martes, 1 de julio de 2008

Los intelectuales y la izquierda

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Opinión
domingo 13 de febrero de 2000

Sartre o la Izquierda
Por Luis Racionero, Escritor

A raíz de las manifestaciones en Seattle, Francis Fukuyama recordaba por enésima vez los beneficios del liberalismo económico y el sistema de mercado, en tanto que David Apter de Yale y antes en Berkeley, donde le conocí, señalaba al entusiasta Fukuyama los efectos indeseables de la competencia y la necesidad de solidaridad. ¿Es ésta la línea de demarcación entre derecha e izquierda? Supongo que si uno está de parte del sistema de mercado sin ningún tipo de cortapisas ni ideas de solidaridad, eso será la derecha dura, y si uno está por la solidaridad en contra del sistema de mercado, será de izquierda pura. Pero si uno piensa que el sistema de mercado es el menos malo que existe, que el comercio libre es eficaz y que la competencia -aunque injusta a veces- es el mejor incentivo que se conoce, y que para paliar esas desigualdades hay que legislar para la solidaridad hacia una sociedad más justa y con el mínimo de desigualdades, entonces, el que así piensa, ¿es de izquierdas o de derechas? Yo diría que de ambas cosas.

Esto debe ser la dialéctica de la historia en funcionamiento, ya se ha pasado la fase de la tesis -derechas o conservadores- superado la era de la antítesis -izquierda o progresistas- y se ha llegado al momento de la síntesis: derechoizquierdistas o progresivoconservadores. O sea, que estamos en el centro. Excepto los que creen sólo en el mercado y los que lo rechazan completamente, que están aún a los extremos derecho e izquierdo.

Tengo para mí que sin ideologías no hay partidos de derechas o izquierdas: cuando los anarquistas proponían una sociedad sin Estado, los socialistas la propiedad estatal de los medios de producción, los comunistas eso más economía planificada, los liberales las teorías de Adam Smith y John Stuart Mill, los conservadores las de Joseph de Maistre, cada grupo estaba no sólo sustentado sino también demarcado por una ideología. Ahora si gobernasen los comunistas no impondrían un plan quinquenal, si lo hiciesen los socialistas no nacionalizarían, los liberales mantendrían el Estado de bienestar y los conservadores el impuesto progresivo. De modo que, en esta síntesis, los partidos se diferencian por las personas que los componen y sus programas, que son muy similares, se valoran por el grado de confianza que despiertan esas personas. Cada vez más se vota personas, no ideologías, porque no las hay.

Por ello resulta difícil comprender la incapacidad de cambiar el voto que demuestran ciertas personas. Si uno no va a cambiar el voto en su vida, en vez de elecciones es mejor hacer un censo, donde se dan de alta de por vida los miembros de cada partido. Como su nombre indica, en las elecciones se elige y ello implica la capacidad y la necesidad de cambiar el voto según las circunstancias, que son parámetros como la situación económica mundial, la gestión realizada, la competencia de las personas, la continuidad de un programa. Si hay gente que nace en un partido y no es capaz de cambiar el voto, mal asunto para la democracia.

Esta rigidez congénita suele venir de un reflejo condicionado respecto a las palabras derecha e izquierda. Basta decir que un partido es de derechas para que, sin ulterior evaluación, una serie de gente no le vote, aunque los supuestos partidos de izquierdas no lo sean realmente, ni valgan más que la supuesta derecha. Simétricamente, ciertos grupos sociales, como por ejemplo los intelectuales, están obligados a votar izquierda. Pase lo que pase, los intelectuales hemos de ser «de izquierdas». Esto me parece gravísimo porque es una situación fascista: si los intelectuales no podemos cambiar de voto, ¿dónde está la democracia? ¿No somos los intelectuales quienes debemos, con mayor razón, salvaguardarla?

Esta paradoja viene del postulado: la izquierda tiene siempre razón, haga lo que haga, porque desea el progreso y la solidaridad, mientras que la derecha no. Esto quizás valía hace cien años, ahora hemos visto que esos objetivos los mantienen unos y otros, de modo que ambos son igualmente respetables. Ejemplo patente de esta autosuficiencia de la pretendida izquierda fue la frase de Sartre dirigida a Raymond Aron: «Tous les anticommunistes sont des chiens», afirmación que resulta paradójica en un pensador de su nivel, el último filósofo que ha intentado -sin éxito-construir un sistema. Y es que los tiempos no están para sistemas, como no están para ideologías, porque el cambio es tan acelerado que los conceptos están turbios por la mutación no conclusa. En este flujo nada puede sistematizarse hasta que las cosas se asienten y se parezcan a sí mismas durante un tiempo suficiente para estructurarlas u ordenarlas. No sabemos, por ejemplo, si la obra de Sartre va a caer hacia el ser o hacia la nada, pero su concepto de que la existencia precede a la esencia me parece muy útil en esta época de cambio, tanto como inútil y dañino su concepto de la náusea.

En todo caso su estalinismo, marxismo o castrismo irreflexivos, fanáticos y faltos de sentido crítico, porque «todos los anticomunistas son unos perros», dejaron de Sartre una imagen confusa, si no patética. En teoría y en el fondo el comunismo tiene razón, también los primeros cristianos se querían comunistas, pero formulado con el determinismo marxista -lo que Popper llama historicismo- el comunismo lleva a usar el individuo como medio en vez de respetar sus libertades. Yo hubiese preferido que el marxismo se hubiese probado en Suiza o Suecia en vez de en Rusia, pero, tal como ha resultado, incluso en China, ha quedado a la altura del fascismo, pese a que, en teoría, se proponía lo mejor para el pueblo. ¿Por qué los intelectuales europeos se negaron fanáticamente a ver el lado fascista del comunismo? ¿Por qué Sartre murió sin querer ver lo que en 1920 ya señaló Bertrand Russell y en 1940 Arthur Koestler? Porque para los intelectuales de menor categoría que Russell o Koestler, con decir izquierda basta, la izquierda siempre tiene razón, lo cual es confundir un juicio de valor ético, seguramente cierto, con un proceso real inhumano, ineficaz y autoritario.

¿Qué se puede hacer después de la caída del Muro de Berlín? Armonizar las posturas de lo que antes eran derecha e izquierda para tener esa síntesis que es el centro, hasta que no demos con un sistema mejor como alternativa.