jueves, 15 de mayo de 2008

Daisaku Ikeda. Educación para un ciudadano del mundo

(Conferencia dictada por el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, en el Instituto de Educadores de la Universidad de Columbia, Nueva York, Estados Unidos, el 13 de junio de 1996).

REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACION
PARA FORMAR CIUDADANOS DEL MUNDO
Conferencia en la Universidad de Columbia

Así como las aguas caudalosas del río Hudson avanzan sin cesar, con potencia y grandeza, el Instituto de Educadores está creando una corriente ininterrumpida de jóvenes líderes. Ellos son quienes gestarán una magnífica nueva era en el siglo que se aproxima.

Poco puede compararse con el honor que hoy me han concedido, al invitarme a exponer mis reflexiones en esta institucion, la más eminente de los Estados Unidos dedicada a los estudios de posgrado en el campo de la Educación. La corona que la distingue como soberana en el universo de la Pedagogía señala, con el haz de sus rayos, el cambio certero hacia el futuro del hombre.

Deseo manifiestar mi agradecimiento al presidente Levine y a todos los que han apoyado la realización de esta actividad. También quisiera anticiparme y extender mi gratitud a todos los distinguidos comentadores que, luego, nos harán conocer su pensamiento esclarecedor.

Hace veintiún años, en 1975, tuve el privilegio de visitar la *Universidad de Columbia*. Cuatro años antes, en 1971, habíamos fundado la *Universidad Soka*, en Tokio. En esta oportunidad, traje conmigo algo que jamás olvidaré: el cálido aliento y los invalorables consejos que esta casa de estudios superiores quiso brindar a una institución hermana, pero que recién se lanzaba a dar sus primeros pasos. Ha pasado el tiempo, pero mi deuda de gratitud es la misma y siento la necesidad de reiterar mi reconocimiento.

Hoy me encuentro aquí, en el mismo Instituto donde el celebérrimo filósofo John Dewey enseñó al frente de su cátedra. ¿Hay forma de expresar la corriente de emociones que esto despierta en mí?. El fundador de la *Soka Gakkai*, Tsunesaburo Makiguchi, fue también quien dejó trazado el espíritu fundacional de la *Universidad Soka*. Este educador se refirió con gran respeto a las obras e ideas de John Dewey en su libro *El sistema pedagógico de la creación de valores*, escrito en 1930.

En lo que a mí concierne, el interés y el compromiso que me unen a la educación se remontan a las expereincias que viví durante la Segunda Guerra Mundial. Si se me permite aquí una mención a mi historia personal, mis cuatro hermanos mayores fueron reclutados y trasladados al frente de batalla. El más grande de todos murió en combate, en Myanmar. Durante los dos años siguientes al término de la guerra, fueron regresando al hogar los tres restantes, uno después del otro. Venían de China continental. Verlos llegar, con el uniforme hecho jirones, fue un espectáculo desgarrador, realmente patético. Mis padres ya eran ancianos... ¿Cómo reducir a palabras el dolor de mi padre, la pesadumbre de mi madre?.

Podrán pasar los años, pero hasta el final de mis días seguiré recordando la repugnancia y la furia con que mi hermano mayor, durante una licencia, describió las atrocidades inhumanas que había visto cometer al ejército japonés en la China.

Fue inevitable que yo desarrollase un profundo odio hacia la guerra, hacia su crueldad, su insensatez y sus pérdidas gratuitas.

En 1947, conocí a un educador extraordinario, Josei Toda. Él y su maestro, el mencionado Tsunesaburo Makiguchi, habían sido encarcelados por el gobierno japonés, como prisioneros de conciencia, por oponerse a la política bélica de invasión que estaba llevando a cabo el Japón. Makiguchi murió tras las rejas. Toda sobrevivió a dos años infames de vida en el presidio.

Cuando escuche su historia, yo tenía diecinueve años. Instintivamente, comprendí que ese hombre y sus acciones, merecía mi confianza y que nunca me defraudaría. Así pues, determiné seguir sus pasos y atesorado como maestro de vida.

El alegato continuo y apasionado de Toda puede resumirse en pocas palabras: la humanidad sólo podrá ser liberada del horror cíclico de la guerra cuando formemos nuevas geenraciones de personas imbuidas por un profundo respeto a la dignidad suprema de la vida. Por lo tanto, él dio prioridad absoluta a la educación en todas sus formas.

Podemos decir que la educación es un privilegio singularmente humano. Es la fuente de inspiración que nos permite ejercer nuestra condición humana en el verdadero sentimiento de la palabra; gracias a la educación, el hombre puede asumir una misión constructiva en la vida, con composutra y convicción.

Como lo demuestra la historia contemporánea, el conocimiento puede seguir un curso de desarrollo aislado de toda consideración por la vida humana. El punto final de este rumbo desviado son las armas de destrucción masiva. Pero, al mismo tiempo, también es el conocimiento lo que ha vuelto a nuestra sociedad tan cómoda y conveniente, en la medida en que hizo posibles la industria y la prosperidad material. En vista de estos planteos, la educación debería asegurar, fundamentalmente, que el conocimiento sirva para promover, la causa de la felicidad humana y de la paz. Esta es la labor esencial de toda actividad educativa.

Digamos, entonces, que la educación debería ser la fuerza impulsora de una permanente indagación humanística, capaz de desplegarse sin pausa, por toda la eternidad.

Por esta razón, creo que el emprendimiento último de mi vida, y también el más crucial e importante, será la educación. Y también por eso concuerdo con el presidente Levine en que la labor educativa podrá ser el medio más lento de cambio social, pero es el único medio posible.

La sociedad de hoy enfrenta un sinfín de crisis, todas simultáneas y todas interrelacionadas. Entre ellas forman fila las guerras, la destrucción ambiental, la brecha de desarrollo entre el Norte y el Sur, las divisiones de naturaleza étnica, religiosa o idiomática... Por cierto, es una lista larga y familiar; reconozco que el camino hacia las soluciones puede parecer demasiado remoto y que, a fuerza de escollos, termina por intimidar.

No obstante, me permito decir que en la raíz de todos estos problemas se halla una imposibilidad colectiva: la de poner al ser humano y a la felicidad del hombre en el centro de todas las empresas y en la meta de todas las actividades. El hombre es el punto al cual debemos regresar y es, al mismo tiempo, la línea de partida infalibe de cada nueva travesía. En síntesis, lo que hace falta es una transformación en el seno del hombre. Una revolución humana.

En el pensamiento de Makiguchi y en el de Dewey hay muchos puntos de contacto. Y éste es uno de ellos. Ambos creyeron, incondicionalmente, en que se debían crear nuevas formas de educación, centradas en la gente y en el hombre. Como bien expresó Dewey, "Todas las cosas característicamente humanas se enseñan y se aprenden". Dewey y Makiguchi vivieron en una misma época. Separados por medio planeta, en medio de sociedades recientemente industrializadas y, por lo tanto, sembradas de problemas y dislocaciones, ambos lucharon por trazar rutas hacia un futuro signado por la esperanza.

Influido en gran medida por las ideas de Dewey, Makiguchi afirmó que el propósito de la educación debía ser la felicidad duradera de los educandos.

Creyó, además, que la auténtica felicidad se hallaba en una vida creadora de valores. Para decirlo del modo más sencilo, la creación de valores es la capacidad de hallar sentido a cualquer circusntancia, de mejorar la propia existencia y de contribuir al bienestar de los demás, en cualquier situación. La filosofía de la creación de valores que postuló Makiguchi surgió de los conceptos sobre las funciones profundas de la vida que le fueron brindando sus estudios sobre el Budismo.

Tanto Dewey como Makiguchi miraron allende los límites de las naciones-estado, para vislumbrar nuevos horizontes de convivencia humana. Podría decirse que ambos concibieron la idea de la ciudadanía mundial; ambos percibieron la necesidad de que surjan personas creadoras de valores en el escenario del mundo entero.

¿Cuáles son las condiciones que debe reunir un ciudadano del mundo? En las décadas pasadas, tuve el privilegio de dialogar con muchas personalidades, de los más diversos campos. En ese ámbito de intercambio, dediqué no pocas energías a ponderar la pregunta. Claro está, la ciudadanía mundial no depende del número de idiomas que uno domine ni de la cantidad de países que uno haya recorrido.

Tengo numerosos amigos que podrían ser vistos como simples ciudadanos anónimos, pero que poseen nobleza interior; que nunca han ido más allá de su ciudad natal, pero sienten auténtica preocupación por la paz y la prosperidad del mundo.

Creo no equivocarme al señalar lo siguientes elementos básicos que constituyen la marca de un ciudadano del mundo:

- Sabiduría, para reconocer la trama de vínculos indisolubles que mantienen unida la vida, en todas sus formas.

- Coraje, para no temer a las diferencias ni negarlas; pero también coraje para respetar y tratar de comprender a las personas de diferentes culturas, y crecer a partir del contacto con ellas.

- Misericordia, para cultivar una empatía despierta, que vaya más allá del ambiente inmediato y abarque a los que sufren en lugares remotos.

La cosmovisión budista plantea el concepto de la interdependencia universal, es decir, una trama de vínculos que entrelaza todas las expresiones de la vida. A partir de esta idea, creo yo, es posible manifestar, en lo concreto, cualidades como la sabiduría, el coraje y la misericordia.

La siguiente parábola del canon budista brinda una hermosísima metáfora visual sobre la interdepenencia y la inclusión recíproca de todos los fenómenos.

Suspendida sobre el palacio de Indra -la deidad budista que simboliza las fuerzas naturales protectoras y nutricias de lavida-, pende una red de dimensiones inmensas. En cada nudo de esa red, hay una gema brillante. Cada piedra preciosa contiene y refleja la imagen de las demás joyas sujetas a la red. Y ésta, como totalidad, esplende en un haz magnífico de luces fulgurantes.

Cuando aprendemos a reconocer lo que Thoreau designó como "la extensión infinita de nuestras relaciones", podemos detectar los hilos de la vida, que sostienen y reciben sostén al mismo tiempo. Entonces, cuando opera este descubrimiento, el hombre puede percibir, allí, las joyas deslumbrantes de todos los vecinos que tienen en el mundo. El Budismo busca cultivar una sabiduría asentada sobre esta clase de resonancia empática con todas las formas de vida. Dentro de su marco conceptual, la sabiduría y la misericordia se encuentran íntimamente ligadas y se fortalecen una a la otra.

Pero, en la filosofía budista, la misericordia no implica una supresión forzada de nuestras emociones naturales, de nuestros gustos y rechazos. Por el contrario, significa comprender que aun aquello que nos genera rechazo tiene cualidades que pueden contribuir a nuestra vida. Aun aquello que nos desagrada representan una oportunidad de desarrollar nuestro humanismo.

Y, además, el deseo solidario de querer contribuir al bienestar de los demás hace surgir una sabiduría ilimitada. El Budismo enseña que tanto el bien como el mal existen en cada ser humano, como potenciales innatos. La misericordia consiste en el esfuerzo valeroso y sostenido de ir en busca del bien en cada semejante, sea quien fuere, sea cual fuere su conducta. Significa empeñarse, a través de un compromiso continuo, para cultivar las cualidades positivas de uno mismo y de los demás.

Sin embargo, para asumir un compromiso hace falta coraje. Son demasiados los casos en que la misericordia, por no estar acompañada de coraje se queda en la mera expresión de sentimientos.

El Budismo llama *bodhisattva* a la persona que encarna tales cualidades -sabiduría, coraje y misericordia- y que se esfuerza sin descanso por la felicidad de los semejantes. En tal sentido, podría decirse que el *bodhisattva* representa un precedente antiguo y un ejemplo moderno del ciudadano del mundo.

El canon budista también nos acerca la historia de una mujer contemporánea de Shakyamuni. Esta dama, llamada Srimala, se consagró a la educación, a enseñarles a los demás que la práctica de un bodhisattva era alentar, con amor maternal, el potencial supremo del bien que existía en cada ser humano.

Con estas palabras ha quedado testimonio de su juramento: "Si veo a alguien solo, alguien que ha sido injustamente encarcelado o que ha perdido la libertad, si veo a alguien que padece a causa de la enfermedad, la desgracia o la pobreza, jamás lo abandonaré. En cambio, le brindaré alivio espiritual y material".

Concretamente, la práctica de esta mujer consistía en los siguientes principios:

- Alentar a los demás con palabras afectuosas y consideradas, mediante la herramienta del diálogo. (En sánscrito, priyavacana).

- Brindar ofrendas a los demás, es decir, dar a la gente lo que ella necesita. (En sánscrito, dana).

- Emprender la acción en beneficio de los semejantes. (En sánscrito, arthacarya).

- Sumarse a la acción de los demás y trabajar junto a ellos. (En sánscrito, samanartha).

A través de esta labor, ella buscaba concretar su objetivo: extraer los aspectos positivos de las personas con las que tomaba contacto.

La práctica del *bodhisattva* implica necesariamente, una profunda fe en la bondad innata del ser humano. Hay que encauzar el conocimiento hacia la tarea de liberar este potencial creador y positivo. Este propósito podría compararse con la destreza que nos permite utilizar los instrumentos de precisión de un avión para llegar a destino a salvo y sin accidentes.

Para lograr ese fin, también es indispenable detectar el mal que provoca destrucción y divisiones, y que, también, es parte de la naturaleza humana. La práctica del *bodhisattva* es una confrontación ineludible con lo que el Budismo llama la "oscuridad fundamental de la vida". El "bien" puede definirse como aquello que nos mueve en dirección a la convivencia armoniosa, a la empatía y a la solidaridad con los demás. Por otro lado, la naturaleza del mal es dividir a las personas, de sus semejantes; a la humanidad, del resto de la naturaleza. La patología del impulso a dividir despierta en el hombre un apego irrazonable a las diferencias y le impide ver los rasgos comunes a la condición humana. Y esto no se limita sólo a los individuos; por el contrario, constituye la profunda psicología del egoísmo colectivo, que adopta su modalidad más destructuiva en expresiones virulentas como el etnocentrismo y el nacionalismo.

Ën la raíz de la práctica de un *bodhisattva* anida la lucha por superar ese egoísmo y por vivir en niveles superiores del yo, donde la vida se expresa en actitudes de contribución.

La educación debería basarse en este mismo espíritu altruista que encarna la figura del *bodhisattva*. La orgullosa labor de los que hemos tenido acceso a la educación debería ser prestar servicio a aquellos que no han tenido esa misma oportunidad, es decir, servir a los semenjantes en formas visibles y también en tareas imperceptibles. Por momentos, la educación parece reducirse a una cuestión de títulos y de diplomas, o a la autoridad y el prestigio que ellos confieren. Sin embargo, estoy convencido de que debería ser un vehículo para cultivar, en la propia personalidad, el noble espíritu de atesorar y enriquecer la vida de los demás.

De tal forma, la educación debería dar el impulso necesario para vencer las propias flaquezas, para persistir en el esfuerzo a pesar de la realidad social, que a veces es muy severa, y generar nuevas victorias que iluminen el futuro del hombre.

La tarea de forjar ciudadanos del mundo, de trazar los cimientos éticos y conceptuales de la ciudadanía mundial, nos compete a todos. Es un proyecto vital en el cual todos somos protagonistas y del cual todos debemos hacernos responsables. Para que sea fructífera, la educación de ciudadanos del mundo debe encararse como parte integral de la vida cotidiana, en las comunidades donde transcurre el diario vivir. Al igual que Dewey, Makiguchi se centró en la "comunidad local" como ámbito donde se deben formar los ciudadanos del mundo. En su obra *Geografía de la vida humana*, de 1903 -hoy considerada una precursora de la ecología social-, Makiguchi recalcó la importancia de la comunidad como ámbito físico del aprendizaje.

En otro lugar, Makiguchi escribió: "En síntesis, la comunidad es un mundo en miniatura. Si alentamos a los niños a observar directamente las complejas relaciones que median entre los hombres y la tierra, entre la naturaleza y la sociedad, ellos captarán sagazmente la realidad de su hogar, de su escuela, de su pueblo, aldea o ciudad. Y así podrán comprender el mundo anchuroso". Esto concuerda con la observación de Dewey: quienes no han tenido experiencias que profundicen su comprensión de la vida en vecindad ni de la realidad de sus vecinos tampoco podrán sentir respeto por las personas de países distantes. Nuestra vida cotidiana está colmada de oportunidades de aprendizaje, para nosotros mismos y para quienes nos rodean.

Cada una de nuestras interacciones con los demás -diálogo, intercambio o participación-- es una inapreciable ocasión para crear valor. Apredemos a partir del contacto con otras personas; por esta razón, el humanismo de un maestro es el factor clave de toda experiencia educacional.

Makiguchi sostuvo que la educación humanística, es decir, la educación que guía el proceso de formación de la personalidad, es una aptitud trascendental, que sólo puede ser definida como un arte.

La primera experiencia docente de Makiguchi transcurrió en una escuela rural de una lejana aldea japonesa. En verdad, la escuela consitía en una única aula donde él enseñaba a alumnos de todos los grados; los niños pertenecían a familias de escasos recursos y, por porvenir de hogares muy modetos, naturalmente tenían modales muy rústicos.

Sin embargo, Makiguchi fue insistente: "Todos son alumnos por igual. Desde el punto de vista de la educación, ¿qué diferencia hay entre ellos y otros estudiantes? Aunque lleguen a clase cubiertos de tierra y de polvo, sus ropas humildes reflejan la brillante luz de la vida. ¿Nadie piensa percatarse de ello? Entre estos pequeños y la cruel discriminación de la sociedad media una sola cosa: la presencia del maestro". El maestro es el factor más importante del ambiente educacional. Esta convicción de Makiguchi es, al mismo tiempo, el espíritu invariable de la "educación soka". En otro texto, advierte: "Los maestros deberían descender del trono en el que se han encaramado, como si fuesen objetos de culto, para actuar como servidores públicos. Desde este lugar, han de brindar orientación a todos aquellos que ansíen subir al trono del aprendizaje. Los maestros no deberían exhibirse como parangones, sino ser compañeros en el descubrimiento de nuevos modelos". Estoy convencido de que la escuela no existe en los edificios inanimados, sino en los maestros que se dedican a servir a los alumnos.

Ellos son, en sí mismos, una escuela viviente. Hace poco, escuché estas palabras en boca de un educador. La vida de los alumnos no se transforma a partir de escuchar disertaciones, sino del contacto con seres humanos. Por esta razón, el vínculo entre docentes y alumnos es de importancia fundamental. En lo que a mí concierte, la mayor parte de mi educación trasncurrió bajo la tutela de mi maestro, Josei Toda. Durante unos diez años, cada día antes de ir al trabajo, me impartió lecciones de Historia, Literatura, Filosofía, Economía, Ciencia y conocimientos sobre las organizaciones. Los domingos, nuestras lecciones de a dos se iniciaban por las mañanas y duraban todo el día. Jamás dejaba de preguntarme -de interrogarme, diría yo- sobre los libros que estaba leyendo.

Pero, más que nada, yo aprendí de su ejemplo. Su ardiente consagración a la paz, imperturbable aún después del encarcelamiento, se mantuvo incólume toda su vida. A esta actitud, y a la profunda misericorida que impregnaba cada uno de sus actos en la interrelación con los demás, les debo las lecciones más valiosas que haya recibido de él. Creo que aprendí de mi maestro el noventa y ocho por ciento de lo que he llegado a ser hoy.

El sistema educacional *Soka*, basado en la creación de valores, se creó con el deseo de que las generaciones futuras tengan la oportunidad de experimentar esta misma educación humanística. Mi más noble esperanza es que los egresados de las escuelas *Soka* lleguen a ser ciudadanos del mundo y protagonistas de una nueva historia para la humanidad.

Pero los actos de los ciudadanos del mundo no serán eficaces si carecen de coordinación. Y, en este sentido, hay que reconocer el gran potencial del sistema representado por las Naciones Unidas. Hemos llegado a una instancia tal, que la ONU puede actuar como centro, no sólo para "armonizar los actos de las naciones", sino también para crear valores a través de la formación de ciudadanos del mundo, capacaces de construir un mundo en paz. Si bien, hasta el momento, el debate de esta organización internacional se ha visto dominado por los estados y por los intereses nacionales, últimamente se viene sintiendo, cada vez con más fuerza, la energía de ese "Nosotros, los pueblos...", particularmente en las actividades de las orgnizaciones no gubernamentales (ONG).

En los años recientes, bajo el auspicio de la ONU, se ha puesto en marcha un discurso global sobre cuestiones críticas, como el ambiente, los derechos humanos, las poblaciones indígenas, la mujer y la expansión demográfica. Se han llevado a cabo congresos mundiales con la participación de representantes oficiales y no gubernamentales, que impulsaron la configuración de una ética global, indispensable para sotener la acción de la ciudadanía mundial.

En forma paralela con la gestión permanente de la ONU en tal dirección, quisiera ver que ciertas cuestiones quedasen incorporadas como elementos integrantes de la educación en todos los niveles. Por ejemplo:

- Una educación para la paz, que enseñe a los jóvenes la crueldad y la insensatez de la guerra, para arraigar la práctica de la no violencia en la sociedad humana.

- Una educación ambiental, que enseñe la actual realidad ecológica y los medios idóneos para proteger el medio.

- Una educación para el desarrollo, que se centre en el análisis de la pobreza y de la justicia global.

- Una educación para los derechos humanos, que despierte conciencia sobre la igualdad y la dignidad de la vida.

Desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo que la educación jamás debería subordinarse a los intereses políticos. Para que ello se cumpla, siento que habría que otorgar a la educación un lugar, de reconocimiento equivalente al que, dentro de los asuntos públicos, tienen los tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Esta propuesta nace de la experiencia de mis predecesores al frente de la *Soka Gakkai*, los maestros Makiguchi y Toda, quienes libraron una permanente batalla contra el control político de la educación.

En los años próximos, qusiera ver que se realice una reunión cumbre mundial, no de políticos, sino de educadores. Y digo esto porque no encuentro nada tan imporante para el futuro del género humano como la solidaridad internacional entre los educadores.

Con esta finalidad, estamos resueltos a seguir trabajando para promover el intercambio educativo entre los jóvenes, tras el ejemplo del Instituto de Educadores, que, según escuché, posee un claustro estudiantil formado por alumnos de ochenta países.

Como señaló Makiguchi, "Cuando el trabajo educativo se apoya en una clara comprensión y tiene un propósito definido, puede superar las contradicciones y las dudas que asedian a la humanidad, y generar una victoria eterna para el género humano". Por último, y a modo de despedida, me comprometo a trabajar denodadamente, en compañía de los respetados amigos y colegas que hoy me acompañan, para forjar ciudandos del mundo capaces de dar a la humanidad esa "victoria eterna" que tanto anhelamos.