lunes, 14 de abril de 2008

Biografía de Wittgenstein.1

Monk, Ray.

"Ludwig Wittgenstein".

Traducción: Damián Alou.

Editorial Anagrama.

Barcelona, marzo 1997, 2da.edición

Tit.Orig.: Ludwig Wittgenstein. The Duty of Genius.

Jonathan Cape. London 1990

547 pp

1ra. edición febrero 1994.

Al final:

Bibliografía Escogida. Con libros traducidos al español.

26 libros/arts. registrados de W. Notas de conferencias y

conversaciones. Una lista de cartas y otros escritos dispersos.

Índice Onomástico (de nombres) tratados en el libro.

Índice Analítico muy completo [un verdadero modelo en su género]

_________________________________________________________________

Cap.1 Trata sobre la infancia. Fue un niño dócil. Su primera preocupación filosófica versó sobre "la mentira para evitar perjuicios". Concluyo que era correcto hacerlo (según él cuenta). Desde 1903 a 1906 asistió a la Realschule de Linz, politécnico, durante el año 1905 coincidió con A. Hitler, aunque éste a pesar de tener parecida edad estaba dos cursos por detrás. El niño tenía talento para las cosas técnicas, construyó a los 10 años una máquina de coser y su familia creía que seguiría los pasos de su padre; sin embargo él no lo sentía así aunque no lo demostraba para no llevar la contra. (Comentario: Un niño dócil que contrasta con su automarginación y rebeldía posterior.)

[Fragmentos escaneados.

Si falta texto: (...).

Subtítulos que no están en el texto original: //]

/La casa de su hermana/

[pag. 226 …]

El regreso de Wittgenstein a Viena en el verano de 1926, por tanto, parece marcar el fin de un extrañamiento de su familia que se remonta al menos hasta 1913, fecha de la muerte de su padre. A su llegada a Viena se le ofreció una especie de terapia laboral que, contrariamente a su trabajo de jardinero, le imponía la obligación de colaborar con otras personas, a fin de ayudarle a regresar a la sociedad. Además le daría la oportunidad de poner en práctica sus firmes opiniones acerca de estética arquitectónica. Se le pidió, tanto por parte de su hermana Gratl como por parte de Paul Engelmann, que colaborara con éste en el diseño y la construcción de la nueva casa de Gratl.

Engelmann ya había llevado a cabo algunos trabajos para la familia Wittgenstein. Se había encargado de la renovación de la casa familiar de la Neuwaldeggergasse, y había construido para Paul Wittgenstein una habitación en la Alleegasse para que expusiera su colección de porcelana. A finales de 1925 Gretl le solicitó que fuera el arquitecto de una nueva casa en la ciudad, que sería construida en una parcela que había comprado en una de las zonas menos distinguidas de Viena, la Kundmanngasse, en el Distrito Tres de Viena (cerca de la escuela de magisterio en la que Wíttgenstein había estudiado). El proyecto rápidamente despertó el interés de éste, y durante su último año en Otterthal, siempre que regresaba a Viena, discutía con Gretl y Engelmann con mucha vehemencia e interés, de manera que a Engelmann le pareció que Wittgenstein comprendía los deseos de su hermana mejor que él mismo.

Los primeros planos fueron dibujados por Engelmann durante el último trimestre que Wittgenstein dio clases, pero cuando éste dejó Otterthal, le pareció natural invitarle a que se uniera a él como socio en el proyecto. A partir de entonces, dice Engelmann: «Él fue el arquitecto, no yo, y aunque la planta de distribución de la casa ya estaba hecha antes de que él se sumara al proyecto, considero que el resultado es un logro suyo y no mío.»

El plano definitivo está fechado el 13 de noviembre de 1926, y en él figura el sello: «P. Engelmann & L. Wittgenstein, Arquitectos.» Aunque jamás había estudiado arquitectura, y sólo colaboró en esta obra, hay indicios de que Wittgenstein comenzó a tomarse muy en serio esta denominación, y a ver en la arquitectura una nueva vocación, una nueva manera de volver a crearse a sí mismo. Durante años figuró en la guía de teléfonos de Viena como arquitecto profesional, y sus cartas de esa época están escritas en un papel de carta en el que se lee: «Paul Engelmann & Ludwig Wittgenstein, Arquitectos, Viena 111, Parkgasse 18.» De todos modos, [227] quizá tal cosa no sea más que otra afirmación de su independencia: la insistencia en un estatus de profesional independiente y el rechazo de que la obra arquitectónica para su hermana hubiera sido una simple sinecura.

Su papel en la concepción de la casa se centró primordialmente en el diseño de las ventanas, puertas, cerraduras y radiadores. Tal cosa no resulta tan marginal como puede parecer en un principio, pues precisamente estos detalles son los que otorgan su distintiva belleza a una casa que de otro modo sería bastante vulgar e incluso fea. La falta absoluta de cualquier decoración exterior ofrece una severa apariencia, mitigada sólo por la elegante proporción y meticulosa ejecución de los diseños de Wittgenstein.

De este modo, los detalles lo son todo, y Wittgenstein supervisó su construcción con una exactitud casi fanática. Cuando un cerrajero le preguntó: «Dígame, Herr Ingenieur, ¿realmente importa tanto un milímetro aquí o allí?» Wittgenstein rugió: « ¡Sí!» delante del hombre y no dijo nada más. Durante las discusiones con la empresa de ingeniería responsable de las altas puertas de cristal que Wittgenstein había diseñado, el ingeniero que llevaba las negociaciones se echó a llorar, desesperando de llegar a ejecutar alguna vez el encargo según los patrones de Wittgenstein. Se tardó un año en entregar los radiadores, aparentemente sencillos, pues nadie en Austria era capaz de construir lo que Wittgenstein tenía en mente. Las piezas fundidas de las partes se consiguieron en el extranjero, e incluso entonces lotes enteros fueron rechazados por inutilizables. Pero, tal como recuerda Hermine Wittgenstein:

"Quizá la prueba más reveladora de la inflexibilidad de Ludwig a la hora de conseguir unas proporciones exactamente correctas sea el hecho de que hiciera levantar tres centímetros el techo de una de las habitaciones, que era lo suficientemente grande como para ser una sala, justo cuando ya era casi hora de comenzar a limpiar la casa."

Gretl pudo mudarse a la casa a finales de 1928. Según Hermine, se ajustaba a ella como un guante; la casa era una extensión de la personalidad de Gretl para quien «ya desde su infancia, todo lo que la rodeaba tenía que ser original e imponente». Por su parte, sin embargo, Hermine tenía algunas reservas:

"... aunque yo admiraba la casa muchísimo, siempre supe que no quería ni habría podido vivir en ella. Me parecía más una residencia para dioses que para un pequeño mortal como yo, y al principio incluso tuve que superar una leve oposición interior a esa «lógica encarnada en casa», como yo la llamaba, a su perfección y a su monumentalidad."

Resulta fácil comprender ese ligero aborrecimiento. La casa fue diseñada prestando poca atención a las comodidades de los mortales ordinarios. Las cualidades de claridad, rigor y precisión que la caracterizan son [228] algo que uno buscaría en un sistema de lógica y no en un lugar de residencia. Al diseñar el interior, Wittgenstein hizo pocas concesiones al confort doméstico. Alfombras, candelabros y cortinas fueron severamente rechazados. Los suelos eran de una oscura piedra pulimentada, las paredes y el techo estaban pintados de un color ocre claro, el metal de las ventanas, los tiradores de las puertas y los radiadores quedaron sin pintar, y las habitaciones estaban iluminadas con bombillas desnudas.

Debido en parte a esta pura monumentalidad, y también en parte al triste destino de la propia Austria, la casa que había consumido tanto tiempo, energía y dinero ha tenido una historia desgraciada. Menos de un año después de que Gretl se mudara a ella, la Gran Depresión de 1929 (aunque de ninguna manera la dejó en la indigencia) la obligó a despedir a gran parte del personal que necesitaba para llevar la casa tal como se debía, y tenía que recibir a sus invitados no en la sala, sino en la cocina. Nueve años después, tras el Anschluss, huyó de los nazis para vivir en Nueva York, dejando la casa vacía al cuidado del único sirviente que le quedaba. En 1945, cuando los rusos ocuparon Viena, la casa fue utilizada como cuartel por los soldados rusos y como establo para los caballos, Gretl regresó en 1945 y vivió allí hasta su muerte, en 1958. La casa entonces pasó a ser propiedad de su hijo, Thomas Stonborough. Compartiendo las reservas de Hermine acerca de su idoneidad como residencia, Storiborough la dejó vacía durante muchos años hasta que, en 1977, la vendió a un constructor para que la demoliera. La salvó de este destino una campaña a favor de que se declarara monumento nacional, promovida por la Comisión Histórica de Viena, y ahora sobrevive como sede del departamento cultural de la Embajada de Bulgaria, aunque el interior ha sido sustancialmente alterado para adaptarse a este propósito. Si Wittgenstein la hubiera visto en su estado actual tabiques para formar habitaciones en L, paredes y radiadores pintados de blanco, el vestíbulo alfombrado y forrado de madera, probablemente habría preferido que la demolieran.

Mediante ese trabajo realizado para Gretl, Wittgenstein entró de nuevo en contacto con la sociedad vienesa, y, con el tiempo, con la filosofía. Mientras la casa de la Kundmanngasse era construida, Gretl y su familia continuaron ocupando la primera planta del Schönbrunn Palace. Su hijo mayor, Thomas, había regresado recientemente de Cambridge, y ahora estudiaba filosofía y letras en la Universidad de Viena. En Cambridge había conocido a una muchacha suiza llamada Marguerite Respinger, y la había invitado a Viena. Con ella Wittgenstein inició una relación que llegó a considerar, al menos, como preliminar al matrimonio, y que iba a durar hasta 1931. Ella fue, que se sepa, la única mujer de la que se enamoró.

/Keynes/

«Bueno, Dios ha llegado. Le encontré en el tren de las 5.15.»

De este modo anunciaba Keynes el regreso de Wittgenstein a Cambridge en una carta a Lidia Lopokova, fechada el 18 de enero de 1929. Wittgenstein había regresado a Inglaterra hacía unas pocas horas, y ya había informado a Keynes de su plan «de quedarse en Cambridge permanentemente»:

"Hemos tomado el té y ahora me retiro a mi estudio para escribirte. Veo que a partir de ahora la fatiga va a ser abrumadora. Pero no debo dejarle hablar más de dos o tres horas al día."

Para Wittgenstein, la experiencia de regresar a una universidad que había permanecido sin ningún cambio a lo largo de unos años en los que él había sufrido una transformación fundamental y, además, el hecho de ser recibido por algunas de las mismísimas personas que había dejado en 1913 era algo extraño, casi misterioso. Era, escribió en su diario, «como si el tiempo hubiera retrocedido». «No sé lo que me espera», pero cualquier cosa que resultara ser: «¡Probará algo! Si el tiempo no se acaba»:

"En este momento me encuentro vagando sin rumbo, presa de una gran inquietud, aunque todavía no sé alrededor de qué punto de equilibrio."

A su llegada hubo un intento, orquestado por Keynes, de hacer regresar a Wittgenstein al redil apostólico. Al segundo día de la llegada de Wittgenstein, Keynes organizó una cena especial con los Apóstoles para celebrar su vuelta. Entre los que asistieron estaban Richard Braithwaite, Frank Ramsey, George Rylands, George Thomson, Alister Watson, Anthony Blunt y Julian Bell: la flor y nata de la intelectualidad de Cambridge en esa época. En la cena, Wittgenstein fue elegido miembro honorario (en el lenguaje apostólico: un «ángel»), un gesto de perdón de la sociedad por su actitud hacia ellos en 1912. En la reunión siguiente se declaró que sería «formalmente absuelto de su excomunión en el momento apropiado».

La razón de esta humildad sin precedentes por parte de la sociedad era que, en su ausencia, Wittgenstein se había convertido en una figura casi legendaria entre la élite de Cambridge, y el Tractatus era el núcleo alrededor del que giraba toda discusión intelectual de buen tono.

/Wittgenstein y Cambridge/

Pero si los Apóstoles esperaban acaparar a su «Dios» para ellos solos, iban a verse decepcionados. Wittgenstein asistió a pocas de sus reuniones, y en las cenas en la casa de Keynes de Gordon Square entró en contacto con unos cuantos miembros de lo que podía considerarse como la rama londinense de la Sociedad: el grupo de Bloomsbury. Pero había poco en común entre el esteticismo peculiarmente inglés y conscientemente «civilizado» que caracterizaba al grupo de Bloomsbury y a los Apóstoles y el carácter de Wittgenstein, caracterizado por su sensibilidad rigurosamente ascética y una honestidad en ocasiones implacable. Ambas partes se vieron sometidas a una fuerte colisión. Leonard Woolf recuerda que una vez se quedó horrorizado ante el trato «brutalmente grosero» dispensado por Wittgenstein a Lidia Keynes en el almuerzo. Durante otro almuerzo, Wittgenstein se marchó, escandalizado por una abierta discusión sobre sexo en presencia de las damas. Estaba claro que en la atmósfera de Bloomsbury no se sentía nada cómodo. Frances Partridge describe cómo, en contraste con los Bell, Strachey y Stephens, con los que ella se relacionaba, Wittgenstein parecía incapaz o poco dispuesto a discutir de asuntos serios con los miembros del sexo opuesto: «Cuando la compañía era mixta, su conversación era con frecuencia trivial en extremo, y salpicada de chistes malos acompañados de una sonrisa glacial.»

Es posible que, en las fiestas de Keynes, Wittgenstein y Virginia Woolf jamás llegaran a conocerse; y si se conocieron, parece ser que ninguno de los dos causó gran impresión en el otro. Tras la muerte de Virginia Woolf, Wittgenstein habló con Rush Rhees acerca del efecto que el entorno familiar de aquélla había tenido en su vida. Ella creció, dijo Wittgenstein, en una familia en la que la medida del valor de una persona la daba el hecho de que ésta se distinguiera en el campo de la literatura o en el del arte, la música, la ciencia o la política, y consecuentemente ella jamás se planteó que pudiera haber otros «logros». Esto podía basarse en el conocimiento personal, aunque también en rumores que había oído. No hay ninguna referencia a Wittgenstein en los diarios de Virginia Woolf, y sólo unas escasas menciones incidentales de él en sus cartas. En una carta a Clive Bell escrita unos pocos meses después de la llegada de Wittgenstein a Cambridge, le menciona en relación con el hijo de Bell, Julian:

"... Julian, dice Maynard, es sin duda el estudiante más importante del King's, y puede que le den una beca, y Maynard parece muy impresionado con él y su poesía; por cierto, Julian dice que discutió con Maynard a propósito de Wittgenstein, pero que fue derrotado."

La referencia es interesante sólo por el hecho de que fue Julian Bell quien iba a proporcionar, en una extensa sátira a lo John Dryden publicada en la revista estudiantil The Venture, dirigida por Anthony Blunt, una especie de réplica bloomsburiana a lo que algunos comenzaban a ver como el incivilizado salvajismo del estilo discutidor y dominante de Wittgenstein.

En el poema, Bell intenta defender el credo de Bloomsbury según el cual «la valía se conoce y se encuentra en los estados de ánimo», contrariamente a la visión del Tractatus, según la cual tales afirmaciones son absurdas. Seguramente, arguye Bell, Wittgenstein rompe sus propias reglas:

"Pues él dice absurdos, numerosas afirmaciones hace,

siempre su voto de silencio rompe:

de ética y estética habla noche y día,

y de las cosas dice si son buenas o malas, erróneas o acertadas."

No es sólo que Wittgenstein hable de estas cosas, acerca de las cuales insiste en que hay que guardar silencio; domina todas las conversaciones sobre estos temas:

i

"... ¿quien, en cualquier materia, ha visto alguna vez

a Ludwig abstenerse de sentar cátedra?

En todas las reuniones nos acalla a gritos,

y detiene nuestra frase tartamudeando la suya;

discute sin cesar, áspero, airado y con voz sonora,

seguro de que tiene razón, y de su rectitud orgulloso,

tales defectos son comunes, compartidos por todos en parte,

pero Wittgenstein pontifica sobre el Arte.

El poema fue escrito como epístola a un compañero apóstol, Richard Braithwaite, y expresaba la opinión de muchos de los jóvenes estetas apostólicos «esos Julian Bells», como los llamaba despectivamente Wittgenstein, quienes leyeron la misiva con mucho agrado. Cuando fue publicada, dice Fania Pascal, «las personas más amables gozaron con unas cuantas carcajadas, alivió la tensión acumulada, el resentimiento, incluso el miedo. Pues nadie era capaz de devolverle la pelota a Wittgenstein y pagarle con la misma moneda».

/Relación con Ramsey/

Si en aquella ocasión Wittgenstein no volvió completamente la espalda a los Apóstoles, fue porque entre sus miembros se contaba Frank Ramsey.

Durante su primer año en Cambridge, Ramsey no fue sólo el más valioso compañero en la discusión filosófica, sino también su mejor amigo. Durante las dos primeras semanas posteriores a su llegada vivió con los Ramsey en su casa de Mortimer Road. La mujer de Ramsey, Lettice, pronto se convirtió en una buena amiga y confidente: una mujer que, tal como Keynes lo expresaba: «al menos ha conseguido mitigar la fiereza del cazador salvaje». Poseía un acusado sentido del humor y una natural honestidad [246] que relajaba a Wittgenstein, y que se ganó su confianza. Sólo con ella se sentía capaz de hablar de su amor por Marguerite, aunque, a partir de una carta de Frances Partridge a su marido Ralph, podemos deducir que no guardó el secreto de una manera estricta:

"Hemos visto mucho a Wittgenstein; le ha confiado a Lettice que está enamorado de una dama vienesa, pero cree que el matrimonio es algo sagrado, y es incapaz de hablar de él a la ligera."

Lo que aquí resulta sorprendente no es que fuera incapaz de hablar a la ligera del matrimonio, sino que fuera capaz de hablar de ese tema. En esa época escribía a Marguerite de manera frecuente y regular, a veces diariamente, pero ella no se dio cuenta de que pretendía hacerla su mujer hasta unos dos años después, y cuando lo advirtió emprendió una premiosa retirada. Aunque halagada por sus atenciones, e intimidada por la fuerza de su personalidad, Marguerite no veía en Wittgenstein las cualidades que deseaba en un marido. El era demasiado austero, demasiado exigente (y, uno sospecha, un poco demasiado judío). Además, cuando él dejó claras sus intenciones, también expresó que tenía en mente un matrimonio platónico, sin hijos... y eso no era para ella.

Durante sus dos primeros trimestres en Cambridge, el estatus oficial de Wittgenstein fue el de «estudiante avanzado» que prepara su licenciatura en filosofía y letras, con Ramsey, diecisiete años menor que él, de supervisor. En la práctica, él y Ramsey se reunían como iguales trabajando en problemas similares o relacionados, y buscaban la crítica, la guía y la inspiración el uno en el otro. Se reunían varias veces por semana, durante muchas horas seguidas, para discutir de los fundamentos de las matemáticas y la naturaleza de la lógica. Wittgenstein describía estas reuniones en su diario como «deliciosas discusiones»: «Hay algo juguetón en ellas, y creo que las llevamos a cabo con buen humor.»

No hay para mí nada más agradable que el hecho de que alguien me saque los pensamientos de la boca, y a continuación, por así decir, los extienda al aire libre.

«No me gusta pasear solo por los campos de la ciencia», añadía. El papel de Ramsey en estas discusiones era similar al de cualquier otro supervisor: presentar objeciones a lo que Wittgenstein decía. En el prefacio a las Investigaciones, Wittgenstein dice que fue ayudado por las críticas de Ramsey «hasta un punto que apenas puedo calcular» para darse cuenta de los errores del Tractatus. En una entrada del diario que llevaba en esa época, sin embargo, adopta una perspectiva menos generosa:

Una buena objeción ayuda a seguir adelante, una objeción superficial, aunque sea válida, es agotadora. Las objeciones de Ramsey son de este tipo. La objeción no ataja el asunto de raíz, donde está la vida, sino por un punto tan exterior que nada puede rectificarse, aunque sea erróneo. Una buena objeción ayuda a ir directamente hacia una solución, una superficial debe ser superada, y, a partir de entonces, puede ser dejada a un lado. Al igual que un árbol se dobla en un nudo del tronco para seguir creciendo.

[dibujo de un tronco con un nudo y como sigue creciendo]

A pesar del enorme respeto que sentían el uno por el otro, había grandes diferencias, tanto intelectuales como de temperamento, entre ellos. Ramsey era un matemático, insatisfecho con los fundamentos lógicos de la materia, y quería reconstruir las matemáticas sobre principios sólidos. Wittgenstein no estaba interesado en reconstruir las matemáticas; su interés estribaba en extraer la raíz filosófica de la que surgía la confusión acerca de las matemáticas. De este modo, aunque Ramsey podía dirigirse hacia Wittgenstein buscando inspiración y Wittgenstein a Ramsey buscando una crítica, las frustraciones entre los dos eran inevitables. En una ocasión, Ramsey le dijo claramente a Wittgenstein: «No me gusta tu manera de discutir», mientras que Wittgenstein escribía de Ramsey, en un comentario ya citado, que era un «pensador burgués» a quien le molestaba la reflexión filosófica verdadera «hasta el punto de menospreciar sus resultados (si es que tenía alguno) y declararlos triviales».

/Importancia de Sraffa/

Un pensador «no burgués» cuya profunda influencia sobre el desarrollo de Wittgenstein data de ese primer año en Cambridge fue Piero Sraffa. Sraffa era un brillante economista italiano (de inspiración fuertemente marxista), e íntimo amigo de Antonio Gramsci, el líder comunista italiano que estaba encarcelado. Tras haber puesto en peligro su carrera en su país por haber publicado un ataque a la política de Mussolini, Sraffa fue invitado por Keynes a ir al King's para proseguir su trabajo, y se creó en Cambridge una cátedra de economía especialmente para él. Al ser presentados por Keynes, Wittgenstein y él se hicieron buenos amigos, y Wittgenstein quedaba con él al menos una vez por semana para charlar. Llegó a valorar estos encuentros mucho más que los que mantenía con Ramsey. En el prefacio a las Investigaciones dice de las críticas de Sraffa: «Las ideas más importantes de este libro están en deuda con ese estímulo.»

Esta es una afirmación de peso, y considerando lo completamente [248] distintas que eran sus preocupaciones intelectuales también bastante desconcertante. Pero es precisamente porque las críticas de Sraffa no se referían a los detalles (pues, podríamos decir, no era filósofo ni matemático) por lo que podían ser de importancia. Contrariamente a Ramsey, Sraffa tenía el poder de obligar a Wittgenstein a revisar no sólo este o ese punto, sino toda su perspectiva. Una anécdota que ilustra este hecho fue comentada por Wittgenstein tanto con Malcom como con Von Wright, y desde entonces se ha contado muchas veces. Se refiere a una conversación en la que Wittgenstein insistía en que una proposición y lo que describe deben poseer la misma «forma lógica» (o «gramática», según la versión del relato). Ante esta idea, Sraffa hizo un gesto napolitano de pasarse las puntas de los dedos por la barbilla, preguntando: «¿Cuál es la forma lógica de esto?» Esto, según el relato, hizo que Wittgenstein abandonara la teoría, presente en el Tractatus, de que una proposición debía ser una «imagen» de la realidad que describe.

La importancia de esta anécdota no reside en que explique por qué Wittgenstein abandonó la teoría figurativa del significado (pues no lo explica), sino en que es un buen ejemplo de la manera en que Sraffa era capaz de conseguir que Wittgenstein viera las cosas de una manera nueva, desde una perspectiva distinta. Wittgenstein les dijo a sus amigos que sus discusiones con Sraffa le hacían sentirse como un árbol al que le han cortado las ramas. La metáfora está cuidadosamente elegida: podar las ramas muertas permite que crezcan otras nuevas y vigorosas (mientras que las objeciones de Ramsey dejaban la madera muerta sin podar, obligando al árbol a deformarse).

Una vez, Wittgenstein le comentó a Rush Rhees que lo más importante que le habían aportado sus conversaciones con Sraffa era una óptica «antropológica» para ver los problemas filosóficos. Este comentario explicaría en cierto modo por qué se atribuye a Sraffa haber ejercido una influencia tan importante. Uno de los aspectos más asombrosos en que la obra posterior de Wittgenstein difiere del Tractatus es en su visión «antropológica». Es decir, mientras que el Tractatus aborda el lenguaje aislándolo de las circunstancias en las que se utiliza, las Investigaciones ponen énfasis repetidamente en la importancia del «flujo de vida», que es lo que da significado a las manifestaciones lingüísticas: un «juego de lenguaje» no puede describirse sin mencionar las actividades y el modo de vida de la «tribu» que lo juega. Si este cambio de perspectiva deriva de Sraffa, entonces su influencia en su obra posterior es de una importancia fundamental. Pero en este caso, esa influencia debió de tardar años en fructificar, pues este rasgo «antropológico» del método filosófico de Wittgenstein no comienza a emerger hasta aproximadamente 1932.

/Keynes/

Aparte de con Ramsey y Sraffa, Wittgenstein tenía poca relación con los otros catedráticos de Cambridge. Tras las primeras semanas, sus relaciones con Keynes se limitaron en gran parte a asuntos profesionales, y aunque Keynes se convirtió en un inapreciable aliado siempre que Wittgenstein necesitaba solucionar algo con las autoridades, no era un amigo íntimo. Podemos deducir que éste era un papel que a Keynes le hacía bastante feliz; pues el ser amigo de Wittgenstein le exigía más tiempo y energía de los que podía o estaba dispuesto a sacrificar.

/Moore/

Dio la casualidad de que G. E. Moore iba en el mismo tren procedente de Londres que Wittgenstein tomó a su llegada a Cambridge, y su amistad, rota desde la brutal carta de Wittgenstein a Moore de 1914, se reanudó inmediatamente. Moore, que por entonces era profesor de filosofía en Cambridge, asumió la responsabilidad de conseguir las becas que permitieran a Wittgenstein proseguir su trabajo; aparte de esto, sin embargo, su amistad era más personal que filosófica. Aunque admiraba la exactitud en la expresión de Moore, y de vez en cuando se servía de ella para encontrar la palabra adecuada para expresar algo concreto, Wittgenstein no le consideraba un filósofo demasiado original. «¿Moore?», dijo una vez, «demuestra lo lejos que puede llegar un hombre que no posee la menor inteligencia.»

/Johnson/

De manera parecida, con el lógico W. E. Johnson, por entonces ya mayor otra figura de su primera época en Cambridge, Wittgenstein mantenía una afectuosa amistad, a pesar de la distancia intelectual que existía entre ambos, Wittgenstein admiraba a Johnson más como pianista que como lógico, y asistía regularmente a sus «conciertos caseros» de los domingos por la tarde para oírle tocar. Por su parte, aunque Johnson apreciaba y admiraba a Wittgenstein, consideraba que su regreso era un «desastre para Cambridge». Dijo que Wittgenstein era «un hombre bastante incapaz de mantener una discusión».

/dispuesto a cambiar/

Aunque se acercaba a su cuadragésimo cumpleaños, Wittgenstein extraía su círculo de amistades de entre la generación más joven de Cambridge: estudiantes (del tipo no apostólico) que asistían al Club de Ciencia Moral. Fue entre «los hijos de la clase media inglesa» que formaban esta sociedad de estudiantes de filosofía donde Wittgenstein, según Fania Pascal, encontró los dos rasgos que exigía en un discípulo: una inocencia infantil y una inteligencia de primera clase. Puede que esto sea así, pero creo que también es cierto que Wittgenstein simplemente se daba cuenta de que tenía más en común con la joven generación. En cierto sentido, él mismo era muy joven. 1ncluso lo parecía, y a sus cuarenta años con frecuencia le confundían con un estudiante. Pero más importante era el hecho de que poseyera el vigor intelectual y la flexibilidad de la juventud. «La mente», le dijo a Drury, «se entumece antes que el cuerpo»; y en este sentido él todavía era un adolescente. Es decir, que había muy poco en su actitud que se hubiera vuelto inflexible. Había llegado a Cambridge dispuesto a revisar todas las conclusiones que había alcanzado hasta entonces, dispuesto no sólo a considerar nuevas maneras de pensar, sino incluso nuevas maneras de vivir. Por ello estaba tan poco formado, tan poco sometido a ninguna pauta vital concreta, como cualquier estudiante.

/Bose/

Muchos de los que habían oído hablar de Wittgenstein como del autor del Tractatus Logico Philosophicus se lo imaginaban como un viejo y solemne académico alemán, y no estaban preparados para la figura vivaz y juvenilmente agresiva con que se encontraban en el Club de Ciencia Moral. S. K. Bose, por ejemplo, que posteriormente se convertiría en miembro del círculo de amigos y admiradores de Wittgenstein, recuerda:

"Mi primer encuentro con Wittgenstein tuvo lugar en una reunión del Club de Ciencia Moral, en el que leí una conferencia acerca de «La naturaleza del juicio moral>. Fue una reunión a la que asistió bastante gente, y algunos se sentaron en la alfombra. Entre éstos había una persona desconocida para todos nosotros (excepto, naturalmente, para el profesor Moore y para algún que otro miembro de más edad). Cuando acabé la conferencia, el desconocido hizo algunas preguntas y objeciones de esa manera franca (pero nunca descortés) que posteriormente uno acabaría asociando con Wittgenstein. Nunca he sido capaz de borrar de mi memoria la vergüenza que experimenté al enterarme, un tiempo después, de quién había sido mi interlocutor, y darme cuenta de lo arrogante que yo había sido al abordar las preguntas y objeciones que él había planteado."

/Los discípulos de W/

Wittgenstein llegó a dominar las discusiones del Club de Ciencia Moral de manera tan completa que C. D. Broad, profesor de filosofía moral, dejó de asistir. No estaba dispuesto, dijo, «a pasar varias horas cada semana en medio de una espesa atmósfera de humo de cigarrillos mientras Wittgenstein daba vueltas y más vueltas a sus ideas mientras sus fieles "le observaban maravillados con una estúpida expresión de reverencia"».

Desmond Lee, otro miembro del círculo de estudiantes amigos de Wittgenstein, le ha comparado, en su preferencia por las discusiones con jóvenes y por el efecto con frecuencia pasmoso que ejercía sobre ellos, con Sócrates. Ambos, señala, ejercían una influencia casi hipnótica sobre aquellos que caían bajo su hechizo. El propio Lee se liberó de este hechizo al abandonar Cambridge, y aunque profundamente influido por Wittgenstein, no se le puede considerar un discípulo propiamente dicho. Su contemporáneo Maurice Drury, sin embargo, se convirtió en el primero y quizá más perfecto ejemplo de los jóvenes discípulos descritos por Fania Pascal.

/Drury/

Tras su primer encuentro con Wittgenstein en 1929, casi todas las decisiones importantes de su vida fueron tomadas bajo la influencia de éste. Al dejar Cambridge, primero intentó ser ordenado sacerdote anglicano. «No creas que lo creo ridículo ni por un momento», comentó Wittgenstein al ser informado del plan, «pero no puedo aprobarlo; no, no puedo aprobarlo. Me daría miedo que un día ese cuello duro te asfixiara.» Esto ocurrió en la segunda o la tercera vez que se vieron. En la siguiente ocasión, Wittgenstein retomó el tema: «Simplemente piensa, Drury, en lo que significaría tener que pronunciar un sermón cada semana; no podrías hacerlo.» Tras un año en la facultad de teología, Drury estuvo de acuerdo con él, e, incitado por Wittgenstein, en lugar de eso consiguió un empleo [250] entre «personas corrientes». Trabajaba en proyectos para ayudar a los desempleados, primero en Newcastle y luego en Gales del Sur, después de lo cual, también incitado por Wittgenstein, cursó estudios de medicina. Tras la guerra se especializó en psiquiatría (una rama de la medicina sugerida por Wittgenstein), y desde 1947 hasta su muerte, en 1976, trabajó en el Hospital St. Patrick de Dublín, primero como psiquiatra residente y luego como especialista en psiquiatría. Su colección de ensayos acerca de los problemas filosóficos de la psiquiatría, "El peligro de las palabras", fue publicada en 1973; aunque bastante olvidada, es quizá, en su tono y en sus preocupaciones, la obra más auténticamente wingensteiniana publicada por cualquiera de los estudiantes de Wittgenstein. «¿Por qué me he decidido a reunir estas páginas?», se pregunta en el prefacio, y responde:

"Sólo por una razón. El autor de estos textos fue una vez alumno de Ludwig Wittgenstein. Ahora es algo bien conocido que Wittgenstein animaba a sus alumnos (al menos a aquellos que consideraba que no tenían una gran originalidad en su capacidad filosófica) a apartarse de la filosofía académica y seguir alguna vocación concreta. En mi caso me incitó a que estudiara medicina, me dijo que en ningún caso «dejara de pensar», y que hiciera uso de lo que me había enseñado. Por tanto, y de manera un tanto vacilante, decido publicar estos ensayos como ilustración de la influencia que Wittgenstein tuvo en el pensamiento de alguien que se enfrentó con unos problemas que poseían una inmediata dificultad práctica a la hora de abordarlos, así como una confusión filosófica aún mayor al reflexionar sobre ellos."

/La influencia intelectual de W./

De igual modo, poco antes de su muerte, Drury publicó sus notas de las conversaciones con Wittgenstein para contrarrestar el efecto de «comentaristas bienintencionados» que «daban la impresión de que los escritos de Wittgenstein eran, por entonces, fácilmente asimilables dentro del medio intelectual contra el que precisamente eran en gran parte una advertencia». Estas notas proporcionan quizá más que cualquier otra fuente secundaria información acerca de las actitudes espirituales y morales que conformaban la vida y la obra de Wittgenstein. Drury es el primer discípulo, aunque de ningún modo el último, que ilustra el hecho de que existe un aspecto importante de la influencia de Wittgenstein que no es y no puede ser abordado por el gran corpus de la literatura académica que la obra de Wittgenstein ha inspirado. Podría decirse que la línea de sucesión apostólica se extiende más allá de los confines de la filosofía académica.

/El gusto por el 'absurdo'/

Uno de los estudiantes que mas amistad tenía con Wittgenstein, de hecho, era un hombre que no sentía el menor interés por la filosofía. Gilbert Pattisson conoció a Wittgenstein en el tren, durante su regreso de Viena tras las vacaciones de Semana Santa de 1929, y durante diez años los dos disfrutaron de una amistad afectuosa y estrictamente no filosófica, que llegó a su fin durante los tempestuosos años de la Segunda Guerra [252] Mundial, cuando Wittgenstein comenzó a tener la sospecha de que Pattisson adoptaba una actitud patriotera respecto de la guerra. Pattisson era (de hecho es) un personaje afable, inteligente y bastante mundano, muy opuesto a los inocentes y excesivamente tímidos discípulos descritos por Pascal. Al completar sus estudios en Cambridge (con un mínimo de esfuerzo académico y de entrega), se convirtió en contable diplomado de la City de Londres, y llevó el tipo de vida confortable que se correspondía con su clase social, crianza y educación. Con él Wittgenstein podía permitirse el gusto por lo que Frances Partridge había descrito como un humor trivial y ligero, y que el propio Wittgenstein solía calificar simplemente de «absurdo» [«nonsense»J. El tener a alguien con quien «hablar del absurdo por el patio», dijo, era una necesidad profundamente arraigada.

En Cambridge, Pattisson y Wittgenstein podían leer juntos revistas como "Tatler", disfrutando de la gran proporción de «absurdo», y en particular de los ridículos anuncios que solían aparecer en tales publicaciones. También eran ávidos lectores de las «Cartas de un cliente satisfecho», que solían exhibirse en los escaparates de Burton's, «El creador del buen gusto», y al cual Pattisson y Wittgenstein prestaban una exagerada atención cuando iban a comprar ropa para Wittgenstein. (Puede que casi todo el mundo tuviera la impresión de que Wittgenstein siempre llevaba la misma ropa: una camisa abierta, pantalones de franela grises y zapatos recios; de hecho, estas prendas eran elegidas con meticuloso cuidado.)

Cuando Pattisson abandonó Cambridge, él y Wittgenstein siguieron viéndose siempre que éste pasaba por Londres (y lo hacía con frecuencia, siempre que iba a Viena) para realizar lo que Wittgenstein denominaba su «ritual». Consistía en tomar el té en Lyons y luego ir a alguno de los cines que había en Leicester Square. Antes de ir a Londres, Wittgenstein le enviaba a Pattisson una carta anunciándole su llegada, a fin de que éste hiciera los preparativos necesarios; por ejemplo: buscar en el Evening Standard un cine en el que proyectaran una «buena» película. Según el gusto de Wittgenstein, esto significaba una película americana, preferiblemente un western, o, en una época posterior, un musical o una comedia romántica, pero siempre algo sin pretensiones artísticas ni intelectuales. Quedaba entendido que, dentro de ese ritual, el trabajo de Pattisson en la City quedaba relegado a un segundo plano: «Espero que no te hagas el imprescindible en tu oficina le escribió una vez Wittgenstein, después de que Pattisson se excusara diciendo que tenía exceso de trabajo. «Recuerda, hasta Bismarck podía ser sustituido.»

La correspondencia de Wittgenstein con Pattisson consiste casi enteramente en el «absurdo». En casi todas las cartas hace uso del adjetivo «bloody» [maldito, puñetero, ensangrentado], que por alguna razón Wittgenstein encontraba inagotablemente divertido. Solía comenzar sus cartas con «Dear Old Blood», y acabarlas con «Yours bloodily» [Malditamente tuyo] o «Yours in bloodiness» [Puñeteramente tuyo]. Pattisson le enviaba fotografías recortadas de revistas, que él denominaba sus «cuadros», a lo cual Wittgenstein respondía con un elogio exageradamente solemne: [253] «Reconocería inmediatamente un Pattisson aunque no estuviera firmado. Hay en él esa puñetería jamás expresada anteriormente por la brocha.» En respuesta, Wittgenstein le enviaba «retratos», fotografías de hombres de mediana edad de aspecto distinguido, recortadas de anuncios del periódico para cursos de cómo mejorarse uno mismo. «Mi foto más reciente», anunciaba, adjuntándole una de éstas. «La anterior sólo expresaba amabilidad paternal; ésta expresa triunfo.»

A lo largo de toda la correspondencia hay una amable ridiculización del lenguaje de la publicidad, y el absurdo del estilo se reproduce al utilizarlo simplemente como si fuera la manera normal en que dos amigos se escriben. Al enviarle a Wittgenstein una auténtica fotografía suya, Pattisson escribe en el dorso: «Al otro lado puede verse uno de nuestros trajes 47/6.» «De una manera u otra», escribe Wittgenstein al final de una carta, «uno cree instintivamente que el Calcetín Quality Steeples Nº 83 es el calcetín del hombre de verdad. Es un calcetín de buen gusto: de vestir, elegante, cómodo.» En una posdata a otra, escribe:

"Puede que a través de mi generosidad consiga usted, uno de estos días, una muestra gratuita de Glostora, la famosa gomina para el cabello, y puede que su cabello conserve para siempre ese brillo que es tan característico de los caballeros bien acicalados."

Algunas de las bromas contenidas en las cartas de Wittgenstein a Pattisson son, de hecho, asombrosamente malas. Al adjuntar una dirección que acaba «W. C. 1», dirige una flecha al «W. C.» y escribe: «Esto no significa "Lavabo".» Y en el dorso de una postal de la Catedral Iglesia de Cristo, en Dublín, escribe: «Si no recuerdo mal, esta catedral fue construida, en parte al menos, por los normandos. Naturalmente hace ya mucho tiempo y mi memoria ya no es lo que era.»

A los pocos meses de estar en Cambridge, pues, Wittgenstein estableció un círculo de amistades bastante amplio que, hasta cierto punto, mostraba su miedo a encontrarse desplazado en la sociedad. Y aun así seguía considerándose un extraño en Cambridge, le afectaba la ausencia de alguien como Paul Engelmann o Ludwig Hánsel, alguien con quien poder discutir sus pensamientos y sentimientos más íntimos en su propio lenguaje, y con la certeza de que sería comprendido. Quizá por esta razón, tan pronto como volvió a Cambridge, regresó a una práctica que no había llevado a cabo desde la publicación del Tractatus: comenzó a hacer anotaciones de diario de tipo personal en sus cuadernos. Igual que anteriormente, éstas estaban separadas de sus reflexiones filosóficas, y redactadas en un lenguaje cifrado que había utilizado de niño. En una de estas primeras anotaciones, comenta lo extraño que era: «Que durante todos estos años no haya sentido la menor necesidad de hacer anotaciones personales en mis cuadernos», y reflexiona acerca de la génesis de esta costumbre.

En Berlín, cuando comenzó a escribir sus pensamientos acerca de sí mismo, había surgido de la necesidad de preservar algo de su persona. Había sido un paso importante, y aunque había en ello algo de vanidad e imitación (de Keller y Pepys), aun así respondían a una verdadera necesidad; eran un sustituto de alguien en quien confiar.

Wittgenstein no confiaba plenamente en la gente de Cambridge, pues, dadas las diferencias lingüística y cultural de las que ahora era mucho más agudamente consciente de lo que quizá estaba dispuesto a reconocer, no podía estar seguro del todo de que le comprendieran. Siempre que surgía un malentendido se sentía inclinado a atribuirlo a estas diferencias. «Lo que una afirmación parece implicar para mí no es lo mismo que puede implicar para ti», le escribió a Ramsey después de uno de estos malentendidos. «Si alguna vez tuvieras que vivir entre extranjeros durante un período largo de tiempo y depender de ellos, comprenderías mi dificultad.»

La sensación de depender de la gente ante la que no podía hacerse entender le provocaba un intenso sufrimiento, en particular si de por medio había cuestiones de dinero. En mayo de 1929 le escribió una larga carta a Keynes intentando explicarle estas angustias. «Por favor, intenta comprender antes de criticar», rogaba, añadiendo: «Escribir en un idioma extranjero lo hace aún más difícil.» Se había llegado a convencer (como ya hemos visto, con alguna justificación) de que Keynes se había cansado de su conversación. «¡Por favor, ahora no creas que eso me importa!», escribió. «Por qué no deberías haberte cansado de mí, no creo ni por un momento que yo pueda ser divertido ni interesante.» Lo que más le apenaba era el miedo a que Keynes pudiera creer que cultivaba su amistad a fin de recibir ayuda financiera; en su angustia por este hecho, y por ser malinterpretado cuando hablaba en inglés, inventó una confirmación de sus temores completamente ficticia.

"A principio de este trimestre fui a verte y quería devolverte un dinero que me habías prestado. Y debido a mi torpe manera de hablar prologué el acto de devolvértelo diciendo: «Oh primero quiero dinero» queriendo decir: «Primero quiero arreglar el asunto del dinero» o alguna frase parecida. Pero tú naturalmente me malinterpretaste, y consiguientemente pusiste una cara que era un poema. Y lo que siguió a esto, me refiero a nuestra conversación acerca de la sociedad [los Apóstoles], me mostró la cantidad de sentimientos negativos que has acumulado en mi contra."

Sin embargo, probablemente tenía razón en el hecho de que Keynes se viera a sí mismo antes como un benefactor que como un amigo. Pero, insistía, «no acepto que nadie que no sea mi amigo sea mi benefactor. (Por eso acepté tu ayuda hace tres años en Sussex>. Finalizaba: «Por favor, no contestes esta carta a menos que seas capaz de escribir una respuesta breve y amable. No te he escrito para pedirte explicaciones, sino [255] para informarte de lo que pienso. De manera que si no puedes escribir una respuesta amable en tres líneas, preferiré que no escribas ninguna.» La respuesta de Keynes es una obra maestra de tacto y sensibilidad:

"Querido Ludwig:

¡Qué maniático eres! Naturalmente no hay ni un gramo de verdad en lo que dices del dinero. jamás se me pasó por la cabeza que lo único que quisieras de mí fuera que te hiciera efectivo un cheque o algo parecido. jamás pensé que pudieras querer dinero de mí, a no ser en circunstancias en las que me pareció apropiado dártelo. Cuando mencionaba tus finanzas en mi carta del otro día era porque había oído decir que estabas preocupado por tener que pagar unas elevadas e inesperadas tasas académicas, y yo quería, si tal cosa era cierta, examinar esa posibilidad que creo te sugerí la primera vez que apareciste, es decir, que sería factible obtener alguna ayuda del Trinity. Había considerado si sería bueno hacer algo sin consultarte, y había decidido que quizá fuera mejor que no lo hiciera así.

No..., no era un «tono de rencor» lo que me hizo hablar bastante hoscamente la última vez que nos vimos, era simplemente la fatiga o la impaciencia ante la dificultad, casi imposibilidad, cuando uno mantiene una conversación que le afecta personalmente, de conseguir transmitirle a su mente las impresiones verdaderas y mantener fuera las falsas. ¡Y luego vas y te inventas una explicación tan remota de lo que había en mi conciencia que nunca se me hubiera ocurrido precaverme de ella!

La verdad es que mi actitud se alterna entre mi aprecio y disfrute de tu compañía y tu conversación, y la posibilidad de que mis nervios queden destrozados por ambas cosas. ¡No es nada nuevo! Siempre la he tenido..., siempre durante estos veinte años. Pero «rencor», «falta de amabilidad»; si pudieras mirar en mi corazón, verías algo muy distinto."

Sin comprometerse a las tensiones de una amistad más íntima con Wittgenstein, Keynes consiguió suavizar las cosas hasta el extremo de que Wittgenstein aceptó sin problemas el que se convirtiera en un benefactor amistoso, cuya ayuda era ofrecida, y por tanto aceptada, de buen talante.

Sin algún tipo de ayuda financiera, Wittgenstein no habría sido capaz de proseguir su trabajo filosófico. A final del segundo trimestre, fueran cuales fueran sus ahorros (es de presumir que procedentes de sus ganancias como arquitecto), resultaban insuficientes para pagar las tasas de la universidad y dejarle algo de lo que vivir. La sugerencia de Keynes de que solicitara una beca de investigación del Trinity fue aceptada, pero hubo, de manera inevitable, complicaciones. Éstas surgieron del hecho de que a la universidad le resultaba difícil comprender por qué alguien que procedía de una familia tan rica como Wittgenstein necesitaba una de esas becas. ¿Tenía alguna otra fuente de ingresos?, le preguntó Sir James Butler, el tutor del Trinity. No, respondió. ¿No tiene parientes que puedan ayudarle? Sí, respondió. «Como de algún modo parece que intentara ocultar algo», le escribió a Moore tras la entrevista, «aceptarás mi declaración escrita de que no sólo tengo un buen número de parientes ricos, sino que [256] además me darían dinero si se lo pidiera, PERO NO LES PEDIRÉ UN PENIQUE». Su actitud, como le explica a Moore en otra carta, era ésta:

"Me propongo hacer un trabajo, y tengo una vaga idea de que el college, en algunos casos, alienta trabajos de este tipo por medio de becas de investigación, subvenciones, etc. Es decir, produzco un cierto tipo de bienes, y si el college tiene algún utilidad que dar a estos bienes, me gustaría que el college me permitiera producirlos, siempre y cuando tenga una utilidad para ellos, y siempre y cuando yo pueda producirlos."

Su solicitud de beca fue exageradamente apoyada por Frank Ramsey, quien en su papel de supervisor de Wittgenstein le escribió a Moore acerca de la necesidad de tal ayuda. «En mi opinión», escribió, «Mr. Wittgenstein es un genio filosófico distinto de todos los demás que he conocido.»

"Esto se debe en parte a su gran talento para ver lo que es esencial en un problema, y en parte a su abrumador vigor intelectual, a la intensidad del pensamiento con el que persigue cualquier cuestión hasta el fondo, y a que nunca se queda contento con una simple hipótesis verosímil. De su trabajo, más que del realizado por ningún otro, espero una solución a los problemas que me confunden en el campo de la filosofía en general y en los fundamentos de las matemáticas en particular. Me parece, por tanto, algo extraordinariamente afortunado que haya vuelto para investigar."

El informe de Ramsey acerca de los «bienes» que Wittgenstein había producido hasta entonces, sin embargo, decepciona por su brevedad.

"Durante los dos últimos trimestres he permanecido en estrecho contacto con su trabajo, y me parece que ha hecho progresos extraordinarios. Comenzó con ciertas cuestiones en el análisis de proposiciones, que ahora le han conducido a problemas acerca del infinito que se hallan en la raíz de las polémicas actuales acerca de los fundamentos de las matemáticas. Al principio yo temía que sus escasos conocimientos de matemáticas resultaran un serio obstáculo a su trabajo en este campo. Pero sus avances ya me han convencido de que no es así, y que probablemente llegará a hacer un trabajo de primera importancia."

«Ahora trabaja muy duro», añade Ramsey, «y, hasta donde yo puedo juzgar, va teniendo éxito. El que se viera interrumpido por falta de dinero sería una gran desgracia para la filosofía.»

/El doctorado de W/

Quizá a fin de acabar de convencer a las autoridades, a Wittgenstein se le concedió apresuradamente el título de doctor en Filosofía por su «tesis», el Tractatus, una obra que había estado en las librerías durante siete años y que muchos ya veían como un clásico de la filosofía. Los examinadores fueron Moore y Russell, y este último tuvo que ser arrastrado un [258] tanto a regañadientes desde su universidad, en Sussex. No había tenido ningún contacto con Wittgenstein desde su encuentro en Innsbruck en 1922, y su actitud era, naturalmente, aprensiva. «Creo», le escribió a Moore, «que a menos que Wittgenstein haya cambiado su opinión acerca de mí, no le gustará demasiado tenerme como examinador. La última vez que nos vimos estuvo tan dolido por el hecho de que yo no fuera cristiano que desde entonces me ha evitado; no sé si su dolor a este respecto ha disminuido, pero todavía debe de tenerme aversión, pues desde entonces nunca se ha comunicado conmigo. No quiero que salga corriendo de la sala en mitad del examen oral, cosa que creo es capaz de hacer.»

El examen oral quedó fijado para el 18 de junio de 1929, y fue dirigido con el aire de una farsa ritual. Cuando Russell entró en la sala del examen en compañía de Moore, sonrió y dijo: «No he visto nada más absurdo en toda mi vida.» El examen comenzó con una charla entre viejos amigos. A continuación Russell, paladeando lo absurdo de la situación, le dijo a Moore: «Vamos, tiene que hacerle algunas preguntas.... usted es el profesor.» Siguió una breve discusión en la que Russell expuso su opinión de que Wittgenstein era incoherente al afirmar que había expresado verdades intocables por medio de proposiciones sin sentido. Naturalmente fue incapaz de convencer a Wittgenstein, quien puso fin al acto palmeando el hombro de sus examinadores y comentando de modo consolador: «No os preocupéis, sé que jamás lo entenderéis.»

En su informe como examinador, Moore afirmaba: «Es mi opinión personal que la tesis de Mr. Wittgenstein es la obra de un genio; pero, sea como fuere, alcanza el nivel requerido para el título de Cambridge de doctor en filosofía.»

Al día siguiente de recibir su título, el Trinity College le concedió a Wittgenstein una beca de 100 libras: 50 para el verano y 50 para el trimestre siguiente.

Wittgenstein pasó la primera parte de sus vacaciones de verano en Cambridge, como inquilino de Maurice Dobb y su mujer en Frostlake Cottage, Malting House Lane. A este período pertenece una breve y difícil amistad con el renombrado crítico literario F. R. Leavis. Se conocieron en una de las «veladas» en casa de Johnson, y de vez en cuando daban largos paseos juntos. Wittgenstein admiraba la personalidad de Leavis más que su trabajo; de hecho, casi podría decirse que apreciaba a Leavis a pesar de su trabajo. Una vez le saludó con las palabras: «¡Abandona la crítica literaria!»: un consejo en el que Leavis, con sorprendente poco acierto, vio la mala influencia de Bloomsbury, suponiendo que Wittgenstein había aceptado a «Keynes, sus amigos y protegidos como esa élite cultural que pretendían ser».

/Su manera de trabajar/

Leavis recuerda que Wittgenstein trabajaba mucho en esa época, y que era frecuente que anduviera escaso de sueño. En una ocasión en que fueron a dar un paseo juntos hasta después de la medianoche, Wittgenstein [258] estaba tan agotado que de vuelta a Malting House Lane apenas podía caminar sin apoyarse en el brazo de Leavis. Cuando finalmente llegaron a Frostlake Cottage, Leavis le imploró que se fuera a la cama enseguida. «No lo entiendes», contestó Wittgenstein. «Cuando estoy enfrascado en alguna labor siempre tengo miedo a morir antes de acabarla. De modo que hago una copia en limpio de lo que he hecho durante el día y se la entrego a Frank Ramsey para que esté a salvo. Aún no he hecho la copia en limpio de hoy.»

La labor en la que estaba enfrascado era la redacción de un ensayo titulado «Algunos comentarios sobre la forma lógica», que posee la distinción de ser el único texto filosófico que publicó después del Tractatus. Se editó en las actas del congreso de la Sesión Anual de la junta de la Sociedad Aristoteliana y la Mind Association, el congreso de filósofos profesionales más importante, que ese año se celebró en Nottingham entre el 12 y el 15 de julio. Como indicio de la rapidez con que funcionaba su pensamiento en esa época hemos de señalar que, en cuanto hubo enviado su ponencia para que se editara en las actas del congreso, la desestimó, considerándola sin valor, y en el congreso, del que supuestamente eran reflejo las actas, acabó leyendo algo bastante distinto: un ensayo acerca del concepto del infinito en matemáticas, que, consiguientemente, no ha quedado para la posteridad.

Sin embargo, «Algunos comentarios sobre la forma lógica» es interesante como constancia de una fase transitoria en el desarrollo de la filosofía de Wittgenstein, una fase en la que el edificio lógico del Tractatus, aunque agrietándose, todavía no se ha demolido del todo. El ensayo puede verse como un intento de responder a las críticas hechas por Frank Ramsey referentes a la exclusión del color en el Tractatus. Las objeciones de Ramsey fueron expuestas por primera vez al escribir la reseña del Tractatus; y no hay duda de que habían sido exploradas en discusiones posteriores entre ambos durante los dos primeros trimestres de 1929.

En la proposición 6.375 del Tractatus, Wittgenstein había insistido: «Al igual que sólo hay una necesidad lógica, sólo hay también una imposibilidad lógica», y en la siguiente proposición lo había aplicado a la imposibilidad de que algo sea, pongamos, rojo y azul al mismo tiempo.

Que por ejemplo dos colores estén a la vez en un lugar del campo visual es imposible y, a decir verdad, lógicamente imposible, puesto que ello viene excluido por la estructura lógica del color.

El problema aquí es que si tal cosa es así, entonces la afirmación «Esto es rojo» no puede ser una proposición atómica. En el Tractatus se afirmaba que las proposiciones atómicas son lógicamente independientes una de otra, con lo que resulta bastante claro que «Esto es rojo» no es independiente de «Esto es azul»: la verdad de una implica la falsedad de la otra. De este modo, las atribuciones de color tienen que ser complejas, susceptibles de un análisis posterior. En el Tractatus, Wittgenstein había apelado

al análisis del color en términos de las velocidades de las partículas como manera de salvar esta dificultad. De este modo, la imposibilidad de que algo sea al mismo tiempo azul y rojo aparece como la siguiente contradicción: «Una partícula no puede tener dos velocidades al mismo tiempo; es decir, no puede estar en dos lugares al mismo tiempo.» Pero, tal como insistía Ramsey, incluso en este análisis el problema reaparece:

... aun suponiendo que el físico nos proporcione un análisis de lo que queremos indicar con la palabra «rojo», Mr. Wittgenstein sólo reduce la dificultad a las proporciones necesarias de espacio, tiempo y materia o éter. Explícitamente hace que dependa de la imposibilidad que tiene una partícula de estar en dos lugares al mismo tiempo.

Y resulta difícil ver, dice Ramsey, cómo esto puede ser una cuestión lógica antes que física. Los comentarios de Ramsey, así presentados, constituían un reto para Wittgenstein: o debía mostrar cómo las propiedades de espacio, tiempo y materia pueden ser necesidades lógicas, o proporcionar una explicación alternativa de la exclusión del color. En «Algunos comentarios sobre la forma lógica», Wittgenstein elige la segunda alternativa. Abandona la afirmación de que las proposiciones atómicas son independientes; la verdad de una puede implicar de hecho la falsedad de la otra, y «Esto es rojo y azul al mismo tiempo» queda, por tanto, excluido. Pero si esto es así, entonces algo no va bien en el análisis de las reglas de la forma lógica que aparecía en el Tractatus. Pues, mediante las reglas del Tractatus, tales construcciones se excluyen sólo si pueden analizarse en formas del tipo «p y nop», cuya contradicción puede demostrarse mediante el método de las Tablas de Verdad. El ensayo, por tanto, acaba de manera problemática.

La posibilidad de llegar a tales construcciones absurdas hemos de achacarla, naturalmente, a una deficiencia en nuestra notación, pues una perfecta notación tendrá que excluir tales estructuras mediante reglas definidas de sintaxis... Tales reglas, sin embargo, no pueden establecerse hasta que de hecho hayamos alcanzado el análisis definitivo del fenómeno en cuestión. Como todos sabemos, esto es algo que aún no se ha logrado.

En lo que escribió al año siguiente, Wittgenstein hizo algún intento de proporcionar «el análisis definitivo del fenómeno en cuestión», y durante este corto período su trabajo se convirtió, como él mismo lo describía, en una especie de fenomenología. Incitado por sus discusiones con Sraffa, sin embargo, pronto abandonó el intento de reparar la estructura del Tractatus, y abandonó del todo la idea de que tenía que existir una estructura común entre mundo y lenguaje. De hecho, el momento en que abandonó esa idea coincide quizá con el momento en que decidió no leer el ensayo preparado para el congreso de filósofos. Pues el ensayo no es tanto una solución al problema suscitado por Ramsey como la admisión de que, dentro de los términos del Tractatus, Wittgenstein no tenía ninguna solución. Habiendo decidido hablar acerca del concepto del infinito en matemáticas, le escribió a Russell pidiéndole que asistiera: «pues tu presencia mejorará inmensamente la discusión, y quizá sea la única manera de hacer que valga la pena». Fue la primera y única vez en su carrera como filósofo que Wittgenstein asistió a ese congreso, y, tal como le explicaba a Russell, no albergaba grandes esperanzas: «Temo que todo lo que uno diga o bien caiga en el vacío o bien despierte problemas irrelevantes en sus mentes.» Temía que lo que él tenía que decir acerca del infinito «les sonara a chino a todos». El filósofo de Oxford John Mabbott recuerda que cuando llegó a Nottingham para asistir al congreso, conoció en la residencia de estudiantes a un joven que llevaba una mochila, pantalones cortos y una camisa abierta. Como nunca había visto antes a Wittgenstein, creyó que se trataba de un estudiante en vacaciones que no sabía que esa residencia estaba sólo destinada a los asistentes al congreso. «Me temo que esto es una reunión de filósofos», dijo amablemente. Wittgenstein replicó: «Yo también me temo lo mismo.» Mientras tanto, Russell no asistió, y la conferencia sólo sirvió para confirmar el desprecio de Wittgenstein hacia tales reuniones. Una consecuencia positiva de ese encuentro, sin embargo, fue que allí inició su amistad con Gilbert Ryle, quien, tal como el propio Ryle escribe en su autobiografía, había sido «durante un tiempo un perplejo admirador» de Wittgenstein. Según éste, fue la expresión seria e interesada de Ryle durante su exposición lo que atrajo su atención y le impulsó a trabar amistad con él. Posteriormente, Ryle se convenció de que la influencia de Wittgenstein en los estudiantes era perjudicial, y Wittgenstein de que Ryle, después de todo, no era serio. Pero a lo largo de la década de los treinta los dos disfrutaron de una relación cordial, y de vez en cuando iban juntos de excursión cuando estaban de vacaciones. En tales paseos hablaban tanto de cine como de filosofía, Ryle resistiendo tenazmente la aseveración de Wittgenstein de que no sólo no se había hecho jamás una película inglesa que fuera buena, sino que tal cosa era una imposibilidad... casi, podría decirse (sometida a un posterior análisis), una imposibilidad lógica. La convicción de Wittgenstein de que su ensayo acerca del infinito les sonaría a «chino» a los filósofos reunidos en Nottingham es una típica expresión de la recurrente sensación de que se le malinterpretaba. Creía estar rodeado de gente incapaz de comprenderle. Incluso Ramsey era incapaz de seguirle en sus desviaciones radicales de la teoría del Tractatus. En septiembre le encontramos quejándose en su diario de la falta de originalidad de Ramsey, de su incapacidad para ver las cosas desde una nueva perspectiva, de procurar abordar los problemas como si se enfrentara a ellos por primera vez. El 6 de octubre, a principios del primer trimestre, anotaba un sueño que es una especie de alegoría de su situación, o al menos de cómo se sentía:

Esta mañana he tenido un sueño: hacía tiempo le había encargado a alguien que me construyera una rueda hidráulica, y ahora no la quería, pero esa persona ya estaba trabajando en ella. La rueda estaba ahí, pero mal hecha; tenía muescas en todo su perímetro, quizá a fin de poner las aspas (como en el motor de una turbina de vapor). Esa persona me explicaba que era una tarea pesada, y yo pensaba: yo había ordenado una sencilla rueda de paletas, que hubiera sido muy fácil de construir. Me atormentaba la idea de que el hombre era demasiado estúpido como para entenderlo y para hacer una rueda mejor, y la única alternativa era dejar que siguiera con el trabajo. Pensaba: Tengo que vivir con personas ante las que no logro hacerme comprender. Es éste un pensamiento que tengo con frecuencia. Y al mismo tiempo la sensación de que es culpa mía.

«La situación de ese hombre que trabaja de manera tan deficiente y absurda en la rueda hidráulica», añade, «era la mía propia cuando hice lo que, visto el asunto con cierta perspectiva, eran unos intentos harto infructuosos de construir una turbina de gas.» Pero, más que eso, el sueño es una imagen de su situación intelectual de entonces, una vez probado que el Tractatus era algo inadecuado. Ahí está: ineptamente construido e inadecuado para la tarea, y ese hombre (¿él mismo o Ramsey?) todavía tratando de enmendarlo, llevando a cabo la fastidiosa y absurda proeza de hacerlo más elaborado, cuando lo que realmente necesitaba era un tipo de rueda completamente distinta y más sencilla.

En noviembre, Wittgenstein aceptó una invitación de C. K. Ogden, el traductor del Tractatus, para que pronunciara una conferencia en The Heretics, una sociedad similar a los Apóstoles, aunque menos elitista y más dedicada a la ciencia. En la sociedad habían pronunciado anteriormente conferencias lumbreras tales como H. G. Wells, Bertrand Russell y Virginia Woolf (Mr. Bennet and Mrs. Brown está basado en la conferencia dada por Virginia Woolf en The Heretics). En esa ocasión prefirió no hablar en «chino», sino servirse de esa oportunidad para poner a prueba y corregir el malentendido más extendido y serio referente al Tractatus: la idea de que se trata de una obra escrita con un ánimo positivista y antimetafísico. En lo que fue la única conferencia «popular» que Wittgenstein dio en su vida, eligió hablar de ética. En ella reiteró la visión dada en el Tractatus de que cualquier intento de decir algo acerca del sujeto materia de la ética llevaría al absurdo, aunque intentó aclarar que su propia actitud hacia este hecho era radicalmente distinta de la de un positivista antimetafísico.

Mi único propósito, y creo que el de todos los hombres que han intentado hablar o escribir de ética o de religión, ha sido arremeter contra los límites del lenguaje. Este arremeter contra las paredes de nuestra jaula es algo perfecta y absolutamente desesperado. La ética, en la medida en que surge del deseo de decir algo acerca del sentido de la vida, el bien absoluto, el valor absoluto, no puede ser una ciencia. Lo que dice no añade nada a nuestro saber en ningún sentido. Pero es un testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría.

También daba algunos ejemplos de su propia experiencia en esta tendencia a «arremeter contra las paredes de nuestra jaula».

Les describiré esta experiencia a fin de, si es posible, hacerles evocar experiencias iguales o similares, de modo que tengamos algún terreno en común en nuestra investigación. Creo que la mejor manera de describirlo es decir que cuando tengo tales experiencias me asombro de la existencia del mundo. Y que me siento inclinado a utilizar frases como «Qué extraordinario que las cosas existan» o «Qué extraordinario que el mundo exista». Mencionaré a continuación otra experiencia que conozco y que a algunos de ustedes les resultará familiar: se trata de lo que podríamos llamar la vivencia de sentirse absolutamente seguro. Me refiero a aquel estado anímico en el que nos sentimos obligados a decir: «Me siento seguro, pase lo que pase, nada puede dañarme.»

Siguió explicando que las cosas que uno se sentía inclinado a decir después de tales experiencias eran un mal uso del lenguaje: no querían decir nada. Y aun así esas experiencias, en sí mismas,

Lo que los demás piensen de mí siempre me afecta hasta un grado extraordinario. Con frecuencia me preocupa causar buena impresión. Por ejemplo: con mucha frecuencia pienso en la impresión que causo en los demás, y resulta agradable si creo que es buena, y desagradable en caso contrario.

Y aunque al afirmar esto sólo esté haciendo un comentario acerca de algo que resulta una perogrullada para todos nosotros, también está llamando la atención hacia lo que consideraba como la mayor barrera entre él y la anstündigkeit.... a saber, su vanidad. Una impresión que Wittgenstein causaba con frecuencia, y que no hay duda que apelaba a su vanidad, era la de ser un aristócrata. F. R. Leavis, por ejemplo, una vez le oyó comentar: «En casa de mi padre hay siete pianos de cola», e inmediatamente se preguntaba si estaría emparentado con la princesa Wittgenstein que figura en los anales de la música. En efecto, era creencia extendida en Cambridge que pertenecía a la principesca familia alemana de los Wittgenstein. Aunque bien es cierto que Wittgenstein no alimentaba este equívoco, no hacía nada para enmendar comentarios como el citado por Leavis (que, por cierto, es de una veracidad dudosa, pues sólo había tres o cuatro pianos de cola en la Alleegasse). Hay opiniones diversas respecto de hasta qué grado ocultaba cuál era su verdadero origen familiar.' Quizá el hecho más importante sea que el propio Wittgenstein tenía la sensación de que estaba ocultando algo, que dejaba que la gente creyera que era un aristócrata cuando de hecho era un judío. En diciembre anota un confuso sueño, que puede verse como expresión de esta angustia:

Un extraño sueño: Veo una revista ilustrada con una foto de Vertsgat, que es un héroe del que se habla mucho hoy en día. La foto le muestra en su coche. La gente habla de sus hechos vergonzosos; Hánsel está de pie junto a mí y alguien más,

[Nota: 1. Bartley afirma que Wittgenstein le suplicó a un primo suyo que vivía en Inglaterra que no revelara su ascendencia judía, mientras que casi todos sus amigos insisten en que no hacía nada para ocultar la verdad acerca de sus orígenes. -fin de la Nota]

alguien que se parece a mi hermano Kurt. Este último dice que Vertsag [sic] es judío, pero que ha crecido en la casa de un rico lord escocés. Ahora es un líder obrero (Arbeiterführer). No ha cambiado de nombre porque aquí no es costumbre. Yo ignoraba que Vertsagt, que yo pronuncio con el acento sobre la primera sílaba, fuera judío, y veo que su nombre es simplemente verzagt [«pusilánime» en alemán]. No me sorprende que esté escrito con «ts», letras que veo impresas más oscuras que las demás. Pienso: ¿ha de haber un judío detrás de toda indecencia? Ahora Hánsel y yo estamos en la terraza de una casa, quizá la gran cabaña de madera del Hochreit, y por la calle viene Verrsag en su automóvil; tiene una expresión airada, el pelo claro ligeramente enrojecido, y un bigote de un color similar (no parece judío). Abre fuego con una ametralladora contra un ciclista que va detrás de él, que se retuerce de dolor y es inmisericordemente acribillado hasta caer al suelo tras varios disparos. Vertsag pasa junto a él y ahora aparece una muchacha joven de aspecto humilde, en bicicleta, y Vertsag también le dispara al pasar junto a ella. Y estos disparos, cuando le dan en el pecho, producen un sonido burbujeante, como una tetera casi vacía al fuego. Sentí lástima por la muchacha y pensé que sólo en Austria podía ocurrir que esta muchacha no encontrara ayuda ni compasión; que la gente se la quedara mirando mientras sufre y es asesinada. Yo mismo temo ayudarla porque tengo miedo de que Vertsag me dispare. Voy hacia ella, pero me acobardo y me oculto tras un tablón. Luego me despierto. Debo añadir que en la conversación con Hánsel, primero en presencia de la otra persona y luego cuando ésta se ha ido, me siento avergonzado y no quiero decir que yo mismo desciendo de judíos, y que el caso de Vertsag es mi propio caso.

Las reflexiones de Wittgenstein al despertar del sueño tienen que ver en su mayor parte con el nombre de su personaje principal. Él creía, extrañamente, que se deletreaba pferzagt (que no significa nada) y también que era húngaro: «El nombre tenía para mí algo pérfido, rencoroso y muy masculino.» Pero más pertinente es quizá su primer pensamiento: que el caso de Vertsgat es también el suyo propio: el de un hombre que es visto como un héroe y que tiene el aspecto y la educación de un aristócrata pero que de hecho es un judío y un canalla. Y, lo que es peor, se sentía demasiado avergonzado, demasiado verzagt, como para confesarlo. El sentimiento de cobardía le acechó durante muchos años, y con el tiempo le condujo, siete anos después de su sueño, a hacer una confesión formal de hasta que punto descendía de judíos. Lo que resulta más perturbador en el sueño, sin embargo, es el uso por parte de Wittgenstein de eslóganes nazis para expresar sus angustias internas. ¿Hay un judío tras cada indecencia? La cuestión podría haber aparecido en el Mein Kampf, tan adornado está el libro de la imagen nazi del judío engañoso y parasitario que oculta sus verdaderas intenciones y su verdadera naturaleza mientras extiende su veneno entre el pueblo alemán. Por suerte, el período durante el cual Wittgenstein se sintió inclinado a adoptar esta imagen (o algo no muy distinto de ella) para describir y analizar su propio unanstündigkeit es breve. Alcanza su punto culminante en una serie de comentarios acerca de lo que significa ser judío escritos en 1931, y después de eso llega a un abrupto final. Una cuestión que surge de manera natural de ese sueño no es abordada por Wittgenstein: el hecho de que Vertsagt dispare a la chica inocente, ¿es un símbolo de su propia influencia corruptora sobre Marguerite? Naturalmente no hay modo de responder a la pregunta, pero creo que hay razones para pensar que sus planes de casarse con ella le incitaron a realizar esfuerzos aún más profundos y enérgicos para librarse de sus propias impurezas, para desenterrar todos los lados deshonestos de su naturaleza que prefería mantener ocultos, Preparándose para su entrega al acto «sagrado» que había mencionado a Lettice Ramsey.