lunes, 19 de mayo de 2008

Nietzsche, por L. Andreas Salomé

EN RECUERDO DE NIETZSCHE, Lou Andreas Salomé.

Lo que fascinaba en la figura de Nietzsche era aquella primera y poderosa impresión que suscitada ese misterio, la sospecha de una callada soledad. Al observador ocasional no se le ofrecía nada extraño; aquel hombre de mediana estatura, vestido de manera muy sencilla pero también extremadamente pulcra, con sus rasgos suaves y el liso cabello castaño peinado hacia atrás, podía pasar fácilmente inadvertido. Las finas, harto expresivas líneas de la boca quedaban casi enteramente cubiertas por un gran bigote peinado hacia delante; tenía un reír apenas perceptible, dulce, una manera de hablar queda y un modo de andar cauteloso y ensimismado, por lo que se inclinaba un poco de hombros; difícilmente imaginaríamos a aquella figura en medio de una multitud: portaba el estigma de aquel que vive aparte, de quien vive a solas. Incomparablemente hermosas y de noble formación, de modo que de manera involuntaria atraían hacia ellas la mirada, eran en Nietzsche sus manos, de las que él mismo creía que revelaban su espíritu; en Más allá del bien y del mal se halla a este respecto una observación muy acertada: «Hay hombres que inevitablemente tienen espíritu, por mucho que quieran andarse con rodeos y pretextos y pretendan cubrir con las manos sus ojos delatores... (¡Como si la mano no fuese delatora!)»

Similar importancia concedía a sus orejas, poco comunes, pequeñas y finamente modeladas, de las que solía decir que eran los verdaderos «oídos para lo inaudito» (Zaratustra, I, 25). Verdaderamente revelador era el lenguaje de sus ojos. Medio ciegos, no poseían, sin embargo, nada de ese atisbar, de ese bizquear, de esa indeseable impertinencia, tan características de muchos miopes; antes bien, parecían ser pastores y guardas de tesoros propios, de mudos misterios, que ninguna mirada intrusa debía rayar. Su escasa vista otorgaba a sus rasgos un raro encanto muy especial, puesto que en vez de reflejar impresiones externas y variables sólo devolvían aquello que acontecía en su interior. Esos ojos penetraban en la intimidad y, a la vez ­ mucho más allá de los objetos cercanos­, en la lejanía, o mejor: tanto en lo más próximo como en lo más lejano. Pues, en definitiva, todo su trabajo como pensador no era sino una exploración del alma humana en busca de mundos aún por descubrir, de «sus posibilidades aún no apuradas» (Más allá del bien y del mal, 45) que nacen y perecen sin cesar. Cuando en ocasiones se mostraba tal como era, en el curso de un excitante diálogo, entonces podía aparecer y desaparecer en sus ojos una enternecedora luminosidad; pero cuando su estado de ánimo era sombrío, la soledad hablaba melancólica, casi amenazadora a través de ellos, como surgida de honduras inquietantes, de esas profundidades en las que se hallaba siempre solo, que no podía compartir con nadie, frente a las que él mismo se sentía a menudo sobrecogido de terror y en las que finalmente naufragó su espíritu.

Una impresión similar de misterio y secreto provocaba también el comportamiento de Nietzsche. En la vida normal era de una gran cortesía y de una suavidad casi femenina, de una constante y benévola ecuanimidad; le agradaban las formas elegantes en el trato social y les concedía gran estima. No obstante, siempre residía en ello cierto goce en el disfraz; abrigo y máscara para una vida interior que casi nunca descubría. Recuerdo que, cuando conocí a Nietzsche por primera vez ­fue un día de primavera, en la basílica de San Pedro, en Roma­ durante los primeros minutos me chocó y me confundió en él esa rebuscada formalidad. Pero poco duraba el engaño en ese solitario que portaba su máscara con tanta torpeza, a semejanza de aquél que llega del desierto y la montaña y se viste con el traje del hombre de mundo; enseguida afloró la pregunta que él mismo formuló con estas palabras: «De todo lo que un hombre deja traslucir podemos preguntar: ¿Qué ocultará? ¿De qué pretenderá desviar la mirada? ¿Qué prejuicio le animará? Y aún más: ¿Hasta dónde llegará la sutileza de este disimulo? ¿Qué equívoco desea provocar con ello?»

Este rasgo revela únicamente el reverso de la soledad desde la que debe comprenderse toda la vida interior de Nietzsche, de un autoaislamiento perpetuo y un ensimismamiento excesivo