martes, 6 de mayo de 2008

Conocimiento, Hipertexto y cuestiones relacionadas.

¿PENSAR...? ¡Mejor con una buena prótesis! (1)

Existe una zona de gran interés teórico-práctico que no es el coto de caza cerrado de una única ciencia; me refiero a los procesos mentales; a como funcionan, cuales son sus limitaciones y que naturaleza poseen. Se podría decir que esto ya lo estudia la "psicología" pero en realidad la cuestión se extiende mucho más allá porque deben incluírse novísimos problemas que son consecuencia del cambio tecnológico. Se trata no sólo de tener una teoría de lo "mental" (entendiendo la palabra "mente" como el producto de la actividad cerebral) sino de pensar soluciones para el gran reto de estos tiempos: la información aumenta en forma geométrica, y la capacidad de procesarla y comprenderla va muy por detrás.

Una situación plagada de interrogantes. La vive el individuo que se enfrenta con nuevos y vastos conocimientos y la experimenta la sociedad, que tampoco se encuentra preparada para los cambios originados por la interconexión de cientos de millones de personas e instituciones en una red única (cosa que en estos momentos ha dejado de ser "de ciencia-ficción"). Sin embargo nuestros "modos de pensamiento" (lo que algunos llaman "mentalidad") no están preparados para el nuevo espacio comunicativo. Es como si, de pronto, nos llegaran demasiados mensajes desde cualquier arrabal del universo; la primera sensación es de maravilla, la segunda... de terror. No es absurdo que algunas personas (sobre todo de cierta edad), reaccionen condenando al modem al lugar de los objetos que se muestran pero no se usan. Este fenómeno también se percibe en el nivel colectivo, aunque indirectamente porque nuestros sentidos no los abarcan. Tanta información produce angustia. No tiene una tamaño manejable; se asemeja a una inmensa colonia de hormigas en marcha. Uno puede preguntarse legítimamente ¿en que consiste, ahora, a finales del siglo XX el "saber"? ¿A que experto dirigirme para resolver la información contradictoria de que dispongo?

La "presión" alcanza a todos, incluyendo los que "saben", los profesionales, los intelectuales, los políticos, porque advierten que el conocimiento adquirido duramente en los años de estudios ni es muy fiable ni es estable. Es como si la "bolsa" del conocimiento indubitable se hubiera derrumbado, y sus acciones se han convertido en papel mojado. Nadie puede sorprenderse si donde antes se decía "a", ahora se afirma lo contrario. Nuevas teorías surgen sobre los cuerpos insepultos de lo que hace dos décadas parecía un edificio conceptual sólido. Aparecen nuevos vocabularios que acompañan a nuevas máquinas cuyo funcionamiento parece diseñado para aprendices de brujo. Todo ello en olas cada vez más contiguas. La pausa se estrecha; el individuo puede agotarse y retirarse; pero el proceso sigue, indiferente a la inquietud individual y colectiva. Tiene sus propias reglas de desarrollo y no se frenará porque cause problemas. La historia muestra como las sociedades cambian sin consultar a sus participantes. Incluso contra la voluntad explícita de sus cabezas pensantes. Ni los brillantes discursos parlamentarios, ni las leyes que se inventan para encauzar el proceso sirven de mucho. Y el que crea lo contrario, por favor, que relea los documentos y las previsiones de los organismos internacionales en los años 70 y que compare sus decisiones, sus controles, sus barreras legales... con la realidad presente.

Y, por otra parte, los que "no-saben", los que se conforman con calcular como llegar a fin de mes, o que equipo deportivol brillará al tope de la tabla, tampoco se libran del malestar y la inseguridad que proviene de la brusca expansión de la información. Vivir en un mundo que no se entiende, no es grato, es alienante. Un mundo que nada tiene que ver con la escuela que se conoció; con los sabios consejos de los mayores, con aquellas virtuosas ideas referidas al "trabajo fijo" y al ascenso laboral constante. Un mundo donde la televisión muestra todo... y no se entiende nada. Hasta hace pocos años únicamente los ancianos se quejaban por no tener ganas de acomodarse al presente, ahora esa insatisfacción alcanza edades que se suponían invulnerables al escepticismo. En un mundo que cambia con tanta rapidez, los conocimientos que proporciona la escuela primaria son a todas luces insuficientes; en realidad ni siquiera la secundaria proporciona las armas necesarias para sobrevivir y entender. Una complejidad creciente de la relaciones humanas encuentra, simultáneamente, un gran vacío de gente que entienda y asuma lúcidamente la destrucción de los viejos estilos. Si el cambio se acentúa - lo que es previsible - ¿qué pasara con la personas inadecuadamente preparadas, desplazadas del trabajo rutinario por máquinas más eficaces e incapaces, por la ausencia de recursos intelectuales, para orientarse en un mundo cruelmente competitivo?

Son preguntas que no tienen respuestas, porque nadie puede prever el futuro; ni siquiera el inmediato. Más no es descabellado pensar que una parte del cambio tendrá que pasar por la drástica ampliación de la capacidad de pensamiento y decisión individual. Los nuevos desafíos requieren nuevas formas de aprender y nuevas maneras de comprobar ese aprendizaje. Pensamos que no está lejos el día en se acepte como una verdad elemental que los estudios verdaderamente sirven no por lo que se sabe sino por la capacidad que generan para entender lo que no se sabe. Los exámenes, las carreras e incluso las propias instituciones educativas tendrán que pasar de "impartir" lecciones, de ser "reservorios" de conocimiento, a desarrollar la capacidad en los estudiantes de adquirir información, de "filtrarla" y de reaccionar adecuadamente ante lo radicalmente novedoso. Pensar, será más que nunca la capacidad de abstraer, de separar la paja del grano, de extraer conclusiones pertinentes de miles de datos tabulados. La mente tendrá que reestructurarse para no creer en nada definitivo y al mismo tiempo no perder ni el equilibrio moral ni la salud psíquica.

En suma, nos enfrentamos a finales del siglo XX con una situación globalmente peligrosa, caracterizada por el cambio incontrolado y con abundantes componentes de ansiedad y frustración. No se trata de ser tremendistas, sino previsores. Parece una conducta inteligente entender el mundo que nos ha tocado vivir y actuar en consecuencia. Para ello se necesita potenciar la capacidad de observación y la capacidad de aprendizaje. Aprender, entender y localizar siempre las coordenadas individuales y colectivas que impidan caer en la depresión o la violencia.

Si el lector coincide, en lo substancial, con el análisis anterior, una conclusión práctica se impone: necesitamos incrementar nuestra capacidad de aprender removiendo los obstáculos que la frenan. Algo fácil de decir pero... que suena a utopía lejana. Sin embargo en los últimos años un nuevo elemento ha aparecido cambiando, para mejor, el panorama. Me refiero al ordenador; pero no a la máquina en si mismo sino a "las aplicaciones que pueden en ella correr".

No se trata de hacer una apología de éste aparato que ya forma parte del paisaje habitual. En cierta forma sería un anacronismo. Un retornar, quizá, a la década de los 60. Algo tan lejano que ya no ofrece referencias para entender la situación actual. Me refiero, como aclaré en el párrafo anterior, a algo más concreto: a esos programas que están pensados para... ayudar a pensar. Para facilitar la tarea de ordenar, clasificar, la información y extraer conclusiones que sean mejores de otras obtenidas sin ese apoyo.

Estos programas existen y se encuentran en continua modificación; pero su uso dista de ser masivo. Se concentran en universidades y laboratorios y nos parece que deberían extenderse hasta convertirse en la herramienta diaria de cada persona en el lugar donde se encuentre (sin distinguir entre el campo o la ciudad, el trabajo industrial, la oficina o el hogar).

Nadie, que lo haya intentado, puede dudar que "pensar" es tarea compleja, difícil que recuerda el caminar por un terreno minado, lleno de trampas. Los silogismos están codificados pero los errores de razonamiento no. Por otra lado cualquier puede manejar un ramillete de hechos para llegar a cualquier conclusión. Y dudar de "todo" tampoco es una solución. Como alguien dijo de las bayonetas, la duda sirve de mucho, pero no para sentarse en ella. Así que uno tiene que aceptar la difícil coexistencia de que en algo hay que creer y a la vez dudar si aparecen datos que ponen en duda esta creencia.

El ordenador aún no tiene nada que decir hasta aquí, pues lo anterior es filosofía inicial, estrategia de base; previa a cualquier dato que se acepte o se rechace. Pensar correctamente no lo asegura ninguna máquina, y equivocarnos no lo puede impedir ninguna máquina, por más inteligente que sean las aplicaciones con que está cargada. No podemos aceptar la ingenuidad tecnológica que atribuye a la máquina cualidades que no posee. En este sentido, pensar sigue siendo una responsabilidad exclusivamente humana. Pero, sin embargo, la ecuación no es tan sencilla: "el hombre piensa y la maquina repite". Cualquiera que aborde un problema de cierta importancia necesita cotejar todos los hechos a su alcance, analizar las consecuencias de ciertas afirmaciones y observar como funcionarían en una realidad cercana a la real si se pusieran en acción; en suma, necesita "modelizar" la realidad y observar su comportamiento. Esto sólo es posible con el ordenador. La única herramienta que facilita la tarea de pensar, de la misma manera que el invento del ábaco permitió realizar, por primera vez en la historia humana, complejos cálculos que ninguna cabeza podría retener en su memoria (2).

Por todo ello se nos ocurre que conocer y usar las aplicaciones diseñadas para la investigación deberían figurar entre las prioridades más urgentes para cualquier profesional que se respete. Más aún, deberían ser conocidas y utilizadas como ahora son las calculadoras y las agendas, por la gente de toda clase y condición.
Resumiendo, se trata de conocer y aplicar aquellos programas que faciliten la tarea de pensar. Y que, en consecuencia, permitan organizar y clasificar la información para que sirva no sólo de adorno. Así nos acostumbraremos a crear modelos de interacción entre variables y observar que sucede cuando introducimos cambios; en vez de esperar que nos lleguen los problemas y usar la inteligencia para apagar fuegos.

Es increíble lo que podemos ganar en nuestro pensamiento si nos decidimos a utilizar determinados programas como asistentes; como resulta deprimente observar que el uso del el ordenador se restrinja al nivel de la máquina de escribir o al de una calculadora de bolsillo. Debemos, imprescindiblemente, estar al tanto de los nuevos descubrimientos que favorecen el desarrollo de la imaginación, la capacidad visual y el razonamiento. Esta información no será simplemente "más información" sino que servirá para evitar la desagradable sensación de "inundación" por un exceso de datos. El antídoto está en el mismo veneno. Frente al exceso de información utilicemos, también al ordenador para que la trate de tal forma que podamos manejarla con comodidad.

Antes de seguir, permítame el lector, una salto hacia el costado, para observar eso que llamamos "pensar". Pensar es descubrir conexiones nuevas, unir lo que está separado en la realidad de las cosas, o separar lo que está unido. Pensar es imaginar, jugar con símbolos, y luego intentar plasmarlos en nuevos objetos que representen los fantasmas que habitan la mente. El ser humano se proyecta en el mundo y la tecnología es su espíritu encarnado. En cada objeto que tenemos, desde este teclado que ahora utilizo hasta la infusión con que alegro una pausa, es el resultado de una idea, de un pensamiento, de un descubrimiento que primero se produjo en la mente y que posteriormente se materializó en objeto.

No se trata, por supuesto, de proclamar, al estilo platónico que primero son las ideas. La realidad está ahí, dentro y fuera de nuestra mente; pero es la actividad humana, creativa y transformadora, la que convierte esa realidad en "nuestra" realidad. Las cosas no se mueven solas, donde un niño descubre que puede construir un castillo con fragmentos de plástico su perro no empezaría ni por los cimientos. Pensar, imaginar, crear, equivocarse... son todas partes de una misma cadena estrictamente humana. Pero en cada parte del proceso inventamos máquinas para ayudarnos, para ampliar nuestras fuerzas y para limitar nuestros fallos.

Luego del intermedio filosófico, volvamos a los problemas de hoy. Sabemos que conjuntar información implica necesariamente "simplificar" información. Que se pueden reunir ideas, pero resulta inútil conectar informes de cientos de páginas. Seguimos pensando con pocas ideas a la vez. Nuestras limitaciones son de "hard", el cerebro es potente pero tiene un límite y nadie puede hacer muchas cosas simultáneamente; la mayoría ni siquiera cuatro (aunque cualquiera, con un poco de práctica, puede a) conducir un coche, mientras b) se fuma un cigarrillo y c) discute con su compañero de viaje). Sin embargo sí podemos ampliar el repertorio de ideas presentes: cualquiera lo hace con la ayuda de un vulgar cuaderno de notas. En cierta forma un buen programa de ordenador es similar a un gigantesco e inteligente cuaderno de notas que no sólo tiene más de las que podemos recordar sino que las "presenta" según las necesidades del momento.

La memoria se expande gracias a la escritura; las conexiones se ven mejor gracias a los gráficos que las muestran; las conclusiones siguen siendo responsabilidad de quien las piensa... pero es posible fundar una decisión mucho mejor que en cualquier época precedente.

Gracias al hipertexto saltamos de tema, manteniendo fresco el objetivo. En segundos podemos ir de una materia a otra, de un siglo a otro, de un supuesto a su contrario. Cualquiera puede "saltar" aquí mismo hacia un programa que hemos comentado porque nos parece excelente para la investigación [link a Atlas], o "saltar" hacia otro que nos parece muy interesante por sus posibilidades gráficas [link a VisiMap]. Darle una ojeada y volver en poco tiempo para retomar el hilo de estas reflexiones.

Esto no es novedoso; lo mismo se podía hacer desde que se inventó la imprenta... sólo que el salto era pequeño, costoso y sólo estaba al alcance de algunos privilegiados (tener una docena de libros era impensable en muchas casas en sus primeros siglos de desarrollo). El fuerte incremento en la cantidad desencadena un cambio cualitativo. Salto que con Internet alcanza una dimensión tan mareante que a la mayor parte de la gente se le quitan las ganas de conocer. Nadie puede preparar una tesis tomando en cuenta *todo* lo que ahora tiene a su alcance. Debe elegir... pero ¿cómo elegir, si sacrificar material esencial?

Los problemas se enlazan y se pasa (en un movimiento de vaivén) de la cantidad a la calidad, para volver nuevamente a la cantidad. No podemos abarcar todos los datos, pero sin tener una idea de ellos, tampoco podemos hacer una selección racional. El equilibrio no existe como tal, es una ilusión mental, un estado que, como el horizonte, se lo ve, pero nunca se lo toca.

Por supuesto que no podemos inventar el programa que nos permita descansar. Preguntarle al ordenador ¿que hacer? y aceptar simplemente la respuesta que nos de. De la misma forma que ningún ser humano puede resolver por otro, a menos que el primero esté invalidado por su edad, o por su estado mental, para tomar decisiones propias.

Pero esta es una cuestión que va más allá de este artículo. Lo que busco, tan a tientas como cualquiera, es una ayuda para pensar con más claridad. "Ver" los pensamientos sino en su gestación, por lo menos en la parte del proceso donde los símbolos se plasman en palabras e imágenes. Y esto es posible. Lo fue desde que el hombre encontró la manera de dibujar, esculpir, grabar y dejar señales en su entorno. Lo es, aún más, gracias al portento de una máquina que complementa nuestra memoria, y proporciona mil manos que dibujan y perfilan nuestras ideas en forma de objetos visibles. Ahí, contemplándolos, uno puede juzgar la coherencia del pensamiento, la amplitud de las ideas e, incluso, ver como se enlazan y que consecuencias visibles suceden cuando se relacionan.

En "Casi Nada" hemos publicado algunos resultados de nuestras modestas investigaciones personales. Siendo pocos, también abarcamos poco, pero es posible tener noticias de nuevos programas o nuevas aplicaciones de los ya conocidos si contamos con la colaboración de otros lectores interesados en los mismos descubrimientos. Somos conscientes de la paradoja que representa quejarnos de la confusión que representa el aumento vertical de la información... y contribuir a ello diariamente con más y más artículos que producen nuestros colaboradores. Pero si logramos difundir conocimientos que permitan "tratar" adecuadamente esa información nos sentiremos más tranquilos, porque hay una clase de información que no crea malestar: aquella que permite organizar y pensar mejor la información que ya se tiene.

Carlos Salinas
octubre de 1998

Notas:
(1) Una reflexión a raíz de este título:

Prótesis (del griego: prothesis, adición) se usa como parte del vocabulario médico. Cuando existe la necesidad de sustituir, total o parcialmente, un órgano o un miembro, se pueden usar aparatos que buscan reproducir su forma y en lo posible su función. De esta forma la palabra queda anclada en un "sustituto" y adquiere un matiz despectivo. El aparato con que se verifica esta sustitución es un mal menor. Se lo usa... pero lo preferible sería no tener esa necesidad.

Sin embargo existe otra posibilidad: pensar que las prótesis son una creación humana que aumentan nuestra capacidad. Toda herramienta es una prótesis, a veces tan cercana al modelo natural como una tenaza y otras veces tan difícil de seguir en su desarrollo como una flauta travesera o un ordenador. Es en este sentido que Peter Gary afirma: "El hombre es un dios protético. Son las prótesis las que hacen magnífico al hombre." (*) Y es el significado por el que yo tambien me inclino. El ordenador, por ejemplo, es una herramienta que prolonga nuestra capacidad intelectual; por ello, si no hay capacidad "de base" no hay ordenador que valga.

(*)en: Peter Gay. "Freud". Paidos. 1ªEdic. Barcelona. 1989. Pag. 608.

(2) Veáse: Alfred W. Crosby. "La Medida de la Realidad. La cuantificación y la sociedad occidental 1250-1600". Editorial Crítica. Grijalbo Mondadori. Colección Libros de Historia. Barcelona, 1998. En diversos capítulos se muestra como el impulso hacia la cuantificación en todos los campos de la actividad fue esencial para la expansión de Europa en todo el mundo. Otros países, otros imperios tuvieron una civilización en muchos aspectos más refinada que la europea del renacimiento... pero carecieron de la "mentalidad" apropiada .
[Publicado en Casi Nada, 1998]