jueves, 8 de mayo de 2008

Ironía

USOS POSIBLES DE LA IRONíA
UMBERTO ECO
LA VANGUARDIA

Agradezco a todos los profesores que siguen enviándome interesantes ejercicios lingüísticos realizados por los alumnos. La buena noticia es que la escuela puede ser un lugar de invención, la mala es que no puedo hablar de todos estos experimentos.

Me escribe preocupada una profesora: hizo la prueba de que unos alumnos de los últimos cursos de EGB resumieran mis artículos de interés "civil", pero en los que aparecían observaciones irónicas, y descubrió que los chavales tergiversaban a mansalva.

Es normal. Existe una extensa literatura sobre esa figura retórica llamada ironía (vean, por ejemplo, los recientes libros de Marina Mizzau, Feltrinelli, y Guido Almansi, Garzanti), y todos están de acuerdo en que, para que (tm) la ironía tenga éxito, tanto el que habla como el que escucha deben compartir un fondo de información y juicios.

Por esta razón, cuando el discurso irónico no va acompañado de signos explícitos (que a menudo destrozan el efecto) siempre corre el riesgo de la tergiversación.

Además cada periódico selecciona un tipo de público, el semanario "L'Expresso", en el que escribo, se dirige a un lector adulto de cultura media-alta, y le puede resultar demasiado alusivo a un muchacho de EGB. Pero le hice una sugerencia a esa profesora para que fuera productivo ese incidente.

El problema consiste en discutir con los muchachos, tras haber explicado la ironía (aunque a costa de destruirla), por qué ellos no la han captado. De esta manera el discurso se traslada del infeliz artículo a ese patrimonio de información y juicios que el artículo presuponía, y que el muchacho no conocía. Así de un mal puede nacer un bien.

Muchas veces en mis artículos la ironía no es un vicio, sino una necesidad. Al tener que condensar complejos discursos en cuatro mil quinientos espacios a máquina (los que tengo a mi disposición), la ironía, que por naturaleza es una elipsis e implica presuponer tantas cosas, nace por exigencias de síntesis.

¿Esta bien o está mal que un periódico obligue a sintetizar por razones puramente materiales de espacio?

Creo que este problema también les puede interesar a los profesores. Tomemos mi artículo de la semana pasada sobre los mundos posibles de la ficción. Me imagino que a muchos, y muy cultos, el párrafo les habrá parecido arduo. Lo sé, y por otra parte me apetecía aludir al estupendo libro de Thomas Pavel.

Quizás haya pretendido demasiado, ya que Thomas Pavel desarrollaba su compleja argumentación sobre una longitud de por lo menos cuarenta mil espacios, y yo la tenía que resumir en cuatro mil y también menos, porque tenía que añadir una introducción y una conclusión.

Por desafío, por cabezonería, por lo menos diez veces escribí ese artículo. Primero traté de resumir las ideas de Pavel, y me salió un texto de unas ocho mil pulsaciones en el que ya había sacrificado muchos razonamientos ingeniosos) y el problema era reducirlo a la mitad.

Comenzó un trabajo de depuración. Si había escrito "Pavel nos propone un interesante ejemplo" tenía que corregirlo por "Pavel dice que". Cuarenta espacios contra catorce, un buen ahorro. Y si transformaba un "sostiene" en un "afirma", me ahorraba tres espacios. Dos por aquí, dos por allá, es como esos mendigos que a fuerza de reunir moneditas consiguen llenar el colchón de millones.

A veces es suficiente con quitar un adjetivo, y se descubre que no era necesario. Naturalmente, si Manzoni hubiese enjuagado sus ropas en un liquido astringente, solo nos habría dejado una voz para el diccionario de las obras. Pero creo que hace falta ejercicios de este tipo.

En 1954, después de licenciarme, asistí en la RAI a un curso para reporteros de televisión en el que aprendí muchas cosas que me han servido en la vida, aunque nunca haya ejercido esa profesión.

Pier Emilio Gennarini, que dirigía el curso, proyectaba una secuencia de telediario, muda, que duraba un minuto y nos daba la correspondiente noticia de la agencia Ansa.

Nosotros debíamos escribir un texto que leído en voz alta durase lo mismo que la secuencia. Por lo tanto teníamos que escribir la noticia, procurando no dejarnos ninguna información importante, de manera que durase cuarenta segundos. Después, había que resumirlo todo en veinte segundos (más o menos cuatro líneas a máquina).

Era un desafío apasionante. No sólo se aprendía a sintetizar conservando lo esencial, sino también a reconocer cuándo los matices perdidos eran más importantes que los hechos al desnudo. creo que todos, oradores, políticos,periodistas, escritores, estudiantes y colegiales deberían hacer ejercicios de este tipo. Enseñan a pensar y a disciplinar a la elocuencia.