viernes, 21 de noviembre de 2008

El Franco de Paul Preston

Franco. El gran manipulador

A lo largo de su vida Franco se dedicó a reescribir su historia y a construirse una imagen de héroe abnegado. Su astucia política le llevó ya desde sus tiempos de África a descubrir el valor de la utilización de la prensa
PAUL PRESTON

La mejor pista para descifrar el enigma que fue Franco se encuentra en el propio enigma. Franco creó durante toda su vida el misterio, a base de reescribir constantemente su propia historia. En los primeros tiempos, esa actitud era síntoma de inseguridad: más adelante, una forma de confundir a quienes rivalizaban con él por el poder. Incluso es posible que, en lo que respecta a la muerte de cientos de miles de sus compatriotas durante la guerra civil y la represión de los años cuarenta, reflejara el deseo de exonerarse de responsabilidad. El caso es que, en cuanto pudo empezar a influir en la percepción que la gente tenía de él, Franco adoptó la imagen desmesurada de sí mismo que construía su propia propaganda. Su afición a compararse con los grandes héroes guerreros y los constructores del imperio en la historia de España, sobre todo el Cid, Carlos V o Felipe II, se convirtió en un hábito sólo en parte derivado de leer su propia prensa o escuchar los discursos de sus partidarios. Franco disfrutaba con las disparatadas exageraciones de su propaganda. A lo largo de toda su vida se dedicó a reescribir periódicamente su historia.

El mejor ejemplo es su obra Raza. Anecdotario para el guión de una película, inequívocamente autobiográfica. En la novela, y en la película posterior, la creación del protagonista, un marino heroico, le sirvió para sustituir a su verdadero padre y construir un personaje central de romanticismo desenfrenado, capaz de plasmar sus fantasías y reparar las frustraciones de su vida. Raza no fue más que la manifestación más extrema y caprichosa de los incansables esfuerzos de Franco para crear un pasado perfecto. Y, como su diario de guerra de 1922, proporciona elementos inestimables que permiten conocer mejor su psicología. En sus textos diseminados y sus miles de páginas de discursos, en los fragmentos de sus memorias inacabadas y en incontables entrevistas de prensa, adornó constantemente el papel que había desempeñado y las cosas que había dicho en incidentes concretos, se las arregló siempre para quedar de la mejor manera posible y suministró la materia prima necesaria para garantizar que cualquier biografía fuera una hagiografía. La persistencia de tantas leyendas favorables da fe de hasta qué punto consiguió manipular los medios de comunicación.

El proceso comenzó tan pronto como sus aventuras en África empezaron a llamar la atención de la prensa. El joven comandante descubrió enseguida un talento para la manipulación que puso en práctica con los periodistas. Logró convertirse en figura nacional por su papel como jefe de las operaciones de la Legión tras la derrota de Annual en julio de 1921. La prensa gallega pronto elogió "la sangre fría, la audacia y el desdén por la vida" de "nuestro querido Paco Franco", después de un incidente en el que Franco liberó un blocao sitiado con la única ayuda de 12 voluntarios. A la prensa le encantó saber que, a la mañana siguiente, Franco y sus 12 voluntarios había regresado llevando "como trofeos las cabezas ensangrentadas de 12 harqueños". Franco comenzaba de esa forma una dedicación a labrar su imagen pública muy reveladora del alcance de su ambición. La prensa empezó a interesarse por él. En las entrevistas, los discursos que pronunciaba en banquetes celebrados en su honor y en los textos que publicaba, empezó a proyectar de forma consciente la imagen del héroe abnegado.

Poco después de recibir de Millán Astray el mando de la Legión, el comandante Franco recibió un telegrama de felicitación del alcalde de El Ferrol. En medio del fragor de la batalla tuvo tiempo de enviar una respuesta aparentemente humilde: "La Legión se honra con su felicitación. Yo sólo cumplo con mi deber de soldado" (El Correo Gallego, 19 de octubre de 1921). Una frase típica de la imagen que Franco tenía de sí mismo en aquella época, la del oficial valiente pero modesto, al que sólo le interesaba su deber. Era una imagen en la que creía de forma implícita y que hizo notables esfuerzos para proyectar públicamente. Al salir de una audiencia con el rey a principios de 1922, dijo a los periodistas que el rey le había abrazado y le había felicitado por su éxito al mando del Tercio en ausencia de Millán Astray: "Lo que se ha dicho de mí ha sido algo exagerado. Yo sólo cumplí con mi deber. Los soldados son unos verdaderos valientes. Con ellos puede irse a cualquier parte". Sería un error pensar que, cuando Franco hablaba así, sólo daba muestras de su cinismo. No hay duda de que el joven comandante se veía a sí mismo, sinceramente, en la imagen propia de Beau Geste que mostraba su diario. No obstante, su conducta en las entrevistas periodísticas -y el hecho de que a finales de 1922 publicara su Diario de una bandera y regalara ejemplares de él- indica que era consciente del valor de una presencia pública en la deseada transición de héroe a general.

 
La cruz que corona la basílica
del Valle de los Caídos, 
en Madrid (R. Cancio)

Franco cultivaba activamente su imagen pública. Las informaciones sobre sus hazañas en la prensa nacional contribuyeron a convertirlo en héroe nacional, "el as de la Legión". Un buen ejemplo es el perfil, enormemente halagador y revelador, que ofrecía una entrevista concedida al novelista y periodista catalán Joan Ferragut. Constituye un retrato de Franco en un momento en que, con el matrimonio a la vuelta de la esquina, el heroísmo empezaba a dejar paso a una ambición más calculada. En el perfil de Ferragut todavía se puede oír la voz del hombre deseoso de acción que pronto desaparecería del repertorio de Franco. Sin embargo, el patriotismo y el heroísmo romántico estereotipados de muchas de sus frases indican que el personaje del intrépido héroe del Rif no era totalmente natural ni espontáneo. Hay un elemento de afectación en las respuestas de Franco que indican un empeño consciente en construir la imagen pública de patriota abnegado. "¡Pero si yo no he hecho nada!" -exclama como asombrado-. "Los peligros son menores de lo que cree la gente. Todo se reduce a aguantar un poco". "¿Cuál ha sido el día que más emoción le ha causado en esta campaña?". "Yo recuerdo siempre el día de Casabona, tal vez el más duro de esta guerra... Aquel día fue el que vimos lo que era la Legión... Los moros apretaron de firme y llegamos a combatir a veinte pasos. Íbamos una compañía y media y nos hicieron cien bajas... Caían a puñados los hombres, casi todos heridos en la cabeza y en el vientre, y ni un solo momento flaqueó la fuerza... Los mismos heridos, arrastrándose, ensangrentados, gritaban: '¡Viva la Legión!'... Viéndoles tan hombres, tan bravos, yo sentía que la emoción me ahogaba... Ése ha sido el día mejor para mí de esta guerra". "No sé... El valor y el miedo no se sabe lo que son... En el militar, todo eso se resume en otra cosa: concepto del deber, patriotismo".

En el verano de 1923 ascendió a teniente coronel para hacerse cargo del mando de la Legión. El 10 de junio de 1923, La Voz de Asturias dedicaba toda la primera plana a su ascenso y sus triunfos. Franco concedía una larga entrevista en la que se proponía dar de sí la imagen del ideal público de joven héroe vistoso, galante y, sobre todo, humilde. Expresaba una sorpresa muy teatral ante la atención que se le prestaba. "Ahí" -interrumpe prontamente, adivinando sin duda el elogio que brotaba en nuestros labios-, "ahí hice lo mismo que todos los legionarios hicieron; luchamos con entusiasmo, con deseos de vencer, y vencimos". "Sí, es verdad que mis muchachos me quieren mucho". "¿Planes?... Los acontecimientos serán los que manden; repito que yo soy un simple soldado que obedece. Iré a Marruecos, veré cómo está aquello, trabajaremos con ahínco y, en cuanto pueda disponer de un mesito, a Oviedo me volveré para... para realizar lo que ya daba casi por realizado, lo que el deber, imponiéndose a todo sentimiento, aun los que arraigan en el fondo del alma, me impide ahora realizar... Al llamamiento que la Patria nos haga, nosotros sólo tenemos una rápida y concisa contestación: ¡Presente!".

Después de que Franco ascendiera a general de brigada, en febrero de 1926, dejó de ser centro de tanta atención periodística. No obstante, su nombramiento como director de la Academia General Militar de Zaragoza, en 1928, le transformó en una figura pública de cierta importancia. A finales de mayo de 1928, la revista Estampa, predecesora de ¡Hola!, entrevistó a Carmen Polo y su marido. Al preguntarle si estaba satisfecho de ser lo que era, Franco replicó, en tono sentencioso: "Estoy satisfecho de servir a mi patria al máximo". Al preguntarle cuáles eran los tres mejores momentos de su vida, Franco respondió: "El día que desembarcó el Ejército español en Alhucemas, el instante de leer que Ramón había llegado a Pernambuco y la semana que nos casamos". El hecho de que el nacimiento de su hija Carmen no figurase en la lista indica que estaba más ansioso por proyectar una imagen de patriotismo libre de emociones poco viriles. Luego le preguntaban cuál era su mayor ambición, y él revelaba que era "que España vuelva a ser todo lo grande que fue antaño". Al inquirir si era un hombre político, Franco replicaba con firmeza: "Soy militar", y declaraba que su deseo más ferviente era "pasar en todo momento desapercibido. Yo agradezco mucho ciertas manifestaciones, pero puede imaginarse lo molesto que resulta al cabo sentirse frecuentemente contemplado y comentado".

 
Franco, con José Millán Astray, 
en el acto fundacional de la legión.

Con la llegada de la República, el uso de la prensa por parte de Franco se hizo mucho más defensivo. El 18 de abril de 1931, Abc publicó una carta cuyo texto le había preparado su cuñado, Ramón Serrano Súñer. Habían corrido rumores de que quizá le hicieran alto comisario de Marruecos, uno de los puestos más deseables del Ejército. En la carta, él negaba que le hubieran hecho una oferta de ese tipo, para distanciarse del nuevo Gobierno republicano, y decía que "ni el Gobierno provisional ha podido pensar en ello, ni yo había de aceptar ningún puesto renunciable que pudiera por alguien interpretarse como complacencia mía anterior con el régimen recién instaurado o como consecuencia de haber podido tener la menor tibieza o reserva en el cumplimiento de mis deberes o en la lealtad que debía y guardé a quienes hasta ayer encarnaron la representación de la nación en el régimen monárquico".

A partir de entonces, Franco estuvo demasiado ocupado sobreviviendo y, después, conspirando contra la República, para preocuparse por construir una imagen. Sin embargo, cuando comenzó la guerra civil, su sentido instintivo del valor de la prensa volvió a serle útil. No hay duda de que el ascenso de Franco al poder en la zona nacional se basó en sus indiscutibles cualidades y triunfos militares y en su astuto e implacable empeño en ser Generalísimo y posteriormente Caudillo. Para este último fin, su manipulación de la prensa mundial iba a tener una importancia fundamental. Por su gran reputación de ser uno de los oficiales mejor preparados y más competentes del Ejército español, su decisión de unirse al alzamiento en Marruecos sirvió para levantar la moral de los rebeldes en todas partes. Asimismo, su contagiosa "fe ciega" en la victoria y su capacidad de inventiva ante las dificultades ayudó a los rebeldes a superar los reveses de los primeros días. Franco destapó su ambición cuando, al morir Sanjurjo, dio por sentado que él pasaba a ser el jefe de la rebelión e informó de ello a alemanes e italianos.

La primera gran aportación de Franco a la causa nacional fue su solución al problema de transportar al Ejército de África a la Península, después de que el amotinamiento de la flota dejara el Estrecho en manos de la República. Franco recurrió a la revolucionaria idea de que el Ejército cruzara el Estrecho por aire y rompiendo el bloqueo en el mar. Ante las enérgicas dudas de sus ayudantes, decidió enviar un convoy de tropas por mar desde Ceuta. Fue una de las pocas ocasiones en las que Franco, el planificador precavido y meticuloso, asumió un riesgo lleno de audacia. La prensa internacional y la prensa española nacional recibió comunicados en los que se le calificaba de comandante en jefe de las fuerzas nacionales. Fue un factor esencial a la hora de obtener el apoyo de las potencias del Eje. Y tampoco se olvidó de la influencia que la prensa podía tener en la moral de sus enemigos republicanos. Así quedó claro en una entrevista concedida al periodista norteamericano Jay Allen en Tetuán, el 27 de julio, en la que se le presentaba como "jefe de los facciosos españoles". Cuando Allen le preguntó: "Ya que el golpe de Estado ha fracasado, ¿cuánto tiempo va a continuar la masacre?", Franco contestó, tranquilamente: "No puede haber concesiones ni tregua. Yo continuaré preparando el avance sobre Madrid, avanzaré y tomaré la capital" -gritó-. "Salvaré España del marxismo al precio que sea". "Le pregunté si no se había llegado a un punto muerto. Me miró francamente sorprendido y dijo: 'No, ha habido obstáculos. La deserción de la flota fue un golpe, pero continuaré el avance. Pronto, muy pronto, mis tropas habrán pacificado el país, y todo esto (el general movió la mano señalando hacia España) pronto parecerá una pesadilla". "Mi pregunta: ¿Eso significa que tendrá usted que fusilar a media España? El general Franco sacudió la cabeza y, sonriendo, dijo: 'Repito, cueste lo que cueste.".

Para Franco, la lucha por el poder en el futuro era tan importante como la posible victoria. Tanto Franco como Mola consideraban evidente que, para librar eficazmente la guerra, eran necesarios un solo mando militar global y algún tipo de aparato diplomático y político centralizado. Franco ya había creado un equipo dedicado a ese fin. Además, pronto iba a inclinar la balanza por completo al desviar sus columnas africanas hacia Toledo para liberar el Alcázar sitiado, pese a las repercusiones militares de permitir que Madrid organizara su defensa. Para él era más importante alimentar su posición política mediante una victoria emocional y un gran golpe propagandístico que una rápida derrota de la República. Si Franco hubiera avanzado sobre Madrid inmediatamente, no le habría dado tiempo a consolidar su posición política de manera irrevocable. A petición suya, el 21 de septiembre se celebró, cerca de Salamanca, una reunión de la Junta de Defensa Nacional junto con otros generales nacionales, para resolver la cuestión del mando único. Escogieron a Franco convencidos, en aquel momento, de que con ello se limitaban a garantizar la unidad de mando necesaria para la victoria y la ponían provisionalmente en sus manos. El general dio un paso más con el golpe propagandístico de la liberación del Alcázar el 27 de septiembre. Dos días después recrearon la operación para la prensa y los noticiarios de todo el mundo, cuya presencia se había prohibido el día de la acción real. Cuando le designaron "Jefe del Estado", el título completo, Jefe de Gobierno del Estado Español, y la puntualización "mientras dure la guerra" desaparecieron de los comunicados de prensa.

La realidad la creó el poder de la prensa, más que el acuerdo entre los generales. Se utilizaron los medios de comunicación para elevar la figura del Caudillo. Su primer jefe de prensa y propaganda fue el general José Millán Astray, que dirigía la oficina de prensa como si fuera un cuartel militar: obligaba a los periodistas a alinearse cuando tocaba el silbato y les sometía a arengas disparatadas como las que le habían hecho famoso en la Legión. Se hizo uso de la prensa y los carteles para forjar una aparente similitud entre Franco y el Cid. Colaboradores como Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero y Fermín Yzurdiaga ayudaron a crear una iconografía que equiparaba la guerra contra la izquierda y las regiones con la reconquista de España de manos de los moros. También se aprovechó para propósitos nefandos como la falsificación de lo que había ocurrido en realidad en Gernika.

Sin embargo, sería absurdo sugerir que Franco era todo imagen, sin nada de sustancia. Al asegurarse la ayuda del Eje, prácticamente garantizó el triunfo, pero su empeño también fue esencial para la victoria de los nacionales. Tenía la capacidad -la misma que tiene un buen entrenador deportivo- de mantener la moral de sus seguidores en ebullición. Durante la guerra civil, en los momentos más negros para los nacionales, levantaba mentes y espíritus con afirmaciones categóricas de lo que denominaba su "fe ciega". Su serenidad quedó patente repetidas veces con su extraordinaria capacidad de capear temporales en su contra, en los momentos más difíciles de aislamiento internacional al acabar la II Guerra Mundial y durante la guerra fría, cuando él aguantaba sin inmutarse mientras sus consejeros estaban convencidos de que se avecinaba el fin. Esta sangre fría se reflejó en su indiferencia ante las protestas sobre las atrocidades cometidas en las zonas controladas por él durante la guerra civil. El alcance de la represión en la guerra y durante los años cuarenta sorprendió a fascistas italianos como Ciano y Farinacci, e incluso a Himmler. La crueldad de Franco la facilitaban aún más su falta de imaginación y su convencimiento de que era un Cid contemporáneo que había salvado a su nación. A Franco le encantaba la coreografía pseudomedieval que caracterizaba muchas ceremonias públicas en las que participaba. La representación generalizada de Franco como rey guerrero (rey caudillo) le excitaba personalmente y, al mismo tiempo, era crucial para lo que pasaba por ideología en su dictadura. En cuadros y carteles, en las ceremonias de su régimen, se creó la impresión de que Franco era omnipotente y capaz de verlo todo, mediante la proyección de una imagen de santo cruzado al que Dios había confiado una misión.

Franco salió de la guerra civil con mayores poderes -al menos en teoría- que Felipe II. Y así como antes se había presentado como un cruzado medieval que iba a reconquistar España de manos de los moros, en un paso previo a la construcción de un gran imperio mundial, ahora empezó a considerarse semejante a un gran constructor de imperios como Carlos I o Felipe II. La única forma de lograrlo era subirse al carro de Hitler. Fue una suerte para Franco que el Führer no estuviera preparado para concederle el imperio francés en el norte de África, reconstruir el Ejército español y emprender la reconstrucción económica del país. La derrota de Hitler en 1945 significó el final de lo que, hasta ese momento, había sido una cadena casi ininterrumpida de triunfos para Franco. Pero él siempre fue el supremo pragmático. No tenía ninguna visión ideológica de largo alcance que le limitara en sus decisiones, como les había ocurrido a Hitler y Mussolini. No consideró necesario morir en las ruinas del búnquer.

Franco decidió aguantar la hostilidad de los aliados y lo hizo con un grado de astucia e intuición que hace imposible dudar de su extraordinaria inteligencia política. Durante la llamada noche negra del franquismo, su círculo inmediato de colaboradores temió que llegara el fin de su poder, pero Franco decidió que lo mejor que podía hacer era reescribir la historia de su papel en la II Guerra Mundial. Después de casi 10 años de estar sometido a la adulación diaria, era incapaz de ver las contradicciones entre sus necesidades políticas personales y las de España. Desechó las críticas extranjeras contra su persona y dijo que eran obra de una conspiración masónica contra España. Durante la guerra fría hizo de la prensa una utilización vergonzosa, como instrumento para su supervivencia y para sus caprichos políticos. Se insistió a diario en la noción de que Franco -el hombre que con tanta diligencia había cortejado a Hitler- había salvado personalmente a España de la II Guerra Mundial. Y el ostracismo internacional provocado por su adhesión al Eje se presentó como un perverso asedio internacional motivado por la envidia de los demás países debido a lo que él había hecho por España. La nueva imagen pasó a ser la del heroico comandante de Numancia. Era incapaz de concebir que el descontento de otras personas pudiera tener una explicación objetiva, sino que lo consideraba obra de agitadores comunistas extranjeros y siniestros francmasones. Este alejamiento de la realidad le daba a Franco una confianza total en sí mismo, sin ningún viso de autocrítica. La convicción de que siempre tenía razón le proporcionaba la flexibilidad necesaria para adaptarse sin cesar a los cambios de las circunstancias nacionales e internacionales.

El éxito en esa tarea culminó con la firma del Concordato con el Vaticano y el pacto con Estados Unidos de 1953. En la cima de su poder, Franco empezaba a forjar una nueva imagen, una nueva máscara: la de padre del pueblo, un papel que, con el paso de los años, se transformaría en la del bondadoso abuelo del pueblo. Sin embargo, a mitad de los años cincuenta, Franco no sólo no había logrado hacer realidad sus sueños imperiales, sino que, al contrario de lo que decía la propaganda del régimen, gobernaba un proceso de empobrecimiento nacional gracias a la política económica de la autarquía. En 1957 era evidente que España estaba al borde de la bancarrota. Franco tenía 65 años, una edad en la que la mayoría de la gente piensa en la jubilación. La dimensión y la complejidad de los problemas económicos de España empujaron a Franco a reconocer que hacían falta mentes más expertas que la suya. En consecuencia, ante el temor de que volviera el gasógeno a las calles españolas, Franco entregó el gobierno cotidiano y concreto del país, muy a su pesar, a los tecnócratas. Ése fue el momento en el que, en la práctica, Franco se retiró del puesto de jefe de Gobierno ejecutivo, para asumir un nuevo papel, mucho más ceremonial, como jefe de Estado. A partir del final de los años cincuenta pudo abandonar gran parte de las preocupaciones del Gobierno y dejó la administración del día a día en manos del almirante Luis Carrero Blanco y su equipo de tecnócratas. Él se quedó con numerosas obligaciones rutinarias que cumplía al estilo de un monarca: recibir a numerosas personas en audiencia, inaugurar obras públicas, presidir las reuniones de los consejos de ministros y asistir a servicios religiosos. Mientras otros se encargaban de las complejas tareas diarias de gobierno, Franco dedicó el resto de su vida a cazar, pescar, ver cine, televisión y fútbol, hacer quinielas y trabajar en el gran proyecto político que le quedaba: la preparación del posfranquismo, una monarquía franquista en la que él iba a escoger a su sucesor.

Por encima de todo siguió siendo intensamente consciente de la importancia de la imagen. Da la impresión de que se creía su propia propaganda. Aunque, por otro lado, su astucia parece contradictoria con semejante desconocimiento de sí mismo. En una ocasión le dijo a Ernesto Giménez Caballero: "Usted no ha sido nunca ministro conmigo, ¿verdad, Giménez?". El famoso surrealista, con la sensación de que se aproximaba un ascenso, se apresuró a responder: "No, excelencia". Franco replicó con maliciosa tranquilidad: "¿Y por qué será eso?". Éste es el contexto en el que hay que valorar las frecuentes afirmaciones de Franco de que no era un dictador. Era capaz de juzgarse benévolamente a sí mismo con total sinceridad, convencido, en cierto modo, de que el hecho de que dejase hablar a sus ministros en las reuniones del Gabinete compensaba con creces el Estado del partido único, la censura, los campos de concentración y la maquinaria del terror. Además, las decisiones que consideraba verdaderamente importantes las tomaba, muchas veces, al margen del Consejo de Ministros. Dado que podía leer a diario, en la prensa del movimiento, que era el salvador de España, amado por todos menos por los siniestros agentes de las fuerzas ocultas, no es de extrañar que Franco no se considerase un dictador.

Esa opinión la facilitaba aún más el hecho de que Franco tenía una autocomplacencia que le permitía distanciarse, con absoluta sinceridad, de las consecuencias de sus acciones. Durante la II Guerra Mundial hubo muchas ocasiones en las que sencillamente no estaba para nadie, huía de las responsabilidades del Estado y se iba a cazar o pescar. Así ocurrió durante los días cruciales de la invasión alemana de Rusia en junio de 1941. O durante las primeras horas de la Operación Antorcha, a comienzos de noviembre de 1942, cuando el embajador estadounidense, Hayes, informó al ministro de Asuntos Exteriores, Jordana, de que los aliados no tenían intenciones hostiles respecto a España. Esa misma actitud pudo verse en su forma de abordar la lucha interna por el poder en los años cuarenta. Cuando los militares se le quejaban, él -jefe nacional de FET y de las JONS- hacía caso omiso y decía que "con estos falangistas nada se puede hacer"; o decía -él, que era generalísimo de los ejércitos- a Ramón Serrano Súñer que diversas sugerencias eran imposibles porque "con estos militares no se puede hacer nada". Es conocida la historia de que, cuando su amigo el general Agustín Muñoz Grandes se interesó por el destino del general Campins, en otro tiempo compañero suyo de estudios en la Academia Militar de Zaragoza, Franco contestó: "Le fusilaron los nacionales", como si él no hubiera tenido nada que ver en el asunto.

La notable falta de una memoria popular duradera sobre el Caudillo es un indicio de la pérdida de relevancia que fue teniendo un Franco cada vez más enfermo durante los últimos años de la dictadura. Un ejemplo es este incidente de 1968 en Santander. Después de una reunión para informar sobre asuntos ministeriales, un miembro del Gabinete le pidió que le firmara una fotografía en la que aparecían ambos, junto a otros ministros. Franco aceptó, se puso las gafas, cogió una pluma y vaciló, miró al ministro y le preguntó: "¿Cómo se llama usted?". Se dice que, a principios de los años sesenta, muchas veces no podía recordar a figuras importantes del régimen y que, cuando le preguntaba a su mujer, doña Carmen le respondía: "Sí, Paco, ¿no te acuerdas? Ése que le hicimos ministro en el año tal". El olvido colectivo del Caudillo es además, sobre todo, consecuencia del desarrollo que ha experimentado España desde 1975. En el año 2000, Franco sigue siendo un personaje contradictorio que, para la mayoría de los jóvenes españoles, parece pertenecer a un lejano pasado histórico.