miércoles, 14 de mayo de 2008

Culpa y Tabú

Mon Nov 01 08:42:53 1999
From: "José Biedma"
Querido lister@s:

Máximo se ha mostrado interesado en las ideas de Kolakowski. Aunque es el último párrafo del siguiente artículo el que se refiere al asunto que discutíamos: si es posible mantener la dignidad del hombre sin el reconocimiento de lo divino (o de la semejanza del hombre con lo divino, que supone el postulado de esto último), me he decidido a pasaros el texto completo, muy relacionado con el libro del filósofo polaco. No se me oculta que puede ser polémico, se publicó en el Anuario de la asociación de cofradías: _Úbeda, imagen y palabra_. Tal vez sirva para reanimar nuestra lista.

CULPA Y TABÚ

Los sentimientos de culpa han tenido durante este siglo muy mala prensa. Es verdad que la moral tradicional y la conciencia religiosa jugaron vanamente con los sentimientos de culpabilidad de las gentes. Se satanizaron los deseos sexuales o se consideraron ciertas inclinaciones naturales como intrínsecamente perversas -especialmente las de las mujeres, los jóvenes o "los distintos"-, de modo que era imposible no sentirse dolorosamente culpable y desdichadamente miserable por algo que no se podía dejar de sentir naturalmente, por inclinaciones que era imposible no percibir como parte de uno mismo. Por medio de los sentimientos de culpa resultaba fácil dominar y subyugar la conciencia y la conducta de los fieles, especialmente la de los más humildes, haciéndoles aceptar, en algunos casos, situaciones de intolerable opresión, con capciosa resignación. El deseo infantil de la gloria o el temor irracional al sufrimiento eterno contribuían al desarrollo de una conciencia desgraciada. Pero nuestra sociedad, al contrario que la de otras épocas, no se caracteriza precisamente ni por su pudibundez ni por la sublimidad de sus ideales; ni los chicos de ahora sienten grandes escrúpulos morales, sino más bien todo lo contrario. Nuestra sociedad ha llegado a ser una sociedad chavacanamente desvergonzada que mercantiliza sin el menor decoro el cinismo y el escándalo. Por disfrutar de la desvergüenza de la gente se cobran entradas. No sólo la pornografía sexual, sino que la pornografía sentimental, al menos en lo económico, son espectáculos audiovisuales de primer orden. Tanto como el horror de la barrabasada o el delito, sorprende en nuestros días la ausencia total de sentimientos de culpa del maltratador, del ladrón, del estafador, del terrorista, del violador, del asesino en serie... Recientemente, el filósofo polaco Leszek Kolakowski ha metido el dedo en la llaga. Y ha puesto de manifiesto la necesidad moral y social de los sentimientos de culpa. Resulta que las creencias morales no se adquieren del mismo modo que las creencias empíricas. Aún admitiendo, por ejemplo, que el enunciado "la envidia es mala" sea verdadero (cosa que dista de ser un "hecho" comprobable siempre), yo seguiría siendo perfectamente capaz de ignorar esta verdad en mi conducta. No asentimos ni ponemos en práctica nuestras creencias morales porque las consideremos verdaderas, sino porque nos sentimos culpables si dejamos de acatarlas. Curiosamente, en esto están de acuerdo la Biblia y Sigmund Freud: la capacidad de culpa ha dado lugar a la raza humana tal como la conocemos hoy. La capacidad de culpa no puede identificarse con el miedo al castigo. Es una especie de actitud existencial que consiste en preguntarse por el lugar de uno en el orden cósmico, un sentimiento de temor reverente ante una acción nuestra que haya perturbado la armonía del mundo: una ansiedad que sigue a la transgresión, no de una ley, sino de un tabú. No pesa sólo sobre mí la enormidad de mi provocación: percibo que todo el universo está amenazado, sumergido en un caos de incertidumbre, cuando me siento culpable.

Para L. Kolakowski, la presencia de tabúes es el pilar inamovible de _cualquier_ sistema moral viable y un componente integral de la vida religiosa. Un tabú es un vínculo necesario que enlaza el culto de la realidad eterna con el conocimiento del bien y del mal. La religión no es una serie de enunciados sobre Dios, la Providencia, el Cielo y el Infierno; ni la moralidad es un conjunto codificado de declaraciones normativas, sino una lealtad viva a un orden de tabúes: "No usarás el nombre de Dios en vano, no matarás...". Todos los ensayos filosóficos para encontrar alguna meta que convierta los juicios descriptivos en juicios normativos resultan -para nuestro filósofo-de una esterilidad patética en relación con lo que es la vida moral. Las motivaciones morales funcionan no porque los correspondientes juicios de valor hayan sido inferidos de forma digna de confianza de unas proposiciones empíricas. Nada me impediría seguir mintiendo aunque se demostrara que el juicio "mentir es malo" fuera tan verdadero como el principio de incertidumbre de Heisenberg, a no ser por mi capacidad de sentirme culpable cuando miento. La conciencia de la culpa es por consiguiente la contrapartida del tabú, mientras que el miedo al castigo está relacionado con la fuerza de la ley. Ambas formas de motivación -culpa y temor- difieren psicológicamente... No hay razón para esperar que en una sociedad en la que se hayan eliminado todos los tabúes y donde se haya esfumado la conciencia de culpa, sólo la coerción legal pueda impedir el desmoronamiento de la vida comunitaria y la disolución de los vínculos humanos no obligatorios. De hecho, una sociedad sin tabúes no ha existido nunca. Bien es verdad que estos pueden ser inútiles o seguir operando durante mucho tiempo por la fuerza inerte de la tradición, después de desaparecer las creencias religiosas en que se sustentaban. Indudablemente, desde el siglo XVII hemos progresado hacia una sociedad en que el orden legal-racional sustituye el orden sagrado de los tabúes, en un progresivo proceso de secularización y desencantamiento del mundo y de la vida. Si la humanidad se hubiese sometido pasivamente a los rígidos principios que imponían los mitos tradicionales, nunca hubiese sido capaz de desarrollar sus potencialidades intelectuales, artísticas, tecnológicas, científicas..., pero está por ver si esa secularización podrá alguna vez ser absoluta. Kolakowski opina que tenemos buenas razones para conjeturar que el papel de los tabúes en las relaciones sociales es sustancial. Por muy frecuentemente que sean violados, los tabúes siguen vivos mientras su violación produzca sentimientos de culpa. Culpa y fuerza física son los únicos instrumentos con que cuenta la humanidad para imponer reglas de conducta y darles forma moral. Por consiguiente, una cultura sin tabúes es tan imposible como un círculo cuadrado.

Kolakowski no pretende decir que de la creencia en Dios se siga necesariamente un comportamiento justo. Pero sí cree hallar argumentos que prueben que el lazo que vincula el bien y el mal al dominio de lo sagrado es muy fuerte. La conciencia del mal es genéticamente anterior a la del bien. Fue la experiencia del fracaso y del pecado la que humanizó a nuestros primeros padres, al ver al ser derrotado por la nada. Lo sagrado, el ideal de un poder trascendente y perfecto, se nos revela en la experiencia de nuestra imperfección. La religiosidad es la conciencia de la insuficiencia humana, y se la vive en la admisión de nuestra debilidad, de nuestra penuria respecto al bien y la verdad. Dicha consciencia de la contingencia no tiene por qué ser incompatible con todas las especies de humanismo, pero sí lo es con el humanismo radical, hercúleo o prometéico, que está llegando a ser dominante en la civilización tecnológica. Desde la Ilustración, y después de las sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas, se ha ido extendiendo el prejuicio según el cual no hay límites a la autoperfectibilidad humana o que las personas pueden definir arbitrariamente los criterios del bien y del mal. Ninguna religión puede admitir este tipo de suberbio humanismo. Además, está por ver que esta divinización del hombre, que supone que la raza humana no encuentra obligaciones y derechos prefijados, sino que los crea a su placer, o sin más límite que el acuerdo democrático, produzca una comunidad social menos agresiva y menos doliente. Por el contrario, los últimos ensayos de desencadenar al hombre de la tiranía imaginaria de Dios han producido esclavitudes más siniestras que las que nunca haya estimulado el cristianismo. Para Kolakowski, el cristianismo es la expresión de lo que hay de duradero en la miseria y la debilidad humanas. Supone que en cuestiones morales nuestras elecciones están limitadas en el sentido de que las normas básicas para distinguir entre el bien y el mal no tienen su origen en la libre decisión de los hombres, sino que nos han sido dadas por una autoridad con la que no podemos discutir. El cristianismo enseña que hay fuentes de sufrimiento que son ontológicas, imposibles de suprimir, que en la mayoría de los casos curamos nuestras desventuras con medicamentos que producen más enfermedad, mientras que la cura o salvación definitiva está fuera de nuestro alcance y sólo puede proporcionarla el doctor divino. Por supuesto, esto no quiere decir que no estemos obligados éticamente (civilmente) a mejorar lo que sí podemos por nuestras humanas fuerzas y mediante la aplicación del talento que nos ha sido dado. Pero los grandes profetas del ateísmo han coincidido en negarse a admitir la permanencia ontológica de la fragilidad humana. Para ellos, la capacidad humana de autocreación no tiene límites, el mal y el sufrimiento son contingentes... la mente humana no necesita ninguna revelación ni enseñanza de fuera. Frente a esto, el mensaje invariable del culto religioso es: "La distancia de lo finito a lo infinito es siempre infinita; todo lo que creamos está destinado a perecer tarde o temprano, la vida está destinada al fracaso y la muerte es invencible a menos que participemos en la realidad eterna que no es producto nuestro sino de la que nosotros dependemos; podemos percibirla, por oscura e inadecuadamente que sea, y es la fuente de todo nuestro conocimiento del bien y del mal".

En su _Filosofía de la Historia_, Hegel escribió que el hombre sólo puede respetarse a sí mismo si tiene conciencia de un Ser superior, mientras que la promoción del hombre por él mismo a la posición más elevada ('hybris') entraña una falta de respeto de sí. En este punto, el fundador del idealismo absoluto no dice nada que no estuviera implícito en la tradición cristiana. En efecto, siempre puede pensarse que si el hombre declara ser el supremo legislador en cuestiones de bien y de mal, no tiene fundamento convincente alguno para respetarse a sí mismo ni para respetar nada, puesto que la dignidad humana no puede validarse dentro de un concepto naturalista del hombre. Y puede argüirse que la misma idea de dignidad, si no es una fantasía caprichosa, sólo puede basarse en la autoridad de una Mente indestructible, más que humana.

José Biedma, 1999