lunes, 19 de mayo de 2008

El nombre "de pila"

El "nombre de pila" o de "pila bautismal" deriva del praenomen latino, o nombre que se usaba en la intimidad familiar. Así, Julio César era en realidad Cayo Julio César, pero sólo le llamaban "Cayo", pronunciado "Gayo", sus familiares. Como es natural, los paganos no bautizaban a sus hijos, así que para ellos eso era un praenomen, no un "nombre de pila". Culturas más primitivas no usaban el complicado sistema de denominación romano, donde podían juntarse hasta cuatro palabras definidoras del sujeto, cada una con su propio origen y situación en el conjunto nominativo:

1.º El praenomen, aproximadamente equivalente a nuestro nombre de pila, aunque más restrictivo, pues era sólo usado en la intimidad familiar, de los cuales tenían los romanos nada más que diez en el periodo clásico y hasta ocho más después, de lo cual viene la curiosa costumbre de numerarlos, que ya indiqué en otro mensaje.

2.º El cognomen o gentilicio indicaba la gens o familia a que pertenecía la persona en sentido amplio -en la cultura occidental la familia es algo mucho más recortado que en civilizaciones más antiguas y rurales, donde la familia es mucho más extensa-; equivale a nuestro actual tribu o estirpe. Por eso no es lo mismo que nuestro actual apellido. En el ejemplo citado sería "Julio", que adscribía a César a la gens Julia, de los descendientes del epónimo Julo.

3.º El agnomen es un tercer apelativo que revela la verdadera individualidad de la persona dentro de su gens: es lo más parecido a nuestro apellido occidental, formado con frecuencia con un sufijo de filiación: -ez en castellano, -son en inglés, -vic en serbio, -ov en ruso. Así, "hijo de Juan" es en castellano Ibáñez, en serbio Ivanovic, en inglés Johnson, en ruso Ivanov o Ivanoff. En el ejemplo citado, sería "César".

4.º Todavía puede agregarse un cuarto apelativo o sobrenombre, tomado por el propio interesado o por otros que le apodaban de una determinada manera en la edad adulta. Así, Publio Cornelio Escipión fue denominado "el Africano" tras sus victorias sobre Aníbal. Entre el populacho y los esclavos, por el contrario, la denominación era menos nobilitaria y cuidadosa. Con frecuencia se motejaba a las personas por un defecto físico: Claudius -cojo-, Cicero (verruga, garbanzo), Caecilia (cieguecita)

En Castilla es bastante frecuente apodar o motejar a la gente, calcando el antiguo uso latino. Por lo que puedo inferir, tras mucho dar vueltas al asunto, es que esos apodos tuvieran un origen escolar. Muchos provienen de ironías del maestro contra ciertos alumnos, repitiendo algunos términos de excusas por venir tarde, etc... Esas ironías eran recordadas por los demás chicos, de suyo siempre crueles, y pasaban a motejar al infeliz entre todos los miembros de su quinta o generación hasta que se moría. Cervantes describe, por otra parte, un expresivo proceso de motejamiento al final de La ilustre fregona, creo. Recuerdo el chiste sobre una persona de muy mal genio que fue a vivir al pueblo de los motes y dejó bien claro que a quien le pusiera uno, le partía la cara. ¿Sabéis que mote le pusieron -como es natural, claro está, a sus espaldas, como todos los motes-? "El Sinmote". El mecanismo es parecido en otras facetas de la vida colectiva, por ejemplo en el ejército o la milicia, que da lugar a los llamados "nombres de guerra"; también en esos lugares donde la disciplina iguala, se siente la necesidad de singularizar por sus "hazañas" y meteduras de pata a la gente.

En cuanto a esta estructura básica de nominación, que dio origen a las posteriores occidentales, que reflejan modificaciones según se trate de sistemas culturales matrilineales, patrilineales, matrilocales o patrilocales, el sistema de filiación actual, basado en el apellido paterno,suscita más dudas genéticas que el más sensato basado en el materno, sobre todo habida cuenta de que el seis por ciento de los nacidos no posee por padre genético el que dice el DNI, según un estudio de la Universidad de Barcelona-.

Por otra parte, la costumbre de "enterrar apellidos" considerados afrentosos o poco nobles se nutríó de la costumbre de que un pater familias o cabeza de familia transmitiera su nombre hecho epíteto a su mujer, a sus hijos e incluso a sus esclavos mediante sufijos adjetivadores variados: -inus -anus -ianus, creándose así apelativos como Marcelina (de Marcelo), Aureliano (de Aurelio), Josefinas y Maximinos.

El éxito del sistema de nominación latino vino garantizado, en los primeros siglos del cristianismo, por el prestigio del martirologio: Renato o renacido, Servando u observante de la piedad, a menudo aplicados a los conversos. Asimismo, aparecen los nombres de humildad: Asela (burrita), Porcario (porquerizo), etc... Y los santos dan nombre frecuente a los nuevos conversos.

Albaigès comenta un hecho que los onomásticos conocen bien: los nombres propios poseen significado, aunque oscuro, y no son, como los pronombres, signos compuestos sólo de significante y referente. Los que estudian toponomástica o la ciencia que estudia los nombres de lugar, saben bien que muchas veces un nombre de lugar encubre una descripción física o geográfica del lugar que sirve de apoyo a los caminantes, es decir, el significado de un topónimo es el referente. De ahí la frecuencia del detalle geográfico en los topónimos: del río, del lago, de arriba, de abajo, del valle, viila + algo, Cinco Casas, etc... Así, un toponástico puede decir a un arqueólogo donde excavar en busca de restos ibéricos sólo buscando la terminación -es, o -esa (con el artículo pospuesto "a") en los topónimos del este peninsular, pues en ibérico significa "casa, construcción". Lo mismo ocurre con los nombres propios de persona o antropónimos: todos nacen de la abstracción de las cualidades, casi siempre morales, pero no pocas veces físicas, de una persona que constituye su referente. Veamos.

El nombre propio deriva del común mediante la abstracción de cualidades. Alberto es "Athal-berht", "noble y famoso". El componente básico es, quién lo iba a decir, el adjetivo o denominación de cualidad abstracta (perceptible por la mente) o concreta (por los sentidos), expresado al principio de forma muy primitiva: Vercingetórix es "jefe de cien reyes", lo que por supuesto no hay que entender literalmente, sino como "jefe supremo". Los indios se llamaban "ciervo valeroso", "toro sentado", "caballo loco" etc... hasta que los españoles y los ingleses los bautizaron. Esa es la estructura simple que subyace en todos los nombres propios: sustantivo y adjetivo de cualidad, casi siempre moral. Un nombre es una etopeya, o como dice el adagio, nomen est omen.

Sin embargo, el asunto no es tan simple. ¿Quién nos iba a decir que, por ejemplo, un "Gil" nombre de pila proviene sencillamente de "Egidio" y no de "Hermenegildo", o que Sonsoles es San Zoilo?

Saludos cordiales, y perdón por el rollo ;-).
Ángel Romera
Administrador de la lista HISPANIA
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Thu Oct 21 19:56:00 1999