viernes, 28 de marzo de 2008

La octava víctima

P.D.James y T.A.Critchley
La Octava Víctima
Ediciones B. Narrativa.
Barcelona, oct. 1993
296 Pags.


fragmento [pag 188-189]

Algunos de los peores horrores de las ejecuciones públicas ya habían sido mitigados. Los reformadores habían comprendido que las escenas de violencia, las borracheras y el lenguaje vulgar y obsceno que acompañaban el lento camino del condenado desde la prisión de Newgate hasta Tyburn, despojaban el acto de la ejecución de la adecuada solemnidad; además no fomentaban el respeto por el tremendo castigo de la ley, ni movían a la aceptación piadosa y penitente de su destino en aquellos que iban a ser ahorcados.

Muchos de los criminales más destacados parecían adquirir valor gracias a su notoriedad publica e iban a la muerte emperifollados y arrogantes como si se dirigieran a una boda, arrojando monedas a la muchedumbre. Otros creían adecuado hacer su última aparición envueltos en un sudario. Esto pudiera haber sido una señal de arrepentimiento, pero cabía también la posibilidad de que fuese por la decisión de privar al verdugo al menos de una parte de su botín, es decir, las ropas del condenado, ya que tanto los cuerpos como las prendas de vestir de los criminales ejecutados pasaban a ser propiedad de su verdugo. Parientes y amigos podían adquirirlos si tenían los medios para ello, pero de lo contrario los cuerpos eran vendidos a los cirujanos para que procedieran a su disección.

La negociación entre verdugo y familiares era a menudo dura, sórdida y pública, y algunas veces daba como resultado vergonzosos altercados, en los que el cuerpo era casi literalmente despedazado. Pero el cadáver y sus ropas no eran los únicos componentes del botín del verdugo. Éste podía quedarse tambien con la cuerda, y en caso de un criminal notorio ésta llegaba a rendir hasta un chelín por cada trozo de dos centímetros y medio. Sin la menor duda, la soga de la que hubiese colgado John Williams hubiera aportado como mínimo esta suma y, por otra parte, un joven tan elegante como el indudablemente hubiera hecho su ultima aparición con una indumentaria merecedora de un buen regateo.