jueves, 15 de mayo de 2008

El futuro del español

El espléndido futuro del español y cómo pagaremos por él
JOSÉ ANTONIO MILLÁN

La acción transcurre dentro de muy pocos años. La Malla Mundial (o WWW) ha continuado expandiéndose, y la lengua española ha seguido creciendo en su interior. Pongamos que un 10% de los sitios de la Malla están ya ocupados por páginas españolas (en vez del 2% actual ). De hecho, se ha convertido en la segunda lengua en la Red, tras el inglés.

En la Red hay periódicos de la Península y de Hispanoamérica, revistas científicas de un lado y otro del Atlántico, infinidad de sitios dedicados al ocio y a las noticias. El turismo, la vida política, la información local, la empresarial y la gubernamental, todas han ido confluyendo allí. A través de ella se pueden estudiar carreras, practicar lenguas, hacer negocios... Los abogados y los médicos son usuarios avanzados de la Red: toda la legislación y la jurisprudencia, terapias e innovaciones se recogen en ella. España, Perú, Costa Rica, Argentina y México son las naciones que más páginas aportan, mientras que los hispanohablantes de Estados Unidos tienen ya más actividad que muchos Estados hispanoamericanos.

Los usuarios de ese momento -futuro pero cercano- disfrutan de muchos servicios que facilitan su actividad en la Red. Por ejemplo, los programas buscadores son cada vez más sofisticados. Se puede pedir información sobre «alfabetización en escuelas rurales americanas», y el programa buscador encontrará un artículo sobre Enseñanza de la lectura en la sierra de Ayacucho, aunque en él no aparece ni una sola de las palabras de la consulta. Hay programas que son capaces de crear resúmenes fiables de documentos extensos. Otros dan traducciones al español de páginas en lenguas desconocidas: son versiones aproximadas, pero que pueden servir para una primera toma de contacto. Las compras en la Red -una realidad cotidiana- se dirigen mediante instrucciones en lengua natural: «Localízame música portuguesa contemporánea, pero más alegre que la del grupo XXX».

Y todavía más: exploramos la Red acompañados por agentes inteligentes, programas que analizan nuestra actividad en el ciberespacio y son capaces de deducir qué tipo de información nos interesa, localizar por sí mismos nuevos contenidos y proponérnoslos.

Alcanzar este brillante panorama de actividad del español en la Red es sólo cuestión de tiempo; ya se vislumbran algunas de las tecnologías que lo harán posible. Pero una de dos: los hispanohablantes estaremos pagando a empresas extranjeras por hacer uso de sus herramientas de manejo de nuestra lengua, o bien habremos desarrollado las nuestras propias.

Seamos realistas: nuestro país no es un productor de equipos informáticos ni de los grandes programas que todo el mundo utiliza. No vamos a crear las máquinas que sostienen Internet, ni los programas que la hacen funcionar. Pero sí podemos, y deberíamos, desarrollar las tecnologías de nuestra propia lengua. En primer lugar, porque si no lo hacemos, lo harán otros, y acabaremos pagando por usar nuestra lengua en el ciberespacio y en cualquier medio informático. Después del inglés, el español es la lengua de mayor importancia estratégica (por demografía, por pujanza... y por importancia cultural). Las grandes empresas de programación -extranjeras- han empezado hace años a contratar lingüistas españoles y a perseguir los recursos lingüísticos clave para estos desarrollos. Desde el punto de vista del usuario final, esto es indiferente: lo que hace falta son buenos productos, vengan de donde vengan. Desde el punto de vista de nuestro desarrollo económico y cultural, de la balanza de pagos, y de la creación de riqueza y puestos de trabajo, obviamente no.

Pero aún hay más; las tecnologías lingüísticas en estos momentos ocupan un lugar absolutamente estratégico, porque son facilitadoras de muchas otras. El mundo informático se orienta a pasos agigantados hacia la utilización de la más simple, la más potente de las interfaces: la lengua natural. Sin olvidar el aspecto ideológico y político que muchas cuestiones lingüísticas encierran; piénsese, por ejemplo, en cómo Microsoft tuvo que cambiar el diccionario de sinónimos incorporado a Word en español porque proporcionaba equivalentes insultantes a palabras como indígena (salvaje) o mestizo (bastardo).

El aspecto político es claro: la unidad de nuestra lengua a un lado y otro del Atlántico no sólo es una bendición cultural, sino un activo económico: por ejemplo, las editoriales en castellano pueden distribuir sus libros en Hispanoamérica y en España (cosa que, por ejemplo, no ocurre entre Portugal y Brasil). Los programas lingüísticos -correctores de ortografía, de estilo- van a tener un peso cada vez mayor en la forma de la lengua. Sería vital que estuvieran consensuados por los propios hispanohablantes, en vez de por intereses ajenos.

¿Qué se puede hacer? La Real Academia Española acaba de anunciar que pondrá a disposición del público sus corpus de lengua para el próximo otoño. Llegan con un retraso de cuatro años respecto a sus equivalentes en inglés, pero son bien venidos, y ojalá que su política de explotación permita su uso por todos los interesados: los organismos de investigación y la industria. Pero esto no basta: hacen falta los recursos lingüísticos de libre disposición que los harían efectivamente útiles para desarrollar la tecnología informática de nuestra lengua. ¿Dónde están los analizadores morfológicos, las redes semánticas accesibles para cualquier empresa o investigador? ¿Existen dormidos en alguna institución de investigación? ¿O es que cada empresa que aspire a hacer un desarrollo en este campo tiene que empezar por reinventar la rueda y la pólvora?

En el mundo de la informática, en el mundo de Internet muy especialmente, son los pequeños agentes individuales los que constituyen el auténtico motor del desarrollo. Ellos tienen la capacidad de adaptación, el conocimiento de un medio siempre cambiante, la formación y la experimentación constante -casi siempre autofinanciada- en tecnologías de última hora. De ellos -y, por otro lado, de las multinacionales- han surgido los únicos productos de tecnología lingüística que han ido llegando a nuestros usuarios hispanohablantes. Es necesario poner la base de investigación precompetitiva que permita la actividad de estas unidades dinámicas. Hay que apostar por las estructuras flexibles para la generación de las herramientas estratégicas del español.

Si nuestras autoridades lingüísticas y de investigación consideran que la batalla ya está perdida, que nos lo digan ya: ahorraremos tiempo y esfuerzo. Si creen -como yo- que aún podemos hacer algo, sería muy interesante empezar cuanto antes. Como sea.

José Antonio Millán es filólogo y editor electrónico. Ha dirigido el proyecto del Centro Virtual Cervantes.


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