jueves, 24 de abril de 2008

Choque de civilizaciones

EL MUNDO
OPINION
Lunes, 21 de febrero de 2000

TRIBUNA LIBRE
RAUL ALFONSIN

El choque de civilizaciones y la profecía autocumplida

El profesor Samuel Huntington sigue siendo uno de los más destacados e influyentes politólogos e internacionalistas estadounidenses. Desde los años 60 sus estudios y categorías de análisis han tenido particular repercusión no sólo en la ciencia política sino también, y sobre todo, en los gobiernos y entre los dirigentes políticos de los Estados Unidos. También de otros numerosos países. Desde los años 60 venimos contradiciendo su análisis y discutiendo críticamente sus ideas. Particularmente a propósito de las consecuencias perversas o indeseables que han tenido en muchos casos la aplicación de sus tesis y la adopción de sus, sin duda, lúcidos esquemas a los procesos políticos concretos.
Surge esta mención a cuento de la confrontación entre Rusia y Chechenia y su secuela de desolación y muerte.

Semanas atrás el profesor Huntington invitaba al Gobierno estadounidense, desde sus columnas periodísticas, a desentenderse de una guerra lejana, ajena a su interés estratégico. Mientras, desde su privilegiado observatorio de Harvard, consideraba esta guerra como un enfrentamiento entre rusos ortodoxos y caucásicos musulmanes en Moscú, el Gobierno del Kremlin adoptaba precisamente su argumento para intentar explicarle a Occidente la ofensiva implementada sobre la población chechena, después de una guerra interna que dejó un saldo de más de cien mil muertes en diez años.

Más occidentalista que nunca, Moscú utilizó el modelo del «choque entre civilizaciones» para recrear los tópicos de la Guerra Fría y desde allí presentarse como la superpotencia que disciplina a sus áreas de influencia, amenazadas por un enemigo interno al que se identifica con la barbarie. «Estados Unidos y las potencias europeas lo hicieron en Kosovo, dijeron: nosotros tenemos el derecho y el deber de hacerlo en el Cáucaso».

Sin ser un experto, por cierto, en los conflictos de la Rusia postsoviética encuentro un curioso paralelismo con lo acontecido en América Latina décadas atrás. En los años 60 y 70, Huntington postuló la teoría de la ingobernabilidad de las democracias, que se produciría por un exceso de demandas y movilizaciones sociales, y que terminaría justificando la irrupción de dictaduras autoritarias pretendidamente modernizantes.

Desde una perspectiva democrática y progresista, confrontamos con esa teoría y apuntamos años después la influencia que ella tuvo en la ideología neoconservadora que recorrió el mundo como respuesta, a nuestro juicio errónea, a la crisis del Estado de Bienestar y de las economías protegidas en la década de los 80 y entrados los 90.

El neoconservadorismo convirtió en dogma el desmantelamiento de las intervenciones estatales y la apertura de las economías nacionales y prometió a cambio el ingreso en una edad de oro de mercados emergentes, afluencia de capitales y expansión sin fin del consumo.

Pero, siempre un paso más adelante, el profesor Huntington advertía sobre la inconveniencia de ver con tanta confianza el avance irrefrenable de la democracia liberal y del libremercado a escala planetaria. Predijo, entonces, que los conflictos estarían determinados por los factores culturales más que por los económicos o ideológicos. Y que esto produciría líneas profundas de fractura que separarían de manera infranqueable a unos pueblos de otros, a unas civilizaciones de otras. Ello preanunciaba un horizonte ominoso con conflictos más sangrientos y más intensos. Como en los años 60, había que replegarse, armarse, defenderse del desorden.

Entre una y otra tesis, resumidas en los títulos de sus dos libros: El orden político en las sociedades de cambio (1968) y El choque de las civilizaciones (1996), Huntington describió en La tercera ola (1991, no confundir con las más recientes terceras vías) una teoría de los ciclos democráticos en el mundo; periodos de avance y retroceso de las democracias. Recibimos aquel estudio, por nuestra parte, con la expectativa de encontrar un reconocimiento de su parte del porqué de tantas frustraciones y desentendimientos entre las perspectivas globalistas de los Estados Unidos y la situación sociopolítica de las sociedades emergentes y los pueblos que buscaban su camino hacia la libertad y la autodeterminación.

Parecía existir una relación directa entre el retroceso de la democracia y la proliferación de guerras y violencias. También podía hallarse una correlación entre la expansión de las democracias y los periodos en los que Estados Unidos se volcaba hacia un mayor compromiso internacional. Pero dicho compromiso se estrellaba recurrentemente, al mismo tiempo, contra sus propias contradicciones, desde Vietnam hasta Kosovo.

Estados Unidos mostraba, en efecto, una superioridad tecnológica y un poderío militar incontestable que apuntalaban el sistema de seguridad internacional. Sin embargo, no podía saldarse nunca la promesa de superioridad moral extendiendo la llama de la libertad de manera perdurable. Al fuego bélico, en circunstancias críticas, cuando resultaban afectados intereses estratégicos o simplemente resultaba oportuno para la política doméstica, le seguía el abandono. Sobrevenía entonces el repliegue, la crisis del intervencionismo moral, el aislacionismo. En ese interregno, sucedían los momentos más cruentos, los conflictos indomables, las conmociones finalmente sofocadas con represión y autoritarismo.

Así fue como John Kennedy promovió con tanto entusiasmo la «Alianza para el Progreso» en la América Latina de comienzos de los 60. Y así fue como el proyecto cayó en saco roto y el Departamento de Estado terminó cediendo primacía al Pentágono cuando las dictaduras militares fueron cubriendo de negro y rojo sangre nuestro continente, que no estaba preparado para la democracia, según los analistas académicos; mucho menos para los derechos humanos, tal como los defendía el presidente Carter.

Es aquí donde nos encontramos, 30 años más tarde, con una reedición del problema en la mirada que se posa sobre la Rusia postsoviética. Luego del optimismo de comienzos de los 90, cuando se veía la transición sin escalas del comunismo al capitalismo y de la dictadura a la democracia, estos estrategas occidentales que parecen entender a la posguerra fría como la continuación de la guerra fría por otros medios, apelan a la más cruda realpolitik y empiezan a dudar de que la democracia, tal cual se le entiende en el mundo occidental, sea algo realizable en Rusia.

A propósito del cruento desenlace de la guerra de Chechenia, Huntington ha llegado a exponer una conclusión temeraria. Más temeraria aún si se la toma como un consejo: «El próximo líder ruso haría bien en emular el realismo de Mustafá Kemal Ataturk con respecto a la pérdida del imperio turco, y en abrazar la causa de una Rusia únicamente rusa, en lugar de perseguir el sueño obsoleto de un imperio multiétnico y de múltiples civilizaciones». En semejante escenario, podría suponerse que les tocaría a los pueblos caucásicos el destino de los armenios y kurdos a lo largo de este siglo y no sería caprichoso imaginar que solamente una dictadura o cierto tipo de régimen autocrático o bonapartista estaría en condiciones de timonear la pretendida «rusificación» de Rusia.

Estamos, finalmente, frente a un mismo hilo conductor. Los ciclos de optimismo y pesimismo, de intervencionismo y aislacionismo, aparecen relacionados de manera inversa, en este caso, con el descubrimiento de la diversidad multicultural y el reconocimiento de un mundo multipolar, por un lado, o la confianza empecinada en un mundialismo hegemónico, por el otro lado. La consecuencia inevitable es la reiteración del mismo proceso: allí donde la omnipotencia encuentra sus límites se construye una trinchera, se identifica a un enemigo en todo aquello que esté «más allá» y se abandonan los más valiosos ideales para rendirse ante la lógica implacable de los sistemas de poder antagónicos, que dividen al mundo en «zonas de paz» y «zonas de desorden». Exactamente lo contrario a lo que postula el profesor Huntington, en definitiva, cuando propone para los tiempos actuales «un orden internacional basado en el reconocimiento de las distintas civilizaciones» como mejor antídoto para prevenir genocidios, guerras de exterminio y cruzadas sangrientas.

Raúl Alfonsín es ex presidente de Argentina..