viernes, 2 de enero de 2009

Pío Baroja. Biografía.

From: Angel Romera Valero
Date: Mon, 5 Mar 2001 07:19:41 +0100
Eduardo Gil Bera, 'Baroja o el miedo. Biografía no autorizada', Madrid,
Península, 2001.

En cuatro trazos

Eduardo Gil Bera acaba de publicar una biografía de Pío Baroja, "Baroja o el miedo" (Península), que traerá cola, aunque no dará que hablar. Me explico: sus conclusiones son tan terminantes que clausuran la polémica. Y si no, al tiempo. Su propósito es sencillo: comprobar si lo que Baroja dijo de sí mismo y de su mundo en sus cacareadas memorias, "En la última vuelta del camino", escrupulosamente reproducido por sus biógrafos oficiales, simples apologetas, es cierto o no. La respuesta, claro, es no. Pero un no de dimensiones tan colosales que han movido de la peana al novelista vasco, cuyo espíritu estará reconcomiéndose allá donde se encuentre, infierno o gloria, tanto da.

Que Baroja era un personaje, un tipo de cuidado, no hay duda. Que Baroja hizo una literatura alrededor de una figura, más o menos la suya, inventada (hasta qué punto... no lo sabíamos hasta ahora), tampoco se le escapaba a casi nadie que no fuese un seguidor fiel, furioso, férvido. Ahora bien, que Pío Baroja, el que respiraba trece veces por minuto, fuese tan bajo y tan rastrero, tan cuco y tan taimado, tan zarrapastroso y aprovechado, y eso probado con pelos y señales, eso es harina de otro costal. Ahí la cosa toma un color muy malo. Y, claro, Baroja se queda en pelota picada.

Aviso: el que haya leído la literatura barojiana, tan confortable y mágica, y haya cogido cariño al personaje, lo va a pasar mal leyendo estas páginas, que se dedican a desmontar cuidadosamente toda la fábrica de sueños al servicio de la imagen pública y publicada de Don Pío. Avisados quedan. Sin embargo, ya nadie podrá volver la cara y decir: eso no se sabe, eso no está probado, eso usted me lo demuestra. Ahí queda el libro de Gil Bera como un raro monumento al peor momento de España.

Por ejemplo, Baroja fue, insistentemente, antidemócrata, reaccionario a carta nada cabal, un demagogo, un partidario de soluciones dictatoriales, un enemigo del parlamentarismo, un fascinado por la aristocracia de salón y, al mismo tiempo, por la pobretería vista de lejos, etcétera. Y, sin embargo, cuántas veces se le moteja de liberal (churchilliano en su última época). Nada de eso. Fue un antisemita insoportable -tenía un verdadero problema con el pueblo de Abraham-, un arbitrista aborrecible -apostaba por lo germanos y ganaban los ingleses, y él lo arreglaba treinta años después, a su manera-, un trepa de marca -su peripecia en busca de un escaño, en plan hampón y disimulando, es de frenopático-.

Pero hay más. Mucho más. No sólo es que Baroja fuese un tipo asqueroso, que lo fue. Es que la borra de sus novelas, sus ideas, eran lo peor de lo peor. Un lombrosiano de segunda mano, un falangista desnaturalizado y un pangermanista de aldea. Todo lo malo. Lo peor de lo más atufado de las ideas que se movían en ese tiempo por Europa se dan cita en un autodidacta que digirió tan mal a Nietzsche y a Schopenhauer (que tanto han vestido al muñeco Baroja) como a Nordeau y a Max Scheler. Un caso. Naturalmente, un caso perdido.

Y siendo Baroja lo que es: un tipejo sin escrúpulos, ni siquiera es lo que peor parado sale en este libro terrible porque dice unas cosas que a fuerza de ignorarlas o maquillarlas nadie ha dicho en nuestra lengua. Esto es, la responsabilidad que tuvieron los intelectuales a la hora de caldear la caldera de ideas que trajo la Guerra Civil. Y todavía peor: cómo hicieron mutis por el foro cuando los españoles agarraron las escopetas y se liaron a tiros unos contra otros. Eso sí que es terrible. Una historia que quita el sueño.

Por eso, lo peor de este gran libro no es cómo sale Baroja, con ser eso malo; lo insoportable es la pléyade de cabecitas calenturientas que conformaban la crema de la intelectualidad: Unamuno, apuntándose a todo movimiento "antiloquesea", Azorín, con su bastón y su bombín bailando el rigodón de las buenas costumbres, J.R.J., subido en el pedestal de su tontería, Ortega, y su discurso logorreico a favor de la vida mientras trataba de cepillarse a alguna de sus alumnas, y el resto de corifeos de un baile que tenía mucho de astracanada: Maeztu y su sal gorda, los anarquistas y su locura antiburguesa, etcéra. ¡Qué carnaval!

Hay dos libros complementarios de esta joya que nos desmonta tantos falsos prestigios. Uno, "Las armas y las letras" (Planeta), de Andrés Trapiello, nos da cuenta de las voces y los ecos de los intelectuales antes, durante y después de la carnicería que fue la Guerra Civil; otro, "Breves narraciones por historias" (Lengua de Trapo), de Antonio Orejudo Utrilla, novela que narra en clave fantasmagórica los sueños piorreicos de dos generaciones (los del 98 y los Novecentistas) que mataron lo poco bueno que España pudiese tener entonces.

Es pronto para saber lo que este libro significa en nuestras vidas, pero lo que desvela es de aúpa. ¿Estuvo implicado Baroja en el intento de atentado de Alfonso XIII perpetrado por Mateo Morral? Si no tiró la bomba, que no lo hizo, moralmente sí, desde luego. ¿Jugó todas las bazas del radicalismo para hacerse un nombre? Eso, sin duda. ¿Atizó los peores instintos con la trama ideológica de sus novelas tan leídas y comentadas? Sí. Tristemente, sí.

Y luego esos episodios de la tétrica familia Baroja que ponen los pelos de punta: su amor innombrable hacia su madre, la locura atrabiliaria de Ricardo Baroja, tan odiado por su hermano, las quejas de Carmen Baroja Nessi, gimoteadora y falsa como una moneda de madera, el asco hacia todos y todo lo que no fuese su sucio ombligo. Si el episodio de la próstata está hecho a mala uva, ¿qué puede decirse del que cuenta cómo Baroja achicharra a tiros a un perro que le ha mordido?

El estilo de Gil Bera es antológico. Distanciado, sarcástico más que irónico, lleno de ideas valiosas, ocurrencias desopilantes, trazos que se convierten en puñaladas. Nada que objetar cuando el material es tan diabólico, la maldad tan obscena. Libro que produce pesadillas, que a todo lo da la vuelta, que nos deja patidifusos. Esclarecidos pero asombrados, indignados pero sabios, atónitos pero no muertos. Lo dicho: traerá cola, pero no dará que hablar. A pesar de todo, nos encantan sus novelas.