martes, 12 de agosto de 2008

El Tercer Reich y el color

Date: Wed, 09 Jun 2004 13:33:56 -0400
* Fuente:
http://www.lavanguardia.es/web/20040609/51156597151.html
La historia policroma

ROSA SALA - 09/06/2004

Con la mirada histórica acostumbrada al inquietante claroscuro monocromático de las películas propagandísticas de Leni Riefenstahl, en un primer momento el documental "El Tercer Reich en color" (1998) se nos antoja como una sucesión de tomas falsas extraídas de una película de guerra de los años cincuenta. Nuestros ojos se resisten a dar crédito a unas imágenes que, precisamente por ser más realistas, nos parecen surgidas de la ficción, y algo en nosotros se niega a sentir tan cercana una de las etapas más terribles de la historia reciente, que preferiríamos saber empolvada para siempre en los archivos monocromos de la memoria. Cabe preguntarse si, como se ha sugerido, con ellas el documentalista Michael Kloft consigue hacer más presente el horror del Tercer Reich a generaciones jóvenes que ya han perdido la capacidad de concebir como real un mundo en blanco y negro.

Como un efecto secundario de esta aparente ficcionalidad, las imágenes recopiladas por Kloft también menguan el respeto que sentíamos por la dimensión incomprensible del horror. Desde ellas, como en un largometraje actual concebido para provocar nuestra identificación dramática con sus personajes, la realidad del Tercer Reich nos asalta como algo grotescamente familiar. Vemos a grupos de jóvenes que ríen y charlan agitando un banderín nazi o que participan, vestidos de griegos o de germanos, en el desfile del Día del Arte Alemán como si tomaran parte en una extraña rúa carnavalesca. También atraviesa sin más la pantalla un Hitler en color que parlotea animadamente con sus invitados en el Obersalzberg, y, de repente, constatamos que era humano, asombrosamente humano, con las sonrisas y la gesticulación propias de un anfitrión de clase media. Y entonces, por un momento, lo histórico deja de ser historia, y, con su policroma inmediatez, nos hace comprobar lo que nunca deberíamos haber olvidado: las multitudes de antaño son tan próximas y humanas como las nuestras de hoy, y su líder no fue un demonio ni un mesías, sino uno de nosotros.

Tras esta primera lección, también nos damos cuenta de que, aunque conocemos los significados simbólicos de prácticamente todos los colores empleados en la liturgia nazi, hasta la publicación del documental de Kloft no hemos podido sino imaginarnos cuáles eran sus verdaderos efectos. Así, vemos por primera vez en color a los miembros de las SA desfilando por Núremberg. Una masa parda en movimiento que fluye lentamente, como un río contaminado y viscoso, por entre las fachadas, igualmente pardas, de los edificios. En realidad, se trata de un no-color, de una mezcla corrupta de tonos que transmiten una intensa sensación de organicidad. Por un momento se entromete en nuestra memoria otra imagen bien distinta y lamentablemente actual que nos ha atacado recientemente las retinas: la foto de un preso desnudo corriendo por los pasillos de la cárcel iraquí de Abu Ghrain con un redundante pie de foto que pone en palabras lo que la imagen ya nos estaba diciendo con inequívoca claridad: el prisionero iba "cubierto por una sustancia de color pardo". Las palabras que repiten lo que ya se ve buscan expresar entre líneas la conjetura que inevitablemente provoca en nosotros la organicidad insultante de lo pardo, el mismo no-color que ahora, en la pantalla, recubre los uniformes de estas masas en movimiento, despersonalizándolas definitivamente al hacer de ellas un trasfondo neutro sobre el que, con tanta mayor violencia, clama el rojo sangre de las banderas nazis que adornan las fachadas.

Visto esto, no nos sorprenderá saber que Hitler, dotado de un innegable olfato para el diseño publicitario, nunca escogió el color pardo de los uniformes de las SA. En 1924, cuando lo adoptaron Röhm, Göring y Rossbach, él estaba sufriendo condena en la cárcel de Landsberg. Según parece, la decisión tuvo mucho que ver con el buen precio al que lograron adquirir una remesa de camisas de una antigua tropa alemana colonial, de un pardo claro especialmente apto para el camuflaje en el desierto. Ya liberado, Hitler ordenó vestir a sus SS de negro riguroso.

En cambio, Hitler sí decidió desde un principio el rojo rabiosamente efectivo de sus banderas, que en las imágenes de Kloft nos saltan a la vista con todo su innegable impacto: "Después de la guerra asistí en Berlín a una proclamación de masas del marxismo. Un mar de banderas, brazaletes y flores rojos le daban al acto una apariencia que sólo ópticamente ya resultaba imponente. Yo mismo pude sentir y comprender lo fácil que resulta que el hombre del pueblo caiga ante la magia sugestiva de un espectáculo tan grandioso" ("Mein Kampf"). Así, Hitler le arrebató el rojo a su enemigo natural, aunque estableció una elocuente diferencia al sustituir el mar caótico de banderas de las reuniones comunistas por rígidos estandartes o paneles verticales con la esvástica, ordenadamente colgados en las fachadas formando una franja interminable. De hecho, terminada la "revolución" de 1934, se quiso olvidar la vinculación del rojo con el rival comunista y se volvió al significado ancestral del fuego y de la sangre, de la lucha y del sacrificio. Sobre todo, del sacrificio.

Por otro lado, vemos que todo el color del mundo no consigue hacer parecer humanos a los prisioneros liberados por los americanos de un campo de concentración. El mecanismo de deshumanización nazi ha funcionado a la perfección a todos los niveles, y uno se estremece al comprobar que resulta más fácil identificarse con uno de los nazis que parlotea alegremente en la pantalla que con estas criaturas que nos sondean involuntariamente, ya sin fuerzas para interrogarnos, desde el abismo del horror. Pero también aquí el color, por un momento, nos procura una información inesperada: sobre el suelo, el cadáver de un prisionero. Desde los pozos circulares y profundos de sus cuencas, unos ojos obscenamente abiertos taladran el aire. Parecen salir de la calavera que aún los acoge para denunciar póstumamente el sinsentido del delirio racial. Con su intenso azul celeste, ahuyentan de golpe todos los demás colores. Son ojos "arios" en el cuerpo de lo que un día fue un hombre. Un hombre judío.

Rosa Sala es traductora literaria y germanista, autora del "Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo" (Acantilado, 2003)