jueves, 15 de mayo de 2008

Vargas Llosa. El Chivo

Thu Nov 16 15:26:10 2000
From: "Pedro Conde Sturla"
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DIATRIBA DE VARGAS LLOSA
EL CHIVO DE VARGAS LLOSA

UNA LECTURA POLÍTICA
Pedro Conde Sturla

¡Rompan filas, viva el Jefe!

Esta serie de artículos sobre La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa comenzó a publicarse en el suplemento sabatino "Cultura" del periódico El Siglo, después de haber sido rechazada por otros medios de prensa.

A la altura de la cuarta entrega ("Los cortesanos de Vargas Llosa"), la libertad de prensa se resintió, censuró la edición y dio por terminada la publicación de la serie. La libertad de prensa en la República Dominicana todavía no permite que se hable de los crímenes de Balaguer y de las bellaquerías de los cortesanos de la Era Gloriosa.

Se confirma, pues, lo planteado en el segundo de estos artículos: Trujillo vive y manda, su herencia vive y manda. Sus sucesores han detentado y detentan posiciones de poder y mandan, influyen, determinan, manipulan, inciden en todos los capítulos de la sociedad. Hoy como ayer, nos parece escuchar su grito de guerra: ¡Rompan filas, viva el Jefe!

CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL

Con Mario Vargas Llosa sostuve una especie de conversación cerca de la catedral de Santo Domingo. Él andaba de turista en compañía de Soledad Álvarez y yo estaba de juerga en el Palacio de la Esquizofrenia

Cafetería Restaurante El Conde por más señas- en compañía de Víctor Villegas y Alfredo Pierre.

De modo que disfrutaba yo de la noche y unas cervezas cuando los vi llegar: Soledad sonriente, Vargas Llosa sonriente mucho gusto, apretones de manos mucho gusto, otro apretón de manos, muchas manos, mucha efusión de palabras y mucho gusto (algo así como La orgía perpetua). Dos minutos después éramos viejos amigos.

Claro que el tema de Trujillo vino a cuento (Trujillo "cae al alma como al pasto el rocío", diría un nostálgico). Villegas se destapó, de entrada, con una historia extraordinaria. La de aquella vez que lo cogieron preso, una de tantas, y lo llevaron en presencia del tenebroso Johnny Abbes. Lo chivatearon a Villegas y allí estaba, en presencia del siniestro que le hacía preguntas sobre política, pero Villegas cambió el tema. Comenzó a celebrar los méritos de un poema que aquel monstruo había publicado recientemente y se salvó en telita. Borracho a fuerza de elogios, Johnny Abbes ordenó soltar al muchacho tremendón. Me salvó la poesía, dijo en conclusión Villegas y ahí mismo le enmendé la plana. Villegas: te salvó la crítica literaria.

Yo a Vargas Llosa había jurado odiarlo, metafóricamente, a raíz de su discurso neoliberal, y sobre todo -sobre todo- a partir de un artículo contra Robin Hood, el héroe de mi infancia. Confieso, sin embargo, que el personaje me cautivó por su simpatía, igual que me había cautivado por su talento. Además, es difícil odiar al autor de La Casa verde y La ciudad y los perros. Difícil, incluso, odiar a Borges sin amarlo, aun para un perfecto idiota latinoamericano.

Mi admiración por Vargas Llosa no estuvo, por supuesto, exenta de suspicacia, ni me he rendido nunca, incondicionalmente, a sus encantos. Durante nuestra breve conversación cerca de la Catedral, ciertos detalles me llenaron de inquietud. Vargas Llosa hablaba y se reía un poco como Trujillo, con voz y risa de flauta, exagerando los agudos, y me aterrorizó pensar en aquello de las afinidades electivas. ¿Qué otra cosa tendrían en común el escribidor y el tirano? La voz de Vargas Llosa no tiene don de mando, no tiene la autoridad, ni la intención ni el don de hiena. La risa de Vargas Llosa no es una risa de hiena, desde luego. Es una risa un poco saltamonte, cordial, curiosa, agradecida: risa de buenas costumbres, la risa a flor de piel. El humor y la risa a flor de piel.

Aun así recelaba, me embargaba la duda. Vargas Llosa estaba aquí para documentarse y escribir un libro sobre Trujillo. Algunos pormenores habían salido en la prensa. Por órdenes superiores, Font Bernard le había improvisado un despacho en el Archivo General de la Nación. En lo que queda de Archivo, en el archivo sin ley vislumbraría Vargas Llosa algunas escenas de La fiesta del chivo. Yo -prejuicioso como muchos- temía lo peor. De la mano de Vargas Llosa, orientado por Font Bernard, emergería un Trujillo humanista, o cuanto menos progresista. El propio Font Bernard emergería como lumbrera de la Era y la pos Era. Ahora sabemos que a Virgilio le fue mejor con Dante.

MARIO VARGAS LLOSA
CONTRA LOS MAGOS DEL RITMO

"El misterio es superior a su realización", decía Poe, y es cierto. Parecía cierto hasta ahora. En el caso de la novela de Vargas Llosa, el misterio fue, incluso, anterior a su realización, pero cuando se realizó se revelaron otros misterios de orden tan superior que no serán quizás realizables y seguirán siendo misterios, felizmente misterios. Así la novela es inagotable como fuente de especulación.

De la novela se habló y se escribió antes de ser escrita, y antes de ser novela se novelaba sobre ella, pobre criatura. Se la concibió como infamia antes de ser concebida, y durante el proceso de gestación corrieron rumores perversos. Antes de nacer enfrentó resistencia, y el parto, ya se sabe, fue seguido con morbosa curiosidad. El clímax se produjo con la publicación del segundo capítulo en el Listín Diario. Fue un acto sádico, de refinado sadismo, por parte del editor dominicano, que dejó en ascuas a millares de lectores. (Eso no se hace, por Dios, poner un bocadillo en boca de hambrientos y demorar el banquete).

Para sorpresa de muchos, el Trujillo de Vargas Llosa se ajusta perfectamente al esquema del intelectual arquetípico del perfecto idiota latinoamericano. Es la misma visión del mismo idiota tan castigado por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa en Manual del perfecto idiota latinoamericano, una joya. Trujillo, por ejemplo, es un tirano made in usa, impuesto por la gran democracia del norte, y el país que le sirve de escenario es un país con las venas abiertas. Vargas Llosa no sólo figura en el Manual del perfecto idiota -esto hay que recordarlo-, sino que además es reincidente, igual que Bosch, Galeano. (¿Habrá líos en familia, Álvaro, por favor, comprende, son cosas de viejo¡).

El Trujillo de Vargas Llosa es un monstruo sin legitimación ni justificación posibles. No es el resultado de la necesidad de la historia, ni de la incapacidad de un pueblo, no es el tirano que merecíamos y ni siquiera es neoliberal. En la construcción del personaje hay, apenas, errores de diseño, problemas de léxico. Donde se equivocó de plano el autor fue, quizás, en su apreciación del trujillismo como fenómeno histórico actual, error de perspectiva. Vargas Llosa vino al país a documentarse y escribir sobre Trujillo pensando que Trujillo estaba muerto y enterrado y se desató un escándalo -tamaño escándalo- porque Trujillo vive y manda, su herencia vive y manda. Sus sucesores han detentado y detentan posiciones de poder y mandan, influyen, determinan, manipulan, inciden en todos los capítulos de la sociedad. De hecho el trujillismo ha permeado y copado durante treinta y nueve años principalísimas instancias del poder. Sectores económicos y militares responden todavía al inquilino de la Máximo Gómez 25. Personajes de la caverna trujillista ostentan posiciones cimeras en la dirección de la cosa pública y en la dirección de los tres mayores partidos que se disputan el poder. Nombres de barrios y calles honran los memoria de esbirros y limpiasacos. Un hijo de Trujillo, beneficiario de una cuantiosa herencia y actual propietario de una línea aérea, se declaraba recientemente orgulloso de su apellido. En el país podrido, numerosos paladines de la libertad de prensa provienen de las filas del trujillismo . Sin ir más lejos, el gobierno de Leonel Fernández fue producto de componenda entre el flamante Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el trujillismo balaguerismo.

El régimen guarda, por supuesto, las apariencias. Anualmente se celebra el 30 de mayo como una fiesta patria, pero el célebre Pechito, uno de los responsables de la masacre de Hacienda María, donde fueron ejecutados los sobrevivientes de la conjura, comulga dominicalmente, religiosamente, impunemente, en una iglesia de Arroyo Hondo. Anualmente se celebra también, a manera de trágico sainete, el Día Internacional de la Mujer en conmemoración del sacrificio de las Mirabal, pero cuando hace unos años vino al país don Alicinio Peña Rivera, señalado y condenado como el principal asesino -un prófugo de la justicia- se le concedió el uso de la Biblioteca Nacional para la puesta en circulación de un libro sobre Porfirio Rubirosa, y a pesar del escándalo, a pesar de las protestas, a pesar de la indignación, no hubo fuerza material que lo retuviera, no hubo forma de regresarlo a la cárcel donde pertenece, no hubo forma de impedir su salida y Alicinio Peña Rivera sigue viviendo en Puerto Rico, a despecho de la resolución de la ONU que consagra el Día Internacional de la Mujer en honor de las Mirabal. En las altas esferas del poder, las hermanas Mirabal tienen menos simpatía que sus asesinos. En las altas esferas del aparato político gubernamental, más interesadas en detener que en encauzar la marcha de la justicia, el asesinado periodista Orlando Martínez tiene menos simpatía que sus asesinos. El presidente de las manos limpias, Salvador Jorge Blanco, ascendió a general a uno de sus matarifes el día en que se cumplía el undécimo aniversario de su muerte. Hipólito Mejía, del mismo partido de Jorge Blanco y actual presidente de la res pública, como decían apropiadamente los romanos, visitó en la cárcel durante su campaña proselitista -"por razones de amistad" y quizás de humanidad- al más señalado asesino intelectual del brillante periodista (lo de intelectual hay que discutirlo). En un nuevo gesto de nobleza, quizás por las mismas razones de amistad, humanidad o solidaridad, nombró en su gabinete, con rango de Secretario de Estado, a otro de los "intelectuales" vinculados al asesinato. Para peor, quizás no está lejos el día en que un indulto redima de la prisión a los cuatro ejecutores materiales condenados recientemente a treinta años.

Una cosa es, pues, la cara y otra la careta. Trujillo vive y manda. ¡Viva el Jefe!. Sus herederos y discípulos son todavía los dueños del país, son los magos del ritmo. Ellos controlan el poder, ellos controlan la información, ellos controlan la historia, hasta cierto punto, pero no controlan toda la verdad. La corte y sus cortesanos lo recibieron a Vargas Llosa como a un príncipe, lo mimaron, trataron de asimilarlo como bufón del rey. Quizás le recordaron sutilmente aquello de que la mierda no se bate y Vargas Llosa la batió, muy selectivamente por cierto, y el olor es terrible. ¡Rompan filas!

MARIO VARGAS LLOSA
Y EL ENMASCARADO DE PLATA

La reacción contra La fiesta del chivo no se hizo esperar, y más bien empezó, como se ha visto, antes de la propia fiesta. Desde las filas del trujillismo, el libro ha sido descalificado por sus inexactitudes, por sus infundios, por sus calumnias contra personajes tan lánguidos, tan leves, tan sublimes como el doctor Joaquín Balaguer, el doctor que ha hecho del cinismo un arte. Esto, por supuesto, hay que celebrarlo. El mismo Vargas Llosa se declaró contento en la puesta de circulación del libro por haber irritado a los trujillistas con sus planteamientos.

Los familiares de los héroes del 30 de mayo han reaccionado, por igual, con acritud: acusan al autor de incurrir en falsedades y, en general se sienten injuriados, desconsiderados por ciertos hechos descritos en el libro. Esto, desde luego, es lamentable, pero era, también inevitable. Imposible no herir susceptibilidades, tratándose de un tema tan espinoso.

Una parte considerable de la crítica se ha expresado en el mismo sentido: falta de rigor, falta de apego a la verdad, mezcla de ficción y realidad, deformación de la historia.

Ahora bien, en todos los casos se olvida lo que es esencial a la naturaleza del texto: La fiesta del chivo es novela y no es historia, y no se puede descalificar a una novela por su falta de apego a la realidad. Quienes proceden de esta manera se sitúan en una perspectiva falsa: analizan o juzgan la obra de arte por lo que debería ser y no por lo que es.

Algo de esto dije, a propósito de la novela Enriquillo de Manuel de Jesús Galván, en un ensayo titulado Notas sobre el Enriquillo, de 1978, (pag. 59). Del ensayo en cuestión (publicado por la Editora Taller de José Cuello, el mismo editor de Vargas Llosa, "modestia apártate"), me interesa desempolvar y rescatar algunas ideas que ahora vienen como anillo al dedo. Cito, pues, a continuación -y me cito:

"Ciertamente, el contexto de la novela de Galván es antihistórico. Pero lo importante, en última instancia, no es que el comportamiento de los personajes y la historia narrada correspondan estrictamente a la realidad. Si dentro del contexto general de la obra estos elementos funcionan artísticamente y se integran, entonces no hay objeción posible en sede literaria. Toda obra de arte es una respuesta intelectualmente (y altamente) organizada a los problemas y conflictos históricos de la época. Por eso, el análisis literario exige que se establezca una relación entre el ámbito socio cultural y la estructura global de la obra, más no en sus particulares. ¿Qué serían entonces la literatura fantástica y el realismo mágico y la mitología griega? Seguramente a nadie se le ocurriría cuestionar a Homero y García Márquez por el hecho de contar mentiras. ¿Quién ha demostrado que el valor estético de una obra consiste en su apego a la realidad?

Si un historiador falsea la historia, producirá un libro poco digno de consideración. Si lo hace un novelista, esto no significa nada en términos literarios y artísticos, pues el gran problema del arte no es la verdad, es el verosímil: las cosas deben parecer ciertas en el contexto de la narración, no en el contexto histórico" (pag. 61).

Bien mirada, la novela de Vargas Llosa es un tributo de admiración a nuestros héroes, pero es también un tributo de rencor y desprecio a torturadores, matones, delatores y cortesanos. Hay, entre otros, dos tipos de personajes en la obra: unos que tienen redención y se redimen, y otros para los que no hay redención posible.

Los conjurados no aparecen como santos: provienen de las filas del trujillato y eso es un dato histórico. Pero eso sí, ellos purgaron sus pecados, lavaron y redimieron en sangre sus pecados. Los lavaron y redimieron con la sangre de Trujillo, con la sangre propia, con la sangre inocente de familiares ajenos, por completo, a los hechos. Ninguno de los conjurados cometió quizás una falta superior a su sacrificio, ninguna sombra de duda, ningún cuestionamiento pesará más que su hoja de servicios. Así, ningún obstáculo fue superior a su determinación, nada se compara con su arrojo ni con la magnitud de esa gesta. Siete hombres al anochecer en el Malecón del 30 de mayo se jugaron su destino, se jugaron el destino de sus familiares, se jugaron el destino de la patria. La apuesta la ganaron y la perdieron. La patria momentáneamente ganó la apuesta y se libró del monstruo. Otro monstruo, aun más taimado, tomó su lugar y subsiste, influye perversamente todavía desde la Máximo Gómez 25.

El hecho de no ser santos más bien los engrandece antes que disminuirlos. La historia enseña que las conductas torcidas pueden enderezarse y se enderezan, a veces. Ahí está, por ejemplo, el caso de Caamaño, por no mencionar a San Pablo. Hay menos mérito, hasta cierto punto, en la conducta del santo que en la conducta de aquel que se redime por heroísmo. Hay menos mérito, quizás, en la conducta del santo que sólo arriesga su santidad, que en la conducta de aquel que se la juega en el terreno donde no tiene nada que ganar y todas las de perder.

Por otra parte, la figura del santo no existe en la vida real. El verdadero Santo -El enmascarado de plata- es un personaje de las tiras cómicas mejicanas con el cual me di banquete en la infancia -¡vergüenza sea! Nada más falso que el Duarte santo que aparece en un libro de Balaguer: un Duarte edulcorado, casto y abstracto, un Duarte imaginario del cual muchos se burlan con razón. Balaguer inventó un Duarte místico en El Cristo de la libertad, ni más ni menos, y de paso se inventó a sí mismo como proyección de Duarte y de Cristo. ¿Por qué no? Como cortesano, al fin, Balaguer es un mago del desdoblamiento. Si alguna vez declaró que no era hijo de la sangre, pero sí de la estirpe de Trujillo, ahora se puede imaginar depositario del más puro pensamiento libertario y cristiano.

En fin, que si resulta cuesta arriba canonizar a Duarte (y aunque perseveremos en el "mito de los tres Padres de la Patria", como decía Jimenes Grullón), mejor es no intentar canonizar a Mella, ni a Sánchez, y mucho menos a Luperón. Los conjurados del 30 de mayo tampoco necesitan ser elevados al altar, ni siquiera con la bendición del Vaticano. De igual manera, Vargas Llosa no merece la repulsa de familiares y dolientes. Para quien quiera ver y sepa ver, si algo caracteriza a La fiesta del chivo es el extraordinario fenómeno de empatía que allí se produce. Es decir, el proceso de participación afectiva del narrador en las vicisitudes de estos personajes, su plena disponibilidad. Todo el entramado de la novela vibra de admiración por el destino de esos héroes. No es hagiografía, como dijo Vargas Llosa, no es historia de santos. Es historia de gente que actúa sin vacilación en un clima de terror inaudito y se realiza en la acción. Se realiza, paradójicamente en aquello que Roque Dalton llamaba "la plena santidad: la acción". La santidad del héroe: el heroísmo.

LOS CORTESANOS DE VARGAS LLOSA

En la novela de Vargas Llosa se alude repetidas veces, y no por casualidad, a un personaje histórico que es, también, un personaje de novela. Es el Petronio de la Roma imperial, un rico terrateniente, propietario de miles de esclavos. (Ese Petronio es el autor de Satiricón, una obra con la cual me identifico por razones de complicidad y de apellido). Pero es, además, el Petronio de Quo vadis?, el Petronio de la novela de Enrique Sienkiewicz que alguna vez se vendía como pan caliente. Es el Petronio árbitro de la elegancia, el arbiter elegantiorum, el áulico por excelencia. Un personaje emblemático, sin duda.

Petronio, en la novela, es el más refinado y exasperante de los aduladores de Nerón. Pero Petronio es un adulador desencantado, uno que está atrapado, que no está allí por gusto. En la adulonería pone en juego toda su inteligencia y, a veces, la vida. La adulonería es cuestión de argucia, de agudeza mental, mediante las cuales implica todo lo contrario de lo que dice. He aquí la escena:

Nerón acaba de declamar unos versos de su canto al incendio de Troya. El auditorio lo adula a una sola voz. Petronio disiente. Dice que esos versos son dignos del fuego. Sobreviene un intervalo de terror. A todos les pareció que había sellado su sentencia de muerte. El César demanda una explicación y Petronio da un giro a sus palabras. Castiga la ligereza de los presentes. Ninguno allí entiende nada de poesía. Esos versos son dignos de Ovidio, de Virgilio, incluso de Homero, pero no son dignos de ti, Nerón, que estás a mayor altura. Nerón lo mira con ojos aguados, conmovidos. Sólo tu, Petronio, me dices la verdad.

A Petronio, en el fondo, todo aquello le repugnaba y de eso dejó constancia en las pocas páginas del Satiricón que han llegado hasta nosotros. Del servilismo se redimió en vida, participando en la conjura de Pisón, por lo cual fue condenado a abrirse las venas. En la novela de Sienkiewicz se redime, desde la muerte, con una carta que no tiene desperdicio:

"¡Salud, augusto, y no cantes; asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara!"

El ejemplo de Petronio no abunda entre los cortesanos de la era de Trujillo, pero se dieron casos parecidos de intelectuales, sobre todo, que colaboraban con el régimen y pasaron a la oposición, pluma en ristre, pagando la letra con la sangre (Galíndez, Almoina, Requena).

Los áulicos de La fiesta del chivo actúan, en general, de otra manera. Son epígonos, no disidentes, como sugiere Juan Daniel Balcácer en un artículo reciente. No toman riesgos (y es casi lo único que no toman), están encantados de estar donde están y se disputan a codazos los favores de Trujillo. Lo peor que puede pasarles es caer de la gracia del Jefe, y a veces caen, paradójicamente, por exceso de celo, exceso de servilismo. El golpe bajo en la novela de Vargas Llosa va dirigido precisamente contra estos aduladores palaciegos, los cortesanos. Es un golpe bajo, bajísimo, por la propia naturaleza del objetivo, una especie de misil de vuelo rasante. El autor condena, sin duda, a los esbirros, castiga y mortifica la falta de escrúpulos de los delatores, denuncia la crueldad de los torturadores y presenta a Trujillo como asesino vesánico, pero son los cortesanos los que reciben la peor parte, a ellos está reservado el fallo más adverso, la pena máxima en el último círculo del infierno dantesco. Los cortesanos son la oveja más negra de la novela y han acusado el golpe: han pegado el grito, o han disimulado el escozor con palabras sinuosas, pero más les valiera permanecer callados. La especie abominable de los cortesanos inspira repugnancia. Son advenedizos a los que "les gustaba ensuciarse", a los que parecería que "trujillo les sacó del fondo del alma una vocación masoquista, de seres que necesitaban ser escupidos, maltratados, que sintiéndose abyectos se realizaban." El cortesano, parece decirnos Vargas Llosa, es tanto más deleznable en cuanto tiene el don de la inteligencia y ha recibido el beneficio de la cultura. A la bellaquería el cortesano suma la ausencia de valores morales, incluso la ausencia de valor personal, la ausencia de ideales. De hecho, el cortesano no aspira ni tiene voluntad para aspirar a un ideal. El cortesano carece de heroísmo, para el cortesano no hay redención posible. Es un prostituto. Si ofrece la mujer o la hija es porque ya se ha ofrecido a sí mismo.

En las páginas de La fiesta del chivo, que son muchas, hay un despliegue, una parada, todo un glorioso desfile de personajes del género reptante, de esa subespecie de cortesanos, palaciegos, áulicos, alcahuetes, celestinos, proxenetas, limpiasacos, lambones, tumbapolvos, adulones, alabarderos, bufones y sicofantes que se les quiera llamar. No son todos los que estaban, ni están todos los que eran: apenas un muestrario representativo. El autor evidentemente se encariñó con algunos de ellos y no quiso mostrar sus vergüenzas. De lo contrario habríamos asistido a espectáculos espeluznantes y espeleznudos, orgías y misas negras, danzas macabras de cortesanos bailando en trajes de mujer.

A Vargas Llosa se le escapó o dejó escapar, concretamente, por lo menos uno de los cortesanos más indignos de la era gloriosa. El hijo de ese cortesano, que medró a la sombra del poder, ahora es un hombre de poder, con su propia corte de áulicos y áuliquitos, y eso explica muchas cosas. Las culpas del padre no son las culpas del hijo, por supuesto, pero el hijo ha sabido fabricarse un historial siniestro, que es fruto de su esfuerzo y sólo de su esfuerzo, y carga sobre sus hombros con responsabilidades que no heredó del padre. De manera que se trata de un personaje abominable por derecho propio: la personificación de la arrogancia. Es un personaje, más bien, surrealista, de cara tan dura que se ríe en público de chistes antitrujillistas y persevera en prácticas trujillistas, con la complacencia de gobiernos liberales. A su antojo, por ejemplo, ha manejado, manipulado, depredado el archivo de Trujillo para lavar la honra de familias patricias, incluyendo la propia.

Algunos cortesanos aparecen en la novela de Vargas Llosa con nombres y apellidos más o menos deformados y más y menos reconocibles. Otros, como Henry Chirinos, con nombres y apellidos inventados, y otros, como Balaguer, con nombres y apellidos reales. Balaguer, de cualquier manera es inconfundible y de poco o nada le valía el camuflaje de un nombre ficticio. En la novela de Viriato Sención se llamaba Doctor Ramos y el azufre era el mismo. El misterio, en cambio, envuelve a Henry Chirinos. La gente de cierta edad se pregunta por Chirinos, los conocedores indagan sobre Chirinos y no lo identifican, porque Chirinos es, a todas luces, un prototipo, el prototipo de varios cortesanos. Su descripción corresponde probablemente a una mezcla de físicos y personalidades de cortesanos de la era: gordo como Fulano, sucio como Zutano, beodo como Mengano, etc. Chirinos es un poco todos, un menjurje, un cóctel, una batida de cortesanos, batida de indignidad.

Sólo Balaguer es único, inequívoco, apabullantemente igual a sí mismo. El misterio no radica en su identidad, sino en su personalidad. Balaguer se lleva en parte la atención, el morbo, la curiosidad, se lleva un poco la admiración del narrador, y de seguro la mayoría de adjetivos no laudatorios de la novela. A costa de Balaguer, el autor ensaya todas las alusiones despectivas que puedan imaginarse, y Balaguer, por supuesto, se las merece, califica, sin duda, como objeto de tan cruel y justiciero ejercicio de la inteligencia. Curtido en el ejercicio demoníaco del poder, Balaguer es, sin duda, la figura más nefasta de la historia dominicana. Otros gobernantes fueron producto de circunstancias. Balaguer eligió las circuntancias, él creó las condiciones para el establecimiento de un régimen basado en la corrupción, él llevó a la moral pública a un estado de putrefacción del que no ha podido recuperarse hasta ahora. Pudo haber consagrado por lo menos una parte de su existencia a una causa decente, medianamente justa, y la consagró entera a la maldad. Para eso ha vivido casi un siglo. "Nada conserva tanto como el odio", ha dicho un autor del que no puedo acordarme, y ahí está Balaguer para demostrarlo.

LOS IMPOSIBLES DE VARGAS LLOSA

Cuando un novelista asume el riesgo de escribir sobre un tema ajeno a sus vivencias y a su cultura, tropieza generalmente contra un muro insalvable, tanto más si es extranjero. El conocimiento del tema se puede adquirir mediante el estudio, la lectura, la documentación apropiada, pero la documentación no sustituye al elemento vivencial. A través del conocimiento se adquieren, al máximo, vivencias de segunda mano. En cuanto a la cultura, no se adquiere jamás, no se asimila sino viviéndola desde adentro: sobre todo un aspecto particular de la cultura, el más resbaloso y traicionero: el habla.

El escritor debe estar atento al habla, entre otras cosas, debe vigilar el habla, y no sólo el habla propia, sino el habla del país, el habla de clases, el habla de barrios y grupos marginales, el habla generacional. Allí donde el habla ejerce su domininio, el escritor debe actuar con conocimiento de causa si no desea andar a tientas. El tema de una novela sobre jevitos y el tema de una novela sobre campesinos exigen vivencias de primera o segunda mano y un buen manejo del habla, de la jerga.

Por lo demás, cualquier novelista, frente a una realidad que no domina, se sitúa como extraño, independientemente de su lugar de procedencia. Si el escritor no está familiarizado con el tema, o viceversa, se encuentra en posición de riesgo, es un extranjero, expuesto a una perspectiva falsa.

Escribe de lo que sabes, dicen los clásicos, escribe de lo que te rodea, escribe sobre lo que te ha tocado vivir de cerca. Uno no se imagina a Sartre escribiendo novelas sobre campesinos, como Gorki, ni a Gorki escribiendo novelas filosóficas. Sartre escribía sobre intelectuales y neuróticos existencialistas, que es lo mismo, y Gorki escribía sobre los pobres. Kavka, por supuesto, escribía sobre fracasados, Dovstoieski sobre alienados, Faulkner sobre degenerados y borrachones, Hemingway sobre aventuras salpicadas con abundante whisky, y Henry Miller sobre mujeres y sexo. Sólo Tolstoi -el gigante- podía escribir la historia del mujic y la historia del oficial de caballería, manejar 559 personajes en una sola novela y escribir la historia de Rusia durante la campaña napoleónica. Así, tan vastos, eran su mundo y sus vivencias.

Para escribir Cien años de soledad había que nacer en Aracataca, había que tener la carga vivencial de García Márquez, haber vivido en una casa embrujada, creer en muertos y apariciones, haber tenido una infancia alucinante y, sobre todo, el talento desbocado y la inspiración genial de García Márquez. Para escribir La ciudad y los perros, Vargas Llosa tuvo que pasar por la academia militar Leoncio Prado. Cuatro años en Suiza, en un internado para burguesitos, no habrían surtido el mismo efecto, no le habrían proporcionado el mismo material novelable.

La novela por excelencia es vivencial. La otra novela, cualquier otra novela es intelectual: más cerca de la inteligencia que del afecto, más cerca de lo imaginado que de lo intensamente vivido. "Se me están enfriando los mitos", dijo una vez García Márquez alarmado, y con razón, queriendo expresar con ello que se le estaban agotando las vivencias, las vivencias profundas, de primera mano. Los jefes, La casa verde, Conversación en la catedral son todavía formidables novelas vivenciales y hasta biográficas, novelas por excelencia. La fiesta del chivo es una novela intelectual, una reconstrucción o, mejor, una recreación histórica, un poco como La guerra del fin del mundo, salvando las distancias.

Vargas Llosa se puso al día con la crónica, pero no con la cultura de los dominicanos, especialmente con el habla, y el habla lo delata a ratos, en la voz de la narración, lo traiciona, lo denuncia como peruano con pasaporte español. Sólo Valle Inclán pudo atravesar impunemente la barrera del habla, inventándose un habla. Lo hizo todo de nuevo, en Tirano Banderas, y en lugar de un uso pasivo del habla, juntó el habla, las hablas latinoamericanas, y creó un inmenso pastiche, el esperpento literario, quizás la única forma de aproximarse a una novela hispanoamericana total.

En el habla de los dominicanos, se alude a la calle Doctor Delgado y no a la calle de Doctor Delgado. En el habla de los dominicanos, el ambiente no huele a nafta, sino a gasolina, pibe, a gasolina y frituras. Los dominicanos, por otra parte, no arrojan baldazos, sino cubos y cubetas de agua. Aún más: a los dominicanos (y a las feministas dominicanas) las cosas no les salen de los huevos sino de los cojones. La palabra güevón se aplica al tamaño del pene y raras veces a la condición de imbécil, holgazán o pendejo, como en ciertas zonas del español meridional. El güevón, de hecho, es simplemente un superdotado entre nosotros. Por último, la iglesia donde monseñor Panal oficiaba misa en La Vega, no fue invadida por una pandilla de barraganas, sino por prostitutas, todo un ensarte de cueros, un cuererío.

Hay cosas más graves en la novela, como señaló Diógenes Céspedes, incluyendo horrores de sintáxis y otras faltas garrafales. Pero, todas estas, en el fondo, no son más que minucias, deslices de menor importancia que pudieron corregirse contratando los servicios de un corrector de estilo (ahí está Rafael Deprat, por ejemplo, trabajando para el cardenal). Borges, el mismo Borges, utilizaba los servicios de un corrector de estilo. Por su parte, García Márquez utiliza como corrector de estilo a su amigo, el brillante escritor y poeta Alvaro Mutis (¡qué suave!). Tan paranoico es el Gabo, que cuando describe una luna llena consulta con un astrónomo para corrobar el dato, y cuando uno de sus personajes come una fruta, se asesora con un botánico para corroborar la fruta.

Lo peor de la novela de Vargas Llosa es el exceso de crónica, su apego a la crónica, más bien, especialmente a la crónica de Diederich y a la de Crassweller. Diederich, para los profanos, es el autor de The dead of the goat (La muerte del chivo), que entre nosotros circula con el título de La muerte del dictador: quizás el mejor libro sobre el atentado del 30 de mayo. Crassweller, por otra parte, ha escrito una documentada biografía: Trujillo, la trágica aventura del poder personal. Del interés por estas obras hablan sus numerosas tiradas. Ambas comparten, en efecto, el dudoso honor de haber sido mil veces reeditadas por los piratas del patio.

Si es cierto que Vargas Llosa leyó unos doscientos libros para documentarse sobre Trujillo y "poder mentir con propiedad", como hacen los novelistas, no menos cierto es que toda, casi toda la información novelada en La fiesta del chivo remite mayormente a las obras de los mencionados autores.

Tan pesada es la crónica, el exceso de crónica, y en particular la deuda con Diederich, que a ratos pone en peligro la narración. A ratos la narración es apenas una versión novelada de La muerte del chivo, de la cual la separa una palabra en el título. Numerosos personajes que figuran con, rangos, apodos, nombres y apellidos provienen directamente de las páginas de Diederich, arrancadas de cuajo, sin mediación del estro novelesco, para decirlo así, en forma pedante.

Julio Cortazar, el buenazo de Julio, en un artículo de antología llamado "La situación de la novela" (el cual me hizo llegar a Roma, gentilmente, el célebre Enrique Lengüemime, con dedicatoria y todo), establecía una sutil diferencia entre dos tipos de novelistas: los que "cuentan explicando, o (los mejores de ellos) los que explican contando". Los primeros detienen la marcha de la narración para explicar -incurren en explicaciones-, y los segundos explican sobre la marcha, es decir, en la medida en que narran. Es claro que hay mayor finura, mayor conciencia de oficio en la técnica de los segundos que en la de los primeros, mayor fluidez narrativa, y quizás en esto radique un poco la diferencia entre novela y crónica, actualmente. El cronista narra y explica, mientras que el novelista explica en la misma medida en que narra. En el inicio de un relato de antología de Juan Bosch ("Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos...") hay un ejemplo inmejorable de lo que esto significa: la explicación que introduce y delata al personaje, describe una situación que contiene casi toda la narración. El autor explica contando.

Vargas Llosa se ubica como cronista en La fiesta del chivo, no así en La casa verde, por ejemplo, ni en La ciudad y los perros, que son obras de una técnica muy depurada. Este error capital imperdonable, o más bien incomprensible en un escritor de su talla, pone en juego la estructura de la narración. La novela da tumbos, avanza a trompicones y en general sucumbe, precisamente, ante el exceso de crónica. La crónica en exceso, el léxico impropio son los pecados capitales de la obra. Aparte, claro está, del plagio de Lipe. Plagiar a Lipe Collado sí es algo verdaderamente inexcusable (creo que hay gente que me comprende). Plagiar el mito del eterno retorno, se entiende. Plagiar a Ulises, se entiende, pero plagiar a Lipe no, por favor, es demasiado.

En fin que, en términos literarios, el valor de La fiesta del chivo es relativo. Felizmente, la importancia de la literatura no se reduce a lo literario, no sólo a un hecho de lengua, como se pretende, un hecho de pensamiento, es también un dato histórico y sociológico: pertenece al ámbito de la ideología, que es un poco como pertenecer a todos los ámbitos. No se reduce, por lo tanto, a su excelencia estilística, narrativa. Muchas obras mal escritas y mal tramadas han ejercido a veces una influencia enorme a través de los tiempos y han jugado un papel mucho más importante que otras de mejor factura. La pequeña Harriet Beecher-Stowe, autora de La cabaña del tío Tom, desató al decir de Lincoln la guerra civil norteamericana, aunque el famoso libro no brille exactamente por su excelencia. Eso es lo que sucede ahora con la obra de Vargas Llosa. No ha desatado una guerra, por fortuna, pero ha provocado al menos un conato de incendio, una llamarada de indignación y reflexión en la conciencia de los dominicanos.

Las obras impecables -muchas de ellas- suelen nacer muertas y frías. La fiesta del chivo, con todos sus defectos, es una obra viva, vivísima, tanto que desconcierta a la crítica puritana. Si en términos literarios su valor es relativo, en términos sociológicos su valor y su alcance son inmensos. La publicación de La fiesta del chivo es el acontecimiento sociológico literario más importante ocurrido en el país desde la muerte de Trujillo (sin mencionar el plagio de Lipe, desde luego). Vargas Llosa, aparte de otras cosas, ha suscitado entre nosotros el resurgimiento de la lectura de novelas como fenómeno de masas (el que se dio, sobre todo, en los años sesenta con los autores del boom latinoamericano, y en el breve intervalo de los noventa, con Viriato Sención y Los que falsificaron la firma de Dios). Vargas Llosa ha replanteado de alguna manera un tema (más que la novela es el tema) que hasta ahora supera la barrera del tiempo y ha calado profundamente en las viejas y nuevas generaciones. Vargas llosa refresca la memoria del sacrificio de nuestros héroes, refresca el horror de las torturas a que fueron sometidos, nos hace ganar por el vómito recordando el episodio en que a Modesto Baéz Díaz le hacen comer carne del hijo. Vargas llosa, en fin, expone a los trujillistas a su propio asco, a su propia vergüenza, rememora, actualiza sus crímenes y cobardías. Por eso gritan algunos -y han gritado- como chivos.

Hemos de perdonarle, pues, a este ciudadano de la patria grande iberoafroamericana, sus pecados veniales y capitales en la redacción de su novela. Si no queremos volver a la época de la inquisición, hemos de perdonarle incluso a Vargas Llosa su ideario imperial neoliberal. Con la derecha que tiene, igual pudo haber sido campeón de boxeo. Por suerte es novelista. Dios se lo pague. Toledo se lo pague.

pcs/santo domingo 30/7/2000