martes, 1 de julio de 2008

Cómo cambiar tu vida con Proust. 2

Alain de Botton
Como Cambiar Tu Vida Con Proust
Ediciones B. Tiempos Modernos.
Barcelona. 1998.


[Pág. 98 a 101] Tal vez sean significativas las cosas que se pueden aprender de los seres humanos analizando qué es lo que más les fastidia.

A Proust le fastidiaba mucho la forma de expresarse de ciertas personas. Lucien Daudet nos dice que Proust tenía un amigo a quien se le antojaba elegante emplear expresiones inglesas cuando estaba hablando en francés; así, al salir de una habitación decía «goodbye» o, con más llaneza, «bye, bye». «A Proust lo decepcionaba enormemente -refiere Daudet-. Hacía una de esas muecas de dolor e irritación que algunos suelen hacer cuando la tiza chirría en el encerado. « ¡Eso sí que da dentera! ", exclamaba para quejarse de su amigo. » Proust sentía una frustración semejante ante las personas que se referían al Mediterráneo como «el Mar Azul», a Inglaterra como «Albión» o al ejército francés como "nuestros muchachos". Lo sacaba de quicio la gente cuya única respuesta ante una lluvia intensa era «11 pleut des cordes», que decía «Íl fait un froid de canard», cuando hacía frío, o que al referirse a un sordo comentaba: «Il est sourd comme un panier.»

¿Por qué afectaban tanto a Proust estas frases hechas? Aunque el modo de hablar de la gente haya cambiado un tanto desde sus tiempos, no es difícil comprender que los ejemplos anteriores lo son de una expresión oral bastante pobre, aunque si Proust hacía muecas de dolor -o dentera- cabe pensar que sus quejas eran más de orden psicológico que gramatical. («No hay nadie que sepa menos sintaxis que yo», alardeaba.) Hacia 1900, salpimentar una conversación en francés con expresiones en inglés, hablar de Albión en lugar de Inglaterra y del Mar Azul en vez del Mediterráneo, eran síntomas de una aspiración a dárselas de enterado y de listillo, por el medio de recurrir a frases hechas, pero esencialmente carentes de sinceridad y demasiado elaboradas. Para decir «bye, bye» cuando uno se disponía a marcharse no existía otro motivo que las ganas de impresionar echando mano de una moda pasajera, de una artificial querencia por todo lo que tuviera un tufillo a británico. Y aunque muletillas como «Il pleut des cordes» carecieran de la ostentación de un «bye, bye>,., eran sin embargo ejemplos de las acuñaciones más obsoletas, cuyo uso denotaba una escasa o nula preocupación por evocar los detalles específicos de una situación. En la medida en que Proust hiciera muecas de dolor, quedaba clara su defensa de un medio de expresión más honesto y exacto.

Lucien Daudet nos dice de qué forma le cogió el gusto:

"Un día, a la salida de un concierto en el que habíamos oído la Sinfonía Coral de Beethoven, yo iba tarareando algunas vagas notas que, a mi parecer, expresaban la emoción que acababa de experimentar, y con un énfasis que luego comprendí que sólo podía tenerse por ridículo, exclamé: «¡Es un pasaje maravilloso!» Proust se echó a reír. «Pero mi querido Lucien -dijo-, con ese pum, pum, pum no vas a transmitir lo maravillado que te sientes. "¡Más te valdría procurar explicarlo!» En ese momento no me sentí muy feliz, pero es cierto que acababa de recibir una lección inolvidable."

Fue una lección sobre cómo intentar descubrir el nombre exacto de las cosas. Cabe dar por sentado que el proceso suele conducir al fracaso. Experimentamos una sensación y recurrimos a la frase hecha que nos parece más apta para expresarla, pero que no basta para hacer justicia a lo que nos ha inducido a intentar tal cosa. Oímos la Novena de Beethoven y tarareamos pum, pum, pum, vemos las pirámides egipcias y decimos «qué bonito». A esos sonidos les pedimos que den cuenta de toda una experiencia, pero su pobreza impide que tanto nosotros como nuestros interlocutores comprendamos realmente qué hemos experimentado. Nos quedamos fuera de nuestras impresiones casi como si las viésemos a través de una ventana cubierta de escarcha; tenemos con ellas una relación superficial, desvinculados de todo aquello que ha escapado a una definición fortuita. Proust tenía un amigo llamado Gabriel de la Rochefoucauld. Era un joven aristócrata, uno de cuyos antepasados había escrito, en el siglo xvii; un libro famoso, breve y conciso, a quien le agradaba pasar el tiempo en los lugares nocturnos más atractivos de París, hasta el punto de que alguno de sus más sarcásticos contemporáneos lo había rebautizado como «el De la Rochefoucauld de chez Maxim's». Sin embargo, en 1904 Gabriel renunció a la vida noctámbula para dedicarse a la literatura. El resultado de sus desvelos fue una novela titulada El amante y el doctor, que envió a Proust cuando no era más que un manuscrito recién terminado, pidiéndole que se lo comentase y le diera los consejos que considerara oportunos.

«Ten presente que has escrito una espléndida novela, muy convincente sin duda; una soberbia obra trágica, de compleja y consumada maestría artística», indicó Proust a su amigo, quien bien pudo formarse una impresión ligeramente distinta después de leer la muy extensa carta que antecedía a este elogio. Diríase que aquella soberbia obra trágica presentaba algunos problemas, el menor de los cuales no era que estuviera repleta de clichés: «Hay algunos espléndidos paisajes de grandes proporciones en tu novela -explicó Proust con gran delicadeza-, pero en ocasiones uno desearía que estuviesen pintados con más originalidad. Es muy cierto que el cielo parece estar en llamas a la puesta del sol, pero eso es algo que se dice demasiado a menudo, y esa luna que luce con discreción es un poco sosa y falta de brillo.»

Podríamos preguntarnos por qué Proust ponía toda clase de reparos a las frases que se utilizaban con demasiada frecuencia. A fin de cuentas, ¿no luce la luna con discreción? ¿No parece envuelto en llamas un atardecer? ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares?

El problema de los clichés no es que contengan ideas falsas, sino más bien que son la expresión superficial de muy buenas ideas. El sol muchas veces arde cuando se pone, y la luna suele brillar con discreción, pero si seguimos diciendo esto cada vez que vemos el sol o la luna, terminaremos por pensar que ésa es la última palabra que se puede decir al respecto, no la primera. Los clichés van en detrimento de la expresión en tanto nos inducen a pensar que describen de modo apropiado una situación, cuando en realidad suponen un mero arañazo superficial. Y si esto tiene importancia, es porque nuestra forma de hablar está, en definitiva, vinculada a nuestra forma de sentir, ya que la manera en que describimos el mundo tiene que reflejar a ciertos niveles cómo lo experimentamos.