domingo, 6 de abril de 2008

Alianza de religiones

La Alianza de Religiones, de Fernando Peregrín en El Mundo
2006-dic-05

En Estambul -donde ha concluido el viaje del Papa a Turquía- en el curso de la ceremonia de entrega del informe final del Grupo de Alto Nivel (GAN) de la Alianza de Civilizaciones, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, tras aceptarlo, declaró solemnemente que «el problema no es el Corán, la Torah o la Biblia; el problema nunca es la fe, sino los creyentes, y cómo se comportan los unos con los otros».

Con esta asombrosa respuesta daba, al parecer, su conformidad a la no menos sorprendente aseveración que figura en el citado documento del GAN: «Es la política y no la religión la que crea el foso que separa Occidente y el mundo musulmán».

La sorpresa proviene por lo dudoso que resulta que el secretario general de la ONU olvide que los libros de verdades reveladas por las respectivas deidades son fuentes inagotables de caudalosos y turbulentos ríos de mitos y leyendas, plagados de reglas y aforismos morales y pródigos en incoherencias y ambigüedades tales que permiten a cada cual sacar suficiente agua para mover sus respectivos molinos.

Por otro lado, el asombro ante la simplista y errónea conclusión de los expertos del GAN proviene, fundamentalmente, de que muchas de las sociedades actuales, en vez de hacerse cada vez más laicas, parecen empeñadas en aceptar con entusiasmo y fervor las amalgamas alquimistas, propias de la Edad Media, hechas con la fe y la política.

Sobre todo en el mundo árabe-islámico, pues no hay apenas tradición jurídica de separación entre lo civil y lo religioso en la gran mayoría de las sociedades de musulmanes y que el laicismo es incompatible con la ley islámica, la cual, según las escuelas defensoras de la tradición ortodoxa, no permite la separación entre la Mezquita y el Estado.

Es más, en el informe del GAN se sostiene la opinión de que el secularismo tenía en realidad profundas raíces religiosas. Nos encontramos ante un documento muy poco crítico -hasta sutilmente apologético en ocasiones- con el papel que las religiones y, en particular, el islam, desempeñan en el mundo actual.

Porque a la vista del informe final del GAN no es extraño que más de un lector atento piense que el título de la iniciativa -inspirada o simple plagio del Diálogo entre Civilizaciones del ex presidente iraní Mohamed Jatami- del señor Rodríguez Zapatero es más bien inapropiado y que quizá hubiese sido mejor denominarla Alianza de Religiones.

Pues de religión sobre todo, y del islam más que de ninguna otra, se trata en el informe que se ha hecho público en Estambul. El término religión aparece 40 veces en el documento; religioso y sus derivados, 60; fe, 16; islam, 31; musulmán, 111; judío y sus derivados, en cinco y cristiano y sus derivados, en otros cinco contextos. Para que el lector tenga elementos de comparación, se puede señalar que la expresión derechos humanos aparece en 21 ocasiones y Democracia y sus derivados, sólo 12 veces.

Por ello sorprende tanto que el informe final del GAN sea más un flácido panfleto a favor de un «diálogo de religiones» que una guía o conjunto de recomendaciones para superar el subdesarrollo humano en el que está lamentablemente sumida una gran parte de los habitantes de la llamada civilización árabe-islámica. Para abordar esta mejora hubiese bastado que los expertos en civilizaciones del GAN se hubiesen leído los cuatro informes de Naciones Unidas sobre el desarrollo humano de los árabes.

Claro que para ello hubiese hecho falta más pensamiento crítico y menos relativismo cognitivo y ético, propio de un multiculturalismo de bazar de baratijas. Aceptemos que estos informes son muy severos y críticos con los países árabes, por lo que quizá no sea políticamente correcto citarlos a la hora de inventarse una Alianza de Civilizaciones que ignora que los países de musulmanes llevan siglos sin aportar ni una coma al avance del conocimiento que los seres humanos tenemos de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos, obvia el hecho de que gran parte de la culpa del subdesarrollo científico de esas sociedades se debe a la falta de libertad de pensamiento y niega la necesidad de la laicización del este mundo.

Estas y otras verdades sacrificadas por la Alianza de Civilizaciones en el altar del multiculturalismo posmoderno son realmente algunas de las más importantes que cavan y ahondan el foso entre el mundo musulmán y Occidente. ¿Exageraciones propias de un orgulloso eurocentrismo?

Para responder a esa descalificación ad hominem que tantas veces se ha utilizado como arma arrojadiza cada vez que se han denunciado las razones reales del subdesarrollo del mundo musulmán, baste un dato: el total acumulado de libros traducidos al árabe desde la época del califa Mamoon, hace ya casi 1.200 años, es de 10.000, aproximadamente la mitad de los que se traducen en España en un solo año.

Nadie hay tan obtuso como para negar que existe en el mundo musulmán un sentimiento generalizado de frustración y rabia ante la inferioridad científica y tecnológica, que se transforma en un anhelo popular por el nivel de vida, los bienes y ventajas económicas de Occidente (aunque no necesariamente por sus valores) y, a la vez, en un odio al representante máximo de la exhuberancia industrial occidental: EEUU. Ni nadie es tan inconsciente como para no ver en esta situación una olla a presión capaz de explotar del todo.

Mas a los occidentales solamente se les puede pedir que ayuden con lo que conocen y en lo que creen y confían, esto es, con el apoyo efectivo a la modernización de las sociedades de musulmanes mediante el laicismo, los valores de la Ilustración y la ética de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; el capitalismo modulado por el Estado de bienestar; la democracia, la ciencia y la tecnología.

Puede que haya otras vías reales y factibles, no utópicas, pero en Occidente o han sido un fracaso o no se conocen. Esto deberían saberlo bien los sabios del GAN de la Alianza de Civilizaciones.

Fernando Peregrín es ensayista de Epistemología y Filosofía e Historia de la Ciencia y autor de La ciencia árabe-islámica y su revolución pendiente
(2002).

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