miércoles, 23 de abril de 2008

Menéndez Pelayo y Castelar

Fri Dec 31 14:58:27 1999
Subject: [HISP] El humor de Menéndez Pelayo
From: Angel Romera Valero
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Una faceta curiosa y nunca señalada del gran polígrafo santanderino Menéndez Pelayo fue su curioso y extravagante sentido del humor. Fijaos en el diente viperino y retorcido, en la "mala leche" de estos comentarios sobre el gran orador decimonónico Castelar, escritos en un insuperable castellano decimonónico, especialmente el segundo párrafo:

"Castelar se educó en el krausismo; pero, propiamente hablando, no se puede decir de él que fuera krausista en tiempo alguno, ni ellos le han tenido por tal. Castelar nunca ha sido metafísico ni hombre de escuela, sino retórico elocuente y brillantísimo, poeta en prosa, lírico desenfrenado, de un lujo tropical y exhuberante: idólatra del color y del número, gran forjador de períodos que tienen ritmo de estrofas, gran cazador de metáforas, inagotable en la enumeración, siervo de la imagen, que acaba por ahogar entre sus anillos a la idea; orador que hubiera escandalizado al austerísimo Demóstenes, pero orador propio de estos tiempos; alma panteísta, que responde con agitación nerviosa a todas las impresiones y a todos los ruidos de lo creado y aspira a traducirlos en forma de discursos. De aquí el forzoso barroquismo de esa arquitectura literaria, por la cual trepan, en revuelta confusión, pámpanos y flores, ángeles de retablo y monstruos y grifos de aceradas garras.

En cada discurso del señor Castelar se recorre, dos o tres veces, la universal historia humana, y el lector, cual otro judío errante, ve pasar a su atónita contemplación todos los siglos, desfilar todas las generaciones, hundirse los imperios, levantarse los siervos contra los señores, caer el Occidente sobre el Oriente, peregrina por todos los campos de batalla, se embarca en todos los navíos descubridores y ve labrarse todas las estatuas y escribirse todas las epopeyas. Y, no satisfecho el señor Castelar con abarcar así los términos de la tierra, desciende unas veces a sus entrañas y otras veces súbese a las esferas siderales, y desde el hierro y el carbón de piedra hasta la estrella Sirio, todo lo ata y entreteje en ese enorme ramillete, donde las ideas y los sistemas, las heroicidades y los crímenes, las plantas y los metales, son otras tantas gigantescas flores retóricas. Nadie admira más que yo, aparte de la estimación particular que por maestro y por compañero le profeso, la desbordada imaginativa y las condiciones geniales de orador que Dios puso en el alma del sr. Castelar. ¿Y cómo no reconocer que alguna virtud o fuerza ha de tener escondida su oratoria para que, yendo como va contra el ideal de sencillez y pureza que yo tengo por norma eterna del arte, produzca, dentro y fuera de España, entre muchedumbres doctas o legas, y en el mismo crítico que ahora le está juzgando, un efecto inmediato, que sería mala fe negar?

Y esto consiste en que la ley oculta de toda esa monstruosa eflorescencia y lo que le da cierta deslumbradora y aparente grandiosidad no es otra que un gran y temeroso sofisma del más grande de los sofistas modernos. En una palabra, el señor Castelar, desde los primeros pasos de su vida política, se sintió irremediablemente atraído hacia Hegel y su sistema: "Río sin ribera, movimiento sin término, sucesión indefinida, serie lógica, especie de serpiente, que desde la oscuridad de la nada se levanta al ser, y del ser a la Naturaleza, y del espiritu a Dios, enroscándose en el árbol de la vida universal". Esto no quiere decir que en otras partes el señor Castelar no haya rechazado el sistema de Hegel..." 'Historia de los heterodoxos españoles', LVIII, 3, p. 955-956.