viernes, 30 de mayo de 2008

Moros

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domingo 16 de enero de 2000

Moriscos de ayer y de hoy
Por CÁNDIDO

Las acentuadas suspicacias que existen hacia la inmigración engarzadas en unos índices anormalmente bajos de natalidad en España parecen responder a leyes sociales profundas en cuanto son hechos que se repiten en la historia, con las variaciones propias de cada tiempo. Esta vez voy a fijarme nada más que en la expulsión de los moriscos (1609/1614) que tiene significación muy amplia en Cervantes, en el Quijote, pero sobre todo en el «Coloquio de los perros». Como allí no son políticos, sino perros los que hablan, la fidelidad a los sentimientos populares no está en entredicho. Descuento que Cervantes estuvo preso en Argel unos cinco años, lo que implica cierta parcialidad, pero con toda certeza lo que dicen los perros, Cipión y Berganza, es lo que pensaban los españoles de principios del siglo XVII, que no se aparta mucho de lo que piensan hoy, al margen de que sus pensamientos fueran o no serenos y justos. Berganza, que luego de ser «perro de muchos amos» pasa a propiedad de un morisco, dice de tal gente que «róbannos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos, dejándonos a nosotros pobres». Pienso que esa misma causa empujó también a la expulsión de los judíos en 1492, que si hubieran sido pobres y aun siendo como eran el pueblo más inteligente e imaginativo de la Diáspora, el rigor no habría sido tanto. A mayor abundamiento dice Berganza de los moriscos: «Todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación». El perro, versado en estudios bíblicos, como tiene que ser, asegura su argumento con el de los doce hijos de Jacob que entraron en Egipto y que al ir a sacarlos Moisés del cautiverio eran ya seiscientos mil, sin contar mujeres y niños. Poco más y todos israelitas en Egipto como todos moriscos en España si no es por Felipe III, como ahora, si Aznar no lo remedia. Les preocupaba mucho a los españoles de entonces no tanto el no tener hijos como que los tuvieran los moriscos, con papeles o sin ellos, y así, Juan Rufo, en la «Austriada», que es de 1584, dice que los moriscos gozaban de larga vida porque no iban a la guerra, y por entonces había guerra todos los fines de semana, de manera que «ellos bien reservados destos daños / teniendo cuatro hijos en tres años». Por esas mismas fechas de finales del siglo XVI, antes de que los perros de Cervantes echasen a hablar, los procuradores de las Cortes de Castilla ya malmetían contra los moriscos diciendo que «crecen en tanto número por ser gente que no va a la guerra..., sino que todos se casan y multiplican, y permanecen sin ser entresacados ni disminuidos por los casos que lo son los naturales destos reynos, a lo qual se agrega que comúnmente usan dieta y son de larga vida, lo que también aprovecha para más multiplicación». Como se ve aquella gente estaba obsesionada con la índole prolífica de los moriscos y ni por casualidad se les ocurría competir en ello, disculpándose con la guerra. El otro perro, Cipión, responde a su compañero: «...celadores prudentísimos tiene nuestra república, que, considerando que España cría y tiene en su seno tantas víboras como moriscos, ayudados de Dios, hallarán a tanto daño cierta, presta y segura salida». Y así pasó, Felipe III firmó la orden de expulsión de las víboras va para cuatrocientos años.

El problema demográfico aparece hoy en España por motivos intrínsecos a la misma sociedad y paralelamente al de la inmigración. A pesar de que en una visión inmediata no obren simultáneamente y el cosmopolitismo haya arrasado en buena medida la preocupación por la identidad nacional, aunque sin borrar el ansia de privilegio dentro de la propia sociedad, ambos problemas hay que verlos juntos, pues la consecuencia general se infiere de la conjunción de ambos, exactamente como en el siglo XVII.