sábado, 6 de septiembre de 2008

Emilio Alarcos Llorach. Necrológica

Date: Fri, 30 Jan 1998 14:44:31 +0000
Emilio Alarcos Llorach (1922-1998),

ángel fieramente humano.
De:   Francisco Marcos Marín, UAM

Una mañana suena el teléfono. Son todavía esas horas en las que se oye el movimiento por los pasillos, la puerta de la calle se abre y se cierra cuando cada uno sale hacia el colegio o el trabajo. Es la hora del correo electrónico y las bases de datos, no es la hora de que suene el teléfono y un amigo nos comunique, pesaroso y lleno de preocupaciones por nuestra reacción, que, inesperadamente (casi siempre es inesperadamente) ha fallecido Emilio Alarcos.

Hacemos memoria y no hay memoria: Alarcos está ahí desde siempre, casi casi desde la escuela, desde luego desde el Bachillerato Superior, ni siquiera recordamos cuando dejó de ser un nombre y pasó a ser un hombre en nuestra vida de amigos, con su generosidad afectuosa. ¿Así que usted es el autor del "Alarcos"? le preguntó un día una muchacha sevillana, o cacereña, una muchacha. El "Alarcos", tantos "alarcos", tanto para todos y para España, recolocada por su esfuerzo en el mundo moderno de su disciplina científica.

Nevaba en Madrid cuando sonó el teléfono y, en una parte de nosotros, sigue nevando, un lienzo blanco más, junto a otros lienzos del recuerdo.

Nacido en abril de 1922, castellano y catalán, orgullosa combinación, catedrático de Instituto (Avilés, Cabra, Logroño), lector en Berna y Basilea, desde 1951 catedrático de Gramática Histórica de la Lengua Española de la Universidad de Oviedo. Hijo de catedrático de Instituto. Biografía y rima de coincidencias, vida de afectos. Gramático y crítico literario, procupado por las nuevas corrientes de la lingüística, pero sin olvidar el Libro de Alexandre o Fray Luis o Blas de Otero, o Angel González, necesidad del estudio de la historia lingüística, pero versión al español moderno de textos medievales. Escuela de Menéndez Pidal: no hay Filología sin estudio lingüístico y éste queda incompleto sin la visión estética, sin lo literario. Punto personal, no hay ciencia sin referencia a la vida, a cada hombre.

Ese "ángel fieramente humano" que era Alarcos empezó, el 25 de noviembre de 1973, recordando, en su ingreso en la Real Academia Española, el aniversario de otro compañero, Angel Guillén, un miembro del Seminario de Lexicografía que había participado con desigual fortuna en la lucha por la vida, cuya anatomía barojiana disecó Alarcos en páginas (¿cuándo no?) magistrales. De paso, revivió parte de la suya en "el todavía airoso Instituto Zorrilla de Valladolid: primavera avanzada, gatillos dulzarrones en las acacias, polvaredas de calles casi rústicas, delicioso frescor de la manga-riega. En un aula escalonada, desde la elevada tarima, preside el examen de ingreso un hombre enjuto, de tez olivácea, ojos buídos y profundos, leve sonrisa bondadosa: don Narciso." De Narciso Alonso Cortés, uno de sus antrecesores en el sillón académico, recuerda "el discreto y picaresco sotorreír del maestro cuando nos leía la definición de 'perro' en el Diccionario académico", recuerda también que "muchos le llamábamos don Narcisín" y añade, en pincelada extraordinaria, que la mayor justificación del respeto que inspiraba "se justificaba... porque era de los escasísimos catedráticos que recalaban en el Instituto en automóvil particular, como se decía, y que nos parecía soberbio."

No otra tarima, pero sí una larga mesa, que nos separaba y nos unió, me sitúan en 1975, oposiciones a la Universidad de Zaragoza. Intenso frío en el Instituto de Santa Teresa, al lado del Café de Chinitas. El maestro, que preside, se protege con un periódico enrollado en las piernas. Un largo camino que me permitirá llevarlo a Valladolid, que me acercará a Oviedo, que me hará amigo fraterno, Josefina mediante, más cercana en la edad y en el genio, siempre con respeto, siempre con humor. No hay Alarcos sin Josefina Martínez, la mujer que lo recuperó para la lengua española en momentos difíciles, que lo impulsó y lo sostuvo, que le dio la ilusión de Miguel y convirtió así --no encuentro otro modo mejor de decirlo-- su otoño en primavera.

Gramática Estructural, según la escuela de Copenhague, Gramática Funcional, con la Fonología Histórica de la Lengua Española en espléndido capítulo. Todavía en los años universitarios era preciso discutir, vivir la incomprensión, como luego viviríamos el desarrollo de otras corrientes, la plena integración de la lingüística española en las corrientes mundiales, esa estupenda síntesis en la reunión Alarcos-Chomsky en Oviedo, el 1 de diciembre de 1992: el discurso de Chomsky encuadernado con un cordel azul y sello de lacre, Año 501: Vino viejo en botellas nuevas. Palabras de aplauso y de bienvenida, pero "me quedo pensando en las palabras antiguas de Kohelet: 'Lo que fue, eso mismo es lo que será, y lo que se hizo, eso mismo es lo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol'".

Premios, también jurado de los más importantes, doctorados honoris causa, distinciones, afecto público y respeto oficial, alguna espina, no menos por dorada: su Gramática de la Lengua Española, que no aparece como gramática académica, sino como colección en monovolumen, la defensa de las hablas asturianas en su variedad, en su libertad, frente a la intención artificiosa, unificación de burócratas del alma popular, las heridas de la Universidad, esos desvíos que son, injustamente, más difíciles de sobrellevar.

La actividad pública, en su condición de prohombre, le procuró la invitación para leer el pregón de Semana Santa en Valladolid en 1993. Propuesta para otro insólita; pero no para él, capaz de resumir en una síntesis precisa una realidad sociológica especialmente clara en el mundo hispánico: "No todo el mundo es creyente, pero aquí hasta los agnósticos discurren por los cauces mentales y sensitivos del cristianismo ... Todos esperan ingenuamente que el Padre cumplirá la súplica del Hijo y que todo les será personado porque no saben lo que hacen." Esa cómoda actitud no le valía: "Todavía, después de tanto esfuerzo, 'tiene que ser el hombre más humano'".

"Meditemos terminaba. Sea con el anhelo del más allá, sea siquiera con la vista en este desquiciado más acá, procuremos que la Semana Santa, con sus auras purificadoras, purgue y reconforte nuestro pobre espíritu, ya estragado de tanto tráfago anodino y nimio."

Su pérdida ha hecho este tráfago más anodino y nimio todavía; pero él, dentro de su cultivada evocación del humor de Groucho, o de su también picaresco sotorreír, "con sola su figura", nos ha dado, desde la ironía, el modo de superar ese dolor que ha traído la voz en el teléfono, al dejarnos un mundo mejor comprendido y más lleno de esperanza.

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Francisco Marcos Marín es Catedrático de 
Lingüística General de la Universidad 
Autónoma de Madrid.