miércoles, 13 de agosto de 2008

Abelardo Castillo. Entrevista

DRAMATURGO Y ESCRITOR
Date: Fri, 12 Nov 2004 06:23:19 -0500

* Fuente:
http://www.lavanguardia.es/web/20041112/51168747886.html

Abelardo habla sin interrupción. La gata lo mira, pero no traspasa la puerta de su cuarto de escritor. En la estantería algunos de sus títulos: Cuentos crueles, Crónica de un iniciado, El que tiene sed, Cuentos completos (Alfaguara)..., y algún ejemplar de El Ornitorrinco, la revista antigubernamental argentina durante la dictadura. Dice de sí mismo que es un intelectual comprometido y así se comporta: mente estructurada, diálogo fluido. "Me eduqué con el concepto de que la naturaleza no servía para nada. Thomas Mann la consideraba estúpida. Sartre habla de ella como lo viscoso, y Marx afirmaba que la naturaleza era lo que el hombre tenía que superar. Esos fueron los pensamientos básicos que formaron a los hombres del siglo XX". Llueve
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ABELARDO CASTILLO, DRAMATURGO Y ESCRITOR

"Mi sueño era que mi madre fuera mi tía"

Nací en San Pedro (Argentina) en 1935 y vivo en Buenos Aires. Estoy casado y no tengo hijos. Mi egoísmo debe de ser tan grande que siempre preferí ser hijo que ser padre. Soy un intelectual de izquierdas y agnóstico. A los 70 años, no antes, porque esos son mis juegos con el azar, aparecerá El espejo que tiembla, una recopilación de cuentos

IMA SANCHÍS - 12/11/2004



-Mujeriego, bebedor, jugador... Es usted un hombre de pasiones.

-No concibo al hombre sin pasiones. Tal vez el hombre sea la síntesis de sus pasiones.

-¿Cuál fue su primera pasión?

-Cuando se separaron mis padres yo me quedé con mi padre y me envió a un colegio religioso. La influencia del cristianismo a mis 8 años aún perdura en mí. Aunque sea agnóstico esa ética no me ha abandonado.

-Un hombre de pasiones encontradas.

-Sí. Recuerdo que los curas nos mandaron a ver una película de pistoleros Dillinguer, el enemigo público número uno, y ahí me acometió una súbita pasión por la delincuencia que todavía perdura.

-¿Hasta dónde la llevó?

-Nunca a lo fáctico. Pero sí a vivir la vida como riesgo.

-¿Me contaría una de sus transgresiones?

-Aceptar que no quería a mi madre. Cuando se separaron no sentí dolor, tenía el reemplazo de su hermana a la que siempre quise más que a ella. De hecho, uno de mis sueños era que mi madre fuera mi tía.

-¿Cómo era su madre?

-Violenta e imprevisible, todavía vive. Cuando me expulsaron del colegio me fui a vivir con mi tía.

-Luego vino la pasión por el juego.

-Por el ajedrez. No me gustan las apuestas de dinero. El juego de ajedrez está despojado de pasiones, no intervienen ni el bien ni el mal, ni el dolor, ni la culpa, ni el pecado. Pero yo dejé de escribir durante tres años para participar en un torneo.

-También fue boxeador...

-Boxeador amateur. Mi padre boxeaba y entrenaba boxeadores.

-¿A eso se dedicaba?

-Conducía camiones y era un hombre absolutamente libre. De él heredé la idea de la libertad. Vivíamos juntos, pero yo pasaba mucho tiempo solo porque él tenía que viajar. Eso me encantaba, también tengo pasión por la soledad y por la noche.

-¿Y a qué idea ha dado más vueltas en sus noches de soledad?

-A una frase de Tolstoi: "Si no hicierais el mal, el mal no existiría". Es la verdad más grande que he oído a un escritor.

-El alcohol, ¿también fue una pasión?

-No. El alcohol fue una desdicha y lo es para los alcohólicos, que es lo que yo fui. Dejé de beber hace muchos años, detesto el alcohol y lo detestaba cuando bebía.

-¿Por qué bebía?

-Por el efecto, me introducía en una zona de extraña lucidez -aunque bastante mitigada por la estupidez que produce el alcohol, pero eso lo descubrí después-. Me permitía percibir cosas que en mi realidad normal me daba la impresión de que no percibía.

-¿Qué le llevó a él?

-Tenía predisposición. Yo ya había escrito Israfel, la biografía de Poe, el más alcohólico de los poetas clásicos. Yo creo que el alcohólico lo es antes de empezar a beber.

-¿Cómo pudo zafarse de él?

-Tuve de modelo a mi abuelo Castillo, que también era alcohólico. Prometió a mi abuela que cuando tuviera su primer hijo varón dejaría de beber, nadie le creyó.

-¿Llegó el varón?

-Después de una ristra de mujeres llegó el varón y mi abuelo desapareció. Tras una borrachera que duró una semana no bebió nunca más. Yo hice más o menos lo mismo porque sentí que me estaba matando, que era una forma de locura. Tuve un síndrome de abstinencia brutal, pero lo conseguí. Fue una lucha de liberación.

-Más pasiones...

-No hablaré de las mujeres. En mi obra abunda la relación de pareja, relaciones que siempre son violentas y agresivas en mis ficciones, las situaciones límite, los celos, el crimen, la locura... La muerte está permanentemente en mis cuentos.

-¿Qué ha entendido de la vida?

-Que esa cierta arrogancia y vanidad que tenemos en la juventud es totalmente falsa e inútil. Ser original o novedoso es un deseo ínfimo para un escritor.

-Estaría bien.

-Los grandes clásicos estaban muy poco preocupados por la originalidad, se copiaban unos a otros. Aquellos autores que nosotros seguimos leyendo no son aquellos que cambiaron de forma y estructura, sino los que cambiaron una forma de pensar. Lo que suele llamarse la vanguardia en términos literarios no es más que intentar llamar la atención por métodos inválidos. La literatura no es lo que haces, sino lo que eres.

-¿Qué le hace feliz?

-Nada me hace feliz, yo no creo en la felicidad. Escribir, pintar o componer música implica que hay una esencia de infelicidad, ¿para qué crear un mundo nuevo si el que hay ya te gusta? El arte es insatisfacción. Además, ¿puede un hombre ser feliz viviendo en el mundo en que vivimos sin ser un canalla?

-Sí.

-La felicidad es de un egoísmo impensable, el peor de los pecados mortales.

-¿Qué le falta por comprender?

-Como mero integrante de la especie moriré en la ignorancia absoluta. Somos seres problemáticos y morimos como tales, salvo que seas excepcionalmente imbécil, creas que has comprendido algo o que eres feliz.

-¿Está seguro?

-No conozco una persona seria que no muera con la horrenda sensación de haber fracasado en su vida. Nadie alcanza los límites que se ha puesto y, si los alcanza, es que los ha puesto muy cerca de él mismo. Vivimos en la intención y morimos incompletos.