martes, 15 de abril de 2008

Biografía de Wittgenstein.10

Monk, Ray.

"Ludwig Wittgenstein".

Traducción: Damián Alou.

Editorial Anagrama.

Barcelona, marzo 1997, 2da.edición

Tit.Orig.: Ludwig Wittgenstein. The Duty of Genius.

Jonathan Cape. London 1990

547 pp

1ra. edición febrero 1994.

(continúa)

Cap.20. EL PROFESOR RENUENTE

Si Wittgenstein hubiera regresado alguna vez a Cambridge de no ser por el Anschluss, es algo que resulta imposible saber. Sus intentos por encontrar una posición en la vida fuera del mundo académico habían sido, sin embargo, como mucho, poco convincentes. Aunque a veces hablaba de encontrar un empleo entre gente «normal», tal como había animado a hacer a Skinner y a Hutt, parece que él mismo no se esforzó mucho en ese sentido. Sus planes de trabajar en Rusia y/o estudiar para médico, aunque seguidos con gran determinación, jamás llegaron a cristalizar en una intención firme e inequívoca. Quizá habría seguido buscando y encontrando la paz mental que necesitaba para acabar su libro, tal vez en Dublín, con Drury, o en Noruega, viviendo solo. Pero sus ahorros, unas 300 o 400 libras, no le hubieran durado toda la vida. Con el tiempo habría tenido que encontrar un empleo remunerado. Es decir, tal como se lo expresó a Moore en 1930, tendría que haber encontrado a alguien para quien tuviera alguna utilidad el tipo de cosas que él producía. Y el lugar en el que estos bienes tenían más demanda era, inevitablemente, la vida académica y, en particular, Cambridge. Por tanto resulta perfectamente verosímil pensar que en un momento u otro hubiera acabado solicitando una plaza de profesor. Lo que podemos decir con toda certeza, sin embargo, es que, de no haber sido por el Anschluss, no habría ocurrido en una fecha tan temprana como el mes de abril de 1938. Y no sólo porque Wittgenstein no estuviera nada ansioso por regresar a la enseñanza, sino también porque le daba un poco de miedo su relación con Francis. Tal como indican las entradas de sus diarios en los primeros días de ese nuevo año, estaba profundamente preocupado por la sensualidad que existía entre los dos, y le angustiaba pensar en si, al menos por su parte, tales deseos sensuales eran compatibles con el verdadero amor. Habría preferido amar a Francis a distancia, lejos de la tentación de su «susceptibilidad» sensual. Y aun con todo, su miedo a perder a Francis le había traído de nuevo a Cambridge, y más firmemente que nunca hacia la esfera de la tentación. A su regreso se mudó a la habitación de Francis, sobre la tienda de ultramarinos de East Road, y durante un año vivieron tal como Francis había deseado vivir, como una pareja. El período de Francis como colaborador en el trabajo de Wittgenstein hacía tiempo que había llegado a su fin. Mientras Wittgenstein daba clases y trabajaba en su libro, Francis seguía con su empleo en la fábrica. No hay ninguna carta de Francis escrita durante este período, ni tampoco ninguna observación relevante de Wittgenstein entre sus notas en clave, de manera que no sabemos cómo ni por qué su relación se deterioró durante ese año. Todo lo que sabemos es que allá por 1939 había ido a peor, y que durante los dos años siguientes fue sólo el amor inmarcesiblemente fiel, incluso pegajoso, de Francis lo que impidió el fin de sus relaciones. Parece ser que el amor de Wittgenstein por Francis no sobrevivió quizá no fue capaz de sobrevivir a la proximidad física que había anhelado y temido al mismo tiempo.

Entre los estudiantes que tenía en esa época, Wittgenstein encontró una nueva generación de discípulos. A fin de que sus clases no rebasaran el número de alumnos más allá del cual se sentía incómodo, no las anunció, tal como solía hacerse, en el Cambridge University Recorder. En lugar de eso, les pidió a John Wisdom, Moore y Braithwaite que se lo dijeran a aquellos estudiantes que pudieran estar interesados. No había más de diez estudiantes. Entre este selecto grupo estaban Rush Rhees, Yorick Srnythies, James Taylor, Casimir Lewy y Theodore Recipath. La clase era lo suficientemente pequeña como para que todos ellos llegaran a conocer a Wittgenstein bastante bien, aunque fueron Rhees, Taylor y Smythies quienes durante esa época se convirtieron en amigos particularmente íntimos. Las clases tenían lugar en las habitaciones de Taylor. Éste, al que casi no se menciona en las semblanzas publicadas, era canadiense, graduado en la Universidad de Toronto, y había ido a Cambridge para estudiar con i G. E. Moore, y a través de éste se hizo amigo de Wittgenstein. Después de la guerra se le ofreció una plaza de profesor de filosofía en una universidad australiana, pero murió en una reyerta de bar en Brisbane, mientras se dirigía a tomar posesión de la plaza. Smythies es una de esas misteriosas figuras que aparecen repetidamente en los textos publicados, pero de las que se dice muy poco. Era un devoto discípulo de Wittgenstein, y un verdadero personaje wingensteniano en el sentido de que, aunque nunca llegó a ser un filósofo profesional, jamás dejó de tomarse en serio y con profundidad los problemas filosóficos. Siguió siendo íntimo amigo de Wittgenstein durante el resto de la vida de éste. Cuando abandonó Cambridge se convirtió en bibliotecario en Oxford. En una época posterior de su vida sufrió una esquizofrenia paranoide y fue paciente de Maurice Drury. Murió en trágicas circunstancias en 1981. En relación a estas personas, hay que recordar que aquellos sobre quienes Wittgenstein tuvo más influencia, en particular en los años treinta (pensamos en Drury, Skinner y Hutt, y también en Smythies) no entrarían a formar parte de la vida académica. Por tanto, existe un relevante e importante aspecto de la influencia de Wittgenstein que no se refleja ni puede reflejarse en el gran corpus de literatura académica que su obra ha inspirado. El único de éstos que ha publicado algo es Maurice Drury, cuya recopilación de ensayos sobre temas filosóficos y psicológicos, El peligro de las palabras, aunque casi completamente ignorado en la literatura secundaria, es, en sus actitudes y preocupaciones, más genuinamente wingensteniano que cualquier otro texto secundario. De vacaciones de su último año como estudiante de medicina, Drury consiguió asistir a una de las clases que Wittgenstein dio en el nuevo curso. Durante esta clase, Wittgenstein le dijo a uno de los estudiantes que dejara de tomar notas:

Si anota estas observaciones espontáneas, algún día alguien puede publicarlas como mis opiniones ponderadas. No quiero que eso se haga. Pues ahora hablo libremente a medida que me llegan las ideas, pero todo esto debe pensarse mucho más y expresarse mejor.

Por suerte, no se hizo caso de tal petición, y las notas de esas clases incluso se han publicado. Estas clases son algo único en la obra de Wittgenstein. Sólo el tema que abordan ya las haría únicas, pues no tratan de matemáticas ni de filosofía en general, sino de estética y de las creencias religiosas. Esta diferencia es menos radical de lo que podría parecer, pues Wittgenstein trae a colación en la discusión de estos temas muchos de los mismos ejemplos que había utilizado en otros contextos la Prueba Diagonal de Cantor, la confusión entre causa y razón, etc., de forma que su manera de abordar la estética no es muy distinta, por ejemplo, de sus discusiones acerca de la filosofía de las matemáticas o de la filosofía de la psicología. Lo que distingue a estas clases es su tono. Precisamente porque hablaba de un modo espontáneo y despreocupado, constituyen una de las afirmaciones menos ambiguas del propósito que le guiaba en la filosofía, y de cómo este propósito se relaciona con su Weltanschauung personal. En ellas queda claro que su objetivo no es simplemente, tal como había expresado en el Cuaderno azul, poner sobre el tapete el daño que se hace cuando los filósofos «ven el método de la ciencia ante sus ojos y se sienten irresistiblemente tentados a hacer preguntas y responderlas en la manera en que lo hace la ciencia»; se trataba, de modo más general, de denunciar el desdichado efecto que la adoración de la ciencia y del método científico han tenido sobre la totalidad de nuestra cultura. La estética y las creencias religiosas son dos ejemplos para Wittgenstein, naturalmente, ejemplos de crucial importancia de áreas de la vida en las que el método científico no es el apropiado, y en las que los esfuerzos por aplicarlo conducen a la distorsión, la superficialidad y la confusión. Wittgenstein dijo a sus alumnos que lo que él hacía era «convencer a la gente de que cambiara su manera de pensar». Dijo que estaba «hacienda propaganda» de una manera de pensar que se oponía a otra. «Me siento honradamente disgustado con la otra», añadió.

[Nota: 1. Véase Lectures and Conversalions on Aesthetics, Psichology and Religious Belief, ed. Cyril Barrett (BlackweIl, 1978). Fin de la Nota]

A la «otra» la identificaba con la adoración de la ciencia, y por tanto dedicaba parte de las clases a execrar de lo que consideraba poderosas y dañinas formas de evangelismo de esta adoración, como por ejemplo las obras científicas de divulgación de esa época, como El universo misterioso, de Jean:

Jean ha escrito un libro titulado El universo misterioso, y yo lo detesto y lo llamo engañoso... Tomad el título... Yo diría que el título de El universo misterioso incluye una especie de idolatría, en la que el ídolo es la ciencia y el científico.

Al abordar la estética, Wittgenstein no intentaba aportar nada a la disciplina filosófica que lleva este nombre. La mismísima idea de que pudiera existir tal disciplina era consecuencia, o quizá un síntoma, de lo «otro». En lugar de eso intentaba rescatar cuestiones de apreciación artística de esa disciplina, en concreto de la idea de que pudiera haber una ciencia de la estética:

Podríais pensar que la estética es una ciencia que nos dice lo que es hermoso... es una idea casi demasiado ridícula para decirla en palabras. Supongo que también debería decirnos qué tipo de café sabe bien.

Cuando Rhees interrogó a Wittgenstein acerca de su «teoría» del deterioro (refiriéndose a uno de los ejemplos de Wittgenstein, el del deterioro de la tradición musical alemana), éste reaccionó con horror ante la palabra: « ¿Cree usted que yo tengo una teoría? ¿Cree usted que estoy diciendo qué es el deterioro? Lo que yo hago es describir cosas distintas llamadas deterioro.» En lugar de intentar responder a las tradicionales cuestiones de estética (« ¿Qué es la belleza?, etc.), Wittgenstein da una serie de ejemplos que muestran que la apreciación artística no consiste (tal como uno podría creer al leer algunas discusiones filosóficas de estética) en quedarse de pie delante de un cuadro y decir: «Esto es hermoso.» La apreciación toma una asombrosa variedad de formas, que difieren de cultura en cultura, y que con frecuencia consisten en no decir nada. La apreciación será mostrada, tanto mediante acciones como mediante palabras, a través de ciertos gestos de disgusto o satisfacción, por la manera en que leemos una obra poética o interpretamos una obra musical, por la frecuencia en que leemos o escuchamos la misma obra, y por cómo lo hacemos. Estas formas distintas de apreciación no tienen nada en común que pueda aislarse para responder a la pregunta: « ¿Qué es la apreciación artística?» En lugar de eso están unidas por una complicada serie de «parecidos de familia». De este modo:

No sólo es difícil describir en qué consiste la apreciación, sino imposible. Para describirlo tendríamos que describir todo el entorno.

Por encima de todo, al buscar la respuesta al porqué y al cómo de la comprensión estética, no buscamos una explicación causal. No existe ninguna ciencia de la estética, y los resultados de otras ciencias, como por ejemplo la física, o de pseudociencias, como la psicología, tampoco pueden aplicarse a estas cuestiones. Wittgenstein cita dos tipos de explicación de la obra de Freud que ilustran, respectivamente, el tipo de reduccionismo que, según él, había que evitar a toda costa, y el otro «estilo de pensamiento» que intentaba fomentar. La primera procede de La interpretación de los sueños, y se refiere a la «explicación» por parte de Freud de lo que sus pacientes le habían descrito como un sueño bonito. Al volver a narrar el sueño, Freud pone ciertas palabras en mayúscula para indicar con un movimiento de cabeza y un guiño, como si dijéramos las alusiones sexuales:

Ella descendía de una altura... Tenía en la mano una GRAN RAMA; de hecho era como un árbol, cubierta de FLORES ROJAS... A continuación ella vio, tras haber descendido, a un criado que estaba peinando un árbol parecido, es decir, que él estaba utilizando un TROZO DE MADERA para extraer ESPESOS MECHONES DE PELO que colgaban de él como musgo.

Etcétera. Posteriormente, en el sueño, la mujer se encuentra con personas que cogen ramas y las arrojan a la carretera mientras se echan (SE ECHAN) en el suelo. Ella pregunta si puede coger una: es decir, explica Freud, si puede bajar una, es decir masturbar (en alemán, la frase «bajársela» es equivalente al inglés «cascársela»). Freud añade: «Cuando lo hubo interpretado, el paciente no tardó en tomarle aversión a ese bonito sueño.» La respuesta de Wittgenstein a esto es decir que Freud ha engañado a su paciente: «Yo le diría al paciente: "¿Acaso estas asociaciones hacen que el sueño no sea hermoso? Era hermoso. ¿Por qué no iba a serlo?"» La reducción que hace Freud de los elementos bonitos del sueño a una insinuación obscena posee un cierto encanto, una cierta fascinación, pero es equivocado decir que Freud nos ha mostrado cuál es el sentido real del sueño. Wittgenstein lo comparaba a la afirmación: «Si hiervo a Redpath a 200 grados centígrados, todo lo que quedará de Redpath cuando se evapore el agua serán cenizas, etc. Esto es lo que Redpath es realmente.» Decir esto, afirma, puede tener cierto encanto, «pero, cuando menos, sería engañoso». El tipo de explicaciones freudianas que Wittgenstein mencionaba con aprobación eran las contenidas en El chiste y su relación con el inconsciente. Wittgenstein no da ejemplos, pero quizá uno bastará. En la primera parte del libro, Freud habla de un chiste que aparece en Reisebilder, de Heine. Uno de los personajes de Heine, un humilde vendedor de lotería, al jactarse de sus relaciones con el barón Rothschild, señala: «Me trataba como a un igual, muy famillonariamente.» La razón de que esto nos haga reír, señala Freud, no es sólo que sea una inteligente abreviación del pensamiento de que Rothschild trataba al hombre como a su igual, muy familiarmente, hasta el punto en que es capaz de hacerlo un millonario, sino porque también existe un pensamiento secundario suprimido: que de hecho hay algo bastante desagradable en ser tratado con condescendencia por un rico. Si nos inclinamos a aceptar este tipo de explicación, pregunta Wittgenstein, ¿en qué nos basamos?

«Si no es causal, ¿cómo sabes que es correcto?» Tú dices: «Sí, es correcto.» Freud transforma el chiste en algo distinto que nosotros reconocemos como expresión de una cadena de ideas que nos lleva de un extremo al otro del chiste. Una narración completamente nueva de una explicación correcta. No una que esté de acuerdo con la experiencia, sino una admisible.

Ponía énfasis en que era esencial a este tipo de explicación el «Dar la explicación admisible. Éste es todo el sentido de la explicación.» Y éste es precisamente el tipo de explicación que uno quiere en estética: no la que establece una causa por la que algo sea hermoso o por la que consideremos que algo es hermoso, sino, por contra, al mostrar relaciones que no hemos visto previamente, muestra en qué es hermoso: muestra por qué, por ejemplo, una cierta pieza musical o una obra de teatro o un poema se consideran correctamente como una gran obra. En estas clases, Wittgenstein da algunos ejemplos entresacados de su propia experiencia de qué sucede cuando uno comienza a comprender la grandeza de una obra artística. Dijo que había leído la obra de Friedrich Klopstock, un poeta del siglo xviii, y que inicialmente no había visto nada. Luego se dio cuenta de que la manera correcta de leerlo era acentuar las sílabas de manera irregular:

Cuando leí sus poemas de esta manera nueva, dije: «Ajá, ahora sé por qué hizo esto.» ¿Qué había sucedido? Había leído todo eso y me había sentido moderadamente aburrido, pero cuando lo leí de esa manera peculiar, intensamente, sonreí y dije: «Esto es algo grande, etc.» Pero podía no haber dicho nada. Lo importante es que lo leí una y otra vez. Cuando leía esos poemas matizaba gestos y expresiones faciales que eran lo que llamaríamos gestos de aprobación. Pero lo importante es que leí los poemas de manera totalmente distinta, más intensamente, y les dije a los demás: « ¡Mira! Así es como hay que leerlos.»

Otro ejemplo que podía haber puesto era El rey del salón oscuro, de Rabindranath Tagore. Wittgenstein había leído por primera vez esta obra, en una traducción alemana (la versión original era en bengalí), en 1922, cuando Tagore estaba en la cúspide de su fama y era enormemente popular en Europa, en especial en Austria y Alemania. Le había escrito a Engelman que, a pesar de su gran sabiduría, la obra no había conseguido dejar huella en él. No le había conmovido.

Me da la impresión de que toda esa sabiduría procede de la nevera; no me sorprendería enterarme de que le ha llegado toda de segunda mano leyendo y escuchando (exactamente de la misma manera como tantos de nosotros adquirimos nuestro conocimiento de la sabiduría cristiana) en lugar de proceder de su propio y genuino sentimiento. Quizá no comprendo su tono; a mí no me parece el tono de un hombre poseído por la verdad (Como por ejemplo el tono de Ibsen). Sin embargo, es posible que la traducción abra una grieta que yo no puedo traspasar. Lo leí todo con interés, pero sin que me atrapara. Esto no me parece una buena señal. Pues es un tema que debería haberme atrapado... ¿o estoy tan apagado que ya nada me emociona? Una posibilidad, sin duda. Ni por un momento tengo la sensación de que ocurra algún drama. Simplemente entiendo la alegoría de manera abstracta.

Justo unos pocos meses después de esto, le escribió a Hánsel diciéndole que había estado releyendo a Tagore, «y esta vez con mucho más placer». «Ahora creo», le dijo a Hánsel, «que ciertamente hay en él algo grande.» Posteriormente, El rey del salón oscuro se convirtió en uno de sus libros favoritos, uno de los que habitualmente regalaba o prestaba a sus amigos. Y más o menos en la época de sus clases sobre estética releyó la obra junto con Yorick Smythies, esta vez en una traducción inglesa hecha por el propio Tagore. Parece ser que de nuevo la traducción abrió una grieta, y a fin de superarla a fin de, como si dijéramos, descongelar el texto Smythies y Wittgenstein prepararon su propia traducción. Entre los papeles de Smythies se encontró una versión mecanografiada de su versión del Acto II de la obra, con el encabezamiento:

EL REY DEL SALÓN OSCURO, de Rabindranath Tagor [sic], traducida del inglés de Rabindranath Tagor al inglés utilizado por L. Wittgenstein y Yorick Smythies por L. Wittgenstein y Yorick Smythies.

Casi todos los cambios introducidos por Smythies y Wittgenstein sustituían la dicción «poética» y anticuada de Tagore por palabras y expresiones modernas e idiomáticas. De este modo, donde Tagore pone «salón» ellos ponen «habitación» (excepto en el título), y donde Tagore: «No sufría parvedad de habitaciones», ellos escribieron: «No le faltaban habitaciones», etcétera. La obra es una alegoría del despertar religioso, y se hace eco de muchos de los pensamientos del propio Wittgenstein sobre el tema. El rey del título nunca es visto por sus súbditos, y algunos incluso dudan de su existencia, mientras que algunos creen que es tan feo que no quiere darse a conocer. Otros, como la sirvienta Surangama, son tan devotos del rey y le rinden un culto tal que no piden verle; saben que es un ser sin parangón con los demás mortales. Sólo estas personas que han superado completamente su orgullo al someterse a su amo, perciben cuándo el rey se acerca y cuándo está presente. La obra gira en torno al despertar religioso, podríamos decir, a la humillación, la subyugación de la esposa del rey, Sudarshana. Al principio se la presenta como una reina orgullosa, que lamenta la crueldad de su marido, con el que sólo puede reunirse en una habitación que siempre está a oscuras. Ella anhela verle, para saber si es atractivo, y como consecuencia de este anhelo se enamora de otro rey, al que conoce en el mundo exterior y al que confunde con su marido. Sólo cuando este error la ha llevado a la completa desesperación, cuando se siente totalmente humillada y degradada y se ha despojado de su orgullo, puede reconciliarse con su verdadero marido, ante el que se inclina con total servitud. Es decir, sólo cuando la reina Sudarshana se ha rebajado al nivel de la sirvienta Surangama puede alcanzar la iluminación. La obra acaba cuando ella se da. cuenta de que el rey le ha otorgado todo lo que tiene valor real, y entonces él puede decirle: «Ven, ven conmigo ahora, vamos fuera... ¡a la luz!» La parte de la obra traducida por Wittgenstein y Smythies es una conversación entre Surangama y Sudarshana en la que la sirvienta intenta explicarle a la reina cómo se volvió totalmente devota del rey, a pesar de no haberle visto nunca y haberle causado un gran sufrimiento cuando desterró a su padre del reino. Cuando el rey exilió a su padre, pregunta la reina, ¿no se sintió Surangama amargamente oprimida? «Me puse furiosa», replica la sirvienta:

Estaba en el camino de la ruina y la destrucción: cuando ese camino se me cerró, me pareció que me había quedado sin apoyo alguno, sin ayuda ni cobijo. Deliré y rabié, como un animal salvaje en una jaula: en mi cólera impotente quería hacer pedazos a todo el mundo.

« ¿Pero cómo pudiste convertirte en devota de un rey que te había hecho todo eso?» pregunta Sudarshana. « ¿Cuándo tuvo lugar este cambio en tus sentimientos?» «No sabría decírtelo», replica:

Yo misma no lo sé. Llegó un día en que toda la rebeldía que había en mí se supo derrotada, y entonces toda mi naturaleza descendió hasta el polvo en humilde resignación. Y a continuación vi.... vi que él era tan incomparable en belleza como lo era en espanto. Estaba salvada, estaba rescatada.

La traducción que hizo Wittgenstein de Tagore podría leerse provechosamente en conjunción con sus clases acerca de las creencias religiosas, pues, en los pasajes que tradujo, Tagore expresa el ideal religioso del propio Wittgenstein. Es decir, que, al igual que Surangama, Wittgenstein no deseaba ver a Dios ni encontrar razones de su existencia. Creía que si se vencía a si mismo si llegaba un día en que toda su naturaleza descendiera «hasta el polvo en humilde resignación», entonces Dios, como si dijéramos, llegaría hasta él; estaría salvado. En sus clases acerca de las creencias religiosas, se concentra sólo en la primera parte de esta convicción: el rechazo de la necesidad de tener razones para creer en la religión. En su rechazo de la aplicación del pensamiento científico, estas clases forman una unidad con las que versan sobre estética. También podrían verse como una elaboración de su observación a Drury: «Entre Russell y los curas han hecho un daño infinito, infinito.» ¿Por qué emparejar a Russell con los curas en su condena? Porque ambos alentaban la idea de que la justificación filosófica de las creencias religiosas es necesaria para que tales creencias posean alguna credibilidad. Tanto el ateo, que se mofa de la religión porque no ha encontrado pruebas de sus dogmas, como el creyente, que intenta probar la existencia de Dios, caen víctimas de lo «otro»: de idolatrar el pensamiento científico. Las creencias religiosas no son análogas a las teorías científicas, y no deberían ser ni aceptadas ni rechazadas siguiendo el mismo criterio. El tipo de experiencia capaz de hacer que un hombre sea religioso, insiste Wittgenstein, no tiene nada que ver con la experiencia de extraer una conclusión de un experimento, ni de extrapolarla a partir de una serie de datos. Toma como ejemplo a alguien que sueña con el juicio Final, y que dice que sabe cómo será:

Supongamos que alguien dice: «Ésa es una prueba muy pobre.» Yo diría: «Si la quieres comparar con la evidencia de que va a llover mañana, no es una prueba en absoluto.» Puede que forzando el razonamiento consiga que tal cosa parezca una prueba. Pero puede que como prueba sea aún algo más ridículo. Pero entonces, yo podría decir: «Basa usted su creencia en una prueba sumamente débil, por decirlo suavemente.» ¿Por qué debería ver este sueño como una evidencia, midiendo su validez como si midiera la validez de la evidencia de que va a ocurrir un fenómeno meteorológico? Si lo comparamos con lo que en el terreno de la ciencia denominamos prueba, no podemos darle crédito a nadie que diga en serio: «Bueno, tuve ese sueño... por tanto... El juicio Final.» Podría decir: «Como patochada, es demasiado grande.» Si de pronto anotaras números en la pizarra y luego dijeras: «Ahora, voy a sumar», y a continuación dijeras: «2 y 21 son 13», etc., yo diría: «Esto no es una patochada.»

Acerca de la cuestión de cómo debemos aceptar o rechazar las creencias religiosas, y de qué hemos de creer en relación a cosas como la existencia de Dios, el juicio Final, la inmortalidad del alma, etc., en estas clases Wittgenstein se muestra un tanto evasivo:

Supongamos que alguien dijera: « ¿En qué crees, Wittgenstein? ¿Eres un escéptico? ¿Sabes si sobrevivirás a la muerte?» Yo diría, y es un hecho: «No lo puedo decir. No lo sé», porque no tengo una idea clara de lo que digo al decir «Yo no ceso de existir», etc.

Resulta claro a partir de observaciones escritas en otros lugares (por ejemplo en sus observaciones escritas cuando viajaba en barco a Bergen y citadas anteriormente), que creía que si pudiera llegar a creer en Dios y en la Resurrección sólo con que pudiera darles algún significado a la expresión de estas creencias no sería porque había encontrado ninguna prueba, sino porque había sido redimido. Y aun así existe una duda persistente e inoportuna en relación con cómo Wittgenstein esperaba o tenía la esperanza de que tuviera lugar esta redención: si, por así decirlo, estaba en manos de Dios. Acerca de esta importante cuestión, El rey del salón oscuro, al igual que Wittgenstein, se muestra ambiguo. Una vez que Sudarshana ha sido salvada, le dice al rey: «No sólo eres hermoso, mi señor..., ¡sino que estás más allá de cualquier comparación!» A lo cual el rey replica: «Aquello que puede ser comparable a mí está dentro de ti misma.» «Si esto es así», dice Sudarshana, «entonces eso también está más allá de toda comparación.»

Tu amor vive dentro de mí: tú te reflejas en ese amor, y ves tu cara reflejada en mí: nada de eso es mío, es todo tuyo.

Y, aun con todo, en los demás momentos de la obra es el rey quien sostiene el espejo. Aquellos que creen que es feo, se nos dice, lo creen porque se imaginan al rey según la imagen de ellos mismos que ven reflejada allí. Y de este modo uno querría preguntar si «eso que está más allá de toda comparación» está dentro de nosotros o no. ¿Qué tenemos que hacer a fin de verlo: lustrar el espejo que es nuestro yo de manera que ello pueda reflejarse, o mirar el espejo con los ojos bien abiertos y verlo reflejado en nosotros mismos? Quizá aquí podamos arremeter contra los límites del lenguaje significativo e ir más allá de la aplicabilidad de la Ley del Tercio Excluso o la Ley de Contradicción.' Quizá este «ello» esté y no esté al mismo tiempo dentro de nosotros, y para encontrarlo debamos buscar en nuestro interior y reconocer nuestra dependencia de algo, de algún poder fuera de nosotros.

Quizá la diferencia entre permitir que ese «ello» se refleje en nosotros y encontrarlo en el reflejo de nosotros no sea tan grande como parece. En ambos casos debemos eliminar la suciedad que oscurece el reflejo. A este respecto Wittgenstein se esforzó con energía, lustrando hasta eliminar la más mínima mota, decidido a no dejarse pasar ni la más mínima falta. En octubre de 1938, por ejemplo, le escribió a la suegra de George Thomson excusándose por una trasgresión de una importancia realmente nimia:

Querida Mrs. Stewart: Debo disculparme por algo que le he dicho hoy en la oficina de Miss

1. La Ley del Tercio Excluso afirma que una proposición o su negación deben ser ciertas; la Ley de Contradicción afirma que ambas no pueden ser ciertas.

(…)Pate y que no es cierto. Dije que había visto a Mrs. Thomson recientemente en Birmingham; y sólo cuando llegué a casa esta noche se me ocurrió que no era cierto en absoluto. Hace unas semanas estuve en Birmingham, me alojé en casa de los Baclitin e intenté ver a Mrs. Thomson, charlamos por teléfono, pero no pude verla. Cuando hablé con usted esta tarde, lo que tenía en la cabeza era que había visto a Mrs. Thomson en su casa antes de que se fuera a Birmingham. Por favor, perdone mi estupidez. Sinceramente suyo, L. Wittgenstein

En el contexto de esta búsqueda de la redención mediante el desmantelamiento de su orgullo, la obra filosófica de Wittgenstein ocupa un lugar curiosamente ambivalente. Por un lado, sin duda participa de las mismas actitudes que dirigieron esa búsqueda. Por otro, ella misma era su mayor fuente de orgullo. Aunque intentaba repetidamente excluir de su obra cualquier tipo de orgullo y escribir, tal como lo expresaba, «para la gloria de Dios» en lugar de producto de su vanidad, una y otra vez nos encontramos con que era su obra filosófica, más que cualquier otra cosa, lo que despertaba aquello que Russell había calificado de su «orgullo de Lucifer». En el verano de 1938 preparaba la publicación de un texto basado en la obra escrita en Noruega. El texto mecanografiado constituye la versión más primitiva de las Investigaciones Filosóficas. «Por más de una razón», escribió en el prefacio,

Lo que publico aquí tendrá puntos de contacto con lo que escriben otras personas hoy en día. Si mis observaciones no poseen un sello que las identifique como mías, no deseo seguir reclamando su propiedad.

Y aun así, el que fuera de su propiedad era enormemente importante para él, y el hecho de que Carnap, Braithwaite, Waismann, Ambrose y otros hubieran publicado ideas que procedían de las suyas era precisamente la razón por la que ahora se disponía a editarlas. En un prefacio posterior llegó a admitir que:

Me daba cuenta de que mis resultados (que había transmitido en conferencias, textos mecanografiados y discusiones), estaban en circulación diversamente malentendidos, más o menos aguados o mutilados. Ello instigó mi vanidad y tuve dificultades para aquietarla.

Pero si su orgullo era el origen de su deseo de publicar, también evitaba que lo hiciera. En septiembre ofreció el libro a Cambridge University Prés, que consintió en publicar el original alemán con una traducción inglesa paralela. Aproximadamente un mes más tarde, sin embargo, la editorial se enteró de que Wittgenstein no estaba muy seguro de su publicación y de que el proyecto había sido aplazado.

Las dudas de Wittgenstein se debían a dos razones. Una, la más importante, era que cada vez estaba más insatisfecho con la segunda mitad del libro, que trataba de la filosofía de las matemáticas. La otra tenía que ver con los problemas de traducción de su libro. Siguiendo la recomendación de Moore, Wittgenstein le pidió a Rush Rhees que se encargara de la traducción. Era una tarea formidable, no a causa de que el alemán de Wittgenstein fuera difícil (de la manera como, por ejemplo, es difícil el alemán de Kant), sino porque el lenguaje de Wittgenstein posee esa cualidad singularmente extraña de, ser al mismo tiempo coloquial y esmeradamente preciso. Rhees trabajó en la traducción durante todo el primer trimestre académico de 1938. Durante esa época se reunía regularmente con Wittgenstein para tratar los problemas que surgían. En enero de 1939 tuvo que abandonar Cambridge para visitar Estados Unidos, de modo que le dejó a Wittgenstein una copia mecanografiada de su trabajo. Este, que no solía quedar complacido cuando los demás intentaban exponer sus ideas, se quedó horrorizado por lo que vio. En esa época, la cuestión de tener una edición inglesa decente de su obra había adquirido una importancia que iba más allá de sus planes de publicación. Por aquel entonces había decidido solicitar la cátedra de filosofía, que había quedado vacante tras la dimisión de Moore, y quería remitir la parte traducida de su libro en apoyo a su solicitud. En cualquier caso, estaba convencido de que no le elegirían, primero porque entre los otros aspirantes se encontraba John Wisdom a quien, estaba seguro, le concederían la plaza, y segundo debido a que uno de los miembros del tribunal era R. G. Collingwood, de Oxford, que, no le cabía duda alguna, debía de sentir poca simpatía hacia su obra. Pero había un hecho que compensaba de sobra estas dos desventajas: otro de los miembros del tribunal era John Maynard Keynes. Wittgenstein se apresuró a mejorar la traducción de Rhees a tiempo para que Keynes leyera la versión inglesa. «No tengo ni que decir que todo el asunto es absurdo», le escribió a Moore, «pues no le encontraría ni pies ni cabeza por muy buena que fuera la traducción.» Probablemente le habrían concedido la cátedra con o sin el apoyo de Keynes, y sin considerar tampoco la calidad de la traducción. En 1939 se le reconocía como el genio filosófico señero de su época. «Negarle la cátedra a Wittgenstein», dijo C. D. Broad, «habría sido como negarle a Einstein una cátedra de física.» El propio Broad no era un gran admirador de la obra de Wittgenstein; simplemente afirmaba un hecho. El 11 de febrero Wittgenstein fue debidamente elegido catedrático. Inevitablemente, se trataba de una ocasión en la que expresar y condenar el orgullo. «Haber obtenido la cátedra es muy halagador y todo eso», le escribió a Eccles, «pero muchísimo mejor habría sido conseguir un empleo de abrir y cerrar un paso a nivel. No es que mi nuevo puesto me entusiasme (aunque a veces alimenta mi vanidad y mi estupidez).» Esto, a su vez, fue de gran ayuda a la hora de conseguir la ciudadanía británica, y el 2 de junio de 1939 recibió su pasaporte inglés. Por muy poco liberal que fuera su política de admisión de judíos austríacos, el gobierno británico no podía rechazarle la ciudadanía a un catedrático de filosofía de la Universidad de Cambridge.

Más serios que los problemas de traducción, en lo que se refería a la publicación de las observaciones de Wittgenstein, era su insatisfacción con lo que había escrito acerca de la filosofía de las matemáticas. En los tres trimestres de 1939 dedicó una serie de clases al tema. Hasta cierto punto, el enfoque es similar a las clases del año anterior acerca de estética y creencias religiosas, sólo que ahora son Russell y los lógicos quienes han hecho un daño infinito, y las matemáticas han de ser rescatadas de las garras de los teorizantes filosóficos. La estrategia de estas clases, de hecho, se había anunciado en las primeras clases sobre estética, cuando, al abordar la Prueba Diagonal de Cantor, expresó cuánto la aborrecía y su opinión de que sólo el «hechizo» de tales demostraciones (presumiblemente se refería a la fascinación que uno siente ante el hecho de que se pueda probar que existe un número infinito de cardinales infinitos y distintos) era lo que les daba interés. Dijo: «Haré todo lo posible para sacar a la luz los efectos de este hechizo y todo aquello que suele asociarse a la palabra "matemáticas"»:

Al tratarse de las matemáticas... parece incontrovertible que eso le da un hechizo aún mayor. Si explicamos todo lo que rodea a la expresión, veremos que la cosa podría haberse expresado de una manera completamente distinta. Puedo expresarlo de un modo en el que perderá su hechizo para un gran número de personas, y ciertamente perderá su hechizo para mí.

El objetivo, por tanto, era reinterpretar las matemáticas: volver a exponerlas de tal manera que el reino matemático que había revelado la Prueba de Cantor fuera presentado no como un mundo fascinante a la espera del descubrimiento de los matemáticos, sino como una marisma, un cenagal de confusiones filosóficas. El matemático Hilbert había dicho una vez: «Nadie va a expulsarnos del paraíso que Cantor ha creado.» «Yo diría», dijo Wittgenstein a sus alumnos, «que ni se me pasaría por la cabeza intentar sacar a alguien de ese paraíso»:

Haría algo bastante distinto: intentaría mostrar que no es un paraíso, de manera que pudiera abandonarse por voluntad propia. Yo diría: «Bienvenido a esto; simplemente mira a tu alrededor.»

Las clases sobre matemáticas forman parte del ataque general de Wittgenstein contra la idolatría profesada a la ciencia. De hecho, consideraba esta campaña como la parte más importante de esa lucha. «No hay ninguna confesión religiosa», escribió una vez, «en la que el mal uso de las expresiones metafísicas haya sido responsable de tantos pecados como lo ha sido en las matemáticas.» El «hechizo» ejercido por los metafísicos de las matemáticas era incluso más poderoso que el ejercido por libros como El universo misterioso, de Jeans, e incluso una influencia más poderosa a la hora de adorar a la ciencia. Y la adoración de la ciencia, según Wittgenstein, era el síntoma más significativo, quizá incluso una de las causas que más había contribuido a la decadencia de nuestra cultura. Así pues, su tarea era destruir la metafísica. Una característica de esta serie de clases es que, al intentar llevar a cabo su tarea, y contrariamente a lo que había hecho anteriormente, aborda las matemáticas sin ningún tipo de complejidad técnica. Por ejemplo, y a diferencia de lo que había hecho en 19321933, no leía en voz alta extractos del libro de Hardy Curso de matemática pura; ni tampoco, tal como había hecho en la Gramática filosófica, somete demostraciones concretas (como por ejemplo la Demostración de la Ley Asociativa de Skolem) a un análisis riguroso y detallado. Los detalles técnicos son completamente eliminados. Cuando discute la Paradoja de Russell, por ejemplo, lo hace de un modo que, desde un punto de vista matemático, resulta extraordinariamente primitivo:

Tomemos la contradicción de Russell. Hay conceptos que denominamos predicados: «hombre», «silla» y «lobo» son predicados, pero «Jack» y «John» no. Algunos predicados se representan a sí mismos y otros no. Por ejemplo, «silla» no es una silla, «lobo» no es un lobo, pero «predicado» es un predicado. Se podría decir que esto son tonterías. Y en cierto modo lo son,

Esta falta de complejidad tiene, creo yo, un propósito propagandístico. El uso de un lenguaje despreocupado y cotidiano por parte de Wittgenstein al abordar los problemas de la lógica matemática, y el calificar de «tonterías» esos problemas en los términos en que se habían planteado hasta entonces, sirve de antídoto contra la seriedad y formalidad con que los han tratado aquellos que se han dejado engañar por su «hechizo» (él mismo, por ejemplo, en 191l). Pero también ocurría que, para los problemas que él deseaba debatir, los detalles técnicos eran irrelevantes. «Todos los enigmas que abordaré», dijo en su primera clase, «pueden ejemplificarse mediante las matemáticas más elementales, con cálculos que podemos aprender desde los seis a los quince años, o con los que podríamos haber aprendido fácilmente, por ejemplo, la Prueba de Cantor.» Esta serie de clases son de destacar porque entre los asistentes se encontraba uno de los exponentes más capacitados del punto de vista que Wittgenstein estaba atacando, y también uno de los más grandes matemáticos del siglo: Alan Turing. Durante el segundo trimestre académico del curso 19381939, Turing también dio una serie de clases bajo el título de «Fundamentos de las matemáticas». No podían haber sido más distintas de las de Wittgenstein. El curso de Turing era una introducción a la disciplina de la lógica matemática, en el que adentraba a sus alumnos en la técnica de probar teoremas matemáticos desde el interior de un sistema lógico estrictamente axiomático. Temiendo que alguien pensara que sus clases tenían algo que ver con los Fundamentos de las matemáticas» en este sentido, Wittgenstein anunció:

Otra idea podría ser que yo fuera a dar clases acerca de una rama concreta de las matemáticas denominada «los fundamentos de las matemáticas». Existe tal rama, y de ella tratan los Principia Mathematica, etc. No voy a hablar de esto. No sé nada del tema; prácticamente sólo conozco el primer volumen de los Principia Mathematica.

No menciona el hecho de que durante una época se pensara en él (era idea de Russell y suya) como responsable de reescribir partes de los Principia. Sus clases de entonces tenían relación con esa rama de las matemáticas sólo en el sentido de que intentaban socavar la base de su existencia, e intentaban mostrar que: «Los problemas matemáticos de lo que se denominan fundamentos ya no son para nosotros los fundamentos de las matemáticas más de lo que una roca pintada es el pilar de una torre pintada.» Con frecuencia las clases se convertían en un diálogo entre Wittgenstein y Turing, el primero atacando la importancia de la lógica matemática y el segundo defendiéndola. De hecho, la presencia de Turing se volvió tan esencial al tema de la discusión que cuando anunciaba que no asistiría a alguna clase, Wittgenstein les decía a sus alumnos que, por tanto, la clase sería «un tanto parentética». La técnica de Wittgenstein no era reinterpretar ciertas pruebas en concreto, sino redescribir la totalidad de las matemáticas de tal manera que la lógica matemática apareciera como la aberración filosófica que él creía que era, y disolviendo enteramente la imagen de las matemáticas como una ciencia que descubre hechos acerca de los objetos matemáticos (números, series, etc.). «Una y otra vez», decía, «intentaré mostrar que lo que se denomina un descubrimiento matemático haría mejor en llamarse una invención matemática.» Según esta opinión, no había nada que el matemático pudiera descubrir. Una demostración matemática no establece la verdad de una conclusión; en lugar de eso fija el significado de ciertos signos. La «inexorabilidad» de las matemáticas, por tanto, no consiste en un cierto conocimiento de las verdades matemáticas, sino en el hecho de que las proposiciones matemáticas son gramaticales. Negar, por ejemplo, que dos y dos son cuatro no es estar en desacuerdo con una visión ampliamente compartida de un hecho; es mostrar ignorancia acerca del significado de los términos implicados. Es de presumir que Wittgenstein creía que si era capaz de convencer a Turing de que viera las matemáticas bajo esta perspectiva, podría convencer a cualquiera. Pero no iba a convencer a Turing. Para él, al igual que para Russell y para la mayoría de matemáticos profesionales, la belleza de las matemáticas, su mismísimo «hechizo», residía precisamente en su poder de proporcionar, en un mundo por otro lado incierto, verdades irrebatibles. (« ¡Irrefutabilidad, tu nombre es matemáticas!», tal como lo expresó una vez W. V. Quine.) Al preguntarle en cierto momento si entendía lo que Wittgenstein estaba diciendo, Turing replicó: «Lo entiendo, pero no estoy de acuerdo en que sea una simple cuestión de dar nuevos significados a las palabras.» A esto, Wittgenstein un tanto extravagantemente comentó:

Turing no pone objeciones a nada de lo que digo. Está de acuerdo con cada palabra. Pone objeciones a la idea que hay debajo. Cree que estamos socavando las matemáticas, introduciendo el bolchevismo en las matemáticas. En absoluto.

Era muy importante para la concepción que Wittgenstein tenía de su método filosófico que no hubiera desavenencias de opinión entre él y Turing. En su filosofía no proponía ninguna tesis, de manera que, ¿cómo se podía estar en desacuerdo con él? Cuando Turing una vez utilizó la frase: «Veo adónde quiere ir a parar», Wittgenstein reaccionó enérgicamente: «Yo no quiero ir a parar a ninguna parte.» Si Turing ponía objeciones a lo que decía Wittgenstein, sólo podía ser porque utilizara palabras de manera distinta de como lo hacía este último: solamente podía ser una cuestión de dar significados a las palabras. 0, por contra, sólo podía ser una cuestión de que Turing no entendiera la manera como Wittgenstein utilizaba ciertas palabras. Por ejemplo, Turing solía decir que en matemáticas se podían hacer experimentos, es decir, que se podía llevar a cabo una investigación matemática con el mismo espíritu con el que se hacía un experimento en física. «No sabemos qué puede resultar de todo esto, pero veamos ... » Para Wittgenstein, esto era bastante imposible; toda la analogía entre las matemáticas y la física era completamente errónea, y una de las fuentes más importantes de las confusiones que deseaba desenmarañar. Pero ¿cómo iba a dejarlo claro sin oponer ninguna concepción propia a la concepción de Turing? Tenía que: a) hacer que Turing admitiera que los dos utilizaban la palabra «experimento» en el mismo sentido; y b) hacerle ver que, en ese sentido, los matemáticos no hacen experimentos.

Turing cree que él y yo estamos utilizando la palabra «experimento» de dos maneras distintas. Pero voy a mostrar que esto es falso. Es decir, creo que si pudiera explicarme con claridad, entonces Turing dejaría de decir que en matemáticas hacemos experimentos. Si pudiera disponer ciertos hechos bien conocidos en el orden adecuado, entonces quedaría claro que Turing y yo no utilizamos la palabra «experimento» de manera distinta. Podríais decir: «¿Cómo es posible que haya un malentendido tan difícil de eliminar?» En parte puede explicarse por una diferencia de educación.

También podría explicarse por el hecho de que Turing rehusaba abandonar su paraíso matemático, o porque sospechaba que Wittgenstein era un bolchevique. Lo que no podía explicarse, en opinión de Wittgenstein, era que hubiera una sustancial diferencia de opinión. «Obviamente», le dijo a su clase, «todo consiste en que yo no debo tener una opinión.» Sin embargo, estaba bastante claro que Wittgenstein tenía opiniones muy firmes: opiniones que, además, estaban en desacuerdo con la concepción que la mayoría de matemáticos profesionales tenían del tema. Su insinuación de que Turing le encontraba sospechoso de «introducir el bolchevismo en matemáticas» es una alusión al ensayo escrito en 1925 por Frank Ramsey con el título de «Los fundamentos de las matemáticas», en el que hablaba de rescatar las matemáticas de la «amenaza bolchevique» de Browuer y Wcyl, quienes, en su rechazo de la Ley del Tercio Excluso, habían considerado ilegítimas ciertas demostraciones corrientes del análisis convencional. A Turing, sin embargo, debía de haberle parecido que el bolchevismo de Wittgenstein era bastante extremista. Después de todo, no era la Ley del Tercio Excluso lo que Wittgenstein desafiaba, sino el principio de contradicción. Todas las corrientes de pensamiento convencionales en el campo de los fundamentos de las matemáticas logicismo, formalismo e intuicionismo están de acuerdo en que si un sistema tiene en su seno una contradicción oculta, entonces hay que rechazarlo con el argumento de que no es consistente. De hecho, todo el asunto de proporcionarles a las matemáticas unos sólidos fundamentos lógicos tenía que ver con que el cálculo, tal como se considera tradicionalmente, es manifiestamente inconsistente. En sus clases, Wittgenstein ridiculizaba esa preocupación por las «contradicciones ocultas», y era a eso a lo que Turing oponía su desacuerdo más enérgico y obstinado. Tomemos el caso de la paradoja del mentiroso. Wittgenstein sugería:

En cierto modo, resulta muy extraño que esto haya desconcertado a nadie, mucho más extraordinario de lo que se podía pensar: que esto sea algo que preocupe a los seres humanos. Porque la cosa funciona así: si un hombre dice: «Estoy mintiendo», decimos que de ello se sigue que no está mintiendo, y que de ello se sigue que está mintiendo, etcétera. Bueno, ¿y qué? Se puede seguir así hasta que la cara se vuelva negra. ¿Por qué no? No importa.

Lo que es desconcertante de esta paradoja, intentaba explicar Turing, es «que uno generalmente utiliza una contradicción como criterio cuando ha hecho algo erróneamente. Pero en este caso no se puede encontrar nada erróneo». Sí, replicaba Wittgenstein, porque no se ha hecho nada erróneamente: «Uno podría decir»: "Esto sólo puede explicarse mediante una teoría de tipos." ¿Pero qué es lo que hay que explicar?» Estaba claro que Turing tenía que explicar no sólo por qué era desconcertante, sino por qué era importante. El verdadero perjuicio causado por un sistema que contiene una contradicción, sugería, «no aparecerá hasta que se aplique, en cuyo caso podría caerse un puente u ocurrir algo de ese tipo». En la siguiente clase regresó a la lucha, y pasaron casi toda la clase debatiendo la importancia de las «contradicciones ocultas»:

Turing: Su cálculo no puede aplicarse con confianza hasta que sepa que no contiene ninguna contradicción oculta. Wittgenstein: Me parece que aquí hay un inmenso error. Pues su sistema de cálculo da ciertos resultados, y usted quiere que el puente no se caiga. Yo diría que las cosas pueden ir mal sólo en dos aspectos: o que se caiga el puente o que se haya equivocado al calcular; por ejemplo, que haya multiplicado mal. Pero usted parece creer que puede haber un tercer error: el sistema de cálculo es erróneo.

Turing: No. A lo que yo me opongo es a que se caiga el puente. Wittgenstein: Pero ¿cómo sabe que se caerá? ¿No es ésa una cuestión de física? Podría ser que si uno arrojara un dado a fin de calcular el puente, éste nunca se cayera. Turing: Si uno coge el simbolismo de Frege y le da a alguien la técnica de multiplicar que contiene, entonces, utilizando la Paradoja de Russell, podría hacer una multiplicación errónea. Wittgenstein: Eso sería algo que no podríamos llamar multiplicación. Déle una regla para multiplicar, y cuando llegue a cierto punto podrá ir en dos direcciones, y una le llevará por un camino totalmente erróneo.

«Parece usted decir», sugirió Turing, «que si uno utiliza un poco de sentido común, no se mete en líos.» «No», tronó Wittgenstein, «eso NO es en absoluto lo que yo quiero decir.» En lugar de eso, lo que quería dar a entender era que una contradicción no puede hacer que uno se extravíe, pues no conduce a ninguna parte. Uno no puede hacer un cálculo erróneo con una contradicción, pues simplemente no puede utilizarla para calcular. Uno no puede hacer nada con las contradicciones, excepto perder el tiempo devanándose los sesos ante ellas. Después de dos clases más, Turing dejó de asistir, convencido sin duda de que si Wittgenstein no admitía que una contradicción era una mácula fatal en un sistema matemático, entonces no había nada en común entre ellos. De hecho, debía de necesitarse bastante coraje para asistir a esas clases como único representante de todo lo que Wittgenstein atacaba, rodeado de los acólitos de éste y viéndose obligado a discutir los temas de una manera que le era poco familiar. Andrew Hodges, en su excelente biografía de Turing, expresa sorpresa ante lo que él considera apocamiento por parte de Turing durante esas discusiones, y lo ofrece como ejemplo del hecho de que, a pesar de las largas discusiones acerca de la naturaleza de una «regla» en matemáticas, Turing nunca ofreció una definición en los términos de las máquinas de Turing. Pero, seguramente, Turing se dio cuenta de que Wittgenstein habría desestimado esa definición como no pertinente; la discusión tenía lugar en un plano más fundamental. Wittgenstein atacaba no esta o esa definición, sino la mismísima motivación que daba origen a tales definiciones.

Con la segura excepción de Alister Watson, y la posible excepción de algún otro, es probable que muchos de los que asistían a esas clases no acabaran de comprender del todo lo que estaba en juego durante las discusiones entre Wittgenstein y Turing, ni acabaran de comprender cuán radicalmente las opiniones de Wittgenstein rompían con todo lo que se había escrito o dicho anteriormente sobre la filosofía de las matemáticas. Estas personas, por lo general, estaban más interesadas en Wittgenstein que en las matemáticas. Norman Malcolm, por nombrar a una de ellas, ha dicho que, aunque era consciente de que «Wittgenstein estaba haciendo algo importante», él «no entendió casi nada de las clases» hasta que volvió a estudiar sus apuntes diez años más tarde. Por entonces, Malcolm estaba preparando su tesis doctoral en Harvard, y había llegado a Cambridge en el primer trimestre académico de 1938 para estudiar con Moore, cayendo rápidamente bajo el hechizo de la personalidad de Wittgenstein. Es en su semblanza donde esa personalidad se describe de manera más memorable y (en opinión de muchos de los que conocieron a Wittgenstein) más exacta. Wittgenstein se mostró muy receptivo ante la amabilidad y la comprensión de Malcolm, y durante la breve estancia de éste en Cambridge los dos se hicieron buenos amigos. Cuando Malcolm regresó a Estados Unidos se convirtió, al tiempo que en apreciado corresponsal, en un inestimable suministrador de la revista favorita de Wittgenstein, la Detective Story Magazine de Street & Smith, en una epoca en que las revistas norteamericanas eran imposibles de conseguir en Inglaterra. Por qué Wittgenstein insistía y a buen seguro que insistía; cuando Malcolm le enviaba otra revista diferente, Wittgenstein le amonestaba amablemente, preguntándole por qué había intentado ser original en lugar de atenerse a «lo bueno, antiguo y ya puesto a prueba» en que le mandara la publicación de la editorial Street & Smith es un misterio: en esa época era casi imposible de distinguir de su más famoso rival: Black Mask. Ambas publicaban historias de duros detectives, escritas en su mayor parte por el mismo grupo de escritores, los más famosos de los cuales eran: Carroll John Daly, Norbert Davis, Cornell Woolrich y Erle Stanley Gardner. Raymond Chandler sólo publicó una historia en Street & Smith, una obra poco conocida titulada «Ningún crimen en las montañas», y en esa época Dashiell Hammett ya había dejado de escribir en ese tipo de publicaciones. En un aspecto, al menos, el ethos del detective duro coincide con el del propio Wittgenstein: ambos, de manera distinta, desacreditan la importancia de la «ciencia de la lógica», ejemplificada en un caso por los Principia Mathematica y en el otro por Sherlock Holmes. «No soy el tipo de detective que aparece en los libros de deducciones», explica Race Williams en una típica historia de la Street & Smith:

Soy un individuo que trabaja duro, que no se arredra ante nada, que puede reconocer un delito en cuanto lo ve y actuar en ese mismo minuto, en el mismo segundo o incluso en una décima de segundo si intervienen las pistolas.

Este individuo honesto, rápido en actuar y en disparar, guarda un obvio parecido con las películas del Oeste, y probablemente no es coincidencia que los westerns fueran las películas favoritas de Wittgenstein. A finales de los años treinta, sin embargo, su gusto se amplió para incluir los musicales. Le dijo a Malcolm que sus actrices favoritas eran Carmen Miranda y Betty Hutton. Agotado y disgustado por sus clases, después de éstas, invariablemente iba a ver una «peli» acompañado por Malcolm, Smythies o algún otro amigo de la clase. Siempre se sentaba en la primera fila, donde podía estar totalmente inmerso en la película. Le describió la experiencia a Malcolm como «parecida a una ducha», que arrastraba sus pensamientos de la clase. En esa época era costumbre tocar el himno nacional al Final de la película, momento en el cual el público debía levantarse y permanecer inmóvil en señal de respeto. Ésta era una ceremonia que Wittgenstein no podía soportar, y salía del cine antes de que comenzara. También encontraba insoportables los noticieros que se proyectaban entre película y película. A medida que se acercaba la guerra con Alemania y los noticieros se volvían más patrioteros y jingoístas, la cólera de Wittgenstein alimentaba. Entre sus papeles se encuentra un borrador de una carta dirigida a quienes los rodaban, acusándoles de ser «los mejores alumnos de Goebbels». Fue en esa época cuando acabó su amistad con Gilbert Pattisson, que duraba ya desde hacia diez años, pues percibió en éste una actitud hacia la guerra que le resultaba jingoísta. Su amistad con Norman Malcolm se vio amenazada por algo similar. Al pasar junto a un quiosco, vieron un periódico en el que se leía la noticia de que los alemanes acusaban a los ingleses de haber intentado asesinar a Hitler; Wittgenstein comentó que no le sorprendería que fuera cierto. Malcolm objetó. Un acto así, dijo, era incompatible con el «carácter nacional» inglés. Wittgenstein reaccionó airadamente ante ese «primitivo comentario»:

... de qué sirve estudiar filosofía si todo lo que consigue es permitir hablar con cierta plausibilidad acerca de algunas cuestiones abstrusas de lógica, etc. y si no mejora la manera de pensar acerca de las cuestiones importantes de la vida cotidiana, si no hace ser más concienzudo que cualquier... periodista en el uso de frases PELIGROSAS que tales personas utilizan para sus propios fines.

La herida se curó antes de que Malcolm regresara a Estados Unidos en febrero de 1940, pero durante un tiempo Wittgenstein abandonó su hábito de dar un paseo con Malcolm antes de las clases. Wittgenstein tenía razón al mostrarse cauto ante el sentimiento nacionalista antialemán que se esgrimía con prontitud ante la inminente guerra. El día en que ésta se declaró, el 3 de septiembre de 1939, él y Skinner estaban en Gales, visitando a Drury y alojados en un hotel en Pontypridd. A la mañana siguiente se le dijo que tenía que presentarse en comisaría, pues su apellido alemán había despertado las sospechas de la encargada del hotel. Por entonces ya era ciudadano británico, y no tuvo problemas para demostrarlo, aunque, tal como les dijo a Skinner y a Drury, en el futuro tendria que ir con mucho cuidado. Durante los dos primeros años de la guerra, Wittgenstein fue obligado a seguir dando clases en Cambridge, a pesar de sus arduos esfuerzos por encontrar un trabajo alternativo relacionado con el esfuerzo de guerra, como unirse a la brigada de salvamento. En septiembre de 1937, cuando las cosas no le iban bien en su trabajo, se instó a sí mismo a hacer otra cosa. Pero «¿cómo encontraría las fuerzas para hacer ahora algo distinto», había preguntado, «a menos que me obliguen, como en la guerra?» Cuando llegó la guerra se encontró con que, lejos de obligarle a hacer otra cosa, se evitaba que la hiciera. Las puertas para que hiciera algo «útil» se cerraban ante su nombre alemán y su origen austríaco. Mientras proseguía dando clases en Cambridge y trabajando en la segunda mitad de su libro, anhelaba estar lejos de Cambridge y hallarse, de una manera u otra, involucrado en la lucha. «Siento que moriré lentamente si me quedo aquí», le dijo a John Ryle. «En lugar de eso preferiría arriesgarme a morir rápidamente.» Infructuosamente intentó disuadir a Malcolm de que siquiera una carrera académica (estaba seguro de que nunca se le ofrecería un puesto académico: era «demasiado serio»). En lugar de eso, ¿no podía Malcolm hacer alguna labor manual? ¿En un rancho o en una granja, digamos Malcolm declinó. Regresó a Harvard, leyó su tesis doctoral y aceptó un puesto docente en Princeton. En sus cartas, Wittgenstein repetía sus advertencias. Tras felicitar a Malcolm por su doctorado, le instaba a que hiciera buen uso de él y no engañara a los estudiantes: «Porque a menos que esté muy equivocado, eso es lo que se espera de usted.» Deseándole suerte en su puesto académico, de nuevo ponía énfasis en que, para Malcolm, la tentación de engañar a los alumnos sería abrumadora: «Sólo mediante un milagro será usted capaz de hacer un trabajo decente enseñando filosofía.»

Cuando la guerra estalló, el período de aprendizaje de Skinner en la Cambridge Instrument Company había acabado, y parece ser que intentó regresar al trabajo teórico. En una carta fechada el 11 de octubre de 1939, escrita desde Leds, menciona que está colaborando en un libro (se supone que en un libro de texto de matemáticas) con su antiguo tutor de matemáticas, Ursell. Es de presumir que el proyecto fue abandonado (al menos he sido incapaz de encontrar trazas de que se publicara un libro así). En la carta, Skinner habla de lo difícil que le resulta este tipo de trabajo, y menciona que pronto podría regresar a Cambridge para buscar un empleo. También alude a una especie de ruptura entre él y Wittgenstein, un problema en sus relaciones, del que, como es típico en él, asume toda la culpa:

Me siento infeliz por haberte dado motivos para escribir que tienes la sensación de que estoy lejos de ti. Es terrible por mi parte haber actuado de un modo que pudiera aflojar el vínculo que nos une. Para mí sería una catástrofe si algo le ocurriera a nuestra relación. Por favor, perdóname por lo que he hecho.

No dice qué había hecho, y sin duda no lo sabía; sólo sabía que estaba perdiendo el amor de Wittgenstein. Tras su regreso a Cambridge, él y Wittgenstein ya no vivían juntos: él en East Road y Wittgenstein en sus habitaciones predilectas en Whewell's Court. Tras la muerte de Skinner, Wittgenstein se recriminó repetidamente haberle sido infiel durante los dos últimos años de su vida. Una conjetura razonable es que esta culpa guarda relación con los sentimientos de Witgenstein hacia un joven de clase obrera colega de Skinner, Keith Kirk. Kirk, que por entonces tenía diecinueve años, trabajaba con Skinner de aprendiz, y se hicieron amigos cuando comenzó a interrogar a Skinner acerca de cuestiones matemáticas y mecánicas referentes a los instrumentos que utilizaban. Skinner, que era demasiado reticente como para ser un buen profesor, le presentó a Wittgenstein, y desde entonces Wittgenstein le dio a Kirk clases de física, matemáticas y mecánica regularmente para ayudarle en los exámenes profesionales del City and Guilds.* Para Kirk, estas clases impartidas por un profesor de Cambridge no eran sino una fuente de ayuda inesperada y en extremo bienvenida, y una oportunidad extraordinaria. A partir del diario de Wittgenstein, sin embargo, parece ser que éste pensaba en la relación más de lo que uno esperaría.

Veo a K una o dos veces por semana; pero dudo sobre si nuestra relación es la correcta. Ojalá sea genuinamente buena. [13 de junio de 1940.1

Todo el día ocupado en pensar acerca de mis relaciones con Kirk. En su mayor parte, muy insinceras e infructuosas. Si anotara esos pensamientos, se vería lo bajos y deshonestos... lo indecentes que son. [7 de octubre de 1940.1

[Nota: * El examen del City and Guilds era un examen de formación profesional de nivel muy alto, y quien lo aprobaba podía estar seguro de obtener un empleo muy bien remunerado. (N. del T.)-fin de la Nota]

A lo largo de 1940 y la primera mitad de 1941, Kirk acudió regularmente a las habitaciones de Wittgenstein en el Trinity para recibir clases gratuitas. Wittgenstein enseñaba sin libro de texto; en lugar de eso le hacía a Kirk una serie de preguntas y le obligaba a pensar el problema desde sus principios. De este modo, una lección podía comenzar con Wittgenstein preguntándole a Kirk qué sucede cuando el agua hierve ... : ¿Qué son las burbujas? ¿Por qué suben a la superficie?, etcétera. Lo mucho o poco que Kirk aprendiera de estas clases, por tanto, dependía en gran medida de su propia capacidad para pensar, y, al igual que en las clases de filosofía de Wittgenstein, con frecuencia había largos silencios. Sin embargo, y según Kirk, lo que aprendió en esas clases le ha acompañado desde entonces, y la manera de pensar enseñada por Wittgenstein le ha proporcionado un duradero beneficio. Kirk nunca tuvo la menor idea de que los sentimientos de Wittgenstein fueran otra cosa que los de un profesor que desea ofrecer ayuda. Tras las clases, de vez en cuando acompañaba a Skinner y a Wittgenstein al cine a ver una película del Oeste, pero, aparte de eso, no veía mucho a Wittgenstein fuera de esas clases particulares. Las lecciones finalizaron en 1941, cuando el Ministerio de la Guerra envió a Kirk a trabajar a Bournemouth, en el Departamento de Investigación Aérea. El traslado puso fin a los estudios para su examen del City and Guilds. Wittgenstein hizo lo que pudo para seguir en contacto con él. Una vez fue hasta Bournemouth para ver cómo le iba a Kirk, y cuando éste regresaba a Cambridge, Wittgenstein invariablemente se las arreglaba para verle. Fue durante una de estas últirnas visitas cuando Wittgenstein inquietó mucho a Kirk al informarle de que Francis había estado seriamente enfermo de la polio, y que le habían ingresado en el hospital. Unos pocos días más tarde, el 11 de octubre de 1941, Francis murió. La reacción inicial de Wittgenstein fue, de delicada contención. En cartas escritas a amigos informándoles de la muerte de Francis alcanza un tono de serena dignidad. A Hutt, por ejemplo, le escribió:

Mi querido Rowland: Tengo que darte terribles noticias. Hace cuatro días Francis cayó enfermo de poliomelitis y murió ayer por la mañana. Murió sin ningun dolor o lucha, enteramente en paz. Yo estuve con él. Creo que ha tenido una de las vidas más felices que conozco, y también la muerte más pacífica. Te deseo buenos y amables pensamientos. Como siempre, Ludwig

Sin embargo, para cuando llegó el funeral su contención había desaparecido. La hermana de Skinner ha descrito que se comportó como un «animal salvaje y asustado» durante la ceremonia, y recuerda que después de ésta rechazó ir a casa, y fue visto caminando por Letchworth con el doctor Burnaby, el tutor del Trinity, con un aspecto «bastante huraño».

En cualquier caso, no se le había recibido sin reservas en la casa paterna de Skinner. La familia de éste desconfió siempre de la influencia que había ejercido sobre un muchacho tan delicado, y su madre, que creía que su trabajo en la Cambridge Instrument Company había acelerado la muerte de Francis, se negó a hablar con Wittgenstein durante el funeral. Pero la culpa que Wittgenstein sentía en relación a la muerte de Francis nada tenía que ver con la manera en que le había influido. Tenía más que ver con asuntos interiores: con los sentimientos que Wittgenstein había experimentado hacia Francis durante los últimos años de su vida. El

28 de diciembre de 1941, escribió:

Pienso mucho en Francis, pero siempre con remordimiento por mi falta de amor; no con gratitud. Su vida y su muerte sólo parecen acusarme, pues durante los dos últimos años de su vida con frecuencia no le he amado, y en mi corazón le he sido infiel. Si él no hubiera sido tan ilimitadamente gentil y leal, no habría sentido ningún amor hacia él.

Inmediatamente tras este párrafo sigue discutiendo sus sentimientos por Kirk: «Veo a Keith con frecuencia, y realmente no sé lo que esto significa. Merecida decepción, angustia, preocupación, incapacidad para

amoldarme a un esquema vital.» Más o menos siete años más tarde, en julio de 1948, escribió: «Pienso mucho en la última vez que estuve con Francis; en la manera detestable en que me comporté; soy incapaz de ver cómo podré librarme de esta culpa.» El encaprichamiento de Wittgenstein por Kirk totalmente inexpresado, no reconocido y en absoluto recíproco ejemplifica en su forma más pura un rasgo que había caracterizado sus anteriores amores con Pinsent o Marguerite; a saber, una cierta indiferencia hacia los sentimientos de la otra persona. El hecho de que ni Pinsent ni Marguerite y desde luego tampoco Kirk estuvieran enamorados de él parece que no afectó su amor por ellos. De hecho, quizá era capaz de amarlos más fácilmente, pues podía conducir la relación de una manera segura, en el espléndido aislamiento de sus sentimientos. El solipsismo filosófico que una vez le había atraído, y al que atacaría en gran parte de su obra posterior (a la que caracterizó como un intento de enseñar a la mosca a salir de la botella que la encierra), tiene su paralelo en el solipsismo emocional que regía sus impulsos románticos. Con Francis tal aislamiento se veía amenazado, y, a la vista de la amenaza, Wittgenstein se había retraído, al igual que los puercoespines en la fábula de Schopenhauer, tras su espinoso exterior.

A veces Reeves intentaba hablar con Wittgenstein de filosofía, pero era característico de éste que no alentara su interés en este tema. Le hacía ver a Reeve que, contrariamente a la medicina, la filosofía era absolutamente inútil, y que a menos que uno se viera obligado a hacerlo, no tenía sentido dedicarse a ella.

"Hace usted un trabajo decente con la medicina", le dijo a Reeve; "dése por satisfecho con eso." "En todo caso", añadía maliciosamente, "es usted demasiado estúpido". Es interesante observar, sin embargo, que cuarenta años más tarde Reeve dijo que su pensamiento había estado influido por Wittgenstein en dos maneras distintas: primero, no olvidando nunca que las cosas son como son; y segundo, buscando comparaciones reveladoras a la hora de comprender cómo son.

Estas dos ideas son centrales en la filosofía posterior de Wittgenstein. Éste, de hecho, pensaba en la frase del obispo Butler: "Todas las cosas son lo que son, y no otra cosa", como lema para sus Investigaciones filosóficas. Y la importancia de las comparaciones reveladoras no sólo reside en el núcleo de la idea central de Wittgenstein de: "la comprensión que consiste en ver relaciones", sino que también era vista por Wittgenstein como la característica principal de su contribución a la filosofía.

Las conversaciones de Wittgenstein con Reeve, al igual que su ayuda a Gant y a Reeve para clarificar sus ideas acerca de la "conmoción", muestran que, aparte de hablar de filosofía, hay más maneras de ejercer una influencia filosófica. Wittgenstein impartía una manera de pensar y de comprender las cosas, no diciendo lo que la distinguía de las demás, sino mostrando cómo podía utilizarse para clarificar las propias ideas.