viernes, 12 de septiembre de 2008

El Cáucaso en el 2004

Date: Thu, 09 Sep 2004 10:47:04 -0400
* Fuente: 
http://www.lavanguardia.es/web/20040908/51162192412.html
Es hora de preocuparse por el Cáucaso Norte

NO ES ÉSTA UNA ZONA feliz del planeta: es pobre, musulmana en su mayor parte y cada vez más aislada del resto de Rusia   
BESLAN INDICA que los radicales han eclipsado por completo a los moderados entre los rebeldes de Chechenia   
 
THOMAS DE WAAL - 08/09/2004

La espantosa conmoción de Beslán perdurará durante mucho tiempo, pero las consecuencias locales no han hecho sino comenzar. Es hora de empezar a prestar seriamente atención al Cáucaso septentrional. 

Un pequeño motivo de esperanza a lo largo de toda la década de conflicto checheno ha sido que el resto de esta compleja región multiétnica no se viera arrastrada en el torbellino. Ni siquiera la incursión del guerrillero checheno Shamil Basaiev en Daguestán en 1999 logró desestabilizar la región, como había esperado el propio Basaiev (y quienes planearan además el ataque). 

Las cosas han cambiado. El torbellino ya había empezado a extenderse antes incluso de que Beslan y la crisis de los rehenes empeorara mucho más la situación. No es ésta una zona feliz del planeta. Es pobre, musulmana en su mayor parte y cada vez más aislada del resto de Rusia. El desempleo es elevado, sobre todo entre los jóvenes. Los gobernantes locales son autoritarios y corruptos. Aumenta el racismo de los rusos étnicos hacia los norcaucásicos. A lo largo de los últimos cuatro años Moscú ha reforzado los dirigentes afectos a sus intereses, mantenido los subsidios y ayudado a reprimir la disensión, pero con ello no ha hecho más que acumular problemas ocultos. De continuar las actuales tendencias, dentro de una generación gran parte de la región se parecerá más a algunas zonas de Oriente Medio o el norte de África que a Rusia. Y no cabe duda de que el islam radical está encontrando nuevos adeptos entre los jóvenes; sobre todo, en lugares como Kabardino-Balkaria, que a primera vista parecen tranquilos. 

Osetia del Norte se ha visto sacudida de arriba a abajo. Su elección como objetivo por parte de los terroristas se debió en parte a su tradicional lealtad a Moscú. La rabia que hemos visto en la opinión pública osetia pone ahora a prueba esa lealtad. Da la impresión de que el presidente Vladimir Putin ha decidido no visitar Beslan porque los ánimos de la población estaban muy caldeados. Las autoridades norosetias -con la posible excepción del presidente Alexander Dzasojov- tampoco han salido bien paradas del secuestro, puesto que no lograron comunicarse de forma adecuada con los familiares de los rehenes. Aquí, como en el resto del Cáucaso septentrional, crece la brecha de desconfianza entre los ciudadanos y sus gobernantes. 

Más preocupante es la amenaza planteada por las relaciones osetio-ingushes. Los dos vecinos han mantenido un enconado conflicto desde que los ingushes regresaron de la deportación de Stalin en la década de 1950 y reclamaron un pequeño territorio (la región de Prigorodny) que les había pertenecido y que fue transferido a Osetia del Norte. En 1992 los dos bandos entablaron una breve pero cruenta guerra que produjo 600 muertos. Desde entonces los ingushes han ido regresando poco a poco a la región de Prigorodny, y los dos bandos han empezado a convivir de nuevo en la zona. Ahora, con la implicación de ingushes en el secuestro en el que han muerto niños osetios, existe la espeluznante perspectiva de una represalia por parte de los osetios. 

La propia Ingushetia es un Estado precario. Hace dos años Moscú decidió apartar al presidente Ruslan Aushev, quien se había movido hábilmente entre los rebeldes chechenos y Moscú y había logrado mantener la república ingush al margen del conflicto checheno. La independencia de Aushev había dejado de ser aceptable en la Rusia posterior a Yeltsin, por lo que fue sustituido por Murat Ziazikov, un general ingush del Servicio Federal de Seguridad. Ziazikov carece de la autoridad de Aushev e Ingushetia se ha ido fracturado lentamente. El sangriento ataque rebelde contra Nazran el 22 de junio convirtió a Ingushetia por primera vez en parte de la zona de combates y puso de manifiesto la existencia de radicales islámicos ingushes. Por ello resultó significativo que el 2 de septiembre fuera Aushev, y no Ziazikov, el llamado para negociar la liberación de 30 rehenes en Beslan. 

Por último, Chechenia. Debería ser ya evidente salvo para los más estrechos de miras el fracaso de la empecinada política de "normalización" del Kremlin, con la familia Kadirov como agentes venales. El nombramiento electoral de Alu Aljanov el 29 de agosto fue un ejercicio de cinismo; sobre todo, tras la exclusión del popular empresario checheno Malik Saidulayev de la elecciones (más o menos, debido a que las habría ganado). El matón Ramzan Kadirov sigue en el poder detrás de Aljanov, y la corrupción campa a sus anchas. Mientras tanto, los combates se cobran decenas de vidas todos los meses. 

El mundo tiene un aspecto muy diferente desde Chechenia. La mayoría de chechenos habrá contemplado lo sucedido en Beslán con el mismo horror que todos los demás, pero la terrible verdad es que esa clase de acontecimientos no les provoca la misma conmoción que a los demás. Los chechenos han sufrido sus beslanes particulares a lo largo de los últimos diez años: el bombardeo de Grozni en 1994-1995 y 1999, la matanza de Samashki en 1995 y de Aldy en 1999, por citar sólo algunos. 

Nunca se repetirá lo suficiente que los chechenos no son afganos. Son un pequeño pueblo de montaña con una historia de resistencia al Estado ruso, pero también de acuerdos pragmáticos con él. La mayoría habla ruso mucho mejor que checheno, y casi todos tienen familiares que trabajan en otras partes de Rusia. Son musulmanes, pero de la rama sufí y practican una forma de islam local que es casi incomprensible para los extranjeros árabes. Durante años los chechenos han respondido con insultos a esos extranjeros intrusos que les decían que debían dejar de visitar sus santuarios locales o hacer que sus mujeres se velaran. 

A lo largo de los últimos diez años, el Estado ruso sólo ha correspondido a esos chechenos corrientes con desprecio y violencia; sin embargo, siguen siendo la clave para restaurar algún tipo de estabilidad en el Cáucaso septentrional. El problema es que el Kremlin tendrá que realizar algunos cambios difíciles si quiere intentar conseguir su apoyo. 

Para empezar, el Kremlin tendrá -finalmente- que iniciar un amplio proceso político, que no puede manipular. Deberá abandonar a los caudillos como Ramzan Kadirov en favor de figuras con autoridad como Saidulayev y Ruslan Jasbulatov. De modo más difícil aún, Moscú tendrá que aceptar que la mayoría de chechenos desea ver la inclusión de representantes del antiguo régimen del presidente rebelde independentista Aslan Masjadov. 

A pesar de las declaraciones públicas, los contactos nunca se han interrumpido. El Cáucaso septentrional es una pequeña región y, a pesar de las apariencias, su política está atravesada por una intensa veta de pragmatismo. El fallecido dirigente checheno prorruso Ajmad Kadirov habló todo el tiempo con Masjadov. Y resulta significativo que el 2 de septiembre Aushev y el presidente osetio Dzasojov telefonearan al portavoz de los separatistas chechenos en Londres, Ajmad Zakayev, un hombre al que Rusia intenta catalogar como terrorista. No es la primera vez que Dzasojov participa en esta clase de conversaciones. 

Beslan indica que los radicales han eclipsado por completo a los moderados entre los rebeldes de Chechenia, y que el nacionalismo checheno es casi una fuerza política muerta. Dudo también de que Masjadov pueda ganar hoy unas elecciones libres en Chechenia como hizo en 1997. Opino de otro modo. Los acontecimientos recientes ponen de manifiesto que Moscú necesita desesperadamente hombres como Ruslan Aushev, mientras que el Cáucaso septentrional necesita desesperadamente una política de consenso y elecciones no amañadas. Ambas partes saldrían muy beneficiadas con una conversación política en que los ciudadanos norcaucásicos de a pie fueran consultados y los hombres de Moscú escucharan algunas verdades desagradables.

Thomas de Waal, responsable del Cáucaso del Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz, Londres (www.iwpr.net)
© The Moscow Times www.themoscowtimes.com
Traducción: Juan Gabriel López Guix
 




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Date: Fri, 01 Oct 2004 15:32:21 -0400
Subject: China-Turkestán
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* Fuente: 
http://www.lavanguardia.es/web/20041001/51164810272.html


Turkestán
China tiene en el Xinjiang, su principal problema nacional, aunque en los últimos años casi haya logrado erradicar el activismo y mantener las tensiones en un estado latente

RAFAEL POCH - 01/10/2004 - 13.31 horas

El principal problema nacional de la China de hoy no está en el Tibet, como muchas veces se piensa en Occidente, sino en el Xinjiang, la gran región autónoma del extremo noroccidental del país. La región pertenece cultural e históricamente al Turkestán, la gran zona de Asia Central poblada por pueblos túrquicos de tradición mayormente islámica que en los últimos siglos ha estado dominada por los imperios ruso y chino. En Xinjiang, el Turkestán chino, viven los uigures.

Los uigures aparecieron como nación a principios del sigloVII como una unión de diferentes grupos étnicos y tribales pastoriles que se sedentarizaron. A lo largo de los siglos recibieron y filtraron muchas influencias culturales y religiosas; desde el budismo hasta el cristianismo nestoriano, pasando por el maniqueismo, el zoroastrismo, el taoismo, el confucionismo y el animismo, pero fue el Islam, a partir de finales del siglo X, el que prendió con más fuerza entre ellos y ha sobrevivido hasta hoy con gran vigor. Durante casi diez siglos, la lengua túrquica uigur y su escritura fueron "lingua franca" en Asia Central, y los mongoles recibieron de los uigures el alfabeto y la experiencia para crear un estado en la época de Chingiz Jan.

Hoy, si se divide las 55 minorías étnicas oficialmente reconocidas en China en dos grupos, según su mayor o menor nivel de parentesco y afinidad con la mayoría Han, los uigures son la mayor minoría (8,5 millones) del grupo de los más diferentes a los Han en cultura e ideosincracia. Es el único pueblo túrquico que utiliza el alfabeto árabe y ha demostrado un fuerte apego a su tradición y una gran resistencia a la asimilación.

El Turkestán chino mantiene frontera con siete países (Mongolia, Rusia, Kazajstán, Kirguizstán, Tadjikistán, Afganistán, Pakistán e India) es una zona inmensa, rica en reservas de gas, petróleo y minerales, de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, equivalente a más de tres veces la Península Ibérica, y que representa la sexta parte de la superficie total de China. Xinjiang es un territorio desértico en un 50%, donde China tiene su polígono de pruebas atómicas (Lop Nor) en el que ha detonado más de 40 bombas atómicas.

La llegada de Estados Unidos a esta gran región de Eurasia, como consecuencia del fin de la Urss, ha convertido el Turkestán en escenario de un nuevo "gran juego", determinado por la abundancia de materias primas y la ambición por controlarla.

La ortodoxia de la publicística y de los estudios universitarios occidentales sugiere claramente que el dominio chino de esta región, como el del Tibet, es, fundamentalmente, ilegítimo.(Por ejemplo; "La historia no apoya la reivindicación china de ésta remota región", es la frase que abre el artículo sobre Xinjiang en el volumen "Modern China" de Pinguin Books). 

Como en el caso de la costa báltica en la Urss, la demostración consiste en enfatizar los periodos de independencia o no pertenencia a China de esos territorios en el siglo XX, y minimizar o silenciar los vínculos. De parte China, trátese de Xinjiang o de Tibet, se practica el mismo ejercicio pero a la inversa; recordando vínculos ancestrales.

Al margen de ambas posturas, la realidad es que históricamente Xinjiang es un territorio fronterizo que mantuvo siempre fuertes contactos e intercambios con China, y que está dominó cuando era fuerte y cedió cuando era débil. Actualmente China es fuerte y su dominio en Xinjiang se está fortaleciendo.

El nieto del Jan
Fue en mayo de 1989. Había llegado a Alma Atá tras una visita a la frontera chino-soviética. El Ministerio de exteriores soviético la había organizado para mostrar las primeras consecuencias prácticas de la normalización de relaciones con China, que iba a ser rubricada poco después por la visita de Gorbachov a Pekín. La Urss habia comenzado a retirar de allí gran parte de las 44 divisiones que había llegado a tener desplegadas desde los años setenta, 13 más que en el frente europeo. Se acababa de abrir el tráfico fronterizo.

En Alma Atá aún tenía frescas en la retina las imágenes del viaje. Aquellas interminables carreteras de la estepa kazaja, flanqueadas por cordilleras nevadas entre las que transcurría el amplio pasillo natural de Dyungaria, tenían algo de extraño. Su pavimento era deficiente, pero, de vez en cuando, había tramos no sólo de firme perfecto, sino de una anchura innusual. Los dos carriles se ensanchaban hasta cinco o seis durante varios kilómetros, sin aparente motivo.

"En caso de tercera guerra mundial", por esas carreteras no sólo debían rodar las divisiones acorazadas hacia el valle del Ili o la capital de la provincia china de Xinjiang, Urumchi, sino que también debían permitir el aterrizaje de los grandes bombarderos y aviones de transporte militar, me dijo entre susurros un oficial. En 1989, aquella época de obsesiva militarización se acababa.

Por aquel entonces, en Kazajstán vivían casi un millón de alemanes soviéticos. En el siglo XVIII, con la emperatriz Catalina II, decenas de miles de campesinos de Suabia y otras regiones alemanas habían colonizado la región del Volga, y durante la segunda guerra mundial, Stalin los había deportado a Kazajstán. Casi cincuenta años después, los alemanes de Kazajstán formaban una comunidad bastante cerrada y endogámica, que contaba con sus propias escuelas y había preservado su lengua. En Alma Atá me topé con un taxista, rubio y de ojos azules llamado Karl, que hablaba alemán con fuerte acento "schwäbisch". Le expliqué que en la frontera había asistido al paso de los primeros autobuses chinos, cargados de uigures, autorizados a entrar en la URSS.

Desde el siglo XIX, la cuestión nacional uigur había sido una de las monedas de cambio de Rusia en su tira y afloja fronterizo con China. Cuanto mayor era el interés de Rusia por territorios bajo control chino en el Turkestán Oriental, o cuanto peor era la relación con Pekín, mayor había sido su amparo hacia el irredentismo uigur. Los vaivenes de las relaciones chino-soviéticas, las guerras y levantamientos uigures de los años cuarenta, asi como los sufrimientos y persecuciones a las minorías en la China del "Gran Salto Adelante" y de la "Revolución Cultural", se habían traducido en diversas oleadas de refugiados uigures hacia Kazajstán. En Alma Atá había una comunidad uigur y Karl me habló de un buen amigo suyo, Azat, que era uno de sus líderes. Expresado mi interés por conocerlo, quedamos aquella misma noche. Fue asi como conocí al nieto de Yaqub Beq, caudillo del efímero janato uigur de Kashgar.

Azat Yakumbek era un hombre de mediana estatura, robusto, casi calvo y de ojos rasgados, de unos treinta años pero que aparentaba quince o veinte más. Tenía una sonrisa bondadosa y un fino sentido del humor. Vivía muy pobremente en una barraca de un barrio del extrarradio en el que una fábrica de asfalto disparaba los índices de mortalidad infantil. El techo de su vivienda era de uralita, carecía de agua corriente y se calentaba con una estufa de carbón. Azat estaba casado con una bella y hacendosa uzbeca que le había dado dos hijos preciosos, y que daba la sensación de que era el puntal material de la familia.

Yaqub Beq (1820-1877), el abuelo de Azat, había sido un aventurero de Kokand, en la región de Ferganá, actual Uzbequistán, capital de uno de los tres janatos existentes en el Turkestán occidental, antes de su anexión al Imperio ruso. Tras combatir allí sin éxito a los rusos, se trasladó al Turkestán chino, donde logró crear el janato de Kashgar en 1867 y proclamarlo independiente de la China manchú durante diez años, aprovechando la ayuda británica que en el marco del "gran juego" recelaba del avance del imperio ruso en Asia Central como potencial amenaza a India. La autoridad de Yaqub Beq fue cruel y sangrienta, señalaban las crónicas.

"Los rebeldes no se contentan con aniquilar a los odiados funcionarios chinos, sino que, excitados por sus mullahs, se entregan a la masacre de la pacífica población china", escribióVasili Vereshagin, un artista ruso que visitó la región aquellos años. El janato de Yaqub Beq concluyó en 1877, cuando un ejército chino reconquistó Kashgar y el Jan murió, al parecer envenenado.

En Alma Atá la comunidad uigur vivía en condiciones de exilio. Procedía de diversas olas de emigración, pero todos tenían en común una marcada hostilidad hacia China. Por su respetado linaje, Azat se había convertido en un personaje central de la comunidad uigur de Kazajstán, formada por unas 250.000 personas. A finales de los ochenta la comunidad estaba negociando la apertura de un "centro cultural" de la nación en Alma Atá y todos los uigures le traían a Azat las piezas de arte uigur de sus familias que consideraban de valor para crear el fondo del futuro museo del centro. El resultado era que la barraca contenía un verdadero tesoro. Alfombras antiguas, joyas, tejidos de la seda más fina, ajuares ancestrales y manuscritos, representativos de diferentes etapas de la cultura uigur, se amontonaban en los arcones y rincones de aquel humilde habitáculo de las afueras de la ciudad. Aquella especie de Diógenes guardían del tesoro de la nación exiliada, me mostraba la joyas de la colección, poniéndoselas a su hermosa mujer mientras bromeaba con ella recordándole el buen negocio que había hecho al casarse, indiferentes ambos a su valor material. Su relato, aquella noche me resumió el devenir de la nación durante las duras décadas anteriores.

"Hasta el 56 las cosas fueron más o menos bien allá, pero a principios de los sesenta comenzaron a fusilar a gente", resumió aquella noche una contertulia, también refugiada, que había dejado tres hermanos al otro lado de la frontera, y que entonces se disponía a cruzarla por vez primera en más de veinte años.

Como consecuencia del hambre y las persecuciones, en 1962 más de 80.000 personas, la mayor parte de ellas uigures o kazajas, habían huido de China para refugiarse en Kazajstán. Repetían la historia escrita un siglo antes por 50.000 familias uigures que huyeron del imperio chino después de que el ejército manchú aplastara el janato de Yaqub Beq. Aquella oleada del XIX fue la que fundó la ciudad de Dyarkent, junto a la frontera china del actual Kazajstán, que cuenta con una extraordinaria mezquita uigur con aspecto de pagoda. En 1942, la ciudad se rebautizó Panfilov, en honor del General soviético, Iván Panfilov, muerto al mando de su división en la épica defensa de Moscú del invierno de 1941. La capital rusa había sido salvada aquel invierno por tropas siberianas y kazajas, así que el cambio de nombre de la ciudad no era exactamente un capricho imperial.

En 1962 se enredaba la maraña de la ruptura chino-soviética, complicada por la polémica sobre transferencia de tecnología nuclear militar y por el pleito fronterizo chino-indio, que degeneró en guerra en el Himalaya. En octubre de 1961, los ataques contra Stalin de Jrushov, que dañaban indirectamente el caudillismo imperial de Mao, y el pleito con Albania, habían provocado el airado abandono de Zhu Enlai de la sesión del XXII Congreso del PCUS en Moscú. En Xinjiang había indicios de agitación soviética entre las minorías. En los tres distritos del norte con centro en Kuldjá, zona de tradicional influencia ruso-soviética, funcionaba un partido panturquista uigur de inspiración marxista bendecido por la URSS, de la que se esperaba ayuda para crear en territorio chino una "República del Turkestán Oriental"; el Partido Popular del Turkestán Oriental (Sharki Turkistan Halk Partisi) STHP. Agentes soviéticos capitalizaban el descontento uigur, por el hambre y las estrecheces del Gran salto Adelante, "extendiendo el rumor de que al otro lado de la frontera la miel y la leche fluían por la calle", explicaba Azat.

Todo eso revivía entre los dirigentes chinos los fantasmas de la ocupación militar rusa del norte del Xinjiang de 1871 y del patronazgo soviético de la "República del Turkestán Oriental" proclamada, una vez más, por los uigures entre 1944 y 1949 en aquellos mismos distritos del norte de Xinjiang aprovechando el caos de la guerra civil china.

El 29 de marzo de 1962, decenas de miles de uigures se concentraron ante el ayuntamiento de Kuldjá (Yining, en su nombre chino) pidiendo alimentos. Las tropas chinas dispararon dejando centenares de cadáveres, y en los siguientes tres días decenas de miles de uigures atravesaron la frontera hacia la URSS como un río incontenible. Murzat Yakumbek, el padre de Azat fue detenido en calidad de hijo de una figura nacional antichina, junto con muchos representantes de la inteligentsia uigur. Creyéndolo muerto y haciéndose pasar por kazajos, Azat y su madre atravesaron aquel mes la frontera, que poco después fue sellada militarmente.

"Creíamos que en la URSS había prosperidad, y cuando llegamos aquí, hasta el pan estaba racionado", recordaba Azat.

Años después vino la Revolución Cultural. En Xinjiang había comenzado como una guerra civil entre facciones chinas Han, pero se acabó volviendo también contra las minorías étnicas locales. Muchas mezquitas fueron cerradas o destruidas y algunos de sus clérigos obligados a trabajar en granjas de cerdos.

Durante todos aquellos años las comunicaciones de Azat con su ciudad habían sido esporádicas, muchas veces a través de gente que cruzaba la frontera clandestinamente. Así, madre e hijo supieron años después que Murzat estaba vivo en un "campo de reeducación", recibieron algunas fotografías y, mas tarde, la noticia de su puesta en libertad. En 1989, durante nuestra conversación, la gradual apertura fronteriza abría la posibilidad de que Azat volviera a ver a su padre en una visita a Kuldjá desde Kajazstán, pero el viaje era más complicado de lo que parecía a primera vista.

Para recorrer en autobús los 80 kilómetros de distancia entre Panfilov-Dyarkent y Kuldjá-Yining, era necesario volar previamente 3.500 kilómetros hasta Moscú para hacer cola en la embajada china, única autorizada para expedir el visado de entrada. Tanto aquel viaje como el billete de autobús a Kuldjá se pagaban en dólares y viajar en coche particular no estaba permitido. "Poco a poco, todo se irá solucionando", me dijo en 1989 el jefe del partido en Panfilov, un uigur de 42 años de aspecto diligente y responsable, llamado Husein Ilianov. Aquel año el muro no solo caía en Berlín.

Una década muy complicada
Si el final de los ochenta fue época de desmilitarización, esperanza y apertura, el deshielo interior provocado por la "perestroika" produjo también caos e inestabilidad y convirtió en muy complicados los años noventa en Asia central. En la parte soviética del Turkestán, las elites gobernantes de esas repúblicas eran las menos preparadas para asumir las consecuencias del derribo que les venía impuesto desde Moscú.

La perspectiva de independencia y nuevo nacionalismo que abría la desintegración del Partido Comunista Soviético (PCUS) y de la URSS, funcionaba particularmente mal en Asia Central. Todas las repúblicas tenían allí una gran dependencia del comercio interior soviético -que se hundió-, contaban con una gran población joven y altos índices de desempleo, y las elites políticas tenían grandes dificultades en cambiarse el traje soviético, con el que se sentían bastante confortables, e inventar un nuevo discurso, nacionalista, laico y patriarcal, que eludiese el tradicionalismo islámico.

Con un centenar de nacionalidades y una gran población eslava que superaba a la autóctona, Kajazstán era una especie de replica de la URSS particularmente incómoda por la independencia caída del cielo, pero fue en Tadjiskistán donde se dio la situación más dramática. El vacío de poder dejado por la disolución de la URSS, rompió los equilibrios entre los grupos dirigentes y dio lugar a una sangrienta guerra civil entre clanes regionales, después de que los dirigentes excomunistas se vieran forzados a compartir el poder con fuerzas alternativas que se reclamaban del tradicionalismo islámico.

En Uzbekistán, el principal estado de la región, el tradicionalismo islámico surgió con particular vigor en la región del antiguo janato de Kokand, patria de Yaqub Beq, el valle de Ferganá.

A finales de los ochenta, el valle presentaba la mayor densidad de población de la URSS, enormes tasas de desempleo y padecía una manifiesta escasez de tierra cultivable. Grupos de gente vestida de negro, con barba, tomaban las mezquitas y cuando los clérigos del islám oficial iniciaban la prédica, les interrumpían y les acusaban de ser agentes del KGB.

En aquellos tiempos, cada candidato al puesto de imán de una mezquita era consensuado entre la autoridad religiosa (que era un departamento del estado) y el KGB, por lo que la acusación tenía cierto fundamento. El resultado era una religión sin alma.

"Los clérigos actuaban de forma algo alegre, recibían regalos en las bodas, tenían coche (un lujo), buenas casas, casaban bien a sus hijos y a veces hasta bebían alcohol", recordaba en otoño del 2001 un alto funcionario uzbeco.

En ese contexto de religión sin alma, vacío ideológico e inseguridad de las autoridades (que entendían poco lo que pasaba en Moscú), en Ferganá surgió una ideología alternativa y nuevas organizaciones como "Tovba" (caridad), "Adolat" (justicia) e "Islom Lashkarlari" (guerreros del islam), que actuaban contra la delincuencia y la corrupción. Típica de aquella época aún inocente, fue la acción ejemplar contra un policía que cobraba las mordidas en el bazar de la ciudad de Namangán: le ataron a un árbol en la puerta del mercado y lo tuvieron un día entero expuesto a las risas de la gente.

Uno de los miembros de "Tovba" era el joven Dyumaboi Jodyiev, nacido en 1969 y oriundo de Namangán. Jodyiev ingresó en ese medio al regresar de la guerra de Afganistán, donde había servido un año en las fuerzas paracaidistas de la URSS. Fue entonces cuando las autoridades uzbecas, preocupadas por la creciente fuerza alternativa de los barbudos, iniciaron una represión despiadada contra ellos.

"En 1991 y 1992, logramos acabar con aquella amenaza", explicaba el funcionario. De esa forma, decía, se cortó por lo sano el escenario abierto en Tadjikistán, donde la guerra civil enfrentó a clanes y regiones, algunos con la bandera del islam desde 1992 hasta 1998, con el resultado de 50.000 muertos. "Aquí habrían matado a los siete millones de no uzbecos de nuestra república y se habrían impuesto sobre las dos terceras partes de nuestra población que no acepta su orden", decía.

Sus consideraciones tenían fundamento, pero omitían algo. En realidad la ilegalización de 1992 no acabó con el problema y en algunos casos lo agravó. Por ejemplo, la represión, despiadada e indiscriminada, llevó a muchos miembros del partido "Hizb-at-Tajir", también integrista pero no violento, a evolucionar hacia posiciones violentas.

El crisol afgano
Muchos uzbecos como Jodyiev huyeron de la represión de los noventa hacia Tadjikistán y se integraron allá en la guerrilla, con santuarios en Afganistán. Conocido por su nombre de guerra, Dyumá Namanganí (el de Namangan), Jodyiev creó en Kabul, en 1995, una guerrilla: el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MUI). Lo hizo en compañía de Tajir Yuldash, nacido en 1968, también en el valle de Ferganá, e ideólogo del grupo.

Pasados por la experiencia guerrillera tadjica, en Afganistán los uzbecos ya estaban instalados en la idea de derrocar por las armas el régimen poscomunista uzbeco del Presidente Islam Karimov. Esa idea sintonizaba y se integraba perfectamente con el proyecto de la internacional guerrillera sunita promocionada, contra la URSS e Irán, por Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán en el Afganistán de los ochenta (el área Ben Laden), y que en los noventa adquirió vida propia y se volvió contra sus creadores.

"La idea era que si caía Uzbekistán, el estado más fuerte y estable de la región, todo lo demás caería como un castillo de naipes", explicaba el funcionario.

Con esa idea, en 1999 y 2000 el MUI efectuó incursiones guerrilleras en Uzbekistán y Kirguizstán, incluida la espectacular ola de atentados del 16 de febrero de 1999 en Tashkent, la capital uzbeca. En su apogeo, el ejército de Namanganí contaba 3.000 hombres. En sus filas había no solo uzbecos, sino también ciudadanos de todo el Turkestán; kazajos, tadyicos, kirguizes, uigures y hasta algunos chechenos. Su base estaba en una antigua fábrica de algodón de la provincia de Kunduz, del norte de Afganistán.

Tras el 11 de septiembre neoyorkino, cuando Kunduz cayó ante la ofensiva de la "Alianza del Norte" en noviembre del 2001, pude ver muchos prisioneros de aquel ejército del norte de Afganistán. Estaban siendo interrogados por la CIA en la fortaleza de Kalai Jangí, cerca de Mazarí Sharif. Eran unos 500. En calidad de "extranjeros", aquellos "internacionalistas de la jihad", habían quedado fuera de las componendas interafganas que rodearon la rendición de Kunduz. Los combatientes paquistaníes habían sido repatriados en avión a Pakistán, y los talibán locales, simplemente fueron acomodados a la nueva situación, como suele ocurrir en Afganistán. De "Namanganí" se decía que había muerto, pero a su ideólogo, Tajir Yuldash, se le consideraba escapado.

Muchos presos ni siquiera habían sido registrados y llevaban armas y granadas escondidas entre su ropas. Cuando se dieron cuenta de que los entregaban a los americanos -algo no previsto en el pacto de su rendición- se rebelaron, mataron a uno de los interrogadores de la CIA, el oficial John Spann, primera víctima americana en aquella campaña, y consiguieron hacerse fuertes en la fortaleza.

Durante varios días Kalai Jangí fue bombardeada por un solo avión americano con todo tipo de bombas, incendiarias de fragmentación, "penetradoras". De aquellos 500 presos sólo sobrevivieron 80. Muchos de ellos estaban gravemente heridos y casi todos hambrientos. Fueron localizados en los recovecos de los sótanos de la fortaleza. Para hacerlos salir se bombeaba gasolina en los sótanos y se les prendía fuego. La mayoría de ellos fueron a parar a Guantánamo.

La situación al otro lado
En Xinjiang, la parte china del Turkestán, las repentinas independencias de las repúblicas soviéticas de Asia central, la inseguridad de las autoridades chinas ante el derrumbe del bloque del este y de la URSS -patente en las vacilaciones y divisiones en el seno del Partido Comunista Chino con ocasión del movimiento de Tiananmen de la primavera de 1989- y la general eclosión del activismo islámico, estimularon el nacionalismo uigur.

La analogía estaba clara y legitimaba el impulso nacionalista uigur; si al otro lado de la frontera, turkmenos, kazajos, uzbecos, kirguizes y tadjicos habían recibido estados independientes, no había razón para que los uigures no hicieran lo propio. Se perdía así de vista un aspecto fundamental.

La URSS había sido un estado federal, compuesto por repúblicas nacionales y en el que los no rusos ya eran mayoría. La República Popular China, aunque reconoció la existencia de naciones -a diferencia de la China nacionalista anterior a 1949- es un estado unitario con tres autonomías nacionales; Xinjiang, Tibet y Mongolia Interior. Si en los años setenta y ochenta, las repúblicas del Asia Central soviética más bien se habían desrusificado y hecho más "nacionales", en Xinjiang había pasado lo contrario; allí lo que había avanzado era la sinificación. Además, la lógica de la lucha interna por el poder en Pekín ni había degenerado hasta los extremos rusos, ni nadie aceptaba el escenario de una ruptura del estado, como había ocurrido en Moscú. Así que, más allá de la mera inspiración, el desmoronamiento soviético no aportaba gran cosa en la práctica a los uigures.

En los ochenta la ideología sovietizante de los activistas uigures del norte de Xinjiang, la línea del STHP, imperante durante los años de malas relaciones con la URSS, había desaparecido por completo, pero en el sur, la zona uigur más tradicionalista, cobraba fuerza el islamismo revolucionario. 

La apertura había permitido no solo un mayor contacto y tráfico de ideas nacionalistas procedentes de la diáspora uigur soviética, sino también de influencias religiosas. El auge comercial con Pakistán a través de la frontera del Karakorum había traído predicadores de ese país y la victoria de la guerrilla islámica contra la URSS en Afganistán estaba cargada de sugerencias.

Aunque la información disponible es menor, el sentido común, y la realidad de los prisioneros uigures de Guantánamo, sugieren que entre los uigures hubo también trayectorias similares a las de los uzbecos Jodyiev y Yuldash. Esta evolución es la que conduce al primero de los dos levantamientos que la región conocería en los noventa.

Se registró en abril de 1990, en el distrito de Akto, unos 30 kilómetros al sur de Kashgar. Un activista llamado Zajidyn Yusuf se levantó allí en armas y proclamó la "guerra santa", hasta que su grupo fue exterminado por el ejército chino, con el balance de varias decenas de muertos. Entre sus eslóganes, figuraba una hostilidad al socialismo y la afirmación de que si en el pasado el marxismo había suprimido la religión, había llegado la hora de que la religión suprimiera al marxismo.

El segundo levantamiento fue en Kuldjá (Yining), donde en febrero de 1997 se registraron disturbios masivos, con decenas de muertos y centenares de detenidos. El último caso conocido de un uigur ejecutado por su participación en aquellos disturbios fue el de Sher Alí, en noviembre del 2003. Posteriormente, en junio/julio del 2004, otros tres activistas uigures (Kürban Tudaji, Aihe Maititashi y Luojeman Maimaiti) fueron ejecutados por "preparar explosivos" y "entrenar terroristas".

"Influidas por el extremismo religioso, el separatismo y el terrorismo internacional, en los años noventa, las fuerzas del "Turkestán Oriental" se volcaron, desde fuera y dentro de China, hacia las actividades separatistas y de sabotaje con la violencia terrorista como principal medio", señala la narración oficial de aquella época expuesta en el "Documento blanco" del gobierno chino sobre Xinjiang, divulgado en mayo del 2003. La acción del proselitismo religioso, llevó a las autoridades chinas a cerrar la frontera del Karakorum entre 1992 y 1994. Cuando se volvió a abrir, una redada expulsó de Xinjiang a 450 ciudadanos pakistaníes.

Si muchos fueron los factores internos y externos que complicaron los años noventa, es innegable que, al igual que en Uzbekistán, la represión jugó también un papel en la radicalización del activismo político en Xinjiang.

A partir de 1996, Pekín inició una ofensiva en toda regla contra el separatismo uigur con la campaña "golpear duro", cuyos excesos han alimentado los informes de las organizaciones de derechos humanos occidentales desde entonces.

La campaña recogía las enseñanzas de las "debilidades" de los ochenta y se enfocó hacia todos los frentes; represión del nacionalismo (separatismo), puesta en cintura de la religión, depuración de "elementos débiles" en el propio partido y estímulo de la emigración y colonización de chinos Han. La prohibición de las asociaciones locales informales ("meshrep") y la detención de grupos religiosos en Kuldjá, en aplicación práctica de la nueva política, fue lo que desencadenó los disturbios de marzo de 1997 en esa ciudad.

Según Amnesty International, las sucesivas campañas emprendidas a partir de 1996 generalizaron la tortura y la violación de derechos básicos. Sólo entre abril de 1997 y 1999, se registraron, como mínimo, 199 ejecuciones vinculadas a delitos políticos en Xinjiang. Esta represión parece haber alimentado, y posteriormente, aplastado, una fuerte respuesta violenta de parte del nacionalismo uigur.

Según otro informe oficial chino, entre 1990 y 2001 varios grupos separatistas uigures fueron responsables de más 200 atentados en Xinjiang, con 162 muertes y 440 heridos.

Paralelamente, en 1996, se creó la Organización de Cooperación de Shanghai, con China, Rusia, Kazajstán Kirguizstán, Tadjikistán, y, desde 2001, Uzbekistán, en cuyo seno las cuestiones de seguridad regional y antiterrorismo se fueron haciendo cada vez más notorias.

Después del 11 de septiembre del 2001, todo eso recibió la "bendición global" del nuevo discurso imperial de Washington. Como tantos otros países, China intentó aprovechar al máximo la nueva situación para recibir contrapartidas en su propia política en Xinjiang. En su balance del año 2001 sobre el terrorismo uigur, Pekín insistió en que los autores de las violencias y atentados registrados en Xinjiang en los noventa, habían sido unos 100 activistas entrenados por la red de Ben Laden en Afganistán. Probablemente esa conexión se exageró, pero la experiencia sugiere que puede tener algún fundamento.

Mas allá de los beneficios desprendidos de la concentración de Washington en "desafíos" ajenos (hay que recordar que hasta el 2001, China figuraba en los documentos de la administración Clinton y Bush como el "próximo enemigo"), los resultados fueron ambiguos.

Las autoridades chinas reclamaron inmediatamente la extradición de los presos de Kunduz y de otros capturados en otros lugares a lo largo de la campaña afgana. El General Francis Taylor, un enviado especial americano para cuestiones antiterroristas, se negó a precisar cuantos uigures habían sido apresados pero declaró que Estados Unidos no extraditaría a los chinos, "porque no son considerados terroristas".

La sospecha, y la experiencia de medio siglo de política americana fomentando el terrorismo en diversas partes del mundo, es que no todos los que ponen bombas y cometen atentados son terroristas. Si el objetivo de tal actividad es un país considerado rival o demasiado autónomo en su comportamiento, como es el caso de China o Rusia, puede hablarse de "liberación nacional", o incluso de "luchadores por la libertad", el nombre que Ben Laden, Gulbudin Hekmatyar, la mafia cubana de Miami, o la "contra" nicaraguense, recibieron en Washington en diferentes épocas. Como es obvio, todo depende de los intereses del momento y del estado de las relaciones.

"Estados Unidos no ha designado, ni considera terrorista a la Organización del Turkestán Oriental", declaró Taylor en una conferencia de prensa celebrada aquel año en Paquistán. "Hemos discutido con los chinos el hecho de que, aunque esa gente haya estado efectivamente envuelta en actividades terroristas en Afganistán, los legítimos asuntos económicos y sociales que enfrentan a la gente en el noroeste de China, no son necesariamente asuntos de antiterrorismo", dijo el General. Un año después, en agosto de 2002, China recibió el premio de ver incluida la organización de Hasan Majsum, el "Movimiento Islámico del Turkestán Oriental" en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado, pero hoy, tres años después, Pekín todavía está negociando con Washington la extradición de los 22 activistas uigures capturados en Afganistán y aún recluidos entre los 600 presos de Guantánamo. La última declaración de Colin Powell (agosto del 2004) ha dejado claro que no habrá extradiciones.


La actitud general viene también definida por el hecho de que los aparatos de la propaganda de la guerra fría siguen trabajando a fondo en el frente chino y apuntando directamente a la política de nacionalidades china. "Radio Free Asia" tiene emisiones en uigur y tres dialectos tibetanos, además de mandarín, cantonés y dialecto Wu, y organizaciones vinculadas a la CIA, como el "National Endowment for Democracy", subvencionan el activismo uigur. La "Uighur American Association", acaba de abrir una nueva oficina en Washington, cerca de la Casa Blanca, gracias a este tipo de subvenciones.

Muy dividido, el exilio uigur de 13 países anunció, en un congreso realizado en Munich en abril del 2004, la creación de una organización unitaria; el Congreso Mundial Uigur (CMU). Como presidente fue elegido un veterano propagandista de otro aparato de la CIA, "Radio Liberty", nacionalizado alemán; Erkin Alptekin. De 65 años de edad, laico, huido de China con su familia cuando era niño, Alptekin dice condenar la violencia y pregonar, como el Dalai Lama, no la independencia sino una amplia autonomía. El primer viaje de Alptekin como presidente del CMU, fue a Estados Unidos en mayo/junio del 2004, donde fue recibido por varios influyentes congresistas para irritación de China.

Más presión para la diáspora
Aunque la pujanza china es vista con cierto recelo en las antiguas repúblicas centroasiaticas de la ex URSS, la influencia y los intereses -particularmente energéticos- de Pekín han crecido manifiestamente y repercuten en la actitud de los gobiernos de la región. Kirguizstán ha extraditado a China a varios activistas uigures que fueron ejecutados al llegar a destino. Las organizaciones de derechos humanos citan cuatro casos. En el 2002 Tursum Islam, un activista vinculado a la minoría uigur, recibió llamadas amenazantes en su domicilio de la capital kirguiz, Bishqeq, después de que publicara en un diario kirguiz un informe sobre la situación de los derechos humanos en Xinjiang.

A partir de 1995, Kazajstán prohibió las actividades de las organizaciones políticas uigures en su territorio. Actualmente, Kazajstán no acepta refugiados de Xinjiang por presiones chinas, aunque si ha aceptado algunos de Afganistán. El diario "Kazajskaya Pravda" publicó el pasado abril lo que parecía un artículo encargado por los servicios secretos chinos denigrando a los emigrados uigures. Se titulaba, "Los kazajos se enfrentan a una amenaza oculta" y los presentaba como perezosos y peligrosos radicales con conexiones con el terrorismo. En Kazajstán viven 220.000 uigures, la mayor comunidad fuera de Xinjiang.

En todas las repúblicas, ha aumentado el control, tanto de la comunidad uigur autóctona, como de los visitantes y comerciantes uigures que vienen de Xinjiang. En Kirguizstán, cuya comunidad uigur se estima entre 50.000 y 100.000 almas, la policía extorsiona a los uigures de Xinjiang que vienen a comerciar, amenazándoles con decir a la embajada china que son "separatistas". En Tashkent, la capital uzbeca no es nada fácil hacer negocios, se quejan en Xinjiang. "Los uigures con pasaporte chino están muy controlados y pueden ser expulsado sin más, solo a la vista de su pasaporte", explica un hombre de negocios en Xinjiang.

Por otro lado, los alegatos chinos sobre violencia armada al otro lado de la frontera no son fantasía. En el 2002, activistas uigures mataron al cónsul chino en Bishqeq, Wang Jianping, y un año después, un autobús cargado de visitantes de Xinjiang, que regresaba a China desde Bishqeq fue asaltado por un grupo armado en las montañas de Kirguizstán.

"Colocaron una barrera en la calzada, detuvieron el vehículo, robaron a los pasajeros todo el dinero y objetos de valor que llevaban, los hicieron bajar, los fusilaron y luego incendiaron el autobús", explica un vecino de Kashgar que perdió a un pariente en aquel ataque.

Las primeras maniobras militares con tropas de otro país realizadas por el Ejército de Liberación Popular chino se celebraron precisamente en Kirguizstán, en octubre del 2002, con un escenario antiterrorista en la frontera de Xinjiang. Posteriormente, en agosto del 2004, China realizó maniobras militares conjuntas con Paquistán en otra zona de Xinjiang; el distrito de Tashkurgán, junto a la frontera del Karakorum.

Así, en los últimos veinte años, el irredentismo uigur, que nunca gozó de simpatías en occidente comparables a las que recibe Tibet, ha perdido gran parte de sus principales apoyos exteriores. Ya no hay rastro del padrinazgo soviético de los años setenta, ni del relativo amparo que habían brindado hasta principios de los noventa las repúblicas exsoviéticas de Asia Central. La opción islamista radical sigue abierta y parece la única. El jefe del departamento antiterrorista del Ministerio de Seguridad chino, He Ting, declaró tras el atentado de Bishqeq que la lucha contra el separatismo en Xinjiang era "una batalla a largo plazo".

La feroz represión del separatismo practicada por China, frecuentemente metiendo "separatismo, terrorismo y extremismo religioso", en el mismo saco con posiciones nacionalistas y autonomistas completamente legítimas, solo ha sido un vector de la política china de los últimos años en el Xinjiang. El otro ha sido la modernización y el desarrollo, especialmente desde el lanzamiento en el año 2000 de la llamada "Gran estrategia de desarrollo para el oeste", que ha abierto nuevas oportunidades de prosperidad y promoción para una nueva clase media uigur, especialmente en las ciudades, donde se concentra el grueso de la inversión.

Como en el Tibet, las esfuerzos en el campo de la enseñanza para las minorías nacionales y en la integración de cuadros nacionales en el gobierno y la administración (bastante menos en el partido, la instancia más decisiva, que está claramente dominada por los chinos Han) están siendo claros. La combinación de estos dos vectores (represión y modernización), ha sido exitosa desde el punto de vista del objetivo central de las autoridades, es decir; del fortalecimiento del vínculo general de estos territorios problemáticos dentro de la República Popular China. La tendencia de los últimos años es doble; aumento del nivel de vida (Xinjiang se situa en el puesto 15 sobre 31 provincias, en términos de renta) y disminución del activismo separatista.

"China está ganando la lucha por mantener a Xinjiang dentro de sus fronteras", constata el profesor australiano Colin Mackerras, un especialista en la región que la ha visitado varias veces en los últimos años.

Ismail Tiwaldi, Presidente del gobierno autónomo de Xinjiang se jacta de gobernar la provincia "más segura" de China. "El año pasado no hubo ni un solo asesinato político ni explosión en Xinjiang", declaró en Pekín hace unos meses.

Pero que la situación se haya relajado claramente, no significa que la región no esté atravesada por fuertes tensiones latentes y problemas de convivencia interétnica muy serios. El periodista que pretenda tomarles la temperatura, no puede trabajar allá en condiciones normales. Las preguntas elementales que presentaría a sus interlocutores uigures no pueden ser respondidas por éstos, les causaría un gran embarazo, o serían respondidas repitiendo tópicos oficiales en los que la mayoría no cree. Pero, para darse cuenta de la situación real, sus éxitos, sus tensiones manifiestas o subterráneas, y su perspectiva a largo plazo, basta con observar el país y sus gentes. La conclusión es que, siendo fundamentalmente beneficioso para la estabilidad, el desarrollo no es una receta milagrosa. Y así lo ve el primer secretario del PC en Xinjiang, Wang Lequan. "Existe la creencia", dice este funcionario, "de que la primera prioridad para Xinjiang es el desarrollo de la economía y que, una vez eso se haya alcanzado y el nivel de vida mejore, la estabilidad se alcanzará por si sola. Eso es erróneo y peligroso. El desarrollo económico no elimina los separatismos y no puede impedir la secesión de la patria ni el independentismo".

Una romería en Hotan
Decenas de autobuses con literas, caravanas de coches, centenares de carros tirados por burros y mulos, y familias a pie cargadas con sus provisiones, congestionan la carretera junto al pueblo de Jiya. Como cada mayo, son millares los que, en un ambiente de animada y polvorienta excitación, acuden a la romería islámica más importante del Xinjiang, la visita a la tumba del Imán Asim.

El ambiente es el típico de una romería, pero a nadie se le escapa que la jornada es una manifestación de afirmación nacional. Una gran pancarta escrita en uigur recibe a la marea humana, con la advertencia, blanco sobre rojo y en grandes caracteres, de que, "El separatismo es la amenaza a la paz y al desarrollo de Xinjiang".

Hotan es el baluarte del tradicionalismo uigur. Antigua capital de un próspero emirato de la ruta de la seda famoso por su jade, el distrito, de 1,2 millones de habitantes, mantiene la mayor población uigur (95%) de toda la región autónoma. La emigración china Han está muy presente en la ciudad, de 250.000 habitantes, pero el oasis que atraviesan los peregrinos es un museo viviente de cultura campesina tradicional uigur.

Los ríos formados por las nieves derretidas del Kun Lun riegan la región, dando lugar a una maravillosa explosión de vida, en la que la deslumbrante luz del desierto, el verde de los campos de cultivo, el olor de los frutales en flor y el rumor de las aguas en las acequias, aportan imágenes de una antigua felicidad.

En el siglo XI el Imán Asim trajo el Islam a Hotan desde Arabia. La nueva fe se impuso con una guerra que enfrentó al janato de Kashgar con los budistas de Hotan. El mausoleo se encuentra a unos 20 kilómetros de la ciudad, justo en el punto donde concluye el verdor y empieza el desierto.

La romería mezcla feria, rezo, espectáculos, cánticos piadosos y competiciones de "chelishish", la lucha tradicional. Una legión de mendigos, embaucadores y músicos místicos, acompaña a la marea de peregrinos, llegados en grupos, por cofradías y pueblos, con niños y mujeres, con la intención de pasar la noche durmiendo al raso.

Entre el olor a cordero asado se percibe también cierta tensión, quizá por el control que policías uigures de paisano ejercen, vigilando discretamente los discursos de los predicadores, el mensaje de los cantantes y la presencia del único extranjero.

El Islam es aquí algo teóricamente aceptado y protegido, pero intrínsecamente sospechoso. Su vínculo con la tradición local, tan diferente de la tradición china Han, laica y ecléctica, y su condición de ideología potencialmente alternativa a la del Partido Comunista, es la razón de la animadversión oficial hacia la religión. Los intentos de encauzarla con una "política de religión", recuerdan a situaciones ya ensayadas, con éxito desigual, en el Asia Central soviética.

En condiciones normales, la gente convive y acepta el tutelaje de una administración atea y culturalmente ajena sobre la religión, pero el ambiente de la romería, festivo, piadoso y eléctrico, a la vez, sugiere que las tensiones están a flor de piel.

La práctica de la religión es un inconveniente para la promoción profesional en Xinjiang y los jóvenes de menos de 18 años tienen prohibida la entrada en las mezquitas, una norma que se hace cumplir y que genera resentimiento. La justificación oficial es que a esa edad los jóvenes, "deben estudiar y no rezar".

En la sede de una antigua escuela coránica de Kashgar, en plena ciudad vieja, Abdul Hadji, un empleado de correos, se encoge de hombros al comentar esa prohibición, como advirtiendo de que no hay que exagerar su importancia. "Si enseñamos a rezar a los niños en casa, ¿quién nos lo va a impedir"?, dice.

El lugar alberga hoy una "Escuela del partido", que parece puesta precisamente allí por razones "educativas". Unas cuantas veces al año se celebran en esa escuela reuniones, "con discursos de los que nadie hace caso", explican los vecinos. El texto de la gran pancarta roja en caracteres chinos que preside la sala de reuniones resume la utopía oficial; "Fomentar el amor al país como religión". Es decir, en lugar de religión, patriotismo chino.

Para que funcione el equilibrio entre el deseo oficial y el sentir real e íntimo de la gente, mucho depende de la mesura de las autoridades. Forzar las cosas en materia de religión es algo que subleva y concluye en la creación de estructuras religiosas alternativas, cuyo rastro es muy difícil seguir en Xinjiang.

Según el vicepresidente de la oficial "Asociación islámica de China", Haji Shamsudin, en Xinjiang hay algunas "seudomezquitas" cuyo real objetivo es, "preparar terroristas y sembrar la discordia interétnica"."La firme y resuelta represión del gobierno chino de esos actos ilegales ha garantizado la seguridad y contribuido a la campaña antiterrorista global", dice.

En julio de 1995 la detención de varios imanes populares de Hotan, dió lugar a protestas, pero el perfil del último incidente "separatista" conocido en Hotan (la detención de un tal Abudujelili Kalakash, que según las autoridades chinas, confesó haber recibido un escáner, una cámara de video y 3000 euros para recoger información y realizar atentados), sugiere que el activismo está de capa caída y ha remitido en los últimos años.

Según Mac Kerras, muchos uigures consideran la actual autonomía completamente falsa, pero estarían dispuestos a seguir en China si la autonomía fuera más real. Otros, por el contrario aspiran a disponer de un estado propio y están profundamente resentidos del dominio chino. Pero la idea de que cualquier resistencia sólo empeorará las cosas, es, seguramente, el sentir más extendido entre unos y otros.

Una pacífica segregación
Independientemente de que estén de acuerdo con su actual estatuto político dentro de China, de que rechacen la violencia y el extremismo o de que no vean en el tradicionalismo religioso una perspectiva de modernización y futuro, hay algo que una gran mayoría de uigures ve con malos ojos: el continuo flujo de población china Han a Xinjiang.

Entre 1949 y la actualidad, los chinos Han, han pasado de representar el 6,7% de la población al 40%, es decir más de 7 millones de los 18,5 millones de habitantes de Xinjiang. Inicialmente promocionada por el estado, como parte del esfuerzo de cohesión nacional y defensa de las frágiles fronteras de la nueva república, hoy la emigración es un asunto fundamentalmente espontáneo, pero que sirve al mismo propósito homogenizador de la población, con el cálculo a largo plazo de una disolución de las diferencias étnico-nacionales. Aunque la política de planificación familiar permita a los uigures tener dos hijos y a los Han uno, la dinámica de la emigración anuncia que en los próximos años los uigures (hoy 45% de la población) dejarán de ser mayoritarios en la región autónoma que lleva su nombre. La evidencia de este proceso alimenta la principal tensión latente entre los uigures de Xinjiang, y así se ha expresado en todas las manifestaciones y protestas registradas en la región desde los ochenta.

En las repúblicas centroasiáticas de la URSS, los rusos no dominaban; el 37% en Kazajstán, 21% en Kirguizstán, 9% en Turkmenistán, 8% en Uzbekistán y 7% en Tadyikistán, según el último censo soviético, de 1989. La nación "titular" de la república (la que le daba nombre) representaba; el 71% en Turkmenistán, el 62% en Tadyikistán, el 52% en Kirguizstán, el 71% en Uzbekistán y el 39% en Kazajstán, y la tendencia demográfica iba claramente a favor de todas ellas y en contra de los europeos representantes de la nación imperial. En todas las repúblicas había un fluido bilinguismo, aunque los europeos no solían hablar las lenguas autóctonas, casi todos los autóctonos entendían y hablaban el ruso correctamente, con la excepción de las zonas montañas mas remotas, casi siempre en Tadyikistán... Tradicionalmente rechazados por el Islam (aunque no de forma tan radical como en el judaísmo) a menos que el cónyuge se convirtiera, los matrimonios mixtos eran frecuentes en el medio urbano y la tendencia iba en aumento.

En el Asia Central soviética los índices de matrimonios mixtos iban del 17% al 23% en las ciudades y del 4% al 18% en el medio rural. En el medio urbano, donde se concentraba el grueso de la población no autóctona (rusos, ucranianos, alemanes, coreanos, judíos y otros), las comunidades vivían mezcladas y su convivencia era, en general, satisfactoria. Comparado con aquél estado de cosas, las relaciones interétnicas en Xinjiang presentan un aspecto manifiestamente anómalo.

Una razón es que las diferencias culturales entre los colonizadores rusos y los pueblos de la estepa, e incluso de los oasis de Turkestán, eran, seguramente, menores que las existentes entre estos y los chinos. A ello se suma la actitud secular china hacia lo extranjero, que tiende mucho más a asimilar por completo, hasta disolver toda diferencia, que a hacer virtud del mestizaje. El resultado de la "angustia demográfica" de los uigures y de la apisonadora homogeneizadora china-Han, es la segregación de comunidades. Incluso en la capital y ciudad más moderna de la región, Urumchi, uigures y Han viven en barrios separados. La ausencia de matrimonios mixtos uigur/Han (muy raros en el norte, prácticamente inexistentes en el sur), el desconocimiento del idioma del otro (total en el caso de los chinos Han, muy frecuente entre los uigures) y la abundancia de prejuicios y desprecios, son norma.

En Hotan, la comunidad china Han vive en la ciudad moderna, cuyo centro es una enorme plaza presidida por una gran estatua dorada del Presidente Mao saludando a un campesino uigur local, Turban Kulum, que fue recibido en audiencia en Pekín. Es una plaza orientada, como dice el eslogan, a, "fomentar el amor al país como religión" en la que los días de fiesta se oyen canciones de la época de la "Revolución Cultural" loando al "Gran Timonel". A su alrededor se desarrolla una ciudad Han de provincias como cualquier otra, con sus comercios, sus omnipresentes y discretos burdeles, y sus restaurantes. Los uigures, suelen vivir en lo que queda de la ciudad tradicional, aun más machacada que en Kashgar, la otra gran capital del tradicionalismo uigur del sur de Xinjiang, y monopolizan todo el entorno rural de la ciudad. Las dos comunidades se ignoran mutuamente, desconocen la lengua del otro y viven en pacífica segregación. El gobierno impulsa esfuerzos meritorios, que no son una cuestión de imagen o decorado. Por ejemplo, la presencia de las minorías entre los cuadros dirigentes de Xinjiang está aumentando. Los presidentes de cada distrito y prefectura nacional autónoma, así como de la propia región, son siempre representantes de la nacionalidad titular de la autonomía. Por otro lado, la jefatura del partido de la región autónoma y los puestos claves en el PC, la instancia más decisiva, están en manos de chinos Han. Cada ciudad dispone de canales de televisión, regionales y locales, en lengua uigur y la ofensiva en educación es patente.

Pero por muchos que sean los esfuerzos y los beneficios, alcanzar una convivencia interétnica normalizada no será posible sin una autonomía real, para la que, seguramente, ninguna de las partes está hoy preparada. Visto desde el ángulo chino, la cuestión forma parte del problema general de la democratización del sistema. Visto desde el lago uigur, las relaciones que esta nacionalidad mantiene con otras de Xinjiang (por ejemplo los kazajos) no se diferencian mucho en cuanto a desprecios y prejuicios, de las que median entre uigures y chinos Han. Así que cambiar este panorama solo parece posible mediante lo que los chinos definen como, "un esfuerzo sostenido de varias generaciones" y en condiciones de mayor libertad. Todo lo que no sea eso, parece condenado a la mejor o peor administración de una situación tensa y anómala, repleta de peligros, tanto para la preservación de la unidad territorial de China, como para el estado de los derechos humanos. En esa situación, el conflicto que hoy, en condiciones de prosperidad y crecimiento, se mantiene en estado latente, provocará erupciones al menor cambio de coyuntura.

Kashgar, museo asediado
Confluencia de los dos principales vías de la ruta de la seda, -la que iba a la India y la que se dirigía al Mediterráneo-, flanqueada por las murallas naturales del Pamir, el Tien Shan y el Karakorum, crisol de lenguas, culturas y religiones... muchos y notables son los títulos de Kashgar, ciudad legendaria de 2000 años de historia. ¿Qué ha sido de ellos?.

"Hace diez años, sí que estaba bien", decían sus admiradores... hace diez años. Era, "un museo al aire libre", explicaban. Y las guías de bolsillo prometían al turista, "visiones no muy diferentes de las que contempló Marco Polo a su paso por aquí, hace ocho siglos".

De todas aquellas descripciones nos separa hoy otra década de dinámico crecimiento y prosperidad, en un país, como China, que destruye su pasado sin el más mínimo complejo. Había, pues, que prepararse para lo peor...

La ciudad no me recibió en su mejor día. Caía la lluvia más intensa de los últimos veinte años. Sus calles estaban encharcadas y en algunas de ellas, completamente inundadas, el agua ya llegaba hasta la rodilla con bomberos y vecinos achicando comercios y bajos anegados.

En la ciudad nueva, los trabajos de modernización incluían la construcción de un gigantesco y absurdo centro comercial subterráneo de varias plantas, que obligaba a dar largos rodeos para cruzar las avenidas. La ciudad vieja era un cenagal, agravado por las obras de alcantarillado y asfaltado de sus principales arterias y los ocasionales olores a basura en descomposición pasada por agua. Hubo que esperar a que los elementos se calmaran para que, bajo la clarificadora luz del sol, el aspecto de la ciudad se hiciera comprensible.

El bazar dominical le dio la razón a la guía de bolsillo gringa. Es, sin duda, el caos comercial más sabroso y colorido de Asia Central. Más de cien mil campesinos de todo el oasis, en el que viven casi cuatro millones de personas, acuden a esta feria semanal con animales de tiro, bicicletas, motocicletas y autobuses, protagonizando un barullo de mil demonios.

Desde el punto de vista de la geografía humana, la ciudad vieja supera con creces todo lo que pueda verse en Samarcanda, Bujará o Jivá, las otras antiguas capitales de janatos islámicos del Turkestán, hoy en Uzbequistán. Al lado de Kashgar, son museos urbanos desprovistos de alma. Aquí la calle es de los oficios; barberos, herreros, hojalateros, alfareros, zapateros, panaderos, carpinteros, sastres, carniceros y albañiles, los niños aun corretean por las calles y los burros se abren paso entre las advertencias de sus amos. Aunque el nivel de vida es mucho más alto, el ritmo de la vida tradicional es casi tan auténtico como el de las ciudades afganas.

Pero todo eso ocurre en un espacio circular de 4,2 kilómetros cuadrados, en el que viven 126.000 vecinos, casi todos ellos uigures, de los 380.000 con que cuenta la ciudad. Y ese espacio, de vida, color y, a veces también de pobreza, está asediado por la ciudad moderna, de una fealdad considerable, que le gana terreno mediante la demolición. Está por ver qué aspecto tendrá esta joya dentro de otros diez años de modernización.

El alfarero Tusum Rustam tiene su taller en la azotea de su vivienda de ladrillos de adobe, a la que se accede por una escalera de mano. Empezó de niño y a los 17 años ya era un maestro, dice. Su familia lleva siete generaciones en el oficio, fabricando platos y botijos en un torno que se acciona con los pies, junto al horno de leña. Tiene más de 50 años, pero, puntualiza, "si mi padre a esta edad sabía diez, yo solo se cinco". Últimamente le falla la espalda, pero sus hijos no van a continuar la tradición; "uno estudia para maestro, el otro trabaja de aprendiz con un sastre", dice. Naturalmente que le gustaría que alguien continuara la tradición familiar, pero no parece hacerse un drama porque no vaya a ser así... Preguntado por su opinión sobre la remodelación y modernización de la ciudad, el hombre pone la primera y se arranca con una respuesta de rigor; "las autoridades se preocupan mucho por la población y están haciéndolo muy bonito", dice, sabiendo que entramos en terreno sensible.

El corazón de la ciudad antigua, la Plaza de la mezquita Aid Kaj, es casi inaccesible, rodeada de vayas y asaltada por unas obras de remodelación que han destruido un par de calles tradicionales. Una de ellas albergaba a los orfebres de la ciudad, y, cerca de ellos, a los vendedores de plantas y reparadores de porcelana. Ahora, según se desprende del croquis del proyecto expuesto en una gran avenida, la mezquita del siglo XV pasará a estar rodeada por nuevos y amplios edificios modernos coronados con remotos toques "orientales", en los que se ubicarán tiendas y restaurantes. La gran explanada de la mezquita, antes parcialmente ajardinada y con una torre del reloj en medio, quedará completamente despejada. Una nueva estructura porticada con firme de cemento, ya casi terminada, intentará poner algo de orden y concierto en el bazar.

"El distrito antiguo está abigarrado por viejas casas de madera muchas de ellas dañadas por terremotos y que suponen una amenaza a la salud y la vida de los residentes", explica Zhou Yuewu, director del departamento municipal de construcción. "El laberinto de calles es demasiado estrecho para permitir el paso de los vehículos de rescate", dice.

Durante el año pasado y este, 5.000 familias de la ciudad vieja, 35% de sus actuales pobladores, han sido, o serán, trasladadas a barrios residenciales modernos gracias a un plan urbano con 70 millones de euros de presupuesto iniciado en el 2001.

A 4.000 kilómetros de Pekín, los planificadores chinos están haciendo en Kashgar lo mismo que hacen en la capital: arrasar los barrios tradicionales.

"La ciudad vieja está en demolición, la nueva en construcción", sentencia sonriente Teverkül, un estudiante de físicas de nacionalidad uigur. Preguntado si no acabarán perdiendo todo rastro de lo antiguo, responde que no, con una seguridad que hay que retener en la memoria para completar otro aspecto del mosaico: la tenaz perseverancia en la propia identidad de los uigures, se expresa aquí bajo la forma de una sorda y firme resistencia apolítica. La ciudad vieja es un espacio con sus propias reglas del que la comunidad uigur se siente dueño. Aunque oficialmente el uso horario es el mismo en toda China, aquí se funciona mayoritariamente con una "hora local" que es dos horas menos que la de Pekín. "El que quiere puede vivir aquí sin saber una sola palabra de chino, muchos viven así", explica el estudiante. El fenómeno es mutuo, porque los Han nunca aprenden uigur, y determina muchas veces que cada comunidad use taxis con conductores de su nacionalidad. Para los jóvenes, sin embargo, la lengua china es esencial si quieren salir de Kashgar, estudiar, hacer carrera y encontrar mejores trabajos. El mandarín es su autopista de promoción.

Cuatro años en el ejército en la provincia de Shaanxi, entre 1987 y 1991, le dieron a Abdul, un joven taxista local, algo más que un buen nivel de mandarín. El primer año ganaba 9 yuanes al mes (casi un euro, al cambio actual), el segundo 15 y el tercero 90, explica. Cuando se licenció, el ejército le ayudó a montar un puesto de venta de refrescos.

"Para la gente de la ciudad, ir al ejército es una oportunidad", dice. Para la gente del campo no tanto, porque la ayuda tras el servicio solo se concede a quienes tienen un "hukou" (permiso de residencia) urbano. "¿La trataron bien, en el ejército?", "¿si, claro, cómo me iban a tratar, muy bien", responde.

En pleno bazar, un vendedor de aspecto adinerado me explica a voz en grito, entre las sonrisas de los comerciantes de alrededor, que los chinos son un fastidio. Se lo cargan todo, cada vez son más, su comida y su música es una porquería y además, añade, "ellos pueden tener muchos hijos, mientras que a los uigures solo nos dejan tener dos". Su "denuncia" no tiene mucho que ver con la realidad, pero es el tipo de mensaje considerado del gusto del occidental, e informa de cierto estado de ánimo.



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Date: Fri, 22 Oct 2004 03:20:34 -0400
Subject: Asia
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* Fuente: 
http://www.atimes.com/atimes/Central_Asia/FJ20Ag01.html


Central Asia  

Cementing Russia's Central Asian clout
By Sergei Blagov 

MOSCOW - In the immediate aftermath of Russia's unprecedented deal to exchange debt relief for military facilities in mountainous Central Asia, Moscow has joined a purely Central Asian grouping, indicating the Kremlin's continued determination to sustain its influence in this geopolitically competitive zone. 

At a regional summit on Monday in Dushanbe, the capital of Tajikistan, Russia formally joined the Central Asian Cooperation Organization (CACO), which includes Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan and Uzbekistan. It is a move that further boosts Russia's already significant clout in the region. 

Russia joined CACO because of its own national interests, Russian President Vladimir Putin reportedly told the CACO summit, but he added that developments in Central Asia were of crucial importance for the well-being of all of Eurasia. 

Central Asian leaders are hailing Moscow's decision to join CACO. Without Russia, a decade of Central Asian cooperation has amounted to little more than talk, conceded Tajik President Emomali Rakhmonov. "We recognize Russian interests in the region and Uzbekistan initiated Russia's CACO membership," Uzbek President Islam Karimov said, adding that Russia is not just a potential regional donor but also a country capable of forestalling regional conflicts. 

CACO was founded in 1994 as the Central Asian Economic Cooperation Organization, and its membership includes all of the former Central Asian Soviet republics with the exception of reclusive Turkmenistan. CACO has pledged to create a regional common market and free trade zone within 15 years. This week's CACO summit included vows to develop ties with Afghanistan. For the first time, an Afghan delegation attended the CACO summit, headed by interim Vice President Hedayat Amin Arsala. 

Tajikistan breakthrough 
The CACO gathering came in the wake of Putin's significant foreign policy breakthrough. Over the weekend, he opened a new military base in Tajikistan. After years of negotiations, the new base, which is to house more than 5,000 soldiers, replaces the garrison of Russia's 201st Division. It will be the largest military base outside Russia. Moscow also formally took over Okno (Window), a space surveillance complex in Nurek, in the Tajik mountains near Chinese frontiers. Moscow had secured a practically free 49-year land lease of the space surveillance complex, which gives Russia further reach into East Asia. The Okno complex is understood to be a convenient locale to monitor China's missile launches. 

The Nurek deal will allow Russia's Space Forces to feel confident for the next 50 years, Russian Defense Minister Sergei Ivanov said without elaborating. According to the bilateral deal, Russia is to own all of Okno's equipment and other property. 

Hence Russia and Tajikistan have resolved their long-standing debt dispute. Russia previously said Tajikistan owed more than US$300 million to Moscow. Tajikistan had said Russia owed Dushanbe $50 million for the use of the Okno observation post. 

In exchange for the base and the Okno facility, Russia agreed to write off $242 million of Tajik debt. Moscow also pledged to invest $2 billion in the former Soviet state. For instance, Russian aluminum major Rusal plans to invest $560 million to build Tajikistan's Ragun hydropower plant, and will put up an undisclosed amount to build an aluminum plant in the Central Asian state as well. 

Russia has made no secret that its security strategy in the region is being driven by economic considerations as well. On Saturday, Putin said Russia's "military presence in Tajikistan will not only guarantee our investment but will also guarantee stability in the region". The moves are seen as Moscow's response to the United States' military presence in Central Asia. 

Tajikstan's strategic importance
Russia has long been pushing to establish a military base in Tajikistan to help prevent the further decline of its regional clout. Tajikistan is a strategically located country of 6 million people, bordering China to the east, Kyrgyzstan to the north, Uzbekistan to the west and Afghanistan on its southern frontier. According to earlier bilateral agreements, the Russian 201st Division was due to be transformed into Russia's "fourth military base". 

During the years of the Tajik civil war in the 1990s, many Tajiks saw Russia as an ally in the battle against Islamic militants. Rakhmonov's accession to power was in larger measure connected with Russian military and political backing. In the past, Russia and Tajikistan have been close to agreeing on a Russian military presence in Tajikistan. In April 1999, Russia and Tajikistan signed a treaty on alliance and partnership. They were understood to have agreed verbally to the setting up of a Russian military base in Tajikistan, while avoiding a formal military treaty. 

The US has been pushing to boost ties with Tajikistan and Tajik authorities have been receptive to Washington's overtures. Tajikistan's main attraction for Washington is its strategic location along Afghanistan's northern border. Russian media have also reported an allegation that Rakhmonov had been offered $1 billion in US aid in exchange for refusing to set up a Russian military base in Tajikistan. Tajik officials denied the allegation. 

Subsequently, US officials have sought to reassure Moscow that Washington's growing strategic and economic presence in Tajikistan is not aimed at reducing Russia's role, indicating that the upcoming establishment of a Russian base in Tajikistan would not affect relations between Washington and Moscow. 

In the meantime, Tajikistan seems to be satisfied with its role as a shield between volatile Afghanistan and the rest of Eurasia. "Tajikistan is to serve as a buffer, to protect Europe from terrorism, extremism and illegal drugs," Rakhmonov said. "We have saved 22 million people from drug addiction," he added, referring to a joint operation by Tajik forces and Russian border guards to combat drug smuggling from Afghanistan. 

Between the 201st Division and its border guards in Tajikistan, Russia has about 20,000 troops in the country. In 2003, a 10-year bilateral agreement authorizing Russian troops to guard the Tajik border ran out, and Tajikistan refrained from renewing the deal. Tajik military officials have stated that Tajikistan is prepared to take over the defense of the country's frontier with Afghanistan. Tajikistan already holds responsibility for patrolling its border with China. Tajik soldiers make up about 80% of the 14,000-member Russian border guard contingent in the country. 

Over the weekend, Rakhmonov and Putin reiterated an earlier agreement to relocate the Russian guards, who hold 90% of the Tajik-Afghan border, from Tajikistan by 2006. 

Putin opted to use his Central Asian tour as a forum to announce that terrorist attacks in Iraq were aimed at preventing President George W Bush's re-election in November. "International terrorism aims at causing maximum damage to President Bush and to forestall his second term re-election," Putin was quoted by RIA news agency. "If they succeed, they would celebrate a victory against America and the anti-terror coalition, and this could lead to more acts of international terrorism," he said. 

Putin was careful to refrain from expressing clear bias in the November 2 election. "We respect any choice of the American people," he said. However, Putin's remarks can be interpreted to mean that Russia views Bush's re-election as a blow to international terrorism and vice versa. Russian media were also not exactly convinced by official caveats. Lenta.ru, an online news resource, ironically commented that "Putin solved an international terrorist conspiracy against President Bush". 

Based in Moscow, Sergei Blagov covers Russia and post-Soviet states with special attention to Asia-related issues. He has been contributing to Asia Times Online since 1996. Between 1983 and 1997, he spent some seven years in Southeast Asia, mainly in Vietnam. In 2001 and 2002, Nova Science Publishers, New York, published his two books on Vietnamese history. 

(Copyright 2004 Asia Times Online Ltd. All rights reserved. Please contact content@atimes.com for information on our sales and syndication policies.)  



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Date: Mon, 28 Feb 2005 12:28:36 -0500
Subject: Volver a empezar la gran transición
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* Fuente: 
http://www.lavanguardia.es/web/20050228/51178255059.html


 Volver a empezar la gran transición

GONZALO ARAGONÉS - 28/02/2005 - 15.53 horas
BISHKEK


Quince años después de que los bajos precios del petróleo, la guerra de las galaxias, la cuadriculada visión del politburó soviético y la falta de previsión de la burocracia empujaran al último presidente de la URSS "hacia la democracia", no hace falta hacer ningún balance. Los acontecimientos de los últimos años hablan por sí solos.

La revolución de las rosas terminó con el control que ejercía en Georgia el clan del presidente del país hasta noviembre de 2003, Eduard Shevardnadze. Como otros gobernantes de las 15 ex repúblicas soviéticas, el ex ministro de Exteriores de la URSS levantó las esperanzas de un futuro mejor para sus conciudadanos. Esa misma sensación se produjo en 1990, a un año de la independencia efectiva, cuando en la pequeña república de Kirguistán (en Asia Central) un hombre al margen de la nomenclatura se perfilaba en el poder. "En 1993 llegamos a organizar una huelga de hambre durante 13 días para que Askar Akaev dirigiese el país y no se volviese al pasado", me recuerda durante una conversación en Bishkek Natalia Ablova, de la Oficina de los Derechos Humanos y el Respeto a la Ley.

Akaev, físico de formación, pertenecía a la inteligentsia, a un mundo que durante los tiempos soviéticos había vivido al margen de los despachos del poder en una tierra tan alejada de los jerarcas de Moscú. "Vivimos tiempos de desarrollo, años en los que podíamos ver que este país avanzaba. Pero eso se acabó". Durante los años 90, que comenzaron con una guerra en Uzbekistán y siguieron con otro conflicto civil en Tayikistán, Kirguistán (cuyas fronteras también tocan con Kazajstán y China) era conocida como "la Suiza de Asia Central" debido a su pequeño despegue económico, al respeto de derechos humanos y libertades y a las escarpadas montañas cuya nieve perpetua nada tienen que envidiar a esos parajes de la vieja Europa. Desde finales de los 90, el clan Akaev comenzó a controlar grandes parcelas de poder, las principales empresas, los principales medios de comunicación y puestos políticos. Aunque el círculo no se circunscribe a la familia, su hijo Aidar (presidente del Comité Olímpico nacional) acaba de conseguir un puesto en la Yogorku Kenesh (el Parlamento del país) y su hija Bermet lo logrará previsiblemente en la segunda vuelta, dentro de dos semanas, ya que esta vez no logró el 50 por ciento de su circunscripción.

La "revolución naranja" o "de las castañas" de Ucrania provocó a finales del año pasado un efecto llamada en buena parte del espacio ex soviético. El ejemplo de cientos de miles de personas en las calles, levantadas contra el que parecía un poderoso gobierno, pero debilitado por la corrupción, ha provocado una fuerte reacción en países como Kirguistán.

Pero en esta tierra, por la que hace siglos se cruzaban varios caminos de la Ruta de la Seda hacia Pekín, de momento no habrá revolución. Los partidos de la oposición lo han intentado aprovechando las elecciones parlamentarias de este 27 de febrero. y pensando más que nada en las presidenciales del próximo otoño. Pero no han contado ni con el apoyo de los kirguizos ni con soporte económico del exterior.

Aunque sólo 50 personas hayan aparecido el día después de los comicios en el centro de Bishkek para pedir la dimisión del gobierno, el fracaso de la opositora coalición Unidad de Fuerzas Políticas y de sus líderes, Roza Otumbaeva y Kurmanbek Bakiev, no es completo. Hay que tener en cuenta que las revoluciones (pacíficas o violentas) y los cambios políticos no se producen de la noche a la mañana. El actual presidente georgiano, Mijail Sakashvili, fue un ministro rebelde de Shevardnadze; Víktor Yushenko ocupó el puesto de primer ministro y Yulia Timoshenko el de viceprimera ministra antes de alejarse de Leonid Kuchma, pasarse a la oposición y comenzar una larga lucha contra el poder que ha durado más de dos años. De la misma forma, Otumbaeva y otros diplomáticos abandonaron a Askar Akaev a finales de los 90 y ahora comienzan el camino de la lucha. Sólo están al principio. Pero han puesto de manifiesto, al menos, que los sueños asociados a la independencia de la URSS no se han cumplido. Y algunos mantienen las espadas en alto: "Este es el año del cambio", recuerda otro destacado político anti-Akaev, Giaz Tokombaev, un joven líder tan vitalista como el Mijail Sakashvili que hace dos años echó a Shevardnadze entrando puño en alto en el Parlamento de Tiflis.

En las cinco repúblicas de Asia Central hasta los gobiernos saben que esto no quedará aquí. Antes de las elecciones sus presidentes, visitados por el secretario general de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), el ruso Vladimir Rushailo, advertían a Occidente y a la oposición de que "aquí no habrá una revolución naranja". El presidente de Uzbekistán, Islam Karimov, llegó a decir que "todo el mundo debe atenerse a la ley; si no, nosotros tenemos les obligaremos".

De momento, en Uzbekistán y Tayikistán la oposición (liberal o islamista) no tiene suficiente fuerza. Menos aun en la cerrada república de Turkmenistán. Por su parte, la débil oposición de Kazajstán poco tiene que hacer frente a un presidente, Nursultán Nazarbaiev, que ha conseguido dar un impulso económico al país y aumentar, no sólo el PIB, sino también el sueldo y aunque poco las pensiones en un país con grandes recursos petroleros bajo la estepa.

Tras el intento en Kirguistán, hay que mirar ahora a la pequeña república de Moldavia, encajonada entre la europeísta Rumania, la liberada Ucrania y los intereses rusos, donde tocan elecciones parlamentarias este 6 de marzo. La gran transición, como la ha llamado acertadamente Rafael Poch en su excelente libro sobre Rusia, todavía no ha terminado. Peor aun, en algunas partes de la antigua Unión Soviética están empezando de nuevo.