lunes, 19 de mayo de 2008

Paul Feyerabend. Autobiografía

Killing Time. The autobiography of Paul Feyerabend. The University of Chicago Press, 1995. Chicago. 192 páginas.

Reseña por Edison Otero

Inundados de oleadas y oleadas de constructivismo, lo menos que podría decirse de una autobiografía es que constituye una versión que el protagonista construye acerca de sí mismo; y, por supuesto, ni siquiera se trataría ipso facto de la versión más confiable. Este curso de argumentos podría llevarnos rápidamente a una situación que podríamos denominar, provisoriamente, de 'paranoia hermenéutica'. Si en última instancia todo es interpretación, simplemente hay que asumirlo y eventualmente preferir una lectura a otras. Toda elección está, pues y por definición, exenta de culpa.

Todo esto a propósito de la recientísima autobiografía de Paul K. Feyerabend, aparecida póstumamente. El filósofo redactó las últimas páginas en su lecho de enfermo, próximo a la muerte, la que acaeció el 11 de Febrero de 1994. Tenía 70 años. Había nacido en Viena en 1924.

En lo sustantivo, el paso de Feyerabend por el mundo intelectual fue polémico y no pocas veces escandaloso. Por eso resulta valioso tener a la mano lo que el propio filósofo cuenta de su trayectoria. Sin lugar a dudas, se trata de una narración sorprendente y en muchos sentidos inesperada. En efecto, no se espera que alguien hable de sí mismo con tal sinceridad y sin
ánimo de cuidar una imagen. Por lo demás, estamos habituados por la tradición a cierto internalismo intelectual. Todavía se escriben las historias de la filosofía y de las ciencias como si los filósofos y los científicos mismos (su vida personal, se entiende) fueran por definición irrelevantes. Las biografías no explican las filosofías, pero les dan vida y las hacen tangibles, las recuperan de la abstracción en la que se las conserva comúnmente.

Aunque vivió del éxito académico de su irreverencia intelectual, Feyerabend no se sintió en absoluto identificado con ese mundo. Más bien, negoció con él y, al fin de cuentas, le permitió un retiro tranquilo. Feyerabend fue un extranjero en ese mundo y nunca adquirió carta de ciudadanía en él. Estuvo enseñando en diversas universidades, pero bien podría haber estado en otras, o no haber estado en ninguna. El mismo se extrañaba de su éxito y de la sonajera que su nombre desataba. Verdadero nómada, iba de un lugar a otro sin sentirse en casa en parte alguna. Lo que Feyerabend experimentó siempre fue el desapego. Y a este respecto, su autobiografía resulta simplemente conmovedora. Con una sinceridad que a menudo parece una afilada daga, el filósofo describe esa ambigüedad que le acompañó todo el tiempo, dividido entre estar con las personas y alejarse de todas las personas, escindido entre la complicidad y la indiferencia.

Supo del suicidio de su madre casi neutralmente, carente de sentimientos. Sólo muchos años más tarde, topándose inesperadamente con una nota en la que su madre anunciaba a su esposo la drástica decisión final, Feyerabend se sintió por primera vez cercano a "...ese ser humano extraño, distante e infeliz que fue mi madre" (pág.10). Estaba en California dando clases, por los años '60, cuando se enteró de la muerte de su padre: "No regresé y no fui a su funeral. Años después, apareció en mis sueños..." (pág.4). Con igual desapego Feyerabend fue a la guerra, enrolado en las fuerzas alemanas. A comienzos de 1945, en territorio polaco, fue herido en la región lumbar y quedó parcialmente inválido. Cojeó por el resto de su vida, limitación que sobrellevó con un bastón. Sufrió dolores habituales derivados de esa lesión sufrida en combate. Como en otros casos, pasó por este evento con indiferencia, como si no hubiese estado allí. Con humor y emocionada ironía, el filósofo narra las consecuencias de su invalidez para la intimidad. De hecho, la herida a bala también lo dejó impotente. Pero, Feyerabend pareció estar por encima de todo ésto, fuera del alcance del dolor, tal vez sólo arrinconado por períodos de dura soledad.

Lo que le apasionó sin medida fue el canto. Era un insaciable consumidor de óperas y tuvo, él mismo, una privilegiada voz de tenor. Le encantaban el teatro, el cine y la televisión. No las veía, las devoraba. También la lectura. Leía todo lo que estuviera a su alcance, en la guerra, en el hospital, donde fuera. Cualquier momento libre era llenado por un libro.

Entró al mundo académico casi accidentalmente. Doctorado en 1951 con una tesis sobre electrodinámica, dos años antes le ofrecieron preocuparse de registrar los debates más importantes de los encuentros Alpbach, en el Tirol, lugar que se convirtió en un centro mundial intelectual y artístico.

En estos afanes Feyerabend conoció a lo más relevante del pensamiento de esos años: Koestler, Popper, von Hayek, von Bertalanffy, Ascombe, Carnap, Feigl, Wittgenstein, entre otros. Pronto estuvo en medio de todo ese remolino. Y pronto se convirtió en un reputado profesor. Lo seducían la retórica y el debate. No preparaba sus clases y se dejaba guiar por un curso de pensamiento cualquiera, sugerido por un oyente o por su propia improvisación. Siempre acompañado por ese deseo de independencia y distancia que lo marcaban. El temor a tener que asumir compromisos e identificaciones que no sentía lo llevó a rechazar la oferta de Popper para trabajar establemente con él, o con cualquiera. Sólo quería ser él mismo, lo que fuera que eso resultara ser. Ni siquiera tenía claro un objetivo para su vida futura y se dejaba llevar por los acontecimientos. Hizo muchas cosas y tomó muchas decisiones simplemente para 'matar el tiempo'. De este modo se puede aquilatar en toda su dimensión el que esta idea de 'matar el tiempo' le diera el título a su autobiografía. Este deambular casi sin propósito se vio interrumpido en sus últimos años al encontrar a Grazia, la mujer con la que experimentó por primera vez el amor intensamente compartido, generoso y desprendido.

Esta autobiografía no contiene, en consecuencia, los descargos, alegatos y razones en los que se habría fundado la peculiar toma de posición epistemológica del pensamiento de Feyerabend. Este filósofo de las ciencias no gasta páginas en justificar su eventual filosofía de las ciencias. A lo más, declaraciones de pasada: "Uno de mis motivos para escribir Contra el Método fue liberar a la gente de la tiranía de los ofuscadores filosóficos y de conceptos abstractos como 'verdad', 'realidad' u 'objetividad', que ensombrecen la visión de la gente y sus modos de vivir" (pág.179)

Feyerabend quería hablar de sentimientos, de experiencias, de apegos y desapegos. En 1993, ya retirado, resume su proyecto de vida futura: "...leyendo, caminando entre los árboles y dedicándome a mi esposa..." Hacia fines de ese año se hospitaliza, parcialmente paralizado por un tumor cerebral inoperable.

Algunas de sus últimas líneas: "Estos pueden ser los últimos días... Lo que me importa es que después de mi partida algo quede de mí, no mis escritos, ni mis declaraciones filosóficas finales, sino amor... Eso es lo que querría que ocurriera, no la sobrevivencia intelectual sino la sobrevivencia del amor... No querría morir ahora... Me gustaría quedarme con Grazia, para apoyarla. Después de una vida luchando por la soledad, me gustaría vivir como parte de una familia..."

Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile Revista Talón de Aquiles Año 2, N° 1, Otoño de 1996