sábado, 29 de noviembre de 2008

Ensayos de diferentes épocas

HISTORIA Y EVOLUCIÓN
DEL ENSAYO ESPAÑOL Y LA PRENSA
I

Juan Ginés de Sepúlveda (1490 – 1573)[1]

 Diálogo sobre las justas causas de la guerra contra los indios[2]

Bien puedes comprender, ¡oh Leopoldo!, si es que conoces las costumbres y naturaleza de una y otra parte, que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas, de los prodigiosamente intemperantes a los continentes y templados, y estoy por decir que de monos a hombres... ¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo; de torpes y libidinosos, en probos y honrados, de impíos y siervos de los demonios, en cristianos y adoradores del verdadero Dios?... Por muchas causas, pues, y muy graves, están obligados estos bárbaros a recibir el imperio de los españoles conforme a la ley de naturaleza, y a ellos ha de serles todavía más provechoso que a los españoles, porque la virtud, la humanidad y la verdadera religión son más preciosas que el oro y que la plata. [...] La justa guerra es causa de la justa esclavitud, la cual contraída por el derecho de gentes, lleva consigo la pérdida de la libertad y de los bienes.

II

Bartolomé de las Casas (1484-1566)
Brevíssima relación de la destruyción de las Indias (1522)

La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días, e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber, por la insaciable cudicia e ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices e tan ricas, e las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a subjectarlas; a las cuales no han tenido más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima (hablo con verdad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como a bestias las hobieran tractado y estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas. Y así han curado de sus vidas e de sus ánimas, e por esto todos los números e cuentos dichos han muerto sin fe e sin sacramentos. Y ésta es una muy notoria e averiguada verdad, que todos, aunque sean los tiranos e matadores, la saben e la confiesan: que nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los tuvieron por venidos del cielo, hasta que primero muchas veces hobieron recebido ellos o sus vecinos muchos males, robos, muertes, violencias y vejaciones dellos mesmos. [...] De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras: pusiéronse en armas que son harto flacas e de poca ofensión e resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas e aun de niños); los cristianos con sus caballos y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas [...] Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca, pegándoles fuego así los quemaban. Otros y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: "Andad con cartas", conviene a saber, lleva las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas. [...] Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas. Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y

capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que los indios matasen, habían los cristianos de matar cien indios.

III

Juan de Zabaleta (1600-1667)

Las mujeres poetisas

No hay, en fin, sustancia en la poesía; nada de cuanto dice importa nada. Como música deleita, como ignorancia ofende. Las cadencias hacen gusto, las palabras hacen enfado. La necesidad de los números y de las consonancias obliga a introducir muchas voces o sobradas o forzadas o impropias. El oficio de la poesía es fingir lo que es o figurar lo que es, de tal manera que quede en otra especie. La mentira, de mentira a fuera, es nada. Nada es la poesía en apartándola de los números. Algunas veces quiere ser algo y, entonces, es algo malo, es sátira o lisonja. La sátira es murmuración y toda murmuración es vileza. Son los poetas satíricos unos testigos falsos que, donde no hay delito, lo ponen, y donde hay delito, ponen más delito. ¡Infame defecto! La lisonja es tan dañosa que hace de los entendidos bobos y de los bobos locos. El entendido, a quien alaban de lo que no tiene, bien sabe él que no tiene aquella perfección de que le alaben, pero se emboba de suerte con la dulzura del sonido que se alegra de que le alaben, como si la tuviera. El bobo, a quien la lisonja ensalza, cree cuanto le dice la lisonja y vuélvese loco. De manera que la poesía, si no alaba o vitupera, no es nada, y si alaba o vitupera, es perniciosa.

Juntemos, pues, ahora las propiedades de la poesía con los defectos y propensiones de una mujer y veremos lo que resulta. Miedo me da pensarlo. En la poesía no hay sustancia, en el entendimiento de una mujer tampoco: muy buena junta harán entendimiento de mujer y poesía. La necesidad de las proporciones obliga a poner en la poesía muchas palabras o impropias o forzadas o sobradas. La mujer, por su naturaleza, no sabe poner nada en su lugar; mírense cuál estarán sus palabras en las dificultades de la poesía. El oficio de la poesía es fingir, el ansia de la mujer es maquinar; darle por obligación la inclinación es acabar de echarla a perder. Cuando la poesía es sátira, es murmuración, es chisme. La mujer naturalmente es chismosa; si la añaden la vena de poeta, no parará de hacer sátiras con que ande chismando al mundo las faltas ajenas. Cuando la poesía es lisonja, es estrago de los entendimientos. Lisonja en labios de mujer hace más daño que lisonja; porque de un hombre se puede presumir que inventa las perfecciones que pinta, pero de una mujer, como es menor su capacidad, se piensa que pinta las perfecciones que halla. De donde se colige que, si la lisonja ordinaria hace de los entendidos bobos, y de los bobos locos, ésta hace locos de entrambos, porque entrambos la creen muy aprisa. De suerte que la mujer que es poeta jamás hace nada, porque deja de hacer lo que tiene obligación, y lo que hace, que son versos, no es nada. Habla más de lo que había de hablar, y con más defectos y superfluidades. Añade otra locura a su locura. De día y de noche está maquinando disparates que, sobre los que ella había de maquinar, hacen desatinadísimo tropel de quimeras. Si alguien la ofende, no cesa de hacerle sátiras. Si ha menester a alguien, le enloquece o le emboba a lisonjas. Esto hace una mujer que hace versos: ¡buena debe de andar su casa! Mas, ¿cómo ha de andar casa donde, en lugar de agujas, hay plumas y en lugar de almohadillas, cartapacios? Yo apostaré que una mujer déstas, las sábanas que rompe de noche buscando, a vuelcos, los conceptos, no las remienda de día por escribir los conceptos que buscó entre las sábanas y leérselos a sus conocidos. También apostaré que, si estando escribiendo ve que se le cae un hijo en la lumbre, por no levantar la pluma del papel, le socorre tarde o no le socorre. ¡Fuego de Dios en ella!

La mujer poeta es el animal más imperfecto y más aborrecible de cuantos forman la naturaleza, porque no hay animal de tantas tachas que no sea bueno para algo, sola ella no es buena para cosa desta vida. Esto asentado, veamos ahora, por qué alaban a Erina, Propercio y Ravisio. Claro está que porque hacía versos. Por lo que ellos la alaban, si me fuera licito, la quemara yo viva. A1 que celebra a una mujer por poeta, Dios se la dé por mujer, para que conozca lo que celebra.

Juan de Zabaleta, Errores celebrados, 1653

IV

Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)

Vox populi, vox dei (Voz del pueblo, voz de Dios)

Aquella mal entendida máxima, de que Dios se explica en la voz del pueblo, autorizó la plebe para tiranizar el buen juicio, y erigió en ella una potestad tribunicia, capaz de oprimir la nobleza literaria. Es éste un error de donde nacen infinitos; porque asentada la conclusión de que la multitud sea regla de la verdad, todos los desaciertos del vulgo se veneran como inspiraciones del Cielo. Esta consideración me mueve a combatir el primero este error, haciéndome la cuenta de que venzo muchos enemigos en uno solo, o a lo menos de que será más fácil expugnar los demás errores, quitándoles primero el patrocinio que les da la voz común en la estimación de los hombres menos cautos.

Aestimes judicia, non numeres,[3] decía Séneca. El valor de las opiniones se ha de computar por el peso, no por el número de las almas. Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones? Antes es de creer que la multitud añadirá estorbos a la verdad, creciendo los sufragios al error. Si fue superstición extravagante de los Molosos, pueblo antiguo de Epiro, constituir el tronco de una encina por órgano de Apolo, no lo sería menos conceder esta prerrogativa a toda la selva Dodonea. Y si de una piedra, sin que el artífice la pula, no puede resultar la imagen de Minerva,[4] la misma imposibilidad quedará en pie, aunque se junten todos los peñascos de la montaña. Siempre alcanzará más un discreto solo, que una gran turba de necios; como verá mejor al sol una águila sola, que un ejército de Lechuzas.

Preguntado alguna vez el Papa Juan XXII qué cosa era la que distaba más de la verdad, respondió que el dictamen del vulgo. Tan persuadido estaba a lo mismo el severísimo Foción,[5] que orando una vez en Atenas, como viese que todo el pueblo, de común consentimiento, levantaba la voz en su aplauso, preguntó a los amigos que tenía cerca de sí, que en qué había errado, pareciéndole, que en la ceguera del pueblo no cabía aplaudir sino los desaciertos. No apruebo sentencias tan rigurosas, ni puedo considerar al pueblo como antípoda preciso del hemisferio de la verdad. Algunas veces acierta; pero es por ajena luz o por casualidad. No me acuerdo qué sabio compara el vulgo a la luna, a razón de su inconstancia. También tenía lugar la comparación, porque jamás resplandece con luz propia: Non consilium in vulgo, non ratio, no discrimen, non diligentia,[6] decía Tulio.[7] No hay dentro de este vasto cuerpo luz nativa con que pueda discernir lo verdadero de lo falso. Toda ha de ser prestada y aun ésa se queda en la superficie; porque su opacidad hace impenetrable a los rayos el fondo.

 

Es el pueblo un instrumento de varias voces que, si no por un rarísimo acaso, jamás se pondrán por sí mismas en el debido tono, hasta que alguna mano sabia las temple. Fue sueño de Epicuro[8] pensar que infinitos átomos, vagueando libremente por el aire, al ímpetu del acaso, sin el gobierno de alguna mente, pudiesen formar este admirable sistema del orbe. Pedro Gasendo, y los demás reformadores modernos de Epicuro añadieron a este confuso vulgo el régimen de la suprema inteligencia. Y aun supuesto ése, no se puede entender cómo, sin formas que pulan la rudeza de la materia, produzca la tierra la más humilde planta. Poco se distingue el vulgo de los hombres del vulgo de los átomos. De la concurrencia casual de sus dictámenes apenas podrá resultar jamás una ordenada serie de verdades fijas. Será menester que la suprema inteligencia sea intendente de la obra; pero, ¿cómo lo hace? Usando, como de subalternos suyos, de hombres sabios, que son las formas que disponen y organizan esos materiales entes [...].

 

Quien considerare que para la verdad no hay más que una senda y para el error infinitas, no extrañará que caminando los hombres con tan escasa luz, se descaminen los más. Los conceptos que el entendimiento forma de las cosas, son como las figuras cuadriláteras, que sólo de un modo pueden ser regulares, pero de innumerables modos pueden ser irregulares o trapecias, como las llaman los matemáticos. Cada cuerpo en su especie, sólo por una medida, puede salir rectamente organizado; pero por otras infinitas puede salir monstruoso. Sólo de un modo se puede acertar; errar, de infinitos. Aun en el cielo no hay más que dos puntos fijos para dirigir los navegantes. Todo lo demás es voluble. Otros dos puntos fijos hay en la esfera del entendimiento: la revelación y la demostración. Todo el resto está lleno de opiniones, que van volteando y sucediéndose unas a otras, según el capricho de inteligencias motrices inferiores. Quien no observare diligente aquellos dos puntos, o uno de ellos, según el hemisferio por donde navega, esto es, el primero en el hemisferio de la gracia, el segundo en el hemisferio de la naturaleza, jamás llegará al puerto de la verdad.
 
Feijoo, Teatro crítico universal, T. I. (1726)
V
 
Josefa Amar y Borbón (1749-1833)
 
Discurso en defensa del talento de las mugeres, y de su aptitud para el gobierno, y otros cargos en que se emplean los hombres, compuesto por Doña Josepha Amar y Borbón, Socia de mérito de la Real Sociedad Aragonesa de los Amigos del País.
 
[...] Si las mugeres tubieran la misma educación que los hombres, harían tanto, o más que éstos. ¡Pero qué diferente es una de otra! A las primeras no se les enseña desde niñas sino a leer y a escribir y a ciertas habilidades de manos. Se pone mucho cuidado en adornarlas, con lo qual llegan a adquirir un cierto hábito de pensar siempre en la compostura exterior. De talento, si se les habla... como cosa por demás, de suerte que no sería mucho que fuesen perdiendo la idea de ser capaces de otra cosa. Al contrario, a los niños desde luego se les aplica y se les hace aprender, antes que sepan lo que es estudio ni ciencia; oyen decir que hay Universidades, que hay Colegios y que hay empleos, para los que cursan éstos y no aquéllas. De este modo crece con ellos y se les hace natural la aplicación y el estudio y no tardan mucho en coger el fruto de sus tareas, en tantos premios como hay repartidos. Si alguna muger se dedica al estudio, es preciso, que lo haga por la ventaja y conveniencia que le resulta a ella misma, pues sabe que no puede aspirar a ninguna recompensa. [...] Es menester confesar que ninguna cosa conocemos en sí misma, sino por comparación con otra. Sirva esta regla para medir la aptitud en ambos sexos, pero hágase un cotejo justo, esto es, entre un hombre y una muger enteramente ignorantes. En este caso pues, que es bastante frequente, aún se hallará que la segunda hace ventaja al primero en la viveza de imaginación, en la mayor prontitud para imponerse y en la propiedad de las voces. Por el otro extremo, si se compara una muger capaz e instruida con un hombre sabio, el trato de aquélla no será menos agradable que el de éste, y puede ser que le exceda en cierta finura que los hombres casi nunca adquieren. Por lo demás, si se hace el cotejo entre los que han estudiado mucho y las que nada saben, no habrá que admirar la desigualdad, pero siempre que el caso fuere conforme, la consequencia no será contraria a las mugeres, y éste es un testimonio concluyente de que la disposición intelectual es la misma.
 
Memorial Literario VIII, núm. 32 [Agosto de 1786]
 
LA MANCHA EN EL ENSAYO Y LA PRENSA:
DEL SIGLO XVIII AL SIGLO XIX
 
VI
 
Eugenio Larruga
 
Memorias políticas y económicas. T. XVII. Trata de la población, frutos, minas, y manufacturas, de seda, lana, lino, cáñamo y esparto de la provincia de la Mancha.
 
Reducidos, pues, los más [de los manchegos] a ser unos miserables braceros de un cierto número de hombres poderosos, entre quienes están repartidas las haciendas, se ven precisados en los años secos à expatriarse, ó a morir de hambre. Esta es la causa de las epidemias. Es cierto que hay descuidos que son culpables, pero acaso en ellos no tienen toda la culpa los pobres, á quienes regularmente se les calumnia. [...] Los muchos naturales pobres que tiene este país [...] no tienen otro modo de subsistir que el jornal, el qual si les falta no tienen otro arbitrio que perecer, y echarse al arbitrio de la caridad.  Éstos no pueden hacer nuevas labranzas, ni nuevos plantíos; tales cuales sean estos trabajos necesitan dinero adelantado para comer, y gastar hasta que los frutos les recompensen las anticipaciones. ¿Cómo ha de practicar nada de esto el pobre? No me avengo con aquellos que tratan a los infelices Manchegos con sátiras pueriles, y muchas veces ignominiosas. Si hubieran entrado en cálculos prudentes, y consultado la razón, y las circunstancias de sus moradores, hubieran observados muchos motivos de compadecerse en vez de ridiculizarlos. Ellos son robustos, sobrios, nada delicados, dóciles para el trabajo, y sufridos y constantes en él, como se les sepa tratar con agrado y sin aspereza, la qual es del todo contraria al carácter manchego. [...] Suele acontecer en el gobierno interior de los pueblos ciertos abusos, que solamente pueden remediarse por aquellos pocos que tienen en sus manos el predominio de ellos; y puede muy bien acontecer que á éstos no les traiga cuenta que los demás vecinos hallen arbitrio para vivir sin su dependencia. Esta es, a mi parecer, la causa de desgraciarse muchas veces los más bien premeditados designios del Gobierno. Los abusos que se pueden notar en la Mancha no tenemos por útil proponerlos. Esperaremos de nuestro actual Gobierno su total extirpación.[9]
 
VII
Francisco de Cabarrús (1752-1810)
 
Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública. 1808.
 
He visto (y esta imagen horrible me altera todavía), he visto en el año de 1786 la triste confirmación de estas verdades.[10] La esterilidad de las cosechas se había combinado con la epidemia de las tercianas para asolar aquella infeliz Mancha, tan cruelmente angustiada por todos los géneros de opresión, que devastan como a porfía los comendadores, los grandes propietarios, la chancillería, el clero y los tributos, con la mayor desproporción entre lo que se exige de ella y lo que se la restituye; he visto entonces centenares de seres infelices moradores en el instante inmediato a las cosechas correr de lugar en lugar y afanarse en llegar mendigando hasta Madrid: el padre y la madre cubiertos de andrajos, lívidos, con todos los síntomas de la miseria, de la enfermedad y de la muerte, y los hijos enteramente desnudos y extenuados. Muchos conseguían venir a morir en los hospitales, otros esperaban en el camino; y me parece que estoy viendo todavía uno de estos infelices muerto al pie de un árbol inmediato a la casa en que me hallaba [...] Véase, decía para mí, cómo la sociedad política no existe para esta familia, o sólo existe para su tormento: en nada contribuye a su socorro, privándola del derecho con que dotó la Providencia a todo ente sensible al sustento, al abrigo y a la conservación...[11]
 
VIII
 
De El Universal Observador Español, 1821
 
Los habitantes [de La Mancha] se hallan aquí en una especie de entorpecimiento mental, cual si viviesen en la pesada y caliginosa atmósfera de Groenlandia. La ilustración, la ilustración es lo que falta en La Mancha... Imprenta y papeles públicos, pero sobre todo una universidad en su capital, como está decretado en el plan de enseñanza pública...[12]
 
De Nuevo Diario de Madrid, 1822[13]
 
Si hay todavía quien piense mal en La Mancha atribúyase no a la opinión general de la provincia, sino es al influjo del clero, que allí por la mayor parte está gangrenado en opiniones serviles,[14] de lo que no cesa de dar pruebas a cuál más notables [...] La aristocracia lugareña [es] receptáculo de todas las preocupaciones[15] de la ignorancia y de todas las arrogancias de la vanidad. [...] La Mancha es una provincia de las más interesantes de España. Si hubiera en ella más escuelas y menos eclesiásticos, más sociedades populares y menos hombres incrédulos y tenaces, más obediencia a la ley y menos propagadores de paparruchas, en fin, más de lo bueno y menos de lo malo, estarían satisfechos los votos de los buenos y leales manchegos...[16]
 
IX
Félix Mejía
 
“Sobre Ciudad Real” en El Constitucional. Correo General de Madrid, 1821
 
Un Jefe Político siempre enfermo.[17] Un intendente cuasi lo mismo y de absoluta nulidad.[18] Un párroco erigido en campeón de ideas antiliberales, ignorante, de nociones obscuras, predicador en varias épocas contra el código sagrado.[19] Unos hidalgos engreídos, siervos de la preocupación,[20] adictos al quijotismo gótico[21] y avaros de incienso popular. Un clero rudo: un frailecismo petulante y fanático. Un pueblo supersticioso, grosero, ignorante, incapaz de conocer las ventajas del sistema, sin universidad,[22] sin escuelas, sin industria, sin fábricas. Un comercio mezquino, una capital que se desmorona por instantes, en donde no se habla jamás sino de tramas y conspiraciones;[23] en donde se ha cometido un asesinato de hombres de los más liberales que se conocían,[24] en fin, una ciudad que es el escándalo de toda la provincia.
Me horrorizo de trazar este cuadro. He nacido en ella, y sacrificaría gustoso mi vida[25] si fuese necesario para hacer conocer a todas las clases de aquel pueblo que su verdadera felicidad existe en el sistema constitucional.
Un liberal verdadero cuenta por patria a toda la nación de que es individuo, pero sin embargo yo amo a Ciudad Real, deseo que se disipen las densas nieblas[26] que se ocultan a la mayor y más sana parte de aquel vecindario.[27]
 
X
Manuel Núñez de Arenas
 
Deseo de que se establezca una Sociedad Patriótica en Ciudad Real
 
La mayor parte de los hombres está persuadida a que la felicidad de un estado consiste en proporcionar sustento a todo vasallo útil. [Sin embargo, Ciudad Real está en una situación paupérrima] Hágase un parangón de su población anteriormente con lo que es ahora. ¡Qué desproporción resulta! ¡Qué exceso! ¿A quién no conmoverá a lástima ver que se componía de treinta mil familias tres siglos ha, la que ahora apenas llega a dos mil? [...] El señor vicario, los tres curas párrocos de esta ciudad, personas del todo literatas, el señor Corregidor, un crecido número de abogados y médicos, una gran parte de la clerecía y lo más distinguido de la nobleza podrían concurrir todos a formar la sociedad y el plan de sus estatutos. [...] Sí, nobles clunienses,[28] sí ciudadanos esclarecidos... Desterrad de vosotros aquellas falsas nociones que pudieran estorbar pensamiento tan útil... Impedid la indolencia voluntaria del labrador. Proporcionad alimento a los necesitados. Fomentad todo género de industria. Conoced las producciones de que abundaba y es capaz un terreno fértil y agradable. Anhelad por el aumento de población. Cortad la superstición [a] que suele[n] arrastrar al pueblo algunas creencias caprichosas. Y finalmente haced que florezca vuestra patria por cuantos medios puedan escogitarse... [29] 
 
XI
León de Arroyal (1755-1813)[30]
 
Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado floreciente de España
 
Todas las naciones del mundo, siguiendo los pasos de la naturaleza, han sido en su niñez débiles, en su pubertad ignorantes, en su juventud guerreras, en su virilidad filosóficas, en su vejez legistas y en su decrepitud supersticiosas y tiranas.
Ninguna en sus principios ha evitado el ser presa de otra más fuerte; ninguna ha dejado de aprender de los mismos bárbaros que la han invadido, ninguna se ha descuidado de tomar las armas en defensa de su libertad, cuando ha llegado a poderla conocer; ninguna ha omitido el cultivo de las ciencias, apenas se ha visto libre; ninguna ha escapado de la manía de legisladora universal, si se ha considerado científica; y ninguna ha evitado la superstición luego que ha tenido muchas leyes. Estas verdades, comprobadas por la historia de todos los siglos, y algunos libros que habían llegado a mis manos, sin duda escritos por los enemigos de nuestras glorias, me habían hecho creer que nuestra España estaba ya muy próxima a los horrores del sepulcro; pero mi venida a Madrid, sacándome felizmente de la equivocación en que vivía, me ha hecho ver en ella el espectáculo más asombroso que se ha presentado en el universo; a saber: todos los períodos de la vida racional a un mismo tiempo en el más alto grado de perfección.
Ha ofrecido a mi vista una España niña y débil, sin población, sin industria, sin riqueza, sin espíritu patriótico, y aún sin gobierno conocido; unos campas yermos y sin cultivo; unos hombres sucios y desaplicados; unos pueblos miserables, y sumergidos en sus ruinas; unos ciudadanos meros inquilinos de su ciudad; y una constitución, que mas bien puede llamarse un batiburrillo confuso de todas las constituciones.
Me ha presentado una España muchacha, sin instrucción y sin conocimientos: un vulgo bestial; una nobleza que hace gala de la ignorancia; unas escuelas sin principios; unas universidades fieles depositarias de las preocupaciones de los siglos bárbaros; unos doctores del siglo X y unos premios destinados a los súbditos del emperador Justiniano y del Papa Gregorio IX.
Me ha ofrecido una España joven, y al parecer llena de un espíritu marcial de fuego y fortaleza; un cuerpo de oficiales generales sobrado para mandar todos los ejércitos del mundo; y que si a proporción tuviera soldados, pudiera conquistar todas las regiones del Universo; una multitud de regimientos, que aunque faltos de gente, están aguerridos en las fatigas militares de rizarse el cabello, blanquear con harina el uniforme, arreglar los pasos al compás de las contradanzas; gastar pólvora en salvas en las praderas, y servir a la opresión de sus mismos conciudadanos; una marina pertrechada de costosos navíos, que si no pueden salir del puerto por falta de marineros, a lo menos pueden surtir al Oriente de grandes y finísimas pieles de ratas de que abundan; unas fortificaciones, que hasta en los jardines de recreo horrorizan a los mismos patricios que las consideran como mausoleos de la libertad civil; y unas orquestas bélicas capaces de afeminar a los más rígidos espartanos.
Me ha mostrado una España viril, sabia, religiosa y profesora de todas las ciencias. La ciudad metrópoli tiene más templos que casas, más sacerdotes que seglares, y más aras que cocinas: hasta en los sucios portales, hasta en las infames tabernas se ven retablitos de papel, pepitorias de cera, pilitas de agua bendita y lámparas religiosas. No se da paso que no se encuentre una cofradía, una procesión o un rosario cantado, por todas partes resuenan los chillidos de los capones, los rebuznos de los sochantres y la algarabía sagrada de los músicos, entreteniendo las almas devotas con villancicos, gozos y arietas de una composición tan seria y unos conceptos tan elevados, que sin entenderlos nadie hacen reír a todos; hasta los más recónditos y venerables misterios de la religión se cantan por los ciegos a las puertas de los bodegones al agradable y majestuoso compás de la guitarra [...] Madrid vive contento con pan y toros.
 
León de Arroyal: Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado floreciente de España (1793).
 
XII
 
José María Blanco White (1775-1841)
 
Ensayo primero sobre la educación
 
No hay cosa más fácil que formar un plan de educación nacional que aparezca un prodigio en el papel. Tómese un árbol enciclopédico; síganse todas sus divisiones y subdivisiones, y asígnese a cada ciencia una escuela; pídase un maestro consumado para cada una: laboratorios, máquinas, gabinetes de historia natural, jardines botánicos, expediciones científicas. Todo lo encuentra hecho el proyectista: el plan es magnífico y perfecto; si luego no se ejecuta, si todo se reduce a un sueño al tratar de ponerlo en práctica, el autor lava sus manos en este punto, y la culpa recae sobre los ejecutores.
Pocos planes de educación nacional pueden discurrirse más grandiosos y perfectos, en teoría, que el de las Escuelas Centrales de Francia, hecho y ejecutado durante la revolución. [...] Las circunstancias locales, los hábitos y preocupaciones de la nación, el estado de su industria, riqueza, y comodidad de sus habitantes, deben entrar en el cálculo de los que traten de formar planes para su adelantamiento. A no ser así, los planes saldrán absolutamente vanos, acaso por razón de que son demasiado perfectos.
El defecto capital de los planes franceses fue querer formar instituciones absolutamente nuevas sin contar para nada con las que habían existido en Francia por siglos. En España se han cometido yerros de dos clases en materia de estudios públicos. Siempre que se ha tratado de reforma, las miras del gobierno se han limitado a variar el método de estudios de las universidades; y cuando se han querido formar establecimientos independientes de ellas, ha sido de una manera tan inconexa de con el plan general, y el estado del saber de la nación, que no han podido tener efecto alguno sino en un corto número de individuos. [...] A mi entender, el plan que reuniese mayor número de conocimientos usuales, con la mayor economía de tiempo y trabajo, sería el mejor imaginable. Hecho esto, el tiempo y el estudio lo harían eminente en ramos más sublimes. Del mismo modo, el plan de educación que extienda más y en menos tiempo, por la masa de la nación española, los conocimientos de inmediata utilidad sería el más apetecible; sin que por atender a esta parte usual y doméstica, por decirlo así, del saber, se descuidasen los medios de preparar al terreno para que, en su sazón, produzca los exquisitos frutos que pueden esperarse de su fertilidad e innata riqueza. [...] El plan de educación nacional debe abrazar desde las primeras letras, hasta lo más sublime de las diversas ciencias en que se dividen los conocimientos humanos... La instrucción o disciplina mental considerada en sus relaciones más generales con las ventajas de la sociedad, que son de la incumbencia del gobierno, se puede dividir en: 1º Educación para mejora y utilidad de las clases que se emplean en trabajo puramente corporal. 2º Educación para las clases que se emplean en artes que, aunque en la práctica sean mecánicas, suponen ciertos conocimientos científicos, y derivan su perfección de ellos. 3º Educación de las clases que sólo necesitan de instrucción para su cultura y adorno. 4º Educación de los que se dedican exclusivamente al estudio; o hacen de alguna ciencia su profesión y empleo.
 
Blanco White, J. Mª. "Education in Spain, de Blanco White". Introd. y trad. de Antonio Viñao Fragó, en Historia de la Educación núm. 7 (1988), p. 231-233.
 
XIII
 
Benito Jerónimo Feijoo
 
Causas del atraso que se padece en España en orden a las ciencias naturales
 
Muy señor mío: a vuelta de las expresiones de sentimiento que vuestra merced hace en la suya, de los cortos y lentos progresos que en nuestra España logran la física y matemática, aun después que los extranjeros en tantos libros nos presentan las grandes luces que han adquirido en estas ciencias; me insinúa un deseo curioso de saber la causa de este atraso literario de nuestra nación, suponiendo que yo habré hecho algunas reflexiones sobre esta materia. Es así que las he hecho, y con franqueza manifestaré a vuestra merced lo que ellas me han descubierto.
 
No es una sola, señor mío, la causa de los cortísimos progresos de los españoles en las facultades expresadas, sino muchas, y tales, que aunque cada una por sí sola haría poco daño, el complejo de todas forman un obstáculo casi absolutamente invencible.
 
La primera es el corto alcance de algunos de nuestros profesores. Hay una especie de ignorantes perdurables, precisados a saber siempre poco, no por otra razón, sino porque piensan que no hay más que saber que aquello poco que saben. Habrá visto vuestra merced más de cuatro, como yo he visto más de treinta, que sin tener el entendimiento adornado más que de aquella lógica y metafísica, que se enseña en nuestras escuelas (no hablo aquí de la Teología, porque para el asunto presente no es del caso), viven tan satisfechos de su saber, como si poseyesen toda la enciclopedia.Basta nombrar la nueva filosofía, para conmover a éstos el estómago. Apenas pueden oír sin mofa y carcajada el nombre de Descartes. Y si les preguntan qué dijo Descartes, o qué opiniones nuevas propuso al mundo, no saben ni tienen qué responder, porque ni aún por mayor tienen noticias de sus máximas, ni aún de alguna de ellas...
 
La segunda causa es la preocupación que reina en España contra toda novedad. Dicen muchos que basta en las doctrinas el título de nuevas para reprobarlas, porque las novedades en punto de doctrina son sospechosas...
 
La tercera causa es el errado concepto de que cuanto nos presentan los nuevos filósofos se reduce a unas curiosidades inútiles. Esta nota prescinde de la verdad o falsedad...
 
La cuarta causa es la diminuta o falsa noción que tienen acá muchos de la filosofía moderna, junto con la bien o mal fundada preocupación contra Descartes. Ignoran casi enteramente lo que es la nueva filosofía, y cuanto se comprende debajo de este nombre, juzgan que es parto de Descartes. Como tengan, pues, formada una siniestra idea de este filósofo, derraman este mal concepto sobre toda la física moderna...
 
La quinta causa es un celo, pío si, pero indiscreto y mal fundado; un vano temor de que las doctrinas nuevas en materia de filosofía traigan algún perjuicio a la religión...
 
La sexta y última causa es la emulación (acaso se le podría dar peor nombre), ya personal, ya nacional, ya faccionaria. Si vuestra merced examinase los corazones de algunos, y no pocos, de los que declaman contra la nueva filosofía, o generalmente, por decirlo mejor, contra toda literatura distinta de aquella común que ellos estudiaron en el aula, hallaría en ellos unos efectos bien distintos de aquellos que suenan en sus labios. Óyeseles reprobarla , o ya como inútil, o ya como peligrosa. No es esto lo que pasa allá dentro. No la desprecian o aborrecen; la envidian. No les desplace aquella literatura, sino el sujeto que brilla con ella... Esta emulación en algunos pocos es puramente nacional. Aún no está España convalecida en todos sus miembros de su ojeriza contra la Francia. Aún hay en algunos reliquias bien sensibles de esta antigua dolencia. Quisieran éstos que los Pirineos llegasen al cielo, y el mar que baña las costas de Francia estuviese sembrado de escollos.
 
B. J. Feijoo, “Causas del atraso que se padece en España en orden a las ciencias naturales” apud José Segovia, España en el pensamiento ilustrado, Madrid: Bruño, Madrid, 1991, p. 113 y ss.
 
XIV
 
José Cadalso (1741-1782)
 
Cartas Marruecas (1793)
 
Con más rapidez que la ley de nuestro profeta Mahoma han visto los cristianos de este siglo extenderse en sus países una secta de hombres extraordinarios que se llaman proyectistas.[31] Éstos son unos entes que, sin patrimonio propio, pretenden enriquecer los países en que se hallan, o ya como naturales, o ya como advenedizos. Hasta en España, cuyos habitantes no han dejado de ser alguna vez demasiado tenaces en conservar sus antiguos usos, se hallan varios de estos innovadores de profesión. Mi amigo Nuño me decía, hablando de esta secta, que jamás había podido mirar uno de ellos sin llorar o reír, conforme la disposición de humores en que se hallaba.
 
-Bien sé yo -decía ayer mi amigo a un proyectista-, bien sé yo que desde el siglo XVI hemos perdido los españoles el terreno que algunas otras naciones han adelantado en varias ciencias y artes. Largas guerras, lejanas conquistas, urgencias de los primeros reyes austríacos, desidia de los últimos, división de España al principio del siglo, continua extracción de hombres para las Américas y otras causas han detenido sin duda el aumento del floreciente estado en que dejaron esta monarquía los reyes don Fernando V y su esposa doña Isabel, de modo que, lejos de hallarse en el pie que aquellos reyes pudieron esperar, en vista de su gobierno tan sabio y del plantío de los hombres grandes que dejaron, halló Felipe V su herencia en el estado más infeliz: sin ejército, marina, comercio, rentas ni agricultura, y con el desconsuelo de tener que abandonar todas las ideas que no fuesen de la guerra, durando ésta casi sin cesar en los cuarenta y seis años de su reinado.
 
Bien sé que para igualar nuestra patria con otras naciones es preciso cortar muchos ramos podridos de este venerable tronco, ingerir otros nuevos y darle un fomento continuo; pero no por eso le hemos de aserrar por medio, ni cortarle las raíces, ni menos me harás creer que para darle su antiguo vigor es suficiente ponerle hojas postizas y frutos artificiales.
 
Para hacer un edificio en que vivir, no basta la abundancia de materiales y de obreros; es preciso examinar el terreno para los cimientos, los genios de los que han de habitar, la calidad de sus vecinos, y otras mil circunstancias, como la de no preferir la hermosura de la fachada a la comodidad de sus viviendas.
 
- Los canales - dijo el proyectista interrumpiendo a Nuño - son de tan alta utilidad, que el hecho solo de negarlo acreditaría a cualquiera de necio. Tengo un proyecto para hacer uno en España, el cual se ha de llamar canal de San Andrés, porque ha de tener la figura de las aspas de aquel bendito mártir. Desde La Coruña ha de Ilegar a Cartagena, y desde el cabo de Rosas al de San Vicente' Se han de cortar estas dos líneas en Castilla la Nueva, formando una isla, a la que se pondrá mi nombre [...] En ella se me levantará un monumento cuando muera, y han de venir en romería todos los proyectistas del mundo para pedir al cielo los ilumine (perdónese esta corta digresión a un hombre ansioso de fama póstuma). Ya tenemos, a más de las ventajas civiles y políticas de este archicanal, una división geográfica de España, muy cómodamente hecha, en septentrional, meridional, occidental y oriental. Llamo meridional la parte comprendida desde la isla hasta Gibraltar; occidental la que se contiene desde el citado paraje hasta la orilla dei mar Océano por la costa de Portugal y Galicia; oriental, lo de Cataluña; y septentrional la cuarta parte restante. Hasta aquí lo material de mi proyecto.
 
Ahora entra lo sublime de mis especulaciones, dirigido al mejor expediente de las providencias dadas, más fácil administración de la justicia, y mayor felicidad de los pueblos. Quiero que en cada una de estas partes se hable un idioma y se estile un traje. En la septentrional ha de hablarse precisamente vizcaíno; en la meridional, andaluz cerrado; en la oriental, catalán, y en la occidental, gallego. El traje en la septentrional ha de ser como el de los maragatos, ni más ni menos; en la segunda, montera granadina muy alta, capote de dos faldas y ajustador de ante; en la tercera, gambeto catalán y gorro encarnado; en la cuarta, calzones blancos largos, con todo el restante del equipaje que traen los segadores gallegos. Ítem en cada una de las dichas, citadas, mencionadas y referidas cuatro partes integrantes de la península, quiero que haya su iglesia patriarcal, su universidad mayor, su capitanía general, su chancillería, su intendencia, su casa de contratación, su seminario de nobles, su hospicio general, su departamento de marina, su tesorería, su casa de moneda, sus fábricas de lanas, sedas y lienzos, su aduana general. Ítem, la corte irá mudándose según las cuatro estaciones del ano por las cuatro partes, el invierno en la meridional, el verano en la septentrional, et sic de caeteris.
 
Fue tanto lo que aquel hombre iba diciendo sobre su proyecto, que sus secos labios iban padeciendo notable perjuicio, como se conocía en las contorsiones de boca, convulsiones de cuerpo, vueltas de ojos, movimiento de lengua y todas las señales de verdadero frenético. Nuño se levantó por no dar más pábulo al frenesí del pobre delirante, y sólo le dijo al despedirse: ¿Sabéis lo que falta en cada parte de vuestra España cuatripartita? Una casa de locos para los proyectistas de Norte, Sur, Poniente y Levante.
-¿Sabes lo malo de esto? - díjome volviendo la espalda al otro -. Lo malo es que la gente, desazonada con tanto proyecto frívolo, se preocupa[32] contra las innovaciones útiles y que éstas, admitidas con repugnancia, no surten los buenos efectos que producirían si hallasen los ánimos más sosegados.
 
-Tienes razón, Nuño -respondí yo-. Si me obligaran a lavarme la cara con trementina, y luego con aceite, y luego con tinta, y luego con pez, me repugnaría tanto el lavarme que después no me lavaría gustoso ni con agua de la fuente más cristalina.[33]
 
XV
 
Mariano José de Larra (1809-1837)
 
Vuelva usted mañana (artículo del Bachiller)
 
Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza. Nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.
 
Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica; de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestras ruinas; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.
 
Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista  [...] No tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.
 
Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.
 
Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
 
--Mirad --le dije--, monsieur Sans-délai,[34] que así se llamaba; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
--Ciertamente --me contestó--. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizados en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince, cinco días.
 
Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.
 
--Permitidme, monsieur Sans-délai --le dije entre socarrón y formal--, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
--¿Cómo?
--Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
--¿Os burláis?
--No por cierto.
--¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
--Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.
--¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.
--Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
--¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
--Todos os comunicarán su inercia.
 
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
 
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido; encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.
 
--Vuelva usted mañana --nos respondió la criada--, porque el señor no se ha levantado todavía.
--Vuelva usted mañana --nos dijo al siguiente día--, porque el amo acaba de salir.
--Vuelva usted mañana --nos respondió al otro--, porque el amo está durmiendo la siesta.
--Vuelva usted mañana --nos respondió el lunes siguiente--, porque hoy ha ido a los toros.
--¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y Vuelva usted mañana --nos dijo--, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio.
 
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.
 
Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.
 
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.
 
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.
 
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!
 
--¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? --le dije al llegar a estas pruebas.
--Me parece que son hombres singulares...
--Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca. [...]
 
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: "A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado".
 
--¡Ah, ah, monsieur Sans-délai! --exclamé riéndome a carcajadas--; éste es nuestro negocio.
 
Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los oficinistas, que es como si dijéramos a todos los diablos.
 
--¿Para esto he echado yo viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana? ¿Y cuando este dichoso mañana llega, en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras.
--¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas. [...]
 
¿Tendrá razón, perezoso lector[35] (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y pereza de abrir los ojos para hojear los pocos folletos que tengo que darte ya, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza [...].
 
El Pobrecito Hablador, enero de1833
 
XVI
 
Leopoldo Alas, “Clarín” (1852-1901)
 
Los periódicos
Muchos periodistas, para explicar la legitimidad del predominio que en la prensa del día tiene el hecho, la mera noticia, se contentan con referir lo que efectivamente pasa. Y dicen, v. gr.: “Hoy el periódico no es doctrinal, como ayer: hoy el lector tiene su opinión formada, y lo que busca es información. Las discusiones de ideas estén mandadas recoger; para la teoría, para la enseñanza están el libro y la revista.”
Esto se alega para justificar la efímera e insustancial condición de la hoja diaria, reflejo de lo que Campoamor llamaba los flecos de las ideas, los hechos desordenados, insignificantes, por sí solos, vistos en el empirismo caótico del noticierismo [...]
Supongamos (porque sólo en hipótesis interina y al fin de la argumentación cabe dar esto por corriente) que en países muy adelantados fuera cierto y estuviera bien que el periódico se dejara de teorías, doctrinas y vulgarización de enseñanza, porque el público buscase en libros, cátedras populares, revistas, etc., etc., el estudio necesario. Pero en los países en que el público no lee libros ni revistas, ni asiste a cátedras, y sólo empieza ahora a leer periódicos, casi exclusivo elemento de cultura para los más, ¿sería conveniente que el periódico no haga más que dar noticias y el periodista no quiera ni pueda enseñar nada?
Es posible que en los pueblos de esta clase la prensa también siga el camino del puro noticierismo. Pero el hecho, el mismo en ambos casos, puede ser natural y admisible en el de los países adelantados, y pernicioso, necesitado de reformas, en los atrasados.
En España, la cultura está muy atrasada, sobre todo, está muy poco extendida. Son poquísimos los lectores de libros; las revistas no pueden vivir, a no contentarse con perder dinero. El periódico empieza a leerse bastante. Los obreros, los humildes, buscan con avidez el impreso barato... y alimentan su espíritu con lo que les dan, con los flecos, con los hechos hoy palpitantes, mañana convertidos en polvo. Y ese polvo lleva la tisis a los espíritus débiles.
La prensa no es una carrera; debiera serlo. Para periodista, cree servir cualquiera. Yo he suspendido a algunos estudiantes que, a poco, redactaban periódicos y publicaban libros regenerando el país.
Un noticiero no ha de ser un Salomón, se dice. Y se responde: que debe haber más periodistas que los noticieros, y que, aun éstos, cumplirán tanto mejor su tarea cuanto más sepan.
Los jóvenes más distinguidos de las Universidades y de otras escuelas suelen ser los más hábiles para la lucha práctica y prosaica por la existencia. La prensa de buen capital y altos propósitos debiera dar honrosa aunque modesta colocación a esta juventud ilustrada, haciendo siempre selección escrupulosa al admitir colaboradores.
Nunca me cansaré de decirlo. En España empieza a haber ahora una gran tribuna para la enseñanza popular, y no se aprovecha: el periódico.
Se trata mucho, a lo menos en teoría, del maestro de escuela. ¿Qué se quiere con esto? Que el pueblo sepa leer. Pero, ¿leer por leer? No, leer algo que le enseña algo. ¿Qué? ¿Libros? ¡Bello ideal lejano! Periódicos, eso lee el pueblo por ahora. Pues bien, tanto como el maestro que pone el medio, el saber leer, importa el periodista, que debe poner el fin: lo que el pueblo debe leer.
Y de mí sé decir que, cuando se me pregunta qué soy, respondo: principalmente periodista.
 
XVII
 
Félix Rubén García Sarmiento, “Rubén Darío” (1867-1916)
 
El periodista y su mérito literario
 
Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo. Hoy, y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La mayor parte de los fragmentarios son periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es un periodista. Montaigne y de Maistre son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante, con su gracia de estilo y su buen porqué de filosofía. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de libros fundamentales, y eso pasa. Hay crónicas, descripciones de fiesta o ceremoniales escritas por reporters que son artistas, las cuales, aisladamente, tendrían cabida en obras antológicas, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que, premeditadamente, se propone escribir, para el instante, palabras sin lastre e ideas sin sangre. Muy hermosos, muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción, escogida y selecta, de muchos, considerados como simples periodistas.
 
Rubén Darío. Obras completas. Vol XII. Impresiones y sensaciones Madrid, 1925.
 
XVIII
 
Miguel de Unamuno (1864-1936)
 
En torno al casticismo
 
Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo no llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del «presente momento histórico», no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. [...] Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido: sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que suele ir a buscar al pasado enterrado en los libros y papeles y monumentos y piedras.
 
XIX
 
 
Antonio Machado (1835-1939)
 
De Juan de Mairena
 
 
Nunca peguéis con lacre las hojas secas de los árboles para fatigar al viento. Porque el viento no se fatiga, sino que se enfada, y se lleva las hojas secas y las verdes.
 
Aprendió tantas cosas -escribía mi maestro,[36] a la muerte de un su amigo[37] erudito-, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas.
 
Cuando el Cristo vuelva -decía mi maestro-, predicará el orgullo a los humildes, como ayer predicaba la humildad a los poderosos. Y sus palabras serán, aproximadamente, las mismas: "Recordad que vuestro padre está en los cielos; tan alta es vuestra alcurnia por parte de padre. Sobre la tierra sólo hay ya para vosotros deberes fraternos, independientes de los vínculos de la sangre. Licenciad de una vez para siempre al bíblico semental humano."
 
No olvidéis que es tan fácil quitarle a un maestro la batuta, como difícil dirigir con ella la quinta sinfonía de Beethoven.
 
También quiero recordaros algo que saben muy bien los niños pequeñitos y olvidamos los hombres con demasiada frecuencia: que es más difícil andar en dos pies que caer en cuatro.
 
Decía mi maestro que deseaba morir sin llamar la atención de nadie; que su muerte pasase completamente inadvertida. Un mutis bien hecho -añadía aquel buen farsante- no debe hacerse aplaudir.
 
Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente.
 
Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario. Sin embargo, no hay guerra sin retórica. Y lo característico de la retórica guerrera consiste en ser ella la misma para los dos beligerantes, como si ambos comulgasen en las mismas razones y hubiesen llegado a un previo acuerdo sobre las mismas verdades. De aquí deducía mi maestro la irracionalidad de la guerra, por un lado, y de la retórica, por otro.
 
¿Un arte proletario? Para mí no hay problema. Todo arte verdadero será arte proletario. Quiero decir que todo artista trabaja siempre para la prole de Adán. Lo difícil sería crear un arte para señoritos, que no ha existido jamás.
 
-Siempre está usted descubriendo mediterráneos, amigo Mairena.
-Es el destino ineluctable de todos los navegantes, amigo Tórtolez.
 
Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio.[38]
 
Fugit irreparabile tempus.[39] He aquí un latín que siempre me ha preocupado hondamente. Pero mucho más este dicho español: dar tiempo al tiempo. Meditad sobre lo que esto puede querer decir.
 
XX
 
José Ortega y Gasset (1883-1955)
 
Carta al director de El Sol
 
Desde que comencé a escribir he procurado ejercer con rigorosa[40] escrupulosidad mi oficio de intelectual. El intelectual, en mi entender, ha venido al mundo nada más que para esforzarse en perseguir la verdad, y una vez encontrada lanzarla canoramente al viento. Se puede pensar que ese menester de veracidad es superfluo y aun funesto. Por eso, con innegable lógica, los hombres que piensan así se han dedicado de cuando en cuando a ahorcar intelectuales. [...]
Yo no he dicho ni en un momento de obnubilación que deba arrebatarse a la Prensa el «poder espiritual» que hoy ejerce. Yo procuro, al escribir, evitar las tonterías muy gruesas, y eso sería una de gran formato. Menos todavía me ha ocurrido proponer que la Universidad ejerza ese «poder espiritual» que hoy administra la Prensa. Por la sencilla razón de que la Universidad es, poco más o menos, lo contrario que la Prensa, y no tendría sentido que quisiera ejercitar el mismo poder. No se trata de un solo poder que convenga traspasar.
Mi tesis es sobremanera distinta; pero debí formularla torpísimamente cuando ha sido tan al revés entendida. Lo que aspiraba a decir era esto: normalmente han coexistido en la historia diversos «poderes espirituales», y solo esta pluralidad de poderes diferentes y más o menos antagónicos asegura la salud social. Esos poderes tuvieron y tienen -inexorablemente- rangos distintos, aunque todos son, en efecto, espirituales. Hace trescientos años, por ejemplo, coexistían en Francia las influencias o presiones de espíritu siguientes: la Iglesia, el Estado, la Universidad, la literatura (belles lettres). Pues bien: yo pienso, acaso con error, que hoy no posee plena vivacidad más que un solo «poder espiritual» -el de la Prensa-. Ahora bien: este es, por la naturaleza misma de la Prensa, el menos elevado de los «poderes espirituales». Situación tal me parece funestísima. Y pido, en consecuencia, no que la Prensa deje de ser un "poder espiritual», sino que no sea el único y que sufra la concurrencia y corrección de otros. De uno, por lo pronto: la Universidad. Se trata, pues, de la colaboración y confrontación, si se quiere hasta de la lucha, entre dos formas de espíritu distintas, para que el hombre medio pueda recibir dos imágenes o interpretaciones diferentes del mundo. La interpretación periodística es y será siempre la perspectiva de lo momentáneo como tal. Por mucho que colaboren en el periódico los universitarios, la perspectiva, tono, tendencias y modos dominantes serán los periodísticos (esta discusión es un ejemplo de ello). [...]
Ninguno de estos son asuntos o hechos que yo invento. Del siglo XIII al XVII -por tanto los siglos en que «cuaja» Europa- la Universidad intervenía en la vida pública no vagamente, sino ejerciendo un poder concretísimo, casi jurisdiccional, mediante sus dictámenes sobre los asuntos más actuales y graves de la vida pública. Los reyes o las repúblicas tenían, quisieran o no, que contar con ella porque poseía «poder social». [...] Hoy la Universidad no lo tiene -ni poco ni mucho-. La prueba más inmediata de ello es que El Sol para contestarme, supone que yo soy solo un pobre «sabio profesor» de la Universidad, como diciendo: “¡Ahí me las den todas!” Esto es lo que no puede seguir siendo, y, ¡por Baco!, no será. Es intolerable el imperio espiritual indiviso de la Prensa. Y yo estoy resuelto a predicar esto por todas las provincias de España [...] Coeterum censeo delendam esse Monarchiam.[41]
 
            José Ortega y Gasset, “Carta al director”,  El Sol, 13-XI-1930.
 
XXI
 
Federico García Lorca (1898-1936)
 
Teoría y juego del duende
 
Voy a ver si puedo daros una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la dolorida España [...] La vieja bailarina gitana La Malena exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach: "¡Olé! ¡Eso tiene duende!", y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torre, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: "Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende." Y no hay verdad más grande. Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. [...] Este "poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica" es, en suma, el espíritu de la tierra, el mismo duende que abrasó el corazón de Nietzsche.[...] El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos. Todo hombre, todo artista llámese Nietzsche o Cézanne, cada escala que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con su duende, no con un ángel, como se ha dicho, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción, fundamental para la raíz de la obra.
El ángel guía y regala como San Rafael, defiende y evita como San Miguel, y previene como San Gabriel. El ángel deslumbra, pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia, y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía o su danza. El ángel del camino de Damasco y el que entra por las rendijas del balconcillo de Asís, o el que sigue los pasos de Enrique Susón, ordenan y no hay modo de oponerse a sus luces, porque agitan sus alas de acero en el ambiente del predestinado.
La musa dicta, y, en algunas ocasiones, sopla. Puede relativamente poco, porque ya está lejana y tan cansada (yo la he visto dos veces), que tuvieron que ponerle medio corazón de mármol. Los poetas de musa oyen voces y no saben dónde, pero son de la musa que los alienta y a veces se los merienda. [...] La musa despierta la inteligencia, trae paisajes de columnas y falso sabor de laureles, y la inteligencia es muchas veces la enemiga de la poesía, porque limita demasiado, porque eleva al poeta en un trono de agudas aristas y le hace olvidar que de pronto se lo pueden comer las hormigas o le puede caer en la cabeza una gran langosta de arsénico, contra la cual no pueden las musas que viven en los monóculos o en la rosa de tibia laca del pequeño salón.
Angel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas (Hesíodo aprendió de ella). Pan de oro o pliegue de túnica, el poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. Y rechazar al ángel, y dar un puntapié a la musa, y perder el miedo a la fragancia de violetas que exhala la poesía del siglo XVIII, y al gran telescopio en cuyos cristales se duerme la musa enferma de límites.
La verdadera lucha es con el duende.
Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un trópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que se apoya en el dolor humano que no tiene consuelo, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles negros de betún; o que desnuda a Mosén Cinto Verdaguer en el frío de los Pirineos, o lleva a Jorge Manrique a esperar a la muerte en el páramo de Ocaña, o viste con un traje verde de saltimbanqui el cuerpo delicado de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto al conde Lautréamont en la madrugada del boulevard.
Todas las artes, y aun los países, tienen capacidad de duende, de ángel y de musa; y así como Alemania tiene, con excepciones, musa, y la Italia tiene permanentemente ángel, España está en todos tiempos movida por el duende. Como país de música y danza milenaria, donde el duende exprime limones de madrugada y como país de muerte. Como país abierto a la muerte [...] hay una barandilla de flores de salitre, donde se asoma un pueblo de contempladores de la muerte, con versículos de Jeremías por el lado más áspero, o con ciprés fragante por el lado más lírico; pero un país donde lo más importante de todo tiene un último valor metálico de muerte.
La casulla y la rueda del carro, y la navaja y las barbas pinchosas de los pastores, y la luna pelada, y la mosca, y las alacenas húmedas, y los derribos, y los santos cubiertos de encaje, y la cal, y la línea hiriente de aleros y miradores tienen en España diminutas hierbas de muerte, alusiones y voces perceptibles para un espíritu alerta, que nos llenan la memoria con el aire yerto de nuestro propio tránsito...
 
XXII
 
José Antonio Marina (1939-)
 
La industrialización de la cultura
 
La industrialización de la cultura tiene un aspecto bueno: difunde los bienes culturales. Pero tiene un aspecto malo: la cultura corre el peligro de ser fagocitada por el mundo económico. [...]
Alguien tiene poder cuando consigue imponer su voluntad a otras personas. Tres son los mecanismos fundamentales que lo confieren: la capacidad de premiar, la capacidad de hacer daño, y la capacidad de influir en las creencias y opiniones. Según encuestas recientes, la gente cree que esos mecanismos están en poder principalmente de financieros, políticos y medios de comunicación. Son, podríamos decir, los tres grandes poderes. Esta conclusión, ampliamente consensuada, merece un análisis más detallado. En primer lugar, conviene advertir que los tres poderes no son homogéneos. Uno puede ser democrático (el político), los otros dos nunca lo son. Los medios de comunicación, los periódicos, por ejemplo, son un elemento imprescindible para la democracia, pero no son intrínsecamente una Institución democrática, porque no representan a nadie. En segundo lugar, no son tres poderes sino dos, porque los medios de comunicación exigen gigantescas inversiones y se han convertido, inevitablemente, en una actividad económica.
El auge de la industria cultural implica la unificación de medios de comunicación y finanzas. Esto plantea un problema difícil. Un periódico, por ejemplo, se encuentra sometido a una doble lógica: la lógica económica y la lógica de la veracidad. Y tal vez convenga recordar la máxima evangélica: No se puede servir a dos señores. La situación se ha agravado últimamente, porque de ser un sector casi marginal, la industria cultural se ha convertido en el centro de la nueva economía. Su empresa tipo es la que engloba sistemas de transmisión de datos, entretenimiento e información. El mercado tiende siempre al monopolio y, si este está prohibido, al oligopolio. Y esto es lo que está sucediendo en el mundo de la industria cultural. En este momento, seis gigantes se disputan el mercado mundial: AOL, Time Warner, Viacom, Vivendi, News Corporation (Murdoch), Disney y Bertelsmann. Todas tienen emisoras de TV, productoras de cine y TV, y editoriales [...]
Para sobrevivir, estas megaempresas tienen que conseguir grandes éxitos comerciales, best-sellers de cualquier tipo: cinematográfico, literario o musical. Un reciente informe de "The Economist" termina diciendo: "Los éxitos que estos conglomerados mediáticos manufacturan tal vez no puedan calificarse como grandes contribuciones al mundo de la cultura, pero en un negocio del entretenimiento que se alimenta de éxitos, estas grandes corporaciones son las que están mejor situadas para crearlos y explotarlos". El éxito comercial y la calidad no tienen por qué ir emparejados, por supuesto. 
Más que la calidad artística me preocupa la calidad de la información y de las ideas. Vivimos entre ellas y de ellas. El oligopolio ideológico puede ser la consecuencia inevitable de un oligopolio empresarial. Parece que, en este asunto, el papel de los intelectuales tendría que ser importante, ya que la figura del "intelectual" surgió como conciencia crítica ante el poder. Por desgracia, se ha desprestigiado mucho en el último siglo, porque los intelectuales defendieron toda suerte de causas equivocadas [...] A la desconfianza generalizada que nuestra sociedad siente hacia políticos, financieros, jueces, y medios de comunicación, se une ahora la desconfianza hacia los intelectuales. 
           No podemos mantenernos indefinidamente en esta situación de incertidumbre. Necesitamos fiarnos de alguien. De alguien que lo merezca, claro. En su reciente libro La vida en un clic, Andrew Shapiro afirma que necesitamos "intermediarios de la información" de los que nos podamos fiar. Creo que esta sería la primera tarea, humilde e indispensable, del nuevo intelectual. Intentar averiguar lo que sucede, a través de la inundación informativa. Para hacerlo necesita saber muchas cosas, devorar información, seleccionarla, evaluarla, criticarla, y demostrar continuamente su independencia y su fiabilidad. Jugarse su prestigio en cada línea que escribe. [...] Para ello, entre otras cosas, tendrá que ponerse a salvo de los grandes poderes, y de las pequeñas pasiones. Por ejemplo, del apresuramiento y de la vanidad.[42]
 
XXIII
 
Fernando Savater (1947-)
 
Educación y libertad
 
En una entrevista cuenta George Steiner una anécdota de su niñez, cuando asistía en Francia con cinco o seis años al jardín de infancia. Los pequeños llevaban batas azules y tenían que ponerse en pie cuando entraba el maestro. El primer día del curso se cumplió el ritual y el profesor con aire severo paseó su mirada sobre los críos antes de decir en tono desafiante: "Caballeros, o ustedes o yo." Todos los que hemos dado clase alguna vez, sobre todo a un público muy joven, entendemos bastante bien el sentido de este dilema aparentemente truculento. Y es que la enseñanza siempre implica una cierta forma de coacción, de pugna entre voluntades. Ningún niño quiere aprender o por lo menos ningún niño quiere aprender aquello que le cuesta trabajo asimilar y que le quita el tiempo precioso que desea dedicar a sus juegos [...] ¿Tenemos derecho a imponerles la disciplina sin la cual desde luego no aprenderían la mayoría de las cosas que consideramos imprescindible que lleguen a saber? [...]
 
Para que la sociedad continúe funcionando -y éste es, en cualquier grupo humano, el interés primordial- es preciso que aseguremos el reemplazo en todas aquellas tareas sin las cuales no podríamos subsistir. Hace falta pues preparar a los neófitos, cuyas fuerzas intactas son necesarias para que la gran maquinaria no se extinga, a fin de que sepan ayudarnos y sostengan todo aquello de lo que la fatalidad biológica nos va haciendo a los mayores poco a poco dimitir. Y desde luego no les pedimos previamente su aquiescencia antes de imponerles los preparativos casi siempre poco gratos de esta colaboración. [...] Lo único que los demás pueden compartir con los recién llegados es lo que son, las formas que el ser tiene para ellos. Si la educación implica cierta tiranía, es una tiranía de la que sólo pasando por la educación podremos en alguna medida más tarde libramos. Todos los buenos maestros conocen su condición potencial de suicidas: imprescindibles al comienzo, su objetivo es formar individuos capaces de prescindir de su auxilio, de caminar por sí mismos, de olvidar o desmentir a quienes les enseñaron. La educación es siempre un intento de rescatar al semejante de la fatalidad zoológica o de la limitación agobiante de la mera experiencia personal.
 
En otras épocas y otras culturas la imposición de este condicionamiento social ha aparecido menos cuestionable. Pero el afianzamiento moderno del ideal de libertad personal plantea una paradoja mucho más difícil de resolver. [...] La respuesta estriba en comprender que la libertad de la que estamos hablando no es un a priori ontológico de la condición humana sino un logro de nuestra integración social. [...] No partimos de la libertad, sino que llegamos a ella. Ser libre es liberarse: de la ignorancia prístina, del exclusivo determinismo genético moldeado según nuestro entorno natural y/o social, de apetitos e impulsos instintivos que la convivencia enseña a controlar.[43]
 
 
 
 
 
Orígenes del ensayo. El humanismo en los Siglos de Oro
 
Juan Ginés de Sepúlveda (I)
Bartolomé de las Casas (II)
Juan de Zabaleta (III)
 
Los comienzos del ensayo español. El siglo XVIII
 
Benito Jerónimo Feijoo (IV y XIII)
Josefa Amar y Borbón (V)
León de Arroyal (XI)
José Cadalso (XIV)
José María Blanco White (XII)
 
 
Ciudad Real en la prensa y el ensayo entre los siglos XVIII y XIX.
 
Eugenio Larruga (VI)
Francisco de Cabarrús (VII)
El Universal Observador y el Nuevo Diario de Madrid (VIII)
Félix Mejía (IX)
Manuel Núñez de Arenas (X)
 
La prensa y el ensayo en la España del siglo XIX
 
Mariano José de Larra (XV)
Leopoldo Alas “Clarín” (XVI)
 
La prensa y el ensayo en el siglo XX
 
Rubén Darío (XVII)
Miguel de Unamuno (XVIII)
Antonio Machado (XIX)
José Ortega y Gasset (XX)
Federico García Lorca (XXI)
José Antonio Marina (XXII)
Fernando Savater (XXIII)
 
La condición de la mujer entre los siglos XVII y XVIII a través el ensayo
 
Juan de Zabaleta (III)
Josefa Amar y Borbón (V)
 
El papel de la prensa en la sociedad
 
Benito Jerónimo Feijoo (IV)
Leopoldo Alas “Clarín” (XVI)
Rubén Darío (XVI)
José Ortega y Gasset (XX)
 
Ideas sobre la educación en el ensayo y la prensa
 
José María Blanco White (XII)
Leopoldo Alas “Clarín” (XVI)
Fernando Savater (XXIII)
 
     [1] Este destacado humanista, muy influido por Aristóteles y Maquiavelo, combatió el pacifismo de Erasmo y fue nombrado capellán del rey Carlos I; convencido de la superioridad de la cultura occidental sobre la de los indios, defendió la legitimidad de su conquista y consiguió derogar en 1542 las Leyes nuevas de Indias, más humanitarias, que Fray Bartolomé de las Casas había conseguido hacer aprobar. Ambos defendieron sus controvertidas ideas en una junta de teólogos celebrada en Valladolid entre agosto y septiembre de 1550, quedando sin conclusiones finales el debate, ya que cada uno se consideró vencedor. Las obras de Ginés no fueron editadas hasta fines del siglo XVIII.
 
    [2] Traducción de su De iustus belli causis apud indos.
    [3] Aprecia los juicios, no las cantidades.
 
    [4] Diosa romana de la sabiduría.
 
    [5] Foción, como Sócrates, sería más tarde condenado a muerte por un jurado popular.
 
    [6] No hay consejo en el vulgo, ni razón, ni discernimiento, ni diligencia.
 
    [7] Cicerón, célebre orador y escritor romano del siglo I a. de Cristo.
 
    [8] Filósofo griego materialista, autor de la teoría de que la felicidad se encontraba en el placer físico e intelectual. Creía que los dioses no podían intervenir en la naturaleza y su física, similar a la de Demócrito, afirmaba que los cuerpos estaban compuestos de átomos y espacio vacío.
    [9] Eugenio Larruga, Memorias políticas y económicas sobre los frutos, comercio, fábricas y minas de España, con inclusión de los reales decretos, órdenes, cédulas, aranceles y ordenanzas expedidas para su gobierno y fomento. T. XVII. Trata de la población, frutos, minas, y manufacturas, de seda, lana, lino, cáñamo y esparto de la provincia de la Mancha. Madrid: Imp. de D. Antonio Espinosa, 1792, mem. LXXXIII, pp. 7-9.
 
    [10] El economista Cabarrús presentó a Godoy un plan nacional para reformar el país de acuerdo con ideas progresistas ilustradas. Las intrigas políticas hicieron perecer sus buenas intenciones.
 
    [11] Francisco Cabarrús, Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública escritas por el Conde de Cabarrús al Señor Don Gaspar de Jovellanos y precedidas de otra al Príncipe de la Paz, Vitoria: Imprenta de Don Pedro Real, 1808, pp. 109-110
 
    [12] El Universal Observador Español núm. 213, (1-VIII-1821), noticia fechada el 27 de junio, apud Juan Díaz Pintado, Revolución liberal y neoabsolutismo en La Mancha (1820-1833) Manuel Adame, El Locho. Ciudad Real: Diputación Provincial, 1998, pp. 35-36.
 
    [13] Este periódico, de los más importantes de Madrid, estaba dirigido por un valdepeñero, Pedro Sánchez Trapero. Por eso son frecuentes en él las noticias referidas a Ciudad Real, que venían por carta desde tierras manchegas.
 
    [14] En la lengua de la época, servil, con el significado de retrógrado y partidario del absolutismo, se oponía a liberal.
 
    [15] Preocupación tenía en la lengua de la época el significado que tiene hoy ‘prejuicio’.
    [16] Nuevo Diario de Madrid, núm. 345 (11-XII-1822), p. 1533-4.
 
    [17] En esa época era Pedro Laínez Laínez. Ciudad Real era un puesto poco apetecido para los jefes políticos, quienes procuraban escaquearse como podían. El primero fue Antonio Cuartero o Quartero, uno de los doceañistas encarcelados por Fernando VII en 1814 tras la reacción de "Los Persas", nombrado el cuatro de mayo de 1820 jefe político de Ciudad Real por las cortes ordinarias. Nada más venir a Ciudad Real imprimió un largo discurso en alabanza del sistema constitucional que se conserva en el Museo Archivo Elisa Cendrero, leg. núm. 432. Como estaba bastante enfermo, fue sustituido con frecuencia, ya en ese mismo año, el 4 de noviembre, por Luis del Águila. El 28 de enero de 1821 fue nombrado Pedro Laínez Laínez, relevado interinamente por Joaquín Albistur (jefe político de Sevilla desde noviembre de 1821, pero muy rechazado por sus habitantes) y Juan Florín, éste último oficial de la secretaría de Hacienda (1814-1820) e intendente de Guadalajara en 1821. El 7 de enero de 1822 toma posesión el ingeniero y topógrafo Bartolomé Amat y Bonifat, que será nombrado después por la provincia de Toledo y relevado por el anterior Juan Florín. Todavía hubo más cambios: a fines de 1822 fue nombrado otro para este cargo: Juan Pedro Quijana, miembro de la Sociedad Patriótica de Talavera, que duró hasta 1823 y llegaría a ser diputado a cortes por Toledo en 1837, 1839 y 1840. Esta síntesis se ha realizado con los trabajos siguientes: Ascensión Barragán Morales, “Guerra y Revolución (1808-1874)”, en VV. AA. Historia de la Diputación Provincial de Ciudad Real (1835-1999). Ciudad Real: Diputación Provincial, 1999, p. 103; Nuevo Diario de Madrid, núm. 345 (11-XII-1822), p. 1533, y el DBTL.
    [18] Joaquín María Errazquin, intendente de la provincia de La Mancha entre 1815 y 1822. Participó después en la conjuración carolina y fue apresado en Ciudad Real junto a Francisco Adame, el "Locho", el 10 de septiembre de 1824 (Cfr. AHN, Consejos, Leg. 51.556, y el DBTL).
    [19] Si se refiere al párroco de la inglesia principal, Santa María del Prado, debe tratarse de Esteban Ramón Sánchez de León, según la "Estadística general de las parroquias y del clero de las vicarías de Ciudad Real y Alcázar de San Juan, dotación y otras circunstancias" (1822) que se contiene en J. Jimeno, M. Corchado y L. Higueruela, Cien años del Obispado-Priorato de las Órdenes Militares. Avance para su historia. Ciudad Real: Instituto de Estudios Manchegos, 1977, p. 61.
    [20] preocupación: prejuicio
    [21] gótico tenía un significado despectivo de 'rancio, arcaico, anticuado', fuera del usual de 'propio de los godos'.
    [22] La universidad más cercana es una de las consideradas "menores", Almagro, ya entonces en tanta decadencia, que se decidió cerrarla al finalizar el Trienio, en 1823.
    [23] Parece poco apropiado tomar estas palabras como exageradas cuando, a escasos kilómetros, en Miguelturra, Miñano apreció la misma actitud durante la Guerra de Independencia. Miguelturra iba a ser, en el futuro, un auténtico foco de insurrección carlista.
    [24] Tal vez se refiere a Cayetano Soler, exministro de Hacienda de Godoy, asesinado en Malagón por una plebe enfurecida que llegó a reconocer en él a quien había establecido un impuesto por el vino que les afectaba particularmente.
  [25] Félix Mejía, fundador de diez periódicos en Madrid durante el Trienio Liberal (1820-1823) fue varias veces encarcelado y amenazado de muerte y en una ocasión se le intentó asesinar. Al cabo fue secuestrado y liberado. Sufrió una campaña de difamación que tuvo su origen en una carta enviada a un periódico por el sacerdote ciudarrealeño Velarde, miembro de una familia de latifundistas que había dominado el Ayuntamiento de la capital durante el siglo XVIII. Se escapó del penal de la isla de El Hierro en un barco norteamericano antes de que se le abriera proceso para ejecutarlo y se exilió en Filadelfia.
 
    [26] Nieblas no sólo metafóricas, pues Ciudad Real tenía algunas lagunas pantanosas que enfermaban de tercianas a los vecinos. Se sucedieron los intentos durante el siglo XIX para enterrarlas bajo toneladas de tierra, lo que se logró al fin en julio de 1868.
    [27] El Constitucional. Correo General de Madrid, núm. 1º. (1-III-1821), p. 3
    [28] Se llamaba así a los naturales de Ciudad Real.
 
    [29] Manuel Núñez de Arenas, “Deseo de que se establezca una Sociedad Patriótica en Ciudad Real”, en Memorial Literario, Instructivo y Curioso de la Corte de Madrid t. XIV, (agosto de 1788), pp. 643-647. El texto está tomado de Manuel Espadas Burgos, “Ciudad Real y su Sociedad Económica de Amigos del País”, Cuadernos de Estudios Manchegos pp. 178-179.
    [30] Jurista y escritor satírico ilustrado amigo de Pedro Estala y Forner, Leon de Arroyal vivió en un pequeño pueblo de La Mancha conquense, Vara de Rey, la mayor parte de su vida, intentando crear una sociedad de amigos del país, lo que le impidió la oligocracia del pueblo cercano, San Clemente. También intentó que le dejaran traducir del latín la liturgia católica, lo que de hecho podía hacerse, pero de facto no era permitido por los obstáculos de la iglesia. Casado con una hija de uno de los mayores médicos y científicos de su tiempo, el doctor Piquer, de filosofía ecléctica, es considerado hoy en día uno de los ilustrados de ideas sociales más avanzadas de su tiempo. Pan y toros fue un opúsculo muy popular en su tiempo, largo tiempo atribuido a Jovellanos.
    [31] En los siglos de oro algunas personas preocupadas por la economía del país idearon milagrosos planes de reformas o arbitrios que solucionarían los problemas del reino y los enviaron a la Corte en forma de memoriales, a veces incluso impresos; muchos eran toledanos que habían visto la decadencia de la industria de su ciudad por la competencia del comercio sevillano y algunos eran pensadores y ensayistas brillantes, como Cellorigo, pero la mayoría reducían las causas de la decadencia a una sola, empobreciendo las verdaderas dimensiones del problema. A estos personajes se les llamó arbitristas, y fueron ridiculizados en la literatura de la época como prototipo de locura por Quevedo, el conquense Antonio Enríquez Gómez y otros autores. Estos ensayistas del XVI y XVII son los antecesores de los proyectistas del XVIII a los que alude José Cadalso.
    [32] Preocuparse, en la época, significaba lo mismo que “tener prejuicios”
 
    [33] José Cadalso Vásquez, Cartas marruecas. Madrid: Imprenta de Sancha, 1793.
    [34] En francés, ‘sin dilación’.
    [35] Es una alusión al comienzo del prólogo de la primera parte del Quijote, “Desocupado lector...”
    [36] Referencia a Abel Martín, supuesto maestro de Mairena y en realidad un heterónimo del heterónimo machadiano Juan de Mairena o, como prefería llamarlos Machado, “complementario” o “apócrifo”.
 
    [37] Apréciese el arcaísmo sintáctico, que viene a tono con la alusión al carácter erudito y, presumiblemente, pedantesco del amigo de Abel Martín.
    [38] Alude aquí  Machado al carácter profundamente socrático de toda enseñanza.
 
    [39] “El tiempo ha huido de forma irrecuperable”. Antonio Machado quiere con esta expresión, comúnmente inscrita en los relojes de péndulo, aludir a su propia poética, que reduce la lírica a “palabra esencial en el tiempo” o “diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo”.
    [40] Ortega escribía así esta palabra, que hoy es más frecuentemente escrita como ‘rigurosa’.
 
    [41] “Además respecto a las otras otras cosas opino que la monarquía ha de ser destruida”.  Alude a un dicho de Catón con el cual terminaba todos sus discursos en el senado romano expresando su deseo de que Cartago fuese arrasada, lo que en efecto llegó a producirse por obra de Roma. La monarquía caería en efecto pocos años después, tras la dictadura de Primo de Rivera, pero algunos años después también caería la República.
    [42] José Antonio Marina “La industrialización de la cultura”, en El Mundo, (5-VI-2002).
    [43] Fernando Savater, El valor de educar. Barcelona: Ariel, 1997, cap. IV.