domingo, 7 de septiembre de 2008

Wittgenstein, arquitecto II

Paul Strathern (1996)
Wittgenstein en 90 minutos.
Siglo XXI Editores.
Madrid, 1998.

[pags. 44-47]
Una vez que se hubo desprendido de la filosofía y de sus millones, W. decidió convertirse en maestro de escuela de una remota aldea de montaña de la Baja Austria. Después de rechazar un pueblo porque contaba con un ameno parquecillo con fuente ("Esto no es para mi. Yo quiero un lugar autenticamente rural), cayó finalmente sobre el pobre pueblo de Trattenbach. 

La estancia allí de W. fue una catástrofe para todos. Con aristocrática arrogancia empezó a infligir sus nuevos principios espirituales a los niños campesinos y los padres se enfurecieron (No necesitaban que nadie les enseñara a vivir con pobreza y sencillez). Los piadosos campesinos se enfurecieron igualmente cuando el maestro de los nobles pensamientos rehusaba ir a la iglesia porque, en su opinión, los sermones eran un vacio espiritual; y aún más heridos se sintieron cuando evitaba unírseles en la "bierstube" local para unas copas, en vez de quedarse en su habitación desnuda, tocando el clarinete (y contemplando la idea del suicidio). Las cosas llegaron a su límite al cabo de un par de años; en un incidente en la escuela, W. golpeó a un chico; esto se sacó de toda proporción y los campesinos consiguieron librarse de su imposible autodesignado santo. 

Wittgenstein regresó a Viena, donde su familia estaba seriamente preocupada por el estado de su mente. Finalmente, una de sus hermanas le encargó construirle una nueva casa. Wittgenstein se puso a la tarea con su característica seriedad y diseñó un edificio moderno, como un bloque, desprovisto de cualquier adorno, pero la construcción no iba a ser simple, cada elemento del diseño debía ser respetado con exactitud fanática. Hubo que tirar abajo toda una pared porque se vio que una ventana estaba unos pocos centímetros desplazada de su lugar, cada picaporte tenía que ser fabricado de encargo, los pestillos de las ventanas resultaron ser estéticamente inaceptables, y así todo. Los constructores llegaron a desesperarse a causa del perfeccionismo de su patrón, pero no podían permitirse dejar el empleo con este lunático que estaba construyendo una prisión residencial moderna, de tres pisos, para su hermana millonaria, porque afuera, en las calles de Viena, la gente se moría de hambre. 

Esta casa todavía está en la Kundmanngasse, una calle por medio del canal del Danubio, en el distrito este de Viena. En apariencia, el edificio, un bloque modernista de principios de siglo, de tres alturas y con filas de grandes ventanas, no tiene nada de excepcional. Cuando hace algunos años localicé por primera vez la Witt gensteínhaus, no estaba abierta al público; me quedó en la calle, frustrado, tratando de mirar por las ventanas para ver cómo era por dentro y vi una escalera que cruzaba diagonalmente una de las ventanas, pero me di la vuelta enseguida; una mujer estaba subiendo por la escalera y me encontré, inadvertidamente, con los ojos fijos en su falda. El arquitecto dejó esta pifia arquitectónica, obsesionado por cómo colocar con precisión enchufes de diseño y cosas así. (En llamativo paralelo, la segunda filosofía de Wittgenstein -que debe haberse formado en su cabeza por aquel tiempo- muestra características notablemente similares en su obsesión por los detalles y su completo desprecio por las necesidades de las gentes que han de vivir con ella.) La última vez que vi, hace algunos años, la Wittgenstein ha us albergaba el Instituto Búlgaro de Cultura, un concepto que podría no haber soportado un análisis lógico riguroso del creador del edificio. En aquellos días anteriores a la caída de la Cortina de Acero, el lugar era un nido de espías.