lunes, 5 de mayo de 2008

La guerra civil española, en Argentina

El Clarín.
Domingo 14 de abril de 1996.
Buenos Aires, República Argentina
LOS ARGENTINOS Y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

LOS AÑOS DE LA METRALLA
Hace sesenta años, España vivía los últimos meses de democracia antes del comienzo de la Guerra Civil. Algunos brigadistas argentinos, que colaboraron en la lucha contra lo que sentían la vanguardia del fascismo, cuentan aquí cómo fue esa época de furor, en Buenos Aires y en el frente.

Una guerra civil puede tener matices de sinsentido pero nunca carece de lógica. En la Guerra Civil Española, uno de los bandos desbordaba de entusiasmo y mística en el combate, frente a un ejército profesional asistido por mercenarios extranjeros y la tecnología más avanzada de la época. Del lado de la República, los voluntarios de las Brigadas Internacionales pelearon su propia Revolución roja. Junto a todos ellos, reunidos en el espacio de una patria íntima, miles de inmigrantes españoles seguían la guerra desde los cafés de Avenida de Mayo.


18 DE JULIO DE 1936.

El levantamiento del general Francisco Franco puso fin a algo más digno de festejar que el comienzo de la Guerra Civil. El 16 de febrero, hace sesenta años, se celebraban en España lo que serían las últimas elecciones por varias décadas. La victoria del Frente Popular, el 16 de febrero de 1936, fue magra en términos de votos pero dio a esa amplia coalición de la izquierda republicana una abrumadora mayoría en las Cortes. Esto, combinado con el estado deliberativo que había instalado el levantamiento de mineros en octubre de 1934, en Asturias, convencieron a la derecha antirrepublicana, integrada por monárquicos, católicos y fascistas, de que no podrían imponer un estado autoritario sino a través de la destitución. El triunfo electoral del Frente, respaldado por todas las fuerzas republicanas, marcó el límite de tolerancia de los conservadores. España vivía una situación prerrevolucionaria con algunas semejanzas con la Unión Soviética del proceso de octubre de 1917: el 65 por ciento de la población era analfabeta y dos millones de campesinos no tenían tierra. Apenas 10 días después de la sublevación, Franco recibía los primeros veinte aviones de transporte alemanes. Pero más allá de sus consecuencias en la vida política española, la Guerra Civil se convirtió en una instancia de la historia europea. Fue el preludio de la Se- gunda Guerra. En España habrían de debatirse las grandes cuestiones políticas de la década: la lucha entre el liberalismo y el nacionalismo, la democracia y el totalitarismo. De hecho, la Guerra Civil fue el laboratorio donde los regímenes de Alemania e Italia probaron nuevos métodos de guerra aérea y de tanques, y donde Gran Bretaña y Francia calibraron la amenaza de sus vecinos al equilibrio internacional. También fue el terreno donde la Unión Soviética puso a prueba su capacidad de alianza con las democracias occidentales y el predicamento social de su doctrina. Pero el poder no explica la totalidad de un proceso y la guerra a menudo resuelve la supervivencia en una única peripecia extraordinaria, como la que cuenta el brigadista argentino José Acosta. La guerra es una colección de historias personales: una historia por cada combatiente, y otra, por cada exiliado que alucina sus pormenores lejos del campo, en otro país. Entre 1936 y 1939, la Argentina fue un frente de España.


A LA GUERRA POR VOLUNTAD PROPIA

Frente a la maquinaria bélica que Franco obtuvo tempranamente en su pacto con Roma y Berlín, las milicias republicanas contaban con el arsenal de una mística. Mientras el franquismo conseguía municiones, la República multiplicaba sus comités en el mundo entero. La Argentina fue uno de los campos de la guerra de opiniones. El capítulo más conmovedor e irrepetible de ese espíritu internacionalista fue el que encarnaron las Brigadas Internacionales. El gobierno de Felipe González acordó recientemente la ciudadanía a los combatientes internacionales, convirtiendo en ley el deseo que había formulado la líder comunista Dolores Ibarrruri, al despedir a las Brigadas en Barcelona, el 28 de octubre de 1938. "No los olvidaremos "dijo entonces la Pasionaria"; cuando el olivo de la paz ya tenga hojas, enlazados con los laureles de la victoria de la España Republicana, regresen a nosotros. Vuelvan, porque aquí encontrarán una patria. En la reunión del 21 de julio de 1936, el Comintern soviético aprobaba por mayoría "no por unanimidad" ayudar a la República y crear las Brigadas Internacionales. El cuerpo de combatientes voluntarios de todo el mundo tendría su centro organizativo en París, donde funcionaba una sucursal de la República. El Partido Comunista y las fuerzas socialistas encabezaban la cruzada democrática. El contingente de brigadistas más numeroso era el francés, seguido por los italianos, ingleses y portugueses. En París, el Comité Internacional de Solidaridad concentraba las donaciones de todo el mundo. Solo en los Estados Unidos, la Brigada Abraham Lincoln aportó unos 3.300 voluntarios. Debido a que en nuestro país el reclutamiento era bastante informal, no se tienen cifras exactas, pero algunos estiman en 500 los voluntarios que partieron de Buenos Aires. Muchos de ellos eran españoles que habían emigrado hacía algunos años, o hijos de españoles que combatían por la patria de sus padres, pero hubo también exiliados de otras nacionalidades, húngaros, croatas, lituanos, etcétera, simpatizantes del proceso comunista provenientes de países del Este europeo. En la Argentina, la guerra motivó una inmediata reacción de solidaridad que no habría de culminar sino hasta fines de los años cuarenta, con la última oleada de exiliados políticos.


LA GUERRA EN AVENIDA DE MAYO

Dirigente juvenil del Partido Comunista Argentino, Fany Edelman se enroló como voluntaria en la Guerra Civil. A los 82 años, esta mujer de prolijo rodete, en quien la coquetería parece una condición de la longevidad, recuerda aquel tiempo en España como su edad de esplendor, la instancia en que su vida tuvo un sentido más pleno. "La solidaridad con el Frente Popular fue enorme "recuerda Edelman". Uno de los motores de esa ayuda era el Patronato Español de Ayuda a las Víctimas de la Represión en Asturias, creado dos años antes a raíz de la represión de los mineros huelguistas. De inmediato se constituyó el Comité de Ayuda al Pueblo Español, y luego decenas de otros comités, creo que casi doscientos, desde Jujuy hasta Tierra del Fuego." Edelman recuerda que la Argentina enviaba embarques semanales de sopas concentradas, que las descendientes de españoles tejían bufandas para el ejército popular. Los niños juntaban papel plateado, que luego era vendido y convertido en donaciones. La ayuda espontánea fue tan masiva, que la Argentina se ubicó como segundo país, después de Francia, en el caudal de ayuda popular a la República. En la esfera del poder, el gobierno de facto de Agustín P. Justo procuraba disimular su simpatía por los militares sublevados, pero la prensa argentina se inclinó enérgicamente en favor de los republicanos, con el viejo diario Crítica a la cabeza. Su director, Natalio Botana, tendría una permanente militancia en favor de los republicanos a lo largo de dos décadas. Angel Nañez, que llegó a Buenos Aires en 1940, evoca las colectas promovidas en la redacción del diario, y que el propio Botana reunía el dinero que mensualmente era entregado a las familias de refugiados, hasta que encontraran trabajo. La colectividad peleaba su propia guerra a la distancia. Los españoles de Buenos Aires recuerdan que en la Avenida de Mayo funcionaba algo así como un comando de simpatizantes y detractores de la República. En las esquinas de la avenida y Salta, dos bares nucleaban a los unos y a los otros: en el Iberia, los republicanos; en el Español, los franquistas. El lenguaje era la provocación, y las escenas, propias de una taberna. Allí se esperaba la caída de la tarde y las noticias del día. Las ruedas se prolongaban hasta medianoche, y no faltaba en la semana una jornada de roces, con sillas y tazas volando por el aire. Mientras Libertad Lamarque y Fernando Ochoa daban recitales a beneficio en el Luna Park, en San Juan se realizaba una campaña de donaciones recogidas por el club de ciclistas. El mismo año de la sublevación comenzaba a editarse en Buenos Aires La Voz de España, un medio que luego se transformaría en el republicano La Nueva España, con una tirada semanal de 60.000 ejemplares. A raíz de la persecución de algunos grupos profranquistas "uno de cuyos portavoces prestigiosos era el notable narrador argentino Arturo Cancela", La Nueva España acabó alquilando una isla en el Tigre, Los Pinos, donde se cobraba 20 centavos para participar de un picnic. En una respuesta institucional al problema planteado por los argentinos que sí se sentían atrapados en un conflicto ajeno, en 1936 y 1937, partían a Alicante el crucero ARA "25 de Mayo" y el torpedero "Tucumán", para repatriar argentinos y refugiados de otras nacionalidades latinoamericanas. La República había dispuesto ese puerto valenciano como punto de evacuación de los extranjeros. En 1937 Fany y su esposo, Bernardo Edelman, partían finalmente a París. Tenían 25 años y su llegada a España fue organizada por el Socorro Popular Francés. Edelman recuerda una Madrid de pesadillas, llena de bolsas de arena, con que los habitantes se protegían de los tiroteos. Bernardo trabajaba como corresponsal para el diario La Nueva España, mientras ella trabajaba para el Socorro Solidario en Valencia. Fany también presidía la Federación Democrática Internacional de Mujeres, lo que le permitió estar en contacto con Dolores Ibarruri. Dice Edelman: "En la Pasionaria se conjugaba todo. Era muy alta y apuesta, siempre vestida de negro y tenía una oratoria conmovedora. Yo creo que su presencia definió mucho la actitud del pueblo español". Fany cuenta que "el Socorro concentraba toda la ayuda internacional, de modo que allí acudían los soldados, pero también los jefes militares y la intelectualidad más significativa de España". Fue allí que la pareja de argentinos conoció a Antonio Machado, cuyo hermano, Manuel, era franquista, y también al poeta Miguel Hernández. "La actividad era frenética en el gran salón del Socorro", "recuerda Fany, quien tuvo a su cargo la organización de la campaña de solidaridad del 37". "Ese invierno Machado llamó a los españoles a desprenderse de sus pertenencias para contribuir a la guerra.


EL LARGO ADIÓS

En abril de 1938 comienzan a retirarse los brigadistas. Inundarán por miles las montañas que separan a la Península del continente. Los Edelman parten después de la sangrienta batalla de Teruel. A fines de ese año, el diario La Razón publicaba un chiste autorreferencial. Un cliente se sienta en un bar y ordena un "huesca". "¿Y eso, qué es?", pregunta el mozo. "Es lo que los republicanos toman cada día." El chiste aludía a que la prensa argentina ya había informado decenas de veces que la República había finalmente logrado recapturar la ciudad aragonesa de Huesca. Pero eso no era más que una expresión de deseos. "Cautivo y desarmado el Ejército Rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado." El primero de abril de 1939, un locutor comunicaba por radio el parte oficial fechado en Burgos, con la firma del Generalísimo. Dos tercios de los brigadistas murieron en España. Algunos sobrevivientes "como muchos españoles" fueron a pelear como voluntarios a la Segunda Guerra, contra el mismo enemigo con distintos uniformes. Quince años más tarde, los nombres de los combatientes de la Brigada Abraham Lincoln seguían inscriptos en una lista negra del gobierno norteamericano como enemigos del orden público, en el marco de la guerra fría. Pocos brigadistas fueron alcanzados por la gloria a su regreso a casa. Reivindicados en la ancianidad, algunos combatientes comentan, desde la mesa de un bar de Avenida de Mayo, los interminables malentendidos que colaboran en la Historia. Marcelino Fernández Villanueva, quien permaneció en España hasta 1949, organizando una guerrilla en la clandestinidad, recuerda que al llegar a Buenos Aires le sorprendió el ambiente de euforia entre los republicanos de Avenida de Mayo: "Estaban convencidos de que Franco pronto iba a caer con el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra".

Matilde Sánchez