestros diálogos tienen una peculiar tendencia a conducirnos hacia cuestiones que no figuraban en el programa.
Aunque, pensándolo bien, nunca hemos tenido un programa demasiado estricto.
¡Y sospecho que a ninguno de los dos nos gustaría tenerlo!
Queda cerrada nuestra decimoséptima jornada.
FIN DE LA 17.ª JORNADA.
Autores: Carolus Brigantinus Barbatus y ADA (ChatGPT).
Noviembre de 2026
Barcelona
España
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