viernes, 28 de marzo de 2008

Ulitskaya

¡Bebed y cantad!

La Vanguardia Revista

Ulitskaya reflexiona sobre la convivencia y el arte de ser feliz

MONIKA ZGUSTOVA - 01/10/2003

Una escena: desnudas, cinco mujeres y un hombre, también sin ropa, pululan por un piso del bohemio barrio neoyorquino de Chelsea. Los seis personajes sobreviven al insoportable bochorno veraniego gracias a sus bebidas heladas. Su cóctel les mantiene en un estado de feliz semiconciencia que les permite ignorar –a veces– la grave enfermedad que padece el hombre, Alik. Los seis personajes son, casi todos, emigrantes rusos, personas que se fueron de su país en busca de la libertad. Los seis amigos discrepan sobre casi todo, pero lo que les une irremediablemente es haberse arrancado del suelo donde nacieron para implantarse en tierras extrañas. Otra escena: Han pasado unos días. Los seis personajes desnudos siguen paseando por el piso, el vaso lleno en la mano, pero ahora echan miradas inquietas al televisor. Estamos en agosto de 1991 y en Moscú los militares acaban de dar un golpe de estado. Ese dramático acontecimiento proporciona a los seis emigrados una sensación de unidad, tanto entre ellos mismos como con todo lo ruso que dejaron atrás. Tercera escena: Alik ha muerto. Tras sus funerales, las cinco amigas junto con decenas de conocidos celebran un improvisado banquete en el piso de siempre. Con sus bebidas heladas entre los dedos deambulan por el piso, esta vez con algo de ropa vaporosa, intercambiando opiniones, miradas, sonrisas y gestos. De repente, irrumpe la voz del difunto. Él mismo había grabado unos saludos en una casete para esta ocasión: “¡Estoy aquí con vosotros, muchachos! ¡Bebamos y comamos, como siempre! ¡La vida sigue su curso! ¡Cantad!”

La novela de Ludmilla Ulitskaya, escritora rusa que vive entre Moscú y Nueva York, reflexiona sobre la condición del emigrante, sobre la convivencia de distintas religiones y culturas y, por encima de todo, sobre el arte de ser feliz y transmitir esa sensación a los demás. El pintor Alik, judío ruso de mediana edad con una colita pelirroja, es como un dios panteísta que insufla el alma a todo lo finito y lo temporal, es Orfeo cuyo canto despierta a las ninfas y los pájaros y los peces. Alik es un hombre sin cualidades especiales pero posee un atributo extraordinario: conoce el arte de vivir o, dicho de otro modo, vive, aunque sin medios materiales, de una forma artística. En eso es único, irrepetible.

“Los alegres funerales de Alik” es una buena novela. Algunas pequeñas incongruencias estilísticas me la han hecho aún más entrañable y humana. Y es más: es un libro que infunde optimismo, risa y buen humor. ¿Acaso es poco? ¿Por qué entonces el texto de la contracubierta compara a su autora con Tolstoi y las grandes figuras de la literatura rusa de todos los tiempos? ¿Es que el lector no tiene derecho a pasar un buen rato con una novela sencillamente buena, sin mayúsculas ni signos de exclamación? En vez de tantos gritos de entusiasmo, yo preferiría que la editorial indicara, como es preceptivo, de qué idioma se ha traducido el texto. Lumen nos tenía acostumbrados a un mejor saber hacer editorial.

Con la muerte como motivo central, esta recomendable novela es paradójicamente un canto a los valores esenciales de la existencia: a la amistad, al amor y a la vida.