lunes, 20 de octubre de 2008

Iréne Nemirovsky

* Fuente: 
http://www.lavanguardia.es/web/20051109/51197104165.html

Irène Némirovsky, 62 años después

Antes de morir en Auschwitz, Irène Némirovsky logró acabar dos de las cinco partes de su obra épica sobre la debacle de Francia en la II Guerra Mundial. Publicada en el 2004, lleva 200.000 ejemplares vendidos en su país

La autora salvó el manuscrito de 'Suite francesa' ocultándolo en una maleta antes de ser deportada    
 
La idea era describir de qué modo los conflictos hacen aflorar lo mejor y lo peor de la naturaleza humana    
 
CARLES BARBA - 09/11/2005

Decía Rimbaud que la vida en sí misma transcurre sonambulamente y que, para conocer de verdad su entraña, hace falta un dérèglement de tous le sens, un trastorno radical de la percepción. La novela póstuma de Irène Némirovsky trata precisamente de eso, de cómo se comportan los seres humanos en una situación de caos -aquí, la Segunda Guerra Mundial- y de qué manera las adversidades hacen aflorar en ellos lo mejor y peor de su naturaleza. Lo afirma uno de los personajes de la obra, Lucile Angellier: "Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y a las mujeres quien los ha visto en una época de convulsión como ésta. Sólo ése se conoce a sí mismo". 

En Suite francesa, manuscrito que su autora logró salvar ocultándolo en una maleta antes de ser deportada y asesinada en Auschwitz, hay un implacable escrutinio de la reacción de la sociedad francesa ante la invasión alemana, la ruptura de la línea Maginot, la captura de dos millones de soldados franceses y la inminente entrada de los nazis en París. En la primera parte, los capitulillos describen (en una suerte de estructura coral, polifónica) la forman en que evacuan París y engrosan el éxodo distintos habitantes de la gran urbe: una familia de la alta burguesía, un escritor célebre y su amante, un matrimonio de clase media que tiene un hijo en el frente, un miembro de la banca, una bailarina ligera de cascos, un coleccionista de antigüedades, un cura y una treintena de chicos a su cargo, etcétera. El lector que haya visto la película Fugitivos de André Techiné podrá visualizar con facilidad las escenas: los caminos y carreteras de Francia se llenan de columnas de refugiados de todas las procedencias, y la escasez de alimentos, agua y gasolina, el cansancio y la desorientación, y las batidas de Stukas que ametrallan aleatoriamente a estos civiles en fuga, va larvando entre ellos una conciencia del riesgo de su situación, y despertando en consecuencia instintos de supervivencia y de adaptación al nuevo medio. 

No sabemos si Némirovsky había leído los cuentos de guerra de Maupassant, pero desde luego en las viñetas que compone, en la crudeza de estos morceaux de vie, hay la misma capacidad de penetrar el fondo último de las conductas individuales cuando se ven sacudidas por el peligro. Las reacciones pueden recorrer toda la gama, desde la heroicidad a la mezquindad. Hubert, por ejemplo, un crío de apenas 16 años de la rancia familia de los Pericand, no puede soportar huir del avance alemán a las faldas de su madre y hermana y, en un golpe de arrojo, las planta y se suma al primer escuadrón francés con el que se encuentra. Un coleccionista de porcelana, en cambio, engaña a una pareja de pimpollos a punto de casarse y, so pretexto de velar su coche, les deja sin gasolina, robándola en beneficio de su propio vehículo. Tanto Maupassant como Némirovsky captan muy bien lo siguiente: tiene más sabiduría de la vida una vulgar bailarina que el más culto burgués, y más reflejos ante el peligro una naturaleza aviesa que otra bienintencionada. Y otra constatación común: es a veces en la más profunda desventura cuando paradójicamente vienen los momentos de dicha más puros. 

En cualquier caso, Némirovsky capta estupendamente cómo en el tumulto de las conflagraciones y de las transmigraciones forzosas, los seres humanos se anonimizan, las individualidades ceden por fuerza o de buen grado los intereses que las mueven, yuna extraña uniformidad se enseñorea de sus conductas. En este estado de cosas, los personajes más inhábiles son tipos como el exquisito escritor Gabriel Corte quien, ante la modesta habitación que le ofrece un hotelero de pueblo, se anda con remilgos de señorito: "¿Sabe usted quién soy? Prefiero dormir en mi coche antes que en esta ratonera", con lo cual él y su pareja pierden una preciosa ocasión de descansar bajo techo. En cambio, personajes como el empleado de banca Maurice Michaud, a pesar del hambre, el cansancio y las preocupaciones, no se sienten nunca demasiado infelices porque no se consideran a sí mismos importantes. Para él, además, el pensamiento de que en todas las épocas se hayan producido largos éxodos, le consuela de su concreta y penosa travesía por los caminos de Francia. En la novela por tanto late aquí y allá la idea de que la guerra, aun siendo terrible, libera a cada cual de las pequeñas servidumbres de la identidad, le deja desnudo ante los peligros, y le da una oportunidad única de fusionarse con sus congéneres, incluso con el pálpito mismo de la vida originaria y profunda. Ahí está como ejemplo el personaje de Jean-Marie Michaud, hijo precisamente del empleado de banca, y que en la convalecencia de sus graves heridas, por lo mismo que no se ve ante un futuro inmediato claro, se deja ir al puro hecho de existir y se deleita en la contemplación de unos potros que trotan alegremente en un pequeño prado. 

La segunda parte de Suite francesa varía sensiblemente el enfoque del relato. Ahora estamos en zona ya firmemente ocupada - en concreto en Bussy-le-Grand, un pueblo cercano a Dijon y no lejano al Vichy de Petain-, y los aldeanos, granjeros y terratenientes (en concreto, los vizcondes de Montfort) han de convivir y confraternizar con los alemanes, albergándolos en algunos casos en sus propias casas. Se conoce que Némirovsky ha leído a Proust porque en su obra también la realidad queda a cien leguas de lo imaginado. Cuando las mujeres francesas ven llegar por primera vez al pueblo a un alemán en motocicleta, esperan ver algo así como una visión del Apocalipsis. Quien llega en cambio es un joven de rostro fino y sonrosado, casi infantil bajo el casco... Sintomáticamente, esta parte de la novela (polarizada en muchos menos personajes) desarrollará el amor culpable pero también emancipador entre una francesa casada y un oficial alemán también casado, amor que el pueblo presencia con distintos grados de condena o connivencia. Una vez más, la tensión sexual puesta en juego en un contexto tan atípico lleva a descubrir a los dos partenaires recursos propios hasta entonces insospechados. 

Notas del natural 
Suite francesa había de tener cinco partes y ser una suerte de Guerra y paz sobre la debacle de Francia en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. La trágica muerte de su autora truncó el proyecto, pero las dos partes que han sobrevivido están enteras y conclusas, poseen una firme cohesión, y exhalan por así decirlo una pululación de vida que las convierte en literatura de la mejor cepa. Estas páginas tienen además una poderosa carga autobiográfica y, más aún, una clara conciencia premonitoria, con la que Némirovsky parece estar adivinando y asumiendo su inminente y dramático final. "No le tenía miedo a nada", dice de su personaje Lucile Angellier (y no cabe duda de que está hablando de sí misma): "Su vacía y cansada alma deseaba oscuramente verse en algún gran peligro". Al final, el torbellino de la historia la engulló como una más de los cientos de miles de víctimas del genocidio judío. Suite francesa por lo tanto, además de ficción pura, es un documento personal y directo del mismo rango que el Diario de Ana Frank o Una mujer en Berlín de autora anónima. La novela está escrita en simultaneidad con las peripecias de la propia autora, que como quien dice no hace otra cosa que tomar notas del natural, del gran desbarajuste que es una guerra, y transmutarlas rápidamente en ficción. Suite francesa se erige así en el testimonio de una mujer de genio que, en medio de la tempestad, elige escudriñar a sus semejantes y tomarse la medida a sí misma.