miércoles, 23 de abril de 2008

Charlie Parker

Renunciar al azar
Una perspectiva sobre Charlie Parker
Estigma 1 (1998) pp. 59-63

Ser consciente es no estar en el tiempo...
T.S.Eliot, Cuatro cuartetos

Siempre será un error. Buscar respuestas, esperar conclusiones cerradas, fijar límites a lo que tan sólo es contenido. No debemos responder cuando estamos pensando en JAZZ, el arte no proporciona respuestas. Acudir a las formas, a la materia que creemos eterna no salvará nuestra ansiedad.
Si tratamos el Jazz como una música marginal, cometemos el error de fijar una graduación a lo intangible, buscar una respuesta a algo que sólo plantea preguntas imposibles de contener. Tan etéreo como la propia música, en la vida de un solo individuo marcado por sinsentidos, sólo se permiten preguntas que jamás existieron.
Charlie Parker es una de esas preguntas, el bebop su música y el Jazz su aparente respuesta, su aparente locura.
Fue saxofonista, seguramente el más importante de los años 40, representante máximo junto a Thelonius Monk y Dizzy Gillespie de un nuevo estilo: el bebop, que originó el derrumbe de los pilares fundacionales del primer Jazz. Con el bebop se parte de un privitivismo musical para sucumbir en el ensimismamiento de las formas, donde los valores absolutos fijan los contenidos. Se trata de todo o nada, un camino demasiado directo a la locura.
A los 26 años, Charlie Parker tuvo problemas de "salud mental" que le obligaron a permanecer varios meses en el Hospital Estatal Camarillo, donde no alivió su depresión nerviosa.
Pronto comenzó a ser conocido por el sobrenombre de Bird, al igual que eran demasiado conocidos los problemas que tenía cuando llegaba la noche: seguramente acabaría en alguna pelea o con alguna desconocida. Desde siempre Charlie Parker fue un excelente saxofonista, un gran bebedor y un mujeriego, además de ser considerado por sus compañeros como un loco. Las mujeres poseían para él un ritmo especial, al igual que las drogas donde Charlie siempre podía improvisar con acierto. Pero lo que más dañaba a Charlie eran las noches de Jazz.
Aunque su vida fuera un desastre, había noches donde la salvación estaba en el sueño de la música. Entonces todos olvidaban su locura. París vivió alguna de esas noches en el Festival de Jazz de 1949: el quinteto de bird estiró la emoción al encontrar el extremo de la pura expresión de un nuevo estilo, de una nueva música.
A la hora de tocar, Charlie Parker no era un saxofonista lógico, pero tampoco acudía a la desmesura, dentro del Jazz es muy fácil caer en la monotonía de las fórmulas, pero Parker nunca acudió a ellas. Su melodía era cercana, atrayente al oído, sin excesivo manierismo, pero mantenía una expresión arriesgada, basada en una emoción contenida. Nadie como él fue capaz de dar tanto carácter a dos simples notas, jamás una terminación de frase produjo tanta inquietud. El saxo de Parker era pasional, sin dejar que la intensidad se perdiera. Su dominio del ritmo era sorprendente junto con el infinito registro de matices. Su fórmula era la expresión viva, quizás demasiado viva.
Un año después de asombrar a París, Charlie Parker dejó que el silencio fuera su único acompañamiento, además de las drogas y las mujeres. Fueron cinco años donde el recuerdo y el pasado de lo que fue un lazo con la eternidad acabó en una muerte esperada.
Creemos que el Jazz, por su carácter de improvisación, nos aleja de la cordura. Sería tan fácil unir la falta de un programa, de un orden, a la sinrazón. Sabemos que no es así. La locura no es la ausencia de razón, ni el Jazz es sólo mera improvisación.
Con el Jazz marcamos conceptos mucho más ambiguos. La improvisación como tal es una constante en la música, un signo de su particular código. Baste recordar a J.S.Bach y su improvisación a seis voces que dio como resultado una de las más impresionantes obras del maestro alemán: Ofrenda Musical, o los excelentes improvisadores al piano que fueron Mozart o Beethoven.
En la música conocida como culta, no podemos marcar el simulacro de la improvisación, toda música no es más que el diseño de una improvisación, una realidad configurada con tan ligeros límites, como son los límites de la intención.
Cuando hablamos de Jazz, como en todo ejemplo musical, nos encontramos ante un hipotético que tiende a lo universal. Esto es lo que ocurre en el bebop: con esta nueva manera de hacer Jazz se abren las puertas a lo infinito. Mucho más allá de la elección de una nota por otra, de un acento por otro, los términos se fijan como escribió Sartre a su personaje de La náusea:
"La melodía se halla más allá, siempre más allá de todo, de una voz, de una nota..."
Con una visión severa, el solista de bop sólo muestra su intención última, una persecución del tratamiento que deja muy poco al azar. Charlie Parker compartía una hipótesis en sus improvisaciones, pero como decía Cortázar, desechaba los encuentros fáciles con el Jazz.
Anteriormente al bebop, el Jazz se encuadraba dentro de una música espontanea, cerrada en códigos folclóricos. Los estilos llamados dixie y new orleans eran los principales representantes del Jazz sincopado, que buscaba sólo una primer expresión. Una música para ser practicada con coordenadas seguras, basadas en la repetición rítmica que dejaba mucho a la emoción instantánea del grupo, en este caso un grupo étnico concreto.
Con el bebop llegó la deformación. Los nuevos estilos del Jazz entran en una superación formal. El ritmo siempre marcado por la batería, que tiene por primera vez funciones de solista, deja el camino abierto al polirritmo. La armonía utiliza el cromatismo como base expresiva que valora la disonancia como consecuencia de la combinación de líneas melódicas, se despeja pues la expresión a los espontaneo para convertirse en voluntad de contención. Por primera vez el Jazz no tiene por qué cerrarse en una composición regular. El bop abrió las vías a una expresión que tiende con demasiada facilidad a un infinito, no sólo expresivo, sino a un infinito en un interiorización.
La dinámica de la improvisación basada por primera vez en el solista, no es más que una mentira de estilo, un intento de controlar la maquinaria que es imposible para el azar; la hipótesis de la melodía que no es más que un acotamiento de esa propia infinitud, de esos presupuestos iniciados y fijados. Lo importante del Jazz, como afirmó Miles Davis, son las notas que no suenan.
El espacio que se ha abierto dentro de un límite que no es más que el del tiempo, se destruye en otro tiempo que sólo el azar nos acerca. Esta expresión trágica de la música que es el Jazz, es una mentira como otra cualquiera, que se encuentra en el límite del orden, en la persecución constante, en una conquista del tiempo desde el tratamiento del tiempo. El Jazz se convierte en el símbolo de la sucesión y por lo tanto en la catástrofe del tiempo.
"Quien no sea pájaro, que no construya su nido en el abismo".
Nietzsche siempre mostró con demasiada crudeza las limitaciones humanas, conoció como nadie lo que otros no pueden soportar, la mentira de la realidad que nos proporciona muy pocos caminos para huir.
Vivir en la realidad con todas sus falsedades es incluso para algunos un privilegio, mientras que aquellas almas que entienden el arte como el todo o la nada, reciben con demasiada frecuencia la respuesta de la locura. Una locura que envuelve toda la vida y cuyos efectos sólo se sufren en soledad, teniendo la angustia como forma de conocer, el desastre como ilusión, la oscuridad como escenario, sin esperar nada y con el sueño siempre presente de la conquista.
¿Cuál es la conquista de Charlie Parker?
Un excepcional músico que conoció demasiadas mujeres, que amó las drogas y el alcohol y que para el resto del mundo no era más que un poeta. La deformación de Parker es la más vacía y a la vez la más dañina; su escorzo de maldito acompañado siempre de la espera y de su olvido. La locura de Charlie Parker es su renuncia.
Una renuncia en cierto sentido aparente que se enfrente a la esperanza y al vacío ¿qué importa el espacio musical si jamás se disfruta de su espíritu?
Si la noche es demasiado infinita ¿por qué no improvisar en Bird of Paradise o Loverman?
Hay noches que quieres escuchar la voz de alguien, y fijar la mente en un buen swing, y la mayoría de esas noches Charlie Parker sólo recibió el silencio, estado límite y extremo de la verdadera oscuridad, la de saber que el problema no es hacer nada, sino que hagas lo que hagas es nada. La más tremenda y radical hipótesis, la única que sustentó las improvisaciones de Charlie Parker, capaz de sumirlo en la más sublime de las melodías o en cinco años de silencio. Hasta que el final cierre definitivamente lo que empezó acabado.
Sin duda se abrieron a partir de Charlie Parker y el bebop nuevas fronteras en la música de Jazz, su estilo marcó a todos los músicos posteriores, pero Charlie Parker no lo buscó, simplemente renunció, agotado, hundido desde el comienzo en una disolución con la realidad, con la razón. Sintiendo el vacío del propio abismo, soñando que la música salvaría el resto de la noche, y hay sueños que sólo llevan al silencio.