viernes, 5 de septiembre de 2008

Wittgenstein, arquitecto I

Monk,R (1990)
Ludwig Wittgenstein. El Deber de un Genio.
Edit. Anagrama.
Barcelona, marzo 1997 (2da. Edición)

[pag. 226-228]
El regreso de Wittgenstein a Viena en el verano de 1926, por tanto, parece marcar el fin de un extrañamiento de su familia que se remonta al menos hasta 1913, fecha de la muerte de su padre. A su llegada a Viena se le ofreció una especie de terapia laboral que, contrariamente a su trabajo de jardinero, le imponía la obligación de colaborar con otras personas, a fin de ayudarle a regresar a la sociedad. Además le daría la oportunidad de poner en práctica sus firmes opiniones acerca de estética arquitectónica. Se le pidió, tanto por parte de su hermana Gratl como por parte de Paul Engelmann, que colaborara con éste en el diseño y la construcción de la nueva casa de Gratl. 

 Engelmann ya había llevado a cabo algunos trabajos para la familia Wittgenstein. Se había encargado de la renovación de la casa familiar de la Neuwaldeggergasse, y había construido para Paul Wittgenstein una habitación en la Alleegasse para que expusiera su colección de porcelana. A finales de 1925 Gretl le solicitó que fuera el arquitecto de una nueva casa en la ciudad, que sería construida en una parcela que había comprado en una de las zonas menos distinguidas de Viena, la Kundmanngasse, en el Distrito Tres de Viena (cerca de la escuela de magisterio en la que Wíttgenstein había estudiado). El proyecto rápidamente despertó el interés de éste, y durante su último año en Otterthal, siempre que regresaba a Viena, discutía con Gretl y Engelmann con mucha vehemencia e interés, de manera que a Engelmann le pareció que Wittgenstein comprendía los deseos de su hermana mejor que él mismo. 

 Los primeros planos fueron dibujados por Engelmann durante el último trimestre que Wittgenstein dio clases, pero cuando éste dejó Otterthal, le pareció natural invitarle a que se uniera a él como socio en el proyecto. A partir de entonces, dice Engelmann: «Él fue el arquitecto, no yo, y aunque la planta de distribución de la casa ya estaba hecha antes de que él se sumara al proyecto, considero que el resultado es un logro suyo y no mío.» 

 El plano definitivo está fechado el 13 de noviembre de 1926, y en él figura el sello: «P. Engelmann & L. Wittgenstein, Arquitectos.» Aunque jamás había estudiado arquitectura, y sólo colaboró en esta obra, hay indicios de que Wittgenstein comenzó a tomarse muy en serio esta denominación, y a ver en la arquitectura una nueva vocacion, una nueva manera de volver a crearse a sí mismo. Durante años figuró en la guía de teléfonos de Viena como arquitecto profesional, y sus cartas de esa época están escritas en un papel de carta en el que se lee: «Paul Engelmann & Ludwig Wittgenstein, Arquitectos, Viena 111, Parkgasse 18.» De todos modos, quizá tal cosa no sea más que otra afirmación de su independencia: la insistencia en un estatus de profesional independiente y el rechazo de que la obra arquitectónica para su hermana hubiera sido una simple sinecura. 

 Su papel en la concepción de la casa se centró primordialmente en el diseño de las ventanas, puertas, cerraduras y radiadores. Tal cosa no resulta tan marginal como puede parecer en un principio, pues precisamente estos detalles son los que otorgan su distintiva belleza a una casa que de otro modo sería bastante vulgar e incluso fea. La falta absoluta de cualquier decoración exterior ofrece una severa apariencia, mitigada sólo por la elegante proporción y meticulosa ejecución de los diseños de Wittgenstein. 

 De este modo, los detalles lo son todo, y Wittgenstein supervisó su construcción con una exactitud casi fanática. Cuando un cerrajero le preguntó: «Dígame, Herr Ingenieur, ¿realmente importa tanto un milímetro aquí o allí?» Wittgenstein rugió: «¡Sí!» delante del hombre y no dijo nada más. Durante las discusiones con la empresa de ingeniería responsable de las altas puertas de cristal que Wittgenstein había diseñado, el ingeniero que llevaba las negociaciones se echó a llorar, desesperando de llegar a ejecutar alguna vez el encargo según los patrones de Wittgenstein. Se tardó un año en entregar los radiadores, aparentemente sencillos, pues nadie en Austria era capaz de construir lo que Wittgenstein tenía en mente. Las piezas fundidas de las partes se consiguieron en el extranjero, e incluso entonces lotes enteros fueron rechazados por inutilizables. Pero, tal como recuerda Hermine Wittgenstein: 

"Quizá la prueba más reveladora de la inflexibilidad de Ludwig a la hora de conseguir unas proporciones exactamente correctas sea el hecho de que hiciera levantar tres centímetros el techo de una de las habitaciones, que era lo suficientemente grande como para ser una sala, justo cuando ya era casi hora de comenzar a limpiar la casa." 

 Gretl pudo mudarse a la casa a finales de 1928. Según Hermine, se ajustaba a ella como un guante; la casa era una extensión de la personalidad de Gretl para quien «ya desde su infancia, todo lo que la rodeaba tenía que ser original e imponente». Por su parte, sin embargo, Hermine tenía algunas reservas: 

"... aunque yo admiraba la casa muchísimo, siempre supe que no quería ni habría podido vivir en ella. Me parecía más una residencia para dioses que para un pequeño mortal como yo, y al principio incluso tuve que superar una leve oposición interior a esa «lógica encarnada en casa», como yo la llamaba, a su perfección y a su monumentalidad." 

 Resulta fácil comprender ese ligero aborrecimiento. La casa fue diseñada prestando poca atención a las comodidades de los mortales ordinarios. Las cualidades de claridad, rigor y precisión que la caracterizan son algo que uno buscaría en un sistema de lógica y no en un lugar de residencia. Al diseñar el interior, Wittgenstein hizo pocas concesiones al confort doméstico. Alfombras, candelabros y cortinas fueron severamente rechazados. Los suelos eran de una oscura piedra pulimentada, las paredes y el techo estaban pintados de un color ocre claro, el metal de las ventanas, los tiradores de las puertas y los radiadores quedaron sin pintar, y las habitaciones estaban iluminadas con bombillas desnudas. 

 Debido en parte a esta pura monumentalidad, y también en parte al triste destino de la propia Austria, la casa -que había consumido tanto tiempo, energía y dinero- ha tenido una historia desgraciada. Menos de un año después de que Gretl se mudara a ella, la Gran Depresión de 1929 (aunque de ninguna manera la dejó en la indigencia) la obligó a despedir a gran parte del personal que necesitaba para llevar la casa tal como se debía, y tenía que recibir a sus invitados no en la sala, sino en la cocina. Nueve años después, tras el AnschIuss, huyó de los nazis para vivir en Nueva York, dejando la casa vacía al cuidado del único sirviente que le quedaba. En 1945, cuando los rusos ocuparon Viena, la casa fue utilizada como cuartel por los soldados rusos y como establo para los caballos, Gretl regresó en 1945 y vivió allí hasta su muerte, en 1958. La casa entonces pasó a ser propiedad de su hijo, Thomas Stonborough. Compartiendo las reservas de Hermine acerca de su idoneidad como residencia, Storiborough la dejó vacía durante muchos años hasta que, en 1977, la vendió a un constructor para que la demoliera. La salvó de este destino una campaña a favor de que se declarara monumento nacional, promovida por la Comisión Histórica de Viena, y ahora sobrevive como sede del departamento cultural de la Embajada de Bulgaria, aunque el interior ha sido sustancialmente alterado para adaptarse a este propósito. Si Wittgenstein la hubiera visto en su estado actual -tabiques para formar habitaciones en L, paredes y radiadores pintados de blanco, el vestíbulo alfombrado y forrado de madera-, probablemente habría preferido que la demolieran. 

 Mediante ese trabajo realizado para Gretl, Wittgenstein entró de nuevo en contacto con la sociedad vienesa, y, con el tiempo, con la filosofía. Mientras la casa de la Kundmanngasse era construida, Gretl y su familia continuaron ocupando la primera planta del Schönbrunn Palace. Su hijo mayor, Thomas, había regresado recientemente de Cambridge, y ahora estudiaba filosofía y letras en la Universidad de Viena. En Cambridge había conocido a una muchacha suiza llamada Marguerite Respinger, y la había invitado a Viena. Con ella Wittgenstein inició una relación que llegó a considerar, al menos, como preliminar al matrimonio, y que iba a durar hasta 1931. Ella fue, que se sepa, la única mujer de la que se enamoró.