lunes, 14 de abril de 2008

Biografía de Wittgenstein.8

Monk, Ray. "Ludwig Wittgenstein". Traducción: Damián Alou. Editorial Anagrama. Barcelona, marzo 1997, 2da.edición Tit.Orig.: Ludwig Wittgenstein. The Duty of Genius. Jonathan Cape. London 1990 547 pp 1ra. edición febrero 1994.

(continúa)

Cap.18. CONFESIONES

La marcha de Wittgenstein a Noruega en agosto de 1936 recuerda enormemente su anterior partida en octubre de 1913. En ambos casos se marchaba por un período indefinido de tiempo para llevar a cabo una tarea concreta: la preparación de la formulación definitiva de sus observaciones filosóficas. Y también en ambos casos dejaba atrás a una persona amada. La diferencia es que en 1913 Pinsent no había sentido ningún deseo de acompañarle. Es dudoso que Pinsent llegara a darse cuenta de lo muy enamorado que estaba de él Wittgenstein, y casi seguro que no le correspondía en ese amor. Estaba «agradecido» por su «trato» con Wittgenstein, pero de ninguna manera dependía de él. En octubre de 1913, sus estudios de derecho ocupaban su mente mucho más que su amistad con Wittgenstein, cuya ruptura posiblemente viera con una especie de alivio. Para Francis, sin embargo, su relación con Wittgenstein era el mismísimo centro de su vida: si se lo hubiera pedido, lo hubiera dejado todo para irse a vivir con él a Noruega. «Cuando me llegó tu carta», escribió unas semanas después de que se hubieran separado, «deseé poder ir contigo y limpiar tu habitación.» Su vida en Cambridge sin Wittgenstein era solitaria y monótona. Ya no se llevaba bien con su familia, ya no podía participar en el trabajo de Wittgenstein, y aunque perseveraba en él para agradarle, le disgustaba su trabajo en la fábrica. Tal como sin duda le había pedido Wittgenstein, le enviaba a éste informes regulares de cómo iba su vida laboral. No eran demasiado entusiastas: «Mi trabajo va bien. Trabajo con los tornillos» (21.8.36); «Mi trabajo sigue bien. Casi he llegado al final de la fabricación de tornillos. La semana pasada tuve que trabajarlos a mano, cosa que al principio fue difícil. Ahora los estoy bruñendo y niquelando» (1.9.36). «Tengo un pedido de 200 manómetros. Ojalá no fueran tantos» (14.10.36). Con el tiempo, tras una discusión con Rowland Hutt acerca de su puesto en la fábrica, incluso el amable y sumiso Francis expresaba su insatisfacción.

No veo claro cuál es mi relación con la empresa. No veo claro el que consiga un trabajo en el que pueda utilizar todas mis facultades. Me parece (y Hutt está de acuerdo conmigo) que hay que establecer una separación entre ser una persona excepcionalmente dotada y permitirles que hagan cualquier cosa contigo. Por ejemplo, el capataz me dijo que si hubiera permanecido cinco años allí me hubiera hecho avanzar muy rápidamente, pero que como sólo iba a estar dos y la empresa sabía que de todos modos no les sería de mucha utilidad, era algo muy distinto.

Dijo que procuraba recordar lo que Wittgenstein le había dicho acerca de ser «optimista, agradecido y reflexivo», pero en tales circunstancias no era fácil. No lo dice, pero uno se lo imagina pensando que en ese empleo no había nada que despertara el optimismo, nada que agradecer, y que lo único que ocupaba su reflexión era Wittgenstein. Su conversación con Hutt, le dijo a Wittgenstein, «me hizo desear que estuvieras aquí para poder hablar contigo». En sus cartas, pone una y otra vez énfasis en que: «Pienso mucho en ti, y con un gran amor.» Las cartas de Wittgenstein no se han conservado, pero la manera en que Francis declara su amor a veces indica que intenta disipar algunas dudas quizá expresadas por Wittgenstein: «Mis sentimientos por ti no han cambiado en absoluto. Esta es la honesta verdad. Pienso mucho en ti y con un gran amor.»

Es probable que el consejo de ser «optimista, agradecido y reflexivo» fuera todo lo que Francis recibiera como muestra de comprensiva simpatía por parte de Wittgenstein. En Noruega, éste pensaba más en sí mismo y en su trabajo las dos cosas, como hemos visto, indisolublemente unidas que en Francis. Y, al igual que en 19131914, y de nuevo en 1931, el estar solo en Noruega resultó ser un gran catalizador a la hora de dedicarse a la lógica y a sus pecados.

«Creo que venir aquí ha sido lo más adecuado, gracias a Dios», le escribió a Moore en octubre. «No puedo imaginarme que pudiera trabajar en otro sitio que no fuera éste. Es un decorado tranquilo, y quizá maravilloso; me refiero a su tranquila seriedad.» Ante las noticias de que tanto Moore como Johnson tenían serias dificultades a la hora de escribir, Wittgenstein replicó que era una buena señal: «Uno es incapaz de beber vino mientras fermenta, pero esa fermentación demuestra que no es agua sucia.» «Ya veis», añade, «todavía hago hermosos símiles.» Wittgenstein le envió un mapa a Moore, mostrándole dónde estaba su cabaña en relación al fiordo, las vecinas montañas y el pueblo más cercano. Su intención era ilustrarle acerca de que no podía salir del pueblo sin remar. Cuando el tiempo era clemente la cosa no era difícil, pero en octubre el clima era húmedo y frío. Le escribió a Pattisson: «El tiempo ha cambiado de espléndido a horrible. Llueve de una manera endiablada. Hace dos días nevó por primera vez.» Pattisson contestó enviándole a Wittgenstein un jersey, que a Wittgenstein le encantó. Recordando las «Cartas del cliente satisfecho», escribió: «"Se ajusta perfectamente y es de un noble estilo", como le escribían siempre a Mr. Burton, el sastre del buen gusto.» [fin pag. 336]

Se había llevado con él un ejemplar del Cuaderno Marrón, con la intención de utilizarlo como material básico del que extraer la versión definitiva de su libro. Durante un mes trabajó en la revisión del libro, traduciéndolo del inglés al alemán y rescribiéndolo mientras avanzaba. A principios de noviembre abandonó esa tarea, escribiendo, con gruesos trazos: «Dieser ganze "Versuch einer Umarbeitung" vom (Anfang) bis hierher ist nichts wert» («Todo este intento de revisión, desde el principio hasta aquí, no vale nada»). En una carta le explicó a Moore que cuando leyó todo lo que había escrito hasta ese punto, lo encontró todo, «o casi todo, aburrido y artificial»:

"Pues el tener la versión inglesa delante me había agarrotado la mente. Por tanto decidí empezar otra vez desde el principio y no dejar que mis pensamientos fueran guiados por nada más que por ellos mismos. Los primeros dos días me fue difícil, pero luego se volvió más fácil. Así que estoy escribiendo una nueva versión, y espero no equivocarme al afirmar que es algo mejor que la última."

Esta nueva versión se convirtió en la formulación definitiva del inicio del libro de Wittgenstein. Constituye, aproximadamente, los párrafos 1188 del texto publicado como "Investigaciones Filosóficas" (más o menos una cuarta parte del libro), y es la única parte de la obra posterior de Wittgenstein de la que se sentía completamente satisfecho: la única parte que jamás volvería a intentar revisar ni reordenar, ni tampoco indicó jamás que desearía revisarla si tuviera tiempo.

En gran parte sigue la ordenación del Cuaderno Marrón, comenzando con la narración de San Agustín de cómo comenzó a hablar, utilizándola para introducir la idea del juego de lenguaje, y luego aborda el tema de lo que significa seguir una regla. En esta versión definitiva, sin embargo, se cita el pasaje de las Confesiones de Agustín, y la intención de comenzar con ese párrafo es expresada más claramente:

"Creo que estas palabras nos ofrecen una imagen peculiar de la esencia del lenguaje humano. Consiste en esto: las palabras del lenguaje nombran objetos las frases son combinaciones de tales nombres. En esta imagen del lenguaje encontramos las raíces de la siguiente idea: Cada palabra tiene un significado. Este significado está correlacionado con la palabra. Es el objeto que la palabra representa."

El resto del libro iba a examinar las implicaciones de esta idea y las trampas en que se pierden los filósofos. Todas estas rutas comienzan demoliendo la noción (prefilosófica) del lenguaje expresada por Agustín, que da pie a la idea filosófica mencionada anteriormente. De este modo, Wittgenstein esperaba arrancar la confusión filosófica agarrándola por sus raíces prefilosóficas.

La cita de Agustín no se ofrece, tal como se ha creído muchas veces, [fin pag. 337] para presentar una teoría del lenguaje, que Wittgenstein entonces mostraba como falsa. Las Confesiones, después de todo, no son (no principalmente, al menos) una obra filosófica, sino una autobiografía religiosa, y en el pasaje citado Agustín no está teorizando, sino describiendo cómo aprendió a hablar. Y por eso precisamente resulta adecuado para presentar el objetivo de la empresa filosófica de Wittgenstein. Aunque no expresa ninguna teoría, lo que se contiene en la narración de Agustín es una imagen. Y, para Wittgenstein, todas las teorías filosóficas radican en esa imagen, y debe ser arrancada para introducir una nueva imagen, una nueva metáfora:

"Un símil que ya ha sido absorbido dentro de las formas de nuestro lenguaje produce una apariencia falsa, y eso nos produce inquietud. Una figura nos ha tenido cautivos. Y no podíamos salir de ella, pues reside en nuestro lenguaje, y el lenguaje, parece repetírnosla inexorablemente."

La versión definitiva del libro de Wittgenstein difiere del Cuaderno Marrón en que, en lugar de conducir simplemente al lector a través de una serie de juegos de lenguaje sin explicación alguna, se detiene de vez en cuando para aclarar su proceder y para aclarar cualquier malentendido:

"Nuestros claros y simples juegos de lenguaje no son estudios preparatorios para una futura reglamentación del lenguaje, como si fueran primeras aproximaciones que ignorasen la fricción y la resistencia del aire. Los juegos del lenguaje están ideados como objetos de comparación, cuya intención es arrojar luz sobre las condiciones de nuestro lenguaje por vía de semejanza y desemejanza.

No es nuestro objetivo refinar ni complementar por caminos inauditos el sistema de reglas que rige la utilización de nuestras palabras. La claridad a que nosotros aspiramos es ciertamente una claridad completa. Pero esto sólo quiere decir que los problemas filosóficos deben desaparecer completamente. El descubrimiento real es el que me hace capaz de dejar de hacer filosofía cuando quiero. El que da paz a la filosofía, de manera que ya no esté atormentada por cuestiones que la ponen a ella misma en cuestión. En cambio, vamos a exponer ahora un método, por medio de ejemplos; y esa serie de ejemplos puede ser dividida. Se resuelven problemas (se apartan dificultades), no un único problema."

Previendo una reacción natural a su concepción de la filosofía y a su método, se pregunta: «¿Dónde radica la importancia de nuestra investigación, ya que parece que solamente vaya a destruir todo lo interesante, es decir, todo lo que es grande e importante? (Como si dijéramos todos los edificios, dejando a su paso sólo fragmentos de piedra y escombros).» Responde: «Lo que estamos destruyendo no son sino castillos de naipes, con lo que dejamos libre la base del lenguaje sobre la que se asientan.» Y, cambiando la metáfora, pero moviéndose dentro del mismo tema: [fin pag.338]

"Los resultados de esta filosofía son el descubrimiento de algún que otro sinsentido y de los chichones que el entendimiento se ha hecho al chocar con los límites del lenguaje. Estos chichones nos hacen reconocer el valor de ese descubrimiento."

Si tales explicaciones significaban algo para las personas que no habían sufrido tales «chichones» es algo que sigue siendo dudoso. Pero en todo caso, el método no se ha elaborado para tales personas, al igual que el análisis freudiano no se ha elaborado para aquellos que no sienten interés por la psicología. La "Investigaciones filosóficas" quizá en mayor medida que cualquier otro clásico de la filosofía no sólo exigen que el lector les dedique toda su inteligencia, sino también que se implique en ellas. Otras grandes obras filosóficas El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, por ejemplo pueden ser leídas con interés y aprovechamiento por alguien que «quiera saber lo que dijo Schopenhauer». Pero si las "Investigaciones filosóficas" se leen con ese espíritu, rápidamente se vuelven aburridas y agotadoras, pues será prácticamente imposible comprender lo que Wittgenstein está «diciendo». Pues, en verdad, no está diciendo nada; está presentando una técnica para desenmarañar las confusiones. Y a menos que sean las propias confusiones, el libro será de muy poco interés.

En relación al grado de implicación necesario para sacarles algún provecho, existe otra razón por la que parece apropiado comenzar el libro con una cita de las Confesiones de San Agustín. Y es que, para Wittgenstein, toda filosofía, en la medida en que uno se dedica a ella de manera honesta y decente, comienza con una confesión. Con frecuencia señalaba que el problema de escribir buena filosofía y de pensar correctamente en los problemas filosóficos era cuestión de la voluntad más que del intelecto: la voluntad de resistir la tentación de malinterpretar, la voluntad de resistir la superficialidad. Lo que con frecuencia se interpone en el camino de la verdadera comprensión de los problemas no es la falta de inteligencia, sino el propio orgullo. De este modo: «El edificio de tu orgullo debe ser desarmado. Y es un trabajo terriblemente duro.» El autoanálisis que exige desarmar el propio orgullo es algo necesario, no sólo para ser una persona decente, sino también para escribir filosofía de manera decente. «Si alguien no está dispuesto a descender hasta el fondo de sí mismo porque le resulta demasiado doloroso, entonces su escritura seguirá siendo superficial":

"Mentirse a sí mismo acerca de sí mismo, engañarse acerca de cuáles son las verdaderas intenciones de la propia voluntad, es algo que ha de ejercer una influencia dañina en el [propio] estilo; pues el resultado será que no se podrá distinguir qué es verdadero en ese estilo y qué falso..."

Si finjo delante de mí mismo, entonces eso es lo que expresa el estilo. Y entonces el estilo no puede ser el mío propio. Si no se está dispuesto a saber lo que se es, entonces lo que se escribe es una forma de engaño".

No es una coincidencia que Wittgenstein escribiera esta serie de observaciones, que eran las que más le satisfacían, durante una época en la que era implacablemente honesto consigo mismo: cuando había realizado los más intensos esfuerzos para «descender hacia el fondo de si mismo» y reconocer esas ocasiones en que el orgullo le había obligado a mentir. Durante los meses en que se ocupó de la redacción definitiva del principio del libro, Wittgenstein también preparó una confesión, enumerando las veces en que, durante su vida, había sido débil y deshonesto. Su intención era leer la confesión a los demás miembros de su familia, y a algunos de sus amigos más íntimos. Es de presumir que opinaba que no había suficiente con admitir haber mentido sólo ante uno mismo; lo más adecuado para «desmoronar el orgullo» que había originado su debilidad sería implicar a otras personas en la confesión. Para él era una cuestión de la máxima importancia, y, en consecuencia, en noviembre de 1936 escribió a, entre otros, Maurice Drury, G. E. Moore, Paul Engelmann, Fania Pascal y, naturalmente, Francis Skinner, diciéndoles que tenían que verse durante las vacaciones de Navidad. De estas cartas, la única que se conserva es la dirigida a Moore, aunque podemos suponer que las demás eran bastante parecidas. Le dijo a Moore que, aparte de su trabajo, «han ocurrido en mi interior (quiero decir en mi mente) todo tipo de cosas»:

No te las mencionaré ahora, pero cuando vaya a Cambridge, cosa que tengo intención de hacer más o menos en Año Nuevo, le pido a Dios que me permita hablarte de ellas; y entonces descaré tu consejo y tu ayuda en algunos asuntos muy difíciles y serios.

A Francis debió de hablarle de manera un poco más directa, diciéndole que lo que tenía en mente era una confesión. En una carta del 6 de diciembre, nos encontramos con que Francis le promete: «Nada de lo que me digas cambiará el amor que siento por ti. Yo mismo soy despreciable en todos los aspectos de mi ser.» Lo que era más importante para Francis era que, al menos, vería a Wittgenstein otra vez: «Pienso mucho en ti y en nuestro amor. Esto me hace seguir adelante y me da alegría y me ayuda a superar mi abatimiento.» Tres días después repetía la promesa: «Nada de lo que me digas cambiará mi amor por ti... No tiene sentido que te perdone, pues yo soy mucho peor persona que tú. Pienso mucho en ti y te amo siempre.» Wittgenstein pasó las Navidades en Viena, y entregó la confesión a Engelmann y a algunos miembros de su familia, y probablemente también a otros amigos (podemos pensar que Hánsel debía de estar incluido). Ninguna de estas personas ha dejado constancia de lo que contenía la confesión. Cuando Engelmann publicó las cartas que Wittgenstein le había enviado, omitió la que mencionaba la confesión; con toda probabilidad la destruyó. En Año Nuevo, Wittgenstein visitó Cambridge, e hizo su confesión a G. E. Moore, Maurice Drury, Rowland Hutt y Francis. Moore, Drury y Francis murieron sin revelar el secreto de qué contenía la confesión, y por tanto hemos de fiarnos de los recuerdos de Pascal y de Hutt. No sabemos cómo reaccionaron los demás a la confesión, aunque probablemente es Fania Pascal quien mejor capta el espíritu de la res puesta de Drury y de Moore cuando señala que, sin que se lo dijeran, ella sabe que: «escucharon pacientemente, dijeron muy poco, pero mostraron una amistosa solidaridad, dejando implícito en sus ademanes y su expresión que no tenía ninguna necesidad de hacer esa confesión, pero que si creía que debía hacerla, bien estaba que la hiciera.» Según Drury, sin embargo, él no escuchó la confesión, sino que la leyó. Drury añade que Moore ya la había leído, y, según Wittgenstein, parecía muy afligido por haber tenido que hacerlo. Por lo que se refiere a Francis, Pascal sin duda tiene razón al especular: «Debió de quedarse pasmado, profundamente afectado, los ojos fijos en Wittgenstein.» Tanto para Rowland Hutt como para Fania Pascal, escuchar la confesión resultó una experiencia incómoda. En el caso de Hutt, la incomodidad era simplemente azoramiento por tener que sentarse en Lyón delante de Wittgenstein mientras éste recitaba sus pecados con una voz alta y clara. A Fania Pascal, por otro lado, este asunto la tenía exasperada. Wittgenstein la había llamado por teléfono, en un momento inconveniente, para pedirle si podía ir a verla. Cuando ella le preguntó si era urgente, él le dijo con voz firme que sí lo era, y que no podía esperar. «Si ha habido alguna vez algo que pudiera esperar», pensaba ella delante de Wittgenstein, al otro lado de la mesa, «es una confesión de este tipo y he cha de esta manera.» La manera rígida y distante en que comunicaba su confesión imposibilitaba que Fania reaccionara con simpatía. En cierto momento gritó: «¿Qué es todo esto? ¿Quieres ser perfecto?» «Natural mente que quiero ser perfecto», tronó él. Fania Pascal recuerda dos de los «pecados» confesados por Wittgenstein. junto con éstos, había un cierto número de pecados menores, que no recuerda muy bien. Rowland Hutt ha recordado algunos de ellos. Uno se refiere a la muerte de un conocido de Wittgenstein que era norteamericano. Cuando un amigo común le comunicó su muerte, Wittgenstein re accionó de la manera más adecuada a cuando uno oye noticias tristes. Es taba fingiendo, pues de hecho ya estaba al corriente de la noticia; ya se habla enterado de la muerte. Otro se refería a un incidente de la Primera Guerra Mundial. El comandante en jefe le había dicho a Wittgenstein que llevara unas bombas a través de una plancha inestable que servía de puente sobre un arroyo. Al principio había tenido miedo de hacerlo. Con el tiempo superó ese miedo, pero su cobardía inicial le había acosado desde entonces. Otro se refería al hecho de que, aunque mucha gente creía que era virgen, no lo era: de joven había tenido relaciones sexuales con una mujer. Wittgenstein no utilizaba las palabras «virgen» o «relaciones sexuales», pero no hay duda de que es eso lo que Hutt quiere decir.

No recuerda cuáles fueron las palabras utilizadas por Wittgenstein. Cree que eran algo parecido a: «Casi todo el mundo cree que no he tenido relaciones con mujeres, pero sí las he tenido.» El primero de los «pecados» que recuerda Fania Pascal se refiere a que Wittgenstein había permitido que casi todas las personas que conocía creyeran que su sangre era aria en tres cuartas partes y el resto judía, mientras que en la realidad era al revés. Es decir, de los abuelos de Wittgenstein, tres eran de ascendencia judía. Según las Leyes de Nüremberg, esto convertía a Wittgenstein en judío, y Pascal seguramente tiene razón al relacionar esta confesión con la existencia de la Alemania nazi. Lo que Wittgenstein no le dijo, y que ella descubrió más tarde, es que, en dad, ninguno de sus abuelos «judíos» lo era de hecho. Dos habían sido bautizados como protestantes, y el tercero era católico romano. «De judío, nada», comenta ella. Hasta aquí, todos estos «crímenes» son pecados por omisión: se refieren solamente a casos en que Wittgenstein dej6 de hacer algo o declinó corregir una impresión falsa. El Pecado final y más doloroso se refiere a una mentira contada por Wittgenstein. En esta fase de la confesión, re cuerda Pascal, «mantenía un control más férreo de sí mismo, hablando entrecortadamente acerca de lo cobarde y vergonzoso de su comporta miento». Su narración de esta confesión, sin embargo, comunica una impresión extrañamente distorsionada del incidente que describe:

Durante el breve período en el que ejerció de maestro en una escuela rural de Austria, golpeó a una de las niñas que había en su clase y le hizo daño (mi recuerdo es, sin entrar en detalles, el de un acto físicamente vio lento). Cuando ella fue a quejarse al director, Wittgenstein negó haberlo hecho. El acontecimiento quedó como una ¿poca de crisis en el inicio de su madurez. Puede que hubiera sido eso lo que le llevó a dejar la enseñanza, quizá le hizo darse cuenta de que debía vivir en solitario.

Este suceso está distorsionado de varias maneras. En primer lugar, Wittgenstein se acercaba ya a los cuarenta años cuando ocurrió el incidente de Otterthal, y seguramente era ya un tanto mayor como para que pueda decirse que estaba «en el inicio de su madurez». Más importante aún es el hecho de que Pascal parece no tener ni idea de que los actos de violencia física no eran en modo alguno infrecuentes en las clases de Wittgenstein, ni que de hecho Wittgenstein compareció ante un tribunal para responder de una acusación de violencia. Es posible que Wittgenstein no le dijera esas cosas, que utilizara ese incidente aislado como símbolo de sus delitos en Otterthal. Pero también es posible y creo que no improbable que a Pascal le falle la memoria. Después de todo, ella no estaba de humor para oír la confesión de Wittgenstein, y la manera de decirla de él hacía que le resultara aún más ajena. Rowland Hutt recuerda que la confesión se centraba no tanto en el hecho de haber negado algo delante del director sino más bien en admitir que había mentido delante del tribunal. Expresado de este modo, cuadra mejor con la narración ofrecida por los aldeanos de Otterthal, y explica mejor por qué esta mentira siempre acosó a Wittgenstein.

No hay duda de que, de entre todas las mentiras confesadas por Wittgenstein, consideraba que su comportamiento en Otterthal era la carga más grande, y a fin de aliviarse fue mucho más allá de lo que Pascal y Hutt podían haber imaginado. El mismo año en que hizo la confesión, Wittgenstein asombró a los aldeanos apareciendo en su puerta para disculparse personalmente ante los niños a quienes había causado daño físico. Visitó al menos a cuatro de estos niños (y posiblemente a más), implorándoles perdón por cómo se había comportado con ellos. Algunos tuvieron una respuesta generosa, tal como recuerda Georg Stangel, aldeano de Otterthal:

Yo no fui alumno de Wittgenstein, pero estuve presente cuando, poco antes de la guerra, Wittgenstein visitó la casa de mi padre para disculparse ante éste y mi hermano. Wittgenstein llegó más o menos a la una del mediodía, entró en la cocina y preguntó dónde estaba Ignaz. Llamé a mi hermano, mi padre también estaba presente. Wittgenstein dijo que quería disculparse si había cometido una injusticia con él. Ignaz dijo que no tenía necesidad de disculparse, que Wittgenstein había sido un buen maestro. Éste se quedó durante media hora y dijo que también querían ver a Gansterer y Golelberg para implorarles perdón de manera parecida.

Pero en casa de Mr. Piribaucr, quien habían instigado la acción en contra de Wittgenstein, recibió una respuesta menos generosa. Allí se disculpó ante la hija de Piribauer, Hermine, que albergaba un profundo rencor en su contra por cómo le tiraba de las orejas, en una ocasión de una manera tan violenta que comenzaron a sangrarle e incluso perdió algo de pelo. A la súplica de Wittgenstein para que le perdonara, la chica respondió con un desdeñoso «Ja, ja». Podemos imaginarnos lo humillante que debió de ser todo esto para Wittgenstein. Y casi podría parecer que la finalidad de humillarse de esta manera era precisamente eso: un autocastigo. Pero creo que tal cosa sería malinterpretar el propósito de estas confesiones y disculpas. La finalidad no era herir su orgullo como forma de castigo; era desarmarlo: eliminar una barrera, como si dijéramos, que se interponía entre él y la manera de pensar decente y honesta. Si creía haber sido injusto con los niños de Otterthal, entonces debía ir a disculparse. La idea se le podría haber ocurrido a cualquiera, pero casi todo el mundo la hubiera considerado y luego desechado por varias razones: era algo que había sucedido hacía mucho tiempo; los aldeanos no comprenderían tal disculpa, la considerarían muy extraña; el viaje a Otterthal es difícil en invierno; sería doloroso y humillante ofrecer una disculpa de este tipo, y, dadas las demás razones, no valía la pena; etcétera, etcétera. Pero encontrar estas razones convincentes, tal como, creo yo, haría cualquiera de nosotros, es, al fin y al cabo, someterse a la cobardía. Y esto, por encima de todo, era lo que Wittgenstein estaba terminantemente decidido a no hacer. Es decir, no fue a Otterthal a buscar dolor y humillación, sino con la determinación de, a pesar de todo, ofrecer sus disculpas. Al reflexionar sobre los efectos de la confesión, escribió:

El año pasado, con ayuda de Dios, reuní fuerzas e hice una confesión. Esto me llevó a aguas más serenas, a una mejor relación con las personas y a una mayor seriedad. Pero ahora es como si todo eso se hubiera agotado, y no estoy muy lejos de donde estaba. Soy un cobarde más allá de toda medida. Si no lo corrijo, vagaré completamente sin rumbo en esas aguas a través de las cuales me movía entonces.

Wittgenstein veía esta confesión como una especie de cirugía, una operación para eliminar la cobardía. Es característico de él que viera la infección como maligna y necesitada de continuo tratamiento. También era característico de él ver una simple herida física como algo trivial al compararlo con el daño moral. Poco después de regresar a Noruega, en el Año Nuevo de 1937, sufrió un accidente y se rompió una costilla. Mientras que su estado moral había sido algo perentorio, del mal físico no hacia caso, y era poco mas que una broma. Le dijo a Pattisson: «Pensé en que me la quitaran y me hicieran una esposa con ella, pero me dijeron que el arte de hacer esposas a partir de costillas era algo que se había perdido.» Si la confesión tuvo algún efecto en Francis, probablemente fue el de envalentonarle a decir las cosas un poco más abiertamente, a revelar algunas cosas que él había mantenido ocultas. «Creo que está mal esconderte ciertas cosas», escribió en marzo de 1937, «aunque obre así porque me avergüenzo de mí mismo.» Pero en este caso, no fueron hechos pasados lo que revelaba, sino sentimientos presentes, y en particular el sentimiento de que no quería estar en Cambridge trabajando en una fábrica, sino con Wittgenstein, y preferiblemente trabajando con él: «A veces desearía que pudiéramos hacer algún trabajo juntos, el que fuera. Siento que eres parte de mi vida.» Lo que le preocupaba no era sólo su propio estado moral (y ciertamente no el de Wittgenstein), sino sus relaciones, su miedo a que se distanciaran o a que las circunstancias les obligaran a estar separados:

Pienso mucho en nuestra relación. ¿Vamos a actuar de manera independiente el uno del otro, seré yo capaz de actuar de manera independiente? ¿Qué pasará si estalla la guerra? ¿0 si estamos permanentemente separados? Es terrible mi falta de valor. Te añoro con frecuencia. Siento que estás cerca de mí sea cual sea mi estado de ánimo, y lo sentiría aunque hiciera algo muy malo. Estoy siempre en tu viejo corazón. Me encanta pensar en ti.

A Francis le resultaba doloroso pensar que ya no estaba involucrado en el trabajo de Wittgenstein, reconocer que ya no era, en ningún sentido, colaborador suyo. En mayo escribió: «Creo que no he llegado a comprender del todo el trabajo que estás haciendo ahora, y creo que sería bueno para mí intentar comprenderlo mejor.» En la carta relata un encuentro con Sraffa, del que, dijo, había «aprendido mucho y me había hecho mucho bien». Sraffa había «hablado de los trabajadores de una manera muy amable». Pero, como trabajador que él mismo era, Francis comenzaba a encontrarse con que para su consternación, los problemas de la filosofía le parecían bastante remotos:

últimamente he intentado pensar en la utilidad que la filosofía tiene ahora para mí. No quiero perder mi conciencia intelectual. Quiero hacer uso de todos los años que pasé aprendiendo filosofía. No deseo que simplemente me hayan convertido en una persona más inteligente. Quiero tener en mente la importancia de utilizar las palabras de manera correcta... Creo que tampoco debería olvidar que los problemas filosóficos son problemas realmente importantes para mí.

Esta carta, fechada el 27 de mayo, fue escrita a Wittgenstein mientras éste estaba en Viena. Su trabajo en Noruega durante la primavera de 1937 había ido mal, «en parte», le dijo a Moore, «porque he estado muy preocupado por mí mismo», y pasó el verano primero con su familia, y luego con Francis en East Road. En Cambridge emprendió una labor en la que, hemos de suponer, Francis podía ayudarle: le dictó un texto a maquina con las observaciones que había anotado el verano anterior, las que ahora forman los primeros 188 párrafos de las Investigaciones filos6ficas. El 10 de agosto se marchó de nuevo a Noruega.

Que Wittgenstein regresó a Noruega en un estado de gran agitación es algo evidente a partir de las entradas de su diario de esa época. En el barco, rumbo a Skjolden, anota que había conseguido escribir un poco, pero que su mente no está «entregada» al trabajo. Unos pocos días más tarde se describe como «vano, irreflexivo, angustiado angustiado, es decir, por tener que vivir solo. «Temo que me deprimiré y no seré capaz de trabajar»:

Me gustaría vivir con alguien. Ver una cara humana por la mañana. Por otro lado, me he vuelto tan blando que quizá sea bueno para mí vivir solo. Ahora soy totalmente despreciable.

«Tengo la sensación», escribe, «de que no me faltarán las ideas, pero también creo que la soledad me deprimirá y no seré capaz de trabajar. Temo que en mi casa todos mis pensamientos sean exterminados, y una sensación de abatimiento se apodere de mí.» ¿Pero en qué otro lugar podía trabajar? La idea de vivir en Skjolden pero no en su casa le incomodaba, y en Cambridge «podría enseñar, pero no también escribir». Al día siguiente se sentía «infeliz, desvalido y vacío de pensamiento», y se le ocurrió: «Cuán único e irreemplazable es Francis. Y qué poco me doy cuenta de ello cuando estoy con él»:

Estoy totalmente atrapado en la mezquindad. Estoy irritable, pienso sólo en mí, en que mi vida es desgraciada, y que al mismo tiempo no tengo ni idea de lo desgraciada que es.

Se sentía incapaz de regresar a su casa. Su habitación, que antes le había parecido encantadora, ahora le resultaba ajena y hostil. Se alojó con Anna Rebni, pero para ello tuvo que luchar con su conciencia. Le resultaba «raro» (unheimlich) el tener que vivir con ella y dejar su casa vacía: «Estoy avergonzado de tener esa casa y de no vivir en ella. Sin embargo, resulta extraño que esta vergüenza resulte un sentimiento tan fuerte.» Tras una noche en casa de Rebni, escribió que le resultaba extraño estar allí: «No sé si tengo derecho o una buena razón para vivir aquí, No tengo ninguna necesidad real de soledad ni ninguna abrumadora urgencia de trabajar.» Sentía una debilidad en las rodillas. «¿¿Es el clima?? Es terrible lo fácilmente que me asalta la angustia [die Sorge].» Pensaba en regresar a su casa, «pero me da miedo que la tristeza se adueñe de mí una vez allí». Escribió que era difícil subir la colina, y que uno lo hace a regañadientes. Se sentía demasiado débil para ese esfuerzo. Durante un día o dos se sintió inclinado a pensar que el problema era más físico que psicológico. «Estoy realmente enfermo», escribió el 22 de agosto, «dolores abdominales y fiebre». A la tarde siguiente, sin embargo, anotó que su temperatura era normal, pero que se sentía igual de cansado que siempre. Hasta el 26 de agosto no anotó el primer signo de recuperación: una vez más fue capaz de ver el paisaje noruego con cierto placer. Ese día había recibido dos cartas («colmadas de regalos», tal como lo expresó), una de Francis y la otra de Drury, «ambas conmovedoramente encantadoras». Ese mismo día un año después de haberse ido a vivir a Noruega le escribió a Francis para que fuera a visitarle. «Puede que vaya bien. Y puede que se me conceda el ser medio decente.» Francis aceptó la invitación con presteza. El 23 de agosto había escrito: «Dijiste en una de tus cartas Mjalá estuvieras aquí". ¿Te sería de alguna ayuda si pudiera ir a verte? Sabes que lo haría y que me encantaría ir.» Ahora escribía: «Me encantaría ir a verte. Definitivamente creo que .me haría bien. Estoy casi seguro.» Sin embargo, debido a que tenían que operarle una ampolla que le había salido en una pierna, no pudo viajar hasta la tercera semana de septiembre. Durante esa época, Wittgenstein recobró gradualmente su estabilidad mental y su capacidad de trabajar, y fue capaz de regresar a su casa. «La manera de solucionar el problema que ves en la vida», escribió el 27 de agosto, «es vivir de una manera tal que haga desaparecer el problema»:

El hecho de que la vida sea problemática demuestra que la forma de tu vida no encaja en el molde de la vida. De modo que debes cambiar tu modo de vivir, y una vez la vida haya encajado en el molde, lo que resulta problemático desaparecerá.

Pero ¿acaso no tenemos la sensación de que alguien que no ve ningún problema en la vida está ciego ante algo importante, incluso ante lo más importante de todo? ¿Acaso no digo yo a veces que un hombre así está simplemente viviendo sin objeto, a ciegas, como un topo, y que sólo con que pudiera ver, vería el problema? 0 en lugar de eso no debería decir: un hombre que viva correctamente no experimentará el problema como una aflicción, pues para él será un brillante halo alrededor de su vida, no un dudoso telón de fondo.

Según estos términos, Wittgenstein no se veía ni como un ciego ni como una persona que vive correctamente. Percibía el problema de la vida como un problema, como una aflicción. Inevitablemente, identificaba el problema con sí mismo: «Me comporto mal y tengo pensamientos y sentimientos viles y mezquinos» (26.8.37); «Soy un cobarde, y me doy cuenta una y otra vez, en todo tipo de ocasiones» (2.9.37); «Soy irreligioso, pero con Angst» (7.9.37). El «pero» de esta última frase parece tener un efecto un tanto tranquilizador, como si compensara su falta de fe con la angustia, que al menos probaba que no vivía a ciegas: le daba la posibilidad de vivir «con un brillante halo alrededor de su vida». El 4 de septiembre escribió:

El cristianismo no es una doctrina, quiero decir que no es una teoría' acerca de lo que le ha sucedido y le sucederá al alma humana, sino una descripción de algo que de hecho tiene lugar en la vida humana. Pues la «conciencia del pecado» es un suceso real, al igual que la desesperación y la salvación por la fe. Aquellos que hablan de estas cosas (Bunyan, por ejemplo) están simplemente describiendo lo que les ha sucedido, por mucho que quieran ocultarlo.

Como siempre buscaba el Dios que había en su interior: la transformación de su propia desesperación en fe. Se castigó cuando, durante las violentas tormentas de los días siguientes, se sintió tentado de maldecir a Dios. Fue algo, se dijo, «simplemente malvado y supersticioso».

Hacia el 11 de septiembre, la capacidad de trabajo de Wittgenstein se había reavivado lo suficiente como para comenzar a escribir en uno de sus grandes volúmenes manuscritos (en lugar de hacerlo en sus cuadernos), pero temía, dijo, «escribir con un estilo afectado y malo». Se encontró con que conseguía trabajar, pero no hallaba ningún placer en ello. «Es como si ya le hubiera exprimido todo el jugo a mi trabajo», escribió el 17 de septiembre.

Al día siguiente viajó a Bergen para encontrarse con Francis. Escribió que se sentía muy sensual: por la noche, como no podía dormir, tuvo fantasías sensuales. Un año atrás había sido mucho más decente: más serio. Cuando Francis llegó a la casa, Wittgenstein se sintió «sensual, susceptible, indecente» con él: «Me acosté con él dos o tres veces. Siempre al principio con la sensación de que no había nada malo en ello, a continuación con vergüenza. También he sido injusto, quisquilloso y poco sincero con él, y también cruel.» Si ésa fue la única vez en que él y Francis tuvieron intimidad sexual, no lo sabemos. Es ciertamente la única ocasión en que lo menciona en sus comentarios en clave. Lo que resulta sorprendente es la yuxtaposición del hecho de que se acuesten juntos con las observaciones acerca de su falta de amor por Francis. 0 quizá lo que está expresando es el miedo de dejar de amarlo, como si esperara encontrarse con lo que Weininger escribió acertadamente: «El contacto físico con el objeto amado, en el que se despierta el impulso sexual... es suficiente para matar el amor en el acto.» Durante los diez días más o menos que Francis permaneció en casa de Wittgenstein, hay sólo un comentario en clave: «¡Me siento muy intolerante!» (25.9.37). Sin embargo, el 1 de octubre, el día en que Francis se marchó, escribió:

Los últimos cinco días fueron agradables: se adaptó a la vida de aquí y lo hizo todo con amor y amabilidad, y, gracias a Dios, no me comporté de modo intolerante, y verdaderamente no tenía razón para hacerlo, a excepción de mi vil naturaleza. Ayer le acompañé hasta Sogridal; hoy he regresado a mi cabaña. Un tanto deprimido, también cansado.

Para Francis, naturalmente, la sensualidad y la intimidad de su primera noche juntos en casa de Wittgenstein no tenía ninguna connotación weiningeriana. Podía entregarse a la «sensibilidad» que experimentaba hacia Wittgenstein sin miedo a perder su amor. En una carta sin fecha, por ejemplo, escribió: «Con frecuencia recuerdo las cosas que hemos hecho juntos en el pasado, y también las cosas que hicimos aquí, en Cambridge. Esto me hace añorarte, a veces de manera muy intensa»; y sus cartas inmediatamente posteriores a su visita a Noruega reiteran su afirmación de lo «maravillosa» que había sido la visita:

Pienso constantemente en ti y en esos momentos maravillosos que pasé contigo. Fue maravilloso que tal cosa fuera posible. Era delicioso estar contigo y vivir en la casa contigo. Fue un regalo maravilloso para los dos. Espero que me haga mucho bien. [Sin fecha.]

Con frecuencia pienso en lo bien que me sentía cuando estaba contigo y en lo maravilloso que era estar contigo y mirar el paisaje contigo. Fuiste maravillosamente bueno conmigo. Tu compañía me ha hecho mucho bien... Fue maravilloso estar contigo. [14.10.371

Durante su estancia, Francis ayudó a Wittgenstein a limpiar su habitación, tal como había deseado hacer un año antes. El horror de Wittgenstein hacia la falta de limpieza le impulsó a adoptar un método particularmente riguroso para barrer el suelo: arrojaba hojas húmedas de té para que embebieran la suciedad y luego las barría. Realizaba esta tarea frecuentemente, y se negó resueltamente a tener una alfombra en cualquiera de las habitaciones en las que vivió durante un prolongado período de tiempo. Cuando Francis regresó a su piso de East Road adoptó tan exigente costumbre como una especie de recuerdo de su estancia:

Pienso mucho en ti. También pienso con frecuencia en lo encantador que fue limpiar la habitación contigo. Cuando regresé decidí que no volvería a extender mi alfombra aunque hubiera sido sacudida, porque sé que no puedo limpiarla adecuadamente. Ahora tengo que barrer mi habitación. Me gusta hacerlo porque me recuerda los días que pasé contigo. Me alegra haber aprendido a hacerlo.

Francis también se puso el manto de Wittgenstein cuando asistió a una sesión del Club de Ciencia Moral. En su narración de esa sesión abandona el tono modesto y moderado de casi todas sus otras anotaciones, y exhibe un tono inesperadamente feroz, que, uno sospecha, toma prestado de Wittgenstein:

El profesor Moore no estaba presente y Braithwaite presidió la sesión. La conferencia era sobre ética. Debo decir que Braithwaite se mostró de lo más repugnante en la discusión. La despojó de toda seriedad. En ningún momento habló como si fuera en modo alguno responsable de la discusión, o como si la discusión tuviera algún propósito serio. Hubo constantes carcajadas durante toda la discusión, muchas provocadas por él. No me habría importado si lo que hubiera dicho hubiera sido simplemente malo, pero me pareció detestable esa falta de seriedad. Eso impide que la discusión tenga ningún resultado útil y valioso.

En su diario, Wittgenstein la describe como una «deliciosa carta de Fr.»:

Me cuenta... lo miserablemente mala que fue la discusión bajo la batuta de Braithwaite. Es terrible. Pero yo no sabría qué hacer, pues las demás personas tampoco son lo suficientemente serias. Además, yo también sería demasiado cobarde como para hacer algo decisivo.

En otra carta, Francis menciona, de una manera igualmente reprobatoria, las conferencias de Fania Pascal acerca de la «Europa moderna», un cursillo sobre los acontecimientos de la época que había accedido a impartir en la Asociación Educativa Obrera. En esa ocasión Wittgenstein sí intentó una intervención decisiva: le escribió a Pascal lo que ella describe como una carta «acerba y amenazante», que «provocó una gran explosión de furia por mi parte, una furia que me amargó aún más por cuanto no me atreví a expresarla». Wittgenstein le escribió que bajo ningún concepto debía dar ese cursillo, que era malo para ella, que era pernicioso y dañino. Por qué pensaba esto, y qué decía exactamente la carta, nunca lo sabremos; Pascal la rompió en un arrebato de cólera.

La primera de las cartas de Francis no le llegó a Wittgenstein hasta unas dos semanas después de que aquél hubiera dejado Skjolden. Esta demora, aunque no extraordinariamente larga, fue suficiente para confirmar los temores de Wittgenstein. El 16 de octubre escribió: «Hace doce días que no tengo noticias de Francis, y estoy bastante preocupado, porque no me ha escrito desde que llegó a Inglaterra. Dios, cuánta miseria y desdicha hay en este mundo.» Al día siguiente de recibir la primera carta: «Estoy aliviado y alegre. Que Dios nos ayude.»

Mientras tanto, había recibido una visita del hijo de Ludwig Hánsel, Hermann: «Me causó una buena impresión. No tengo ninguna relación estrecha con él, pues es una persona un tanto tosca [grobkürnig] y no estoy del todo acostumbrado a tratar con gente tosca.» Pero a pesar de su tosquedad, Hánsel, que estaba hecho de buena pasta «es mucho más decente que yo», le demostró a Wittgenstein lo mala persona que éste era: «cuánto me preocupa que algo llegue a corromperme; cuánto me enoja que la más pequeña cosa se eche a perder». Le preocupaba perder su energía para trabajar, su imaginación. Imágenes de deterioro se superponían en su mente:

"Saqué algunas manzanas de una bolsa de papel en la que habían permanecido durante un tiempo. Tuve que cortar muchas por la mitad y tirarlas. Después, mientras copiaba una frase que había escrito, cuya segunda mitad era mala, la vi de pronto como una manzana medio podrida."

Se preguntaba si no habría algo femenino en su manera de pensar, pues: «Todo lo que surge ante mí se me convierte en una imagen de lo que estoy pensando en ese momento.» Era como si, en términos de Weininger, hubiera acabado pensando mediante hénides en lugar de mediante conceptos.

A lo largo de todo noviembre y diciembre, sus dos últimos meses en Noruega, el diario de Wittgenstein aparece lleno de los miedos, las angustias y sentimientos desagradables que le asaltaban. Pensaba en la enfermedad y en la muerte: la suya propia, la de sus amigos y la de su familia. Le preocupaba que algo le sucediera antes de marcharse. Le inquietaban sus relaciones con Anna Rebni, y lo que haría cuando dejara Noruega. ¿Estaría su libro acabado entonces? ¿Sería capaz de trabajar solo otra vez, o tendría que ir a alguna parte, donde pudiera estar con alguien... quizá a Dublín, con Drury?

También le preocupaban su sensualidad y su capacidad de amar. Anota las ocasiones en que se masturbó, a veces con vergüenza, y a veces lleno de desconcierto: «¿Hasta qué punto es malo? No lo sé. Supongo que es malo, pero no tengo razón para creerlo.» ¿Estaba su capacidad de amar, con un corazón limpio y puro, amenazada por el deseo sexual manifestado en su impulso de masturbarse?

"Pienso en mi anterior amor, o encaprichamiento, por Marguerite y en mi amor por Francis. Resulta un mal signo para mí que mis sentimientos por M acabaran siendo tan fríos. Con toda seguridad, aquí hay una diferencia; pero lo que permanece es mi insensibilidad. Ojalá me perdonen; por ejemplo, ojalá me sea posible ser sincero y amar. [1.12.37]

Me masturbé la noche pasada. Remordimientos. Pero también la convicción de que soy demasiado débil para resistir el impulso y la tentación si éstos y las imágenes que les acompañan se me aparecen sin que yo sea capaz de refugiarme en otras imágenes. Y aún ayer por la noche reflexionaba acerca de la necesidad de llevar una vida pura. (Pensaba en Marguerite y Francis.) [2.12.37]."

Y en medio de todas estas preocupaciones, angustias y miedos, intentaba trabajar en su libro. Durante estos meses escribió la mayor parte de observaciones que forman la primera parte de "Observaciones sobre los fundamentos de las matemáticas", aunque cuando las escribía su intención era que formaran parte de la segunda mitad de la obra que había escrito el año anterior. Estos comentarios son una aplicación del método descrito en su obra precedente a los problemas que surgen en la filosofía de las matemáticas, intentando demostrar que estos problemas surgen de "la manera cómo el lenguaje hechiza nuestra inteligencia». En particular, utiliza su método «antropológico» para intentar desvanecer la manera de pensar que daba lugar al logicismo de Frege y Russell. Al imaginarse tribus con convenciones o maneras de razonar distintas a la nuestra, y al construir metáforas distintas de las comúnmente empleadas, intenta debilitar el arraigo de ciertas analogías, de ciertos «símiles que han quedado absorbidos en las formas de nuestro lenguaje». Por ejemplo, ataca al platonismo, que ve las proposiciones lógicas como análogas a las proposiciones que expresan un hecho. «¿Existe una verdad que se corresponda con una inferencia lógica?», le hace preguntar a su interlocutor. «No es cierto que esto se sigue de aquello?» Bueno, replica Wittgenstein, ¿qué sucedería si hiciéramos una inferencia distinta? ¿Cómo entraríamos en conflicto con la verdad?

"¿Cómo entraríamos en conflicto con la verdad, si nuestras reglas estuvieran hechas de caucho muy blando en lugar de estar hechas de madera y acero? «Bueno, no podríamos saber cuál es la medida correcta de la mesa.» Quiere usted decir: no podríamos, o no estaríamos seguros de obtener esa medida que obtenemos con nuestras reglas rígidas."

La cuestión aquí planteada es que el criterio para decir si un razonamiento es correcto o incorrecto no lo proporciona el ámbito externo de las verdades platónicas, sino, por contra, nosotros mismos mediante «una convención, o un uso, o, posiblemente, mediante nuestra necesidades prácticas». La convención de utilizar reglas rígidas en lugar de blandas no es algo más verdadero; es simplemente algo más útil.

Wittgenstein también ataca el símil que yace en el fondo de todo logicismo: la analogía entre la demostración matemática y el argumento lógico. En un argumento lógico, las relaciones tienen lugar entre las diversas proposiciones (empíricas) con la intención de establecer la verdad de una conclusión: Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre; por tanto Sócrates es mortal. El resultado de una demostración matemática, por otro lado, nunca es la verdad de una proposición empírica, sino la creación de una regla aplicable. En este asalto concreto, Wittgenstein tenía que mostrar la falta de analogía entre las proposiciones matemáticas y las empíricas, pero su aportación en este punto es completamente insatisfactoria. De vez en cuando, su propia insatisfacción queda reconocida en el texto: «Simplemente de una manera poco diestra estoy señalando la diferencia fundamental que, junto con una semejanza aparente, existe entre el papel de una proposición aritmética y el de una proposición empírica.» Nunca estuvo satisfecho con la exposición que hizo de este punto, ni con el tratamiento de otros temas de la filosofía de las matemáticas, y en los seis años siguientes intentó mejorarlas una y otra vez.

Wittgenstein no estaba satisfecho con su obra mientras la escribía. En su diario la critica con frecuencia, y severamente. El estilo, dice repetidamente, es malo, demasiado vacilante, y constantemente tiene que tachar y cambiar lo que ha escrito: «Estoy nervioso cuando escribo, y todos mis pensamientos están faltos de aliento, y constantemente siento que soy incapaz de justificar completamente la expresión. Esto deja un mal sabor.» Todo esto resulta indicativo de su propio nerviosismo, y del hecho de que durmiera tan poco y hubiera estado tanto tiempo sin ver el sol. El clima le molestaba; hacía demasiado frío. El fiordo ya estaba completamente helado, y el lago también se estaba empezando a helar. Ya no podía remar, sino que tenía que andar sobre el hielo, y esto también le preocupaba. Comenzó a contar los días que le faltaban para ir a pasar las Navidades a Viena. Naturalmente, podía marcharse en cualquier momento, pero ¿estaría bien?

"Me gustaría huir, pero eso estaría mal, y sencillamente no puedo hacerlo. Por otro lado, quizá podría, podría hacer el equipaje mañana y marcharme al día siguiente. Pero ¿querría hacerlo? ¿Acaso lo correcto no es quedarse aquí? Seguro. Me marcharía mañana con una mala sensación. «Quédate», me dice una voz. También hay algo de vanidad en el deseo de quedarme, y al mismo tiempo algo mejor. La única razón convincente para irme antes de lo previsto o inmediatamente sería la posibilidad de trabajar mejor en otra parte. Pues es un hecho que la presión que soporto [fin pag.352] en estos momentos casi me imposibilita para trabajar, y quizá en un par de días me sea realmente imposible."

Cuando, durante los días siguientes, fue capaz de trabajar de nuevo, le agradeció a Dios ese inmerecido regalo. Escribió que siempre sentía lo que una persona verdaderamente devota nunca siente: que Dios era responsable de lo que él era: «Es lo opuesto de la piedad. Una y otra vez quiero decir: "Dios, si tú no me ayudas, ¿qué puedo hacer?" Y aunque esta actitud es acorde con lo que enseña la Biblia, no es la de un hombre verdaderamente devoto, pues tal persona asumiría la responsabilidad de su propia vida.» «Debes luchan se instaba a sí mismo; «deja tranquilo a Dios.»

A pesar de tales deseos, seguía siendo «sensual, débil y mezquino», y estaba sujeto a todas sus antiguas angustias: de que no sería capaz de marcharse porque algo le ocurriría, de que se pondría enfermo o tendría un accidente de regreso a casa. También le preocupaban los problemas que comportaba pasar el invierno en Noruega, mencionados a Russell en 1913: «El clima difícil y siempre variable, el frío, la nieve, la capa de hielo, etc., y la oscuridad y mi agotamiento lo hacen todo muy difícil.» Naturalmente, Francis le transmitía un interés amable y alentador:

"Siento que haya tormentas. Por favor, ten cuidado al cruzar el lago. Pensaré mucho en ti. Me encanta recordar los días que pasamos juntos en Noruega. Me hace bien pensar en ello."

Pero cuando llegó la última noche que pasaba en Noruega, la del 10 de diciembre, la acogió con alivio, escribiendo que era perfectamente posible que jamás regresara. En el barco a Bergen, Wittgenstein escribió acerca de la Resurrección de Cristo, y de lo que le inclinaba a creer en ella. Razonaba que si Cristo no se levantó de entre los muertos, entonces se descompuso en la tumba como cualquier otro hombre. «Está muerto y descompuesto.» Tenía que repetir y subrayar ese pensamiento para apreciar lo horrible que era. Pues si ése fuera el caso, entonces Cristo sería un maestro como cualquier otro, «y ya no puede ayudar; y una vez más estamos huérfanos y solos. De modo que tenemos que contentarnos con la sabiduría o la especulación». Y si esto es todo lo que tenemos, entonces: «Nos encontramos en una especie de infierno donde lo único que podemos hacer es soñar, con un techo sobre nuestras cabezas, como si dijéramos, y separados del cielo.» Si quería ser salvado, redimido, entonces la sabiduría no era suficiente; necesitaba la fe:

"Y fe es fe en lo que necesitan mi corazón, mi alma, no mi inteligencia especulativa. Pues es mi alma con sus pasiones, con su carne y su sangre, lo que ha de ser salvado, no mi mente abstracta. Quizá podamos decir: Sólo el amor puede creer en la Resurrección. 0: es el amor lo que cree en ..."

la Resurrección. Podríamos decir: El amor redentor cree incluso en la Resurrección; se aferra rápidamente incluso a la Resurrección.

En última instancia, lo que quizá necesitaba para escapar del infieno de estar solo era amar; si pudiera hacerlo, podría superar sus dudas, cree en la Resurrección y ser salvado. 0, quizá, lo que necesitaba era se amado por Dios:

Lo que combate las dudas es, como si dijéramos, la redención. Aferrarse a eso debe ser aferrarse a esa creencia. De manera que lo que significa es: primero debes ser redimido y agarrarte a tu redención: a continuación verás cómo te aferras a esa creencia.

En primer lugar, se debe ser redimido: «A continuación todo será distinto y "no habrá que extrañarse" de que se pueda hacer ciertas cosas que no pueden hacerse ahora», tales como creer en la Resurrección. De manera que, según parece, creer en la Resurrección es necesario para la salvación, pero la salvación es necesaria para creer en la Resurrección. ¿Quién iba a romper ese círculo vicioso: él o Dios? Al huir del infierno de estar solo en Noruega, Wittgenstein parecía decir que esta huida de un infierno más amplio, de una mayor soledad, era responsabilidad de Dios. Podía confesar sus pecados, pero perdonarlos no era cosa suya.